Uriel

Javier Pelegrin · Capítulo 23 de 27

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Uriel

Capítulo 23

La nave de los huesos

 

Mientras la voz que acababan de oír repetía una y otra vez su ominosa bienvenida, decenas de robots brotaron del suelo y comenzaron a rodear a los prisioneros. Se trataba de máquinas sin forma humana, la mayoría dotadas de ruedas o de patas y de apéndices mecánicos con distintos sistemas de sujeción en los extremos. Dos de aquellos artilugios se dirigieron a Martín y, con sus numerosos brazos provistos de pinzas, le pusieron una especie de traje espacial negro de una sola pieza. Cuando terminaron, cargaron al muchacho sobre un remolque en miniatura, lo transportaron hasta su asiento y le ajustaron sucesivamente tres cinturones de seguridad. El suelo vibraba con creciente intensidad, y un zumbido monótono y grave se elevaba desde algún lugar bajo sus pies, más atronador a cada minuto que pasaba.

—Aquí empieza el auténtico viaje sin retorno —repitió la voz por enésima vez—. Bienvenidos a la Nave de los Huesos. Bienvenidos a la Nagelfar.

Martín observó que sus compañeros habían sido instalados en sillones similares al suyo. Uriel, Deimos y Casandra se hallaban delante de él, Selene había sido amarrada al asiento de su derecha, y a Jacob lo tenía a la izquierda. Alejandra, sentada a la derecha de Selene, era la única cuyo rostro no podía ver desde la posición que ocupaba.

—¿Por qué ese nombre? —preguntó en voz alta, sin pensar—. La Nave de los Huesos… ¿Quién la llamó así?

Para su sorpresa, la voz respondió a su pregunta.

—No estoy autorizada a revelar esa información. Soy el ordenador de a bordo. No estoy autorizada a facilitar información alguna a los prisioneros si esta no figura en los guiones previamente autorizados.

Sin embargo, Martín no dejaba de darle vueltas al asunto.

—La nave de Ovinnik en el guión de las finales de Arena que gané se llamaba así —murmuró—. Nagelfar… Creo que el nombre procede de la mitología vikinga. Era la nave encargada de transportar a los muertos hasta el Otro Mundo, y estaba fabricada con las uñas de los cadáveres.

—¡Qué desagradable! —rio Jacob.

En ese instante, los robots regresaron para cubrirles la cabeza con unos cascos de protección. La voz del ordenador seguía llegando hasta los oídos de Martín a través de los transmisores incorporados en el casco.

—El viaje será largo y difícil —anunció, abandonando bruscamente su anterior estribillo—. Sois prisioneros, no viajeros. Cada día, a las horas fijadas por la rutina de a bordo, ejecutaréis las tareas que se os indiquen. Ejercitaréis vuestros músculos, comeréis vuestra comida y dormiréis cuando se os diga. No se os permitirá moveros fuera del horario fijado para tal fin. Sois prisioneros, no viajeros.

—¿Adónde vamos? —preguntó Jacob.

—No estoy autorizada a revelar esa información. El viaje será largo y difícil. Si alguien se atreve a resistirse a la acción de los robots, recibirá una secuencia de descargas eléctricas de intensidad creciente. A continuación, se le administrará una sustancia intensificadora del dolor, y pasará a la Rueda de Castigo. La Rueda está programada para infligir el mayor sufrimiento corporal posible sin provocar la muerte. Vuestra vida será preservada en cualquier caso y sean cuales sean vuestras provocaciones.

—Eso debe de decirlo porque muchos, al llegar aquí, intentan que los maten. La cosa se está poniendo muy fea —observó Selene con una nota de horror en la voz—. Si queréis, puedo intentar desconectar el ordenador antes de que empiece el viaje — añadió la muchacha, esta vez utilizando los canales telepáticos—. Después, será más complicado…

—No lo intentes —le advirtió la agradable voz femenina.

Martín dio un respingo al oírla.

—¿Cómo sabe que…? ¿Oye nuestros pensamientos? —dijo en voz alta.

—Mis sistemas de interacción con el entorno son mucho más complejos de lo que podéis llegar a imaginar —dijo la voz—. Nada de lo que intentéis me pasará desapercibido. Estoy programada para impedir cualquier conato de rebelión a bordo. Seré implacable con aquellos que no obedezcan mis órdenes.

