Un santo asesino

Paul Harding · Capítulo 8 de 15

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Un santo asesino

Capítulo 7

Athelstan y Cranston regresaron al convento, donde el fraile acudió a ver al padre prior y le informó de lo que habían descubierto y de las conclusiones a las que habían llegado. Anselmo palideció al oír sus palabras y Athelstan comprendió que su superior estaba a punto de venirse abajo.

- ¿Por qué? -dijo el prior en un áspero susurro-. ¿Por qué tantas muertes?

- Decidme, padre prior -preguntó Cranston-, ¿qué hacía el hermano Rogelio en el vergel?

- Iba muy a menudo allí. Era su lugar preferido. Decía que le gustaba hablar con los árboles. -Anselmo parpadeó para sacudirse las lágrimas de los ojos-. Rogelio era un retrasado mental y trabajaba en la sacristía, donde Alcuino, a pesar de su severidad, era muy amable con él. En realidad, Rogelio no hacía casi nada: quitar un poco el polvo, barrer y cortar flores para la iglesia. No le gustaban los espacios cerrados. Prefería el aire libre y yo nunca le prohibía salir. Cuando los frailes se congregaban en la iglesia para cantar laudes, maitines o vísperas, Rogelio se iba a los huertos. El pobrecillo decía que allí se sentía más cerca de Dios que en ningún otro lugar. -El prior descargó un puño sobre la mesa-. Ahora ya se ha reunido con su Creador y el asesino anda suelto por ahí como si tal cosa. Athelstan,

¿qué podéis hacer?

- Padre prior, haría todo lo que pudiera, pero debo pediros permiso para salir. Tengo que regresar a San Erconwaldo. -Athelstan miró con ojos suplicantes al prior-. Volveré

más tarde. Necesito asegurarme de que todo marcha bien.

- ¡Ah, sí, la famosa reliquia! -dijo amargamente Anselmo-. ¡Sabrá Dios por qué os preocupáis tanto, Athelstan!

Vuestros feligreses no os hacen el menor caso. -El prior torció el rostro en una mueca-. Sí, me he enterado de la noticia. La fama de vuestro misterioso mártir se está ex-tendiendo por toda la ciudad. Como no os andéis con cuidado, vuestro obispo tomará

cartas en el asunto y entonces vos ya sabéis lo que va a ocurrir.

Athelstan cerró los ojos y musitó una plegaria.

Sí, sé muy bien lo que va a ocurrir, pensó. Los hombres del obispo tomarán el esqueleto y lo llevarán a alguna iglesia más rica o quebrarán los huesos y los venderán como reliquias y, entre tanto, la pobre iglesia de San Erconwaldo quedará sellada y pendiente de una investigación que podría prolongarse varios meses.

- ¿Estáis seguro de que el primer milagro ha sido auténtico? -preguntó Anselmo. Athelstan hizo una mueca.

- Un médico le había vendado el brazo, el hombre es un mercader que goza de muy buena reputación y ahora asegura que su brazo está curado.

Con la mente un poco trastornada, Athelstan se despidió a regañadientes del prior Anselmo y regresó a su alojamiento en compañía de Cranston. Allí llenó sus alforjas, pensando en lo que le había dicho el padre Anselmo mientras el forense revoloteaba a su alrededor como una gallina sobrealimentada.

- ¿Por qué os vais, hermano? ¿Por qué regresáis a vuestra parroquia?

- ¡Porque, de momento, sir John, aquí no se puede hacer nada y allí tengo cosas que hacer! Os aconsejo, sir John -añadió, mirando con la cara muy seria al forense-, que regreséis a casa junto a lady Matilde. Estoy seguro de que os estará esperando. Cranston soltó un gruñido y le miró con la expresión propia de un niño travieso que ha sido sorprendido haciendo alguna de las suyas.

- ¡Por el trasero de una reina! -dijo en voz baja-. ¡Como doña Matilde se entere de la apuesta que he hecho, me corta las orejas!

Athelstan le miró directamente a los ojos.

- Más tarde o más temprano, sir John, os tendréis que enfrentar con su cólera. Mejor antes que después. ¡Vamos! -Mandaron llamar a Norberto para que cerrara la hospedería y decidieron no regresar a caballo a la ciudad sino utilizar una barca desde la Compuerta Oriental hasta el puente de

Londres. La calle del Caballero de la Noche y las callejuelas que arrancaban de ella se encontraban todavía desiertas. Los aprendices medio muertos de sueño estaban preparando los tenderetes cuando el resto de la ciudad aún no había despertado a las tareas del nuevo día. Sin embargo, en la Compuerta Oriental los hombres del alguacil ya se disponían a ahorcar a cuatro rudos piratas del río, a los que estaban empujando sin miramientos hacia unas escaleras de mano para pasarles rápidamente el lazo corredizo de la soga alrededor del cuello. Athelstan y Cranston apartaron el rostro cuando un oficial a caballo dio la orden de que se retiraran las escaleras para que los cuerpos de los piratas danzaran colgados de la soga mientras los lazos corredizos les cortaban la respiración. Athelstan cerró los ojos y rezó una oración por sus almas. Las ejecuciones le habían hecho evocar el amargo recuerdo de la espectral aparición que había visto en el vergel del convento de los dominicos. Contempló la hilera de negros cadalsos cuyos brazos se proyectaban por encima de las aguas del río y oyó unos gritos. Los parientes de los piratas se habían acercado a los cuerpos todavía en movimiento y estaban tirando de ellos hacia abajo hasta que toda una serie de secos crujidos le hicieron comprender a Athelstan que los cuellos se habían roto y los cadáveres colgaban inmóviles. Los hombres del alguacil protestaron, pero no impidieron aquella obra de misericordia. Los oficiales declararon que la justicia se había cumplido y se retiraron.

- Finalmente, vamos a conseguir una barca -dijo Cranston con voz quejumbrosa. Los marineros y barqueros que controlaban el tráfico del río se habían reunido en pequeños grupos para presenciar las ejecuciones de los hombres que tantos perjuicios les causaban, pero ahora ya estaban regresando a los peldaños que conducían al muelle. Cranston alquiló la barca más rápida, tripulada por cuatro remeros, y la embarcación se adentró en las aguas del río rumbo a la ribera de Southwark. Tuvieron que detenerse y cubrirse la boca y la nariz cuando se cruzaron con una de las grandes barcazas que arrojaban al agua montones de basura, animales muertos y desperdicios humanos. Otras embarcaciones se cruzaron con la suya; entre ellas, una barcaza con unos soldados que llevaban a un prisionero a la Torre y un barco con un cargamento de vino de Gascuña que estaba surcando lentamente las aguas rumbo a Rotherhithe. Cerca de Dowgate, vieron una enorme embarcación dorada que transportaba a un grupo de jóvenes cortesanos vestidos de seda y a unas malhabladas rameras con las que habían pasado una noche de jarana en los lupanares de Southwark.

Al final, Athelstan y Cranston desembarcaron en un pequeño muelle que daba al priorato de Santa María de Overy y a las torres y los muros almenados de la posada del Obispo de Winchester. Cranston había decidido seguir el consejo de Athelstan y regresar junto a lady Matilde, pero se había empeñado en que su amigo lo acompañara.

- Mirad, hermano, es posible que, estando vos presente, la señora refrene su cólera. Athelstan accedió de buen grado a acompañarle. El espectáculo sería digno de verse, pensó. Lady Matilde, tan frágil y delicada, tenía fama de ser una fiera. Recorrieron todo un laberinto de malolientes callejuelas, pasaron por delante de la taberna del Abad de Hyde, bajaron por un callejón donde un escuálido perro de pelaje amarillo estaba lamiendo las llagas de la pierna de un mendigo y salieron a la plazuela de San Erconwaldo. Athelstan observó que la casa parroquial estaba a salvo y que la cerda de Úrsula se le había comido casi todos los repollos. Se sacó un segundo juego de llaves que guardaba en la pechera y abrió la puerta de la iglesia, pues los trabajadores aún no habían llegado. La nave del templo estaba todavía llena de polvo, pero los obreros ya habían pavimentado el suelo del presbiterio con unas resplandecientes baldosas blancas. Athelstan batió

palmas de contento.

- ¡Está precioso! -exclamó-. Ahora cambiaremos la cancela y después levantaremos el altar. ¿Creéis que va a quedar bien, sir John?

Sentado en la base de una columna, Cranston asintió con aire ausente.

- Una auténtica joya -dijo en voz baja-. Pero ¿no os habéis dado cuenta de que aquí

falta algo?

Athelstan miró hacia el crucero.

- ¡El ataúd! -gritó-. ¡Ha desaparecido el maldito ataúd!

- No os preocupéis, padre.

