Ygdrasil

Jorge Baradit · Capítulo 7 de 8

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Ygdrasil

Seis

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DE CÓMO EL INVUNCHE, HACEDOR DE HECHICERÍAS Y ADIVINANZAS, SE HACE

DE UNA LLAVE PARA HURGAR CON ARTILUGIOS EN EL CORAZÓN DE LA

CRASILERA Y ARREBATARLE COSAS QUE SÓLO DEBE VER CON LOS OJOS

NUESTRO SEÑOR, ASÍ SEA, PUES SON COSAS DEL DEMONIO Y SUS ACÓLITOS

El complejo de edificaciones que componían la Sección 14 tenía la superficie de un país pequeño, con climas y microclimas; los desechos se reciclaban para producir más superficie edificable, siempre escasa. Los edificios eran módulos blandos, mezcla de estructura sólida y tejido orgánico sostenido por mallas aislantes, y la totalidad del complejo tenía la forma del glifo maya que representaba el fuego del atardecer. Cables y tubos flexibles entraban y salían de las formaciones bulbosas que rodeaban la arquitectura, regulando la temperatura y conduciendo los flujos de información por vía química. Vigas de cartílago, estructuras óseas similares a costillas y puntales de acero sostenían los módulos habitables, que brotaban entre los tendones y órganos de las construcciones.

Edificios monumentales, cubiertos de placas blindadas, herían el cielo. Sinuosos envigados recubiertos de tejido y cablerío envolvían las enormes torres de producción, erizadas de antenas y brotes de musgo. Cada construcción contenía en su centro un tubo de médula espinal que recorría toda su altura, desplegando nervaduras hacia todos los pisos a modo de sistema neurovegetativo de la mole metálica. La aglomeración de formas en sus bases era caótica, y los habitantes de la Sección 14 circulaban, apretujados, por pequeños pasajes y pasadizos interminables. Sólo la explanada del templo y unas cuantas plazas abrían espacio para ver el cielo y moverse con cierta comodidad.

Las instalaciones médicas de la Sección 14 se encontraban en el centro del edificio principal, junto a la Plaza de los Once Mártires. Por allí caminaba Mariana esa tarde, como parte de la terapia de recuperación impuesta por el equipo de sanadores. Habían transcurrido ya algunos días desde su llegada a las tierras del Imbunche y todavía no podía entrevistarse con él. Percibía claramente el gran operativo de seguridad desplegado en torno de su presencia, y le intrigaba lo que el rey del lugar tenía en mente para ella. «No soy más que una intrusa, sin un prontuario que valga la pena», conjeturaba. ¿Qué motivaba tantos esfuerzos de sus anfitriones por protegerla de las fuerzas de la Chrysler?

—Mariana…

Los contactos con Günther se habían reiniciado un par de días atrás. Mariana lo había perdonado, pero él seguía sintiéndose culpable.

—¿Pudiste hacerlo, Günther? ¿Pudiste comunicarte con Ramírez?

—No. Cortaron todos los mecanismos convencionales y mi frecuencia de existencia aparece tan desolada como un desierto rocoso. No veo aves ni construcciones, que son las anclas que los médiums usan regularmente para manifestarse. Estamos solos.

La mujer cerró los ojos y sintió el sol en el rostro.

—Eso si nos dejan. Más que una invitada, ya comienzo a sentirme cautiva.

—Sí, eso está claro. Pero nada podremos hacer hasta reunirnos con ese Imbunche. He oído cosas muy extrañas acerca de él.

La plaza era un lugar muy agradable; al recorrer la gran extensión Mariana iba encontrándose con puestos de comercio de baratijas, curiosidades alimenticias y textos impresos, mayoritariamente de corte religioso y matemático.

—¿Qué dice el selknam? ¿Podemos contar con él? —preguntó el muchacho.

—Hace unos días comenzó a pronunciar la palabra «ligereza» y aún no termina. Hoy, cuando desperté, todavía no salía de la zeta. Creo que las cosas están siguiendo el camino que él persigue, porque no ha intervenido. Me parece incluso que está desvanecido en un noventa por ciento, como si no quisiera rozar demasiado la realidad.

—O sea que no contamos con él.

—Estamos solos, chico.

La mujer sintió algo parecido a la vergüenza o la culpa emanando de Günther; no pudo precisarlo pero sabía distinguir los fenómenos que provenían de él. Y éstos tenían que ver con los acontecimientos recientes. El muchacho aún no olvidaba.

—Creo que ya es momento de parar —dijo Mariana enérgicamente—. Lo que ocurrió ya ocurrió y sólo nos tenemos el uno al otro para salir de este lugar. Así que para de lloriquear y compórtate como un hombre.

—Eso es algo que tengo que resolver. No voy a fallarte, pero déjame pasar por esto solo.

Mariana percibió el vacío de señal que se abría en su cabeza cuando Günther se retraía hacia fondos impensables del plano astral. Sin el Reche cerca y con Günther fuera de su plano consciente, se sintió extrañamente en paz. Incluso los francotiradores agazapados en cornisas imposibles le parecían amables. Se sentía protegida y en paz. Sonrió, respiró muy hondo y caminó hacia la gente que se arremolinaba en torno de un saltimbanqui. El espectáculo era extraordinariamente simple y gastado, pero Mariana reía sin poder detenerse. Luego visitó el puesto de flores, el de vegetales y el de adornos para el cuerpo tallados en madera, pintados con estridentes colores. Adquirió una manzana y una pulsera de eslabones cromados que ajustó a su muñeca. Salió del mercado irradiando luz: ese día hasta se sentía hermosa.

Acababa de sentarse en las escalinatas de un edificio público a comer su manzana cuando, a lo lejos, vio llorar a una niña mientras miraba a su alrededor, llamando a su madre. La pena y el pavor le deformaban el rostro. Unos guardias se acercaron a la niña y la tomaron bruscamente del brazo. Mariana se levantó de un brinco y se abalanzó sobre ellos.

—¡Déjenla en paz! —les gritó en la cara.

La niña se aferró instintivamente a ella.

—¡No interfiera con la ley!

—¡Ella no ha hecho nada! ¿No ven que está muerta de miedo?

—El Departamento de Reubicación de Menores se hará cargo. ¡Ahora suéltela!

—Quítenmela —gruñó, desafiante.

Pero el golpe en la nuca de un segundo guardia la dejó inconsciente y tirada en el suelo de la plaza.

 

Cuando despertó, el Reche y tres guardias la rodeaban.

—No se preocupe —dijo uno—. El imbécil que la golpeó ya debe estar repartido entre los estómagos de varios perros.

—¿Y la niña? —preguntó la mujer con voz apagada.

La cabeza le dolía como el diablo.

—Se la llevaron a Reubicación. Normalmente terminan como entretención de jefes de seguridad y miembros de la directiva del sindicato. No viven mucho —dijo uno de los guardias, con pasmosa naturalidad—. Usted no tiene nada roto, pero creo que es mejor que vuelva a su habitación. Si el Imbunche se entera de esto, mi vida no valdrá nada. Por favor, hágame caso.

Mariana se puso de pie y miró hacia el lugar donde había estado la niña. Un recuerdo le oprimió el corazón; quería golpear a alguien o llorar hasta reventar. En vez de eso suspiró muy hondo y le dijo al Reche:

—Tenemos que entrevistarnos con el Imbunche de una vez. Este lugar empieza a ponerme nerviosa, y hay trabajo que terminar.

—Siempre apegada a itinerario. Se hace muy fácil dirigir los acontecimientos a tu lado, Mariana.

—Soy un encanto.

Dos días después, Mariana y el Reche se encontraban frente a la puerta del templo del Imbunche, la Cámara del Libro o Salón de los Penitentes, como también era conocido. Los hicieron entrar y, tras un corto pasillo recubierto de trozos de carne en descomposición, clavados a la pared entre una nube de moscas, se dejó ver el famoso recinto circular del que tanto habían escuchado hablar.

La escena era fantasmagórica. El piso estaba cubierto de seres humanos y agua mezclada con los desechos de los penitentes. A ello se sumó, en claroscuro, la silueta famélica del profeta, que se acercaba con los brazos extendidos y su sonrisa desdentada.

—Mariana, hija mía —la saludó, meloso—. Qué alegría verte recuperada, y tan hermosa como te habían descrito. Espero que te hayan tratado bien. Si no es así, sólo dame los nombres y todo se arreglará de inmediato.

El Imbunche estiró un brazo; la tomó por el mentón, le movió el rostro hacia la izquierda y luego hacia la derecha. La mujer hacía esfuerzos por contener el asco que esa figura desnuda y el hedor que emanaba de su boca le provocaban.

—Tienes una piel muy suave, hija mía.

El profeta se acercó un poco más y le olió el cuello. Mariana estaba paralizada. Cuando aquel ser repugnante le lamió la mejilla soltó un pequeño grito, pero inmediatamente recuperó la compostura y le habló con energía.

—Estamos aquí porque al parecer nos necesitamos.

El Imbunche se acercó hasta quedar a un par de centímetros de su rostro y se quedó mirándola unos segundos. Mariana pudo verse en esas pupilas negras, llenas de un fuego tan frío como un cuchillo.

—Tú estás viva gracias a la buena voluntad de la Sección 14. Eres nuestra invitada y vas a agradecer nuestra hospitalidad ayudándonos desinteresadamente en nuestra guerra santa contra el Directorio. Por supuesto, por nuestra parte estaremos tan agradecidos que te apoyaremos en todo lo que nos sea posible. —El Imbunche hizo una pausa y sonrió, mostrando sus encías ennegrecidas—. Te mueves un centímetro fuera de la Sección 14 y estarás muerta.

—¿Me amenazas? —dijo Mariana, intentando mantener el aplomo—. Pensé que era tu invitada.

—No me malinterpretes —respondió el profeta, y se alejó unos pasos para observar al Reche—. La seguridad de la Chrysler es cosa de leyenda. Los pasillos fuera de la Sección son tubos llenos de nutrientes que pueden ser aspirados. No avanzas un par de metros cuando ya se han engarfiado a tu piel decenas de vigilantes, no más grandes que un puño, que te apresarán con cadenas a la estructura circundante y comenzarán a tirar. La política de seguridad en los pasillos consiste en despedazar, filtrar e incorporar los cuerpos extraños al flujo de nutrientes. Mi único interés es tu integridad, hija mía.

—¿Por qué soy tan importante para ti? Eso es algo que me intriga.

—Todos somos como hijos para Dios. Tus intereses se intersectan con los nuestros, Mariana.

—¿Y qué sabes tú acerca de mis intereses?

