Un santo asesino
Capítulo 6
Athelstan y Cranston se pasaron un buen rato discutiendo las posibilidades que se ocultaban detrás de la desaparición de Alcuino antes de regresar a la parte anterior del presbiterio.
- Estoy hambriento -murmuró Cranston.
- Vos siempre estáis hambriento. Tenéis que ver otra cosa antes de que nos vayamos a cenar.
Sir John hizo pucheros como un chiquillo a quien se hubiera negado una golosina.
- Mi señor forense -añadió pacientemente Athelstan-, habéis sido convocado aquí para que investiguéis unas muertes. ¿Qué es lo que hace un forense?
Cranston se apoyó contra la pared.
- Examina el cadáver -dijo con un hilillo de voz-. ¿Qué estáis insinuando, Athelstan, que desenterremos a fray Bruno?
- No, pero Calixto yace de cuerpo presente y aún no ha sido enterrado.
- Vamos, Athelstan -musitó Cranston-. ¡Primero el trabajo y después la comida!
Salieron de la iglesia y se dirigieron a través de los claustros al refectorio donde un anciano hermano lego se encontraba de servicio.
Athelstan le hizo señas de que se acercara.
- Pido perdón -le dijo-, pero os ruego que vayáis a decirle al padre prior que sir John Cranston necesita examinar el cuerpo de fray Calixto.
El hermano lego se sorprendió, pero, a instancias de Athelstan, entró en el refectorio. Athelstan, de pie delante de la puerta entornada, contempló las sombras provocadas por el parpadeo de la llama de las velas y escuchó al lector que estaba leyendo vidas de santos mientras el resto de la comunidad comía en silencio y sólo el sonido de los platos y el rumor de las sandalias rompían la serenidad de la sala.
El hermano lego regresó.
- El padre prior ha accedido a vuestra petición -anunció-. Fray Calixto yace en la enfermería y yo he sido encargado de acompañaros. La enfermería se encontraba un poco separada del resto de los edificios del
convento. Un fraile con un delantal blanco sobre el hábito los recibió amablemente y los acompañó a la parte de atrás donde una pequeña estancia encalada servía de depósito de cadáveres.
- Hemos hecho lo que hemos podido -dijo el enfermero en voz baja-.
Enterraremos a fray Calixto el sábado.
Después les indicó la solitaria mesa cubierta por un paño mortuorio blanco ribeteado de morado. Athelstan retiró el lienzo. Habían lavado el cuerpo de Calixto y vestido con el hábito dominico. La causa de su muerte resultaba de todo punto evidente, su demacrado rostro estaba cubierto de magulladuras negro moradas. Athelstan estudió las facciones. La nariz ya se había afilado, las mejillas estaban más chupadas y los ojos se habían hundido en las cuencas. El fraile experimentó una oleada de compasión al recordar a Calixto en la flor de la edad, con su agudo cerebro y su mordaz sentido del humor. Examinó cuidadosamente la herida que cruzaba la sien del difunto. El embalsamador había hecho todo lo posible por disimularla, pero Athelstan observó que era tan ancha y profunda como los surcos abiertos en un campo de labranza.
- ¡Hermano! -dijo, llamando al enfermero-. ¿Fuisteis vos quien recogió el cuerpo de Calixto del suelo de la biblioteca?
- Fui yo, en efecto.
- ¿Y se había golpeado la cabeza contra las baldosas o algún objeto punzante?
- Estaba tendido en el suelo.
- ¿Qué habéis encontrado? -preguntó Cranston, acercándose.
El forense estaba un poco mareado porque tenía el estómago vacío.
Arrugó la nariz al aspirar el agrio olor de la estancia.
- Mirad, sir John -dijo Athelstan-, la caída de fray Calixto le produjo magulladuras en la cabeza y el rostro, pero yo sospecho que ésa fue la herida que le causó la muerte. Athelstan señaló el profundo corte de la sien del difunto-. Lo que quiero decir -añadió
en un susurro-es que Calixto cayó, pero después lo golpearon con un objeto afilado. Por cierto -dijo, volviéndose hacia el enfermero-, cuando sacasteis el cuerpo de fray Bruno de la cripta, ¿la antorcha estaba encendida?
