Uriel

Javier Pelegrin · Capítulo 3 de 27

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Uriel

Capítulo 3

Olimpia y Venecia

 

Las dos ictias tomaron de la mano a Selene y la observaron largamente, sin advertir la turbación de la muchacha. Jacob contemplaba la escena embobado, como si también él hubiese perdido la noción del tiempo. Fue otro de los ictios, un joven rubio de unos treinta años, quien rompió el hechizo.

—Bienvenidos a esta época, que es la vuestra —dijo en tono solemne—. Nuestro pueblo os espera ansioso… Vuestro viaje ha sido causa de terribles sufrimientos para algunos de los nuestros, pero, ahora que habéis regresado, todo cambiará. Me llamo Simón, y soy el capitán del comité de bienvenida. Me acompañan Galahad, Venecia y Olimpia.

El joven se detuvo, visiblemente satisfecho de sus palabras. Su acento al pronunciar el inglés era extraordinariamente depurado, tanto, que a oídos de los recién llegados sonaba muy parecido al del antiguo inglés británico. Martín recordaba el acento de Aedh y Deimos, muy diferente del de aquel individuo, y se preguntó si Simón habría activado algún programa de traducción simultánea para adaptar su idioma a lo que los ictios consideraban que debía de ser la pronunciación corriente del inglés en el siglo XXII.

—Yo soy Martín —dijo, tratando de no distraerse con aquellos pensamientos—. Y mis amigos son Casandra, Selene, Jacob y Alejandra —añadió, señalando sucesivamente a cada uno de sus compañeros.

—Hay una chica de más —dijo Galahad, fijando su mirada en Alejandra—. Es ella; no detecto sus implantes biónicos…

—Pertenece al pasado, pero ha decidido venir con nosotros —explicó Martín—. Nos ha ayudado mucho en las tres misiones de la llave del tiempo, y ahora… Bueno, no queríamos separarnos.

—¿Es tu prometida? —preguntó Galahad con interés.

A Martín le hizo gracia lo anticuado de la expresión. Estaba claro que los ictios, a pesar de su pasión por la historia y la arqueología, confundían, en algunos aspectos, el siglo XXII con el siglo XIX.

Sin embargo, Alejandra permanecía muy seria.

—Algo así —repuso escuetamente.

Galahad asintió, comprensivo.

—Áurea, querida, Venecia y yo somos hermanas tuyas —dijo la muchacha del cabello trenzado dirigiéndose a Selene—. El gobierno de Arbórea no quería que hubiese familiares directos en el primer comité de bienvenida, pero nosotras insistimos tanto que, al final, ya ves, aquí estamos…

La joven se interrumpió y abrió mucho los ojos, como si estuviese prestando atención a un ruido.

—Simón me ordena que te llame por el nombre que estás habituada a usar —dijo al cabo de un instante arqueando las cejas—. Pero para nosotras siempre serás Áurea… Está bien. De acuerdo, Simón, la llamaré… ¿Cómo era? Selene.

Los chicos observaron con curiosidad a Simón, que no había abierto la boca durante aquel fragmento de diálogo.

—¿Os comunicáis telepáticamente? —quiso saber Jacob.

Simón inclinó todo el cuerpo hacia delante varias veces, en un gesto que quería ser de asentimiento, aunque más bien parecía una reverencia.

—Utilizamos la comunicación neural directa casi siempre, aunque en muchas ocasiones sociales tenemos la costumbre de usar el lenguaje oral —contestó—. Los ictios ponemos un gran cuidado en la adquisición de esta forma de comunicación. Desde pequeños, nos educan la voz y la pronunciación. No hay un niño ictio que no sepa recitar largos poemas en voz alta, o fragmentos del Libro de las Visiones. Para nosotros, hablar no es una necesidad, sino un arte.

Daba la impresión de que Simón llevaba aquellas frases preparadas de antemano, porque su explicación había sonado un tanto artificial.

«Son muy distintos de nosotros, mucho más de lo que yo esperaba —se dijo Martín con preocupación—. Me pregunto si alguna vez podremos llegar a entendernos con ellos».

