Una noche griega
Capítulo 16
Stergios estaba en el vestíbulo de la casa familiar, buscando a Jodie. Su fiesta de compromiso estaba tocando a su fin, y tenía ganas de tenerla solo para él.
Debería ser fácil de localizar con el vestido púrpura que llevaba, u oír su risa explosiva. Llevaba puestas las amatistas de la familia, lo que hacía de ella una deliciosa mezcla de hada y reina.
«Prometidos». Por fin. Había momentos en que la terquedad de ella vencía su tenacidad, pero por fin había aceptado su proposición. Aunque en paz, lo que se decía en paz… nada de lo que tuviera que ver con Jodie Little era pacífico. Le ponía a prueba constantemente. No tenía por qué llevar máscara con ella, ni fingir. Y sin embargo, estando juntos, era el hombre que quería ser.
Sentir semejante necesidad de ella no le gustaba. Más bien, le dejaba temblando. Sabía que no debía permitir a nadie acercarse tanto, pero es que Jodie se había colado detrás de sus defensas. Era una batalla constante intentar mantener un muro entre ellos cuando en realidad ansiaba tenerla cerca. ¿Sería eso enamorarse? Porque, si lo era, no podía permitir que siguiera adelante por su propia supervivencia. Nadie podía tener ese poder sobre él.
–Bueno, por fin se ha terminado –dijo Mairi Antoniou acercándose a él. Llevaba un vestido de noche negro que servía de telón de fondo perfecto para los diamantes con que se adornaba–. Espero que la boda sea pronto.
–Lo será –contestó él, apurando su copa de champán.
–No deberías haberle dado ese diamante de compromiso –dijo su madre–. Es una herencia, y no tiene precio.
–La mujer de los Antoniou lo lleva. Es la tradición.
Y más importante aún: reconocía a Jodie como de la familia. Ella había comprendido todo su simbolismo y lo había sentido como un honor que le había llenado los ojos de lágrimas.
–Pero querrá quedárselo cuando os separéis –insistió su madre–. Tendrías que hacerle firmar un documento en el que se comprometa a devolvértelo cuando os divorciéis.
–No voy a divorciarme de Jodie –le espetó–. Forma parte de esta familia, y de mí, para siempre. Será mejor que te vayas haciendo a la idea, mitera.
–Sé que no es de buen gusto hablar de divorcio en la fiesta de compromiso, pero tendrás que estar de acuerdo en que…
–Si no puedes soportar la idea de que tu único hijo y Jodie estén juntos, creo que me vas a ver bastante poco, a mí y a tu nieto.
Y, una vez dicho eso, se alejó de su madre.
¿Cómo habría podido sobrevivir Jodie en aquella casa? No era de extrañar que no quisiera casarse con él. Y todos pensando que lo que pretendía era ser una Antoniou.
Salió al porche, ya a oscuras. Exigiría que la trataran con respeto. No se merecía menos. Una voz le llegó a los oídos. Era Dimos.
–¿Desde cuándo tenías puesta la vista en Stergios?
Vio a su primo de pie, al lado de Jodie, y fue a intervenir, pero algo se lo impidió. No le gustó el tono confidencial de Dimos, como si estuvieran compartiendo secretos. Solo él podía conocerla íntimamente.
–Me gustaría tener un momento de paz antes de volver a entrar –contestó Jodie, cansada–. ¿Dónde está tu mujer? Se te traba la lengua. Deberías irte a casa.
–No quiero irme a casa –la voz de Dimos subió de tono de repente–. Quiero saber cómo has podido elegirlo a él. He ido años detrás de ti, y durante todo ese tiempo tú le buscabas a él. ¿Por qué?
Stergios permaneció inmóvil, esperando oír la respuesta. Había hecho cosas de las que no se sentía orgulloso, y, aun así, Jodie lo quería. Necesitaba saber por qué.
–Es cruel y bárbaro –continuó Dimos ante el silencio de Jodie–. Implacable. Se cree que este es su castillo y nosotros, sus sirvientes. No sé qué te habrá prometido para acostarse contigo…
–Stergios es el mejor hombre que conozco –le cortó ella–. Cuida de los suyos.
Stergios frunció el ceño. Él no era bueno. Incluso, a veces, era un monstruo, y ella lo sabía de primera mano. Pero era el mejor… el único para ella.
–Es un hombre de palabra –continuó Jodie–, y haría lo que fuera necesario por su familia. Va a ser un magnífico marido y un padre extraordinario. Ha restaurado mi fe en los hombres, y eso es mucho decir.