Crim, seguido de Buenaventura con la cola levantada, acababa de entrar en la iglesia. El chiquillo avanzó a paso de baile por la nave del templo mientras el gato maullaba de placer al ver a su voluminoso amigo el forense. Sir John golpeó el suelo con los pies y maldijo por lo bajo al felino mientras Crim explicaba que su padre había trasladado el ataúd con los sagrados huesos al pequeño depósito de cadáveres de la parte de atrás del cementerio parroquial.

- Los oficiales de orden que envió el señor forense obligaron a todo el mundo, padre. Entonces Pike el acequiero dijo que, aunque la iglesia estuviera cerrada, el depósito de cadáveres no lo estaba y decidieron trasladar el ataúd allí.

Athelstan reprimió las maldiciones que acudieron a su mente, abandonó la iglesia hecho una furia y cruzó el cementerio cubierto de malas hierbas para dirigirse al depósito de cadáveres adosado al muro del fondo, el cual no era más que un pequeño edificio cuadrado con techumbre de paja y una ventanita con persiana. Pike el acequiero estaba profundamente dormido delante de la puerta, pero Athelstan vio el camino que habían abierto los pies de los peregrinos a través de la hierba del cementerio desde la entrada hasta el pequeño cobertizo.

- Lo que me voy a divertir -murmuró para sus adentros.

Llegó al lugar donde estaba Pike y, echando hacia atrás un pie calzado con sandalia, propinó un fuerte puntapié a las pesadas botas del acequiero, despertándolo de golpe. El fraile estudió sus legañosos ojos, su rostro sin afeitar y la bota de vino vacía que sostenía en la mano.

- Oh, padre, buenos días os dé Dios.

Athelstan se agachó a su lado.

- ¿Y tú qué estás haciendo aquí? -le preguntó dulcemente.

Pike se frotó los ojos y se echó recelosamente hacia atrás.

- Guardando la reliquia, padre.

- ¿Y quién te mandó a ti que sacaras el ataúd de la iglesia?

- Watkin. ¡Fue idea suya!

- Sí, padre -dijo una voz a su espalda desde detrás de una lápida-. ¡Fue Watkin!

Cecilia la cortesana, con el cabello alborotado, el rostro embotado por el sueño y el cuerpo envuelto en una gruesa capa que le cubría el vestido escarlata cuajado de lamparones, surgió de repente ante sus ojos como una aparición. Athelstan la miró, después volvió a mirar a Pike y procuró reprimir la cólera que ardía en su interior.

- ¿Habéis estado los dos juntos aquí toda la noche? ¡Esto es un cementerio! ¡Es tierra consagrada a Dios! -dijo levantándose-. Pero ¿es que tú no has leído la Biblia, Pike?

¡Ésta es la casa de Dios, no un maldito solar abandonado! -añadió, acercándose a la puerta del depósito de cadáveres.

- Yo abriré, padre.

- ¡Quita de ahí! -gritó Athelstan, golpeando con un violento puntapié la parte inferior de la aldaba.

- ¡Oh, padre, no lo hagáis! -le suplicó Cecilia.

Athelstan volvió a soltar otro puntapié y la puerta se abrió justo en el momento en que Cranston, huyendo de las atenciones de Buenaventura, cruzaba a toda prisa el cementerio y preguntaba qué ocurría. En el interior del depósito de cadáveres, Athelstan miró a su alrededor. El ataúd se encontraba encima de una mesa, rodeado de flores marchitas. Alguien había improvisado una tosca cruz y la había colgado en la pared. Su cólera creció de punto al ver que el ataúd había sido profanado.

- ¡Están empezando a vender trozos de madera! -dijo en un susurro, saliendo al exterior con tal furia que a punto estuvo de derribar a Cranston.

Cecilia corrió como una mariposa multicolor hacia la entrada del cementerio, pero Pike se quedó donde estaba. Athelstan lo agarró por el coleto y lo sacudió violentamente por los hombros.

- Mira, Pike, estoy muy disgustado por lo que habéis hecho. Aquí está enterrado tu padre, tu abuelo y tu bisabuelo, lo mismo que muchos otros difuntos de nuestra parroquia. Hombres buenos, piadosas mujeres, todos ellos pobres, pero muy honrados y trabajadores. -Señalando con la cabeza el depósito de cadáveres, añadió-: Ellos hicieron este ataúd con sus propias manos, compraron la madera y contrataron a un carpintero. ¡Y tú, Watkin y los demás, lo estáis convirtiendo todo en un miserable espectáculo!

Pike, alarmado por la inusitada cólera del cura, se limitó a mirarle boquiabierto de asombro. Athelstan lo soltó.

- Ahora escúchame bien, Pike. ¡Quiero que trasladéis de nuevo el ataúd a la iglesia, que cerréis la puerta del depósito de cadáveres y que acabéis de una vez con todas estas estupideces! -Contempló el cementerio cubierto de maleza-. Y dile a Watkin de mi parte que quiero que limpie todo eso, quite las malas hierbas y cuide de las sepulturas, de lo contrario, ¡yo mismo le voy a hacer algo que no olvidará en toda su vida! ¿Entendido?

Pike asintió atemorizado, dio un paso atrás y abandonó a toda prisa el cementerio. Cranston le dio al fraile una palmada en el hombro.

- Bien hecho, hermano. ¡Hubierais tenido que propinarle un buen puntapié en el trasero!

Athelstan se sentó con aire abatido entre las lápidas de las sepulturas.

- No lo hacen con mala intención, sir John. Son unas pobres y sencillas gentes que ven la posibilidad de unas fáciles ganancias. No hubiera tenido

que perder los estribos. Cranston soltó un regüeldo a modo de respuesta.

- ¡Crim! -gritó Athelstan-. ¡Sé que estás escondido ahí!

El niño apareció como llovido del cielo y clavó los ojos en Athelstan, temblando como un perro apaleado.

- No te preocupes. Eres un buen chico, Crim -le dijo el fraile sonriendo-.

Ahora corre antes de que las calles se empiecen a llenar de gente. Ve a decirle a la señora Benedicta que se reúna con sir John y conmigo en la taberna del Caballo Pío. El chiquillo echó a correr, saltando como un galgo entre las altas hierbas. Cranston agarró el brazo de Athelstan y lo ayudó a levantarse. Después lo rodeó con su brazo de oso. Athelstan aspiró los vapores de alcohol de su aliento y comprendió que, ocultándose bajo su holgada capa, sir John había echado mano de la bota milagrosa.

- Para ser un cura, sois un buen hombre, Athelstan. ¡Tenéis fuego en las venas, acero en el corazón y una lengua tan afilada como una navaja! -

Cranston esbozó una picara sonrisa y le dio un fuerte apretón con su brazo-.

Si no fuerais un monje, seríais un magnífico aprendiz de forense.

- Estáis de muy buen humor, sir John.

- Ya me encuentro mejor -dijo Cranston-. Una jarra de cerveza y la presencia de la bella Benedicta. No se puede pedir más.

- ¿Y lady Matilde? -preguntó Athelstan.

- ¡Por los cuernos de Satanás, fraile! ¡No me lo recordéis! -rugió Cranston, cambiando de cara. Llegaron a la taberna y se sentaron. Cranston ya iba por la segunda jarra de cerveza y sus gruesos dedos estaban arrancando la blanca y suculenta carne de una pequeña codorniz, cuando apareció Benedicta. El forense pidió a gritos una copa de hipocrás, la invitó a sentarse sobre sus rodillas y, al oír la mordaz respuesta de la viuda, soltó una sonora carcajada y miró pícaramente a Athelstan por el rabillo del ojo.

Sabía que el fraile era un santo y piadoso varón, pero no acababa de entender la debilidad que sentía por aquella buena mujer. Athelstan se ponía nervioso cada vez que la veía y esta vez le ocurrió lo mismo. Se puso a revolotear a su alrededor como un caballero enamorado y le preguntó si estaba cómoda, a lo cual Benedicta contestó tímidamente que se encontraba muy a gusto. Athelstan llegó en su fuero interno a la conclusión de que debía de ser verdad; Benedicta ya no parecía tan inquieta como antes, llevaba el perfumado cabello negro cubierto con un velo de gasa blanca y lucía un vestido de raso de color de rosa, ajustado a la garganta con un

broche en forma de corazón. La viuda le guiñó el ojo a Cranston y miró de reojo a Athelstan.

- ¿Habéis estado en la iglesia, padre?

- Sí y le he soltado un buen sermón a Pike. Cecilia se ha ido corriendo antes de que yo pudiera decirle unas cuantas verdades. ¡Os lo encomendé todo a vos, Benedicta!

La viuda se encogió graciosamente de hombros.

- Ya conocéis a Watkin, padre. Tiene una boca que parece una trompeta.

Por lo menos, conseguí alejarlos de la iglesia. ¿Qué queríais que hiciera? -

preguntó inocentemente-. ¿Que me tendiera en el cementerio con Cecilia?

Cranston soltó una sonora risotada mientras Athelstan esbozaba una sonrisa.

- ¿Habéis recibido respuesta a la carta? -preguntó Benedicta en tono esperanzado. Cranston le cubrió la delicada mano con su pata.