—¿Podéis leernos el pensamiento? —preguntó Casandra mirando a Simón.

El joven capitán emitió una cristalina carcajada.

—¿Leeros el pensamiento? Claro que no… ¡solo si vosotros queréis! Los implantes de comunicación se activan de forma voluntaria. No son una ventana a vuestro espíritu, si es eso lo que te preocupa.

—Pero Martín puede leer el pensamiento —musitó Alejandra—. Al menos, algunas veces…

—Martín lleva en su cerebro algunos implantes especiales —explicó Simón poniéndose serio—. Pero su caso es una excepción. De todas formas, le resultará más difícil colarse en los cerebros entrenados telepáticamente de los ictios que en esos toscos artefactos que las gentes del siglo XXII llamaban ruedas neurales.

—Entonces, ¿aquí no tenemos poderes?

Sin mirarse entre sí, los ictios sonrieron.

—Claro que tenéis poderes —dijo Venecia—. Aunque, en esta época, quizá no os sean tan útiles como en el siglo XXII. Aquí, en cierto modo, todos tenemos poderes. Los vuestros son especiales, sin duda, pero habrá que dar tiempo al tiempo para saber hasta qué punto os diferencian del resto de la gente.

De nuevo se oyó una límpida carcajada.

—¡Qué bien hablas, Venecia! —dijo Olimpia—. Has aprendido el acento a la perfección…

—¿No es un programa? —preguntó Martín extrañado—. Quiero decir, lo del acento…

—No, no, en absoluto —explicó Venecia mirando al muchacho—. Nos hemos estado entrenando. Los ictios confiamos mucho en la capacidad humana de aprendizaje… Solo recurrimos a la tecnología cuando es absolutamente necesario.

—Amigos, creo que deberíamos emprender el ascenso cuanto antes —intervino el capitán—. Hay mucha gente ansiosa esperándoos en la superficie. Además, el estado de conservación de la torre exige visitas breves y en grupos reducidos. Estamos obligados a ser respetuosos con las normas.

Por primera vez desde su llegada, Martín se permitió en ese instante echar un vistazo a su alrededor. Costaba trabajo creer que aquel habitáculo oscuro y desvencijado fuese el impecable centro de control diseñado por Herbert para su máquina del tiempo. La simulación de estrellas en el techo y las paredes había desaparecido, dejando paso a una impenetrable oscuridad interrumpida tan solo por el fulgor que emanaba de los paneles de control y de la esfera. Hacía mucho frío, y se oía un continuo zumbido de fondo parecido al que emiten los generadores eléctricos menos sofisticados.

A una mirada de Simón, Galahad se dirigió a la pared de los ascensores y pasó la mano por su superficie metálica. El contacto provocó una ligera vibración en la pared, que se desplazó hacia la izquierda, dejando a la vista un amplio jardín con el techo abovedado y una alberca rectangular en el centro, en cuyas aguas tranquilas nadaban algunos peces rojos.

—Nuestra nave —anunció Simón sonriendo—. Es un vehículo anfibio, capaz de desplazarse por tierra, mar y aire.

—¡Está llena de plantas! —dijo Alejandra, asombrada.

—«Las plantas son la conciencia del hombre» —citó Galahad con gravedad—. Lo dice el Libro de las Visiones… Nunca nos separamos de ellas.

Los muchachos se instalaron bajo una especie de rosal trepador cargado de flores azules y amarillas, sobre unos sofás de consistencia gelatinosa. Para su sorpresa, los ictios se acomodaron junto a ellos. El submarino no parecía disponer de una cabina de pilotaje, ni se veían paneles de mandos por ninguna parte.

En cuanto estuvieron todos sentados, la nave se cerró, y un potente haz de luz iluminó por un instante las oscuras aguas que los rodeaban, al otro lado de los muros transparentes. Luego, los chicos notaron que habían comenzado a moverse, mientras la luz exterior se volvía más tenue.

—Utilizamos los focos para ahuyentar a los animales que se cruzan en nuestro camino —explicó Simón con su voz profunda y musical—. Es molesto para ellos, pero al menos evitamos que choquen con la nave.

