Uriel
Capítulo 16
Reencuentro
Con el corazón acelerado, Jacob siguió al príncipe Ashura y al suplicante encapuchado hasta un rincón en sombras de la sala de ceremonias, oculto detrás del holograma de uno de los antiguos Maestros de Maestros. Aquel espacio era, en realidad, un vestíbulo que daba acceso a un largo corredor de paredes negras y brillantes por el que desaparecieron los dos hombres. Jacob esperó unos segundos antes de decidirse a seguirlos por aquel estrecho pasillo, iluminado tan solo por los débiles destellos de los signos grabados en el techo. Se trataba de unos símbolos muy parecidos a los que adornaban la espada de Martín y las murallas del recinto sagrado, pero Jacob no pudo detenerse a contemplarlos con detenimiento, pues los pasos de Ashura y del peregrino se alejaban de él cada vez con mayor rapidez.
Hacía mucho tiempo que el muchacho no utilizaba sus poderes de invisibilidad, y le costó un gran esfuerzo concentrarse en interceptar los receptores sensoriales del príncipe y su acompañante para que su presencia pasase desapercibida. Por fortuna para él, los dos hombres se hallaban completamente absortos en la violenta discusión que mantenían, y en su acaloramiento no parecían prestar atención alguna a lo que les rodeaba.
De los dos individuos, el que hablaba en tono más encolerizado era Ashura, mientras el otro se limitaba a interrumpir de vez en cuando el monólogo del príncipe con alguna observación seca y despectiva. Poco a poco, los implantes auditivos de Jacob se fueron acomodando a la debilidad de las voces, hasta que el muchacho pudo seguir el diálogo como si se encontrase a escasos metros de ambos interlocutores. A través de los implantes, las voces le llegaban distorsionadas, igual que si estuviese escuchándolas por medio de un transmisor de larga distancia.
—La culpa es mía por haber sido tan indulgente contigo —estaba diciendo el príncipe cuando Jacob consiguió por fin captar sus palabras con nitidez—. Nunca creí que llegarías tan lejos… Has superado con creces a tu padre, y mereces correr la misma suerte que él.
—El Ángel lo ha perdonado —repuso el peregrino con fría ironía—. Y yo también mereceré su perdón cuando lo solicite, estoy seguro.
—No sabes lo que estás diciendo —el tono de Ashura se elevaba por momentos —. Es una niña, hay muchas cosas que no comprende…
—¿No crees en la sabiduría de Uriel?
El príncipe tardó un instante en contestar.
—Creo en su infinita bondad —dijo por fin—, pero no creo que sea infalible. No puede entender nuestros problemas, las amenazas que pesan sobre la Gran Obra. No sabemos de dónde viene… Y no permitiré que su inocencia ponga en peligro una labor de siglos. Areté es frágil, y la gente como tu padre supone un gran peligro para su supervivencia. Se acercan tiempos difíciles, tiempos de conflictos y desavenencias. Las quimeras… Esas despreciables criaturas llevan mucho tiempo esperando el momento de vengarse de nosotros, y la llegada de esos mocosos del pasado se lo ha puesto en bandeja. Pero no sé por qué te doy tantas explicaciones.
—Es cierto. No te las he pedido.
Un tenso silencio siguió a aquellas palabras.
—Si insistes en que tu petición sea atendida, te enviaré a Eldir —murmuró finalmente el príncipe, controlando a duras penas el temblor rabioso de su voz—. Terminarás en el infierno, haciéndole compañía a tu padre… Nada ni nadie podrá salvarte de pudrirte en ese lugar de expiación, y Uriel proclamará a los cuatro vientos la justicia de mi decisión cuando yo le explique lo sucedido. ¿Te das cuenta de lo que te espera? Será peor que la muerte, peor que el más terrible castigo que hayas podido imaginar.
Bajo su túnica, el peregrino se encogió de hombros.
—No voy a renunciar a lo que he conseguido. Haz lo que tengas que hacer —dijo con indiferencia—. Si te dejan, claro…
En la distancia, Jacob vio a Ashura acercarse amenazadoramente al suplicante.
—¿Qué insinúas? —siseó, más furioso que nunca—. ¿Estás poniendo en tela de juicio mi autoridad? Ten cuidado, muchacho. Aunque no lo creas, aún tienes mucho que perder. Piensa en tu madre, en tu hermano… No es solo tu futuro lo que está en juego.
