Una noche griega
Capítulo 10
Iba a ser padre. Stergios miró a Jodie sintiendo el latido del corazón en la cabeza. Sintió la piel sudorosa y fría, y que la tierra le faltaba bajo los pies. Iba a traer a un niño inocente a aquel mundo peligroso y cruel.
Jodie bajó la mirada.
–Iba a decírtelo.
Eso no era probable. Si la enfermera no hubiera mencionado la fecha prevista para el parto, era muy probable que nunca lo hubiera sabido. Esa posibilidad le provocó un escalofrío. Jodie le habría ocultado la existencia de su hijo.
–¿Cuándo lo supiste?
–Hace seis semanas –dijo ella tras una pausa.
Stergios se agarró al borde de la cama. «Seis semanas». Había tenido todas las oportunidades del mundo para darle la noticia.
–Intentaba encontrar el momento adecuado. Las palabras justas.
–¿Seguro? No estarías pensando en deshacerte del bebé y no decirme nada.
–¡No! ¡Jamás haría eso! –se rodeó la cintura con los brazos–. No había pensado quedarme embarazada, pero quiero tenerlo.
Stergios volvió a fruncir el ceño. ¿Por qué aquel gesto con el que parecía querer proteger al bebé de él? Una rabia ardiente y destructiva le estaba dificultando la respiración.
–¿Por qué me dijiste en septiembre que estabas embarazada?
–Tienes que comprender que…
–¿Crees que voy a ser compasivo contigo porque estés embarazada? –le temblaba la voz, a pesar de que intentase mantener la calma–. Habías pensado ocultarme el embarazo. Eso es igual que robarme a mi hijo.
–¡No! –se defendió ella, con los ojos llenos de lágrimas.
–No ibas a decírmelo. Ibas a dejarme creer que su padre era otro.
–No, eso no es así –insistió Jodie, cubriéndose las mejillas con las manos.
–¿Intentas organizar tus mentiras?
–Te mentí cuando te dije que estaba embarazada, pero no sabía que me había quedado encinta aquella noche.
Stergios se acercó más a ella.
–¿Por qué me dijiste que estabas embarazada de otro?
–Sabía que habíamos empezado algo, una obsesión sexual que podía impedirnos lograr lo que de verdad queríamos, y yo sabía que, si te decía algo así, no me lo perdonarías y me echarías de tu vida. Así los dos podríamos seguir adelante por nuestro camino.
–Ya decía yo que era extraño que hubieras confiado precisamente en mí.
–Escúchame, Stergios…
–No quiero más mentiras.
–¿Aleka y tú estáis comprometidos?
Él se quedó inmóvil. Nadie sabía nada de eso.
–¿Cómo lo sabes?
–Mi padre lo mencionó cuando vino a verme en octubre. ¿Estáis comprometidos?
–No.
Estaban cerrando los detalles del acuerdo e iba a pedirle la mano a Aleka en breve. Bajó la cabeza. Sus planes se iban a ir al traste. Su familia no podría reforzar su poder porque iba a tener que casarse con la madre de su hijo.
–Eso no explica por qué me mentiste. ¿Por qué me querías ocultar a mi hijo?
Ella respiró hondo.
–Porque quería hacerte un favor.
–¿Un favor? –la rabia peleaba por salir–. ¿Negarme la existencia de mi hijo es hacerme un favor?
–Seríamos una carga para ti –le falló la voz como si le doliera pronunciar aquellas palabras en voz alta–. Tú te vas a casar con otra persona para poder conseguir lo que quieres de la vida.
–Ya no. Ese niño es mi hijo y yo quiero ser su padre.
Aunque no supiera absolutamente nada de cómo serlo. El pulso se le aceleró al imaginarse a un bebé que iba a depender completamente de él. Siempre había sabido que cuando tuviera hijos no se parecería en nada a su padre, pero ahora que había llegado el momento tenía miedo de parecerse precisamente a Elias Pagonis. Al fin y al cabo, tenían la misma sangre.
