Un santo asesino

Paul Harding · Capítulo 13 de 15

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Un santo asesino

Capítulo 13

El hermano Norberto los despertó bien entrada la tarde y les preguntó si todo iba bien. Athelstan, mirándole con ojos adormilados, le dio las gracias en un susurro y le dijo que ya podía devolver los libros a la biblioteca.

- ¿Encontrasteis lo que buscabais?

Athelstan bostezó y se frotó los ojos.

- Sí y no, hermano. -Sonrió al ver la desconcertada expresión de Norberto-. Sólo te puedo decir que sir John y yo aún tenemos que esperar un poco. -Al ver que el forense se había sentado en su cama y estaba bostezando como un gato, añadió-: Ahora mi señor forense y yo tenemos que atender otros asuntos.

Cranston y él se lavaron y ayudaron a Norberto y a otros hermanos legos a llevar el resto de los libros a la biblioteca. Más tarde salieron a dar un paseo por los vergeles, procuraron olvidar lo que habían visto en el transcurso de su última visita y disfrutaron de la suave y dulce fragancia de los frutos maduros.

- Aquí ya no podemos hacer nada más hasta que regrese nuestro mensajero de Oxford

-dijo Cranston-. Le he dado instrucciones a lady Matilde de que lo envíe dondequiera que nosotros estemos -añadió, deteniéndose para mirar a Athelstan a los ojos. Su rostro, habitualmente arrogante y descarado, mostraba una expresión insólitamente angustiada-. Hermano, mañana a las siete de la tarde tengo que regresar al palacio de mi señor de Gante con la solución al enigma que planteó el italiano. -Asió a Athelstan por los hombros-. Confío en vos, hermano. Creo que tenéis una solución. Sé que tenéis una solución. Os suplico que me la reveléis. -Cranston levantó una rechoncha manaza-. Juro por las vidas de mis chiquitines que mantendré la boca cerrada y no le diré nada a nadie.

- ¿Estáis seguro, sir John?

- Tan seguro como de que me muero de hambre y tengo la tripa vacía.

- Pues entonces, mi señor forense, es posible que ponga a prueba mis hipótesis. Después de la cena de aquella noche, Athelstan subió con Cranston al dormitorio.

- Bueno pues, mi señor forense, vamos a empezar de nuevo por el principio. Tenemos una cámara sin trampas ni pasadizos secretos y, sin embargo, se han cometido en ella cuatro asesinatos: el de un joven, el de un capellán y los de dos soldados. Ninguna de las víctimas había comido ni bebido nada y una parte del misterio consiste en el hecho de que nadie entró en aquella estancia y, por consiguiente, no cabe atribuir ningún tipo de juego sucio a un tercero. -Athelstan se encogió de hombros-. En la lógica se nos enseña a buscar el común denominador. Un factor común a todas las cosas. Por lo tanto, ahí va mi solución.

Abrió sus alforjas y depositó varios objetos sobre la cama. Cranston observó atentamente cómo el fraile, utilizando el dormitorio como si fuera la cámara de los asesinatos, escenificaba la forma en que había muerto cada uno de los hombres, ofreciéndole una lúcida descripción de la razón por la cual se habían producido las muertes.

- ¡No puede ser! -dijo Cranston en un admirado susurro-. ¡Es imposible!

- Es la única explicación, sir John. Y esta vez, utilizándoos a vos como presunta víctima, os lo voy a demostrar. Una hora después, el forense no pudo por menos que reconocer a regañadientes que la conclusión de Athelstan era la única posible.

- Espero que lo sea -dijo el fraile con semblante risueño-, pues os juro ante Dios, sir John, que es la única respuesta que se me ocurre.

- ¿Y qué sucederá si estáis equivocado? -preguntó Cranston-. ¿Qué sucederá si se os hubiera pasado algo por alto? Entonces, ¿qué? ¿De dónde saco yo el dinero para pagarle a mi señor de Cremona?

Athelstan se cubrió el rostro con las manos. Quería a Cranston como a un hermano, pero a veces el forense le recordaba a un niño quisquilloso.

Pese a todo, reconocía que sir John tenía razón. Aquello no era un sencillo juego mental, no era uno de aquellos enigmas a los que tan aficionados eran los filósofos de Oxford y Cambridge. La fama de Cranston y su prestigio de primer funcionario de la ley estaban en juego. El fraile se levantó.

- No puedo responder a eso, sir John, tengo que hablar con el padre prior. Tengo que decirle que pensamos irnos mañana y no regresaremos hasta el domingo. -Athelstan le dio a sir John una palmada en el hombro-.

Procurad dormir un poco. Mañana tenéis que estar muy despierto.

Como era de esperar, cuando el fraile regresó dos horas más tarde, Cranston estaba todavía levantado, acunando en sus brazos la bota milagrosa como si fuera uno de sus chiquitines.

- Habéis tardado mucho -le dijo a Athelstan con voz pastosa.

- Tenía que hablar de otro asunto con el prior.

- ¿Qué os lleváis entre manos? -preguntó Cranston, señalando el pequeño rollo de pergamino que Athelstan estaba guardando en sus alforjas.

- Nada, sir John.

Cranston lanzó un suspiro.

