Una noche griega

Susanna Carr · Capítulo 17 de 18

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Una noche griega

Capítulo 17

 

Stergios aguardaba en el salón del apartamento de Jodie. Hacía más de una semana que no la veía, y los días habían sido una auténtica agonía para él, un caos. Quería recuperarla.

No sabía cómo le iba a recibir. En el avión se la había imaginado esperándole en casa, guardándole la ausencia, pero la sorpresa que se llevó fue mayúscula, porque Jodie se había lanzado a su antigua vida social, recuperando el tiempo perdido.

Oyó que cerraba la puerta y se incorporó en la silla. Estaba hablando por teléfono.

–¡Sí! –le dio un vuelco el corazón al oír su risa–. Tenemos que vernos, Henry. Ha pasado mucho tiempo.

«¿Henry?». ¿Quién era Henry? Su equipo de seguridad no le había hablado de ese tipo. ¿Y por qué parecía tan contenta de estar hablando con él?

Jodie perdió la alegría de la voz al verlo allí. Estaba radiante. Llevaba un vestido gris que reconocía, pero no marcaba su aumento de pecho y su vientre de embarazada. Tenía los labios pintados de rojo. Los entreabrió, pero no sonrió. Sus ojos azules brillaron por la sorpresa un instante, antes de quedar inexpresivos.

–Perdona. Luego te llamo –dijo, y colgó–. Los de seguridad no me han dicho que estabas aquí –comentó, inmóvil como una estatua–. Ya sabemos a quién deben lealtad.

–¿Quién es Henry? –le espetó. No era su intención hablar así, pero…

–Un amigo de toda la vida –dejó el teléfono en una mesita y se apoyó en el marco de la puerta–. ¿Qué has hecho con el ama de llaves y el mayordomo?

–Les he dado el día libre.

–¿Y qué te trae por Nueva York?

–Tú –contestó Stergios en voz baja. No quería estar un día más sin ella.

–¿No es peligroso estar cerca de mí? ¿No era esa la razón de que me enviases lo más lejos posible?

El daño que le había hecho pesaba sobre su voz.

–Hemos pillado a quien hizo las amenazas. Parece ser que no es al primer famoso o figura pública que acosaba.

–Entonces, todo arreglado –dijo Jodie, cruzando los brazos–. Gracias por hacérmelo saber, pero no tenías que haber venido hasta aquí para decírmelo.

No mostraba la alegría o el alivio que él había sentido al recibir la noticia. Él había volado hasta Estados Unidos para contárselo, y ella no parecía sentir siquiera la necesidad de cruzar la habitación.

–Estoy aquí para llevarte a casa.

–Estoy en casa –respondió ella, señalando a su alrededor.

–Te dejaste sin terminar la habitación del bebé, y tenemos que retomar nuestros planes de boda. Lo que me recuerda –se sacó del bolsillo de la chaqueta el solitario– que te dejaste esto.

Su gesto le había dejado mudo, y más aún ver cómo lo miraba en aquel momento.

–Ya no me pertenece –dijo en voz baja.

Stergios se levantó de golpe.

–¿Qué demonios significa eso?

–Que no voy a volver a Grecia, y que no voy a volver contigo –respondió Jodie, desafiante.

La estaba perdiendo. El anillo le quemaba en la palma de la mano. Se había dado cuenta de lo mucho que la necesitaba al estar separados, y ahora no iba a ser capaz de recuperarla. ¿Por qué?

–¿Por qué? –verbalizó.

–¿Cómo que por qué? –estalló ella–. ¿Cómo puedes preguntarme algo así? ¡Fuiste tú quien me echó a la primera excusa!

–¡No era una excusa!

–Si me vas a echar cada vez que haya un problema, será mejor que me quede aquí.

–Eso no va a pasar. Hiciste promesas que tienes que…

–¡Tú también prometiste mucho!

–Nos vamos a casar, y cuanto antes, mejor.

–No. El bebé será hijo tuyo y te garantizo acceso total a él, pero yo quedo fuera del acuerdo. Eso se terminó.

–¿Porque quisiera ponerte a salvo? –preguntó él, incrédulo.

–Porque me echaste a la primera ocasión que se te presentó –le espetó, y el dolor era palpable en su mirada–. Porque hiciste caso omiso de mis temores al anteponer los tuyos.

