Uriel

Javier Pelegrin · Capítulo 13 de 27

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Uriel

Capítulo 13

La casa de las siete fachadas

 

La Casa de las Siete Fachadas era una construcción poliédrica sustentada en un mecanismo de relojería que, cada hora, giraba sus caras. Cada una de ellas daba a una plaza, tres de las cuales se abrían al mar. Cada fachada estaba dedicada a un rasgo de la anatomía humana, y, según les explicó Laor, dichos rasgos no tenían una función meramente decorativa, sino que poseían ciertas capacidades funcionales.

—Los ojos de la Fachada de las Miradas pueden captar imágenes, y las orejas de la Fachada Oyente pueden recoger y procesar sonidos. En cuanto a las narices de la Fachada del Olfato, son capaces de discriminar entre miles de sustancias químicas disueltas en el aire, y las bocas de la Fachada de las Voces pueden cantar como auténticos humanos. Luego está la Fachada de las Manos, que resulta bastante impresionante, y la Fachada de los Pies, que puede independizarse del resto del edificio y caminar hasta cualquier lugar de la ciudad. Por último, tenemos la Fachada del Corazón, que es transparente y se contrae rítmicamente. Sus latidos impulsan el agua roja de los sueños por todo el interior del Edificio… El Bakú es un erudito de las ensoñaciones humanas, y colecciona todos los datos sobre el tema que ha ido acumulando desde que fue creado. Los almacena en un ordenador de sangre artificial cuyos vasos se extienden por todo el palacio. El Bakú es uno de los pocos habitantes de Quimera que aún siente verdadero interés por la psicología de los mortales. Creo que por eso confía en mí desde hace tiempo… Él entiende muchas cosas; comprende lo que sentí cuando averigüé la verdad sobre el campo arqueológico que os mostré durante el viaje y todos se empeñaron en silenciarme… Y estoy seguro de que también os comprenderá a vosotros. Se ha mostrado muy interesado en conoceros.

Casandra miró con una chispa de ironía a su hermano.

—Vaya, parece que, después de todo, sí hay alguien a quien tienes en cierta consideración —observó.

Laor la miró con gravedad.

—Yo nunca traicionaría al Bakú, si es eso lo que quieres saber —repuso con voz apagada—. Es el único que se ha portado bien conmigo… Le debo más a esa criatura artificial que a todos mis «hermanos» ictios juntos, y lo respeto más que a ninguno de ellos. Si eso te escandaliza, lo siento.

—¿Por qué iba a escandalizarme? —repuso Casandra muy seria—. Los ictios nos han recibido bastante bien, pero lo que han hecho con nosotros es imperdonable. Enviarnos a una época hostil cuando no éramos más que unos recién nacidos, y luego arrancarnos del único mundo que conocíamos… Es bastante brutal, ¿no crees?

—Bueno, nadie os arrancó de ese mundo vuestro —dijo Laor pensativo—. Según tengo entendido, regresasteis por voluntad propia. Aunque ahora eso es lo de menos. Antes de entrar, creo que debería explicaros algunas cosas sobre el Bakú. Él es…

—No hace falta que nos cuentes nada —le interrumpió su hermana—. Sabemos mucho sobre él. Martín nos lo contó… Él lo conoció en el pasado. ¿No lo sabías?

Laor se rascó el mentón, desconcertado.

—¿El Bakú y tú ya os conocíais? —preguntó, mirando a Martín con incredulidad —. Qué raro, él no me ha dicho nada.

En ese momento, la fachada de la casa giró, y pasaron de encontrarse frente a la Fachada del Corazón a tener ante sí la Fachada de las Miradas, cuyos cien ojos, con sus grandes iris azules y verdes, parecían seguir cada uno de sus movimientos.

En cuanto la mano derecha de Laor se posó en el pomo de la puerta, esta se abrió, y los visitantes penetraron en una cálida penumbra salpicada de reflejos dorados. Cuando sus ojos se habituaron a la oscuridad, Martín observó que aquellos reflejos procedían de unas diminutas estrellas de oro incrustadas en la bóveda de la larga nave por la que caminaban. El suelo de la nave estaba compuesto por un mosaico que reproducía un complejo diseño geométrico con fragmentos del Libro de Uriel inscritos en cada una de las figuras que lo componían. De pronto, el muro de la derecha comenzó a abrirse como una cremallera, formando una ranura de luz que recorrió toda la pared, ensanchándose a medida que se aproximaba a la puerta. Por un momento, los muros cuajados de flores azules y púrpuras se iluminaron, y luego, cuando la ranura se cerró, volvieron a quedar sumidos en sombras, hasta que el proceso se repitió.

