Ygdrasil

Jorge Baradit · Capítulo 6 de 8

Páginas del PDF

Ygdrasil

Cinco

5

 

ACERCA DE LO QUE OCURRIÓ EN EL QORIQANCHA Y LOS NEGOCIOS DEL

GUERRERO QUE SOJUZGAN Y ENVÍAN A LA MUJER MARIANA A LEJANA ISLA,

DONDE NO SON IGUALES Y CONFORMES Y ELLA PADECE BAJO EL SOJUZGO DEL

DESAFORADO INVUNCHE

—¡Imbécil! —gritó Alvarado, fuera de sí—. ¡Casi muere en Cuba!

Ramírez giró en su asiento para verlo entrar en la sala. Esperó hasta que lo tuvo frente a él, resoplando con furia.

—En esta operación lo relevante era la información. Si la conseguíamos, el equipo se volvía prescindible. Es más, su exterminio se hacía recomendable.

—¡Pero teníamos un compromiso con ella! Si completaba su misión… — comenzó a decir Alvarado con voz tensa.

—¿Y desde cuándo tienes escrúpulos, señor honorable? —le espetó Ramírez, irónico.

Alvarado se acercó hasta que sus rostros casi se tocaron, y gruñó:

—No tienes idea de en lo que te estás metiendo, estúpido.

—Mi único deber es para con la misión encomendada a mi cargo por el Gobierno de México. Haré todo lo que esté en mis manos para asegurar su éxito. Eso es todo lo que sé.

—Ése es tu problema, Ramírez. No sabes nada.

Alvarado dio media vuelta y se dirigió hacia la salida.

—La información que rescataron es paja molida… —dijo Ramírez, imperturbable, cuando el político cruzaba la puerta.

—¿Qué dijiste?

—Günther Diethardt alcanzó a transmitir grandes segmentos de la información. Suficientes para darnos cuenta de que la Nato posee la tecnología, pero definitivamente no es el cerebro que la genera.

Alvarado guardó silencio.

—Ésa es la única razón por la que no dejamos morir a Mariana —continuó el militar—. Nuestra misión es descubrir la fuente de esa tecnología. Mientras ello no ocurra, la operación no ha terminado y Mariana sigue siendo el agente designado para llevarla a cabo. Hoy por la mañana recibí órdenes de darle prioridad absoluta a esta operación, con categoría de esencial para la seguridad nacional. De modo que, ya ve, repentinamente la mujer y su perro guardián se han vuelto de vital importancia.

Alvarado lo miró de reojo.

—¿Y qué había en los datos que transmitió el fantasma?

—Tenemos información muy incompleta acerca de catálogos de maquinaria híbrida y sus aplicaciones en armamento altamente destructivo. Catastros y archivos sobre experimentos y pruebas realizadas en seres humanos con esta tecnología, incluido todo el protocolo de pruebas sobre territorio mexicano. Si pudieras ver los resultados envejecerías diez años, pero desgraciadamente la naturaleza de esa tecnología horrible ha sido clasificada como de altísima seguridad y nadie, ni siquiera tú, puede acceder a ella.

—¿Tan horrible es que se volvió esencial para la seguridad nacional? —inquirió Alvarado con una sonrisa.

—Más de lo que te imaginas. El que posea y haga operativa esa tecnología tendrá las llaves del infierno, eso te lo aseguro.

Alvarado se acercó nuevamente a Ramírez, esta vez mucho más calmado.

—Cuida a la mujer; no me preguntes por qué, pero mantenía viva.

Luego se retiró en silencio, dejando a Ramírez sorprendido e intrigado. En este juego subyacía una estrategia que no alcanzaba a vislumbrar. No manejar toda la información, en estas circunstancias, era tan enervante como conducir un vehículo con los ojos vendados.

Ella.

Ella embarazada por un árbol y guardando a todos los dioses en sus entrañas.

—¡Mariana, responde!