–Eso no es así.

¿O sí lo era? Recordaba bien sus ruegos. Él también deseaba consolarla en sus brazos, pero sabía que tenía que ser fuerte.

–¿De verdad crees que me podía sentir a salvo cuando me estabas enviando fuera sin saber por cuánto tiempo? ¿Se supone que puedo sentirme segura cuando me aíslas y no sé nada de ti?

–No te llamé de inmediato por seguridad. No quería que pudieran localizarte. Y luego, cuando intenté hacerlo, no conseguí localizarte.

–¡He oído todas las excusas del mundo de labios de mis padres, pero esta es nueva!

Él abrió los brazos lleno de frustración.

–¿Crees que lo que quería era estar lejos de ti?

–Sí.

Simple y llanamente. Un puñetazo en el estómago. ¿Cómo podía pensar algo así?

–Dejarte ir ha sido la decisión más difícil de mi vida. No sabía cuánto tiempo iba a pasar hasta que pudiéramos volver a vernos, y me estaba negando el placer de ver a nuestro hijo crecer dentro de ti. Sabía que podía llegar a perderme el resto del embarazo e incluso su nacimiento, pero tomé la decisión porque necesitaba que estuvieras a salvo.

–Sin dejarme elegir a mí –replicó ella, exasperada–. Ni me diste información, ni me dejaste tiempo para tomar una decisión.

–Cuanto menos supieras de las amenazas…

–No, no me digas eso. Tomaste la decisión porque sabías que tenías ese poder sobre mí. Rara vez te he negado nada, y ese ha sido mi fallo. Había sellado un compromiso por amor, y ese fue mi error –una lágrima le rodó por la mejilla–. Un error que me dejó sola y abandonada.

Stergios avanzó hasta ponerse delante de ella.

–Jodie… –musitó, secándole la lágrima. Su dolor le estaba partiendo en dos. Le había hecho daño sin darse cuenta, y en ese momento no sabía cómo arreglarlo.

–Confiaba en ti y te aprovechaste del amor que te profesaba. Conoces perfectamente mi historia. Sabes lo que he sufrido por no estar unida a mi familia, por ser invisible y verme olvidada, y has hecho exactamente lo mismo que mis padres.

–No era lo mismo… –protestó él, tomando su cara entre las manos.

–¿Por qué tus temores tienen que ser más importantes que los míos?

–La situación era urgente y…

–La situación siempre va a ser urgente –adujo Jodie, separándose de él–. Cada separación va a ser temporal hasta que se hagan rutinarias. Y al final, acabaré viviendo lejos, sola y olvidada, por haber confiado en ti.

–No permitiré que eso ocurra.

–No ocurrirá porque no voy a darte semejante poder sobre mí. No voy a permitir que puedas decidir mi destino –se pasó las manos por la cara y respiró hondo–. No voy a casarme contigo. Los dos seremos padres del niño, y eso será todo. Es lo que querías, de todos modos.

–Quiero más. Lo quiero todo.

–Yo también lo quería –Jodie sonrió con amargura–, pero no funcionó. Adiós, Stergios.

Jodie estaba renunciando a él. A ellos. ¡No podía permitirlo!

–No. Yo me quedo.

–¿Por qué ahora? –le preguntó, llorosa–. ¿Por qué no cuando yo quería tenerte conmigo? Da igual. Ya no importa.

–Me quedo aquí contigo, en tu apartamento.

–¡Ni lo sueñes! –le espetó, molesta por su tono autoritario.

–Los dos somos padres, ¿recuerdas? No irás a negarme el acceso a mi hijo.

–Tienes razón: no te lo voy a negar –admitió, con los hombros hundidos–. Es la única razón por la que voy a acceder a esto. Le pediré al ama de llaves que te prepare una cama, y te dejaré que uses la biblioteca como despacho.

–Eres muy generosa –respondió Stergios. Creía que iba a tener que luchar a brazo partido con ella para que le hiciera sitio.

–Solo porque va a ser temporal –le advirtió, de vuelta en la puerta–. En cuanto asumas de una vez por todas que no voy a casarme contigo, te marcharás.

Tenía que reconocer que Stergios estaba decidido a demostrarle que se equivocaba, pensó Jodie al entrar en el apartamento, de vuelta de una de las fiestas a las que habían acudido juntos. Era el acompañante perfecto, tanto a un acto social como al ginecólogo, y se estremeció cuando le rozó los brazos desnudos al ayudarla a quitarse el abrigo.