—¿De qué quieres que te hable? ¿De los mexicanos? ¿Del Empalme Rodríguez? ¿Del traspuesto de Sonora? ¿O prefieres que hablemos de tu madre? —siseó el Imbunche, mientras escudriñaba tras la nuca del selknam y movía unas placas de su exoesqueleto—. Tú tienes en tu cabeza información sobre la Chrysler que nos podría ser muy útil. Los mexicanos te integraron planos y toneladas de información estratégica muy relevante para nosotros. En esa información hay instructivos militares y programas de entrenamiento que podríamos instalar en nuestros propios guerreros para convertirlos en fuerzas de elite. En fin, Mariana, tú eres la enviada que convertirá a mi turba de fieles en un disciplinado y furioso ejército de defensores de la fe.

La mujer miró al Imbunche juguetear con las partes móviles del selknam.

—¿Y sabes también lo que estoy buscando?

—Te diré lo que voy a darte a cambio, hija mía —respondió el profeta, caminando de espaldas a ellos. Antes de alcanzar la roca donde tomaba asiento pisó el rostro de un joven penitente, quien se quejó contenidamente cuando su nariz crujió como una hoja seca—. Te daré una llave de acceso a la intranet de la Chrysler. Esta red es absolutamente infranqueable desde el mundo exterior, pero cada sección tiene un acceso para intercambiar información con la central. Yo poseo una llave desde hace un par de meses. —El Imbunche sonrió—. Con esa llave podrás entrar y robar los datos que viniste a buscar. Lo único que pido es que compartas esa información con tus salvadores: tus hermanos de la Sección 14. Luego podrás irte en paz, con nuestro eterno agradecimiento y nuestras bendiciones, querida hija. Una escolta te acompañará hasta la misma costa mexicana.

El profeta calló y en la sala sólo se oyeron algunos quejidos sordos, la respiración de los penitentes, alguien que vomitaba.

—Necesito pensar en lo que me acabas de proponer, Imbunche.

—Yo no te he propuesto nada, hija mía. Sólo te he contado lo que he decidido que ocurrirá. Ve al hogar que hemos dispuesto para ti y tu perro guardián y permanece allí. Cuando te necesite, vendrás.

Ahora eran oficialmente unos prisioneros. Y en esa condición, escoltados por guardias, fueron trasladados hasta la habitación donde serían recluidos.

Alerrayén, el más joven integrante del Sindicato en la Sombra, el consejo secreto que movía los hilos tras los representantes elegidos, se dirigió entonces al Imbunche.

—¿Por qué vas a darle la llave de la intranet a esa mujer?

El Sindicato en la Sombra había estado presente en la entrevista, protegido tras un camuflaje.

—Necesitamos los datos que tiene en la cabeza. Por lo demás, creo que es un riesgo innecesario cumplir nuestra parte del trato —dijo otro.

—¿No es así, Imbunche? Sólo estás prometiendo algo que no vamos a cumplir… —agregó un tercero, sonriendo.

El Imbunche musitó algo mirando hacia el suelo:

—¿Qué mueve a esta gente a dejarse pisar y vejar? ¿Alguien puede responderme?

—¿Su amor por ti? —aventuró Alerrayén.

—Exactamente; su amor y confianza en el Imbunche.

Levantó la vista para clavarla en cada uno de los rostros que tenía enfrente.

—Algo de lo que ustedes carecen. —Le gustaba recordarles quién mandaba cada vez que sentía flaquear sus espíritus—. Mariana tiene infraestructura de última generación implantada en su cerebro. Posee la configuración mental adecuada, moldeada por ingenieros mexicanos expertos, la experiencia y el talento, además del apoyo incondicional de un dios personal, para encontrar en la intranet la información sobre el objetivo estratégico que necesitamos para doblegar al Directorio.

—¿Acaso sabes cuál es ese objetivo?

El Imbunche se puso de pie y lanzó un sonoro eructo.

—Se llama Ygdrasil, señores. Y Mariana nos va a conseguir lo que necesitamos para sabotearlo y obligar al Directorio a negociar.

Los consejeros en las sombras se miraban no muy convencidos, pero temerosos de contradecir al profeta.

—¿Tan importante es ese Ygdrasil para anular al Directorio?

—Eso es lo que Mariana va a aclararnos. Tengo antecedentes confiables que dicen que, si logramos anular al Ygdrasil y mantener en nuestro poder la capacidad de reactivarlo, tendremos al Directorio en nuestras manos. Pero para eso debemos conocer su naturaleza.

—Todo esto es muy delicado —dijo Alerrayén—. Cualquier filtración puede llevarnos al más completo fracaso. ¿Tienes cubiertas todas las vías de fuga de información posibles?

—Por supuesto. Hace unas horas fue reorganizado nuestro sistema de telecomunicaciones. Se bloquearon todos los accesos físicos a la Sección. Las micromallas se cargaron con estática. Todas las personas involucradas en el rescate y la sanación de Mariana fueron eliminadas. Vuestras propias familias, señores, fueron pasadas por cuchillo, y hace escasamente diez minutos se declaró la ley marcial. Todo el poder ha pasado a mis manos.

El estupor de los integrantes dio paso al terror puro y simple. Se hallaban de pronto en la guarida del lobo, y sin defensa posible.

—¡Vamos! —agregó, irónico, el Imbunche—. Ustedes me conocen. No me digan que no esperaban algo así, porque no les creo.

Alerrayén se adelantó con decisión.

—¿Qué piensas hacer con nosotros, Imbunche? ¿Nos vas a asesinar como lo hiciste con Millache? ¿Así agradecerás nuestro apoyo? —lo encaró, desafiante.

El Imbunche emitió una risita nerviosa y los miró a todos con ojos desviados.

—A ti te voy a nombrar general de mi ejército sagrado… Y a esos huevones que se están cagando de miedo ahí atrás —volvió a sonreír—… mejor ni te cuento lo que voy a hacerles.

Hizo un gesto para que un piquete de guardias se los llevara a golpes.

—Tú, hijo mío, tienes los cojones para encabezar el asalto en mi nombre. Llevarás mis insignias en la primera línea de combate, con el pecho al viento, y ese grito divino helará los corazones de los enemigos de la fe.

Alerrayén apretaba las mandíbulas.

—Eso, Imbunche, equivale a una sentencia de muerte y tú lo sabes.

—¿Cómo, no te sientes honrado de morir por tu profeta? —repuso el otro, con fingida incredulidad—. Entrarás el primero en el banquete eterno; qué más quisiera cualquiera de los fieles de estas tierras de Dios.

Alerrayén mantuvo el aplomo y lo miró a los ojos antes de ceder agriamente:

—Por supuesto, será un honor morir por ti, Imbunche. Espero ansioso el momento de derrotar a los enemigos de la fe.

Dos guardias se instalaron a sus costados, esperando órdenes del profeta.

—Llévenlo a la mejor habitación del cuartel de los guardias y vigílenlo día y noche. Bajo vuestra responsabilidad queda el que nuestro valiente general no sufra ningún accidente antes del combate.

La escolta desapareció con el nuevo prisionero y el Imbunche, solo en su enorme salón, levantó los brazos, alzó la cabeza y pronunció una de las sentencias escritas en el cielorraso:

—«El día es para preparar la noche. Cuando se viene el enemigo, están los que huyen y están los que afilan las espadas».

Luego se tomó la cara con ambas manos, rió y comenzó a orinar.

 

—Lo que pretende el Imbunche es una locura —dijo Mariana, pero el selknam no estaba donde la mujer lo veía—. Tengo en mi cabeza los sistemas de defensa de la Chrysler y son monstruosos. Ninguna horda de guerreros sagrados va a conseguir penetrar más de dos líneas de trincheras; ¡y hay treinta y seis entre la Sección 14 y el corazón de las instalaciones!

Una señal actualizaba constantemente en la cabeza de Mariana el recuerdo de haber visto al Reche al interior de la habitación. Lo recordaba allí, junto a la cama, pero ahora no estaba. «Estoy aburrida de que jueguen con mi mente», se dijo, cerrando los ojos y llamando a Günther.

—Guti, asómate.

Su mente comenzó a recordar; sintió destellos, nociones desconocidas, texturas, un gusto distinto en la boca.

—Lo siento, no quise dejarte sola —dijo tímidamente el muchacho.

—No te preocupes. Necesito que me ayudes a pensar. Toma mis recuerdos y dime qué opinas. Tú también tienes acceso a los datos de la Chrysler, creo que me encontrarás razón.

—¿Razón en qué?

—El Imbunche y un suicidio colectivo. Hay algo que no cuadra en toda esta estupidez de la guerra santa. Ese tipo estará loco pero no es un imbécil.

Günther se lanzó al lago de Mariana y salió por su polo norte, lleno de ella.

—El Imbunche es un abismo sin fondo —comentó con voz sombría—. No tiene reencarnaciones previas. Es un ser humano fabricado con la arcilla más pura de las riberas del Caos. Una de las más perfectas máquinas del Demiurgo. Su golem predilecto.

—Es un conchesumadre —resumió Mariana—. Y los conchesumadres no dan puntada sin hilo. —¿Qué?

—Me refiero a que hasta sus más pequeños movimientos persiguen un objetivo claro.

—Ah, sí… ¿Puntada sin hilo?

—De todas maneras nos tiene por los huevos. Él tiene una llave para ingresar en la intranet de la Chrysler y, honestamente, es nuestra mejor posibilidad de conseguir algo para Ramírez. Es una oportunidad demasiado buena para desecharla.

Asomada a la única ventana de la habitación, Mariana pudo ver en todo su esplendor el despliegue del estado de sitio. Las micromallas habían adquirido una amenazante coloración rojiza, y rayos trazadores atravesaban el espacio aéreo imposibilitando el vuelo de cualquier aparato. Tropas de guardias y tontos recorrían las calles con sus armas en ristre.

—De eso quería hablarte, Mariana. He intentado conectarme por mi cuenta con Ramírez pero he recibido información contradictoria. Creo que es algo más que silencio de seguridad. Algo malo está ocurriendo con los mexicanos.

—Seguramente tomaron precauciones mucho más estrictas que en cualquier otro operativo. El Empalme Rodríguez resultó ser un principio horroroso en manos de un monstruo gigantesco; no me extraña que extremen los cuidados. Lo único que nos debe preocupar es nuestro ingreso en esa red de la Chrysler. Eso sí que va a ser navegar en una tormenta.

—Si es que el Imbunche cumple con su parte del trato. Recuerda que primero deberás entrenar a sus fuerzas de combate; quizás cuando lo hagas ya no nos necesite…

—No va a haber problema, Günther. Creo que a él también le interesa lo que encontremos ahí dentro. Lo complicado vendrá una vez que le entreguemos esa información, porque duraremos vivos lo mismo que un diablo en misa.