- No os preocupéis -le dijo entre eructo y eructo-. He enviado al mensajero más rápido que tenemos. Irá desde Dover a Boulogne y tiene orden de esperar la respuesta.

- Sois todo un caballero, sir John -dijo Benedicta, tomando uno de sus dedos y estrechándolo entre los suyos. Cranston tomó la jarra y hundió el rostro en ella para disimular su turbación.

- ¿Y el asunto que os llevó al convento de los dominicos?

- Se trata de un asesinato, señora mía -contestó Cranston con la cara muy seria-.

¡Malditos asesinatos! ¡Muertes silenciosas! Pero yo tengo unas cuantas teorías, tal como más tarde os contará mi secretario.

El forense miró recelosamente a Benedicta y vio que ésta se mordía el labio inferior y que Athelstan mostraba un repentino interés por su propia copa de vino.

- Quiero reunirme con vos antes de regresar al convento de los dominicos, Benedicta

-dijo suavemente Athelstan-. Hay que trasladar de nuevo el ataúd a la iglesia y dejarlo allí. Hoy estamos a jueves. Regresaré el martes que viene y confesaré antes del día del Corpus. Decidle a Watkin que quiero verlo todo en su sitio.

- ¿Y qué más?

Athelstan apoyó la espalda contra la pared.

- He estado pensando en todo lo que el padre prior me ha dicho antes de que abandonara el convento de los dominicos. Me ha comentado el primer milagro y creo que ya es hora de que visitemos a Raimundo D'Arques.

Vamos. -El fraile se levantó y señaló la puerta mientras Cranston apuraba su jarra de cerveza-. Puede que la niebla se esté disipando en más de un sentido. La casa de D'Arques, un estrecho edificio de dos plantas situado en la esquina de una calle, era de entramado de madera, tenía un tejado de tejas rojas, unas ventanas muy pequeñas y un pasadizo lateral. Athelstan recorrió el pasadizo hasta el fondo, miró por encima de una pequeña verja y vio un espacioso patio en cuyo suelo estaban acurrucados varios mendigos.

Sorprendido, regresó a la fachada de la casa y llamó a la puerta mientras Cranston y Benedicta se situaban a su espalda. La risueña esposa de D'Arques abrió

la puerta y los saludó con una amable sonrisa.

- Padre Athelstan -dijo, desviando inmediatamente la mirada hacia Cranston y Benedicta.

- Dos amigos -le explicó Athelstan-, sir John Cranston, forense de la ciudad, y Benedicta, miembro de mi consejo parroquial.

- Pasad -dijo-. Mi esposo está trabajando. ¿Habéis venido para verle por lo del milagro de San Erconwaldo?

- Sí -contestó el fraile-. La noticia se ha propagado por todo Southwark e incluso al otro lado del río.

D'Arques estaba sentado en la fría cocina de suelo de baldosas de piedra. Las monedas esparcidas sobre la mesa, las tiras de pergamino, el tintero de cuerno, la pluma y el pequeño ábaco de bolas negras indicaban que estaba haciendo unas cuentas. Al verles entrar, Raimundo empujó su escabel hacia atrás y se levantó, invitándoles a sentarse alrededor de la mesa.

- Seáis bienvenido, fray Athelstan.

Se hicieron las presentaciones. Raimundo estrechó la mano de Cranston y saludó cortésmente con la cabeza a Benedicta. Athelstan se sentó y miró a su alrededor. La pulcra cocina estaba perfectamente ordenada. Un delicioso aroma se escapaba de un enorme caldero puesto sobre un fuego de troncos.

D'Arques vio la dirección de su mirada.

- Estofado de carne de buey -dijo-, pero no son las habilidades culinarias de mi esposa lo que os interesa. -Se recogió la holgada manga de su vestidura y mostró un brazo perfectamente sano-. Como veis, padre, la

infección no se ha reproducido. Cranston y Benedicta contemplaron la tersa piel, buscando en ella alguna marca, pero no encontraron nada. La mujer de D'Arques se acomodó en el otro extremo de la mesa y les observó con atención.

- Maese D'Arques -dijo Athelstan, removiéndose con inquietud en su asiento al darse cuenta de que estaba turbando la paz de un hogar feliz-,

¿habéis vivido toda la vida en Southwark?

- Nací y me crié en Southwark.

- ¿Y habéis sido carpintero?

- Me he dedicado a distintos oficios, padre, ¿por qué me lo preguntáis?

- ¿Habíais estado casado antes?

D'Arques echó la cabeza hacia atrás y soltó una alegre carcajada, guiñándole el ojo a su esposa.

- ¡Una vez basta, padre! Margot Twyford -dijo, señalando con la cabeza a su mujer-es mi primera y única esposa. Mi primer y único amor -añadió en un suave susurro. La mujer apartó el rostro, turbada.

- ¿Twyford? -preguntó Cranston-. ¿Pertenecéis a esa familia?

- Pues sí, sir John. Los famosos Twyford, los mercaderes de los príncipes. Yo soy un miembro de esta familia. Mi padre era contrario a que yo me casara fuera del círculo familiar y de los grandes gremios de mercaderes en los que tanto peso ejercen los Twyford.

Athelstan comprendió que ya había llegado al límite máximo que podía permitirle su audacia y ya estaba a punto de cambiar de tema y encauzar la conversación hacia unos derroteros más mundanos cuando se oyó una repentina llamada a la puerta de atrás.

- Perdón -musitó D'Arques-. Tenemos otras tareas que atender. Su mujer se levantó. Recogiendo una enorme bandeja que había encima de una mesa auxiliar, se acercó a la chimenea, se arrodilló delante del fuego y, tomando una cuchara, empezó a echar raciones de estofado en unos cuencos de loza.

- ¿Os apetece comer algo? -preguntó, volviéndose a mirarles-. ¿Algo para beber?

- No, muchas gracias -se apresuró a contestar Athelstan, mirando a Cranston-. ¿Tenéis hijos, maese D'Arques?

El mercader soltó otra carcajada, se levantó y abrió la puerta. Athelstan vio a los mendigos del patio, mirando con expresión anhelante hacia la cocina.

- Sentaos allí junto al muro y mi mujer os servirá la comida -les dijo D'Arques. Los mendigos obedecieron en silencio mientras la esposa de D'Arques cambiaba la posición de los cuencos en la bandeja para poder colocar entre ellos una fuente con rebanadas de pan. Mirando con una sonrisa a sus visitantes, salió al patio donde fue acogida con gritos de gratitud y aprecio.

- ¿Dais de comer a los pobres? -preguntó Benedicta con un destello de admiración en los ojos.

- San Swithin es nuestra parroquia, mi señora Benedicta. Todos tenemos nuestras tareas que hacer. Al mediodía damos de comer a diario a todos los pobres de la demarcación parroquial. Es lo menos que podemos hacer -

contestó D'Arques. Athelstan se levantó para acercarse a la puerta, miró a su alrededor y vio un pequeño aparador primorosamente labrado.

- ¿Lo hicisteis vos, maese D'Arques?

- Por supuesto que sí, lleva mi marca. -D'Arques se acercó a Athelstan y señaló un pequeño emblema justo por encima de una de las bisagras. Se trataba de una complicada cruz con dos coronas cuidadosamente grabadas, una a cada lado-. ¿Por qué habéis venido, padre? -preguntó en un susurro.

- Los milagros no ocurren todos los días -contestó Athelstan, sonriendo-. He venido para asegurarme de que el vuestro había tenido efectos duraderos. -Athelstan les hizo señas a sus acompañantes de que se acercaran-. Sir John, mi señora Benedicta, ya le hemos hecho perder demasiado tiempo a maese D'Arques. Señor, mis respetos a vuestra señora esposa.

El carpintero los acompañó a la puerta y, hasta que no doblaron la esquina, Cranston no manifestó su opinión.

- Pero, por el amor de Dios, Athelstan, ¿qué demonios estamos haciendo aquí?

- Una corazonada, sir John. D'Arques es el que ha armado el revuelo del gran misterio de San Erconwaldo. Pensé, con indigna sospecha, que Watkin había tenido algo que ver con ello.

- ¿Eso creéis? -preguntó Benedicta.

- ¡De Watkin y de su aliado y antiguo enemigo Pike el acequiero me lo creo todo! replicó Athelstan-. Pero venid, tenemos que hacer una última visita. Fueron a ver al médico Culpepper en su mohosa y destartalada casa de la calle de la Pocilga, pero el anciano les sirvió de muy poco.

- Maese D'Arques es un digno miembro de la parroquia -confirmó-. Un honrado mercader que tenía una infección en la piel del brazo. No -añadió, acompañándolos a la puerta-, alguien como maese D'Arques hubiera sido incapaz de mantener oscuros tratos con Watkin el recogedor de estiércol y Pike el acequiero.