- Por supuesto que sí. Aquello está más oscuro que la noche. Alcuino descubrió el cadáver. Ah -añadió el enfermero, acercándose el índice a los labios-. Sí, hubo una cosa que me llamó la atención.
- ¿Qué fue?
- Alcuino descubrió el cadáver, pero sólo tras haber encendido la antorcha. Recuerdo que nos lo comentó. -El rostro del enfermero se torció en una mueca de perplejidad-. Por consiguiente, ¿qué estaba haciendo Bruno allí abajo, en aquel pozo de negrura?
- Sólo Alcuino podría responder a la pregunta -contestó secamente Cranston-. ¡Lo cual significa que el misterio de la muerte de Bruno sólo lo sabe el hombre que actualmente ha desaparecido!
Le dieron las gracias al enfermero y Athelstan le pidió al hermano lego que los acompañara a la biblioteca, donde, a pesar de sus protestas, le ordenó que encendiera todas las velas. Después se acercó a la alta y estrecha escala de mano que llegaba hasta los últimos estantes sin prestar atención a los murmullos de admiración de Cranston. La biblioteca le hacía evocar los dulces recuerdos de su pasado. Allí, sentado junto a los escritorios de una de las mejores bibliotecas del reino, había estudiado para fraile. Se le hizo un nudo en la garganta mientras el denso olor del cuero y el suave perfume de los pergaminos recién curados despertaban en él una profunda nostalgia. Y, sin embargo, allí había decidido abandonar el convento e irse con su hermano a servir al rey en las guerras de Francia.
Miró a su alrededor. ¿Dónde estaban los fantasmas?, se preguntó. ¿El de su hermano y los de sus padres que más tarde murieron de pena? Parpadeó rápidamente mientras tomaba la escala de mano.
- Mirad, sir John, Calixto subió a esta escala, resbaló y cayó. -El fraile señaló el suelo-. Las baldosas son lisas y aquí no hay ningún objeto punzante. Sir John, ¿queréis ayudar al hermano lego a juntar todas las velas?
- ¿Por qué? -preguntó Cranston-. ¿Qué demonios estáis haciendo, hermano?
Athelstan levantó el dedo índice.
- Reflexionad un poco -dijo-. Estoy aplicando la lección que vos me enseñasteis. La cabeza de Calixto se golpeó contra un objeto punzante.
Aparte las esquinas de las mesas y los escabeles, los únicos objetos pesados y punzantes que hay en esta biblioteca son los candeleros.
Sir John se encogió de hombros y ayudó al perplejo hermano lego a reunir todos los candeleros en el centro de una de las alargadas mesas de estudio.
- Pudo golpearse contra el borde de la mesa -protestó Cranston. De pie al lado de la escalera de mano, Athelstan sacudió la cabeza.
- No digáis disparates, sir John. Los estantes de la biblioteca se encuentran a un lado de la sala y las mesas al otro. Si vos resbalarais de la escalera, caeríais al suelo -dijo Athelstan sonriendo-. Lo podríamos probar.
- La escala no resistiría mi peso -murmuró Cranston, posando ruidosamente los candeleros sobre la mesa. Al final, Cranston terminó la tarea y Athelstan se acercó a una gran alacena de madera de roble situada junto a la puerta de la sala de la biblioteca. Rebuscó entre los estantes y cambió de sitio varios tinteros y rollos de pergamino hasta que encontró una cajita de madera y sacó un gran trozo de vidrio redondeado.
- ¿Qué es eso? -preguntó Cranston mientras Athelstan regresaba a la mesa.
- Es un vidrio que amplía los objetos, sir John. Lo usamos a menudo en el estudio de los manuscritos cuando las letras están desteñidas o son muy pequeñas y enrevesadas. Un truco muy ingenioso que inventaron los árabes.
