Uriel

Javier Pelegrin · Capítulo 11 de 27

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Uriel

Capítulo 11

La invitación

 

Cuando se despertó a la mañana siguiente, lo primero que vio Casandra fue el rostro preocupado de Samira inclinado sobre ella.

—Siento molestarte, Casandra —sonrió la anciana al verla abrir los ojos—. Pero es que ha sucedido algo importante… Acabo de hablar con Dannan. Me ha dicho que el viaje debe ser cancelado.

Casandra se incorporó en el jergón. Alejandra, apoyada en una de las paredes de cristal, mordisqueaba con desgana una rebanada de cultivo celular. Sus miradas se encontraron.

—Parece ser que el príncipe Ashura os ha invitado oficialmente a visitar la ciudad de Areté —continuó Samira en tono preocupado—. Teóricamente, se trata de un gran honor, así que no podéis negaros a ir. Según parece, enviará un globo a buscaros esta misma tarde… Y ninguno de nosotros ha recibido autorización para acompañaros.

Casandra recordó con un estremecimiento su comunicación telepática con Deimos. De modo que era cierto: las puertas de la ciudad sagrada de Areté iban a abrirse para ellos, y eso les brindaría por fin la oportunidad de ayudar al muchacho. Si es que él se lo permitía, claro. Tal vez ni siquiera la reconociese al verla… A menudo, las imágenes que nos asaltan durante el sueño se disuelven para siempre cuando despertamos, hundiéndose en un olvido definitivo.

—¿Para qué quieren los perfectos que vayamos a Areté? —preguntó, esforzándose por parecer sorprendida.

—Dhevan desea que le contéis todo lo que habéis averiguado en vuestro viaje al pasado —repuso Samira—. Es el líder espiritual de los perfectos, un hombre santo… No suele intervenir en los asuntos mundanos. De eso se encarga el príncipe Ashura, que es el verdadero dirigente de la ciudad de Areté.

Casandra se puso en pie y caminó hacia la fuente de agua tibia que manaba de una de las paredes de la cabaña para asearse un poco.

—Parece que, después de todo, los perfectos no quieren darle la espalda a la verdad —comentó mientras hundía la mano en el transparente chorro de agua—. Quizá sea buena señal.

Samira asintió, aunque su rostro reflejaba una intensa perplejidad.

—Es extraño, porque, cuando se enteraron de nuestros planes con respecto a vosotros, se opusieron al proyecto con todas sus fuerzas. Afortunadamente, cuando quisieron intervenir, ya era demasiado tarde… Supongo que, ahora que ya no hay vuelta atrás, prefieren estar informados. Y no solo eso… Aseguran que se os permitirá ver a Uriel.

En ese momento, una nueva llamada telepática de Dannan distrajo a Samira, que se alejó unos pasos, dejando que Casandra concluyese su ritual higiénico en presencia únicamente de su amiga Alejandra.

—¿Qué te parece? —preguntó esta, tendiéndole una túnica limpia cuando terminó de lavarse—. Yo también estoy invitada, por lo visto. Y, sin embargo, no quieren que nos acompañe ningún ictio… Espero que no estén pensando en tendernos una trampa.

—No creo que lo hagan —murmuró Casandra pensativa—. Ni a ellos ni a los ictios les interesa provocar un conflicto abierto por nuestra causa.

—Pero, si los datos que hemos traído del pasado no les gustan o no coinciden con su interpretación del areteísmo, podrían intentar eliminarnos… ¡Acuérdate de Aedh!

Casandra hizo una mueca.

—Que lo intenten —dijo, desafiante—. No les será tan fácil.

En el exterior de la cabaña, el día había amanecido nublado, y un ambiente de bochorno se cernía sobre la colonia. Samira las acompañó hasta un ascensor exterior que debía conducirlas hasta el puente de conexión con la Isla de la Ciudad.

El ascensor, una tosca plataforma de madera, se deslizó perezosamente a lo largo del tronco del árbol artificial en el que habían dormido. Las dos muchachas contemplaron con admiración la rugosa corteza del árbol, veteada de finísimos capilares transparentes. Al parecer, el agua del mar ascendía por aquellos capilares dejando la sal por el camino, de forma que, al llegar arriba, se había vuelto apta para el consumo humano.

A la entrada del puente las esperaban Erec y Martín. Por lo visto, habían acordado reunirse con Jacob y Selene en el interior de la antigua catedral de Notre Dame. A ellos también los acompañarían sus familiares.