Como en un fogonazo, Martín vislumbró al otro lado de los cristales la silueta altísima y frágil de La Pagoda, completamente tapizada de corales y esponjas. Sus antiguos aleros de inspiración oriental aún seguían distinguiéndose, a pesar de las delicadas formaciones arborescentes que los cubrían. Alrededor de la torre nadaban miles de peces. La luz del submarino revelaba sus vistosos colores, que a aquella profundidad debían de resultar completamente inútiles.

—¿Cómo han podido crecer todos esos corales sobre La Pagoda? —preguntó Alejandra—. Los corales no suelen crecer a esta profundidad, y estas aguas no son demasiado cálidas.

—Se trata de corales transgénicos —explicó Venecia—. Los arqueólogos del siglo XXIX los implantaron sobre el edificio, pensando que ayudarían a reforzar su estructura. Eso creemos, al menos… No hemos encontrado ningún documento sobre el particular.

La hermana de Selene parecía a punto de añadir algo más, pero una mirada de Simón la detuvo.

Los chicos escudriñaron con creciente angustia el exterior del submarino, buscando otros vestigios de la ciudad sumergida. Martín no tardó en localizar las formas majestuosas y ramificadas del edificio conocido como «El Árbol», también cubiertas de corales y madréporas. Se fijó en que faltaban varias de las ramas superiores del complejo, que habían desaparecido completamente.

La nave ascendió a poca distancia de las ruinas hasta dejarlas atrás, en el silencio y la oscuridad del fondo.

—No quedaba ni rastro de La Burbuja, ¿os habéis fijado? —observó Jacob con expresión sombría—. Es como si nunca hubiese existido.

Los ictios lo miraron con interés.

—¿Te refieres a la gran esfera que albergaba el anfiteatro de la ciudad? — preguntó Olimpia—. La hemos visto en algunos hologramas antiguos, pero no queda nada de ella. Probablemente debió de implosionar, por una avería en los sistemas de regulación de la presión interna. O quizá fue alcanzada directamente por un proyectil… Es difícil saberlo.

—¿Cuándo fue abandonada la ciudad? —preguntó Casandra con un hilo de voz.

—Ignoramos la fecha exacta, pero está claro que sucedió en algún momento del siglo XXII, probablemente después de un ataque con armas nucleares. Afortunadamente, La Pagoda resultó casi intacta… Gracias a eso pudimos reparar la esfera.

—¿Se encontraba en muy mal estado? —preguntó Martín.

Simón se encogió de hombros.

—Eso tendréis que preguntárselo a los padres de Casandra. Ambos son ingenieros de campos gravitatorios, y participaron activamente en la reparación de la esfera. Pero es seguro que nadie entró en la cámara donde se encontraba la esfera durante siglos… Prácticamente desde la destrucción de la ciudad hasta la llegada de la primera expedición arqueológica, hace casi doscientos años.

Todos callaron, abrumados por el peso de aquellas revelaciones. Venecia y Olimpia habían cerrado los ojos, y Martín tuvo la impresión de que las dos hermanas de Selene estaban conversando telepáticamente entre sí. La propia Selene debió de pensar lo mismo, ya que no les quitaba la vista de encima, mientras su rostro reflejaba una creciente irritación. Galahad siguió la dirección de su mirada.

—Olimpia y yo somos cómplices —dijo, dirigiéndose a Selene—. Pronto formaremos nuestra propia familia… Ella está muy contenta de haberte recuperado. Y también Venecia, por supuesto.

En respuesta a las palabras de Galahad, su «cómplice» abrió los ojos y le sonrió. Era un término bastante apropiado para sustituir al de novio, o pareja, pensó Martín. A pesar de los mil años transcurridos y de las diferencias culturales que los separaban, el muchacho podía comprender perfectamente el significado de la expresión.

Selene observaba a su hermana con el ceño fruncido, esperando alguna explicación más por su parte.