¡Fijaos! -dijo el fraile, acercando el cristal de aumento a la base de unos candeleros mientras Cranston lanzaba exclamaciones de asombro al ver de qué manera ampliaba el tamaño del grueso reborde metálico-. Bueno pues -
dijo Athelstan, tomando los candeleros uno a uno y examinándolos con cuidado bajo la luz concentrada de todas las velas. El hermano lego restregó nerviosamente los pies por el suelo.
- Ya se ha derramado mucha cera sobre las baldosas -dijo en tono quejumbroso.
- ¡Pues se limpia y sanseacabó! -le ladró Cranston.
El lego retrocedió atemorizado y Athelstan prosiguió su examen.
- ¡Vaya! -Athelstan tomó uno de los candeleros y le ofreció el cristal de aumento a sir John-. Echad un vistazo, mi señor forense, y veréis el asesinato cara a cara. Cranston obedeció.
- ¡Por los clavos de Cristo! -exclamó, inclinándose más-. Manchas de sangre -musitó. Restos de cabello. Athelstan tomó el cristal de aumento y el candelero.
- Sangre de Calixto y cabello de Calixto. El pobre fraile no se cayó de la escalera de mano. Lo empujaron y, una vez en el suelo, acabaron con él utilizando este candelero.
¡Apagad las luces! -le ordenó Athelstan al lego-. Y colocadlo todo tal como estaba. Os agradezco vuestra ayuda. El padre prior será debidamente
informado. Sosteniendo el candelero en la mano, Athelstan regresó con Cranston a la hospedería, donde fray Norberto estaba poniendo la mesa. El joven contempló con asombro el candelero y abrió la boca para preguntar algo, pero Cranston lo agarró fuertemente por el hombro.
- ¡Hermano -rugió-, tengo el vientre tan vacío como la bolsa de una ramera! Me muero de hambre. Necesito un buen trozo de carne, pan y un poco de ese hidromiel tan dulce que hay por aquí. Acercó tanto el rostro de blancas patillas al del joven novicio que Norberto debió de pensar que el forense se lo quería comer y salió casi corriendo de la hospedería. Athelstan ya había bajado de la cámara del piso de arriba cuando el joven regresó con unos cuencos de humeante carne, unas hogazas de pan recién sacadas del horno y envueltas en servilletas y dos grandes jarras de peltre, depositó la comida sobre la mesa y se retiró a toda prisa.
- Vamos, Athelstan -dijo Cranston, sentándose-. Me voy a comer mi ración y, si termino antes que vos, ¡me comeré la vuestra!
Comieron y bebieron en silencio hasta que Cranston enderezó la espalda, soltó un pequeño eructo y miró satisfecho a su secretario, el cual permanecía sentado junto a la mesa, perdido en sus propias ensoñaciones.
- Bueno, Athelstan, ya sé que ha sido un asesinato. -Cranston señaló con un gesto de la mano el pequeño barril de hidromiel-. Cuando me haya tomado otra jarra, aceptaré
gustoso vuestros consejos.
Athelstan sonrió para sus adentros y volvió a llenar la jarra por tercera vez. Por lo menos, pensó, sir John dormirá tranquilo esta noche.
- ¿Y bien?
- En primer lugar, mi señor forense, creo que la muerte de Bruno se puede considerar un accidente, pues hubiera tenido que ser Alcuino quien cayera escaleras abajo tras ser empujado. En segundo lugar, creo que Alcuino ha muerto, pero sólo el Señor sabe dónde está escondido su cuerpo y por qué lo mataron. En tercer lugar, Calixto fue asesinado sin el menor asomo de duda. En cuarto lugar, todas esas muertes y desapariciones están relacionadas con la cuestión que en estos momentos se debate en el Capítulo Interno. Finalmente, creo que Calixto estaba buscando algo en la biblioteca. ¡Aunque sólo Dios sabe qué era!
- No hemos avanzado mucho que digamos -rezongó Cranston, limpiándose los labios con el dorso de la mano-. Bien, hermano, ¿qué otra cosa podemos hacer?