Los tres regresaron muy despacio a San Erconwaldo. Una vez allí, Athelstan se despidió de Benedicta y, tomando del brazo a un maldispuesto sir John, bajó a toda prisa hacia el puente de Londres.

- El hogar está donde está el corazón -dijo con ironía, tratando de disimular la decepción que le habían causado las infructuosas visitas-.

Ahora ha llegado el momento de que os enfrentéis con lady Matilde.

Al llegar a la casa de sir John cerca de Cheapside, ambos hombres estaban muertos de cansancio. El día era muy caluroso y las polvorientas calles estaban llenas de buhoneros. En Cheapside había tanta gente que casi tuvieron que abrirse camino a codazos entre los vendedores, aprendices, vigilantes del mercado, pordioseros que pedían limosna con voz lastimera y una fila de malhechores que estaban siendo conducidos a una gran jaula, cerca del Gran Canal. Una compañía de cómicos había erigido una improvisada plataforma cerca de la cruz del mercado y estaba representando un misterio sobre la caída de Jezabel. Por desgracia, Cranston y Athelstan llegaron justo en el momento culminante de la obra, en el que la malvada reina, con la cara pintarrajeada como una ramera, escuchaba la terrible sentencia del profeta Elias que la condenaba a ser devorada viva por los perros. Entre gritos y exclamaciones de asombro, la multitud se dejó llevar por el dramatismo de la escena y decidió «ayudar» al profeta, lanzando al escenario toda suerte de desperdicios. Cranston tuvo que empujar al suelo de un manotazo en la oreja a un ratero al que había visto merodeando entre la gente.

- ¡Largo de aquí, desvergonzado! -le rugió.

Quiso la mala suerte que su voz de trompeta llegara al escenario donde el hombre que interpretaba el papel del profeta creyó que sir John se estaba dirigiendo a él. De no haber sido por la rápida intervención de Athelstan, se hubiera podido producir un drama mucho más grave que el que se estaba representando sobre el escenario cuando Cranston, irguiéndose en toda su imponente estatura, empezó a insultar a los cómicos, calificándolos de criaturas infernales y diciendo que no tenían permiso para actuar al aire libre. Otros se unieron inmediatamente a la disputa, pero Athelstan logró

empujar a sir John a través de la muchedumbre, pasando por delante del Cordero Sagrado, la taberna preferida del forense, hasta llegar a la puerta principal de su casa.

- Sir John -le dijo casi sin resuello-, recorrer Londres con vos es una experiencia que no se puede olvidar, ¡ni repetir, por supuesto!

Cranston miró enfurecido a la multitud.

- En mi tratado sobre el gobierno de esta ciudad -dijo solemnemente-, los cómicos tendrán que hacer sus representaciones en lugares determinados y deberán contar con un permiso especial. Además…

Athelstan ya había oído suficiente.

Se volvió y empezó a aporrear furiosamente la puerta.

- Como gustéis -musitó Cranston-. ¡Si tuviera más tiempo y paciencia, ya les arreglaría yo las cuentas a esos bribones!

Abrió la puerta una escuálida criada de enjuto rostro. Con una sonrisa en los labios, el forense la apartó a un lado.

- ¡Sir John! -dijo la muchacha con voz entrecortada-. ¡No os esperábamos!

- ¡Vengo como un ladrón en la noche! -tronó Cranston-. ¡Ahora ve a decirle a lady Matilde que su amo y señor ha regresado a casa!

- Lady Matilde se ha ido al mercado de carne del matadero, señor. No tardará en volver.

- ¿Y mis principitos?

- Están arriba en la solana con la nodriza, sir John.

Cranston empezó a subir pausadamente la escalera, le hizo a Athelstan unas autoritarias señas de que le siguiera y el fraile se apresuró a obedecerle. En la solana, una alegre y soleada estancia con tapices en la pared y alfombras en el suelo, la nodriza estaba sentada sobre los almohadones de la repisa de una ventana, meciendo suavemente una gran cuna de madera. Al ver entrar a Cranston, se levantó y lo saludó con una reverencia.

- Retírate -le dijo amablemente el forense.

- ¡Lady Matilde ha dicho que no dejara solos a los niños! -replicó en tono suplicante la agraciada joven.

Cranston frunció el entrecejo.

- Yo soy el padre de los niños -dijo-. Conmigo estarán bien. La nodriza, volviendo la cabeza con expresión preocupada, se retiró de la estancia mientras sir John le hacía señas a Athelstan de que se acercara.

- ¡Mirad! -dijo el forense en un susurro mientras se inclinaba sobre la cuna de madera, retiraba la manta de pura lana bajo la cual sus dos chiquitines, tal como él cariñosamente los llamaba, se encontraban profundamente dormidos, y agachaba la cabeza bajo el alto dosel de lino mientras arrojaba sobre sus amados hijos unos fuertes vapores de alcohol-.

¡Unos chicos preciosos! -musitó-. ¡Auténticamente preciosos!

Athelstan miró por detrás de la canosa cabeza del forense y procuró disimular una sonrisa. Los dos «preciosos chicos», «príncipes» y

«chiquitines» eran, en realidad, unos saludables bebés que, con la cabeza pelada, los hoyuelos de sus rubicundas mejillas y la tersa piel de su cuerpo, se parecían hasta tal extremo a sir John que, si él se hubiera tropezado con ellos en Cheapside, hubiera adivinado inmediatamente a qué familia pertenecían. Cranston lo apartó a un lado.

- Se ve que están contentos -dijo en un susurro-. Sonríen incluso cuando duermen.

¡Fijaos en eso! -añadió, inclinándose para acariciar a uno de ellos. A Athelstan le pareció que era Francisco por el mohín de la boca. El forense empujó con tal fuerza al niño que éste se despertó: dos líquidos ojos azules los contemplaron con asombro-. ¡Tranquilo, mi niño! -murmuró Cranston-.

Duérmete otra vez. Después se incorporó tambaleándose ligeramente y dio sin querer un fuerte empujón a la cuna. El otro niño se despertó y ambos hermanos miraron a su progenitor.

- Están sonriendo porque se alegran de ver a su padre -dijo el forense.

Casi obedeciendo a una señal previamente convenida, los gemelos abrieron enormemente los ojos y dieron rienda suelta a toda su furia, en protesta por el hecho de haber sido tan brusca e inesperadamente despertados. El forense volvió a cubrirlos con la manta y empezó a mecer vigorosamente la cuna.

Athelstan no pudo por menos que echarse a reír, pues, cuanto más mecía la cuna, tanto más arreciaba el llanto de los pequeños. Cranston le miró enojado.

- ¡No os riáis, maldita sea vuestra estampa, monje estúpido! ¡Dadles una bendición o cantadles un himno!

- ¡Sir John! ¿Qué estáis haciendo?

Cranston se volvió muy despacio, como un enorme barco azotado por el vendaval. Lady Matilde se encontraba en la puerta de la solana. Debía de medir apenas un metro cincuenta y cinco de estatura, parecía extremadamente frágil y tenía una ingenua carita de muñeca enmarcada por

un vulgar cabello castaño, pero Athelstan adivinó la terrible furia que ardía en su interior, oculta por la falsa y dulce sonrisa que iluminaba su bello semblante habitualmente sereno.

- ¿Qué estáis haciendo, sir John? -repitió lady Matilde, entrando muy despacio en la estancia-. ¡Irrumpís en esta casa como un jabalí, desobedecéis mis instrucciones y asustáis a los niños! ¿No tenéis suficiente con haber aceptado una apuesta que les puede dejar incluso sin el tejado que les cubre la cabeza? -preguntó, señalando dramáticamente hacia el techo.

Dicho lo cual, se volvió y llamó a la nodriza. Al final, la chica desapareció por la escalera, sosteniendo en sus brazos a los enfurecidos gemelos cuyo llanto acabó perdiéndose en la distancia. Cranston puso los ojos en blanco y cruzó la sala para acomodarse en su asiento preferido a la vera de la lumbre. Vio un cuenco vacío en un rincón de la chimenea.

- ¿Ha estado aquí el muy holgazán de Leif?

- Sí, está arreglando el jardín porque vos, sir John, ¡teníais asuntos que requerían vuestra presencia en otro sitio! ¡Habréis estado en las cloacas a juzgar por vuestro lenguaje!

Cranston se hundió en su asiento y frunció los labios de una forma que a Athelstan le hizo recordar más a sus hijitos que al forense del norte del Támesis. Lady Matilde, con el cuerpo más rígido que una tabla de madera, se acercó a él con los brazos cruzados.

- Sir John, tenéis una boca tan grande como vuestro vientre, lo único que os redime es vuestro gran corazón. A veces, sois un hombre tremendamente astuto, pero, en ciertas ocasiones -lady Matilde lanzó un suspiro-, Leif el mendigo tendría mucho más sentido común que vos.

¿Cómo es posible que hayáis aceptado semejante apuesta? ¡Mil coronas nada menos!