—Venecia y yo estábamos discutiendo la mejor forma de prepararte para el encuentro con nuestros padres —se justificó la joven, agitando con desenvoltura las mangas luminosas de su vestido—. Áurea, no debes esperar demasiado de ellos… Se involucraron en el proyecto por su interés científico y arqueológico, pero la familia no es algo que les preocupe excesivamente. Nosotras nos educamos en una comunidad de la costa griega, y solo los veíamos un par de veces al año. Son arqueólogos, y se han pasado la vida excavando en la Ruina del Dragón.

Selene atravesó a su hermana con la mirada.

—Preferiría que no me llamaras Áurea —dijo en voz baja—. Ya te he dicho mi verdadero nombre…

—Lo sé. Perdona —repuso la joven, sonriendo—. Selene, ¿verdad? Procuraré llamarte así.

—Lo que no entiendo es por qué unas personas tan dedicadas a su trabajo han tenido tres hijas —continuó Selene precipitadamente—. Si no les interesa la vida familiar, resulta bastante irresponsable por su parte, ¿no?

Sus hermanas la miraron sorprendidas.

—¿Por qué? —preguntó Venecia—. Tienen una buena genética, y sería una lástima desaprovecharla. Además, para eso están las comunidades. A nosotras nunca nos ha faltado nada, créeme. Los ictios somos un pueblo solidario… Y nuestros padres han hecho una magnífica labor en las ruinas.

—El año pasado les acompañé en la campaña de invierno —añadió Olimpia—. Estuvimos excavando el Ojo del Dragón, un lugar fascinante. Rescatamos cientos de chips del siglo XXII, algunos en bastante buen estado. Simuladores en tres dimensiones y ese tipo de cosas… Vosotros venís de allí, debéis de saber a qué me refiero.

Martín observó el rostro despreocupado de la joven con asombro. Estaba hablando de la Arena de la Ciudad Roja, donde él había vivido la aventura más sorprendente de su vida, conquistando al final la libertad de Andrei, su padre. Claro que, para eso, había tenido que meterse durante varios días en la piel de su personaje, el rey Ardal… Se preguntó qué sabrían los ictios acerca de aquellas historias que se representaban durante los juegos de Arena.

—Estamos a punto de llegar a la superficie —anunció Simón, interrumpiendo el curso de sus reflexiones—. Es hermoso recuperar la luz y el aire después de adentrarse en las entrañas del mar. Nosotros siempre damos gracias al salir a la luz…

Justo en ese momento, un fragor de espumas rodeó las paredes transparentes del submarino, y la bóveda del techo giró, transformándose en una cúpula de cristal. La claridad azul del cielo inundó el interior de la nave, y una mancha de sol bailó sobre las aguas verdes de la alberca, que se mantenían tan quietas como si reposasen sobre la tierra.

Los ictios bajaron la cabeza y cerraron los ojos, mientras una luminosa sonrisa de gratitud embellecía sus rostros. Simón extrajo el colgante que pendía de una fina cadena atada a su cuello y se lo llevó a los labios, besándolo con unción. Casandra y Martín intercambiaron una mirada de asombro al comprobar que el colgante era, en realidad, un pequeño crucifijo.

—No entiendo. ¿Eres cristiano? —preguntó Casandra, interrumpiendo la muda oración del capitán—. Yo creía que todos vosotros erais seguidores del areteísmo…

—Y lo somos —contestó Simón, abriendo los ojos—. Areté es nuestra guía espiritual, pero muchos de nosotros mantenemos, además, otras creencias. Cristianismo, budismo, islam… Todas las religiones han terminado desembocando en la gran corriente del movimiento areteico. Pero eso ya deberíais saberlo…

—No lo saben porque algo ha fallado —dijo Galahad con preocupación—. He estado haciendo las comprobaciones que me pidió Dannan. Las identidades coinciden, y los implantes funcionan correctamente, pero el programa de sustitución de memoria solo se ha activado en el hijo de Saúl.

Los cuatro jóvenes ictios clavaron la mirada en Jacob, expectantes.