- Bueno, ya es demasiado tarde para preguntar dónde estaba cada uno, pero lo que sí
se puede hacer es pedirle al padre prior que lleve a cabo un exhaustivo registro de las celdas de Alcuino y Calixto. Puede que consigamos averiguar algo. Sin embargo, os voy a decir una cosa, sir John. Temo que se cometan otros asesinatos. -Athelstan hizo una pausa y apartó el rostro-.
Siempre estamos en lo mismo, ¿verdad, sir John?
Cranston le miró con expresión compasiva.
- Vos conocéis el espíritu humano, Athelstan. Sois sacerdote. Os sentáis en el confesionario y escucháis los pecados de los demás. Desde que Caín tomó la quijada de un asno para matar a su hermano, ha habido asesinatos en los que tanto los hombres como las mujeres, cualquiera que sea su estado o condición, se afanan por alcanzar el poder. Mirad -añadió el forense, empujando la silla hacia atrás-. Hemos hecho todo lo que hemos podido por el padre prior. Vamos, Athelstan, me queda algo más de una semana para resolver el enigma de mi señor de Gante.
Athelstan se frotó los labios con la mano.
- Estoy cansado, sir John, aún tengo que terminar de rezar el oficio divino y tengo pendiente la cuestión del esqueleto de San Erconwaldo.
- ¡Tonterías! -Cranston se dio una palmada en el muslo-. Eso os distraerá de vuestras inquietudes. Vamos a nuestro dormitorio.
Athelstan lanzó un suspiro, apagó las lámparas de aceite, se encargó de cubrir bien el fuego de la chimenea, tomó una vela y subió con sir John a la cámara del piso de arriba.
- ¡Vamos, monje, encended las velas!
Athelstan obedeció y la estancia quedó inundada de luz.
- Bueno -dijo Cranston-, supongamos que ésta es la cámara escarlata. -
Se acercó al lugar donde Athelstan había dejado el documento en el que se describía el misterio y lo leyó rápidamente-. Tenemos una cama, un escabel, una mesa y una ventana muy parecida a ésta. -El forense cerró la puerta-.
Nos dicen que no hay ningún pasadizo secreto. Nadie entró y no se sirvió comida ni bebida. Por consiguiente, ¿cómo murieron? -Sir John se acercó a la ventana-. Al primer hombre lo encuentran muerto junto a la ventana y tan aterrorizado que incluso había clavado las uñas en la madera. Athelstan se sentó en la cama y, a pesar de su cansancio, se esforzó por prestar atención a las palabras del forense.
- El cadáver no presenta ninguna señal de violencia -dijo el fraile.
- ¡Bien! -musitó Cranston.
- La segunda víctima -añadió Athelstan-se encontró tendida en el suelo cerca de la cama. Vamos, sir John, haced el papel.
Cranston obedeció, tendiéndose en el suelo.
- Tampoco tenía la menor señal de violencia -dijo Athelstan-, nadie había entrado en la habitación y no les habían servido comida ni bebida envenenada. -Athelstan se levantó y acercó su escabel a la cama de Cranston-. Ahora vamos a examinar las dos últimas muertes, sir John. Yo soy el hombre sentado en el escabel y vos os vais a tender en la cama, simulando sostener en vuestras manos una ballesta cargada. Cranston obedeció.
- Ahora, sir John, incorporaos repentinamente y disparadme una flecha directamente al pecho. Mientras vos os incorporáis, yo me levantaré del escabel. Interpretaron los papeles como consumados actores y después se miraron el uno al otro, dominados por una creciente irritación.
- No habéis llegado a ninguna parte -dijo Cranston con voz quejumbrosa.
- ¿Y si hubiera sido por algo que había en el fuego de la chimenea o por las velas? preguntó Athelstan.
- Ya lo he pensado -contestó Cranston-. Pero recordad que, cuando murió el segundo hombre, entró el cura de la aldea y no había velas encendidas y el fuego de la chimenea se había apagado.
- Las muertes que más me preocupan son las últimas dos -dijo Athelstan mientras el forense le miraba con expresión suplicante-. Vamos a interpretar la escena otra vez, sir John. Tendeos en la cama.