- Os veo muy misterioso, Athelstan, pero ahora estoy demasiado cansado. Cranston se quitó la ropa y se tendió tan pesada y ruidosamente en la cama que Athelstan consideró un milagro que ambos no atravesaran el suelo y cayeran directamente a la planta inferior del edificio. El buen forense tardó sólo unos minutos en ponerse a roncar. Athelstan rezó sus oraciones, pero no el oficio divino de la Iglesia sino una plegaria, suplicando que la solución que había propuesto para el acertijo de Cranston fuera acertada.

Se pasaron todo el día siguiente ensayando las conclusiones a las que habían llegado. Cranston envió al hermano Norberto a su casa de Cheapside para preguntar si ya había regresado el mensajero de Oxford y transmitir al mismo tiempo su saludo a lady Matilde y sus hijos. Norberto regresó deshaciéndose en alabanzas acerca de la amabilidad de lady Matilde y la gracia y encanto de sus hijitos. Pero no, dijo, no había llegado ningún mensajero.

Cranston y Athelstan abandonaron el convento de los dominicos al anochecer. El forense quiso tomar un refrigerio en una de las tabernas de la orilla del río y después contrataron una chalana para que los trasladara río arriba hasta el palacio de Juan de Gante. Cuando la embarcación se acercó a la orilla, vieron que toda la casa del duque los estaba aguardando. Al parecer, la noticia de la apuesta cruzada con Cranston se había extendido por toda la corte. Unas barcazas engalanadas con adornos de plata ya se estaban acercando a los embarcaderos privados donde unos criados vestidos con la librea de Gante les aguardaban con antorchas encendidas. Por encima de ellos, movidos por la suave brisa fluvial, ondeaban los pendones con los escudos reales de Inglaterra, Francia, Castilla y León. En cuanto desembarcaron, Cranston y Athelstan fueron recibidos por un chambelán que, portando una vara blanca de punta dorada y vestido con un espléndido

atuendo de brocado de oro, los acompañó a través de unos pasillos profusamente iluminados en los que se apretujaban los cortesanos, hasta la Gran Sala, soberbiamente preparada para aquella ocasión. Sobre el suelo de baldosas de mármol blancas y negras se habían colocado unos bancos cubiertos de suaves almohadones para los invitados mientras que las paredes estaban revestidas de preciosos tapices, delante de los cuales montaban discretamente guardia unos soldados con plateadas medias armaduras y las espadas desenvainadas. Sobre un estrado, una enorme mesa de roble resplandecía bajo la luz de centenares de velas de cera de abeja hasta tal punto que el fondo de la sala estaba casi tan claro como hubiera estado en un hermoso día estival. El chambelán los acompañó al estrado de la mesa y les indicó unos asientos dispuestos en semicírculo detrás de ella.

- Deberéis esperar aquí -les explicó-. Su Alteza el duque de Lancaster y otros miembros de la corte están cenando en privado. Cranston captó el tono levemente despectivo de la voz del chambelán.

- ¿Cómo os llamáis, buen hombre?

- Simón, sir John. Simón de Bellamonte.

- Pues bien, Simón -dijo suavemente Cranston-, mientras esperamos, no queremos convertirnos en un espectáculo. ¡Cerraréis la puerta de la sala y nos serviréis a mi secretario y a mí dos grandes copas del famoso vino del Rin de mi señor de Gante, de ese que él guarda muy frío en las bodegas del sótano!

El chambelán torció los labios en una avinagrada sonrisa.

- La puerta tiene que permanecer abierta -replicó en chillón tono de protesta.

- ¡Vamos, por Dios! -dijo Cranston en un enfurecido susurro-. Pues entonces servidnos por lo menos un poco de vino si no queréis que le diga a mi señor de Gante que sus invitados han sido muy maltratados.

- Acercaos, Bellamonte -dijo Athelstan en voz baja-. Sir John se muere de sed y, por consiguiente, vuestra amabilidad y diligencia en atenderle serán altamente apreciadas. El chambelán se irguió en toda su estatura y se alejó con el gracioso donaire de un ganso cojo. Los cortesanos se quedaron en la sala, pero, por lo menos, sir John pudo disfrutar del vino que había pedido. Se lo sirvieron en una gran copa de peltre que él apuró de un solo trago. Después chasqueó la lengua y la alargó a un criado diciendo:

- ¡Más! -Miró con una sonrisa a Athelstan-. Mi querido fraile preferido, no me costaría nada acostumbrarme al lujo y la riqueza. Vio alejarse al

criado a toda prisa y miró por el rabillo del ojo a los cortesanos que le estaban observando a hurtadillas.

- Los buenos tiempos ya han quedado atrás -murmuró-. Miradlos, Athelstan. ¡Vestidos como mujeres, perfumados como mujeres y hablando como mujeres!

- Yo creía que erais un admirador de las mujeres, sir John.

Cranston se humedeció los labios con la lengua.

- Y lo soy, pero lady Matilde vale mil veces más que todos esos juntos -

dijo, golpeando impacientemente el suelo con el pie-. ¡Lady Matilde es una auténtica representación de Inglaterra!

Athelstan miró al forense con cierta preocupación. No había nada más peligroso que sir John cuando le entraba la murria.