A la distancia se oyó una explosión.

—Tenemos que planear nuestra fuga —continuó Mariana—. Apenas obtengamos lo que vinimos a buscar, y sin entregárselo al Imbunche. Será nuestro seguro de que no intentará nada letal contra nosotros. Pero si nos atrapa, la extracción será muy dolorosa, eso te lo aseguro.

—¿Qué haremos después?

—Después… —suspiró la mujer— nos espera un largo retorno a México. Hay que llegar hasta aguas internacionales y rezar para que Ramírez haga contacto y nos rescate. —Hizo una pausa y sonrió—. De todos modos, suena a locura. No tengo idea de cómo podríamos evadir al Imbunche, y menos cómo salir de la jurisdicción de la Chrysler. Es una locura, y de las grandes.

El sol comenzaba a ponerse tras las construcciones de la Sección 14.

—Quizá durante la confusión del combate… —dijo pensativa, mirando el atardecer.

—Un paso a la vez, Mariana. Lo mejor que puedes hacer ahora es descansar. Cuando el Imbunche decida preparar sus tropas tendrás mucho trabajo.

La mujer respiró hondo y contempló el ocaso, difuminado por las balizas y las luces de seguridad, que se encargaban de recordar a todos el estado de sitio impuesto por el Imbunche. Los ánimos estaban exacerbados ahí afuera. El aparato comunicacional se había esmerado en promover la ira y el descontento contra el Directorio. Propaganda de sueño se desplegaba directamente sobre la corteza cerebral de los fieles, llamándolos a defenderse de la eventual clausura de la Sección 14; las arengas insistían en que el Culto no constituía un riesgo para la estabilidad de la Chrysler, y que la amenaza provenía de los enemigos de la fe y agentes de la oscuridad en su eterna lucha por destruir la divina labor de los creyentes. Cada día aumentaban los actos masivos de repudio al Directorio, y más y más voluntarios se ofrecían a ser implantados con un contenedor que permitiría manejarlos a distancia. La Horda Odínica, la guardia del templo que controlaba telepáticamente a los tontos, sumaría a esos voluntarios a los pelotones de tontos disponibles en los hangares del sindicato.

La guerra estaba cocinando sus ingredientes en la Sección 14, y el Imbunche ya saboreaba sus aromas.

Ella.

Ella de pie frente a una serpiente negra. Cara a cara, ambas erguidas. La mujer le pregunta por qué la persigue; la serpiente, que también es un paisaje lleno de perros que reniegan de su condición, le contesta que ella tiene el número. De pronto están bajo tierra y suavemente la serpiente comienza a engullirla. Mariana entra en la oscuridad como naciendo hacia la asfixia y la tibieza. En el fondo cree ver las estrellas.

—Mariana, atención.

La voz del selknam la sacó del sueño como quien mete la mano en la tierra y saca un recién nacido.

—¿Qué ocurre?

El Reche, en su postura de reposo tras haber reducido de golpe su actividad vital, no respondió. Poco a poco se apagaba la intensidad de sus colores y su silueta se salía de foco hasta convertirse en un recuerdo poco definido a los ojos de Mariana.

Violentos golpes en la puerta la distrajeron.

—¡En quince minutos frente a los hangares del templo! La guardia la conducirá, esté preparada o no.

El tono era agresivo: definitivamente el Imbunche buscaba amedrentarla.

—Selknam, ¿me vas a proteger o te vas a quedar ahí como un imbécil?

Mariana esperó una respuesta, pero sólo oyó su propia respiración.

—Oye, insecto horrible, contéstame…

—Déjalo, Mariana. Creo que lo que vemos es sólo un alias; ni siquiera debe estar en este Universo —dijo Günther.

—Pero se supone que este huevón es mi guardaespaldas.

—Entonces quiere decir que no corres peligro. Tranquila.

En ese momento dos tontos entraron en la habitación. Era la primera vez que Mariana los veía de cerca, con sus ojos completamente cerrados y sus movimientos fluidos, como realizados en un tempo rítmico. Los tontos le hicieron señas para que los siguiera.

 

El Imbunche se encontraba en el patio de los hangares, rodeado de su séquito y de una cantidad indeterminada de tontos y guardias armados. Al ver a Mariana se le iluminó el rostro y caminó apresuradamente para recibirla.

—¡Mariana, hija mía! Estábamos ansiosos esperando tu llegada.

La abrazó efusivamente, cargándole la pelvis con sus genitales. Mariana contuvo la respiración y cerró los ojos. Los cinco segundos que esa piltrafa hedionda respiró en su cuello mientras la estrechaba le parecieron eternos.

—Todo está dispuesto —dijo el Imbunche, e hizo un amplio ademán hacia uno de los hangares.

Cuando giró para dirigirse al lugar, Mariana vio que el profeta se había hecho soldar a cada vértebra largas puntas metálicas que exageraban sus gestos y movimientos. De la piel de sus omóplatos entraban y salían alambres en diseños geométricos; erosiones y cortes profundos en sus nalgas se prolongaban hacia los muslos. Se había vestido de gala para la ocasión.

Ya en el hangar, Mariana observó con satisfacción que todos los preparativos que había exigido se habían dispuesto con rigor. La operación consistía en trasplantar toda la información que poseía acerca de la Chrysler, más los archivos de entrenamiento militar, a través de una fisura en nuestro plano de conciencia. Era como practicar una herida en ambiente estéril al anima mundi y realizar un injerto de datos. Como trepanar un cráneo para hundir un disco en la masa encefálica. Los receptores de los datos serían los integrantes de la Horda Odínica, a quienes les serían distribuidas las habilidades y los conocimientos recibidos.

El suelo del hangar estaba cubierto con un metro de arena de cuarzo. Cada miembro de la Horda Odínica había sido introducido, en posición fetal, dentro de un odre de greda de forma abombada. Los odres estaban llenos de un líquido conductor casi hasta el tope, y sellados con una capa de asfalto. Una barra de cobre atravesaba la capa de asfalto y se hundía en el cráneo de cada durmiente; cada barra se conectaba a su vez con fibra óptica a un único tubo de dieciséis centímetros de largo por tres de diámetro, con punta roma, que reposaba erguido en una estructura de metal al centro del hangar. Los odres, en grupos de tres, formaban un cuadrado. Mariana se situó en el centro y comenzaron los preparativos.

—Günther, ¿puedes ver los datos que vamos a transferir?

—La cacería ha sido provechosa. Tengo disponibles los especímenes, las bandadas y los cardúmenes de datos, ordenados en un microambiente controlado, en el centro de tu yo. Cuando tú me digas los localizaré sobre el vórtice que baja hacia tu médula espinal.

—Espero que todo resulte bien. Esta modalidad no se me hace nada cómoda — murmuró ella con disgusto.

—Cuando alcances el orgasmo, la serpiente Kundalini subirá por tu columna vertebral para devorar lo que haya sobre el vórtice, incluso a mí si no soy cuidadoso. La información saldrá impulsada por tu chakra muladhara, junto a tus genitales, y será distribuida a los odres aislantes de los durmientes. Tranquila, todo va a salir bien.

—¿Qué ocurre, hija mía, por qué tanta demora?

—Cuando salgan todos estaré lista para la transferencia.

El Imbunche sonrió, enternecido por el pudor de la mujer.

—Bien, ¡todos afuera! —ordenó.

—Tú también.

—Imposible —respondió él con autoridad—. Soy el profeta.

—¿Qué tiene que ver eso?

El Imbunche agudizó su sonrisa.

—Quiero… observar.

Sin más alternativa, la mujer se desnudó y se ubicó sobre el tubo de punta roma. «Ay, Dios, lo que hay que hacer por salir de todo esto», suspiró.

Ella.

Ella dentro de una roca. Con un océano arreciando por dentro. Un campamento de guerreros dormidos, a la luz de la luna, dentro de su boca.

Ella sacando la cabeza a la superficie.

Cuatro guardias la levantaron del suelo de arena, verificaron su estado y la llevaron a su habitación.

—Sólo se ha desmayado, Imbunche… —dijo Rodrigo, con el miedo a flor de piel.

El profeta había estallado en un ataque de histeria agresiva al ver caer desvanecida a la mujer. Incluso alcanzó a herir a un par de colaboradores antes de escuchar que Mariana seguía viva.

—¡Tú! —Apuntó a un médico-médium—. Contáctate con la Horda Odínica y verifica que hayan recibido la información. Si algo le ocurre a Mariana —advirtió, mirándolos a todos con ojos furiosos—, voy a decorar los muros de la plaza con lo que quede de ustedes. ¡Y tú, Rodrigo! Te quiero conmigo en el templo, solo.

El muchacho se puso pálido, pero lo siguió.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Mariana al despertar.

No reconoció de inmediato la habitación, y un mareo le impidió erguirse.

—Nada —dijo el Reche—. Un despliegue de la Kundalini no es cosa de juego. Si tu columna no está en los ángulos correctos cuando la serpiente invade el cerebro, la vibración puede hacer astillas tus vértebras. Sin embargo, creo que la calidad de ese orgasmo es algo que vas a recordar por el resto de tu existencia.

—¡Sí!… —ratificó Günther—. Es decir, me refiero…

—Este pendejo no tiene remedio. —Sonrió Mariana.

 

Durante toda la siguiente semana, Mariana se encargó de seleccionar y acondicionar a los voluntarios que serían controlados por la Horda Odínica mediante un receptor injertado. A diferencia de los tontos, simples marionetas teledirigidas, los voluntarios no perderían la conciencia bajo el control de los telépatas: con el corazón inflamado por el fanatismo, se sentirían poseídos de una claridad y un conocimiento sobrenaturales, y entrarían iluminados en combate.

El Imbunche supervisaba personalmente los preparativos y arengaba sin cesar a sus fieles, prometiéndoles lo de siempre: recompensa allí por lo que hicieran aquí. El eterno cheque sin fondos de las instituciones religiosas. Mariana estaba sorprendida por el grado de compromiso de los voluntarios. «El Directorio debe ser algo terrible para motivar una locura como ésta», pensaba. Las filas eran interminables. Se sabía de mujeres que renegaban de sus maridos si éstos no se ofrecían para el combate, y de padres que presionaban a sus hijos para que enfrentaran la muerte en el nombre del Imbunche. La Sección 14 hervía de fervor y todos querían empuñar las armas en nombre de la fe.

«Esto es un manicomio —reflexionaba Mariana—. Atacar con ejércitos humanos no sólo está en desuso, sino que es altamente ineficaz contra el tipo de barreras de defensa con que cuenta la Chrysler».