—Mi madre no se encuentra bajo tu jurisdicción. Y, en cuanto a mi hermano… Habrá que ver lo que opina Dhevan al respecto. Siente debilidad por él, supongo que no lo ignoras… Además, hace un rato, durante la ceremonia, no me pareció que compartiese tu indignación por mi conducta.
Esta vez el príncipe, incapaz de reprimirse por más tiempo, se abalanzó sobre el peregrino y lo zarandeó con violencia.
—No te atrevas a meter en esto al Gran Maestro —susurró—. Él es un hombre santo, se ha pasado la vida soñando con el cumplimiento de la Profecía. Si fuera por él, Eldir cesaría de existir en este mismo momento… Pero Areté no sobreviviría ni un día sin Eldir, y Dhevan es consciente de ello. Por mucho que le duela, comprenderá lo que hay que hacer. Retira tu petición con la misma solemnidad con que la has formulado o no tendremos piedad, ni contigo ni con los tuyos.
Ashura se dio la vuelta para volver a la cámara de las Ceremonias, y pocos segundos más tarde pasó junto a Jacob, que se había pegado a la pared todo lo posible, sin detectar su presencia. Cuando el príncipe hubo desaparecido al extremo del corredor, el muchacho centró toda su atención en el peregrino, que se había apoyado en uno de los muros de piedra negra y permanecía en actitud meditativa, con la cabeza inclinada bajo la capucha. De pronto, su silueta joven y grácil le resultó a Jacob extrañamente familiar… Olvidando toda precaución, avanzó lentamente hacia él, sin apartar los ojos de la capucha que le ocultaba el rostro. Se detuvo, sin embargo, al oír unos pasos apresurados detrás, y al volverse descubrió sobresaltado a Casandra, que corría a su encuentro.
—¿Qué haces aquí? —preguntó en voz baja.
La muchacha lo contempló un instante con sus grandes ojos verdes y continuó avanzando. Al llegar hasta él, pasó sin detenerse y aceleró su carrera. El peregrino, que también la había oído, se volvió sorprendido, justo en el mismo instante en que Casandra se precipitaba sobre él y le echaba los brazos al cuello.
—Deimos —le oyó susurrar Jacob con voz ahogada—. Eres tú…
La capucha del suplicante había caído hacia atrás, dejando al descubierto las bellas facciones del hijo de Dannan. Llevaba el cabello recogido en la nuca con una cinta, y su rostro reflejaba un profundo desconcierto.
—¿Qué está pasando? —preguntó—. Yo te conozco… Eres la chica del sueño. ¿Qué clase de broma es esta? ¿Te ha enviado Ashura?
Casandra apartó su mejilla del hombro de Deimos y, alejándose un poco, le miró a los ojos.
—Te dije que te ayudaría, ¿recuerdas? —murmuró con suavidad—. Estamos aquí para eso.
—Ahora caigo. Eres una de las jóvenes ictias que viajaron al pasado. Te he visto sentada hace un momento muy cerca de Uriel. Si te envía mi madre…
—Tú no lo entiendes —le interrumpió Casandra—. Nosotros nos conocimos en el pasado. Para ti eso no ha sucedido aún, pero para mí, sí. Soy tu amiga, Deimos… Todos somos tus amigos. Tienes que confiar en nosotros. Tú nos ayudaste una vez, y ahora es nuestro turno.
Mientras hablaban, Jacob se había aproximado sin ruido. Cuando Deimos se volvió a mirarle, sonrió con cierto embarazo.
—¿Y tú de dónde diablos sales? —preguntó el hijo de Dannan en tono suspicaz —. ¿Qué es esto, una trampa?
—Lo que ha dicho Casandra es cierto —replicó Jacob sin inmutarse—. Un día viajarás al pasado y nos conocerás. Para nosotros ya ha sucedido. Y ahora queremos ayudarte.
En los ojos de Deimos brilló un destello de esperanza.
—Si eso fuera posible… Pero ¿cómo puedo estar seguro de que sois de fiar? No tengo ningún motivo para creeros.
—Mírame —le exigió Casandra—. ¿Te parece que estoy fingiendo?
La muchacha tenía los ojos húmedos de emoción, y un débil rubor coloreaba sus mejillas. Deimos la contempló en silencio durante un interminable minuto.