Dentro de la iglesia, el ambiente era fresco y reinaba una penumbra salpicada de reflejos multicolores procedentes de las vidrieras. Alejandra, que siempre había querido visitar el interior de aquella obra maestra del arte gótico, no pudo reprimir una exclamación de júbilo al contemplar las altas bóvedas de crucería y las ricas imágenes de los tres rosetones situados en los extremos de las naves. En el centro del crucero, una alfombra de musgo violeta señalaba el lugar que los ictios solían utilizar para algunas de sus reuniones solemnes. Las hermanas de Selene repartieron un frugal desayuno, constituido por leche sintética y rebanadas de cultivos celulares vegetales. Al igual que el resto de los ictios, ambas parecían desorientadas y abatidas por el nuevo rumbo de los acontecimientos.

—Disponemos de muy pocas horas hasta la llegada del globo de transporte — comenzó Erec, cabizbajo—. No hay tiempo para grandes preparativos, ni para diseñar ninguna estrategia… En todo caso, sí podemos ofreceros algunos consejos. Este es un lugar seguro, un punto ciego en la red de comunicaciones. Aprovechemos la seguridad que nos brinda para hablar sin rodeos.

Todos asintieron, expectantes. Erec, debido a su entrenamiento como Caballero de la Orden del Silencio, solía mostrarse, por lo general, muy tranquilo en todas las situaciones, incluidas las más delicadas. Tal vez por eso, la inquietud que en esta ocasión dejaba traslucir su rostro resultaba doblemente impresionante.

—Cuando estéis en Areté, buscad la protección directa de Dhevan, el Maestro de Maestros —prosiguió, alzando el tono hasta que el eco de su voz reverberó en los muros de piedra de la catedral—. Él es el único que puede protegeros de las maquinaciones del príncipe Ashura. No sé lo que se propone el príncipe con esta invitación, pero seguro que, de un modo u otro, pretende utilizaros. Si os sentís amenazados, seguidle la corriente… No insistáis en imponer ante los perfectos vuestra versión de los hechos si observáis que la rechazan. Lo único que conseguiríais sería poner en peligro vuestra vida. Mostraos cautos, y aceptad en todo momento sus interpretaciones. Ya habrá tiempo para hacer resplandecer la verdad más adelante. En su terreno, no podemos hacer nada… Desafiar a los perfectos sería una imprudencia.

—Estoy de acuerdo con que debéis mostrar cautela en todo momento, pero no creo que los perfectos tengan intención de atacaros abiertamente —intervino Helena —. Quizá lo que estén buscando sea un golpe de efecto… Si vosotros, que venís del pasado, os presentáis ante Uriel y corroboráis que es la misma persona a quien conocisteis mil años atrás, ya nadie podría cuestionar el cumplimiento de la profecía.

—Pero, madre, eso no puede ser —la interrumpió Jacob—. Según nos han dicho, la supuesta Uriel es una niña…

—Pues yo opino que los perfectos deben de sentirse muy seguros de que vuestro testimonio va a fortalecer su versión de los hechos —insistió Helena—. De lo contrario, no os habrían hecho una invitación pública… Habrían intentado eliminaros del modo más discreto posible, como han hecho con otros disidentes peligrosos.

—También podrían haberlos invitado para tratar de desmontar su relato delante de todos los adeptos, poniéndolos en ridículo —reflexionó Samira—. Ashura es muy dado a ese tipo de tácticas.

—Pero ¿cómo podrían hacer eso? —objetó Selene—. No se puede desmontar la verdad…

Erec suspiró.

—Para los perfectos, la verdad es un cristal de muchas caras. Ellos saben cómo manipularla y darle la vuelta, de modo que termine favoreciendo sus intereses. Piensan que, a veces, las mentiras pueden aportar más al progreso espiritual de la Humanidad que la verdad pura y simple. Claro que ellos no las llaman mentiras, sino «ficciones».

Olimpia alzó la mano para pedir la palabra. Se la veía muy alterada, y, cuando comenzó a hablar, su voz sonó artificial y estridente.