- Recuerdo -añadió el forense en un suave susurro-la época en que yo batallé hombro con hombro con los padres de estos hombres en Poitiers y los franceses se nos echaron encima como una ola de acero. -Se dio una palmada en el vientre-. Entonces estaba mucho más delgado y era más ágil que un galgo. Veloz en el ataque y feroz en el combate. Éramos como halcones, Athelstan, y caíamos sobre nuestros enemigos con la rapi-dez de un relámpago. -Respiró ruidosamente a través de la nariz y se le erizaron los pelos del blanco bigote-. Qué tiempos aquellos. Los festejos, las borracheras. Sacudió la cabeza y miró frunciendo el ceño a Athelstan, el cual mantenía la cabeza inclinada para que él no pudiera ver su sonrisa.

- ¿Qué os ocurre, sir John? -preguntó repentinamente el fraile.

- ¡Cualquiera sabe! Quizás el hecho de que me hayan traído aquí y de que yo me haya dejado arrastrar por un personaje como Juan de Gante. ¡Yo conocí a su padre, el rey Eduardo el del cabello dorado, y a su hermano mayor el Príncipe Negro, que Dios tenga en su gloria! -Cranston se enjugó una lágrima de los ojos-. Qué gran luchador era el Príncipe Negro. ¡Nadie se atrevía a acercarse a él en la batalla! Mataba cualquier cosa que se moviera, cualquier cosa que distinguiera a través de las rendijas de su impresionante yelmo. Mató por lo menos a tres caballos en la creencia de que sus orejas y sus cabezas eran enemigos que se estaban acercando a él.

- Olvidad el pasado, sir John -le dijo Athelstan-. ¿Recordáis nuestra decisión? La historia la deberéis contar vos mismo. Cranston chasqueó los dedos.

- ¡Me parece muy bien! -dijo-. Les contaré una historia y espero que sea acertada. El criado sirvió a sir John otra copa de vino. Athelstan cerró los

ojos y rezó para que el orondo forense no se emborrachara hasta el extremo de no poder resolver el enigma. Sin embargo, sir John no paraba de beber mientras miraba con arrogancia a los cortesanos congregados en la sala.

Athelstan comprendió que aún estaba deplorando la decadencia de la joven generación. De pronto, se escuchó un vibrante clamor de trompetas y un grupo de jóvenes escuderos entró en la sala, portando toda una serie de vistosos estandartes. Después los escuderos se situaron a ambos lados de un heraldo vestido con los colores rojo, azul y oro de la Casa Real de Inglaterra, el cual, tras dar tres toques con una larga trompeta de plata, pidió silencio y anunció:

- Su Majestad el Rey, su muy noble tío Su Alteza el duque Juan de Lancaster y su bienamado primo el señor de Cremona. El rey Ricardo entró vestido con una túnica azul bordada con leones dorados y plateadas flores de lis de la Casa de Francia. Tenía a un lado al duque de Lancaster, ataviado con una túnica bermejo-dorada y un rosario de plata alrededor del cobrizo cabello, y al otro, al señor de Cremona, con el moreno rostro iluminado por una relamida sonrisa de satisfacción. Les seguían varios altos dignatarios de la corte que, luciendo sus mejores galas de pavos reales, se estaban empujando unos a otros para ocupar la mejor posición. El joven rey batió palmas al ver a Cranston y hubiera echado a correr hacia él como cualquier otro niño si Juan de Gante no se lo hubiera impedido, sujetándolo con una mano cuajada de sortijas.

- Mi señor forense -dijo el regio infante-, seáis bienvenido. Cranston y Athelstan, que se habían levantado al ver entrar al heraldo, hincaron una rodilla en tierra.

- Me hacéis un gran honor, Majestad -dijo Cranston en un respetuoso susurro. Esperó a que Ricardo se acercara un poco más, tomó su manita tan blanca como el alabastro y la besó ruidosamente, provocando un murmullo de entrecortadas risas entre los cortesanos. Después levantó ligeramente la cabeza.

- Majestad, ¿conocéis a mi secretario?

El joven rey, sosteniendo todavía la rechoncha mano del forense en la suya, se volvió, sonrió y saludó con una inclinación de la cabeza al dominico.

- Por supuesto que sí. ¿Estáis bien, fray Athelstan?

- Sí, Majestad, gracias sean dadas a Dios.

- ¡Muy bien! -El rey Ricardo juntó las manos y dio una palmada-. Mi querido tío -dijo, volviendo ligeramente la cabeza con un frío brillo de acero en los ojos. Athelstan bajó rápidamente la mirada al suelo. Sabía que Ricardo odiaba a su poderoso tío y que algún día el asunto se tendría que zanjar con derramamientos de sangre-. Mi querido tío repitió el joven rey-, que todo el mundo ocupe sus asientos. Sir John, fray Athelstan, quiero que os sentéis a mi derecha, al lado de mi tío. Cranston y Athelstan se levantaron. Juan de Gante los saludó efusivamente y lo mismo hizo el señor italiano. Athelstan observó la burlona mueca de sus rostros. Habían estudiado bien a Cranston, sabían que éste llevaba unas cuantas copas de más y estaban convencidos de que ya había perdido la apuesta. Los cortesanos volvieron a empujarse unos a otros para ocupar los mejores puestos en el estrado. El heraldo tocó nuevamente la trompeta y la sala se llenó de murmullos y ruidos mientras los invitados tomaban asiento. El rey, con el rostro arrebolado por la emoción y los ojos iluminados por un destello de curiosidad, dedicaba incesantes sonrisas no sólo a Athelstan sino también a sir John, el cual se había serenado de repente como por arte de magia. Allí estaba en juego algo más que una suma de mil coronas. Juan de Gante estaba esperando su caída mientras que el rey deseaba que su tío fuera derrotado y que el arrogante señor italiano pudiera comprobar personalmente la auténtica valía del ingenio inglés. Al final, el heraldo pidió silencio y el rey se levantó sin esperar a su tío.