- Athelstan me echará una mano -replicó humildemente Cranston. Lady Matilde le dirigió una mirada asesina al fraile, el cual decidió mantenerse al margen y permanecer sentado en silencio en el asiento de la repisa de la ventana. Athelstan miró perplejo a lady Matilde mientras ésta le soltaba a su marido un duro y amargo sermón acerca de las virtudes del sentido común y la conveniencia de mantener la boca cerrada. Cranston, que no le tenía miedo a nadie, permaneció sentado con la cabeza gacha y los ojos entornados. Al final, lady Matilde le dio a su esposo unas palmadas en el hombro y se inclinó para darle un suave beso en la mejilla.

- Ya está, sir John, he dicho lo que tenía que decir. -Entrelazó los dedos de las manos y miró a Athelstan-. Bienvenido, hermano, siempre le doy gracias a Dios de que sir John os tenga consigo. Estoy segura -añadió mientras Athelstan, con una sonrisa en los labios, captaba el acerado tono de amenaza de su voz-, es más, tengo la certeza de que ayudaréis a mi esposo a salir de este atolladero. Y ahora, sir John, una copa de clarete y una fuente de dulces. ¿Y vos, hermano? Bueno, no hay nada como la miel para borrar el sabor del vinagre, ¿no es verdad, esposo mío?

Cranston, con la cabeza todavía ligeramente inclinada, asintió enérgicamente y, mientras lady Matilde se retiraba de la estancia, lanzó un profundo suspiro y se aflojó sobre el asiento como una vejiga pinchada.

- Creedme, hermano -dijo en un áspero susurro-, nada, pero nada en este mundo puede ser más temible que lady Matilde en pie de guerra. ¡Prefiero mil veces a un grupo de jóvenes alborotadores a cualquier hora del día o de la noche!

Lady Matilde regresó al poco rato con una garrafa de vino y una bandeja de exquisitos dulces y empezó a servir a su esposo como el más fiel de los criados. Tras haber comprobado en qué dirección soplaban los vientos, el forense recuperó la iniciativa y reafirmó su autoridad, preguntando en tono malhumorado qué había ocurrido en su ausencia.

Después asintió impacientemente con la cabeza mientras lady Matilde le comentaba los chismes sobre los vecinos, la subida del precio del pan y la cantidad de peleas callejeras que constantemente se producían en la ciudad.

- ¡Ah, sir John! -exclamó lady Matilde, cubriéndose la boca con una mano-. Lo había olvidado. Se han recibido unas cartas para vos.

Se acercó a un pequeño arcón y sacó dos delgados rollos de pergamino.

Sir John los abrió y estudió rápidamente su contenido, chasqueando la lengua.

- Estamos de suerte, hermano -anunció-. En primer lugar, mis escribanos han conseguido establecer que vuestra iglesia tiene tan sólo ciento treinta años de antigüedad. Antes, el espacio lo ocupaba una casa particular. Y, en segundo lugar y lo más importante, mis espías han localizado a Guillermo Fitzwolfe, antiguo párroco de la iglesia de San Erconwaldo de Southwark. Se le puede encontrar en la taberna del Tabardo de Terciopelo, en una callejuela cerca del convento de los carmelitas.

Athelstan se levantó y tomó los pergaminos, presa de una gran agitación.

- ¿Y por qué no detienen vuestros hombres a Fitzwolfe?

- La ley -contestó solemnemente Cranston-contempla ciertas limitaciones en la cuantía de los delitos. Y no olvidéis que el hecho de huir de una iglesia no es ningún crimen.

- ¡Lo es si uno se lleva casi todo lo que hay allí!

- Mi querido hermano, ya conocéis la ley. Eso es algo que no tenemos ninguna posibilidad de demostrar.

- Entonces, ¿qué puedo hacer?

Cranston se levantó y se aflojó el cinturón.

- Traedme la espada y el cinto, lady Matilde, y una de mis picas para Athelstan. Vamos a pegarle un susto a Fitzwolfe. A los pocos minutos, Cranston abandonó majestuosamente su casa, abrazó a su esposa y le aseguró que todo iría bien. Después, besó a sus principitos en la frente y les volvió a provocar un acceso de furia.

- Me gustaría que mi esposo recordara alguna vez que lleva bigote y barba -le dijo lady Matilde a Athelstan en un susurro-. ¡Y que ambas cosas son tan ásperas como un seto vivo de aligustre!

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CAPÍTULO 8

Cranston y Athelstan recorrieron el bullicioso laberinto de Cheapside y entraron en las míseras callejuelas que rodeaban el convento de los carmelitas. Los mendigos pedían limosna con voz quejumbrosa, las moscas revoloteaban sobre la basura que atascaba las cloacas y que, en algunos lugares, llegaba hasta el nivel de la cintura en el exterior de las sucias y malolientes casuchas. Dos niños habían atrapado un perrillo y estaban intentando introducirle un palo en el recto cuando el forense les pegó un tremendo puntapié

que los obligó a alejarse como alma que lleva el diablo. Los buhoneros y los vendedores ambulantes, con sus bandejas de baratijas o sus pequeños tenderetes de comida sobre los cuales revoloteaban innumerables moscas, pregonaban sus mercancías desde las esquinas sin apartar los ojos de los vigilantes que recorrían las calles. Un grupo de vigilantes del mercado había detenido a dos hombres: uno de ellos no había pagado el necesario tributo que se exigía para poder ejercer el comercio en la ciudad y al otro estaban tratando de obligarle a pronunciar las palabras «pan y queso», pensando que era un flamenco que no estaba autorizado a introducir mercancías en la ciudad.

- Si las pronuncia mal -murmuró Cranston al pasar por su lado-, le quemarán la palma de la mano con un atizador al rojo vivo.

Unas oscuras sombras entraban y salían de los portales de las callejas.

En el aire se aspiraba el denso humo de unas enormes cubas de metal en las que unos sujetos estaban preparando engrudo con una mezcla de huesos y despojos del matadero en la parte de atrás de sus pobres viviendas. Cranston se conocía muy bien el camino. Athelstan, sujetando fuertemente la pica, caminaba un poco rezagado para poder comprobar si les seguía alguien. Los niños gritaban y discutían entre sí y los perros se peleaban por la basura. A Athelstan le pareció ver en uno de los montones de desperdicios una mano humana con unos putrefactos dedos extendidos.

- ¡Dios nos valga! -musitó.

- Eso es la puerta del infierno -contestó Cranston-. Rezad, hermano, y mantened el ojo avizor. Si alguien se acerca a vos, tanto si es un borrachín como si es una mujer o un niño, ¡atizadles fuerte con esta pica!

Bajaron por un callejón donde unos pordioseros salieron de las sombras y les cortaron el paso. Cranston desenvainó la espada y la daga.

- ¡Largo! -les gritó.

Las figuras retrocedieron hacia la oscuridad. En una esquina había una mujer con tres niños cubiertos de harapos y llenos de terribles llagas y magulladuras. La mano de Athelstan se desplazó rápidamente hacia la bolsa mientras la demacrada mujer le miraba con el único ojo que tenía y alargaba hacia él una especie de garra de pájaro. Cranston apartó la mano de un manotazo y tiró del brazo de Athelstan.

- Guardaos el dinero, hermano. ¿No veis que es una buscona?

- ¿Una qué?

- Una profesional de la mendicidad.

Athelstan volvió la cabeza con semblante apenado.

- Pero, ¿y los niños, sir John? ¡Con esas llagas tan horribles!

El forense soltó una carcajada.

- Es extraordinario, hermano, lo que puede hacer la gente con una mezcla de sal, pintura, potasa y sangre de cerdo.

- Pues parecen de verdad.

- Fijaos en sus cuerpos, hermano. Están gordos y bien alimentados, esos niños no se mueren de hambre. Probablemente comen mejor que yo.

- ¡Eso sería un auténtico milagro! -exclamó Athelstan, sacudiendo la cabeza al pensar en la astucia de los mendigos mientras bajaba con sir John por otra callejuela-. ¿Ya estamos llegando? -preguntó. Cranston se detuvo y le señaló una sucia enseña que se balanceaba mecida por el viento bajo el alero de una taberna de tres pisos. El forense abrió la puerta de un puntapié y ambos entraron en la oscura y mohosa sala donde sólo ardían unas cuantas lámparas de aceite. Las pocas ventanas que había en la parte superior de la pared estaban firmemente cerradas. De repente, cesaron todos los murmullos de las conversaciones y Athelstan experimentó una punzada de temor al ver los siniestros rostros y las amenazadoras miradas de los hombres que allí se encontraban. Dos de ellos estaban dormidos y los demás bebían o jugaban a los dados en pequeños grupos.

- ¡Por los cuernos de Satanás! -musitó Cranston.

Al ver que un hombre se levantaba de una mesa junto a la puerta, echó inmediatamente mano de su espada y su daga. Athelstan vio el destello de un cuchillo en la mano del hombre.