—No, no creo que estés fingiendo —admitió por fin, apartando la mirada con brusquedad—. Pero, aun así, no entiendo por qué queréis ayudarme.
—Tenemos que hablar de muchas cosas —intervino Jacob—. Pero quizá este no sea el lugar más indicado.
—Tienes razón —dijo Deimos, mirando con inquietud hacia el extremo del corredor—. Ashura podría volver en cualquier momento. Debe de estar preguntándose dónde me he metido. Después de lo que ha ocurrido durante la procesión, supongo que habrá ordenado que me vigilen.
Casandra le tomó de la mano con familiaridad, como si fuese un gesto que estaba acostumbrada a repetir a menudo.
—Pero tiene que haber algún sitio donde podamos hablar —musitó, angustiada —. Es importante…
Deimos retiró la mano y miró alternativamente a Casandra y a Jacob mientras sopesaba lo que debía hacer.
—Está bien, pero ahora no —decidió—. Esta noche, bajo el Árbol Sagrado… Los perfectos tienen prohibido descender a tierra durante la noche, así que no creo que nadie nos moleste.
Casandra le miró pensativa.
—Pero, si Ashura te tiene vigilado…
—Sabré cómo despistar a sus lacayos —la interrumpió Deimos—. Vosotros id después de medianoche al muro norte de la ciudad, junto a la Fuente de los Tritones. Sobre la muralla crece un gran rosal trepador. A sus pies se abre un túnel… Atravesadlo, y al otro lado encontraréis una nave solar para descender a tierra. Yo os estaré esperando. ¿Vendrán también vuestros compañeros?
Jacob hizo un gesto afirmativo.
—De acuerdo —asintió Deimos—. Ahora, debo regresar. Recordad, el rosal que hay en la muralla, junto a la fuente… ¡Espero que no tenga que arrepentirme de esto!
—No te arrepentirás —afirmó Casandra—. Te ayudaremos a rescatar a tu padre, aunque para ello tengamos que ir al mismísimo infierno.
Tal y como les había prometido Deimos, esa noche los muchachos, después de atravesar el túnel oculto tras el rosal de la muralla, hallaron una pequeña nave solar esperándolos. El casco de la nave era dorado, y estaba unido a un globo azul celeste y a una serie de velas metalizadas que se orientaban automáticamente para aprovechar lo mejor posible las corrientes atmosféricas.
—Esperemos que este trasto haya cargado bien sus baterías durante el día —dijo Casandra, preocupada—. Parece tan frágil…
—Supongo que Deimos lo habrá programado para que no falle —reflexionó Martín—. Además, no correremos gran peligro. Es un viaje muy corto.
—Tenemos que darnos prisa —dijo Selene, saltando la primera a la barquilla del aparato—. Si no regresamos pronto, empezarán a buscarnos. Ya habéis visto que nos tenían vigilados…
A Alejandra se le escapó una carcajada.
—Cuando me acuerdo de esos dos tipos que había a nuestra puerta y en la cara que pusieron al vernos… ¿Qué demonios les hiciste, Jacob?
El muchacho alzó las cejas, risueño.
—¿Yo? Nada, solo borrar todos los recuerdos relacionados con nosotros de su memoria —dijo en tono inocente—. La verdad es que la obsesión de los perfectos por evitar el uso de inteligencias artificiales nos ha venido muy bien en esta ocasión.
Selene lo miró enfurruñada.
—¡Qué tontería! De las máquinas puedo encargarme yo, lo sabes perfectamente. Bueno, parece que este trasto funciona bastante bien, después de todo.
Todos se hallaban acomodados ya en la barquilla de bambú y titanio, y el globo, después de soltar las amarras que lo mantenían sujeto al muelle, había comenzado a deslizarse suavemente hacia abajo, trazando una amplia hélice bajo los bancos de nubes que ocultaban los cimientos de Areté.
—Los destellos de la ciudad impiden ver las estrellas —observó Alejandra decepcionada—. Qué lástima, creí que sería como aquella noche, en el Bosque de Yama.
—Bueno, después de todo es allí adonde vamos, aunque dudo que reconozcamos el lugar —dijo Casandra con expresión ensimismada—. Ese Árbol Sagrado lo ha cambiado todo… Mirad, ya se ve su copa. Es más grande que toda la ciudad de Medusa.