- Mi querido tío, mi señor de Cremona, señores, la apuesta ya es ahora del dominio común. Hace dos semanas, nuestro ilustre visitante planteó un misterio -la mano del rey se posó en la muñeca del señor italiano sentado a su izquierda-. Un misterio que ha puesto a dura prueba las mentes y los sutiles intelectos de los eruditos de esta corte y de otros lugares. Sir John aceptó la apuesta de mil coronas. -El joven rey chasqueó los dedos e inmediatamente surgió un paje de entre las sombras portando un almohadón escarlata, sobre el cual descansaba un rollo sellado de pergamino. Ricardo lo tomó en sus manos-. La respuesta está aquí dentro. Bien, señores, ¿hay alguien en esta sala que pueda resolver el enigma? -Un murmullo de desacuerdo acogió sus palabras. El señor italiano se inclinó hacia delante con una relamida sonrisa en los labios. El rey se volvió hacia Cranston-. Mi señor forense, ¿podéis vos resolverlo?

- Creo que sí, Majestad.

El rey lanzó un profundo suspiro, se sentó y miró con una picara sonrisa a Athelstan. El regente se reclinó en su asiento, apoyó los codos sobre los brazos del sillón y juntó

los dedos de ambas manos mientras el señor italiano se mordía nerviosamente el labio inferior y sir John, que era un actor consumado, pasaba sin la menor dificultad de un papel a otro y apartaba a un lado su personalidad de caballero arrogante, borrachín y severo representante de la ley. Athelstan se dispuso a escucharle. Cranston iba a demostrar que, detrás de su rubicundo rostro y su cabello entrecano, se ocultaban un cerebro y un ingenio tan perspicaces como los que pudiera haber en cualquier universidad o escuela de derecho.

Sir John, preparándose para su papel, empezó a pasear arriba y abajo con las manos entrelazadas a la espera de que cesaran los murmullos. No abrió la boca hasta comprobar que todo el mundo estaba pendiente de él.

Entonces se volvió y clavó los ojos azules en los del joven monarca.

- Majestad, creo que la solución al enigma es la siguiente. -Cranston se pasó la lengua por los labios y levantó la voz para que todos le pudieran oír-. Un joven dormía en la cámara escarlata y fue encontrado muerto, de pie junto a la ventana. Un cura de una cercana aldea que había acudido allí a través de la nieve murió aquel mismo día. Sin embargo, las muertes más misteriosas fueron las de dos soldados que montaban guardia en la cámara.

-Cranston volvió parcialmente la cabeza-. Recordaréis sin duda que uno de el-los mató al otro con su ballesta antes de caer muerto a su vez. -Hizo una pausa para que sus palabras surtieran el deseado efecto-. Nadie más había entrado en aquella estancia. No había pasadizos ni corredores secretos. No les sirvieron comidas o bebidas que pudieran estar envenenadas. Murieron cuatro hombres, uno de ellos traspasado por una flecha. Y, sin embargo -

Cranston levantó una mano-, tres de los hombres fueron envenenados.

- ¿Cómo? -preguntó Cremona.

- El asesino fue la cama, mi señor.

Athelstan observó la expresión de asombro del rostro del italiano.

Cranston estaba siguiendo el camino correcto.

- ¡Explicadlo! ¡Explicadlo! -gritó Ricardo.

Juan de Gante se cubrió la boca con la mano y ladeó ligeramente la cabeza. Los invitados que ocupaban la sala se habían sumido en un silencio sepulcral y las sonrisas burlonas estaban desapareciendo rápidamente de sus rostros. Hasta los caballeros abanderados y los soldados reales estaban

mirando ahora al forense. El fraile comprendió que había estado tan inmerso en los asuntos del convento de los dominicos y de San Erconwaldo que se le había pasado por alto la enorme importancia de la apuesta que Cranston había aceptado. Ahora comprendía plenamente la preocupación de lady Matilde, no sólo por la posibilidad de que el forense perdiera mil coronas sino, sobre todo, por la de que perdiera su bien merecida reputación y corriera el riesgo de ser considerado una especie de bufón de la corte en lugar de ser reconocido y respetado por su condición de forense real de la ciudad de Londres.

Con las piernas separadas y los pulgares introducidos en el cinturón, Cranston estaba disfrutando del expectante silencio de los presentes.

- Sir John -dijo Juan de Gante-, ¿cómo puede una cama ser un asesino?

- Muchos hombres han muerto en la cama, mi señor.

- Esperamos vuestra explicación -fue la cáustica réplica del regente.

Cranston se aproximó a la mesa, se acercó la copa de vino a los labios y tomó ruidosamente un sorbo.

- Aquella cama -dijo, volviéndose de cara a la sala-era distinta de todas las demás. Ya sabéis que un travesero o un colchón se rellenan con paja…

por lo menos, los de los pobres. En los de los ricos se usan plumas de cisne.