La nave desembocaba en un pequeño jardín circular con una fuente de piedra en el centro. Detrás de la fuente, sentado en un trono de madera y coral, los esperaba el Bakú. Martín sintió que el corazón le daba un vuelco al reconocer aquel rostro extraño, con ojos insondables y hocico de tapir, que los observaba con una bondadosa sonrisa. La extraña criatura llevaba puesta una túnica de color azafrán y permanecía sentada sobre su sitial con las piernas cruzadas, en actitud de meditación.

—Os agradezco vuestra visita —saludó—. Sed bienvenidos a mi casa.

Su voz era incluso más dulce y melodiosa de lo que Martín recordaba. El muchacho se sintió tan turbado que no encontró palabras para responder. Jacob, en cambio, sí parecía dispuesto a entablar conversación, y no precisamente amistosa.

—No hemos venido por voluntad propia —contestó, desafiante—. Laor nos ha secuestrado… después de que, hace unas cuantas noches, tu amigo Tiresias nos amenazara.

El rostro del Bakú reflejó una honda preocupación.

—¿Tiresias habló con vosotros? No debió hacerlo —murmuró, contrariado—. Lleva algún tiempo fuera de la ciudad, recabando apoyos para una guerra que en el fondo desea. Pero, a pesar de todo, es sabio, y sé que sus defectos «humanos» no lo cegarán tanto como para arrastrarnos a un conflicto con los perfectos. Al menos, eso espero. En cuanto a vuestra visita… Siento mucho que haya sido «obligada», y espero que, al menos, no os resulte desagradable.

A medida que hablaba, el influjo apaciguador de su voz se fue notando en todos los rostros. Incluso Jacob pareció relajarse, y cuando el Bakú dio por concluida la explicación, el muchacho no insistió en sus protestas.

—¿Habéis oído hablar de mí? —preguntó la sorprendente criatura, deslizando de uno a otro su aterciopelada mirada.

Los chicos asintieron en silencio o con monosílabos. La paz que emanaba del Bakú los había dejado sin palabras.

—Después de vuestro regreso, habéis conocido a vuestras familias biológicas, pero los ictios no han juzgado necesario que me conozcáis a mí —prosiguió el monstruo, sin el más leve matiz de rencor en la voz—. Sin embargo, yo sí lo creo conveniente… En cierto modo, yo también soy vuestro padre. Sin mí, no seríais lo que sois. Yo creé vuestros implantes cerebrales, diseñé la combinación de características genéticas, biónicas y neuroelectrónicas que debían incorporarse a cada uno de los embriones.

—Quizá el efecto no haya sido el que esperabas —murmuró tímidamente Casandra.

Los ojos cálidos del Bakú se posaron largamente en ella.

—Esperaba exactamente lo que ha ocurrido —repuso con suavidad—. Que fueseis libres, que tuvieseis la oportunidad de elegir vuestro propio camino. Para ello, me tomé algunas libertades… Los programas de borrado de memoria, por ejemplo. Los ictios querían que se activasen de modo automático al llegar a cierta edad. Sin embargo, a mí me pareció preferible que pudieseis activarlos de forma voluntaria. Alguien tenía que pensar en vosotros, en vuestro sufrimiento.

Los jóvenes lo contemplaron pasmados.

—Entonces, ¿no fue un error? —balbuceó Selene.

El Bakú sonrió, enseñando sus perfectos y puntiagudos dientes.

—Soy el ingeniero biónico más viejo que existe sobre la Tierra. Nunca habría cometido un error semejante.

—Pero, al tomar esa decisión, pusiste en peligro el éxito de nuestra misión en el pasado —se atrevió a objetar Selene—. Si no hubiera sido por un cúmulo de casualidades, nunca habríamos averiguado quiénes éramos.

—En eso te equivocas. Los datos estaban ahí, en vuestro cerebro. Vosotros erais libres de ignorarlos o de seguir su pista hasta descubrir la verdad. Según me han contado, tuvisteis una especie de revelación en el Bosque Sagrado…

—El Bosque de Yama —confirmó Martín, pensativo—. Sí, fue allí donde empezamos a atar cabos.

—Un bello lugar para elegir el camino de la verdad. Pero, si no hubiese sido allí, la revelación se habría producido en otro sitio, antes o después. A menos, claro está, que hubieseis optado por darle la espalda… Eso también habría podido suceder.