–Voy a ser parte de la vida de este niño –sentenció–. Voy a darle la protección de mi apellido y voy a guiarle a cada paso del camino. No pienses que no me interesa ser padre.
–Sé que yo sería la última persona que elegirías como madre de tu hijo.
–Eso no es cierto.
–Recuerdo perfectamente lo que me dijiste en la isla.
Stergios se pasó las manos por la cara, lamentando aquellas palabras impulsadas por la ira. «Me alegro de que un hijo mío no te tenga a ti como madre. Una furcia, una mentirosa, una desterrada».
–Eres la madre de mi hijo y lo que sienta o no por ti es irrelevante – respondió con suma frialdad–. Todo lo que importa es que nos casemos.
–No.
Stergios comenzó a pasearse por la estancia. En cuanto se diera cuenta de todo lo que tenía que ofrecerle a ella y a su hijo, pondría el dedo a su disposición. Él era quien iba a perder. Su boda con Jodie causaría un escándalo. Era su hermanastra y una mujer con una reputación más que dudosa.
La familia Diamantopoulos se pondría furiosa y se sentiría humillada por más tacto y diplomacia que quisiera usar con ellos. Habían sido buenos amigos de su familia y habrían llegado a ser buenos aliados, mientras que ahora pasarían a ser poderosos enemigos.
–No me estás escuchando –le llegó la voz de Jodie–. ¡Stergios! –la oyó insistir–. No tenemos por qué casarnos.
Poco a poco se dio la vuelta para mirarla. Debería sentirse agradecida por que quisiera cumplir con su responsabilidad.
–Sí que tenemos que casarnos, y es lo que vamos a hacer.
–Déjame decírtelo de otro modo: yo no necesito casarme. Tengo mi dinero, casa propia y la capacidad de darle a mi hijo todas las oportunidades.
–Será el heredero de la fortuna de los Antoniou –declaró Stergios–. ¡Tenemos que casarnos!
–Nadie tiene por qué saberlo, sobre todo si yo vivo en Estados Unidos y…
–¿Vas a negarme el acceso a mi hijo?
–No –respondió ella–. Podemos llegar a un acuerdo antes de que nazca.
–¿Quieres una guerra por la custodia? Ya sabes que yo fui rehén de la batalla por la custodia de mis padres. Sabes lo que le pasó a mi familia y a mí. ¿Quieres que lo reviva?
–Stergios, eso no es lo que yo he dicho.
Tenía que salir de allí antes de que hiciera o dijera algo que fuera a lamentar.
–No pienso rogar para poder ver a mi hijo –le espetó él, y echó a andar hacia la puerta.
–¡No puedes obligarme a casarme contigo!
–Durante años he acumulado riqueza y poder para proteger a mi familia – dijo Stergios, dándose la vuelta y mirándola a los ojos hasta que la vio palidecer–. He hecho cosas que no haría un caballero honorable solo para velar por su seguridad. Pronto descubrirás que estaré dispuesto a utilizar cualquier arma que tenga a mi disposición para cuidar de mi hijo.
Jodie miraba por la ventana sin ver. Prestaba poca atención a la maravillosa vista de Atenas que tenía desde allí. Le dolía la cabeza después de haber pasado la noche casi sin dormir, y había llorado hasta caer rendida.
Stergios tenía todo el derecho del mundo a estar enfadado con ella, incluso a odiarla. Le había mentido y había acabado destrozándole la vida.
Sabía que era un hombre implacable, lo suficiente como para arrebatarle a su hijo, capaz de jugar sucio y cortarle el acceso a su hijo si la creía una amenaza, y ella no tendría los recursos suficientes como para pelear con él.