-El forense regresó súbitamente al estrado, tomó la capa que había dejado en el suelo y la enrolló como si fuera un fardo-. Si sacudo mi capa, sale polvo. Observad… es algo muy normal. En primavera, los buenos ciudadanos de Londres sacan sus alfombras y colgaduras por las ventanas y las sacuden para quitarles el polvo. Vos, señor -añadió, dirigiéndose a un soldado-, desenvainad la espada. -El forense miró con una sonrisa al tío del rey-. Con el permiso de mi señor, golpead fuertemente con la parte plana de la hoja de la espada el tapiz que tenéis a vuestra espalda.

El soldado, con la mano en la empuñadura de la espada, miró de soslayo al señor de Gante.

- Decidle que lo haga, tío -le ordenó el rey.

Juan de Gante hizo una malhumorada seña con la mano. Athelstan observó que Cranston había elegido a un soldado y un tapiz que pudieran ser vistos cómodamente por todo el mundo bajo la luz de las antorchas de la pared y las docenas de altas velas que iluminaban las mesas. El soldado golpeó el tapiz con la espada.

- ¡Más fuerte, hombre! -rugió Cranston.

El soldado le obedeció sin rechistar y, desde el lugar donde se encontraba sentado, Athelstan vio levantarse en el aire unas nubes de polvo.

- Pues bien -prosiguió diciendo Cranston-, la cama de la cámara escarlata era algo parecido. Estaba recubierta de un polvo venenoso. Todos los que entraban en la estancia estaban a salvo. -Cranston esbozó una sonrisa y extendió las manos-. Pero todos sabemos lo que ocurre en la cama, incluso cuando una persona duerme sola. Unas leves risas acogieron sus palabras.

- La primera víctima se tendió en la cama y empezó a dar vueltas en ella sin reparar en el polvillo que le estaba penetrando por las ventanas de la nariz y la boca. Al final, se dio cuenta de que algo extraño ocurría, comprendió que se estaba muriendo y se acercó

a la ventana para abrirla. Pero el dormitorio llevaba mucho tiempo sin ser utilizado. Los pestillos estaban oxidados y el joven murió allí mismo.

Cranston se volvió a mirar al italiano. Los oscuros ojos del noble le devolvieron la mirada con expresión de asombro y resignación.

- ¿Y el cura? -preguntó Juan de Gante.

- Pues veréis, mi señor. El cura sube a la cámara. Hace lo que tiene que hacer, pero está cansado y se muere de frío. Acaba de recorrer un largo camino a través de unos profundos ventisqueros. ¿Qué es lo que hace?

- ¡Se tiende en la cama! ¡Se tiende en la cama! -gritó el joven rey.

Cranston se inclinó en reverencia ante su soberano.

- Sois muy perspicaz, Majestad. También se tiende en la cama y el polvo venenoso se eleva por el aire. El cura se despierta, empieza a dar vueltas y agrava con ello la situación. Se levanta de la cama, cae y muere en el suelo.

- ¿Y los dos soldados? -preguntó el de Cremona, presa de una visible desesperación-. Recordad, sir John, que sólo uno de ellos estaba tendido en la cama. Cranston alargó las manos.

- Vos dijisteis, mi señor, que el ballestero se tendió en la cama con la flecha colocada en la ballesta, ¿verdad?

El italiano asintió con la cabeza.

- ¿Era un hábil ballestero?

El de Cremona asintió de nuevo en silencio. Cranston se volvió hacia los invitados.

- Imaginaos la escena. En mitad de la noche, el veterano soldado y experto ballestero se despierta medio asfixiado. Mete ruido y despierta a su

compañero. Se está muriendo y no comprende por qué razón no puede respirar. Ve acercarse una oscura sombra y, en sus últimos momentos de vida, obedeciendo a su instinto de ballestero, dispara una flecha. -Cranston se volvió para agradecer los aplausos de los presentes-. Su compañero muere y él se levanta de la cama y muere a su lado.

Mientras el forense se inclinaba ante el rey, estalló una atronadora salva de aplausos y los cortesanos empezaron a golpear el suelo con los pies sin poder contener su entusiasmo. El señor de Cremona se reclinó en su asiento, mirando hacia el techo. Juan de Gante, sosteniéndose la barbilla con la mano, contempló la sala y el joven rey se emocionó tanto que a duras penas podía estarse quieto. Su mano revoloteó sobre el blanco pergamino que descansaba en el almohadón escarlata. El señor de Cremona se levantó.

- Sir John, ¿cómo podía una cama contener semejante veneno?

El forense se encogió de hombros.

- Mi señor, no se trataba de eso. No obstante, hay venenos, pócimas y polvos lo bastante fuertes como para matar a cualquier persona que los aspire por la nariz. -Cranston echó los hombros hacia atrás-. Lo que digo es cierto. Cualquier veneno -ya sea la digital, la belladona o el arsénico-, si se machaca hasta convertirlo en finísimo polvo, tiene efectos letales. Basta con que haya la cantidad suficiente. Sospecho que el colchón de aquella cama contenía una auténtica fortuna en venenos.

Un coro de aprobación saludó la explicación del forense. El noble italiano tomó el rollo de pergamino y se lo entregó al rey.

- Podéis abrirlo, Majestad, aunque, en realidad, no es necesario. Sir John ha ganado la apuesta. -El señor de Cremona se inclinó repentinamente hacia delante-. Vuestra mano, mi señor.