—No estoy de acuerdo con lo que aquí se ha dicho —comenzó, mirando a Erec —. La invitación de Ashura a los chicos nos da la oportunidad perfecta para gritarles en la cara a los perfectos todas esas verdades que se resisten a admitir. Creía que nuestra seña de identidad como pueblo, lo que nos diferencia de otras comunidades, es nuestro amor a la verdad, y el no tenerle miedo al pasado… Por eso nos dedicamos a la arqueología, ¿no es así? En ese caso, ¿a qué vienen ahora todas esas recomendaciones de prudencia? No olvidemos lo que somos, y no permitamos que ellos lo olviden —concluyó, señalando teatralmente a su hermana Selene.

—Yo opino lo mismo —dijo Venecia—. Si les seguimos el juego a los perfectos, perderemos una ocasión de oro para hacer oír nuestra voz. Que los chicos digan lo que descubrieron, sin temor a las posibles represalias. Así demostraremos al mundo entero el temple de los ictios… Y, si algo malo sucede, al menos su sacrificio no habrá sido en vano.

La joven calló, sonrojándose ante la audacia de sus propias palabras. Helena, dirigiéndole una severa mirada, tomó la palabra.

—Sabes perfectamente que Dannan nos ha recomendado prudencia, y tú, como familiar directa de una de las viajeras, deberías mostrarte especialmente inclinada a seguir esa recomendación. Desafiar a los perfectos en su terreno sería una temeridad inútil. Además, no debemos olvidar que la invitación se ha hecho en nombre de Dhevan, el Maestro de Maestros. Nosotros nunca hemos cuestionado la autoridad moral de Dhevan, a quien admiramos y reverenciamos. Espero que no se te haya escapado ese pequeño detalle…

Venecia resopló, malhumorada, pero no se atrevió a rebatir los argumentos de Helena.

—No nos precipitemos —intervino Samira, tratando de apaciguar los ánimos—. Por el momento, no ha ocurrido nada de lo que debamos preocuparnos. Dejemos que los chicos viajen a Areté y que actúen según su propio criterio. Han demostrado sobradamente su capacidad para tomar decisiones acertadas en los momentos difíciles. Probablemente, a pesar de su corta edad, tengan más experiencia en resolver esta clase de situaciones que ninguno de nosotros.

—Pero no conocen el terreno que pisan —objetó su hijo, mirando a Martín—. Podrían cometer un error sin darse cuenta… Por eso es tan importante que no actúen de forma precipitada, y, sobre todo, que no pongan en riesgo sus vidas.

Martín asintió, esbozando una leve sonrisa.

—No os preocupéis por nosotros —dijo, confiado—. Sabemos cuidar de nosotros mismos. Llevamos mucho tiempo haciéndolo… Pero gracias por vuestros consejos.

El globo enviado por los perfectos para recoger a sus invitados aterrizó en la explanada flotante de Is al atardecer. A pesar de los intentos de Samira por animar a todos, la despedida fue un tanto lúgubre. Los rostros de Erec y de Helena reflejaban una honda preocupación, y las hermanas de Selene aún parecían resentidas por la fría acogida que habían recibido sus propuestas durante la reunión de la mañana. Cuando la puerta de la cabina se cerró tras ellos, Martín suspiró aliviado. Mantenía su mochila apretada contra su pecho, notando a través de la recia lona el contorno alargado de su espada.

Para decepción de todos, la cabina carecía de ventanas, de modo que tuvieron que renunciar a la idea de disfrutar de las vistas durante el viaje. Por lo demás, se trataba de un habitáculo no demasiado amplio, pero confortable, con literas adosadas a las paredes y una alfombra de tablillas de bambú sobre la cual se sentaron los cinco, formando un círculo.

—Va a ser un viaje largo —gruñó Jacob—. Mi madre no sabía qué clase de tecnología lleva incorporado el globo, pero, aun así, tendremos que atravesar toda Europa y buena parte de Asia.

—Sabéis dónde está Areté, ¿no? —preguntó Casandra, mirando significativamente a sus compañeros—. Flota sobre una región boscosa del antiguo territorio de Birmania… ¿Os suena eso?

—¡El Bosque de Yama! —recordó Alejandra, sorprendida—. Parece increíble…

—¿Os acordáis de las visiones de una ciudad aérea que me asaltaron cuando estuvimos en el Bosque? Eran imágenes de Areté —confirmó Casandra con los ojos brillantes—. He estado consultando un mapa virtual, y no hay ninguna duda; el lugar coincide.