—No lo entiendo —murmuró Simón—. Si los programas han fallado, ¿cómo habéis logrado completar la misión? Porque la habéis completado, de lo contrario no estaríais aquí…

Martín observó con el rabillo del ojo la expresión angustiada de Casandra, y deseó ardientemente que los ictios no supieran interpretarla. Había llegado el momento de las preguntas, y eso, antes o después, terminaría complicando las cosas. Los ictios, naturalmente, querrían saber cómo se las habían arreglado para hacer todo lo que se esperaba de ellos sin activar los programas de la Memoria del Futuro, y eso, inevitablemente, les obligaría a mencionar a Deimos y a Aedh. Sin embargo, los ictios no habían aludido en ningún momento a la expedición al pasado de los gemelos, y quizá fuese preferible no decirles nada. La última vez que se había conectado al Tapiz de las Batallas, el holograma de Aedh le había recomendado que, cuando regresase a su época, no se fiase de nadie… Además, el viaje de los dos jóvenes aún no se había producido. Deimos y Aedh estaban todavía allí, en alguna parte. ¿Para qué mencionar algo que, desde el punto de vista de los ictios, aún no había tenido lugar? Por la expresión de sus compañeros, comprendió que todos estaban pensando más o menos lo mismo. No tenían por qué contar todo lo que sabían sin conocer un poco mejor el terreno que pisaban.

—Bastó con que mi programa de borrado de memoria se activase —repuso escuetamente Jacob—. Yo disponía de toda la información necesaria… Después de todo, no ha sido tan difícil —añadió con alegre despreocupación.

Las hermanas de Selene le sonrieron.

—¿Y Saúl? —preguntó Galahad mirando fijamente al muchacho—. ¿Llegasteis a tener noticias de él?

—Sí, incluso nos ayudó a cumplir la última misión de la llave —confirmó Jacob, cuya sonrisa había desaparecido—. He estado en contacto con él prácticamente hasta el momento del viaje… Cuando nos fuimos, él seguía en El Templo, investigando. Ya sabéis lo obsesivo que puede llegar a ser mi padre.

Los ictios asintieron, aparentemente entristecidos.

—Al menos, ha sobrevivido —murmuró Simón—. Sus compañeros de expedición no tuvieron tanta suerte. Aunque quizá no se trate solo de suerte, sino de fuerza de voluntad. Y también de fe… Saúl creía ciegamente en la importancia de su trabajo.

Jacob asintió en silencio. Tenía el ceño fruncido.

—Albergábamos la esperanza de que regresase con vosotros —dijo Venecia—. Helena se llevará una gran decepción…

Las mejillas de Jacob se tiñeron entonces de un rubor intenso.

—Helena —murmuró con ojos soñadores, como si estuviese contemplando una imagen de su memoria—. Sí, mi madre.

—Ella nunca ha dejado de esperar a Saúl —explicó Venecia—. Durante un tiempo residió en la misma comunidad que nosotras. Se pasaba el día hablando de su marido, y de lo felices que habían sido. Vas a ser un gran consuelo para ella —añadió, mirando a Jacob.

—¿Por qué no le acompañó al pasado? —quiso saber Martín.

Los ictios se volvieron hacia él con perplejidad.

—Era una expedición científica, no un viaje de placer —repuso Simón, esforzándose por mostrarse cortés a pesar de la irritación que le producía tener que explicar algo tan obvio—. Helena se dedica a la música, y la misión no requería la intervención de ningún músico. Habría sido correr un riesgo innecesario.

A Martín le asombró la estrechez de miras de aquel planteamiento. Si la tal Helena hubiera viajado al pasado con su marido, tal vez Saúl no se habría sentido tan perdido en aquella época peligrosa y hostil, y habría conservado una mayor entereza psicológica para sacar adelante su misión; ¿es que nadie había pensado en ello?

La mano de Alejandra se posó en su hombro, y cuando se volvió a mirarla, vio que ella señalaba a la costa que tenían enfrente. A través de la pared de cristal de la nave, Martín vio una sucesión de acantilados cubiertos de árboles que retrocedían tierra adentro, formando un amplio estuario. La nave enfiló directamente hacia aquella prolongación del mar en la tierra, y en pocos minutos pudieron admirar de cerca las paredes de roca que descendía en suave declive hasta el agua, con algunos robles dispersos aferrados a su superficie.