–Podrías haberme tenido a mí –dijo Dimos–. Lo habríamos pasado de muerte.
Stergios apretó los puños. La idea de Dimos tocándola le revolvió el estómago.
–Imposible. ¿Y sabes por qué? Porque tienes razón. Siempre ha sido Stergios. No ha tenido competencia.
–Te estás engañando, Jodie. Se casa contigo solo para poder quedarse con su heredero. En un mes, se habrá cansado de ti y volverá a perseguir a las mujeres más guapas del mundo, como ha hecho hasta ahora. Dentro de un año, os echará a ti y al crío de casa y os meterá en cualquier agujero, lejos de aquí.
Stergios ya había oído suficiente.
–Ah, estabas aquí –dijo, acercándose–. Es tarde, y llevas todo el día de pie.
Jodie ni miró a Dimos antes de recogerse la falda, subir la escalera y darle la mano a Stergios. No dijo nada mientras entraban. Fue cuando llegaban ya al primer piso cuando él le preguntó:
–¿Te estaba molestando?
–Es un pesado, nada más.
–Siempre puedo mandarlo fuera. A algún lugar frío y lluvioso.
Jodie se rio.
–Es una oferta tentadora. No me puedo creer que pensaras que me interesaba. Es inmaduro y malcriado.
–También es más de tu edad, guapo y encantador, muy popular con las mujeres.
–¿Ah, sí? Porque tú me lo dices –murmuró, y mientras él abría la puerta, ella le tiró de la pajarita para hacerle entrar–. A ti tampoco se te han dado mal las mujeres. Por ejemplo, en la fiesta de hoy.
Le gustaba la cualidad posesiva de su voz.
–Todas las miradas estaban puestas en ti –le respondió al oído–. Estás hecha para llevar estas joyas.
–¿Por qué son tan especiales? ¿Hay alguna historia detrás de ellas?
–La hay.
Y se la iba a contar… pero cuando estuviera en la cama, vestida solo con ellas.
Jodie oyó el helicóptero acercarse para aterrizar y sonrió. Stergios estaba en casa. Corrió a la puerta y salió al camino. No podía esperar a decirle lo mucho que se había movido el niño todo el día.
–¡Stergios! –le gritó, sintiendo que el corazón le iba a estallar al verle bajar. Era impresionante su presencia, con aquel traje de raya diplomática y corbata roja. Le recibió con un beso, pero notó que sus labios no eran los de siempre–. ¿Qué ocurre?
–He tenido una reunión de urgencia con el equipo de seguridad –estaba pálido y agitado–. Me han informado de que existe una amenaza creíble contra ti.
–Imposible –dijo ella. Sabía que se gastaba millones en cámaras de seguridad, guardaespaldas y demás–. ¿Por qué iban a querer hacerme algo a mí?
–Porque llevas a mi hijo –contestó, poniendo la mano en su vientre–. Es el mejor modo de hacerme daño a mí.
–¿De qué amenaza se trata?
–No quiero hablar de ello contigo.
–No se te… –echó a andar hacia la casa–. No soy tan delicada, Stergios. Quiero saberlo.
Stergios abrió la puerta y esperó a que ella pasara. Luego en dos pasos se plantó ante el mueble bar y se sirvió una copa de un potente licor.
–¿Por qué iban a decirte lo que quieren hacer? No tiene sentido. Echaría a perder el factor sorpresa –analizó Jodie, plantándose delante de él.
–Para que tengamos miedo –volvió a llenar la copa–. Y resulta muy eficaz.
–¿Cuánto tiempo llevan recibiéndose?
–Desde que aparecimos en público por primera vez, en el museo.
–¿Tanto? ¿Y no me lo habías dicho hasta ahora? ¿Me regañas porque no confío en ti, y me estabas ocultando esto?
–No quería preocuparte –dijo él, antes de apurar la copa y hacer una mueca.
Jodie movió la cabeza.
–¿Y qué vamos a hacer? ¿Aumentar la seguridad?
Stergios dejó el vaso con un golpe sobre la mesa.
–He decidido que vuelvas a Nueva York. Estarás lejos de la amenaza –se acercó a la ventana y contempló el mar con los brazos en jarras–. Haré que el equipo de seguridad vigile tu apartamento y…
–Tú quieres que el niño nazca en Grecia –le recordó. ¿Por qué de repente eso había dejado de tener importancia?–. Querías que estuviera aquí.
–Va a ser temporal.