Ramírez llevaba diez minutos intentando comunicarse con el transporte que llevaba a la mujer y al selknam de regreso a las costas mexicanas.

—Mariana, atención. ¡Responde!

—Mmm…, sí —murmuró ella, sólo a medias despierta.

—Mariana, habla el comandante Ramírez.

Oír esa voz fue como un golpe de agua fría en el rostro. Mariana intentó erguirse, inútilmente.

—¡Tú, maldito hijo de puta! —gritó, luchando contra las ligaduras que la fijaban al transporte.

—Déjame explicarte…

—¡Qué explicación, desgraciado! ¡Nos estabas abandonando en Cuba! ¡Querías que nos liquidaran!

Mariana vociferaba y se revolvía en su cubículo.

—Entiendo que…

—¡Tú no entiendes nada, mamón! ¡Quisiste sobornar al chico para que nos traicionara! Pero no lo hizo. ¡Ja! ¿Crees que soy huevona? Nos ayudaste en el último minuto sólo para proteger la información. Eres peor de lo que pensaba, milico de mierda…

—Günther nos entregó la información, Mariana.

—¿Qué dices?

—No los abandonamos, fue tan sólo una demora en el despliegue del escudo de protección. Evacuaron antes de lo estimado y tuvimos un margen inesperado en nuestra reacción.

—No te creo. Günther, ¿estás ahí?

—Es verdad, Mariana —insistió Ramírez.

—¡Günther! Dime que este desgraciado miente. ¡Günther!

—El proyecto se llama Empalme Rodríguez —dijo el militar.

Mariana se quedó helada.

—Sabemos que la Nato posee una tecnología de naturaleza híbrida, capaz de incorporar campos astrales y entidades espirituales a procesadores electrónicos. Sabemos que poseen un arma poderosísima que usa campos astrales humanos. Y sabemos también que están en condiciones de encarnar almas esclavizadas en microprocesadores para un proyecto a gran escala, con fines desconocidos.

Mariana seguía en silencio. Una voz muy tenue se arrastró desde su interior. La voz de un muchacho asustado.

—Lo siento, tuve miedo… Lo siento tanto.

—Tranquilo, chico —susurró la mujer, sorprendida por el tono maternal que había surgido de su boca—. Ya pasó; todos tenemos miedo. El desgraciado es Ramírez, no tú.

—Günther hizo lo correcto, Mariana —continuó el militar—. De haberse negado se veía expuesto a represalias imposibles de explicar.

—Lo entiendo perfectamente, Ramírez. Te conozco. Tu idea de la motivación es una pistola en la nuca. ¿Qué vas a hacer con nosotros ahora que ya tienes lo que querías? ¿Vas a cumplir tu promesa y me dejarás en paz?

—Esta operación dejó de ser mero espionaje industrial. La posesión de esa tecnología se ha vuelto un asunto de seguridad nacional. Es imperativo descubrir a los responsables de su desarrollo. La Nato no es nuestro objetivo, Mariana. La labor no está terminada.

La mujer suspiró hondo; una mueca de llanto apareció fugazmente en su rostro, pero fue capaz de controlarla.

—¿De qué estás hablando?

—La información indica que la Nato sólo ha estado recibiendo subproductos de esa tecnología y encargándose de las pruebas. Pero quiénes son realmente los que la están desarrollando todavía es un misterio…

—Yo ya cumplí mi parte, ahora déjenme en paz —murmuró la mujer, casi rogando.

—¡No, Mariana! Vas a cumplir tu parte cuando la misión esté completa. No querrás volver a lo mismo. Te equilibras sobre un hilo muy delgado, debes llegar hasta el final o caer. No hay alternativa. ¿Está claro?

Mariana ahogó otro sollozo y se volvió hacia el selknam.

—¡Ayúdame, Reche! Dijiste que me protegerías si no cumplían su promesa. Por favor… —suplicó.