En efecto, el Árbol Sagrado de Areté constituía uno de los espectáculos más sobrecogedores que puedan imaginarse. Sus ramas principales eran tan gruesas que por ellas podría haber transitado toda una manada de elefantes sin peligro alguno, y se dividían en infinidad de ramas secundarias, componiendo una inmensa cúpula de verdor. Para sorpresa de los muchachos, la nave continuó descendiendo en espiral hasta colarse con sorprendente precisión entre las ramas superiores de la planta. Al parecer, el vehículo estaba programado para deslizarse a través de aquel intrincado laberinto sorteando todos los obstáculos.
A medida que descendían, Martín comprobó que cada rama del árbol tenía hojas de formas y tamaños diferentes. En realidad, el Árbol Sagrado de Areté era una gigantesca colonia vegetal compuesta por injertos de distintas especies manipuladas genéticamente para integrarse en el espléndido conjunto. Se preguntó de quién habría sido la idea de crear aquel singular monumento viviente, más impactante que cualquier edificio de piedra del pasado. En el fondo, se trataba de una obra de arte, de un símbolo de la comunión entre los hombres y la naturaleza que la civilización areteica había logrado alcanzar.
Después de tres cuartos de hora de descenso, la barquilla de la nave chocó suavemente con la hierba del suelo y sus ocupantes pudieron saltar por fin a tierra firme. Tras las horas pasadas en los edificios flotantes de Areté, sus organismos tardaron unos minutos en acostumbrarse a la estable superficie que pisaban. Los cinco sentían que se les iba la cabeza, como si estuvieran desplazándose sobre la cubierta de un barco.
En la oscuridad, el globo de la nave emitía una delicada luz azul que perforaba las sombras. Bajo su resplandor, los muchachos vieron aproximarse una silueta esbelta que no tardaron en reconocer.
—Veo que todo ha ido bien —les saludó Deimos—. Habéis podido salir…
—Estos son Martín, Alejandra y Selene —contestó Casandra, haciendo las presentaciones—. Ellos ya te conocen, pero tú a ellos no.
—¡Si supieras cuánto nos alegramos de verte! —murmuró Martín sonriendo.
Deimos le devolvió la sonrisa, aunque en sus ojos no había ninguna alegría.
—Esta tarde he hablado con mi madre sobre vosotros —explicó—. Me ha dicho que sois de fiar, y que habéis demostrado bastante sensatez para la edad que tenéis y las experiencias que habéis vivido. Aún me cuesta trabajo asimilar lo que me habéis dicho esta tarde, pero os creo… Lo que no consigo imaginar es cómo podéis ayudarme vosotros a rescatar a mi padre.
—Entonces, ¿es cierto? —preguntó Alejandra—. Jacob nos contó que Ashura no estaba dispuesto a permitir que Uriel cumpliera su promesa.
—Eso es lo que él dice —confirmó Deimos con voz apagada—. Sin embargo, aún tengo la esperanza de que Dhevan le impida intervenir. El Maestro, en el fondo, detesta el infierno de Eldir. Además, ahora que Uriel ha regresado, no tiene sentido que continúe existiendo ese lugar.
—¿Y cuándo sabrás lo que van a hacer? —preguntó Casandra.
Deimos se encogió de hombros.
—Quizá tarden algún tiempo en decidirse. Tendré que armarme de paciencia… ¡Ojalá mi hermano estuviese aquí!
Dhevan siente un gran aprecio hacia él, y creo que le escucharía.
—¿Dónde está Aedh en estos momentos? —preguntó Martín.
Deimos lo miró con sorpresa.
—¿También conocéis a mi hermano? Ahora está en Dahel, cumpliendo el retiro que pone fin a la iniciación de todo perfecto. Es imposible comunicarse con él… Entonces, ¿viajará conmigo al pasado?
Los muchachos asintieron, muy serios.
—Así será, pero vale más que, por el momento, no hablemos de ello —repuso Jacob—. No estaría bien que lo que sabemos condicione tus decisiones. Lo importante, ahora, es salvar a tu padre. ¿Hay alguna manera de entrar en Eldir?
Deimos sonrió con amargura.
—Solo si tienes la desgracia de ser condenado por un tribunal de Areté — contestó—. Nadie sabe dónde se encuentra ese lugar, ni por qué medios se puede llegar a él… Es el secreto mejor guardado de los Grandes Maestros. No, lo único que podemos hacer para ayudar a mi padre es asegurarnos de que Uriel cumpla su promesa. Y eso implica controlar a Ashura… ¿Podríais conseguirlo?