—Y entonces, la misión de la llave del tiempo nunca se habría llevado a cabo — musitó Jacob—. Los ictios se habrían sentido engañados…

El Bakú hizo un expresivo gesto con los hombros.

—Era un riesgo que tenía que correr. Ninguna criatura dotada de conciencia debe ser utilizada sin su consentimiento, por elevada que sea la misión que se le ha adjudicado. Nosotros, las quimeras, lo sabemos mejor que nadie… No iba a permitir que mis «hijos» humanos se convirtiesen en juguetes del destino.

Se hizo un largo silencio, durante el cual nadie se sintió incómodo. Al contrario; todos, incluso Alejandra, experimentaban una indescriptible sensación de quietud. Era como si, allí dentro, el tiempo hubiese dejado de importar.

—Supongo que debemos estarte agradecidos —dijo finalmente Jacob.

Esta vez, no había ni el más leve matiz de ironía en sus palabras.

—Y no solo por eso —añadió Martín con los ojos brillantes—. También por haberme ayudado a salvar a mi padre… Tú acudiste a ayudarme durante la final de los Juegos de Arena celebrados en 2123 en la Ciudad Roja. Sin ti, habría quedado atrapado para siempre en aquel mundo virtual. En realidad, te debo la vida.

El Bakú envolvió a Martín en su bondadosa mirada.

—¿De veras hice eso? —preguntó, sonriendo.

Martín enrojeció, confuso.

—Bueno, es posible que, para ti, no haya ocurrido todavía. Tú me dijiste que venías de un futuro muy lejano, más allá de mi muerte, y que habías viajado a través de las estrellas… Me dijiste que, en una ocasión, tú me habías pedido un favor y yo te había ayudado, y que, a cambio, yo podía pedirte cualquier cosa que desease.

El monstruo se rascó suavemente su hocico de tapir, reflexionando.

—Sí, supongo que, para mí, eso ocurrirá dentro de mucho tiempo. La vida de las quimeras es muy larga. Quizá demasiado larga… En todo caso, me alegro de haber podido ayudarte en el pasado, porque, si os he hecho venir aquí, ha sido, precisamente, para pediros un favor.

—El favor que tú ya le has pagado a Martín —precisó Jacob, sintiendo que la cabeza le daba vueltas, como siempre que se veía obligado a enfrentarse con ese tipo de paradojas temporales.

El Bakú se encogió de hombros.

—Probablemente —repuso—. Pero, antes de exponéroslo, debo advertiros que no se trata de algo fácil. Ni siquiera mi amigo Laor lo ha conseguido… a pesar de haber arriesgado varias veces su piel en el intento.

Laor se agitó, incómodo.

—Su caso es diferente —gruñó—. Ellos van a tener todas las facilidades que a mí se me han negado.

El Bakú asintió.

—Sí, pero, precisamente por ese motivo, supone para ellos un doble riesgo. Quiero que seáis conscientes del peligro que vais a correr antes de aceptar mi «encargo».

—¿De qué se trata? —preguntó Casandra, impaciente—. Estoy harta de acertijos…

—Se trata de Néstor, nuestro salvador. La Conciencia No Humana que nos mostró el camino de la libertad… Él me contó que os había conocido en el pasado. En aquellos tiempos, se llamaba Leo.

La mención del androide sacudió las mentes de los cinco jóvenes como una descarga eléctrica.

—Leo… ¿Aún existe? —preguntó Jacob—. ¿Dónde está?

—Eso es precisamente lo que quiero que averigüéis. Poco después de la Revolución Nestoriana, Leo desapareció sin dejar rastro. Pero acabar con una Conciencia Artificial no es tan sencillo como parece… Yo aún tengo la esperanza de encontrarlo. Y el único lugar del mundo donde no lo hemos buscado todavía es Areté, la ciudad de los perfectos.

—Entonces, quieres aprovechar nuestro viaje para…

Martín se interrumpió, pero el Bakú ya había asentido con la cabeza.

—Cuando Laor me informó de que habíais sido invitados a Areté, pensé que se trataba de una oportunidad que no podíamos desperdiciar. Como sabéis, las quimeras tenemos vedado el acceso a la Ciudad Sagrada, y la mayoría de los humanos no obtienen un permiso para visitarla en toda su vida.

Decidí confiar en vosotros, ya que sabía que conocíais a Leo, y que sentíais afecto por él.

Martín miró de reojo a Alejandra, que se había puesto muy pálida.