—A pesar de no haber activado el programa de la Memoria del Futuro, la visión del bosque hizo que afloraran esos recuerdos artificialmente implantados — reflexionó Martín—. Quién iba a decirnos a nosotros, entonces, que un día veríamos con nuestros propios ojos esa ciudad de ensueño que tú nos describiste…

—Todavía no estamos allí —le interrumpió Jacob—. Y, además, esto no tiene pinta de ser un viaje de placer.

—Al menos, será un viaje provechoso —dijo Selene, ceñuda—. Si los perfectos tienen muchas preguntas que hacernos, yo también tengo unas cuantas para ellos. ¿Habéis leído el Libro de Uriel? Hay un montón de preceptos del libro que me parecen absurdos. ¿A qué viene, por ejemplo, lo de la prohibición de los viajes espaciales? No tiene ni pies ni cabeza. Significa renunciar al progreso por pura superstición…

—¿Y piensas decirles eso a los perfectos? —preguntó Alejandra, alarmada.

—Si nos presentan a Dhevan, el Maestro de Maestros, creo que podremos hablar con libertad. Él no es como el tal Ashura, en eso todo el mundo coincide. Hasta mis hermanas, que odian a muerte lo que representa la ciudad de Areté, admiten eso.

—Pues yo, lo que estoy deseando es ver a Uriel con mis propios ojos —intervino Martín—. Hay algo muy raro en todo ese asunto del cumplimiento de la profecía. No puede tratarse de un simple montaje, la gente no se lo habría tragado. ¿Os imagináis que, después de todo, realmente Diana esté aquí?

—¿Convertida en una niña? Vamos, Martín, piensa con la cabeza —rezongó Jacob—. Eso no tiene ningún sentido. La tal Uriel es un fraude, y nada más.

—Si los perfectos pensasen eso, no nos habrían invitado a su ciudad —murmuró Casandra con aire reflexivo—. Tienen que estar convencidos de que vamos a corroborar su versión de los hechos; de lo contrario, lo último que querrían sería presentarnos a su «Uriel».

Una brusca sacudida de la nave interrumpió la conversación, obligando a los muchachos a apoyarse en las paredes para no caer. Daba la impresión de que el aparato había cambiado súbitamente de rumbo. Una maniobra de distracción programada, con toda probabilidad, en el navegador automático, para despistar a posibles rastreadores.

La extraordinaria velocidad a la que viajaban había terminado haciendo mella en los estómagos de los viajeros. Todos ellos se sentían mareados, y no probaron los desabridos platos de tubérculos artificiales que los dispensadores del rincón-comedor les ofrecieron como cena. Se acostaron pronto, no sin antes ingerir las píldoras de estabilización peristáltica que Samira les había preparado para combatir el malestar del vuelo.

Hacía largo rato que todos dormían cuando un violento vaivén sacudió las literas, despertándolos repentinamente. Al incorporarse para comprobar qué ocurría, Martín descubrió la silueta de un joven bastante alto en el umbral de la puerta principal de la nave. Lo más extraño era que la puerta se hallaba abierta, permitiendo vislumbrar al otro lado el cielo oscuro y cuajado de estrellas.

—¿Ya hemos llegado? —preguntó Selene, desorientada.

Las luces azuladas de los paneles de control iluminaban el rostro del recién llegado, poniendo de relieve la sorprendente mezcla de rasgos raciales que componían su fisonomía. Por un lado, sus labios abultados y su chata nariz evocaban una ascendencia africana. Sin embargo, sus ojos exhibían el azul más claro que pueda imaginarse, y sus largos cabellos, peinados en innumerables trencitas, eran de un rubio ceniciento. Iba vestido con unos pantalones y una casaca plateadas, que contrastaban vivamente con el color tostado de su piel.

—Tenía muchas ganas de conoceros —dijo el desconocido a modo de saludo—. Especialmente a ti, Casandra… Porque así te llamas, ¿verdad? Eso es lo que he oído —dijo, caminando resueltamente hacia la aludida y levantándola en volandas—. ¡Vaya, cuánto has crecido! Estás preciosa…

Casandra miraba con estupor al joven, buscando con los pies el contacto del suelo.

—¿Quién eres tú? —balbuceó—. ¿Quién te envía?

—No me envía nadie —repuso el desconocido riendo—. Soy Laor, tu hermano… Siento haberme presentado un poco tarde, pero estos días he tenido entre manos algunos asuntos urgentes que reclamaban toda mi atención. Supongo que de nuestros padres no habrás sabido nada…

Casandra negó con la cabeza. Se encontraba demasiado estupefacta para hablar.