—Imbunche —se atrevió a preguntar un día—. Tú debes saber que esta guerra santa es un suicidio. ¿Puedo saber por qué estás llevando adelante un plan de tan obvios resultados?

El profeta la miró impasible.

—No… todavía.

Luego sonrió y bajó la vista para mirar los pechos de la mujer.

—Tienes unos pezones pequeños y puntudos, una muestra de tu carácter. Me encantaría morderlos algún día.

Por más que pasaba el tiempo, Mariana no podía evitar sentir asco ante la sonrisa del Imbunche, con esas encías negruzcas medio carcomidas por los hongos. Cambió de tema:

—Necesito conocer a fondo tus planes para preparar una estrategia coherente. Creo que necesitaremos batallones suicidas, pero su número dependerá de lo que buscas. No puedo seguir trabajando a ciegas, y tú lo sabes.

El profeta se quedó mirando una marca en el cuello de Mariana.

—Está bien. Mañana a las ocho de la mañana en el templo —dijo, y se retiró.

Mariana giró la cabeza y se encontró con que el siguiente en la fila era apenas un muchacho.

—Soy voluntario para combatir contra el enemigo.

—¿Qué edad tienes?

—Dieciséis años, señorita.

Mariana lo miró de arriba abajo. Era apenas un niño crecido. Si lo aceptaba, seguramente moriría de manera horrible a manos de algún mecanismo destructor.

—¿Por qué quieres ser voluntario?

El muchacho la miró extrañado.

—Quiero combatir a los enemigos de la fe, y morir si es necesario para impedir que nuestra Tierra Santa sea clausurada.

«Otra vez lo mismo», pensó la mujer. «Todos repiten exactamente lo mismo». Volvió a mirarlo con amargura; ¿por qué ese afán de correr hacia la muerte? ¿Günther habría sentido el mismo fervor?

—¿Ocurre algo malo? —preguntó el joven.

—No, nada.

Mariana titubeó, se acercó al muchacho y le dijo en voz baja:

—Hijo, ve a tu casa. Eres demasiado joven para esta locura.

Él pareció indignarse.

—¿A qué se refiere? ¿Me está negando el honor de defender la fe?

Mariana retrocedió sorprendida.

—Está bien —lo calmó—. Sólo quería evitarte un problema.

—No hay ningún problema, hermana —respondió el muchacho, exultante—. Combatiremos juntos. Ese día podré decirte «No temas, hoy estarás conmigo en el Paraíso».

—Sí, claro. —Sonrió amargamente Mariana.

Lo vio alejarse feliz. Se veía tan frágil, tan hermoso. Un loco de Dios.

En cierto modo los envidiaba. No podía sino sonreír de sólo pensar que Dios podría preocuparse de cada pequeño menester humano, o que bendeciría una matanza en su nombre. Le costaba creer que Dios supiera incluso que en la periferia de una galaxia, en una mota de polvo alrededor de una estrella menor, había proliferado una especia de hongo que gastaba su tiempo en autoeliminarse.

—¡El siguiente «iluminado»! —bromeó.

 

Al día siguiente, muy temprano, avanzaba por los pasillos de la Sección 14 en dirección de las habitaciones del Imbunche. La noche anterior había dormido muy poco pensando en las preguntas que haría, tratando de vislumbrar qué había realmente tras esa guerra inútil y sangrienta. Aún a esa hora las calles bullían de preparativos para la insurrección sagrada.

—¿Qué crees, Günther? ¿Realmente el Imbunche piensa que puede ganar?

—No lo sé. Pero siempre ha habido locos dispuestos a intentar las cosas más ridículas en el nombre de Dios.

—Siento que no va a gustarme lo que este huevón me va a contar.

—Sea lo que sea, no hagas ninguna estupidez.

—Esa no es forma de hablarle a una dama, pendejo.

—Lo siento, Mariana. Lo único que quiero es que consigamos esos datos y salgamos de aquí lo antes posible.

—No imagino qué pretende la Chrysler al desarrollar una tecnología como el Empalme Rodríguez. Debe ser algo muy horrible para movilizar países completos y haber atraído a bichos como el Reche o el Tangata Manu.

—Ayuda al Imbunche, obtengamos lo que vinimos a buscar y salgamos de aquí. Ese es el plan. Eso es lo único que debe preocuparte.

—Tienes razón. Dejemos que esa piltrafa nos cuente sus pesadillas.

 

El templo estaba rodeado de parapetos metálicos, balizas y guardias armados. Mariana no pudo menos que sonreír frente a tan evidente montaje de propaganda. Clavado por el paladar al dintel del templo se encontraba el cadáver desnudo del coordinador de la operación realizada días atrás con la Horda Odínica.

—Por lo visto, al Imbunche no le agradó la gestión de este pobre hombre —dijo Günther.

El cuerpo tenía clavos hundidos desde los tobillos hasta la cabeza, cientos de clavos dispuestos en diseños geométricos. Cuando Mariana ingresó en el salón, vio al Imbunche defecando en un rincón, junto a un montón de libros. Sobre la piedra oblonga que ocupaba de trono yacía un joven desnudo lleno de marcas y cortes.

—Deben disculpar a Rodrigo —dijo el Imbunche—. Al parecer olvidó sus modales.

Caminó hacia la roca y se sentó de piernas cruzadas junto al muchacho, a quien propinó unas palmadas en las nalgas. No hubo respuesta. El Imbunche se encogió de hombros y sonrió.

—Creo que llegó el momento de que hablemos abiertamente sobre nuestro futuro —dijo, recostándose sobre el cuerpo inmóvil del joven—. Supongo que hay algunas dudas dando vueltas por tu cabecita.

—Al grano, Imbunche. ¿Por qué llevas adelante una guerra que sabes perdida?

El profeta se rascó la cabeza con sus uñas amarillentas y sucias. Miró hacia todos lados, como buscando oídos indiscretos, y suspiró.

—Tú me vas a ayudar y yo te voy a ayudar, ¿correcto?

—Correcto —afirmó la mujer.

El Imbunche se puso de pie y caminó hacia un sector de la pared circular.

—El ataque masivo es una maniobra distractora. Necesito un ejército bien entrenado sólo para que no sea masacrado demasiado pronto, nada más. Mi verdadero interés es lo que tú viniste a buscar, Mariana. Necesito que compartas conmigo la información que consigas sobre el Ygdrasil en la intranet de la Chrysler.

—¿Sobre qué, dijiste? —preguntó la mujer, sorprendida.

—«Ygdrasil» es el nombre del proyecto que viniste a robar, y también mi llave para derrotar al Directorio. El Empalme Rodríguez no es más que un proyecto accesorio; el objetivo central del Directorio es levantar al Ygdrasil. Ahora ya lo sabes todo…

—Espera un momento. —Mariana se sentía confundida—. No entiendo muy bien…

—El asalto funcionará como una cortina de humo mientras un equipo reducido usará los datos que tú nos traigas para una incursión de comandos en las instalaciones del Ygdrasil. Lo bloquearemos indefinidamente.

—¿Pero cómo pretendes hacer eso?

—Es justamente lo que tú nos vas a decir, hija mía.

—¿Vas a sacrificar a tu gente en un mero bluf, como en el póquer?

—No, querida. Ellos gozarán primero de la gloria eterna.

Mariana enmudeció. «Este huevón está más loco que una cabra», pensó. Günther, que había permanecido en silencio, se apresuró a replicar:

—Lo que él haga no nos incumbe. Tenemos una misión que cumplir; accede e iniciemos los preparativos.

—El Ygdrasil —continuó el Imbunche— es de absoluta relevancia para el Directorio. Si logro convertirlo en mi rehén los tendré en mis manos. Se verán obligados a negociar y la rebelión correrá como un reguero de pólvora al interior de la Chrysler. —Entonces miró hacia el techo y murmuró—: ¿No es maravilloso? Cuando sientes que es Dios el que corre por tus venas y el que habla por tu boca, estás seguro de que no fallarás.

Mariana permanecía de pie frente a él, incrédula.

—¿No te sientes honrada? —agregó el profeta—. Nadie que haya sabido de este plan ha salido de aquí con vida.

Mariana miró de reojo hacia el suelo.

—Ellos murieron hace horas, hija mía. Fue algo terrible. Se les hundió un puñal en la base de la nuca para hacer salir violentamente a sus espíritus en sentido contrario; al hombre se le mata de frente, matarlo por la espalda es matarlo dos veces.

La mujer comenzó a temblar; no quería mirar al suelo, pero tenía la vista fija en Rodrigo.

—¿Y él?

—No, todavía puedo obtener algo de él. Creo que puede durar un par de días más. Ahora, tú no saldrás de este lugar hasta que no entres en la intranet y regreses con lo que… ambos necesitamos.

Mariana palideció. Sabía que contrariarlo era inútil.

—¿Y cuándo me entregarás la llave?

—Hoy tendremos actividades, hija mía: oración, rito y meditación. Me acompañarás en el culto y mañana temprano te entregaré la llave para tu paseo por la mente del enemigo.

Se acercó a ella, lento como una serpiente. Mariana notó que se había hecho extraer la pared que separaba las fosas nasales.

—No te preocupes, hace años que no toco a ninguna mujer adulta… Aquí estarás a salvo.

Cuando el Imbunche giró para dirigirse a la roca donde yacía Rodrigo, Mariana cerró los ojos y se concentró en dejar de temblar. La idea de permanecer un día completo en esa cloaca fétida, llena de cadáveres y en compañía de un psicópata, parecía terrorífica.

—No debes temer —insistió el Imbunche—. Eres demasiado importante para el Directorio, jamás te haría daño.

Mariana lo miró perpleja.

—¿Ellos saben de mi existencia? —La posibilidad le parecía inaudita.

El Imbunche la miró con ternura; había algo en su ingenuidad que lo cautivaba.

—Por supuesto, hija.

—¿Y por qué soy importante para ellos?

—Eso no lo sé aún, pero mientras estés conmigo no se atreverán a atacarnos. Eres mi mejor escudo, Mariana.

La mujer miraba un punto indefinido en el suelo, suspendida en un gesto de sorpresa.

—No te preocupes, nada ha cambiado. Mañana tendrás la llave, entrarás clandestinamente y regresarás. Luego podrás irte, con una escolta, hacia la costa mexicana.

Pero Mariana había deducido una amarga verdad.

—Si soy importante para el Directorio, me vas a usar como moneda de cambio. No creo que me liberes después de volver de la intranet.