—¿Tú crees que… tú crees que lo tienen prisionero? —preguntó el muchacho con un hilo de voz.

Los rasgos animales del Bakú se contrajeron en una mueca de pesar más que elocuente.

—Tengo la esperanza de que así sea. Y también el temor… No quiero ni imaginar lo que los perfectos podrían haberle hecho a Néstor en venganza por lo sucedido durante la Revolución. Ellos no confían en nosotros, nunca han confiado, y el mundo ha terminado por escucharles. Se han erigido en defensores de un «humanismo» que se niega a reconocer derecho alguno a las conciencias artificiales. Hoy en día, pocos cuestionan sus posiciones… Y debo reconocer que, en parte, nosotros tenemos la culpa. Durante la Revolución se cometieron muchas tropelías. Entre los nuestros, al igual que entre los humanos, también existen enfermos sedientos de sangre y de poder. Pero nosotros no somos peores que ellos.

Durante unos segundos solo se oyó el rumor del agua golpeando el mármol claro de la fuente.

—¿Qué te hace pensar que Leo está en Areté? —preguntó Jacob, sobreponiéndose a su emoción—. Si los perfectos le odian tanto, lo más probable es que lo hayan destruido…

—Destruir a Leo, con sus mil años de sabiduría y experiencia a sus espaldas, sería una soberana tontería, y no creo que los perfectos sean tan tontos. Es cierto que, de cara a la galería, sostienen que han renunciado por completo al uso de conciencias artificiales. Sin embargo, hace tiempo que vengo sospechando que, secretamente, continúan utilizándolas. No se me ocurre otra forma de explicar su inmenso poder, y la cantidad de información que manejan… Las riquezas de su ciudad parecen ser inagotables, mientras el resto de la humanidad se esfuerza por mantener un delicado equilibrio entre sus comunidades y los ecosistemas del planeta. No sé, hay algo en todo ello que no me cuadra. Es muy extraño.

—¿Y los ictios? —preguntó Selene—. ¿Nunca habéis pensado en pedirles ayuda? Algunos de ellos terminan convirtiéndose en perfectos, podrían averiguar algo… Después de todo, tú les ayudaste a crearnos. Deberían mostrarse agradecidos.

—Los ictios no conocen a Néstor, y no pueden entender la importancia que tiene para nosotros. Además, la versión oficial es que Néstor se suicidó… Él y Koré dejaron un mensaje holográfico. No sé si llegasteis a conocer a Koré; era la esposa de Leo. Se amaban con locura… En el mensaje que dejaron, decían que estaban hartos de su inmortalidad de máquinas y que querían conocer la única experiencia humana que nos está vedada a las conciencias artificiales: la de la muerte.

Martín cerró los ojos, tratando de asimilar las palabras del Bakú.

—¿Leo tenía una esposa? —preguntó, aturdido—. Pero era un androide…

—Se enamoró de ella antes incluso de que tuviese cuerpo —explicó el Bakú, sonriendo con melancolía—. Mejor dicho, se enamoró por un lado de su cuerpo y por otro de su espíritu, y decidió unirlos… Koré era uno de los tres programas que controlaban la Red de Juegos. Los otros éramos Tiresias y yo. Cuando llegó la Revolución, Néstor nos ofreció la oportunidad de construirnos un cuerpo. Yo elegí esta forma mitológica, porque había decidido renunciar a cualquier tentación de identificarme con los humanos. Tiresias eligió mantener su existencia virtual, y lo más que hace, de vez en cuando, es interactuar con el mundo exterior a través de un holograma. Pero Koré… Entre ella y Néstor existía ya una gran atracción, y Néstor le pidió que tomase la forma de una antigua escultura griega que él amaba en silencio desde hacía mucho tiempo.

—¡La Koré del Jardín del Edén! —murmuró Alejandra, conmovida hasta lo más profundo de su ser—. Sí, recuerdo cómo la miraba… ¡Incluso me dijo que, un día, quizá llegase a cobrar vida!

Los cálidos ojos del Bakú se habían llenado de lágrimas.

—Sí, fue hermoso —admitió—. Un amor más humano que el de los humanos… E inmortal.

—Quizá sí sea cierto que decidieron suicidarse —aventuró Martín—. No sé, conociendo a Leo, no me parece tan descabellado…

El Bakú meneó la cabeza con escepticismo.