De pronto tuvo la sensación de que la estaban observando. Estudiando. Analizando. Miró a la puerta y vio a Stergios en el umbral. Se le disparó el pulso. Su aspecto era formidable, con aquel traje gris oscuro y corbata roja. No estaba preparada para otro asalto.
–Aún no me han dado el alta.
–Quería disculparme por lo de anoche –dijo él, entrelazando las manos a la espalda–. Acababan de decirme que iba a ser padre y me dejé llevar. Esas amenazas no iban en serio.
Lo que no era cierto era lo que le estaba diciendo en aquel momento. En otras circunstancias, habría mantenido en silencio todos aquellos pensamientos, pero la idea de tener que pasar por otra pesadilla como había sido su propia infancia le había paralizado.
Por eso quería una mujer obediente, pensó. Y por eso se había forzado a sí mismo hasta límites inimaginables con tal de amasar una cantidad de poder y riqueza increíbles. Necesitaba sentirse protegido, poder confiar en sí mismo para no tener que hacerlo en nadie.
Y no tenía razón alguna que le hiciera confiar en ella. Le había mentido tantas veces…
–Siento que te hayas enterado así. Ojalá pudiera compensarte –se sinceró Jodie.
–Hay algo que sí que puedes hacer –dijo él, entrando en la habitación.
Jodie se asustó. Debería haberse imaginado que iba a utilizar su sentimiento de culpabilidad para lanzarse a negociar.
–No voy a casarme contigo porque esté embarazada.
Él negó con la cabeza y se acercó a la cama.
–Quiero que te quedes en Grecia.
Su petición la pilló desprevenida. ¿No preferiría mantenerla alejada de su familia y de sus amigos?
–¿Cuánto tiempo?
–Quiero que el bebé nazca aquí. Es muy importante para mí.
Sabía que Stergios se sentía orgulloso de su herencia y que querría compartir todos los aspectos de ella con su hijo. Quería que reconociera su hogar y que sintiera que pertenecía a aquel lugar. Y todo eso, ¿dónde la dejaba a ella? Aquel no era su hogar, y, si accedía a su petición, ¿sería quizás el primer paso para lograr que se sintiera como una extraña en la vida de su hijo?
–Mi… mi vida está en Nueva York.
Allí vivían sus amigos, su red de apoyo.
–Sé que te pido mucho –dijo Stergios, mirándola como si pudiera leerle el pensamiento–, pero, si te quedas aquí, podré ir contigo al ginecólogo y ser parte del embarazo.
Una imagen se le materializó ante los ojos: la de Stergios poniendo una mano sobre su vientre, y mirándola con ternura, con una de esas sonrisas tan especiales al notar al bebé dar una patadita.
Parpadeó y la imagen se evaporó.
–No vas a tener tiempo para eso.
–Lo tendré.
–Ya he oído antes todas las excusas posibles. Mi madre estaba obsesionada con el trabajo, igual que tú, y cualquier compromiso familiar era lo primero en olvidarse.
–Tienes que darme la oportunidad –insistió Stergios.
Y tenía razón. Era lo justo, podía ser un padre excelente, un padre protector, leal, responsable y cuidadoso.
Pero ¿y ella? ¿Sería precisamente esa la razón de que tuviera miedo de darle una oportunidad? Sabía que estaba siendo egoísta, pero su preocupación era auténtica. ¿Y si empezaba a confiar en él y le fallaba? ¿Y si se cansaba de ser padre una vez le hubiera hecho sitio en su vida?
Tendría que correr el riesgo. Tenía que darle a Stergios una oportunidad. Si quería que su hijo tuviera un padre en el que pudiera confiar, tenía que empezar ya.
–Está bien. Me quedaré en Grecia, pero solo hasta que nazca el bebé.
A Jodie se le encogió el estómago al ver el brillo de triunfo de sus ojos. El hombre que prometía cuidar de ella y de su hijo iba a ser su gran valedor. ¿Por qué entonces su instinto le decía que acababa de caer en una trampa?
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