—Yo también necesito llegar al fondo de esto, Mariana.

La mujer trocó su expresión de súplica por una cargada de desprecio.

—Insecto de mierda, sabía que no podía confiar en ti.

—La envergadura del problema nos trasciende, Mariana. —La voz del Reche era cortante—. Guarda tus energías para lo que viene.

—Debes esperar en la costa de México hasta que nuestro personal determine el siguiente paso —intervino el comandante—. En la playa los espera un refugio con alimentos y todo lo necesario. No se muevan de allí. Recuerden que están bajo vigilancia. Fuera.

La estática, siempre presente en los contactos de los mexicanos, se fue apagando junto con las esperanzas de Mariana.

«Esto no va a terminar nunca, ¿no es verdad?», musitó, pero no obtuvo más respuesta que el zumbido del vehículo y una mancha de óxido sobre la escotilla, frente a sus ojos, que parecía una isla, una isla boscosa en el sur del continente. Una isla como cientos de otras entre los canales brumosos del sur de Chile. Un lugar donde nadie podría encontrarla jamás. Durante el resto del viaje, lejos del mundo, rodeada de viejos espíritus indígenas y árboles centenarios, Mariana habitó esa isla fría, hermosa, virgen.

 

—¡Operarios! Ahora es nuestro turno.

Ramírez habló en voz alta para que toda la planta escuchara.

—Nuestra operación tiene ahora relevancia nacional y las prioridades han cambiado. Ahora somos importantes, y nos están observando. Todos esperarán que resbalemos, pero no permitiremos que ello ocurra. Tenemos dos frentes. Uno estará aquí, monitoreando el operativo encabezado por Mariana. El otro es de carácter reservado. No nos veremos en un tiempo, pero confío en el teniente Gerardo Mejías para dirigir el monitoreo hasta nuevo aviso. Es todo. Buena suerte.

—¿Adónde vamos? —preguntó Alvarado mientras él, Ramírez y un par de uniformados salían de la sala. A sus espaldas, Mejías comenzaba la reorganización de las labores a voz en cuello.

—Bajaremos al korikancha, a desplegar una expedición de búsqueda. Ellos sabrán cómo llegar hasta los creadores del Empalme Rodríguez.

—¿Ellos? ¿Otro de tus equipos especiales?

Ramírez giró la cabeza y frunció el ceño.

—Es un grupo de excelentes muchachos, escogidos entre lo más selecto que produce nuestra tierra. Verdaderos héroes, señor Alvarado. De esos que permiten que usted tenga su casa tibia y su hueso para roer —explicó el militar, dejando de tutear intencionalmente al joven político.

—Sigues intentando ofenderme, pero no tienes idea de cuán profundo hay que ir para comenzar a perturbarme siquiera.

—Yo sólo soy un torpe hombre de armas, Alvarado. Yo muerdo el culo que me dicen que tengo que morder. Me siento cuando me lo ordenan y me retiro cuando ya tengo los dientes demasiado gastados para dañar a nadie. Como ve, mi vida es simple, igual que yo. No sé lidiar en las profundidades oscuras donde usted y los suyos maniobran.

—No te creo una sola palabra, mi amigo. Créeme que aún me preparo para el momento en que saques los dientes y realmente muerdas.

Ramírez lo palmoteo sin mirarlo.

—Usted me sobreestima.

 

Los korikancha eran recintos militares de altísima especialización, estratégicamente localizados en trece puntos diseminados por el planeta. Cada uno se constituía como la punta de un poliedro regular virtual inscrito en la esfera terrestre. Podían estar emplazados bajo tierra, en la superficie o sobre alguna montaña, dependiendo de las irregularidades del terreno. Particularmente inquietante era el korikancha situado en las riberas del Sir Daria, en Kazajistán: la construcción, emplazada en un páramo agreste, se elevaba cincuenta metros sobre una estructura de hierro, cobre y cabello humano.