- ¿Y ahora qué, bellacos? -rugió Cranston-. Puede que algunos de vosotros me conozcan. En caso contrario, estoy seguro de que nos veremos las caras más tarde o más temprano. Soy sir John Cranston, forense de la ciudad y funcionario legal del rey. Y éste es mi secretario y escribano fray

Athelstan, del convento de los dominicos. -Rozó con su regordeta mano al cara de rata que sostenía la navaja en la mano-. ¡Y tú, muchacho, te vas a sentar aquí muy calladito!

El tipo obedeció muy despacio.

- ¿Qué demonios es lo que queréis, Cranston? -preguntó una voz.

Cranston levantó la espada en alto, sosteniéndola por la empuñadura.

- Juro que no os quiero causar el menor daño, aunque podría regresar con unos cuantos oficiales y registrar este hermoso lugar para ver qué es lo que contiene. Un tabernero de grasiento rostro emergió de la oscuridad, secándose las manos con un paño sucio.

- Seáis bienvenido, sir John -dijo, inclinándose servilmente ante el forense. Cranston lo asió por el hombro.

- ¡No, no lo soy y tú lo sabes muy bien, grandísimo sinvergüenza!

Quiero hablar con una persona, simplemente hablar, y sé que está aquí. Por consiguiente, no te atrevas a mentirme. Un hombre que se hace llamar maese Guillermo Fitzwolfe y era el antiguo párroco de San Erconwaldo.

Sus palabras fueron acogidas con un silencio mortal.

- Bueno, si prefieres que hagamos las cosas de otra manera.

Cranston se medio volvió para dirigirse a la puerta. Athelstan oyó unos murmullos y, de pronto, surgió un hombre de entre las sombras.

- Yo soy Fitzwolfe, sir John. No he cometido ningún delito.

Cranston le hizo señas de que se acercara un poco más.

- Vaya si lo has cometido, hijo mío, pero no vamos a entrar en eso ahora. Sólo te robaremos unos cuantos minutos. El hombre se acercó a la luz y Athelstan le miró con inquietud. A primera vista, parecía una persona respetable. Llevaba el cabello negro largo hasta los hombros, iba pulcramente afeitado y tanto su rostro como sus manos eran de gran suavidad y delicadeza. Pero sus labios estaban torcidos en una burlona mueca de desprecio y sus ojos eran fríos, siniestros y calculadores. Iba vestido de cuero negro de la cabeza a los pies. Athelstan vio el puño de una daga en la caña de una de sus botas y una gran navaja colgada del cinto. El fraile jamás había visto a nadie de apariencia tan siniestra. Fitzwolfe le miró y entreabrió los labios en una especie de sonrisa.

- Vos debéis de ser Athelstan, el nuevo párroco de San Erconwaldo.

¿Cómo están mis amados feligreses? Seis años son mucho tiempo. ¿Watkin el recogedor de estiércol también se pasa el rato diciéndoos lo que tenéis que hacer tal como hacía conmigo? -Se int-rodujo los dedos pulgares en el

cinto de la espada-. ¿Y Cecilia la cortesana? Tenía unas posaderas preciosas, pero armaba mucho alboroto cuando hacía el amor. Athelstan se adelantó.

- ¡Sois un ladrón, Fitzwolfe!

El sacerdote suspendido de su ministerio extendió las manos.

- ¿Dónde están las pruebas? Yo me fui de San Erconwaldo. Fueron los feligreses quienes saquearon la iglesia. Athelstan respiró hondo, tratando de serenarse.

- ¡Vamos! -gritó Cranston de repente-. Mi señor tabernero, ¿tenéis alguna habitación en la parte de atrás? ¿Una despensa o una cocina? Quiero hablar allí con nuestro amigo. El tabernero los acompañó a una estancia con una chimenea encendida; un montón de fuentes y platos sucios ocupaba una pringosa mesa, junto a la cual dos sollastres los estaban lavando, sumergiéndolos en un barreño lleno de agua espumosa. Cranston chasqueó los dedos.

- Fuera todos, tú también, mi señor tabernero -dijo, empujando al tabernero y a los sirvientes hacia la puerta, cerrándola a su espalda y apoyándose en ella. Después señaló

con la cabeza hacia el otro lado de la cocina-. Abrid esa puerta, Athelstan, por si tenemos que escapar a toda prisa, y quedaos allí por si a maese Fitzwolfe se le ocurriera la misma idea.

Sin embargo, el antiguo sacerdote permanecía elegantemente sentado en un escabel con las piernas cruzadas como una mujer y las manos entrelazadas alrededor de una rodilla. Este hijo de mala madre se está burlando de mí, pensó Athelstan.

- Estoy aquí por libre voluntad, sir John, y puedo irme en cualquier momento si me apetece -dijo Fitzwolfe, esbozando una afectada sonrisa-.

No tenéis ninguna orden de detención contra mí. O, por lo menos, ninguna que sea válida. Dejé San Erconwaldo hace seis años. Cranston sonrió y, desenvainando la espada, la descargó por la parte plana de la hoja sobre su hombro, consiguiendo sobresaltarle y hacerle perder el aplomo.

- ¡Te voy a matar, Fitzwolfe!

El antiguo clérigo intentó levantarse. Cranston le obligó a volver a sentarse, empujándolo con su espada.

- Verás -dijo-, yo soy un representante de la ley y vine aquí para hacerte unas cuantas preguntas. Te sacaste una daga de la bota y tuve que matarte.

Y ahora dime, ¿quién llorará tu muerte? Si lo prefieres -añadió, apartando la espada-, puedes contestar a unas cuantas preguntas. ¿Qué eliges?

- Las preguntas.

- Cuando eras párroco de San Erconwaldo, ¿mandaste cambiar las baldosas del suelo del presbiterio?

- Vamos, sir John -contestó Fitzwolfe en tono de burla, ¡yo tenía cosas mejores que hacer que cuidar de aquel miserable lugar!

- ¿O sea que eso se hizo antes de tu llegada allí?

- Sí, eso fue una de las brillantes ideas del padre Teobaldo. No lo hicieron demasiado bien, ¿verdad? -Fitzwolfe miró con expresión burlona a Athelstan-. A mí me resbalaban constantemente los pies cuando las pisaba.

Lo cual tampoco era demasiado difícil después de haberme bebido todo el contenido de una bota de vino. Athelstan le miró, pensando: «Éste no teme ni a Dios ni a los hombres». De pronto, comprendió la razón de su inquietud. Estaba seguro de que Fitzwolfe practicaba la magia negra y era uno de aquellos señores de las encrucijadas y maestros de la horca, entre los cuales abundaban los sacerdotes suspendidos de su ministerio que explotaban el po-der espiritual que se les había otorgado para ejercer aquellas prácticas. Fitzwolfe le devolvió la mirada y asintió levemente con la cabeza como si hubiera leído sus pensamientos.

- ¿Alguna otra pregunta? -dijo, levantándose perezosamente de su asiento.

- Sí -contestó Athelstan, cruzando los brazos mientras apoyaba la espalda contra la pared-. Estoy seguro de que la plata de San Erconwaldo habrá sido fundida y vendida, pero es que, además, os llevasteis el registro en el que estaban anotadas todas las cuentas de la iglesia. Caben dos posibilidades, Fitzwolfe, o que lo quemarais o que todavía lo tengáis en vuestro poder.

- Lo rompí.

- ¿Y las páginas?

- Utilicé una parte del pergamino -contestó Fitzwolfe, encogiéndose de hombros-. No hubiera servido para nada. Estaba lleno de incomprensibles garabatos del padre Teobaldo. ¿Qué os induce a pensar que lo tengo todavía en mi poder?

- ¡Porque estoy seguro de que lo utilizáis en vuestras actividades y para vuestros inmundos propósitos!

Fitzwolfe apuntó con un dedo hacia el cielo.

- Podéis ver lo que me queda. Está en la buhardilla que ocupo en el piso superior de la casa.

Cranston hizo una burlona reverencia.

- ¿A qué esperamos?

Fitzwolfe sacudió la cabeza.

- Vos no. ¡No quiero que ningún representante de la ley meta las narices en asuntos que no son de su incumbencia!

- ¡Por mi parte -replicó Cranston-yo tampoco permitiré que subas a la buhardilla y desaparezcas por el tejado y no se te vuelva a ver el pelo por aquí!

Fitzwolfe señaló hacia atrás con el pulgar por encima del hombro.

- El cura puede entrar. Vos os quedaréis fuera.

Regresó a la sala de la taberna mientras Cranston y Athelstan, sin prestar atención a las maldiciones y las burlas de los parroquianos, le seguían hasta una puerta lateral y salían con él a un oscuro callejón que apestaba a orines y estaba lleno de toda suerte de basura y desperdicios. Una vez allí, subieron por una resbaladiza e insegura escalera que rodeaba la parte exterior del edificio.