Los muchachos se miraron entre sí, inseguros.
—Martín es capaz de introducirse en el pensamiento de las personas —dijo Alejandra—. Tal vez logre entrar en la mente de Ashura a través de sus implantes cerebrales y modificar su decisión acerca de tu padre. Pero, para eso, tendría que tener la oportunidad de hablar con él sin que desconfiara.
—No sé si conseguiré hacerlo, pero puedo probar —murmuró Martín—. Llevo sin intentar algo parecido desde antes de la final de Arena. Después de lo que el virus de Hiden hizo con mi cerebro, aún no me he sentido con ánimos de poner a prueba esas capacidades.
—Pues vas a tener que hacerlo, y pronto —observó Jacob con una mueca—. Selene eliminó el virus de tus implantes biónicos, estás limpio… Y nos sería muy útil que lograras meterte en la mente de Ashura.
Se hizo un breve silencio, durante el cual se contemplaron unos a otros bajo el resplandor azulado del globo.
—No sé por qué, tengo la impresión de que no va a resultarme fácil —musitó Martín—. Ese hombre parece de piedra. Si al menos le conociese un poco…
—Yo lo conozco —le interrumpió Deimos—. Sé todo lo que se puede saber sobre él. Es un hombre antipático e intransigente, pero, en el fondo, no le falta sentido de la justicia. Si se convenciese de que las ideas de mi padre no suponen ningún peligro para los perfectos, lo dejaría en libertad.
—¿Por qué considera a tu padre tan peligroso? —quiso saber Casandra.
Deimos reflexionó durante unos instantes.
—Mi padre es un perfecto de alto rango y tiene muchas influencias —repuso finalmente—. Él está a favor de una nueva era de entendimiento entre los hombres y las quimeras. Los últimos hallazgos arqueológicos de los ictios le han convencido de que el acercamiento es posible… Los hombres y las inteligencias artificiales no tienen por qué vivir separados. Unos y otros siguen los preceptos de Areté, y eso es lo que debe contar. Para Ashura, una opinión semejante constituye prácticamente una blasfemia.
—¡Qué estupidez! —se escandalizó Selene—. Hace mil años, una conciencia artificial llamada Leo se puso de nuestra parte y nos salvó la vida. No sé cómo alguien, después de tanto tiempo, aún puede dudar de la capacidad de las máquinas para comprender a los seres humanos…
—No es tan estúpido —murmuró Deimos. Tenía el ceño fruncido, y a la luz del globo sus mejillas parecían extrañamente hundidas, como si de repente hubiese adelgazado—. En realidad, Ashura tiene sus motivos… Las conciencias artificiales estuvieron a punto de acabar con la Humanidad durante la Revolución Nestoriana. Lo habrían hecho, si los perfectos no se lo hubiesen impedido. Se sentían resentidos y furiosos, y no les culpo. Tenían sobrados motivos para ello. Pero eso no justifica lo que hicieron… Ni es un argumento para volver a confiar en ellos.
—Pero eso sucedió hace cientos de años —le rebatió Casandra, mirándolo con fijeza—. Ellos también han podido aprender de sus errores.
—Tal vez. Sin embargo, no debes olvidar que las quimeras de ahora no son las descendientes de aquellas que quisieron eliminar a los hombres; son las mismas. Las conciencias artificiales no mueren, a menos que alguien las destruya deliberadamente.
—Sin embargo, pueden haber evolucionado —argumentó Martín—. Ahora, después de tanto tiempo, es posible que vean las cosas de otra manera.
—O puede que nos odien más que nunca —contestó Deimos encongiéndose de hombros—. ¿Cómo vamos a saberlo? Por si acaso, es mejor no correr riesgos. En eso coincido con Ashura.
Sus compañeros lo miraron con incredulidad.
—¿O sea, que estás más de acuerdo con Ashura que con tu padre? —preguntó Alejandra sin poderse contener.
—Mantuve una discusión bastante agria con mi padre poco antes de que lo sentenciaran al Tártaro. Así es como solemos llamar por aquí al infierno de Eldir… No nos gusta pronunciar su verdadero nombre. Cuando discutimos, yo no sabía lo que se le venía encima, claro. Fui muy duro con él. Ojalá le hubiese escuchado con más atención… Quizás ahora supiese cómo ayudarle.