El korikancha mexicano era un recinto circular de doce metros de radio por dos y medio de alto. Situado a cinco kilómetros de profundidad bajo tierra, se hallaba justo debajo del Templo Mayor de Tenochtitlán, en el antiguo centro de Ciudad de México, orientado como un reloj astronómico de setenta y tres divisiones.

—Este descenso es eterno —se quejó Alvarado.

—Las instalaciones están presurizadas, pero evitamos riesgos bajando a escasa velocidad.

—Dime, Ramírez, ¿cómo es que jamás me enteré de la existencia de sitios como éstos? ¿Bajo qué administración se construyeron?

—No tenemos idea de quién los erigió. Un día se presentó un hombre ante el Pleno de las Naciones Unidas, puso un maletín encima de la testera y se pegó un tiro en la cabeza antes de que los guardias pudieran acercarse. Nunca supimos cómo fue capaz de llegar hasta las narices del Secretario General sin ser interceptado.

—Pero, ¿quién era ese loco?

—Nadie. Lo que se pudo averiguar es que desde pequeño había sido escondido del mundo. Nunca fue inscrito en ningún registro. No tenía nombre, tarjeta de crédito, ficha en alguna escuela, nada. Vivió treinta años en la misma habitación, aislado del mundo para que toda investigación posterior fuera infructuosa. Allí se encontró una cama, un mueble y una gaveta vacía, presumiblemente el lugar donde guardaba el maletín negro.

—¿No trabajaba? ¿De qué se alimentaba?

—El equipo investigador concluyó que había nacido, vivido y muerto sólo para servir de correo ante las Naciones Unidas esa única vez. Se suicidó para cortar el único eslabón efectivo.

—¿Y qué contenía el maletín?

—La ubicación y títulos de propiedad, asignados a gobiernos específicos, de los trece korikancha.

—Entonces los construyeron los mismos que prepararon al correo suicida.

—No es posible siquiera proponerlo. En el korikancha del desierto de Kalahari se detectó un cuerpo humano dentro de la argamasa de concreto fraguada. Las muestras de tejido arrojaron una data de muerte de no menos de ochocientos años.

—Diez segundos para el arribo —anunció una voz desde el ascensor.

Las puertas se abrieron hacia una explanada circular. Alvarado constató sorprendido que una luminosidad parecía emanar suavemente de la construcción misma; no veía sombras, excepto en el agujero de un metro de diámetro que campeaba en el centro geométrico del suelo.

—¿Me van a informar en algún momento acerca de qué estamos haciendo aquí? —preguntó, mientras entraban en el patio circular.

—¡Silencio! —ordenó enérgicamente uno de los oficiales.

—¿Quién te crees que…?

Antes de que pudiera terminar la frase, Ramírez lo había cogido de un hombro y le dedicaba una mirada terrible, cuyo significado Alvarado acató instintivamente. Un zumbido mecánico se hizo audible y, muy lentamente, la pared circular comenzó a girar. La puerta por donde habían ingresado se alejaba hacia la izquierda y aparecía otra pared, inmóvil, a través de su vano, como un anillo girando dentro de otro anillo. Cuando la puerta estuvo a cuarenta y cinco grados en relación con su punto de origen, dejó al descubierto un pequeño agujero horadado en la segunda pared, por el que se accedía a una minúscula y despojada celda. A través del agujero saltó un hombre; luego rodó por el suelo y quedó de pie mirando hacia el centro. La pared giratoria iba descubriendo sucesivos agujeros-celdas hasta que trece hombres de edad indefinida estuvieron allí de pie, mirando hacia el centro. Al alcanzar los doscientos setenta grados la pared se detuvo, mostrando un nicho de no más de dos palmos del que emergió un hombre de rasgos indígenas, mucho mayor que los demás. De pronto, sin ninguna transición aparente, el indígena estuvo frente al agujero del centro.