—¿Qué lugar es este? —preguntó Alejandra, impresionada por la belleza del paisaje—. Nunca lo había visto, ni siquiera en holofotografía…

—Es el Canal Romano —explicó Galahad con evidente complacencia—. Una gran obra de ingeniería… El estuario del Tíber es natural, pero nuestros antepasados lo prolongaron artificialmente hasta conectarlo con el río Metauro, que desemboca en el Adriático.

Los chicos observaron con incredulidad las tranquilas orillas del estuario, donde no se observaba el menor signo de actividad humana.

—El Tíber no tiene ningún estuario natural —observó Martín, extrañado—. Eso lo sabe todo el mundo.

Simón le dedicó una amplia sonrisa antes de contestarle.

—Han pasado mil años desde que fuiste a la escuela, muchacho —le dijo, escogiendo cuidadosamente sus palabras—. Mil años catastróficos, en muchos sentidos… Especialmente en lo que se refiere al clima. En vuestra época, aún había hielo en los polos, ¿verdad? La Antártida estaba totalmente cubierta de hielo. Aún queda algo allí, aunque muy poco. A ver, dejadme que consulte mi banco de datos… El nivel del mar ha subido 76 metros desde el año 2100. Una bonita cifra, ¿no os parece?

Martín no podía comprender que el capitán del comité de recepción les comunicase aquellas terribles noticias con tanta tranquilidad.

—¡Pero eso es espantoso! —dijo, volviéndose instintivamente hacia Alejandra—. Miles de ciudades habrán desaparecido. Habrá habido millones de muertos. Por no hablar de los edificios, de las obras de arte…

—Ahora comprenderéis por qué la arqueología es tan importante para nosotros — explicó Venecia con suficiencia—. Los ictios somos un pueblo del mar, y el mar esconde la mayor parte de los secretos de nuestro pasado. Hemos rescatado muchas obras de arte de sus entrañas, y seguimos haciéndolo. Arrancamos al mar las viejas ciudades sumergidas, trasladamos piedra a piedra sus principales monumentos y los situamos en lugar seguro. Hemos llegado a trasladar ciudades enteras… Venecia, por ejemplo. En su juventud, nuestra madre colaboró en el rescate de la ciudad, que ya ha sufrido múltiples traslados. Por eso me puso ese nombre… Y lo de Olimpia es algo parecido.

En otras circunstancias, los muchachos, aunque solo fuese por educación, habrían mostrado la debida curiosidad acerca del origen del nombre de Olimpia. Pero la sorprendente información que acababan de recibir les hizo olvidarse momentáneamente de las normas de cortesía.

Justo en ese momento, las orillas del estuario se cubrieron de un enlosado artificial coronado por altos bordes almenados. Por encima de las almenas, entre los árboles, Martín vio sobresalir una delicada cúpula blanca con lucernas redondas y oscuras. La reconoció al instante.

—¡La cúpula de San Pedro! —exclamó emocionado—. Nunca la había visto, y nunca pensé que la vería rodeada de árboles y al borde del mar… ¡Es maravillosa!

Los ojos se le llenaron de lágrimas, aunque no sabía si lloraba de pena o de alegría. Su mundo, el mundo en el que había crecido y que conocía tan bien, había desaparecido para siempre, pero algunos fragmentos, al menos, habían sobrevivido. Se preguntó qué habría sido de la imponente catedral de Nueva Alejandría, con sus dos torres gemelas. Quizá en aquellas latitudes la subida del mar no hubiese provocado tantos estragos…

El viaje continuó entre orillas boscosas, por un canal que se iba estrechando progresivamente, siguiendo el curso del río Tíber. De vez en cuando veían entre la vegetación los edificios de una ciudad perfectamente conservada, inmóvil como un fósil al borde del acantilado.