Athelstan observó cómo el de Cremona, seguido de Juan de Gante, el rey y los cortesanos, estrechaba la mano de sir John. Cuando cesaron los murmullos, se abrió el rollo sellado y Juan de Gante leyó la solución, la cual era casi textualmente idéntica a la explicación dada por Cranston.

- ¡Sir John! -El señor de Cremona elevó la voz por encima del griterío de la sala-.

¡Las mil coronas se os entregarán el lunes! Os deseo lo mejor.

El señor italiano, poniendo a mal tiempo buena cara, abandonó majestuosamente la sala. Después de unas palabras de felicitación, Juan de Gante imitó su ejemplo y los demás cortesanos también se retiraron. En

cambio, el joven rey se quedó y le hizo señas a Cranston de que se inclinara hacia él para poder murmurarle unas palabras al oído. El rostro del forense se ensombreció mientras el joven soberano abandonaba la sala. Athelstan, que se había mantenido deliberadamente al margen, se levantó y tomó del brazo a Cranston.

- ¡Os felicito, sir John!

Cranston le miró de reojo.

- No os burléis de mí, hermano. Ambos sabemos quién ha resuelto el enigma.

- No, no -dijo Athelstan, comprimiendo el brazo del forense-. Habéis estado magnífico, sir John.

- Las mil coronas son vuestras.

Athelstan se echó hacia atrás.

- Sir John, ¿por qué necesito yo mil coronas?

- Para los pobres -contestó sir John haciendo una mueca.

- Los pobres siempre estarán con nosotros, sir John. Vos no sois un hombre rico que digamos. -Athelstan miró con una sonrisa al forense-.

Vuestros honorarios son muy bajos. Jamás aceptáis sobornos. Y vuestra riqueza es la dote de lady Matilde, ¿no es cierto?

Cranston sacudió la cabeza y apartó la mirada.

- Escuchadme bien, mi señor forense -dijo Athelstan, guiándole hacia la puerta de la sala-. Dadles cien coronas a los pobres, compradle a lady Matilde lo que ella quiera, comprad una nueva túnica para vos e invertid el resto en los banqueros de la calle de los Lombardos. No olvidéis a vuestros chiquitines. Cuando crezcan, necesitarán instrucción. Las aulas de Oxford y Cambridge los esperan.

- ¡Tonterías, Athelstan! -rugió Cranston-. ¡Mis dos hijos serán dominicos!

Athelstan estalló en una carcajada mientras ambos atravesaban los jardines para bajar a la orilla del río.

Las bromas siguieron incluso durante el recorrido en barca sobre las picadas aguas del Támesis hasta el muelle de Eastgate donde el Fleet vertía todas sus inmundicias en el río. Mientras abandonaban la embarcación y le pagaban al barquero, tuvieron que taparse la nariz y la boca para no aspirar el nauseabundo hedor. En medio de la creciente oscuridad, Athelstan distinguió los hinchados cuerpos de varios perros y gatos y también los

montones de excrementos humanos y la densa capa de grasiento cieno que cubría la superficie del río.

- ¡Por los cuernos de Satanás! -dijo Cranston en voz baja-. En mi tratado sobre el gobierno de la ciudad, dictaré normas para acabar con eso.

- ¿Y cómo lo haréis, sir John?

Cranston señaló la calle del Támesis.

- He estudiado los mapas antiguos, hermano. ¿Sabéis que los romanos construían en las ciudades unas cloacas que se limpiaban con las corrientes subterráneas? No veo por qué razón nosotros no podemos hacer lo mismo.

Mientras discutían acerca de los detalles más salientes del tratado de sir John, subieron por la calle del Caballero Nocturno y giraron a la izquierda para entrar en la calle del Viernes que conducía al barrio de Cheapside, ya desierto a aquella hora. El sol ya se había ocultado, la luz de la antorcha de Santa María Le Bow brillaba contra un cielo cada vez más oscuro, los tenderetes ya habían sido retirados y los perros y los gatos rebuscaban entre los montones de basura. Al lado de cada puerta se habían colgado linternas para iluminar la calle y la ciudad ya había cedido el terreno a las actividades nocturnas. Los pordioseros se estaban congregando a la entrada de las callejuelas, donde todos se mantendrían alerta por si aparecieran los guardias. Unos mozos medio borrachos bajaban por la calle tomados del brazo en dirección a los burdeles y a las míseras habitaciones de las prostitutas del callejón del Gallo.

- ¿Pensáis decírselo a lady Matilde? -preguntó Athelstan mientras ambos se detenían al pie de la escalinata de Santa María Le Bow.

Cranston sacudió la cabeza.

- Lo primero es lo primero, hermano. Estoy muerto de sed. El botín es para el vencedor y yo me voy a beber la mayor copa de clarete que me puedan servir en el Cordero Sagrado.

Athelstan se tragó las protestas. Tenía que reconocer que sir John necesitaba una recompensa y un refrigerio y se preguntaba si, entre tantas emociones, el forense habría olvidado llenar su bota milagrosa. Sir John entró en el Cordero Sagrado como una ráfaga de viento del norte, arrojando unos cuantos peniques a los mendigos que se apretujaban en el exterior.