—Se avergüenzan de mí. Por eso no se atrevieron a asistir a la ceremonia de bienvenida —explicó el muchacho despreocupadamente—. Los ictios son muy exclusivistas; en cuanto haces amistades fuera de su círculo, te empiezan a mirar con desconfianza.

Su mirada se paseó, divertida, por los rostros confusos de Martín, Alejandra, Selene y Jacob.

—¿Te envían los perfectos? —preguntó este último sin arredrarse—. Pensaba que tardaríamos más en llegar…

—Oh, aún falta mucho para llegar a Areté, si es eso lo que quieres saber. He modificado ligeramente las coordenadas de vuelo de este pajarito; ahora mismo, nos encontramos fuera de la trayectoria programada por los técnicos de Ashura para vuestro viaje.

Su hermana lo miró fijamente. Se notaba que estaba haciendo un terrible esfuerzo por controlar la mezcla de emociones que la invadían.

—¿Quieres decir que has interceptado la nave por tu cuenta? —preguntó, con una nota de furia en la voz—. ¿Así, sin más?

Laor se echó a reír.

—No exactamente —contestó—. Pensé que, ya que estabais haciendo turismo, no os importaría visitar el lugar más fantástico de la Tierra… Y que, por desgracia, no figura en el itinerario del viaje de placer que los ictios os han preparado.

Sin decir nada más, el muchacho se volvió hacia la portezuela de la nave y saltó ágilmente al suelo. Después de mirarse entre sí, los chicos le siguieron uno a uno. En el exterior hacía mucho frío. Ante ellos se extendía una vasta llanura de gramíneas, con el amplio cielo estrellado sobre ella y una cadena de montañas en el horizonte, al norte.

—¿Y este es, según tú, el lugar más fantástico de la Tierra? —preguntó Jacob irritado—. Oye, si es una broma, no tiene demasiada gracia…

—Esto no es más que una escala «forzosa» —replicó Laor, repentinamente serio —. Tenía que hacer aterrizar la nave para modificar el programa de vuelo sin dejar demasiadas pistas. No quiero que los perfectos puedan rastrear nuestra pequeña excursión… De todas formas, es un lugar interesante.

Los chicos miraron con interés a su alrededor. La llanura parecía enteramente desierta, y no se atisbaba el menor indicio de presencia humana, a excepción de una tosca cabaña de madera situada a su espalda. Bajo la luz de las estrellas, destacaban en el paisaje algunas manchas púrpura, correspondientes a una vegetación distinta de las plantas herbáceas predominantes.

—Pasé aquí buena parte de mi adolescencia, excavando —dijo Laor con un deje melancólico en la voz—. Era un lugar virgen, que los ictios nunca habían explorado antes… Hace años que se dio por concluida la excavación. Según la versión oficial, todo lo que podía encontrarse aquí ya había sido encontrado. Y, en cierto modo, les doy la razón… Fue muy poco lo que encontramos: restos de una instalación solar, material electrónico muy antiguo, aunque bastante sofisticado… Y cimientos. Montones de cimientos, extendidos a lo largo y ancho de una superficie de más de cien kilómetros de diámetro.

Los chicos miraban a Laor con atención. En ese momento, parecían haber olvidado lo extraño de aquella interrupción de su viaje. Estaban completamente pendientes de sus labios.

—Eran unos cimientos muy curiosos —prosiguió Laor, con una expresión cada vez más sombría—. Os aseguro que nunca habíamos visto nada igual… Lo más raro era que las construcciones sustentadas por ellos habían desaparecido sin dejar rastro. No había restos materiales de paredes ni tejados; ni vigas, ni piedras, ni estructuras de cemento o de metal.

—Quizá fuese alguna gran construcción que nunca llegó a terminarse —aventuró Martín.

Laor se quedó mirándolo con una sonrisa pétrea.

—Sí, esa fue la conclusión de la versión oficial, justo antes de cerrar la excavación. Pero la mía es otra… Se construyó. Funcionó durante algún tiempo, y luego se desmanteló completamente, hasta no dejar ni rastro de lo que había.

—¿Y tienes idea de lo que era? —le preguntó su hermana—. ¿Una ciudad, o algo así?

Laor negó lentamente con la cabeza.