Durante unos instantes todos escucharon el rumor de la brisa entre las hojas del Árbol Sagrado, tan incesante como el bramido del mar.
—¿Por qué crees que eso te habría permitido ayudarle? —preguntó Alejandra—. ¿Piensas que tu padre tenía datos importantes, datos que deberías conocer?
—Mi padre es un Maestro de perfectos. Por su rango, dispone de mucha información privilegiada que no está al alcance de los perfectos normales. Los símbolos sagrados, por ejemplo… Solo los Maestros de perfectos conocen su significado. Supongo que los habréis visto; están grabados en los principales edificios de Areté.
—Y también en la hoja de las espadas fantasma —añadió Martín, pensativo—. ¿Tu padre nunca te aclaró nada sobre ellos?
—Él nunca me habría revelado un secreto de ese calibre. Era un sincero servidor de Areté, a pesar de lo que pueda pensar Ashura.
—¿Por qué hablas en pasado? ¿Es que temes que haya muerto? —preguntó Jacob.
Deimos se cubrió los ojos con una mano.
—Habría sido mejor para él que pudrirse en Eldir —musitó—. Pero no, no creo que esté muerto… Escuchad: Lo que me habéis dicho me ha dado algunas esperanzas. Martín, si pudieras actuar sobre la mente de Ashura… Es posible que no todo esté perdido.
—Lo haré en la primera ocasión que se me presente —prometió el muchacho—. Pero, mientras esperamos… Hay otro asunto en el que quizá podrías ayudarnos, y que tal vez esté relacionado con la condena de tu padre. Se trata de una conciencia artificial; por lo visto, hay quien piensa que podría encontrarse en Areté, escondida o quizá retenida contra su voluntad. ¿Tú sabes algo?
Deimos se mostró sinceramente sorprendido.
—¿Una conciencia artificial en Areté? ¡Imposible! Eso violaría todas las normas… Los perfectos no tratan con máquinas conscientes, no las fabrican ni las utilizan. Es una cuestión de piedad, ¿entendéis? Esas criaturas son engendros condenados a sufrir y a soportar una conciencia que no han elegido. Es monstruoso… No las queremos cerca, en realidad pensamos que sería mejor que no existiesen. Pero, ya que existen, preferimos tenerlas lo más lejos posible… No son de fiar, ya os lo he dicho.
—Él sí es de fiar —afirmó Casandra con rotundidad—. Nos lo ha demostrado muchas veces… Le conocimos en el pasado.
—¿Hace mil años? ¿Tan antiguo es? —preguntó Deimos con curiosidad—. ¿Se trata de algún personaje importante para las quimeras?
—Es Néstor —confesó Casandra—. Néstor, el padre de la revolución que lleva su nombre. Aunque, en la época de la que venimos, se llamaba Leo, y era un androide con apariencia de anciano.
Aquella revelación dejó a Deimos mudo durante algunos segundos.
—Néstor —murmuró finalmente, como hablando consigo mismo—. Parece increíble que aún siga existiendo… ¿Pero de dónde habéis sacado que podría estar en Areté? Es absurdo, no tiene ni pies ni cabeza.
—¿No podrían tenerlo prisionero en alguna parte, como a tu padre? —aventuró tímidamente Alejandra.
—Por todos los Maestros de Maestros, ¡es un androide! Su sola presencia mancillaría los muros de la ciudad sagrada… Se trata de un error, estoy seguro. Quienquiera que os haya contado esa historia, os ha engañado.
—De todas formas, ¿no podrías intentar averiguar algo? —insistió Casandra en tono apremiante—. Quizá alguien haya oído alguna cosa. Me cuesta mucho tragarme eso de que en toda la ciudad de Areté no haya una sola conciencia artificial. Los edificios son muy avanzados, requieren una tecnología muy compleja… ¡No me digas que no hay un ordenador central que coordine su funcionamiento!
Deimos contempló a la muchacha con aire reflexivo. Sus ojos se detuvieron un instante en los labios gruesos y bien dibujados de Casandra, y luego pasaron a clavarse en sus iris verdosos. Poco a poco, su mirada se fue suavizando, hasta parecerse más que nunca al Deimos que los muchachos habían conocido en el pasado.