–Estás de mal humor –comentó él.

–No. Lo que estoy es embarazada.

–Me alegro, porque tengo que decirte algo.

Ella guardó silencio.

–Tengo que ir a Atenas unos días –su tono era cuidadoso, y antes de continuar le puso las manos en los hombros–. Me gustaría que vinieras conmigo, pero me has dejado bien claro que no estás dispuesta a salir de Nueva York.

–¿Por qué vuelves a Grecia? –preguntó, aunque por nada del mundo le dejaría entrever que no quería que se marchara. ¿Y si decidía no volver?

–Estoy decidido a abandonar mi puesto en el Grupo Antoniou.

–¿Qué? –Jodie se apartó bruscamente–. ¿Por qué?

–Es el único modo de que pueda quedarme aquí contigo –respondió él, metiéndose las manos en los bolsillos.

–¡No! ¡De eso nada! No puedes hacer eso. No te lo voy a permitir.

–No puedo abandonar todas mis responsabilidades. Me quedaré como consejero.

–No lo hagas –insistió ella, sujetándolo por un brazo–. Lo vas a lamentar.

–Oxi, no.

–Puede que no en un mes, o en un año, pero acabarás lamentándolo. Sería renunciar a todo por lo que has trabajado hasta ahora. No puedo permitirlo.

–Sé lo que quiero, Jodie. Y eres tú.

–Vuélvete a Grecia, Stergios –le dolía decir esas palabras y tuvo que cerrar los ojos–. Cásate con la heredera que pueda darte el poder que quieres. Dirige el mundo. No tienes por qué quedarte aquí. Voy a estar bien.

–Te elijo a ti, Jodie –respondió, rodeándole la cintura con los brazos–. ¿Por qué te asustas?

–No te das cuenta de que yo no voy a ser suficiente para ti. Nunca voy a estar a la altura de tus expectativas. No soy la esposa que necesitas.

–Te necesito a ti –respondió Stergios, poniendo la mano en su nuca.

–Estás muy lejos de tu casa por mi culpa.

–Yo he decidido quedarme a vivir aquí. Es aquí donde podemos proteger nuestra relación. Es aquí donde eres valorada y respetada.

Jodie sintió ganas de llorar.

–Tu familia está al otro lado del mundo. Deberías estar con ellos.

–Tú eres mi familia. Tú y este pequeñín.

–¿Y qué pasa con tu sueño de hacer intocables a los Antoniou?

–Siempre estaré protegiéndote, pase lo que pase, pero no estoy dispuesto a pasar ni un día más sin ti. Quiero llenarme de ti. Quiero ver crecer a nuestros hijos y…

–¿Cuándo has decidido todo esto?

–Cuando te alejé de mí, enviándote al otro lado del mundo –frunció el ceño–. Fue la peor elección de mi vida, y no voy a volver a repetirla. No puedo vivir sin ti, y no voy a volver a hacerlo –apretó su pelo en la mano–. Te quiero, Jodie.

Cuánto había deseado oír esas palabras, y en ese momento tenía miedo de aceptarlas. Si no fuesen ciertas, si aquel amor no era lo bastante fuerte para durar para siempre, ella se desharía con él.

–No, no es cierto –contestó casi sin voz–. Me dijiste que nunca podrías…

–No quería creerlo. Quería protegerme. No ser vulnerable. No dejo que nadie se me acerque, pero tú ya estás dentro de mí, y sé que tú me protegerás a mí como yo a ti.

La quería. Stergios la quería. Se le cortó la respiración.

–He estado enamorándome de ti todo este tiempo. De ti. Siempre ha sido de ti –le confesó él, depositándole un beso en la mejilla–. Y voy a demostrarte mi amor cada día. Tú dame otra oportunidad.

Jodie quería dársela, pero jamás en la vida había corrido un riesgo como aquel. Aquello iba a ser vivir y amar salvajemente. Iba a aceptar aquel anillo y a llevar su apellido. Crearía una familia y una vida con aquel hombre.

–Déjame demostrarte lo mucho que significas para mí, Jodie. Déjame amarte.

–Sí, Stergios –declaró ella, tomando su cara entre las manos–. Quiero todo eso, y más.

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