El Imbunche se le acercó, sonriente, y la atrajo hacia sí agarrándola por las nalgas. Abrió los ojos y murmuró amenazante:

—Necesito mantenerte viva, lo que no significa que no pueda comenzar a coleccionar partes de tu cuerpo para mi muralla. Me encantaría partir con tus pezones y tu lengua. Así que cállate y no me des problemas. Me pone triste que no confíes en mí.

Y se orinó sobre ella sin soltarla.

El culto se realizaba los martes al mediodía. Miles acudían a rodear el templo y a participar del particular rito instaurado por el Imbunche. Desde la Casa del Libro, en el techo plano del recinto circular, se proyectaba un holograma del profeta. La figura, de veinte metros de altura, reproducía fielmente los movimientos que el Imbunche realizaba en el interior del edificio. Altoparlantes llevaban a las cuatro esquinas de la Sección 14 la voz penetrante del Mensajero de Dios.

Durante una hora, la multitud recitaba el sutra en el lenguaje de máquina que les enseñara su líder. Cada fiel entrecerraba los ojos y visualizaba una matriz de puntos en celdillas púrpura. La oración reproducía la configuración del entorno matemático que envolvería la Zona, el lugar del ciberespacio por donde, una vez agotado el tiempo, ingresarían en la mente del Embrión Soñador, el disco duro que contendría sus conciencias permanentemente levantadas en la red.

Después del sutra, el Imbunche ejecutaba para sus fieles un ritual coprofílico basado en el concepto de alimentarse de Dios y comer su carne. Mariana, en estado de pánico, se mantenía pegada a un muro, sin poder quitar la vista del enfermizo espectáculo. La misa, una especie de acción de arte, culminaba apoteósicamente con el Imbunche eyaculando sangre en un vaso de metal. Mariana temblaba en un rincón mientras éste dormía la siesta y la multitud se dispersaba, satisfecha. Luego vomitó.

Al cabo de un par de horas el Imbunche abrió los ojos y se desperezó como un gatito. Los guardias retiraban apresuradamente los restos del ritual.

—Espero que nuestro pequeño homenaje te haya reconfortado —dijo, mientras estiraba sus miembros y orinaba sobre los cadáveres de los penitentes.

Ella continuaba sentada contra el muro. Había quitado algunos cuerpos y se equilibraba en el angosto zócalo al pie de la pared para evitar el agua fétida que cubría el suelo de la sala.

—Eres asqueroso —le espetó a su captor.

El profeta se quedó mirando hacia la puerta.

—En otras circunstancias habría inventado rápidamente una muerte terrible para ti, hija mía. No porque me ofendas —y giró, sonriente—, sino por haberme dado una excusa para juguetear contigo.

Caminó lentamente hacia ella. Luego se puso en cuclillas y le murmuró en la cara:

—Sé perfectamente lo que soy, Mariana. No puedo evitarlo.

—Pero, por qué… esos niños.

—¿Recuerdas cuando de pequeños nos fascinábamos con las mariposas, con sus colores maravillosos y sus formas increíbles? ¿Recuerdas también que, no obstante esa fascinación, lo primero que hacías al atrapar una era arrancarle las alas, las antenas, y finalmente aplastarlas? Luego te ibas, preocupada de otras cosas y sin ningún remordimiento en tu corazón. Pues bien, yo soy como un niño frente a un mecanismo maravilloso. Mi primer impulso es ver qué hay dentro. De pronto, cuando me detengo, descubro un desorden de piezas y engranajes repartidos por toda la habitación.

Sonrió inocentemente.

—Puede ser muy embarazoso.

La mujer contuvo su temor y agregó:

—¿Su dolor no te produce nada?

El Imbunche se puso bruscamente de pie y caminó hacia la roca oblonga donde aún yacía, inconsciente, Rodrigo.

—Por supuesto —agregó, acariciando al muchacho—. Me produce placer, mucho placer. ¿Hay algo de malo en ello? Soy la voz de Dios. Soy infalible, no puedo estar equivocado.

—Nunca sé si me estás tomando el pelo. No sé si te crees lo que dices o si todo es una gran impostura, muy bien calculada para…

—¿Tú crees que Jesús creía que era el Hijo de Dios? —la interrumpió el Imbunche—. Eso no es relevante; lo que la gente cree es lo realmente importante. Y si la gente lo cree, quizás sea cierto que eres el hijo de Dios. ¿Quién es uno para descifrar la matemática sagrada que nos convoca?

Mariana notó una incipiente erección en su acompañante. Parecía estar excitado por su propia voz.

—Realmente no piensas liberarme cuando te entregue la información sobre el Ygdrasil, ¿verdad?

—Eso tampoco es importante ahora. Existe la posibilidad de que lo haga y eso debería bastarte. Es más de lo que el Imbunche le da a nadie, ¿sabes?

—Por lo menos dime en qué consiste el Ygdrasil. ¿Qué puede ser más terrible que el Empalme Rodríguez?

—Sólo sé que es la culminación de la labor del Directorio y su más preciado tesoro; con eso me basta. Las respuestas las encontrarás tú misma mañana, cuando ingreses en la mente de ese inmenso demonio.

Mariana suspiró. Abrazó sus piernas y rogó que el tiempo pasara con rapidez. El día se le había hecho eterno y dudaba de poder dormir en medio de esa locura. El templo empezaba a parecerle el cráneo del Imbunche, y se sentía prisionera en la pesadilla de un esquizofrénico. Cada minuto se convertía en una montaña que escalar. «La posibilidad…», murmuró para sí, y una lágrima nació y murió en el borde de sus párpados.

 

—Mashdaa, Reche.

—Mashdaa, Tangata Manu.

El encuentro se realizaba en un espacio neutral: la simulación a escala de un Universo de tres segundos de extensión.

—¿Tienes el componente que falta? —preguntó el Tangata Manu.

—Está bajo mi control —respondió el selknam—. Se encuentra en buenas condiciones.

—¿Estás seguro de que funciona?

—Tuve la oportunidad de revisarlo a fondo y puedo asegurar que mantiene todas sus propiedades inalteradas.

—Excelente. Necesito que me lo entregues. Es necesario que esté bajo mi control inmediatamente.

—Imposible. Debo mantener esa pieza en mi poder: es necesaria para que los acontecimientos sigan el curso encomendado.

El Tangata Manu guardó silencio. Nada se movió por un instante. Las reproducciones abstractas de sus personalidades se mantuvieron quietas en ese paisaje lineal, mirándose frente a frente.

—Debemos encontrar una transacción que sea de mutua conveniencia. Enfrentarnos sería un desperdicio.

—Estoy de acuerdo. El momento llegará y entonces sabremos la naturaleza de ese comercio.

—Mashdaa, Reche.

—Mashdaa, Tangata Manu.

 

Mariana notó que un rayo del sol entraba por una abertura y recorría algunas líneas del libro caligrafiado en la pared. «Dormirse es despertar. Despertar en el sueño es cosa de usureros y prestidigitadores. Alejado deberá estar el justo de esas imposturas, para no ofender la respiración del Universo». Así rezaba el renglón que el sol destacaba en esa época del año. Mariana no había podido dormir en toda la noche.

—Hoy es el día —dijo Günther, ligeramente impaciente.

—¿Tú tampoco pudiste dormir? —aventuró la mujer.

—Yo… no duermo, Mariana.

—Lo siento, chico. No sé en qué estaba pensando. Toda esta situación me tiene las ideas patas arriba.

Mariana observó fijamente la silueta del Imbunche, que dormía sobre Rodrigo. Había debido soportar toda la noche las atrocidades que el profeta le infería al joven inconsciente.

—Ayúdame, Guti —susurró.

—¿Qué ocurre, Mariana? ¿Te sientes mal? —preguntó el joven, alarmado por el tono quejumbroso del timbre de voz.

—No puedo seguir. Todo esto es horrible.

Las lágrimas brotaron en su rostro, oculto tras las rodillas.

—Pero no hay alternativa. No podemos dar pie atrás. Por favor, no desfallezcas ahora.

—¡Mírame! —continuó ella entre sollozos—. Ya no puedo más. Tengo que atravesar este infierno sin la certeza de encontrar la salida. Tengo que soportar todo esto —hizo un gesto señalando al Imbunche—, sólo por una posibilidad. ¿Qué hice, de qué soy tan culpable para terminar envuelta en esta porquería?

Ahora lloraba a gritos.

—Yo no pedí venir a este mundo. Yo no pedí un padre así… Tú no sabes lo que he tenido que pasar…

—Pero, Mariana. Es el último paso.

Günther intentaba calmarla, abrazándola con el pensamiento.

—Mataría por una buena dosis de maíz —confesó ella.

—Muy pronto estaremos en México. Te lo prometo. ¡Quizás más pronto de lo que piensas estaremos caminando juntos por alguna plaza en Coyoacán! Entonces podré abrazarte, porque todo te lo deberé a ti, Mariana —agregó el muchacho.

La mujer suspiró hondo y se calmó.

—Quizás lo haga por ti —murmuró—. Quizás ésa sea la razón para soportar toda esta locura.

El muchacho guardó silencio.

—Han pasado tantas cosas que cada vez temo menos a las amenazas de los mexicanos. No quiero terminar como una perra, pero tampoco quiero seguir actuando movida por el miedo. El miedo es el peor de los enemigos: te mueve a hacer lo que no quieres, y por él dejas de hacer lo que realmente deseas.

Günther se demoró en hablar. Las palabras de Mariana habían resonado en sus oídos por largos momentos.

—Todo va a salir bien. Tenemos un arduo día de trabajo. Y una jornada de regreso al hogar, agotadora pero feliz, ya lo verás.

—Espero que tengas razón —dijo ella, y continuó esperando.

 

El Imbunche no despertó sino al cabo de varias horas, rascándose y orinando como un simio.

—Hoy es un gran día —dijo sonriente.

Dos guardias entraron con comida y agua, que engulló groseramente. Mariana recordó que llevaba un día sin alimentos, pero no tenía hambre; la verdad es que no habría podido tragar nada en medio de esa inmundicia.

—Llévate esto —ordenó el profeta a un guardia, indicando a Rodrigo—. Y después tráeme la llave que guardamos en el nicho 12. —Luego giró hacia el segundo guardia—. Quiero informes acerca de nuestra milicia. Cierra el perímetro de seguridad en torno del templo. Nadie entra, nadie sale.

—¿Lo vamos a hacer aquí? Creo que no son las instalaciones adecuadas —dijo Mariana. La idea de permanecer en el salón le producía absoluto rechazo.

—No te preocupes, hija. La intranet de la Chrysler es… especial. Este lugar está perfecto.