Una vez dentro, invitó a una ronda a todos los parroquianos, depositando una moneda en la mano del mozo. Después, abrazó y besó sonoramente en la mejilla al tabernero y a su oronda esposa, que, al parecer, nunca se separaba de él. Ambos les ofrecieron la mejor mesa y le sirvieron a sir John

un plato de cordero, cocido a fuego lento sobre brasas de carbón, fuertemente aderezado con especias y recubierto de una exquisita salsa de puerros y cebollas. Athelstan, que no se había dado cuenta de lo hambriento que estaba, pidió lo mismo, pero prefirió beber vino aguado en lugar del delicioso clarete que le sirvieron al forense en la copa más grande de la casa. Cranston comió con voraz apetito, rebañando el plato de peltre con trozos de pan candeal. Después se terminó el vino aguado que quedaba en la copa de Athelstan, soltó un regüeldo y se reclinó en su asiento con los ojos entornados.

- He estado magnífico -dijo en voz baja-. Para ser un italiano, el de Cremona no era un mal hombre, pero ¿visteis la cara de Juan de Gante? Ése es muy duro. Sólo una vez le vi quitarse la máscara del rostro. Si las miradas pudieran matar, la cabeza se me hubiera caído al suelo.

- ¿Qué os dijo el rey Ricardo? -preguntó Athelstan-. Me refiero al final, cuando os murmuró unas palabras al oído.

Cranston se inclinó hacia delante con la cara muy seria. Después miró a su alrededor, sabiendo que los espías del regente estaban por todas partes.

- ¿Os habéis fijado alguna vez en los ojos del joven rey? -dijo en un susurro-. Son unos pedernales de hielo y su azul es tan claro que casi parecen transparentes. Una vez conocí a un médico, el cual me dijo que semejante mirada es la propia de un desequilibrado. Athelstan se inclinó un poco más hacia él.

- ¿Creéis que el joven rey está loco, sir John?

Cranston sacudió la cabeza.

- No, no, pero en su mente se alberga una cierta inclinación a la locura.

A medida que vaya creciendo, Ricardo se convertirá en uno de los más grandes monarcas que jamás haya conocido este reino. Sin embargo, si cae en malas manos, si lo casan con una esposa inadecuada o recibe malos consejos, podría ser un tirano incapaz de tolerar la menor oposición. -

Cranston se secó la boca con el dorso de la mano-. Pero estoy hablando del futuro, hermano. Lo que me ha dicho esta noche es que él también había pensado que era la cama, ¡porque una vez se le ocurrió la idea de matar a su tío de esta misma manera! -Cranston tomó su copa de vino-. Os juro por Dios, hermano, que no me lo podía creer -añadió en voz baja-. El rey me lo dijo con la misma frialdad con que cualquier persona hubiera podido comentar el tiempo que hacía o la conveniencia de comprarse unos guantes.

Os digo, Athelstan, que el de Gante no cederá el poder muy fácilmente y

que es por eso por lo que el joven rey lo odia con toda su alma. No quiero dejarme arrastrar al baño de sangre que inevitablemente se va a producir.

Athelstan volvió a llenar la copa de Cranston.

- Vamos, sir John, olvidad la política de la corte. Habéis ganado nada menos que mil coronas. Habéis acrecentado la fama de vuestro nombre.

Lady Matilde os espera y vuestra copa rebosa.

- Antes de que me hunda en la ignominia y el pecado -contestó Cranston-, habladme del misterio del convento de los dominicos, hermano.

Athelstan deslizó el dedo por el borde de su propia copa.

- Es un caso muy singular, sir John. ¿Os dais cuenta de que no tenemos ninguna prueba? No tenemos nada que nos permita acusar y tanto menos detener a nadie. Jamás nos habíamos enfrentado con un asunto como éste.

Creo que todo se mantendrá en pie o bien se derrumbará gracias al nombre de Hildegarda. Vamos, sir John, disfrutad tranquilamente de vuestra bebida.

Cranston no necesitó que le repitieran la invitación. Cuando salieron dos horas más tarde del Cordero Sagrado, el forense estaba contando una atrevida historia acerca de las jarreteras de una hermosa dama. Athelstan no le hizo caso. Él también estaba un poco achispado. Mientras ambos atravesaban el barrio de Cheapside con paso inseguro, Athelstan le aconsejó al forense que se callara, pero éste no le hizo el menor caso y siguió contando la historia de las piernas de la bella dama. Dos guardias se acercaron, pero, al reconocer a sir John, giraron sobre sus talones y echaron a correr. Lady Matilde los estaba esperando.

- ¡Oh, sir John! -exclamó en tono quejumbroso-. Pero ¿qué es eso? -

preguntó, ayudando a su esposo a cruzar la puerta. Sir John sonrió y le lanzó unos besos a la nodriza que se encontraba al pie de la escalera, sosteniendo en sus brazos a los gemelos dormidos. Ayudado por lady Matilde y Athelstan, Cranston entró tambaleándose en la cocina y se subió a la mesa.

- ¡Éste que aquí veis -dijo con voz pastosa-es sir John Cranston, forense real de la ciudad, terror de ladrones, perseguidor de criminales, vengador de causas y desentrañador de misterios!

Lady Matilde juntó las manos, contemplando cómo su esposo se balanceaba encima de la mesa.

- Hermano -dijo, mirando severamente a Athelstan-, ¿ha resuelto sir John el misterio?