Cranston obedeció. Athelstan se sentó en el escabel y apoyó la espalda contra la pared.
- ¿Qué fue lo que despertó al ballestero? -se preguntó-. ¿Qué lo asustó hasta el extremo de matar a su compañero antes de suicidarse? Casi todos los ballesteros profesionales disparan sin pensarlo dos veces ante la menor amenaza. Así fue cómo murió su compañero. Tal como dicen los matemáticos, tiene que haber un común denominador, algo que establezca un nexo entre las dos muertes. No tenemos que confundir las cosas. ¿No estáis de acuerdo, sir John?
Un sonoro ronquido acogió sus palabras. Athelstan se levantó sin poder dar crédito a sus ojos. Tendido boca arriba con el rubicundo rostro iluminado por una sonrisa, Cranston estaba durmiendo tan profundamente
como un niño. Athelstan le quitó las botas, le desabrochó el cinturón y procuró ponerle lo más cómodo posible. Apagó las velas y se arrodilló junto a su cama, se santiguó y trató de rezar las oraciones nocturnas de la Iglesia, pero le fue casi imposible. Su mente pasaba sin cesar de un problema a otro: el ingenuo rostro del hermano Rogelio; la frialdad del cadáver de Calixto; la malévola mirada acusadora de los inquisidores; el insoluble enigma de Cranston; el caos que reinaba alrededor de la iglesia de San Erconwaldo; y, finalmente, la soledad de la bella viuda Benedicta. El fraile sacudió la cabeza, se persignó y se acostó, rezando para que el sueño no tardara en llegar.
A la mañana siguiente, se despertó muy temprano. Cranston roncaba como un cerdo en la otra cama. El dominico se afeitó en silencio, se lavó, se puso ropa limpia y se calzó unas sandalias con correas. Después abandonó sigilosamente la hospedería y se dirigió a la iglesia en medio de la bruma matutina mientras la campana tocaba para el rezo de laudes. Una vez en el templo, se unió a la comunidad en los sitiales del coro. Los frailes estaban rezando los salmos y escuchando las lecturas con los brazos cruzados y las cabezas inclinadas, pero Athelstan adivinó la curiosidad que su presencia había despertado en ellos. Celebró la misa en una pequeña capilla de la capellanía y trató de concentrarse en el misterio de la transubstanciación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.
El hermano Norberto actuó de monaguillo y lo ayudó a guardar las vestiduras y las sagradas vasijas. Después Athelstan se dirigió al refectorio para tomar un cuenco de gachas de avena, leche y miel y dos panecillos de pan blanco recién salidos del horno. Recordó sus frugales desayunos en San Erconwaldo y sonrió mientras se bebía una jarra de cerveza aguada, sentado cerca de la entrada junto a una mesa reservada para los visitantes y huéspedes del convento. Desde un atril situado al fondo del refectorio, un adormilado lector leyó con voz monótona algunos pasajes de la vida de santo Domingo hasta que el padre prior hizo sonar una campanilla.
Entonces los miembros de la comunidad se levantaron para dirigirse a sus distintas tareas. Athelstan evitó mirarles y mantuvo la cabeza inclinada sobre su comida.
- ¿Estáis bien, hermano?
Athelstan levantó los ojos y vio a Enrique de Winchester de pie junto a su mesa.
- Todo lo bien que cabe esperar. Sentaos, os lo ruego.
El joven teólogo se sentó a su lado en el banco. Athelstan observó la rapidez y agilidad de sus movimientos. Enrique poseía un donaire físico muy en consonancia con la agudeza de su inteligencia.
- ¿Marchan bien vuestras investigaciones?
Athelstan hizo una mueca.
- Os contestaré más tarde, hermano, cuando haya informado al padre prior. ¿Y vuestro tratado? -preguntó.
- Cur Deus homo [3] se titula.
- Si el Capítulo Interno se declara favorable, vuestra obra será estudiada en todas las universidades de Europa -dijo Athelstan, dándole un cariñoso codazo-. ¿Qué habrá después, hermano? ¿Un obispado? ¿Un capelo cardenalicio? ¿Un puesto en la Curia ?
