Una noche griega
Capítulo 14
Stergios?
Oía a Jodie hablando a lo lejos. La oscuridad lo rodeaba e intentaba patalear y abrirse paso hasta la superficie. Tenía que alcanzar a Jodie. Parecía desesperada. Aterrada.
–¿Stergios? –su voz atravesó la última barrera–. Despierta.
Se despertó de golpe y con el corazón en la garganta. Los ojos le ardían mientras exploraba su entorno. Ya no estaba en la comisaría de policía en la que su familia había quedado irrevocablemente rota, ni él era el niño vulnerable que no podía soportar que lo tocaran o que lo ayudaran.
Estaba a salvo. Nadie podía hacerle daño. Y no estaba solo.
–¿Qué ha pasado? –preguntó, a pesar de que tenía los labios y la garganta secos.
–Que estabas gritando –respondió Jodie, tomando su cara entre las manos. Su contacto le resultó fresco. Llevaba un camisón rosa y el pelo revuelto de dormir–. ¿Estás bien?
No, no lo estaba. Tenía el pulso desbocado y estaba cubierto de sudor.
–Necesito una ducha –anunció, levantándose de golpe.
–¡Stergios!
Salió corriendo al baño de la habitación como si le persiguiera el mismo demonio, y una vez hubo cerrado con llave, se apoyó contra la puerta y se dio cuenta de que temblaba de los pies a la cabeza.
No podría decir cuánto tiempo estuvo bajo el chorro de la ducha, pero cuando salió estaba helado. Se secó con brusquedad intentando entrar en calor y acudió al vestidor en busca de algo que poder ponerse para dormir. Con el pijama azul marino ya puesto, respiró hondo y abrió la puerta.
Tal y como se imaginaba, Jodie esperaba allí mismo, con los brazos cruzados y dando golpecitos de impaciencia con el pie en el suelo.
–¿Ya estás bien? ¿Con qué frecuencia tienes pesadillas?
–Hacía años que no las tenía.
–¿Con qué estabas soñando?
–No me acuerdo.
Esa era la respuesta que daba siempre. No quería hablar de sus pesadillas. Sabía que revelaban más de él y de sus miedos que de la odisea que había tenido que pasar.
Sintió su mirada mientras volvía a la cama. Jodie regresó sin decir nada más a su lado y se tumbó, pero Stergios sabía que no había terminado.
–¿Tienes mucho estrés? –preguntó ella. Era dolorosamente consciente de su presencia, de su olor, de su color, del sonido de la seda de su camisón contra el algodón de la cama–. Sé lo que está pasando en tu oficina. Algo sobre que la junta ha perdido la confianza en ti porque has dejado a una mujer embarazada accidentalmente. ¿Es así?
Stergios apretó los dientes. Sabía bien de dónde había sacado Jodie esa información.
–Y dices que mi madre no te dirige la palabra, ¿eh? No, no me preocupa lo que pase en la oficina. Todo volverá a su ser, como siempre.
–Entonces, ¿qué ha desencadenado la pesadilla?
–No sé lo que las desencadena.
Inmediatamente se dio cuenta del error que había cometido. Ya no habría modo de parar sus preguntas
–Así que ha habido más de una. ¿Cuándo empezaron?
–La noche que te dejé en el hospital –admitió él de mala gana.
–Siento que tuvieras que enterarte de ese modo –se disculpó Jodie.
–Estoy bien.
¿Por qué demonios se empeñaba en seguir mintiendo si ella debía de estar notando la velocidad con que le latía el corazón?
–¿Sueñas siempre lo mismo?
–Buenas noches, Jodie. Siento haberte despertado.
Apagó la luz de la mesilla y se colocó las manos bajo la cabeza. Estaba agotado, pero sabía que no iba a dormir ni un minuto más.
Jodie le acarició el pecho, y él no se lo impidió. Necesitaba caricias que le aportasen serenidad, y sorprendentemente, parecía funcionar.
–No importa cómo me enterara del embarazo –dijo al fin, con la mirada en el techo–. Las pesadillas habrían empezado de todos modos.
–¿Con qué sueñas? ¿Con los secuestradores? ¿Con el bosque?
–Oxi… –contestó él, cerrando los ojos–. Sueño con el día que me rescataron.
–¿Y eso es una pesadilla? ¿No sería más bien un día especial?
–Al principio lo fue. Me reuní con mi familia, pero mi padre no estaba. Solo lo vi un instante cuando llegué a la comisaría. Y entonces fue cuando me enteré de que el secuestro había sido cosa suya.
La sensación de traición era incontenible.
Jodie siguió acariciándole el pecho. El ritmo de sus movimientos resultaba casi hipnótico y la tensión que se le había acumulado entre las costillas comenzó a aflojar.
–Lo detuvieron y dio la información como parte del trato que hizo con la policía. No estaba dispuesto a decirles nada a menos que sacase algo de provecho. De no haber sido así, no sé cuánto tiempo habría seguido desaparecido.
–Y has vuelto a tener esa pesadilla desde que te has enterado de que vas a ser padre –adivinó ella–. ¿Lo has soñado todas las noches?
Creía haber superado lo de las pesadillas y estar ya en el siguiente nivel, pero al parecer enterarse de que iba a ser padre había sido un paso atrás.