- Sí, mi señora, lo ha resuelto y ha estado magnífico. Es el verdadero forense del rey y se ha convertido en un hombre más rico, aunque no más prudente, por desgracia. De pronto, Athelstan sintió que la estancia daba vueltas a su alrededor y lamentó

amargamente haber ayudado a Cranston a terminarse la última copa de vino. Se sentó

con aire abatido mientras el forense, con los brazos todavía extendidos, miraba jubilosamente a su esposa desde la mesa como si fuera un alegre Baco.

- ¡No teníais fe, mujer! -tronó.

- Oh, sir John -dijo lady Matilde en voz baja, acariciándole suavemente la rodilla-. Sí

tenía fe y más tarde lo podréis comprobar -añadió en un tímido susurro.

Sir John se tambaleó y se sentó en la mesa, señalando con el dedo a Athelstan.

- Con la ayuda de mi secretario, por supuesto -dijo, balanceándose peligrosamente mientras sus ojos volvían a desviarse hacia la nodriza-. ¡Oh, mis chiquitines! -murmuró. ¡Hubierais estado orgullosos de vuestro padre, hijos míos! ¡Mis hijitos del alma! Vais a convertiros en dominicos, ¿lo sabíais?

Dicho lo cual, echó la cabeza hacia atrás, cayó boca arriba sobre la mesa y se quedó

profundamente dormido. Lady Matilde lo puso lo más cómodo posible y Athelstan impartió la bendición a los gemelos. Después, la nodriza y los demás criados se retiraron de la cocina y lady Matilde le sirvió a Athelstan una jarra de agua fresca y un plato de sopa de cebolla y no paró de hacerle preguntas hasta conseguir que el fraile le revelara todos los detalles del magnífico triunfo de sir John en el palacio de Savoy. La esposa del forense escuchó el relato asombrada y después se acercó a la mesa donde su marido, con los brazos y las piernas colgando, dormía y roncaba como un trueno y le besó suavemente la frente.

- Fray Athelstan, vos sabéis que bebe demasiado -dijo-, pero eso se debe el peso de su alto cargo, a la responsabilidad que siente por los gemelos y a las cosas tan horribles que tiene que ver.

Athelstan, que ya estaba mucho más sereno, esbozó una sonrisa, se levantó y se acercó a la mesa.

- Es un hombre bueno, lady Matilde. No existe otro igual. ¡Sólo hay un Cranston, gracias a Dios!

- ¿No os parece que tendríamos que llevarlo a otro sitio? -preguntó lady Matilde. Athelstan se frotó los ojos.

- Yo creo que está muy a gusto aquí, lady Matilde. Quizá le podríamos colocar un travesero debajo de la cabeza y cubrirlo con una manta, pues por la noche podría refrescar.

-El fraile señaló una silla-. Yo dormiré allí para expiar mis pecados. Idos a la cama -añadió, dándole a lady Matilde una palmada en el hombro-. Sir John estará a salvo.

- ¿Estáis seguro, hermano?

- Duerme el sueño de los justos, lady Matilde.

- ¡Oh, hermano! -Lady Matilde retrocedió, acercándose la mano a la boca-. Perdonadme. Ha regresado el mensajero de Oxford con un fardo para sir John. La esposa de Cranston se retiró y volvió inmediatamente con una pequeña bolsa de cuero atada y sellada.

- Sir John me lo mencionó -dijo, entregándole la bolsa a Athelstan-.

Dijo que vos estabais esperando el regreso del mensajero. Athelstan rompió el sello de la bolsa mientras lady Matilde, conversando con su esposo como si estuviera despierto, procuraba ponerlo cómodo sobre la mesa.

- ¡Esperad, esposo mío! Sí, sí, la capa forrada de piel. Ahora mismo os quito las botas. Athelstan levantó los ojos. Lady Matilde estaba diciendo unas ternezas que jamás se hubiera atrevido a pronunciar en presencia de sir John. De repente, a pesar de su vehemente deseo de hojear el libro que sostenía en sus manos, el fraile se sintió triste y solitario mientras lady Matilde revoloteaba alrededor de su esposo dormido. Recordó las palabras de fray Pablo: «El amor es muy extraño, Athelstan, y asume diversas formas. A veces, nos hiela la sangre y otras nos la quema. Sin embargo, jamás renunciéis a él, pues hay un sufrimiento mucho más profundo que el del amor y es el de la terrible soledad que uno siente cuando lo pierde».

Pensó en Benedicta y comprendió en lo más hondo de su ser que lo que él ansiaba por encima de todo era aquella profunda amistad que unía a lady Matilde con sir John; el anhelo de ser acariciado, mimado y cuidado.

- ¿Os encontráis bien, hermano?

- Pues claro.

Athelstan apartó el rostro y se acercó a la chimenea encendida, estudiando la desteñida encuadenación de cuero del libro. Examinó el

trocito de pergamino oculto entre sus hojas, en el que uno de sus compañeros dominicos de la facultad de teología de Oxford le enviaba sus saludos. Después se sentó y pasó cuidadosamente las páginas del libro, idéntico al que él y Cranston habían visto en el convento de los dominicos.

Pasó las amarillentas y crujientes páginas hasta llegar a la que había sido arrancada de la primera copia. Su compañero de Oxford había encontrado a Hildegarda. Athelstan sintió que un frío estremecimiento le recorría todo el cuerpo.

- ¿Hermano?

- ¿Sí, lady Matilde?

- ¡Cualquiera diría que habéis visto un fantasma!

- No, lady Matilde, ¡acabo de ver el rostro de un asesino!