—Esa es Perugia, una de las ciudades más emblemáticas de la península itálica — explicó Olimpia, señalando una masa de casas de apariencia medieval escalonadas sobre las rocas, con las dos torres de una iglesia por encima—. La catedral de San Lorenzo fue restaurada en el siglo pasado… Se conserva bastante bien.

La nave viajaba muy deprisa, deslizándose sobre la superficie del agua sin apenas rozarla, y sus motores eran tan silenciosos que uno tenía la impresión de estar flotando sobre una alfombra mágica. El movimiento adormeció lentamente a los viajeros del pasado, extenuados después de la angustiosa caminata a través del agujero de gusano. Solo Alejandra se resistía a dormirse, pues no quería perderse ni un detalle de las maravillas naturales y arquitectónicas que salpicaban las orillas del canal.

—Es como un río que fluyese al revés —comentó, los ojos clavados en las murmurantes aguas negras y doradas que rodeaban la embarcación—. Porque el Tíber debía de ir en dirección contraria.

—En realidad, es el mar invadiendo el lecho de un río, guiado por la ingeniería humana —precisó Olimpia con orgullo—. El canal es muy importante para la comunicación entre las poblaciones del este y del oeste del Mediterráneo.

—¿Está poblada esta zona? —quiso saber Alejandra—. No hemos visto a nadie.

—Las orillas del canal no están habitadas, pero hay algunas comunidades muy cerca, tierra adentro. Claro que no tantas como en vuestra época. Ahora, la población total de Arbórea es mucho menor que entonces.

—¿Arbórea?

—Es el nombre que le damos a esta región del planeta: ya sabes, Europa, Asia occidental y el norte de África —intervino Venecia—. Los pueblos que vivimos en esta zona nos regimos por unas instituciones comunes en lo que a los asuntos globales se refiere. En todo lo demás, el poder se encuentra en manos de las comunidades y de sus consejos de gobierno, que se renuevan de forma rotatoria.

—¿Algo así como los ayuntamientos de las ciudades? —preguntó Alejandra, sorprendida.

De nuevo se oyó la risa cristalina y autocomplaciente de las dos hermanas de Selene.

—Algo así, aunque no puede hablarse de ciudades propiamente dichas —explicó Venecia—. Nuestras comunidades son muy pequeñas, doscientas o trescientas personas a lo sumo. Eso sí, están permanentemente conectadas unas con otras a través de las redes multicerebrales.

Alejandra estuvo a punto de preguntar en qué consistía aquello de las «redes multicerebrales», pero el nudo que se le había formado en la boca del estómago le indicó que sería más prudente dejar aquellas indagaciones para más adelante. De momento, bastante le estaba costando ya asimilar la avalancha de información que se le había venido encima. Quizá nunca debería de haber emprendido ese viaje, a pesar de Martín y del amor que sentía hacia él. Quizá todo aquello no fuese más que una locura… Pero entonces recordó los haces luminosos de los misiles surcando el cielo, y el pánico de los evacuados en el puerto de submarinos de Medusa. Si se hubieran quedado, probablemente a esas alturas ya habrían muerto. O tal vez no… Nunca llegaría a saberlo.

Sintió un suave contacto en su muñeca, y vio que se trataba de la mano de Olimpia.

—Sigues despierta, ¿verdad? —preguntó en voz baja—. Si te interesa el arte antiguo, creo que no deberías perderte esta vista. Se trata de Urbino, la ciudad del mítico Rafael. Es preciosa, ¿a que sí?

Alejandra contempló emocionada las frágiles torres de los palacios colgados sobre el canal, que parecían surgidos de un reino de leyenda. Al ver los ojos brillantes de Olimpia, comprendió que, a pesar de la gran distancia cultural que las separaba, ambas experimentaban en ese instante sentimientos muy parecidos.

Cuando llegaron a la desembocadura del río Metauro, el sol acababa de ocultarse tras el horizonte dejando una ancha banda anaranjada sobre la silueta dormida de los bosques, a espaldas de los viajeros. Frente a ellos, el mar, de un color violeta oscuro, se desdibujaba a lo lejos en una caliginosa neblina. Las primeras estrellas habían comenzado a brillar en el cielo. Alejandra se tendió al lado de Martín, en una de las tumbonas extendidas junto a la alberca, y poco a poco fue quedándose dormida.