–Lo de esta noche ha sido distinto –confesó, y le sujetó la mano–. En el sueño, al verle, no tenía su cara, sino la mía.
–Tú no te vas a parecer a tu padre.
–Eso no lo sabes.
Había heredado muchos rasgos de Elias Pagonis. Era implacable y ambicioso como él.
–Sé qué clase de hombre eres, Stergios. Conozco tus defectos, pero no tienes ni un ápice de maldad en el cuerpo.
–No estés tan segura –contestó él, sonriendo de medio lado.
–Lo estoy. También sé que tu padre tomó algunas decisiones que lo llevaron por un camino que tú nunca tomarías. Elias Pagonis ya tomó decisiones más que cuestionables antes del secuestro.
–Era un mentiroso y un embaucador –se había olvidado de sus otros pecados. El secuestro lo había cubierto todo, pero la conversación con Jodie le hizo recordar–. Su economía suscitaba muchas dudas.
–Tú no eres tu padre.
A veces era peor. Soltó su mano. Elias Pagonis no era el peor hombre con el que había tenido que vérselas. Cuanto más poder acumulaba, más monstruos le salían al paso, decididos a hacerle pedazos.
–Tu padre era un peligro para tu familia –continuó Jodie–, pero tú la proteges precisamente de gente como él.
–No conoces mis métodos.
A veces resultaba tan terrorífico como los monstruos que pretendía mantener a raya.
–Cuidas de los más vulnerables –continuó Jodie, acariciándole el cuello–. Jamás permitirías que le hicieran daño a un niño.
Y, si algo le ocurriera al suyo, le destrozaría.
–No puedo hacer esto sin ti –dijo con voz áspera–. Quiero que me lo hagas saber si notas que me estoy volviendo como mi padre.
–Stergios, eso no va a pasar.
–Prométemelo, Jodie –le rogó. Sabía que podía confiar en ella. Tenía el valor necesario para enfrentarse a él cuando algo no estaba bien, y era la única persona que querría tanto a su hijo como él. –Lo prometo, pero me estás pidiendo demasiado. Yo no podría hacerte tanto daño.
–Preferiría que tú me hicieras daño antes que… antes que fallarle a mi hijo.
Ella le puso la mano en el hombro.
–Y eso, Stergios, es por lo que nunca podrás ser como tu padre.
Jodie suspiró satisfecha y poco a poco fue despertándose. Estaba rodeada de calor y se acurrucó, pero de pronto sintió que unas manos fuertes la agarraban por los brazos, y el delicioso calor desapareció.
Stergios la mantenía alejada.
–Serías capaz de tentar a un santo, Jodie.
Ella parpadeó varias veces hasta abrir los ojos.
–¿Qué pasa? –preguntó con la voz pastosa del sueño. El dormitorio estaba a oscuras, pero vio los primeros rayos de luz filtrarse a través de las cortinas.
–Estás demasiado cerca –protestó Stergios–. Sabía que ocurriría esto si compartíamos cama.
«¿Demasiado cerca?». Volvió a parpadear. En lugar de estar a un lado de la cama, estaba abrazada a él, con la cabeza en su pecho y sus caderas junto a las de él.
En algún momento de la noche se había ido acercando a su calor y a su fuerza, en realidad porque no quería contenerse más. Ahora sabía que no iba a hacerle daño, que se preocupaba por ella y por el bebé.
Apartó la pierna y reparó en que los finos pantalones de algodón que llevaba él no podían ocultar su erección, y sintió un latigazo de calor en la entrepierna al recordar cómo había sido su anterior encuentro.
–¿Quieres que me vaya a dormir al sofá? –preguntó, alejándose.
Antes de responder, Stergios la atrapó con un brazo.
–Inténtalo, y te traigo a rastras.
–Ten cuidado, Stergios –bromeó ella–, que estás invadiendo mi lado de la cama.
–Esto no es asunto de risa, pethi mou. Como te acerques un poco más, nada me va a detener.
–Correré el riesgo.
–Eras tú la que no quería compartir cama, ¿recuerdas?
Pero eso había sido semanas atrás, cuando todo lo que compartían era la certeza de que iban a ser padres, y ella quería algo más. Quería ser para él algo más que la madre de su hijo. Ahora estaban dando los primeros pasos hacia una nueva vida.
–Pero, si te has creído que vamos a tener un matrimonio sin sexo, es que has perdido la cabeza –añadió él.
–Yo creía que tu interés iba a decaer porque no iba a ser una conquista fácil.
–¿Decaer? –repitió Stergios con voz ahogada–. Te deseo más cada día, pero no confío en mí mismo contigo. Llevo todas estas semanas sumido en una pura agonía.
–Pues lo disimulas bien –respondió ella, acercándose a él y poniendo los labios en su cuello.
–Jodie, si te toco, no voy a saber controlarme.
–Los médicos han dicho que no pasa nada –le recordó–. Tú mismo los oíste decirlo.
–Pero ellos no saben cómo me pones.
–Ellos no, pero yo sí sé que tendrás cuidado –arqueó la espalda y sus pechos se apretaron contra él–. Me vas a llevar al límite del placer. Harás que me rinda hasta gritar tu nombre, pero nunca me harás daño.
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