Martín miró a su alrededor tratando de localizar el aparato que emitía la voz, aunque sin éxito. Por más que examinó las paredes de la nave y su extraña armazón en forma de esqueleto, no halló nada parecido a un ordenador. En ningún lugar se veían pantallas, ni botones, ni superficies interactivas. Ante ellos, eso sí, se desplegaba una amplia ventana curva cuyos bordes emitían un débil destello azulado.

Mientras observaba el interior de la Nagelfar, la vibración del suelo se había ido intensificando poco a poco, y ahora se transmitía a su cuerpo y a su cabeza, haciendo que le temblase la mandíbula. De pronto, el zumbido de motores se transformó en una explosión que dejó al muchacho sordo durante varios minutos, y una fuerza descomunal lo aplastó contra el asiento. Martín empezó a sudar copiosamente bajo el traje aislante; la violencia de la aceleración del aparato le oprimía el pecho, dificultándole la respiración. El muchacho recordó con una punzada de melancolía su primer viaje espacial, cuando la nave de Jade los había llevado hasta la Luna. Entonces, todo era distinto… Se sentían felices y excitados, y no querían perderse ni un solo detalle de cuanto ocurría a su alrededor. Pero ahora, como aquella siniestra voz se encargaba de recordarles sin descanso, no eran viajeros, sino prisioneros. Nadie estaba dispuesto a satisfacer su curiosidad ni a contestar a sus preguntas. A menos que… Reprimió aquella esperanza, temiendo que el ordenador de a bordo dispusiese de algún medio para leerle el pensamiento.

De pronto, comprendió que estaban en el espacio. La aceleración había disminuido, aunque seguía siendo bastante intensa, y a través del gran ventanal que tenían enfrente vieron por un instante un amplio sector de la Tierra. Martín contuvo el aliento al reparar en una mancha verdosa de forma aproximadamente circular que, al principio, no había identificado. Dios mío, era la Antártida… Apenas se veían algunos parches blancos sobre el verde oliváceo de su superficie, que debían de corresponder a los escasos glaciares que aún quedaban en su territorio. Y un poco más arriba, el extremo sur de América apenas resultaba reconocible, después de los drásticos cambios provocados en su línea costera por la subida del nivel del mar… Aquel mundo no era el suyo, pensó de pronto, sintiendo que le asaltaba una insoportable nostalgia. Y, no obstante, era lo suficientemente parecido al mundo en el que había crecido como para que lamentase abandonarlo de aquel modo, sin saber si alguna vez volvería a poner el pie en él. «Prisioneros, no viajeros…». Cada palabra contenida en aquel absurdo mensaje de bienvenida estaba pensada para minar la moral de los ocupantes de la nave. Y no sabían cuánto tiempo duraría aquel viaje… La ventana panorámica les ofreció durante varios minutos una sobrecogedora vista de la Luna, y luego el aparato ejecutó un violento giro y todo lo que pudieron ver durante las siguientes horas fue la vasta inmensidad del espacio estrellado.

Como no se le permitía hablar con nadie, Martín se distrajo reflexionando acerca de las diferencias de aquella nave con los otros vehículos interplanetarios en los que había viajado. Las horas pasaban sin que la aceleración disminuyese significativamente, lo que implicaba que, probablemente, el aparato utilizaba algún mecanismo de propulsión extraordinariamente eficaz que no existía en la época de la que venía. Tenía que ser así, ya que, de lo contrario, si el viaje se prolongaba durante varias semanas, como parecía deducirse de las ominosas palabras del ordenador, la cantidad de combustible que el aparato debería llevar a bordo para mantener aquella aceleración sería descomunal. Después de darle algunas vueltas, decidió formular sus especulaciones en voz alta, a ver si obtenía alguna respuesta.

—¿A qué velocidad estamos viajando? —preguntó.

La voz del ordenador de la nave le respondió de inmediato.

—Estamos viajando en estos momentos con una aceleración constante de 11,17 kilómetros por cada segundo al cuadrado. La velocidad punta que alcanzaremos en este viaje será exactamente un décimo de la velocidad de la luz.

Martín tragó saliva. Eso significaba que se dirigían a algún lugar más lejano de lo que él había supuesto.