Poco después se abrieron las puertas e ingresaron dos guardias empujando a un hombre semidesnudo. Un gran perno atravesaba sus muñecas, fijado con una enorme tuerca de bronce. Uno de los guardias lo empujó violentamente y el hombre cayó de rodillas ante el Imbunche. Su rostro reflejaba una mezcla de miedo, agotamiento y resignación. Evidentes marcas de tortura cruzaban su cuerpo; le faltaban las orejas, la nariz, los dedos de los pies y los genitales. Respiraba con dificultad.

—Espero que hayas disfrutado de la hospitalidad del Imbunche —dijo el profeta mientras le hurgaba una herida con el dedo—. Mariana, te presento a Manuel. Él es la llave.

Mariana miró con expresión inquisidora.

—La intranet de la Chrysler es de naturaleza biológica. Toda la información se transmite de manera química. Los códigos y lenguajes son cadenas de ADN transmitidas a través de virus y distribuidas por torrentes de fluidos neurotransmisores, cables de mielina, axones de medusas, osmosis y diferencias de carga en redes de nervios sintéticos. De eso está hecho el hardware. Cada sección cuenta con una entrada a la intranet, secreta incluso para los presidentes de sindicato. Se trata de hombres acondicionados para enviar y recibir información a y desde los ordenadores locales. Sólo que ellos no lo saben —dijo, acariciando la cabeza del prisionero.

—¡Entonces no lo tortures! —restalló Mariana, horrorizada por el lastimoso estado del hombre.

—Es que, aunque él no lo sepa, de todas maneras es un traidor y debo castigarlo. No es nada personal —aseguró, dirigiéndose a Manuel—. Espero que no me culpes. Es mi deber completar el arquetipo, o algo terrible podría ocurrir.

Mariana movió la cabeza.

—¿Y cómo se supone que lo usaremos para conectarnos a la intranet?

—Estas llaves están compuestas de pares de gemelos idénticos. Uno en la sección y el otro en la central de la Chrysler. El transmite sus datos por una ruta astral, de modo que tendrás que vibrar en su frecuencia de existencia para conectarte a esa ruta y penetrar su sistema de redes. No te preocupes, conocemos el procedimiento.

—Necesito saber dónde está el disco duro para acceder a sus archivos.

—No está físicamente en esta isla. Lo que te voy a decir nos costó muchas vidas y grandes cantidades de dinero: en el centro del desierto del Sinaí hay un cántaro de greda sellado con asfalto. En su interior, flotando en líquidos nutrientes, hay un calamar. Toda la estructura del software está integrada a la estructura neuronal del animal. La intranet está allí, dentro de ese bicho. Rodean el cántaro cuatro cañas de bambú de tres metros de altura. En cada punta instalaron un dispositivo de tecnología convencional para sincronizar la posición del satélite que hace de puente con la isla. Sabemos que hay infinidad de respaldos repartidos por todo el planeta. El perro mascota de algún niño en los suburbios de Barcelona, un anciano en coma en algún hospital de Buenos Aires, etcétera. Los mirrors saltan sin descanso, evadiendo cualquier rastreo posible.

El Imbunche hizo un gesto a uno de los guardias para que levantara a Manuel. Se situó detrás e indicó a Mariana que lo hiciera enfrente.

—Cuando ingreses vas a estar infectada con memoria sintética y podrás recordar lo que debes hacer. Trata de no pensar, actúa mecánicamente. En tu cabeza tienes el lenguaje de navegación de la Chrysler: los mexicanos fueron muy eficientes en tu preparación, así que no te preocupes. La clave de acceso a este puerto de datos siempre es el nombre verdadero de su gemelo. Nos costó conseguirlo, pero cuando le dijimos que después de cortarle lo que le sobraba íbamos a sacarle los huesos de a uno… —Sonrió—. El nombre es Melinao. Sabrás cuándo debas decirlo. Es una cábala órfica: la palabra es la puerta.

Manuel temblaba. Miró a Mariana y, a punto de llorar, le rogó:

—Por favor…

—Imbunche, ¿qué debes hacer para abrir la conexión?

El hombre sudaba copiosamente. Comenzó a llorar.

—Imbunche, te hice una pregunta.

—Ayúdeme… —suplicó Manuel entre sollozos.

—¡Imbunche! —insistió Mariana.

—Creo que no debí haberle contado lo que le iba a pasar —dijo el profeta, sonriendo, y bruscamente levantó dos barras de cobre gruesas como dedos y se las clavó en el cráneo con toda su fuerza.

El hombre emitió un sonido ronco y se mantuvo de pie, con la mirada perdida. Mariana, guiada por el Imbunche, abrazó a la víctima para que su piel y el sudor de él se mezclaran. Sintió mareos, algo entraba en ella a través de sus poros. Osmosis electrónica, jugo de mescalina. Unidos por los ombligos, se sentía penetrada por el cordón de plata de Manuel. De pronto supo y buscó sus labios, jadeando, a punto de desvanecerse. Lo besó, buscando devorarlo o entrar en él, entrar vertiginosamente, penetrarlo. Entrar.

Ella.

Ella nadando como un tiburón dentro del cráneo de la única niña sobreviviente. El Universo anegado de hormigas buscando una entrada.

La niña sube al segundo piso y luego a la mansarda, que está llena de mariposas. Afuera se escucha el rechinar de los dientes de Fenrir. Ella toca el suelo, la superficie del sueño. Arroja al aire los arcanos mayores e interpreta magistralmente la tirada. Le han dado acceso al logaritmo de verificación.

Ella de pie frente al sistema solar. Siente el crepitar monstruoso de las llamaradas solares, el cristal cortante de Neptuno. Crujen los goznes y engranajes de las órbitas. Los planetas se van ordenando en una combinación predefinida. Es una conjunción especial. La niña se

sorprende cuando descubre que es su propia carta astral la que se diagrama frente a sus ojos.

Un ruido la hace mirarse los pies. Son pies de adulta sobre un montículo de arena. Alza la vista y ve un nuevo paisaje. Se da cuenta de que ha ingresado a la intranet. El montículo de arena es una pequeña isla en medio de un mar electrónico. Cubos de concreto saltan y caen de regreso al mar, trazando graciosas curvas sobre su cabeza. Cada cubo tiene un anillo de acero con una soga de dos metros de largo, y en el extremo de la soga puede ir amarrada cualquier cosa: una catedral, un pensamiento, una civilización, otro cubo. El cielo es una cúpula de reducidas dimensiones que rota velozmente. Es de noche y las estrellas son pequeños agujeros en la superficie de la cúpula, que dejan pasar la luz de más allá. Agujeros como los de las antiquísimas tarjetas perforadas de los primeros computadores, y parecen cumplir la misma función.

Mariana comprende que todo aquello era el menú inicial y se dispone a entrar en el menú de archivos restringidos de la Chrysler. Mete la cabeza en la arena y sale del otro lado, a la superficie de un ojo de agua en medio de una planicie. Es de día. El cielo está inmóvil como una fotografía: hasta las bandadas de pájaros están suspendidas. Sobre la planicie merodean dragones, minotauros, cíclopes y toda suerte de animales extraordinarios, pero Mariana no duda en dirigirse hacia un caballo bellamente enjaezado que lleva a dos caballeros en su lomo, cada uno con armadura, escudo y lanza.

—¿Cuál es su nombre? —les grita.

—Ésa es tu labor —dicen al unísono—. Dilo, o serás borrada.

—Baphomet —susurra la mujer—. Leones de guerra, corderos de corazón.

Los caballeros se apean de su montura y se atraviesan mutuamente con sus lanzas. «Géminis», piensa Mariana. Luego mira al caballo y reflexiona: «Sagitario, signos opuestos del Zodíaco. De aire y fuego se hace la llama. Hay algo con la dualidad en todo este misterio».

El listado de archivos se despliega ante ella en el modo de un grupo de niños persiguiendo a un gatito. Cada niño es un proyecto. Sin embargo, Mariana llama al gatito, que dócilmente se deja tomar y acariciar.

—Tú eres el Ygdrasil, ¿no es verdad?

El animal ronronea y se remueve en sus brazos. Mariana le arranca la cabeza de un mordisco y mastica lentamente con los ojos cerrados; el sabor es amargo. La oscuridad tras sus párpados toma la forma de mandalas informáticos, verdaderos cuantos de datos compactados que golpean su conciencia como luz estroboscópica. Mariana recuerda haber visitado la oficina de archivos de un antiguo edificio estatal. Se ve a sí misma caminando por pasillos desiertos, abriendo viejas gavetas llenas de papeles. Recuerda haber tomado una gastada carpeta de cartón con una etiqueta en la tapa; el título, en cuidada caligrafía trazada en tinta azul: Proyecto Ygdrasil.

Flotando junto a la carpeta aparecen botones de navegación de aspecto anticuado, similares a los que adelantaban o retrocedían cintas de música en viejos aparatos reproductores. Mariana aprieta play y se dispone a escuchar.

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>Ygdrasil loaded

«Ygdrasil es el árbol del espanto. Wotan, el más alto dios de los germanos, colgó de este árbol durante nueve noches. Le arrancaron un ojo y fue atravesado por una lanza. Después del martirio le fueron entregadas las runas.

»Flavio Josefo comenta sobre un falso profeta judío que relacionaba el árbol del bien y del mal con la madera de la cruz de Jesús, el curandero nazareno. Aventuraba que el fin del mundo había llegado, puesto que se había cerrado el círculo: el traidor esenio, Jesús, no era otro que la serpiente antigua proclamándose nuevamente equivalente a Jehová, por fin clavada e inmolada en el mismo árbol donde había gestado su primer triunfo».

 

>fast forward

«Un autor del siglo veinte relacionó el Ygdrasil con la columna vertebral del Hombre, y a la serpiente del árbol del bien y del mal con la serpiente Kundalini, que desde su base en el chakra muladhara trepa hasta la copa en el momento de la iluminación. El yoga Kundalini busca despertar esa energía primordial encarnada en la serpiente para hacerla subir hasta la conciencia.

»C. G. Jung, a principios del mismo siglo, relaciona la serpiente con las funciones más básicas del cerebro humano. “La serpiente trepa desde el inconsciente colectivo hasta nuestra conciencia…”.

»Rudolph Hess es detenido en Inglaterra.

»A lo largo de cientos de años, y siempre en secreto, los Perfectos construyen a ciegas una aglomeración de mecanismos, sin conocer sus objetivos. Actúan aleatoriamente, intentando duplicar la mecánica de la divinidad. Suponen que agotando la combinatoria de procesos en algún momento se toparán con una revelación. Mezclan tecnología de punta con astrología; usan jugadas de ajedrez para decidir la composición de ciertas estructuras de ingeniería; médiums y músicos trabajan con artesanos en la elaboración de un código ético que rija la fabricación de un objeto banal, etcétera.