—No. No era una ciudad. Los cimientos soportaban estructuras circulares de gran superficie y escaso volumen. Encontré un plano en la zona adyacente a la cabaña, donde parece que hubo un asentamiento humano permanente, probablemente para vigilar todo el recinto. No era un plano completo, sino una especie de croquis trazado apresuradamente a mano sobre una pantalla táctil para guiarse en una reparación. Suficiente para confirmar mi teoría…

—¿Y cuál es tu teoría? —preguntó Jacob impaciente.

Había comenzado a dar saltos en el suelo para combatir el frío, y no se sentía de humor para adivinanzas. Pero Laor parecía ajeno por completo al malestar de los muchachos.

—Antenas de radiofrecuencias —afirmó con un leve temblor en la voz—. Un campo inmenso de radiotelescopios… Probablemente, rastreaban el espacio exterior en busca de señales extraterrestres.

—¡La estación Argos! —exclamó Martín, estremeciéndose—. Claro, tiene que ser esto… ¿En qué coordenadas geográficas nos encontramos?

—Estamos unos doscientos kilómetros al sudeste del mar de Aral —repuso Laor muy excitado—. Un momento, voy a comprobar longitud y latitud…

—No hace falta —dijo Alejandra—. Es la situación geográfica de la antigua estación Argos.

Laor lanzó un inarticulado grito de júbilo, con el puño derecho alzado hacia el firmamento.

—Lo sabía —susurró—. Sabía que no me equivocaba…

Solo entonces pareció darse cuenta del malestar de sus acompañantes y del intenso frío que experimentaban.

—Venid conmigo —dijo—. Esa es la cabaña que utilizábamos durante las campañas de excavación. La calefacción solar aún funciona perfectamente. Allí estaremos más cómodos.

Los chicos lo siguieron hasta la cabaña, demasiado impresionados por la vasta soledad de la llanura como para atreverse a quebrar el silencio con sus interrogantes.

Una vez dentro, Laor prendió un farol y los invitó a sentarse en los divanes dispuestos sobre una alfombra. A continuación, colocó un samovar de aspecto antiguo al fuego y extrajo de una alacena de madera un saquito de hierbas.

—Un té siempre viene bien para combatir el frío —dijo alegremente—. De modo que se llamaba Argos…

—Se construyó con la colaboración de varias corporaciones multinacionales, aunque el proyecto lo dirigía la corporación Prometeo —explicó Jacob—. Tenía como misión rastrear mensajes de procedencia extraterrestre codificados en radiofrecuencias.

—¿Y tuvo éxito? —preguntó Laor, nuevamente serio.

Jacob iba a responder, pero un codazo de Selene lo detuvo.

—Oye, acabas de secuestrarnos en plena noche para traernos a una región despoblada no se sabe con qué extrañas intenciones —dijo entonces Casandra, mirándole con rencor—. ¿No crees que deberías explicarnos qué hacemos aquí antes de lanzarte a interrogarnos?

Laor observó a la muchacha sonriendo con una mezcla de ternura e ironía.

—Vaya, ¡qué carácter! Me parece que tú y yo tenemos bastante en común… Perdonad, supongo que no he sido muy considerado con vosotros asaltándoos de esta manera. Pero es que este lugar es el culpable de que me haya convertido en lo que soy. Y ahora, por fin, gracias a vosotros, las piezas del puzzle empiezan a encajar. Mi teoría era correcta… Ellos desmontaron las grandes antenas y las destruyeron. No dejaron ni rastro de la antigua instalación. No les convenía, porque la existencia de un campo de radiotelescopios habría puesto en cuestión el quinto precepto de Uriel. Ya sabéis: «No mancillarás con tus imperfecciones la inmensidad del tiempo y del espacio». Según los perfectos, el precio de incumplir esta norma sería la destrucción completa de la Humanidad.

Los chicos sorbieron en silencio su té, incómodos.

—Las hermanas de Selene dijeron que tú eras un espía —soltó de pronto Casandra—. ¿Es eso cierto?

Laor sopesó un instante su respuesta.

—Desde su punto de vista, supongo que sí —repuso al final con una mueca—. Sin embargo, yo no me definiría a mí mismo de esa forma. Digamos que soy una partícula libre, alguien que antepone sus principios a la lealtad que supuestamente le debe a su comunidad. Bueno, quizá «principios» no sea la palabra adecuada… Digamos, más bien, sus «intereses». Quiero que el mundo evolucione en la dirección que a mí me conviene, y, si puedo hacer algo para influir en los acontecimientos, lo hago, aunque a algunos les pueda molestar.