- Una casa de reposo -comentó Cranston en voz baja. Subieron a los rellanos y pasaron por delante de varias puertas de madera-. Madrigueras -

añadió el forense-, pasadizos secretos, galerías de ratas en las que se ocultan y corretean las sabandijas humanas. Si estuviera en mi mano, lo tiraría todo al suelo.

- Pero no lo haréis, ¿no es cierto, sir John?

Al final, llegaron al piso de arriba.

- ¡Vos quedaos aquí, sir John! ¡Cura! -gritó Fitzwolfe, haciéndole señas a Athelstan. El fraile entró, entornó los ojos para acostumbrarlos a la oscuridad, arrugó la nariz y aspiró un extraño aroma dulzón. Fitzwolfe se movía por la estancia como una sombra. Con una yesca encendió unas largas velas blancas colocadas en candeleros de latón y protegidas por capuchones de metal. Athelstan miró a su alrededor. Un frío estremecimiento le cosquilleó la nuca y, por una extraña razón, notó que le faltaba el aire.

- «Aunque camine por cañadas oscuras -musitó, repitiendo las palabras del salmista-, nada temo porque Tú vas conmigo.»

La estancia estaba limpia, pero los muros, el suelo y el techo se habían pintado de negro y despedían un siniestro brillo bajo la luz de las velas. En

un rincón y bajo una pequeña ventana, había una carriola al lado de una mesa que parecía un altar y, por enci-ma de ésta, colgaba un crucifijo invertido y con la imagen decapitada. Athelstan se estremeció. ¿Eran de sangre las manchas que había en la superficie de la mesa? ¿Y de dónde procedía aquel extraño olor? ¿Unas hierbas fuertemente aromáticas o quizá brea mezclada con otra cosa? Fitzwolfe le estaba mirando con cara de gato.

Athelstan sacudió la cabeza como si quisiera aclararse la mente. El aspecto del clérigo renegado había experimentado un extraño cambio: su rostro parecía más alargado y su piel había adquirido un tono amarillento que contrastaba con los impíos destellos de malicia que ardían en sus ojos oscuros.

- ¡Las páginas! -dijo en tono de reproche Athelstan-. ¡Me prometisteis las páginas!

Fitzwolfe se encogió de hombros, se acercó al pie de la cama, abrió un cajón y rebuscó en su interior. Athelstan miró a su izquierda y vio un libro encuadernado en cuero y sujeto con cadenas a un atril. Le echó un vistazo y apartó los ojos horrorizado, pues era un texto de conjuros y magia negra. En la pared, detrás del atril, había unas páginas con delicados dibujos pintados en brillantes colores como los que él había visto en un Libro de Horas o de Vidas de los Santos. Una de las páginas representaba a un grupo de personas escuchando a un predicador, pero la figura vestida con hábitos sacerdotales tenía una babosa cabeza de macho cabrío y por entre los pliegues de sus vestiduras asomaba un falo en erección. En otra, un cerdo con capa consistorial y mitra de obispo mascaba varios cuerpos de personas en miniatura mientras que una tercera representaba la nave de un templo. Las columnas del crucero le recordaron a Athelstan las de San Erconwaldo, si bien el artista había utilizado la perspectiva de tal manera que el espectador tuviera la sensación de estar contemplando un profundo pozo. Al fondo, en el lugar que hubiera tenido que ocupar la cancela del presbiterio, brillaba un demoníaco rostro plateado con ojos de color rojizo y labios dorados.

Athelstan desvió la mirada. Tenía la sensación de que el aire de la estancia era denso, pegajoso y opresivo. Miró hacia los rincones y le pareció que las sombras eran allí más profundas que en el resto de la habitación, como si alguien o algo estuviera aguardando al acecho.

- ¡Vamos, Fitzwolfe! -dijo en tono autoritario-. ¡Las páginas!

- Aquí están, hermano. -Fitzwolfe se acercó muy despacio, sosteniendo en la mano un trozo de amarillento pergamino cosido de cualquier manera

con unas burdas puntadas-.

¿Qué os sucede, Athelstan? ¿No os gusta mi cámara? ¿La impiedad de las impiedades? Mientras le entregaba el pergamino, su fría mano le rozo la suya-. Vos sois sacerdote, Athelstan. ¿Qué podéis temer aquí?

El fraile se sobresaltó al oír un rumor procedente del rincón.

- ¿Qué es eso?

- Mirad, Athelstan -contestó Fitzwolfe en voz baja-. Vedlo vos mismo.

¿Qué es lo que veis en aquel rincón?

Athelstan hizo lo que le decían y se volvió, dispuesto a enfrentarse con alguna horrible amenaza. ¿Era una forma?, se preguntó. ¿O quizás una sombra? Contempló un marfileño y redondeado hombro, un busto de perfectas proporciones y un cabello como de oro hilado y oyó una suave risita. Asió con fuerza el pergamino.

- ¡Eso es mío! -gritó tartamudeando-. ¡Es mío!

Después se dirigió casi corriendo hacia la puerta y trató de abrirla, pero estaba cerrada bajo llave. A su espalda oyó a Fitzwolfe y algo más. Acercó la mano a la cerradura, encontró la llave, abrió la puerta y salió apresuradamente al pasadizo mientras la puerta se cerraba de golpe a su espalda. Le pareció oír no sólo la risita burlona de Fitzwolfe sino también la de alguien más.

- ¿Qué os ocurre, Athelstan? -le preguntó Cranston, alarmado por la marmórea palidez de su rostro y el sudor que le empapaba la frente. Lo agarró del brazo y lo sacudió

enérgicamente-. ¿Qué sucede, hermano?

Athelstan salió de su delirio y recogió la pica que había dejado apoyada contra la pared.

- ¡Vamos, sir John! Ése no es un lugar apropiado para nosotros. ¡No lo es para ninguna criatura de Dios!

Cranston se adelantó un paso hacia la puerta de la cámara de Fitzwolfe.

- ¡Dejadlo, sir John! ¡Dejadlo, os lo ruego! -dijo Athelstan, bajando precipitadamente por la escalera mientras Cranston le seguía más despacio.

Sin aguardar al forense, Athelstan salió a la callejuela. Cranston, jadeando y resoplando, le dio alcance y le empezó

a hacer preguntas a las que él no contestó. Athelstan caminaba a grandes zancadas como si quisiera interponer la mayor distancia posible entre su persona y la taberna, concentrando toda su energía e inteligencia en recordar el camino que sir John había seguido. Al final, dejaron atrás el

convento de los carmelitas y entraron en una callejuela que desembocaba en el Fleet. De repente, Athelstan se detuvo y se apoyó contra la pared. Estaba muerto de cansancio, como si el cuerpo, la mente y el alma hubieran recibido una tanda de azotes. El forense le miró de reojo.

- Sólo os puedo aconsejar una cosa, muchacho -le dijo en un susurro-.

El habitual remedio de sir John Cranston para los males del alma y el cuerpo. El forense lo empujó al oscuro y acogedor calor de una taberna que había en una esquina y, echando mano de sus poderosos pulmones y de su autoridad como forense real, consiguió que les hicieran sitio cerca de los toneles de vino amontonados casi hasta el techo y que les sirvieran sin pérdida de tiempo unas copas de clarete y un exquisito pato con especias.

Cranston quería compartir este último manjar con Athelstan, pero el fraile sacudió la cabeza y tomó un sorbo de vino, saboreando su cálida dulzura.

Apuró rápidamente el contenido y Cranston pidió que volvieran a llenarle la copa mientras tomaba cuidadosamente las hojas de pergamino que Athelstan aún sostenía en la mano. El forense las estudió con atención, exigiendo con voz de trueno una vela para poder verlas mejor.

- ¡Por las posaderas de una reina, Athelstan! ¡Aquí no hay nada que cause espanto!

¡Son simplemente unas pringosas y amarillentas páginas del registro de una iglesia!

- No ha sido por eso, sir John -dijo Athelstan, parpadeando mientras apoyaba la espalda en la pared. Se había bebido el vino con tal celeridad que ahora estaba un poco aturdido.

- ¿Acaso Fitzwolfe os ha amenazado?

- En cierto modo, sí -contestó el fraile, describiendo brevemente lo que había visto y percibido en la estancia.

Cuando Athelstan terminó su relato, Cranston soltó un ruidoso regüeldo y chasqueó

la lengua.

- ¡Qué curiosos son los curas! -dijo, mirando de reojo a su secretario-.

Saben muchos secretos y utilizan los mejores en provecho propio para alcanzar el poder. No todos, por supuesto, pero muchos lo hacen. Algunos se vuelven avaros y amasan cuantiosas fortunas; otros gustan de deslizarse entre las sábanas de otros hombres y otros buscan algo mucho más grande, el poder de la magia.

- Sir John -lo interrumpió el fraile-, yo sé lo que he visto y sentido en aquella habitación.