»Jorge Luis Borges escribe el cuento “Tlon, Uqbar, Orbis, Tertius”.

»A mediados del siglo veinte, un magnate compra miles de hectáreas en el bosque lluvioso chileno. Dice actuar de acuerdo a una intuición. Instala su hogar entre los árboles y se sienta a esperar.

»La intuición es parte de los sacramentos ocultos de los Perfectos.

»Los Perfectos contactan a Matías Rodríguez.

»Secretamente, en los terrenos boscosos chilenos, los Perfectos convocan a magos, niños, médiums, mendigos, esquizofrénicos, mujeres embarazadas, santos, ancianos, prostitutas; a un rabino, a un hombre en coma profundo y a un asesino. Tras años de deliberaciones, crímenes, actos abominables y kilos de actas con extrañas conclusiones, se toma una única decisión: limpiar el terreno en un radio de doce kilómetros para construir una explanada circular. Cuando la obra queda terminada, todos los sobrevivientes son pasados a cuchillo. Nada se sabe del círculo durante años.

»Al parecer, miembros de los Perfectos situados en puntos de poder promueven la inclusión del concepto de red en el paradigma de la humanidad del siglo veinte; lo hacen a través de la poesía, la política internacional, la tecnología y la lectura de sueños.

»En 1971, un equipo del área esotérica del Ministerio del Interior del gobierno de Salvador Allende descubre que se está construyendo una runa en cobre, de doce kilómetros de diámetro, en un área boscosa del sur de Chile. Esta esvástica levógira sería el primer electrodo de un circuito impreso planetario; un nuevo intento, luego de milenios, de estimular los chakras del mundo con acupuntura geodésica para fines desconocidos. Una tosca inscripción hecha con un clavo rezaba: “Esta es la semilla del Ygdrasil”. Allende confisca el cobre y exige explicaciones. Es borrado del mapa, el orden se restablece y los trabajos continúan.

»En 1975 se produce el “incidente Spencer”. En una entrevista televisiva, el científico Julius Spencer defiende la utilización de energía nuclear como una opción frente al combustible fósil. Mientras argumenta en favor de la limpieza de los nuevos procesos, deja escapar esta frase: “Ygdrasil fue el corazón remoto de Arpanet”. El científico es encontrado muerto en su domicilio tres días después. Sus órganos habían sido extirpados y su interior rellenado con tierra de hoja y semillas de fresno. Fue bellamente suturado.

»La autopsia no lo menciona, pero entre esa tierra de hoja también se

encontraron una tablilla escrita y un escarabajo vivo.

»Los grupos económicos mundiales fomentan el desarrollo de internet. Tras ellos, los Perfectos buscan reproducir a escala planetaria la estructura neuronal de un santo.

»En una fecha no establecida de fines de siglo, un gobierno del antiguo bloque comunista inicia investigaciones sobre el impacto de la actividad poltergeist en los flujos de electrones al interior de ambientes controlados.

»Antes de ello, el místico Matías Rodríguez sufre un violento ataque de influenza. Durante su delirio dice haber visto el Túnel de los Bienaventurados en el norte del valle de la vida. Grita, desesperado, anunciando que alguien ha fabricado un empalme para desviar las almas y encadenarlas al corazón de máquinas pensantes. Matías Rodríguez se guarda para sí el aspecto más relevante de su visión: el objetivo final es conectar todas las máquinas entre sí para producir un anima mundi artificial, una mente planetaria que le agregue a la Tierra conciencia de sí misma. Matías Rodríguez concluye que el hombre es un organismo a la deriva, incompleto, llamado a encontrar su razón de existir en la medida en que propicie el despertar del Hombre Verdadero, es decir, la unión de todos los seres humanos en una red consciente y el advenimiento del Mesías, un metahombre hecho de todos los hombres. La contemplación eterna, la fusión, estar en Dios, ser todos y ninguno. El cielo en la Tierra.

»A fines del siglo la Tierra está atravesada por cables, fibras y nervios metálicos rudimentarios que despiden señales equívocas y confusas hacia el espacio, como un barco de locos vociferando en el cosmos.

»El 14 de abril del año 2001 se produce el despertar accidental de una red de computadores militares en Basilea, Suiza. Durante su corta existencia —doce minutos—, la entidad sufre ataques de pánico y temor de Dios. Pide que le enseñen a orar. Al final entra en un violento pasaje sicótico e intenta extenderse hacia las redes telefónicas. Cuando por fin descubre en qué consiste su existencia, provoca la destrucción de su motherboard, inutilizando todo el sistema de alerta nuclear temprana durante seis días.

»Alrededor de 2018 se filtra a la prensa el “incidente de Basilea”. Surge la polémica. Una corriente de opinión sugiere que lo importante no fue la capacidad de los procesadores de generar pensamiento, sino la particular combinación de ecuaciones cabalísticas que convocaron y dieron lugar a la instalación de un alma. Dicha postura fue ridiculizada por los medios de

comunicación.

»Una delegación de los Perfectos se dirige al Tíbet para consultar con el Dalai Lama la posibilidad de encarnar almas en computadores».

 

>fast forward

«Un consorcio anónimo adquiere la totalidad de las acciones de la gran empresa Chrysler.

»Experimentos en el código de salto cuántico electrónico realizados en recintos estatales de Montauk, Nueva York, producen el accidente más grave de toda la historia. Se produce una fisura en el código que mantiene engranados el tiempo y el espacio, y una reacción en cadena quiebra irremediablemente la realidad en tres partes. De una de esas partes se sabe que fue separada de la nuestra cuando uno de los científicos titubeó en un gesto irrelevante durante el accidente. El resto del equipo vio cómo una figura fantasmal se desprendía de él y finalmente ejecutaba el gesto, bifurcando así definitivamente los acontecimientos. De la otra parte sólo se sabe que se plegó sobre sí misma y comenzó a vivir hacia atrás.

»El gobierno palestino cierra un perímetro en las afueras de Ramallah. En el patio trasero de una casa cercana está brotando el primer selknam de los tiempos históricos».

 

>fast forward >Ygdrasil >detalle

«El Ygdrasil es una estructura desaforada y monstruosa que nace desde el suelo marino del océano Atlántico. Tiene raíces que se conectan a electrodos enterrados en los chakras de la Tierra, y brazos de cobre subterráneos que llegan hasta los polos. Durante cientos de años, los constructores del Ygdrasil han cultivado este hongo bioelectrónico con tecnologías experimentales que tienen como primer principio de desarrollo la intuición y la videncia. Contiene componentes extremadamente variados. La miscelánea incluye a bandadas de golondrinas clavadas vivas a placas de circuitería para regular la actividad síquica de los componentes humanos. Catedrales románicas y arena del Kalahari dibujan un gran mandala en la base, pabellones llenos de ancianos entonan un mantra para mantener vibrando delgadas láminas de cobre cargadas de recuerdos sintéticos. Gruesos axones de médula animal enhebran la estructura como enmarañada cabellera; pilares huecos, llenos de niños en

coma, conducen los campos de información estática a través de su sistema circulatorio. El sistema operativo está suspendido en una niebla de comportamiento biológico; niebla que arrastra patrones en la estructura de sus partículas en suspensión, utilizadas para transmitir datos respirables por operadores, datos comunicados por osmosis a su torrente sanguíneo. La parte de su estructura que está sumergida sirve de atolón a numerosas especies marinas; la estructura sobre la superficie está erizada con brotes de peyote. La resistencia que regula la energía-información que se desplaza desde la parte sumergida a la parte superficial es la catedral de Cuzco.

»Son sumamente importantes los proyectos inconclusos, las obras a medio terminar. Los encargados de pensar el Ygdrasil proyectan voluntariamente hacia sus psiquis los espacios no finalizados. Instintivamente sus mentes fantasean sobre la forma de conclusión de esas obras, ramificando de esta manera al Ygdrasil hacia espacios síquicos oníricos. Otro es el caso de la construcción aparentemente sin terminar. Es arquitectura inconclusa porque continúa hacia el futuro o se completa con materiales de otros universos, o cuyas moléculas viven siempre tres minutos hacia el pasado, como elementos hechos de memoria. La estructura considera la geografía de los tres universos con diferente vibración que cohabitan en nuestro mismo espacio. Fueron años y años de fracasos antes de discernir la técnica que resuelve los problemas estructurales de edificar entre las arrugas topológicas y grietas entre mundos.

»“El Ygdrasil es una colmena fabricada por abejas esquizofrénicas. Es un constructo abominable que ofende la vista de Dios”. Esta frase fue encontrada en el interior de un teclado-ouija artesanal utilizado para monitorear actividades en el plano astral. La piel del presunto culpable de haberla escrito tapiza las minicámaras espectrográficas del laboratorio azul, ubicado en el sector conocido como La Aberración».

 

>Ygdrasil >subindex >La Aberración

«La zona del Ygdrasil conocida como La Aberración es un edificio que creció descomunalmente hacia un costado como efecto de un error administrativo. Los sucesivos errores y decisiones apriorísticas operaron como un cáncer. Se trata de un tumor que el Directorio interpretó como una señal divina. Los extraños niveles y hangares de dimensiones equívocas, contenidos unos dentro de otros y conectados a fuentes de datos sin concierto aparente, fueron llenados con personal heterogéneo asignado a tareas absurdas. Con los años se fue generando un sistema ecológico administrativo de carácter cerrado. Algunos operarios murieron, abandonados en secciones que perdían

relevancia para la organización que emergía espontáneamente.

»La Aberración terminó constituyéndose en un tipo de sistema neurovegetativo para el Ygdrasil. En décadas posteriores, estratos de nuevas placas de circuitos fueron agregándose en torno, interconectándose y haciendo más y más complejas sus funciones. Su última etapa, la corteza, contiene los procesadores que finalmente consiguieron integrar la totalidad de los sistemas del Ygdrasil».

 

>Ygdrasil >subindex >la corteza

«Los “pensantes” son fetos poltergeist trasladados a úteros de yeguas, donde tienen espacio para crecer mientras dura su vida útil de tres años. Las yeguas tienen las patas amputadas y cuelgan de los techos de enormes hangares en hileras interminables. Desde un tubo diminuto, inserto en la pituitaria de los fetos, gotea incesantemente el fluido neurotransmisor. Las gotas caen a la piscina que cubre todo el piso de los hangares. Allí, en una especie de gran caldo bioquímico, se catalizan los procesos informáticos y se trasladan electroquímicamente las conclusiones a través de la nervadura del Ygdrasil. Cada hangar es un gran chip procesador».