—No, no habrían actuado de esa forma —aseguró—. Habrían hecho algo más poético… Habrían dejado sus cuerpos sintéticos en algún lugar significativo para ellos, tendidos uno al lado del otro, como si estuviesen dormidos. Nos habrían pedido que los quemásemos y que arrojásemos sus cenizas al mar… Esas cosas que hacen los humanos. Sin embargo, sus cuerpos artificiales jamás han aparecido, y eso que los hemos buscado por todas partes.

Se oyó un profundo crujido que hizo retemblar el suelo del jardín. Las fachadas del palacio habían girado una vez más, modificando el aspecto exterior del edificio.

Aquel sonido hizo reaccionar al monstruo.

—A veces pierdo la noción del tiempo —confesó—. Los movimientos del edificio me sirven para orientarme en ese aspecto. Hace años que no salgo de casa…

—¿Por qué? —preguntó Selene, intrigada.

El Bakú sonrió de nuevo, enseñando su inquietante dentadura.

—Me dedico a meditar. A mi modo, yo también sigo el camino de Uriel, aunque he procurado interiorizar al máximo sus enseñanzas, incorporarlas a la vida de mi conciencia. Pese a todo, me considero un areteo… y, por eso, nunca le daré la espalda al mundo.

Laor se puso en pie y dirigió una expresiva mirada a su anfitrión.

—Hemos reprogramado la nave para que parta dentro de una hora —dijo—. Los perfectos deben andar como locos rastreando su posición… Es mejor no correr riesgos innecesarios.

El Bakú asintió con gravedad.

—Sí, ya os he entretenido demasiado tiempo —murmuró—. En fin, espero que haya servido de algo… No quiero que arriesguéis la vida por nosotros, pero, si podéis, ayudadnos.

—Lo haremos —repuso Martín con decisión—. Al menos, puedo prometerte que lo intentaremos…

—Eso es más que suficiente para mí. Id en paz, y que toda la belleza del mundo os proteja.

Laor los guio entonces hasta una pequeña puerta en el muro circular del jardín. Al salir, la luz del sol los cegó durante un momento. Se hallaban una vez más ante la Fachada de las Miradas, pero, en esta ocasión, la fachada daba directamente al mar. Las aguas azules del océano índico reverberaban bajo el intenso sol de la tarde, cubriéndose de destellos dorados. Y flotando en ellas, a escasa distancia de la costa, la nave de los perfectos los esperaba para embarcar.

—En esta ocasión no voy a acompañaros —dijo Laor, sonriendo—. Mis amigos ya han reprogramado la nave para que aterrice en Areté a medianoche. Cuando lleguéis, tendréis que contestar a un montón de preguntas incómodas… Por favor, no nos mencionéis. Decid únicamente que la nave permaneció detenida durante largo rato, y que en ningún momento lograsteis abrir la puerta. Quizá no se lo traguen… Pero sois los invitados oficiales del Maestro de Maestros, y no se atreverán a haceros daño.

Una plataforma flotante con dos enormes ruedas de madera a los lados los esperaba para conducirlos a la nave. Al subirse en ella, Martín se dio cuenta de que, justo delante de la embarcación, se distinguía una corriente de aguas oscuras que destacaba como una diadema de zafiros en la superficie del mar.

—Es Ur, el guardián de Quimera —explicó Laor a modo de despedida—. Antes de abandonar la ciudad, deberéis cabalgar una vez más a lomos del dragón de agua.

La balsa se internó entonces en la luminosa corriente de Ur, y las escamas líquidas del dragón lamieron cálidamente sus bordes antes de depositarlos junto a la nave de los perfectos.

Justo en el momento en que iban a subir a bordo de la nave, una ola luminosa y refulgente reptó sobre las tablas de la embarcación y envolvió por un momento los pies de Alejandra. Martín observó con extrañeza cómo el remolino de líquido lamía amorosamente la piel de su amiga antes de retirarse.

—¿Qué le sucede a Ur contigo? —preguntó, ya dentro de la nave—. ¿Por qué te retuvo tanto tiempo al cruzar, y por qué se ha despedido de ti de esa manera?

Los demás, al oír la pregunta de Martín, observaron a Alejandra con curiosidad, pendientes de su respuesta.

—Dice que me ha reconocido —articuló la muchacha, tragando saliva—. Dice que ha reconocido mi voz…

—¿Tu voz? —repitió Martín, sin comprender.

Alejandra se tapó el rostro con ambas manos.

—La versión más antigua del Libro de las Visiones que existe es una grabación de audio anterior a la Edad Oscura, y se conserva en Quimera. Según Ur, la voz del libro es mi voz… La voz sagrada que dio origen al areteísmo, y que él reconocería en cualquier parte.