Enrique de Winchester se rió por lo bajo y apartó el rostro mientras sus dedos jugueteaban con las migajas de la mesa.
- Me conformaría con obtener la aprobación del inquisidor general. De haber sabido que mi obra iba a causar tanto revuelo, puede que lo hubiera pensado dos veces. ¿Habéis leído mi tratado?
Athelstan sacudió la cabeza.
Fray Enrique miró hacia el refectorio e hizo una mueca al ver que el padre prior se estaba acercando a ellos.
- En tal caso, os enviaré una copia a la hospedería. Os ruego que lo leáis. Os agradecería que me dierais vuestra opinión. El teólogo se levantó, saludó con la cabeza y se retiró justo en el momento en que el padre prior, recogiéndose las mangas del hábito, se reunía con Athelstan.
- ¿Habéis dormido bien, hermano?
Athelstan dejó que la petrificada sonrisa que le había dedicado a fray Enrique se borrara de su rostro.
- Padre prior -dijo en un susurro, inclinándose sobre la mesa-, quiero que ordenéis un registro de las pertenencias de fray Calixto y fray Alcuino.
Vos tenéis el poder y la autoridad para hacerlo. Si descubrís algo extraño, os ruego que me lo dejéis ver. El prior le miró severamente.
- ¿Por qué?
- Hicisteis bien en mandarme venir aquí, padre. A Calixto lo mataron, golpeándole la cabeza con un candelero. ¡Bruno también murió asesinado y sólo Dios sabe dónde está
escondido el cadáver del pobre Alcuino!
El prior palideció intensamente, se cubrió el rostro con las manos y se frotó los ojos.
- ¿Estáis seguro?
- Dios es mi testigo, padre prior. Estáis albergando a un asesino en el convento. Quiero que se lleve a cabo este registro y que esta misma tarde se reúna el Capítulo Interno para que yo pueda presentar mis conclusiones ante sus miembros.
- Pero ¿es que me queréis matar de hambre? -tronó Cranston desde la puerta del refectorio. Sus gritos hicieron saltar casi de su asiento a uno de los frailes más viejos-.
¡Voto a bríos! -rugió, mirando enfurecido a Athelstan-. ¡Me despierto muerto de frío y de hambre y descubro que me habéis dejado solo y que nadie me ha servido el desayuno!
El padre prior levantó una mano y chasqueó los dedos. Inmediatamente apareció un servidor, portando una bandeja con un cuenco de exquisito caldo de cordero, varios panecillos blancos y una jarra de cerveza. Cranston le arrebató al pobre hombre la bandeja de las manos y se sentó al lado de Athelstan. El forense miró a su alrededor y se dio unas palmadas en la voluminosa panza. Vio la sonrisa de Athelstan, el asombro del prior y la escandalizada mirada de los demás frailes.
- ¡Os ruego que me perdonéis! -musitó-. ¡Había olvidado vuestro voto de silencio! Aspiró la fragancia de la carne y esbozó una radiante sonrisa de satisfacción-. Os pido disculpas a todos. Buenos días, padre prior, fray Athelstan. -Tomó una gran cuchara de cuerno y la introdujo en el cuenco de caldo de carne. Se secó la boca con la servilleta que cubría los panecillos y soltó un regüeldo-. Una buena comida -rugió con un vozar-rón que debió de oír medio convento-es una celebración de la Eucaristía. Si el buen Dios no hubiera querido que comiéramos ¡no nos hubiera dado el vientre ni manjares exquisitos con que llenarlo! «El vino alegra el corazón del hombre», dice el salmista.
- Es el único verso de los salmos que conoce -le susurró Athelstan al prior. Cranston saboreó la comida con fruición. La carne, el pan y la cerveza desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Después, el forense se santiguó, se levantó y le dio un codazo a Athelstan.
- Vamos, hermano, hace un día precioso. He visto vuestro huerto, padre prior. Tenéis manzanas y ciruelas, ¿verdad? Y también colmenas, ¿no es cierto?
El prior, fascinado por Cranston, asintió de nuevo con la cabeza.