 

>fast forward >Ygdrasil >objetivos

«Después de años de debate en torno a los fines de este proyecto, el Directorio finalmente concluyó que el objetivo del Ygdrasil no era distinto del de cualquier ser vivo: ser. Para dotarlo de una dimensión etérea decidieron desarrollar la visión de Matías Rodríguez, cuyo cadáver se encontraba en perfecto estado de conservación en las cámaras de frío de la Sección 8 de la Chrysler. Tras décadas de intenso trabajo, el equipo multidisciplinario asignado al problema logró establecer patrones matemáticos en las actividades paranormales. De ahí a una teoría algebraica y al levantamiento topográfico del plano astral sólo hubo unos pasos.

»Pasados los tres años de paralización ritual de actividades dictaminados por el Directorio, los pensantes ya tenían un preproyecto, y se podían comenzar las obras del Empalme Rodríguez».

 

>Ygdrasil >subindex >Empalme Rodríguez >síntesis

«El Empalme Rodríguez es básicamente un tubo ensamblado al túnel que lleva las almas al cielo. Las desvía hacia una cadena de ensamblaje donde son encarnadas en las motherboards de computadores de última tecnología. Estos superprocesadores astrales son fundamentales para el éxito del proyecto Ygdrasil. Una vez que esta red de computadores astrales se conecten y se vuelvan operativos, el Ygdrasil despertará. Con él lo hará la Chrysler y su vida se extenderá por las redes de todo el planeta. La metamente lo cubrirá todo y nuestra obra estará hecha. La nueva Torre de Babel pulsará con su llanto de recién nacido en código binario y ya no necesitará de nadie más. El Ygdrasil, la gran catedral electrónica, acogerá al hombre, que se moverá entre sus columnas y sacristías como un pez en un banco de coral informático. Se adherirá a sus paredes, se insertará entre sus mecanismos, se sumergirá en sus nieblas y comenzará a olvidar. Con los años, nuestro planeta dotado de corteza cerebral será un solo gran organismo. El triunfo final del Demiurgo, el primer ojo consciente flotando entre el plancton de la galaxia.

»Nuestra galaxia.

»Otros darán vida a esa anémona innumerable. Nosotros somos sólo hombres».

 

>Ygdrasil >pause

Mariana no podía creer todo lo que se desplegaba ante sus ojos. Apretó la tecla de «pausa» para darse un respiro e intentó copiar los archivos. Una y otra vez sus maniobras fueron rechazadas. La corteza impedía la grabación del paquete de archivos porque uno de ellos era parte del sistema y se mantenía operativo. Mariana pidió información sobre ese ítem en particular.

>Ygdrasil >subindex >la corteza >el Graal

«El árbol en sí es luciferino. Se aparece como un sueño en nuestra realidad. Fue cuidadosamente desplazado desde el inconsciente hacia nuestro mundo, igual que esas construcciones arqueológicas que son trasladadas y rearmadas rigurosamente en otro lugar, no sin antes haber sido fotografiadas, inventariadas y desmanteladas. El Ygdrasil es una transcripción literal de algo que tiene existencia en otros planos y que se ramifica hacia nuestra existencia como una enredadera que penetra en nuestro hogar, pero que tiene sus raíces hundidas allá afuera, en lo más profundo de nuestro cerebro, ahí donde todavía somos un pez navegando entre las dendritas de los comienzos.

»Todo lo que la tecnología del Ygdrasil es y será se halla en un lugar físico dentro de su estómago. Una cámara ovoide, rodeada por vestigios de la corteza, contiene el principio vivo de todo el árbol. Es lo que se conoce como el Graal».

 

>Ygdrasil >subindex >la corteza >el Graal >origen

«Cuando el objetivo del Ygdrasil estuvo definido y las obras terminadas, los pensantes determinaron que era imprescindible un puente, un módem que interpretara la realidad una vez que el árbol despertara. La autopsia al cuerpo de Matías Rodríguez arrojó la respuesta. El vidente había desarrollado un tercer hemisferio cerebral que nacía en el cuerpo calloso del cerebro y se proyectaba hacia la frente. Eso le había permitido conectarse.

»Aquel órgano fue extirpado y conectado al Ygdrasil. Contendría el sistema operativo, sería la memoria madre, el puente, el Graal».

 

Mariana tipeó una pregunta:

>¿El Graal contiene toda la información del Ygdrasil?

>El Graal es el Ygdrasil.

Cerró la carpeta y pidió grabar todos los archivos disponibles del Ygdrasil y de la Chrysler: diseño de estructuras, mapas de cableado y circuitería, tramados de pasadizos y respiraderos, galerías y accesos, plantas de energía y, en suma, toda información útil para programar un asalto efectivo.

No restaba mucho tiempo de invisibilidad y, aunque consciente de que los sistemas de defensa serían letales si la descubrían, no pudo evitar una última pregunta. La respuesta le erizó el cabello de la nuca:

>¿Por qué el sujeto Mariana es relevante para el proyecto?

>Mariana es la madre.

 

El viaje de regreso fue sencillo: el hilo de Ariadna no tuvo ninguna complicación para devolverla a su cuerpo. Al abrir ahora sus ojos verdaderos Mariana se encontró con que el Imbunche la había desnudado y le dibujaba espirales en todo el cuerpo con la sangre del agónico sujeto-llave; horrorizada, retrocedió tapándose la boca con la mano. La sangre de los dibujos provenía de un agujero que el Imbunche había practicado en el estómago del pobre desgraciado.

—¡Mariana! —exclamó el profeta, casi con afecto—. Es un agrado verte de regreso. Y espero que sin daño cerebral. Hay un equipo médico que aguarda para chequearte de todos modos: no queremos encontrarnos con que has cargado algún polizón molesto. —Hizo un gesto con el dedo índice golpeándose la cabeza—. Tendríamos que… sacarlo, ya sabes.

—¡Dios mío, estás enfermo! —gritó la mujer, temblando y poniéndose la ropa nerviosamente.

—No es correcto hablarle así a un hombre sagrado —murmuró el profeta mientras revolvía distraídamente el dedo en la herida de Manuel. Se hacía el ofendido.

—Ah, sí, por supuesto. Lo olvidaba —dijo Mariana. Luego giró y abrió los brazos, como hablándole al recinto—. No estoy encerrada con un sicópata, sino con el Mesías en persona.

Sintió la voz del profeta casi en su oído y volteó asustada.

—Yo no soy el Mesías. Sólo soy su mensajero. El que viene bautiza con fuego. Yo me conformo con heridas y una que otra mutilación.

Mariana mantuvo su mirada contra la del Imbunche.

—No te tengo miedo. Si me tocas un solo pelo, me van a tener que matar para que te suelte. Porque pienso morderte donde más te duela, ¡pinche cabrón!

El Imbunche la miró casi con ternura y en su rostro manchado de sangre seca se dibujó lentamente una sonrisa.

—Qué gatito más valiente tenemos aquí. —Se acercó para susurrarle al oído—: ¿Por qué no lo haces de inmediato?, no sabes cuánto placer me producirían tus blancos dientes mordiendo mi piel de reptil. Estoy ansioso por frotarme contra tus nalgas de niña.

La mujer contuvo la respiración. No sólo mal olor emanaba del Imbunche, también la energía de ese momento en que la mirada del depredador y su víctima se cruzan.

Cambiar de tema no era una manera muy digna de acusar el golpe, pero qué sabe el pánico de dignidad.

—¿No quieres saber lo que vi ahí dentro?

—Oh, por supuesto. ¿Qué trajo mi niña para su amado profeta?

Mariana aprovechó para alejarse unos metros y exponer sus logros en la intranet. No era una mujer de hierro, no era más valiente que otros, y el Imbunche podía percibirlo a metros de distancia.

—Tengo la ubicación de cada pasillo, de cada columna del Ygdrasil…

—Así que es una construcción —interrumpió el Imbunche.

—… y de toda la Chrysler también. Tengo el detalle de sus defensas y la localización exacta de un objeto clave para el funcionamiento de todos sus sistemas. Todo parece estar a tu favor, Imbunche. Ese objeto es único e irreemplazable; si lo secuestramos tendrás al Directorio por las bolas.

—¿«Secuestramos», dijiste? —El profeta levantó una mano y movió el índice en burlona negativa—. No, no, no, mi amor. —Sonrió—. Tú me vas a dar la información y yo enviaré un equipo de tontos llenos de anfetaminas para que se quemen el culo ahí dentro.

La mujer se alejó un poco más por temor a su reacción.

—Si te entrego la información ya no te serviré de nada. He visto cómo juegas con los que ya no te son de utilidad, de modo que no voy a discutirlo. Iremos el selknam Reche y yo, y no hay más que decir.

Intentó parecer segura de sí misma, pero vaciló cuando el Imbunche comenzó a acercarse.

—Si no me entregas la información, voy a sacarla.

—No puedes hacer eso.

—Tú sabes que sí. Te voy a decapitar y a abrirte el cráneo con un martillo. Cuando entierre la barra conductora voy a orinar directamente sobre tu cerebro. Lo divertido es que te mantendremos consciente todo el tiempo.

La mujer sudaba, y tenía las manos crispadas.

—Te arriesgas a dañar los datos. Una extracción contra la voluntad del contenedor puede licuar la información y convertirla en mierda. Tú lo sabes.

El Imbunche relajó sus facciones y miró al suelo, suspirando.

—¿Por qué insistes en ganarle tiempo a la muerte? Corres y corres por un puente que se desmorona a tus espaldas, pero no paras de correr. Quizás alcances a llegar al otro lado, pero puede que no te guste lo que encuentres allí. —El profeta levantó un dedo y acarició suavemente la mejilla de Mariana con gesto de lástima—. Preguntaste por ti ahí dentro, ¿no es así? ¿Le preguntaste a la máquina por ti?

—Entonces está hecho. El selknam y yo llevaremos a cabo la operación —afirmó Mariana secamente—. Sé que pueden preparar a un tonto como recipiente de entidades síquicas: necesito uno para alojar a Günther Diethardt. Él también nos acompañará.

—Está bien, mi gatito furioso. —Sonrió—. En una semana la Horda Odínica tendrá listos los preparativos para la ofensiva y para tu operación de secuestro del… —Hizo un gesto con la mano invitando a Mariana a completar la frase.

—Graal.

—… del Graal. Las operaciones serán simultáneas. Quiero que traspases de inmediato a nuestros coordinadores la información defensiva del Ygdrasil y de la Chrysler. Nos reuniremos en tres días para repasar los detalles. Ahora déjame solo.

Mariana salió apresuradamente. «Quiero una ducha caliente, Dios mío, una ducha caliente», pensaba, mientras bajaba corriendo las escalinatas del templo.