La despertó un movimiento de su compañero, que acababa de incorporarse a la luz del amanecer y se frotaba los ojos desorientado. Sus miradas se encontraron, y toda la excitación y el dolor de la víspera cayeron como una pesada losa sobre ellos.

Los ictios permanecían sentados con las piernas cruzadas en el suelo y los ojos abiertos, clavados en las aguas tranquilas del mar. Probablemente estarían meditando, o tal vez charlando telepáticamente entre ellos.

—¿Es que no duermen nunca? —preguntó Martín entre dientes.

Ningún miembro del comité de recepción dio muestras de haber oído el comentario. Sin embargo, pocos minutos después Galahad se levantó y, después de rebuscar un instante en una especie de alacena, se acercó a los muchachos con una gran cesta de fruta.

—Estaréis hambrientos —dijo, sonriendo—. Ahora es un buen momento para reponer fuerzas, porque en menos de media hora llegaremos a El Pireo, donde nos esperan vuestros familiares.

Solo entonces se dio cuenta Martín de que tenía un hambre devoradora, y lamentó que los ictios no hubieran pensado en ofrecerles algo más consistente que unas cuantas piezas de fruta para el desayuno.

El rumor de voces despertó a sus compañeros, que se incorporaron uno tras otro en los sofás, con los ojos aún turbios de sueño. Jacob fue a sentarse al lado de Selene y le pasó una mano sobre los hombros, mientras con la otra tomaba un fruto de color violáceo del cesto y lo mordía con avidez.

Las hermanas de Selene le observaron con curiosidad.

—¿Vosotros también estáis prometidos? —preguntó Olimpia, frunciendo el ceño —. No sé lo que pensará el Consejo de Arbórea.

—¿Qué pasa, es que tienen que darnos el visto bueno para que podamos estar juntos? —replicó Jacob con acritud—. Es lo que me faltaba por oír.

—No sois dos jóvenes que regresan de una excursión, sino que formáis parte de una importante misión científica —replicó Venecia con mal disimulada hostilidad—. Cuando desembarquemos, millones de ojos estarán pendientes de vosotros. No deberíais mostraros frívolos.

Sin hacer ningún caso de la reprimenda, Jacob mantuvo el brazo sobre los hombros de Selene, quien, a su vez, se estrechó cariñosamente contra el muchacho, en abierto desafío a sus hermanas.

—Esto va a ser más difícil de lo que yo creía —murmuró Martín mirando a Alejandra.

Por toda respuesta, la muchacha señaló hacia Casandra, que aún no había pronunciado una sola palabra después de despertarse. Martín observó detenidamente su gracioso perfil, con la nariz chata y los labios abultados propios de su raza. Los ojos de Casandra permanecían fijos en el horizonte, y reflejaban una alegre expectación. Se preguntó lo que estaría pensando…

Entonces se fijó en lo que ella estaba mirando, y tuvo que ahogar un grito de asombro. Porque allí, frente a la nave, a escasos metros sobre la costa, se alzaban los más fabulosos árboles que había visto en su vida. Árboles altos como rascacielos y anchos como aldeas, llenos de frondosas ramas con escaleras talladas sobre su superficie. Árboles imposibles, cargados de diminutas cabañas arracimadas como frutos entre las hojas. Árboles gigantes por donde iba y venía la gente… Gente que, de vez en cuando, se detenía a contemplar la nave y los saludaba.

—Bienvenidos a El Pireo, la capital marítima de los ictios —dijo Simón sonriendo, mientras la nave enfilaba la entrada de una ancha bahía y dejaba atrás algunos de aquellos árboles inmensos—. Los vuestros os esperan… Sed prudentes, y también generosos. Por encima de todo, sed honestos… Es mucho lo que vuestras familias desean ofreceros, pero también es mucho lo que están dispuestas a exigir.