Athelstan se encogió
de hombros, levantó los ojos al cielo y siguió presuroso al forense, el cual ya había abandonado el refectorio y estaba avanzando a grandes zancadas por el sendero de grava que conducía a los vergeles del convento.
Sir John se detuvo, se puso el castoreño y entornó los ojos para contemplar el brumoso cielo.
- Ya veréis, hermano, qué día más hermoso vamos a tener. ¿Habéis resuelto mi misterio?
- Estaba intentando hacerlo cuando vos os quedasteis dormido, mi señor forense. Sir John emitió un grosero chasquido con los labios.
- Y supongo que tampoco habrá habido ningún progreso en este embrollo de aquí,
¿verdad?
- No, sir John.
Cruzaron el huerto de hierbas medicinales y, pasando por delante de la hospedería, entraron en un inmenso vergel que se extendía hasta el muro del convento. Cranston estaba describiendo su sueño de la víspera cuando Athelston se detuvo de golpe y asió el brazo del forense.
- ¡Mirad, mi señor forense!
Cranston entornó los ojos para ver mejor, pues los árboles estaban todavía envueltos en un manto de neblina.
- ¡Por las posaderas de la reina de las hadas! -exclamó Cranston en voz baja, acercándose un poco más-. ¿Qué es eso?
Pero Athelstan ya había echado a correr entre los árboles.
- ¡Oh, no! -gimió el fraile, cayendo de rodillas con los ojos clavados en el grotesco y pálido rostro del hermano Rogelio. El pobrecillo se balanceaba de la rama de un árbol, con el cuello torcido hacia un lado y los brazos y las piernas colgando como si fuera un muñeco.
- ¡Dios se apiade de nosotros! -gritó Cranston a su espalda. Sacó una daga, estiró el brazo, cortó la soga y sostuvo el cuerpo del difunto, tan liviano como el de un niño, depositándolo cuidadosamente sobre la hierba bañada por el rocío. Athelstan se arrodilló
junto al cadáver y pronunció en voz baja unas palabras contra su oído mientras trazaba la señal de la cruz-. Ego te absolvo a peccatis. [4]
Le dio rápidamente la absolución mientras Cranston, apoyado contra el tronco de un árbol, contemplaba el trozo de soga que todavía colgaba de la
rama como un siniestro recuerdo de la tragedia.
- ¿Y eso de qué sirve ahora? -preguntó el forense en un susurro-. Este hombre lleva varias horas muerto. Su alma ya no está aquí.
Athelstan deshizo el nudo de la soga que rodeaba el cuello de Rogelio.
- No lo sabemos, sir John -contestó, volviéndose a mirarle por encima del hombro-. La Iglesia nos enseña que el alma abandona el cuerpo varias horas e incluso varios días después de haberse producido la muerte. Por consiguiente, mientras haya esperanza, si-empre habrá salvación. -Se sentó sobre los talones-. Aunque yo creo que este pobrecillo ya estará gozando de la gloria de Dios. Triste final para una vida tan trágica.
- ¡Se ha matado! -dijo Cranston-. Ha cometido suicidio.
Athelstan contempló la enrojecida marca que rodeaba el cuello del difunto.
- No lo creo, sir John. -Examinó la herida negro rojiza causada por el roce de la cuerda y dio suavemente la vuelta al cadáver-. Sí, es lo que yo suponía. Mirad, sir John. Athelstan recorrió con el dedo la marca dejada por el lazo corredizo, pero, al llegar a la zona situada bajo la barbilla y junto a las orejas, encontró dos heridas más pequeñas, una especie de ronchas de color rojo.
- ¿Qué son? -preguntó Cranston.
- Vamos, sir John, las habéis visto otras veces.
El forense se inclinó para examinarlas con más detenimiento y dio la vuelta al cuerpo, procurando no mirar los desorbitados ojos y la ennegrecida e hinchada lengua fuertemente atrapada entre los amarillentos dientes.
- ¡El pobrecillo no se ha ahorcado! -murmuró-. ¡Le han dado garrote!
