Una noche griega
Capítulo 12
Seguro que quieres hacer esto? –le susurró Jodie a Stergios mientras avanzaban por aquel cavernoso museo en dirección a la colección Antoniou. Su vestido de baile negro siseaba al rozarse con sus piernas mientras seguían las señales de intenso color que marcaban la dirección de la muestra.
–Llevo mucho tiempo deseando que llegase este momento –dijo él cuando pasaron bajo el arco que daba acceso a la exclusiva fiesta–. La familia Antoniou donando artefactos históricos al museo en una muestra que estará de gira durante años.
–No, no es eso lo que quiero decir. Sé que quieres estar aquí –emanaba orgullo de él apenas habían puesto un pie en el prestigioso museo, y no quería empañar su momento–. ¿Está seguro de que quieres que asista yo contigo?
Se detuvo a mirarla.
–Estás nerviosa –se sorprendió.
¡Pues claro que lo estaba! No quería dejarle en mal lugar. De pronto fue consciente de que todas las miradas estaban puestas en ella y miró a su alrededor. La gente parecía reticente, pero al menos no abiertamente hostil.
Stergios le puso la mano en la espalda, y el contacto no la ayudó a controlar los nervios. Seguían durmiendo en habitaciones separadas, y a veces desearía no haber trazado aquella línea de separación, pero al mismo tiempo no estaba segura de si la solicitud de Stergios para con ella era solo temporal, algo que le hiciera bajar la guardia.
No ayudaba mucho que aquel condenado esmoquin que llevaba acentuase las líneas perfectas de su cuerpo. De hecho, se le había quedado la boca seca al verle.
–Sé tú misma –le dijo al oído–, y quédate cerca de mí si te sientes insegura.
Jodie se rio.
–Vaya, no es el consejo que me suelen dar –el más habitual era que mantuviese la boca cerrada y que no se hiciera notar–. ¿Por qué has querido que asistiera?
–Es un evento que honra la historia de mi familia –contestó, al tiempo que saludaba a alguien con un gesto de la cabeza.
–Yo no soy tu familia. No estamos comprometidos, y no voy a casarme contigo.
Había tenido la impresión aquellos últimos días de que Stergios se limitaba a esperar, convencido de que era solo cuestión de tiempo que acabase cediendo.
–Pero eres la madre de mi hijo –respondió él, y se llevó su mano a los labios para besarla en los nudillos antes de colgársela del brazo–. Quiero que todo el mundo sepa que estás bajo mi protección. Cuando se anuncie tu embarazo, todos sabrán que reconozco a mi hijo.
–¿No sería mejor que nadie lo supiera? –preguntó. Todo el mundo los miraba.
–¿Es que te avergüenzas de que te dejase embarazada?
–¡No!
–Entonces, ¿tan extraño te resulta que quiera mostrarte?
–Pues sí –respondió Jodie, tocándose sin querer los pendientes a juego con el collar que llevaba puesto, pero inmediatamente bajó la mano. No quería estropearlos. Stergios se había presentado con aquellos pendientes y el collar a juego en una antigua caja de madera, supo que pertenecían a su familia. En un principio se había negado a ponérselos, pero él había insistido, y Jodie no podía evitar sentirse honrada por el gesto–. Pero no te preocupes, que no voy a hacer nada que pueda avergonzarte.
–Lo sé. Tus tonterías de antes solo pretendían llamar la atención –dijo, entregándole una copa de zumo de naranja–. No querías que se olvidaran de ti, o que te ignoraran, y eso ya no es necesario. Tienes toda mi atención.
Jodie sintió que se sonrojaba y apartó la mirada, y al hacerlo se encontró con unos conocidos ojos castaños, con lo que la tensión que estaba sintiendo cedió un poco.
–Hay mucha gente aquí que se acordará de mi pasado –comentó con una sonrisa.
–¿Reconoces a alguien?
–Sí. Es una de las ventajas de haber asistido a tantos internados por todo el mundo. Casi seguro que siempre conozco a alguien en los eventos de la alta sociedad –señaló a la joven morena que la saludaba con entusiasmo–. Es Sofia Xenakis. No la había vuelto a ver desde que me echaron de uno de los internados.
–¿Es hija de Theodoros Xenakis, el magnate de la comunicación?
Jodie percibió curiosidad en su voz.
–Sí. ¿Lo conoces?
–No en persona. Llevo años intentando reunirme con él, pero es un auténtico recluso. No se ve con nadie que no pertenezca a su círculo más íntimo.
–¿Ah, sí? –preguntó ella con una media sonrisa.
–Pues sí. ¿Por qué?
–He estado en su casa de las Bahamas varias veces, cuando las dos estábamos de vacaciones, y es un amor –sonrió de oreja a oreja–. Ven que te presento a su hija.