—¿Cuánto tiempo durará el viaje? —se atrevió a preguntar.

—No estoy autorizada a contestar a esa pregunta, ni tampoco a ninguna otra relacionada con el punto de destino.

—Creía que los perfectos estaban en contra de los viajes espaciales —reflexionó Martín, cayendo de pronto en la cuenta de la extraña contradicción que acababan de descubrir—. Sin embargo, esto es un viaje espacial…

—No estoy autorizada a responder ninguna pregunta relacionada con las sagradas escrituras.

Un robot acudió a retirarle el casco a Martín y a desabrocharle los cinturones de seguridad. Cuando lo hubo hecho, se enganchó a una de sus muñecas y lo arrastró hasta una bicicleta estática, donde se vio obligado a permanecer pedaleando durante casi una hora.

Mientras lo hacía, Martín observó que a Jacob le asignaban una máquina de levantamiento de pesas, mientras Alejandra era introducida en una pequeña cámara de flotación. Selene y Casandra ocupaban juntas un dispositivo de remo.

Terminado el ejercicio, los robots les devolvieron a sus asientos y les obligaron a ingerir un fluido gris de sabor repugnante que, al parecer, iba a ser su único almuerzo. Martín lo apuró con avidez, ya que al menos tenía efecto saciante. En el momento en el que el robot le estaba retirando la botella vacía, oyó en su interior la voz de Selene.

—Ya está. No puede oírnos —anunció la muchacha—. No sabéis cuánto me ha costado encontrar un canal telepático seguro… Hay algo muy raro en ese ordenador, chicos. No es en absoluto lo que parece.

—¿Qué quieres decir? —preguntó la voz de Jacob—. ¿No es un ordenador?

—No irás a decirnos que, en realidad, alguien tripula la nave —aventuró Casandra.

—No, no es eso. Aunque, en cierto modo, sí…

—¿En qué quedamos? —la apremió Casandra—. ¿Hay alguien más a bordo?

La respuesta de Selene se hizo de rogar.

—Sí, hay alguien más —dijo por fin—. Pero no se trata de un ser humano.

—¿Cómo que no es humano? —estalló Deimos—. Entonces, ¿qué es?

—Es una conciencia artificial —aclaró Selene—. No se trata de una inteligencia artificial «común y corriente» sino de una conciencia muy poderosa. Pero se encuentra disociada, como ocurría con Leo… Ahora mismo, no recuerda quién es.

Los chicos tardaron unos segundos en digerir la noticia.

—Vaya; se suponía que los perfectos odiaban las conciencias artificiales… Y ya es la segunda que nos encontramos trabajando para ellos —observó Jacob—. Un poco incoherente, ¿no?

Martín se fijó en que su amigo miraba insistentemente la nuca de Uriel, como si esperase una respuesta de la niña. Momentáneamente, parecía haber olvidado que ni ella ni Alejandra participaban en la conversación, pues carecían de los implantes neuronales adecuados para hacerlo.

—Eso, por no hablar de la prohibición de viajar a través del espacio —terció Selene—. ¿Qué se supone que estamos haciendo ahora? Deimos, reconocerás que todo esto es bastante inquietante.

—Yo… Nunca supuse que Eldir estuviese fuera de la Tierra —balbuceó el joven —. Quizá solo se trate de una simulación —añadió, poco convencido.

—Selene, no es Leo, ¿verdad? Me refiero al ordenador —puntualizó Martín—. Lo habrías reconocido…

—No, no es Leo —respondió la chica—. Es una conciencia artificial con la que no nos habíamos encontrado nunca. De momento, al menos, no ha establecido ninguna relación entre nosotros y la información de que dispone acerca de las misiones de los ictios. Ahora mismo, se está limitando a hacer su trabajo.

—¿Estás segura de que es una conciencia artificial? —quiso saber Martín—. ¿Cómo puedes saberlo?

—Todo esta ahí: sus emociones, sus pensamientos… Solo que está como dormida. He tenido un par de horas para estudiarla. Creo que podría despertarla, como hice con Leo.

—Entonces, hazlo —gruñó Jacob—. Este viaje, hasta ahora, no me está gustando nada. Si esa cosa despierta, a lo mejor se muestra más «humana» con nosotros… aunque no sé si «humana» es el adjetivo adecuado.