Estas marcas rojas son las que deja la cuerda del garrote.
Athelstan, que se había encaramado al árbol y estaba desatando el trozo de soga que quedaba, manifestó en voz alta su asentimiento.
- Tenéis razón, sir John. La soga ha dejado una marca, pero causada tan sólo por el peso del cuerpo. Si Rogelio se hubiera suicidado, la rama tendría una marca más profunda, pues hasta un hombre que se ahorca lucha por su vida. La rama tendría unas marcas más profundas.
Athelstan, de pie en una de las ramas más gruesas del árbol, empujó la rama justo en el punto donde se había atado la soga.
- ¿Qué estáis haciendo, fraile? -tronó Cranston mientras unas duras y verdes manzanas le llovían sobre la cabeza.
- Ya lo veréis, sir John.
Ante la atónita mirada de Cranston, Athelstan asió la rama con ambas manos y se fue acercando poco a poco hasta quedar colgado de ella con todo su peso. Después dobló repetidamente el brazo para que la rama oscilara. De repente, se oyó un crujido, la rama se rompió y Athelstan estuvo casi a punto de caer encima del perplejo forense. Incorporándose con una sonrisa, el fraile se frotó las manos y se sacudió el polvo del hábito.
- Llevaba muchos años sin hacerlo, sir John -dijo, contemplando tristemente la quebrada rama y el inerte cuerpo de Rogelio tendido sobre la hierba-. Podemos demostrar que ha sido un asesinato, sir John. En primer lugar, por las huellas de la cuerda del garrote. El asesino confiaba en que las magulladuras de la soga las disimularan. En segundo lugar, la rama no tiene una hendidura lo suficientemente profunda, lo cual significa que Rogelio ya estaba muerto cuando lo colgaron. Finalmente, si Rogelio se hubiera ahorcado, su cuerpo se hubiera torcido y no sólo hubiera dejado una marca en la rama sino que probablemente la hubiera roto. Pesa más que yo y dicen que un ahorcado puede danzar hasta media hora. -Athelstan se rascó la cabeza-. No, sir John, tal como vos diríais, a este pobre desgraciado alguien lo invitó a venir aquí anoche o bien a primera hora de esta mañana antes del amanecer y es evidente que le han dado garrote. -El fraile hizo una pausa-.
¿Estáis viendo el problema, mi señor forense?
Cranston parpadeó.
- No.
- Bueno pues, Rogelio ha sido asesinado, pero ¿cómo ha podido el asesino encaramarse al árbol con el cadáver y atar la soga alrededor de la rama?
Cranston miró a su alrededor, estudiando cuidadosamente el terreno.
- Bueno, el asesino ya debía de tener el lazo corredizo preparado. Tras darle garrote a Rogelio, debió de levantar el cuerpo y ajustar el lazo corredizo alrededor de su cuello.
- En tal caso, el asesino tiene que haber sido alguien muy alto.
- No.
Cranston avanzó entre los árboles y regresó con una sólida caja de madera de unos treinta centímetros de altura por un metro de longitud y la depositó en el lugar donde el cuerpo de Rogelio había permanecido colgado.
Athelstan le miró sonriendo.
- ¡Claro! Hay muchas cajas como ésta en el huerto. Los frailes las utilizan en otoño cuando recogen la fruta. Basta con situarse de pie encima de la caja, levantar el cuerpo de Rogelio, ajustar el lazo corredizo alrededor de su cuello, apartar la caja y, listo, es como si Rogelio se hubiera ahorcado.
- Y además, tal como vos tan hábilmente habéis demostrado, mi querido fraile, la rama se hubiera roto si Rogelio se hubiera agitado en medio de su agonía. -El forense se inclinó sobre el cadáver-. Un asesinato cometido por una persona o unas personas desconocidas. ¡Pero Dios quiere justicia y el rey también! ¡Averiguaremos quién lo ha hecho y me encantaría saber por qué!
- Porque el hermano Rogelio vio algo en la iglesia -contestó Athelstan-.
De ahí la frase «Hubiera tenido que haber doce». Me pregunto qué quiso decir.