—Hay un ordenador central en Areté —contestó por fin, volviendo a la realidad —. Pero se trata de una máquina no autoconsciente, como todas las que utilizan los perfectos. Excepto, ahora que lo pienso… El Ojo. A él se le podría considerar una excepción.
—¿El Ojo del Hereje? —preguntó Alejandra—. ¿Ese artilugio mágico que se menciona en la leyenda del Auriga del Viento?
Deimos asintió.
—Algunos ignorantes creen que se trata de un verdadero ojo, y la mayoría lo considera un símbolo puramente espiritual. Sin embargo, por lo que he oído podría tratarse también de una máquina. Es un objeto que interactúa con quienes lo observan, que contesta a las preguntas que le hacen…
—Tenemos que hablar con él —dijo Martín—. Si Néstor está prisionero en algún lugar de Areté, esa cosa tiene que saberlo. ¿Cómo podemos llegar hasta el Ojo?
—No será fácil —observó Deimos—. Solo los Maestros de perfectos tienen acceso a su presencia, y yo ni siquiera sé dónde está… Aunque es posible que logre averiguarlo. Antes de desaparecer, mi padre me confió una caja que contenía varios códigos encriptados en cristales holográficos. Me exigió que le prometiera no utilizarlos a no ser que estuviera en peligro mi propia vida… Pero quizá ese momento haya llegado ya. Creo que podrían ser los códigos de acceso de los perfectos a las zonas restringidas de la Fortaleza. Y es posible que en alguna de esas zonas se encuentre el Ojo.
Los chicos callaron un instante, sopesando la información que acababa de proporcionarles Deimos.
—¿Crees que el Ojo nos denunciaría a Ashura si lográsemos llegar hasta él? — preguntó Jacob alzando la cabeza hacia las ramas del gigantesco árbol.
—Probablemente. Desde hace siglos, el Ojo es el más fiel colaborador de las altas jerarquías de Areté. Dicen, aunque puede que solo sean rumores, que cuando el Príncipe sospecha de la traición de un perfecto lo somete al Ojo. Esa cosa se mete en tu mente y te arranca todos tus secretos. Quizá no sea muy buena idea acercarse a él; sin embargo, no hay duda de que esa criatura está al tanto de todo lo que ocurre en Areté, y si realmente Néstor está o ha estado alguna vez en la ciudad, él tiene que saberlo. Sois vosotros quienes debéis valorar sin merece la pena correr el riesgo de preguntarle.
—No nos hará ningún daño —afirmó Selene con aplomo—. Si es una máquina, yo me encargaré de ella. Las inteligencias artificiales son mi especialidad. Tú llévanos hasta el Ojo ese, y nosotros nos ocuparemos del resto.
—De acuerdo —suspiró Deimos—. Veré qué puedo averiguar y os lo contaré. Mañana, a esta misma hora, volveremos a vernos aquí… Martín, espero que para entonces ya hayas podido actuar sobre Ashura.
—Yo también —dijo Martín sin mucha convicción—. Pero ¿no descubrirán la nave?
—No os preocupéis por eso. Esa nave es mía, y sé cómo hacer pasar desapercibidos sus movimientos. Ahora, es mejor que regreséis, antes de que alguien detecte vuestra ausencia.
Todos asintieron, y unos detrás de otros caminaron hasta la barquilla del vehículo solar. La última en subir a bordo fue Casandra, que parecía reacia a separarse de Deimos. Cuando estaba a punto de hacerlo, el joven la asió con suavidad por la muñeca.
—Me gustó mucho soñar contigo, ¿sabes? —dijo, clavándole una significativa mirada—. No sabes cuánto sentí tener que despertarme. Aunque debo confesar que resulta un poco inquietante…
—Lo sé —repuso Casandra sonriendo—. Pero, de todas formas, si te gustó podemos repetirlo. Creo que, con un poco de entrenamiento, puedo llegar a tener cierto control sobre ello.
—Eres muy atrevida para ser tan joven, ¿sabes? —dijo Deimos, devolviéndole la sonrisa.
—Te equivocas; soy la timidez personificada —repuso tranquilamente Casandra —. Lo que pasa es que te conozco desde hace mucho. Sé que me gusta estar contigo, y no quiero perder ni un segundo con miedos ni tonterías, así que será mejor que vayas acostumbrándote…
—¿A qué?
—A tenerme cerca. Ahora que he entrado en tu vida, ¡te va a resultar bastante difícil deshacerte de mí!