Casandra se incorporó, molesta.

—Oye, no tengo ni idea de lo que quieres decir con toda esa palabrería —dijo, mirando al techo de la cabaña—. Solo sé que estamos aquí, en mitad de la estepa, en plena noche, y que has interceptado una nave de seguridad de los perfectos. Y me gustaría saber qué va a pasar ahora.

Laor chasqueó la lengua con disgusto.

—Muy bien; si eso es lo que queréis, aplazaremos esta conversación. Ya la retomaremos en otro momento —dijo en tono glacial—. Ahora, esperadme aquí. Tengo que reprogramar ese trasto para que aterrice en su nuevo destino.

El joven abandonó la cabaña, dejando que una bocanada de aire helado se colara en su interior antes de cerrar la puerta.

—Se ha enfadado —suspiró Alejandra—. Quizá deberíamos haberle dicho lo del mensaje extraterrestre.

—Seguramente ya se había enterado de lo que contamos ante el Gran Consejo del Arbórea —replicó Selene torciendo el gesto—. Y, si quiere más detalles, negociaremos antes de ofrecérselos. Quizá nos convenga guardarnos ese as en la manga… Por lo que pueda pasar. Al fin y al cabo, ¡ni siquiera sabemos todavía qué pretende hacer con nosotros!

—Estás exagerando —gruñó Casandra ofendida—. Después de todo, es mi hermano…

Selene se encaró con ella.

—Pues tiene una forma bastante rara de demostrarte su preocupación por ti —le espetó, mordaz—. En serio, ¿te fías de él?

Casandra se encogió de hombros, sintiendo la quemazón de las lágrimas en sus ojos.

—Haced lo que queráis —musitó, tumbándose en la alfombra de cara a la pared —. Yo voy a intentar dormir un rato.

Los demás siguieron su ejemplo, aunque todos sabían que, en aquel ambiente gélido y tenso, no lograrían conciliar el sueño. En cualquier caso, así acurrucados sobre la alfombra, con el cálido terciopelo de los cojines bajo sus mejillas, el frío resultaba más soportable. Martín estaba quedándose adormecido por fin cuando Laor regresó con las manos manchadas de grasa y una sonrisa triunfal en la mirada.

—Todo a punto —anunció—. Rápido, tenemos que embarcar. Nos esperan al amanecer.

De nuevo en la nave, los chicos volvieron a instalarse en sus respectivas literas, y Laor ocupó la única que quedaba libre, justo encima de la de su hermana. Antes de que los demás tuviesen tiempo de arroparse con los cobertores de fibras hinchables, ya estaba roncando ruidosamente.

—¡Esto ya es lo último! —resopló Jacob desde su cama—. Nos secuestra, ¡y luego se echa a dormir tan tranquilo!

La nave volaba ahora a una velocidad aún más vertiginosa que antes, provocando un intenso malestar en los viajeros.

—Hay que reconocer que tiene unos nervios de acero —suspiró Casandra—. Ni que hiciera esto todos los días…

—Está claro que nos subestima —bufó Selene—. Quizá no se ha parado a pensar que, si unimos nuestras fuerzas contra él, podría tener motivos para estar preocupado.

—Eso, sin contar con que está desafiando abiertamente a los perfectos —observó Martín—. Eso debería inquietarle todavía más.

—Dejad de hablar de mí como si estuviese ausente —resonó la voz de Laor en sus cerebros—. Que esté dormido no significa que no os oiga. He sido entrenado para independizar una pequeña región de conciencia cerebral durante el sueño. Ya sabéis, técnicas militares. No muchos pueden hacerlo. Intentad dormir un poco, mañana será un día muy agitado.

Mientras oían estas palabras, los apacibles ronquidos de Laor no sufrieron ni la más mínima interrupción. Casandra aflojó una de las correas que la mantenían sujeta a la litera y se encaramó a la escalera para observar a su hermano. El joven tenía los ojos cerrados y una angelical sonrisa iluminaba su rostro.

—Está dormido —confirmó en un susurro—. No sé cómo lo hace…

—Tengo que aprender a hacer eso —murmuró Jacob, impresionado—. En serio, me interesa…

—Yo te enseñaré a hacerlo —dijo la voz de Laor en su mente—. Pero, para eso, tendrás que aprender a confiar en mí.