Stergios se apoyó en la pared del museo para responder a un mensaje urgente y no se dio cuenta de que su primo se le acercaba hasta que no lo tuvo al lado.
–Dimos –lo saludó–. No sabía que ibas a asistir. ¿Ha venido Zoi también?
–No somos siameses –le espetó, frunciendo el ceño y señalando furioso hacia el centro de la estancia–. ¿Qué hace ella aquí?
–Es mi invitada –contestó, guardando el móvil.
–¿Por qué? Hay montones de fotógrafos y periodistas, y se supone que estás cortejando a la heredera de los Diamantopoulos, y no les va a hacer ninguna gracia que hayas venido con otra mujer a un evento tan importante, aunque sea tu hermanastra. Lo que quieren es que luzcas a su hija. Es un juego de poder.
–Ya no busco la fusión con ellos.
Era extraño que no lo lamentase. La alianza le hubiera facilitado todo lo que quería conseguir, pero ahora toda su energía se concentraba en casarse con Jodie. Era una idea que lo llenaba de ilusión.
–¿Porque has dejado embarazada a Jodie?
Stergios se volvió a mirarle sorprendido. ¿Cómo demonios se había enterado? Jodie jamás divulgaría esa clase de información. Mirando a su primo se puso de inmediato en guardia: no le gustaba la pizca de amargura y envidia que veía brillar en sus ojos.
–Sí, me he enterado –reconoció–. Tu madre está intentando evitar que el rumor se extienda, pero va a ser imposible.
–Bien.
–¿Bien? ¿Cómo puedes decir eso? No sé por qué te posicionas públicamente en un asunto como este. No eres el primer hombre de los Antoniou que tiene hijos fuera del matrimonio.
–¿Hay algo que deba saber, Dimos? –preguntó, enarcando las cejas.
–No tienes que tirar por la borda todo por lo que tanto hemos trabajado solo para reconocer a un niño. No hay necesidad de darle tu apellido. ¿Por qué empeñarte, si Jodie dispone de su propio dinero?
–No lo entenderías.
Protegería a su heredero aunque para ello tuviera que proteger a la madre.
Dimos se acabó la copa mientras veía a Jodie charlar animadamente.
–No puede ser… –dijo en voz baja, abriendo los ojos de par en par–. ¿Lleva las amatistas de la familia?
Stergios asintió satisfecho, viendo brillar las piedras violeta en sus orejas y en su cuello. Parecían estar hechas para ella.
–Ahora sí que no hay quien lo esconda –sentenció Dimos, alzando las manos–. No me extraña que toda la alta sociedad ande arremolinada a su alrededor. Incluso los periodistas sabrán lo que esto significa. Le estás diciendo a todo el mundo que va a ser una Antoniou.
Pero ella no sabía que aquellas joyas eran algo más que una herencia. Un día le contaría que esas piedras formaban parte del legado de la familia y de un ritual, y que, cuando le había cerrado el collar alrededor del cuello, le estaba declarando al mundo que iba a ser su esposa.
–¿Sabe tu madre que esa mujer lleva las joyas?
–Un poco de respeto –le advirtió Stergios–, que esa mujer va a ser mi esposa y la madre de mi hijo.
–¿Por qué lo haces? ¿Tan buena es en la cama que te ha trastornado la cabeza?
–Nunca lo sabrás. ¿Es eso lo que no puedes soportar?
–Incluso yo supe siendo un crío que Jodie no es la clase de mujer con la que te casas. Es de usar y tirar. Puedes probarla un par de veces y luego…
Inesperadamente, Stergios agarró a su primo por la corbata.
–Calla.
–Suéltame –dijo Dimos en voz baja–. La gente nos mira.
–No me importa.
–No te estoy diciendo nada que no se haya dicho ya –continuó con voz ahogada y rojo como la grana.
–Eso va a cambiar –sentenció Stergios, soltándole.
Dimos tosió y se aflojó la corbata.
–¿Es que vas a amenazar a toda la familia? La próxima cena va a ser un espectáculo.
–Haré lo que sea necesario para que la acepten.
–Eso no va a ocurrir –respondió su primo, dando un paso atrás con cautela–. Vas a ser el hazmerreír de todo Atenas si te casas con una mujer como esa. No la van a mirar.
–En ese caso, hazles llegar un mensaje de mi parte –dijo Stergios, glacial–. Quien le falte al respeto a Jodie, me lo falta a mí. Si alguien se atreve a hacerle daño, se las verá conmigo. ¿Queda claro?
–Estás cometiendo un terrible error –dijo Dimos antes de alejarse–, pero no tardarás en darte cuenta. Solo espero que no arrastres a la familia Antoniou contigo.
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