- Tal vez. Pero yo he conocido a los mejores magos, Athelstan, y sé lo que pueden hacer con las hierbas y las velas elaboradas con extrañas sustancias. Tal como dice el Eclesiastés, «No hay nada nuevo bajo el sol». -

El forense le dio a Athelstan una palmada en la mano-. Puede que Fitzwolfe se dedique a los cultos satánicos, pero yo me inclino más bien a pensar que es un conspirador. Athelstan lanzó un suspiro y se frotó la cara con las manos.

- No hay nada como el viejo Cranston para ayudarle a uno a apoyar firmemente los pies en el suelo -murmuró apartando a un lado su copa de vino-. Debemos irnos. Aún tenemos asuntos pendientes en el convento de los dominicos y no quiero que el inquisidor general me tache de borrachín.

- ¡Por los cuernos de Satanás! ¿Y eso a mí qué me importa? ¡Ya me tiene por tal! replicó el forense. Athelstan se desperezó, tomó las hojas de pergamino y las estudió, tratando de descifrar la apretada y enrevesada letra y las habituales abreviaciones que solían utilizarse en los registros de aquel tipo. Examinó cuidadosamente la fecha que figuraba en la parte superior de la columna de la izquierda de cada página. Debía de haber como unas cincuenta o sesenta páginas cosidas con fino hilo de cáñamo, correspondientes al período comprendido entre los años 1353 y 1368, año del fallecimiento del párroco Teobaldo.

- Me gustaría poder estudiarlas ahora -musitó, echando un vistazo a la bujía que marcaba las horas, situada en un estante al lado de los toneles de vino-, pero tenemos que regresar al convento, sir John. Le dije al padre prior que deseaba verles tanto a él como a los demás y ya se está haciendo tarde. Tenemos que ir, aunque sólo sea para pedirles disculpas por el retraso.

Cranston torció el cuello para mirar a través de la ventana.

- ¡No digáis sandeces! -dijo en un susurro-. El sol está a punto de ponerse. ¡Prestad atención, hermano!

Athelstan aguzó el oído y oyó el sonido de la gran campana de Santa María Le Bow, anunciando el término de la jornada laboral. Se sentía profundamente agotado y el vino ya se le estaba empezando a cuajar en el estómago vacío. Esperó a que Cranston apurara su copa, dobló los pergaminos, tomó la pica y salió de la taberna. Athelstan no hubiera tenido que preocuparse por el retraso, pues la noticia de la muerte del hermano

Rogelio ya se había propagado por todo el convento y el prior estaba aturdido y agotado por las interminables preguntas. Cuando Athelstan se reunió con él en sus aposentos, el padre Anselmo parecía profundamente cansado.

- Sí, os estaba esperando, hermano -dijo-. Pero comprendí que algún otro asunto os habría entretenido. ¿Se os ha ocurrido alguna cosa? -

preguntó en tono esperanzado.

- Padre prior, todo eso está tan turbio como una charca de agua estancada. ¿Habéis averiguado cuándo fue visto por última vez el hermano Rogelio?

Anselmo se sentó con semblante abatido e invitó a Cranston y Athelstan a hacer lo mismo.

- Le vieron delante de la iglesia después de vísperas. -El prior se frotó la frente-. Después le visteis vosotros, colgado de un árbol del vergel. Y, antes de que me lo preguntéis -añadió, levantando una mano-, nadie confiesa haber hablado con él o haberse reunido con él ni nada por el estilo. Es como si se hubiera esfumado de golpe.

- ¿Y habéis registrado las celdas de fray Alcuino y fray Calixto?

- No había nada -contestó el prior, rebuscando entre los pergaminos que cubrían la superficie de su escritorio-. Nada, excepto dos pergaminos. Uno en la celda de Alcuino y otro en la de Calixto. Ambos llevan el mismo nombre.

El prior le entregó las hojas de pergamino a Athelstan. Éste las examinó con curiosidad. Estaban escritos con distintas letras, pero repetían varias veces el mismo nombre: Hildegarda.

- ¿Quién es? -preguntó Athelstan.

Anselmo hizo una mueca.

- ¿Quién sabe? Fue lo único extraño que descubrí. El único nexo entre la muerte de un fraile y la desaparición del otro.

Cranston, que se había quedado medio dormido al lado de Athelstan, se despertó de golpe.

- ¡Siempre una mujer! -dijo, chasqueando la lengua-. ¡Cuando ocurre algún embrollo, siempre hay una mujer de por medio!

- Sir John, ¿no estaréis insinuando? -Anselmo miró al forense con expresión indignada-. Tanto fray Calixto como fray Alcuino eran unos fieles y devotos sacerdotes, unos laboriosos miembros de nuestra comunidad. ¡Nunca hubo el menor asomo de escándalo, ni siquiera el más

mínimo chismorreo entre ellos! Eran unos miembros muy antiguos de nuestra orden y unos sutiles teólogos. -La mirada del prior se perdió en la distancia-. Merecían otra muerte.

Cranston se deshizo en disculpas mientras su secretario examinaba las dos hojas de pergamino.

- Os veo muy cansado, Athelstan -dijo Anselmo, turbado por las palabras de disculpa del forense-. Dejad el asunto por ahora. El hermano Norberto os llevará la cena desde el refectorio. Os aconsejo que os acostéis temprano y procuréis descansar. Athelstan se mostró de acuerdo.

- Pero mañana, padre prior, después de nona, necesito hablar con vos y con los demás miembros del Capítulo Interno. -Dio unas palmadas a los pergaminos que sostenía en la mano mientras en su mente empezaba a adquirir forma una vaga idea o más bien una línea de pensamientos dispersos que tenía intención de seguir cuando su cabeza estuviera más despejada-. No se lo comentéis a nadie de momento, padre. Mantenedlo en secreto. Poco después Cranston y Athelstan regresaron a la hospedería, donde se lavaron y permanecieron un buen rato sentados en la cocina.

Cranston se llenó una jarra de hidromiel y Athelstan se limitó a contemplar las llamas del fuego de la chimenea que Norberto había encendido para ellos. El joven hermano lego les sirvió la cena preparada en la cocina del refectorio: una dorada carne de ternera con salsa de pimienta y una fuente de verduras hervidas, procedentes del huerto del convento. Cranston comió con buen apetito. En cambio Athelstan, cansado y con el estómago todavía revuelto por culpa del vino, apenas probó bocado. Sólo cuando ya estaba casi a punto de terminar, vio un pequeño pergamino pulcramente enrollado y atado con una fina cinta de seda verde en un escabel que había en el rincón más alejado de la cocina. Cruzó la cocina y lo tomó.

- ¿Qué es eso? -ladró Cranston entre bocado y bocado de carne de ternera.

- Una copia del tratado de fray Enrique de Winchester. Cur Deus Homo.

- Eso os lo dejo para vos -dijo Cranston-. ¡Si Dios hubiera querido que conociéramos sus designios, no se hubiera pasado el rato procurando interponer la mayor distancia posible entre Él y nosotros!

Athelstan se sentó con una sonrisa en los labios y, a pesar de su cansancio, empezó a estudiar el tratado. Aún estaba leyendo cuando Cranston, que se había terminado no sólo su cena sino también las sobras de la de Athelstan, se dirigió a la despensa en busca de algún otro refrigerio.

El tratado se había escrito sobre unas hojas de pergamino pulcramente cosidas entre sí. La caligrafía del amanuense, la tinta fresca y la clara presentación indujeron a Athelstan a sacudir la cabeza en gesto de asombro.

El tratado de fray Enrique era un prodigio de análisis teológico en el que se refutaba el dogma aceptado por la Iglesia. El autor señalaba que la Encarnación de Jesucristo había obedecido al deseo de Dios de compartir la divina belleza con el hombre más que al habitual argumento de la

«redención del pecado» o la «expiación de la maldad del hombre».

Cranston regresó, murmuró unas palabras ininteligibles y subió lentamente al dormitorio del piso de arriba. Athelstan se quedó leyendo y disfrutando de la pulcra termino-logía y la claridad de pensamiento del autor. Al terminar de leer, tamborileó con los dedos sobre el pergamino.

- ¡Brillante! -dijo en un susurro-. Los inquisidores están perdiendo el tiempo. ¡Fray Enrique es muy original, pero no tiene nada de hereje!

Dejó el rollo de pergamino sobre la mesa, se desperezó y subió al piso de arriba para reunirse con sir John. El forense ya estaba profundamente dormido. Athelstan permaneció un buen rato arrodillado junto a su cama, tratando de recordar las distintas escenas y los mensajes, fragmentos y acontecimientos de la jornada. Deseaba rezar, pero se distraía constantemente, sabiendo que aquel día había sido muy importante. Había visto y oído cosas muy significativas, pero no podía interpretarlas. Cerró los ojos y se hundió

en el sueño. Se despertó una hora más tarde y descubrió que se había quedado dormido con la cabeza apoyada sobre la cama. Muerto de cansancio, se acostó y se quedó inmediatamente dormido como un tronco.