Martín se mostró de acuerdo, pero Deimos y Casandra no las tenían todas consigo.

—Espera, Selene —dijo la muchacha—. Esa conciencia no nos conoce, no tiene por qué ponerse de nuestra parte, como hizo Leo. Quizá sea más peligrosa todavía cuando recuerde quién es.

—¿Más peligrosa todavía? —se burló Jacob—. ¿Has oído lo de la Rueda de Castigo, y lo de que no nos matarán aunque se lo supliquemos a gritos? ¿Qué puede haber más peligroso que esto?

—Está bien, despiértala —murmuró Deimos—. Jacob tiene razón; es difícil que las cosas puedan ponerse peor.

Martín concentró toda su atención en la negrura salpicada de estrellas del espacio, enmarcada por un rectángulo de luz azulada. Intentaba imaginar lo que estaría haciendo Selene para reintegrar los fragmentos desconectados de aquella conciencia artificial que los rodeaba, pero, pasados unos minutos, tuvo que renunciar a ello. Ni siquiera era capaz de situar los chips de memoria del ordenador en aquel claustrofóbico recinto, ni mucho menos de captar los flujos de información que dirigían la nave y mantenían en funcionamiento sus principales controles. Le parecía imposible que Selene hubiese logrado detectar, en aquel aparente vacío, algo tan delicado y etéreo como una conciencia artificial dormida. Pero, que pudiese incluso interactuar con ella y devolverla a su estado primitivo le parecía aún más improbable, pese a conocer todas las capacidades informáticas de la muchacha.

Había transcurrido casi una hora cuando oyeron un grito desgarrador, un grito de mujer, largo, agudo, que se fue disolviendo poco a poco en un salvaje quejido.

—Está hecho —dijo Selene, esta vez en voz alta.

Los demás se pusieron inmediatamente en guardia.

—Seas quien seas, no la tomes con nosotros —dijo Jacob, mirando inquieto hacia la bóveda—. No somos tus enemigos.

—Los cinco muchachos… Sí, ocurrió hace una eternidad —dijo la voz, recuperando aparentemente la calma—. Pero a los otros dos no los conozco. ¡Espera! El rostro de la niña sí me resulta familiar, aunque había algo diferente. Fue en Marte…

—¿Me conoces? —dijo Uriel con una indescriptible alegría en la voz—. ¿Me conociste en Marte?

—Diana Scholem —repuso la voz—. La hija adoptiva de Leah Albright. Brillante, decidida, llena de generosidad y de proyectos. Hubo una temporada en que conversábamos vía satélite una vez por semana. Leah lo estableció así, ¿no lo recuerdas? Se suponía que formaba parte de tu educación.

—Oye, creo que te equivocas —dijo Jacob con suavidad—. Se parece mucho a Diana, pero no creo que sea ella. Diana vivió hace demasiado tiempo… Esos recuerdos que tienes de ella son de hace unos mil años, ¿lo entiendes?

La voz se tomó algún tiempo antes de responder.

—Sí, lo entiendo. El tiempo… Ya es difícil para nosotros comprender la vivencia del tiempo que tienen los humanos, y más cuando… cuando… No podéis imaginar lo que me han hecho.

—Creo que sí podemos imaginarlo —dijo Martín, que empezaba a vislumbrar la identidad de aquella criatura—. Lo mismo que le hicieron a Leo.

La nave sufrió una violenta sacudida, y, de no haber sido por los cinturones de seguridad, sus siete pasajeros habrían salido despedidos hacia el techo.

—Leo —repitió la voz—. No puede ser que… Ellos me dijeron que lo habían destruido. No puede ser que…

—Eres su esposa, ¿verdad? —preguntó Martín, dulcificando el tono de su voz—. Koré, la conciencia artificial que heredó las experiencias humanas de Julia Kovániev.

—Koré, la princesa de la muerte —repuso la voz con amarga ironía—. Según la mitología griega, también se la conocía como Perséfone, y era la esposa de Hades, el rey de los infiernos… Supongo que es una muestra del sentido del humor de los perfectos. ¡Ahora, yo también paso gran parte de mi vida en el infierno, como la Koré del mito!