El miedo le puso un sabor extraño en la boca. Detestaba la palabra «temporal», era vaga. Todas sus casas habían sido temporales, mientras que aquella era por fin la suya. Y ahora iba a tener que abandonarla.
–¿Y si no lo es?
Stergios no contestó. Tampoco se dio la vuelta.
–¿Sabes qué? Me vuelvo a casa de tu madre. Es una fortaleza.
–Tú te vuelves a Nueva York aunque tenga que llevarte a rastras.
–¿Y la boda?
Stergios respiró hondo y se volvió.
–Tendremos que posponerla.
El pánico empezaba a desbordarla.
–Stergios, eres rico, famoso y poderoso, y eso va a atraer a gente buena y mala siempre. Cuando esta amenaza quede atrás, llegará otra, y no puedes poner tu vida en espera permanentemente.
–No voy a permitir que le pase nada a nuestro hijo.
–Yo tampoco, pero ¿dejar mi casa por una amenaza? ¡Si esta isla está bien protegida!
–El equipo de seguridad piensa que es lo mejor que podemos hacer.
–No estoy de acuerdo. No me parece razonable. ¿Cómo vas a poder ocuparte de tus negocios desde el otro extremo del mundo?
–La amenaza no se centra en mí –respondió él.
Jodie ladeó la cabeza. No le había gustado su tono de voz. Se le escapaba algo.
–Has dicho que era un modo de intentar llegar a ti.
Su mirada se volvió inescrutable.
–Tengo que quedarme en Grecia.
No iba a irse con ella. La estaba mandando lejos y sola. Las palabras de Dimos le volvieron a la cabeza. «Os echará a ti y al crío de casa y os meterá en cualquier agujero, lejos de aquí».
–No voy a abandonarte.
–Es por vuestra protección.
–Stergios, no me hagas esto, por favor. No quiero irme.
Él se irguió y entrelazó las manos tras la espalda.
–Ojalá no hubiéramos llegado a esto.
–No quiero dejarte –por fin había encontrado con quién compartir su vida. Stergios debía estar con ella, y ella con él–. Quiero quedarme aquí.
–Pero yo quiero que te vayas. Si os ocurriera algo a ti o al niño, no me lo perdonaría.
«Quiero que te vayas». Las palabras se le hundieron en la carne como una navaja. Era él quien quería aquella separación, que decía temporal. No iba a echarla de menos. Claro. No la quería.
Le temblaron las piernas y temió caer a sus pies.
–¿Y cuándo se supone que debo marcharme?
Él la miró fijamente.
–El piloto del helicóptero te está esperando.
–¿Ahora? –preguntó Jodie con la voz rota y las lágrimas rodándole por las mejillas.
La estaba presionando para no darle tiempo a pensar. La trataba como si fuera un oponente, decidido a derrotarla antes de que supiera con qué la había golpeado.
–No tengo hecha la maleta.
–No necesitas mucho. Tienes un apartamento en Nueva York. Y no tardarás en volver.
¿Cuántas veces se había creído promesas como aquella hechas por sus padres antes de que la enviasen a otro internado? Le habían dado esperanzas porque estaban cansados de sus lágrimas y sus ruegos. Cuanto más protestaba, más la alejaban.
–¿No me acompañas? Por lo menos para asegurarte de que estoy bien.
Un músculo le tembló en la mandíbula.
–No es buena idea.
Jodie tuvo la sensación de estarse desangrando por dentro.
–¿Cuándo vendrás a verme?
–No lo sé –admitió él.
Sabía lo que eso significaba. No iría a visitarla. En un principio todo serían llamadas de teléfono y mensajes, promesas de visitas y declaraciones de lo mucho que la echaba de menos. Luego empezarían las llamadas sin contestar.
Pero no. Él no era como sus padres. Le había prometido un compromiso. Que la antepondría a todo lo demás. ¿Por qué entonces se sentía como si la estuviera abandonando?
No debía torturarse así. Tenía que aceptar la verdad: que podía vivir sin ella.
–Voy a por el pasaporte.
El alivio de Stergios fue palpable cuando la vio entrar en el dormitorio. Marcó un número y habló con alguien en tono urgente.
Una vez hubo cerrado la puerta del dormitorio, Jodie se quedó quieta. Bajó la mirada al anillo que llevaba en la mano, que significaba esperanza y compromiso. Promesas y familia. Todo había sido una ilusión.
Las lágrimas se le agolparon en la garganta al quitárselo y dejarlo en la mesilla. Si Stergios quería recuperarla, si quería casarse con ella, iba a tener que ir a por ella a Nueva York y convencerla de que volviese.
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