—¿Cómo hizo eso? —susurró Alvarado.

—Él es Mayol, nuestro umbral más capacitado —dijo Ramírez, y avanzó dos pasos para dirigirse hacia el grupo—. Todos han recibido sus instrucciones. Esta misión es la más importante en la que jamás equipo alguno ha participado. Ustedes constituyen una de las tres brigadas Ragnarok que están operativas, y sin duda la más eficiente. Sepan que el país completo, quizás el mundo, les estará eternamente en deuda por vuestro sacrificio. Tienen diez minutos antes de cruzar el umbral.

—¿Sacrificio? —preguntó Alvarado.

—Se van a suicidar —respondió un teniente.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Alvarado —dijo Ramírez, llevándoselo hacia un costado—. Lo que vas a presenciar es secreto. Las brigadas Ragnarok utilizan un procedimiento no autorizado, por lo menos no oficialmente, de modo que deberás ser muy discreto.

—Pero, ¿es una broma?

—Estos hombres se entrenan diez horas diarias para mantenerse conscientes en toda su etapa de sueños. Viven practicando bilocación, desdoblamiento y sueño consciente controlado. Se mantienen en un régimen físico y mental durísimo. Originalmente fueron brigadas de paracaidistas comandos; todavía usan el concepto de «arrojarse» para definir el momento en que entran en acción. Hoy se arrojarán por primera y única vez. Se abrirán el vientre y sus almas rodarán hacia el plano astral, pero el entrenamiento les permitirá mantenerse en este recinto y no perderse en el océano que hay afuera. Luego se encarnarán en Mayol, el chamán-umbral. Éste, una vez conectado a una consola, será un nodo en la red de meridianos de acupuntura terrestre que cubre la superficie del globo, y permitirá que los integrantes de la brigada viajen por esa red buscando vestigios o reverberancias de la información que necesitamos, a partir de los datos obtenidos por Mariana. Ellos encontrarán a quienes estén detrás del Empalme Rodríguez. No me pregunte cómo funciona, porque no tenemos la menor idea. Es una serie de singularidades y fenómenos que podemos propiciar pero no entender.

—¿Mayol no muere?

—No, pero queda con daños permanentes. Es como una luz de bengala que estalla y dispara esquirlas luminosas por todo el planeta. El Estado asegura el futuro de toda su familia, incluyendo identidades nuevas y limpiezas de memoria para evitar traumas. Mayol se unirá a otros en un sanatorio donde será alimentado y tratado con respeto. Pasados dos años, la legislación nos autoriza a matarlo.

Mientras Ramírez le contaba todo esto a un perplejo Alvarado, los integrantes de la brigada finalizaban una corta oración de encomienda al Creador y tomaban posición de rodillas en torno del agujero en la tierra. Los militares que los habían acompañado se adelantaron, sacaron un par de azadones, tomaron a Mayol y lo introdujeron de cabeza y hasta la cintura en el agujero. Luego uno de ellos lo llenó de tierra, mientras otro sostenía las extremidades del indígena en posición vertical. A una indicación de Ramírez le abrieron las piernas, le quitaron la ropa que cubría los genitales, y uno de ellos hundió una daga con una amatista en el pomo entre el escroto y el ano. La sangre comenzó a manar generosamente.

—El umbral —murmuró Ramírez.

—Comenzando escaneo —anunció uno de los escoltas—. Conectando interfases.

El despliegue de las interfases que harían visible el proceso astral inminente se sintió como agua fría derramándose sobre las cortezas de todos los presentes. Los soldados de la brigada levantaron sus dagas verdes y cantaron al unísono: «¡Oh, padre Enlil, cuyos ojos brillan fieramente! Cuánto ha de transcurrir para que estén de nuevo en paz. Oh, poderoso, que con tus dedos te has tapado los oídos, ¿hasta cuándo? ¡Oh, padre Enlil, aún ahora perecen!».

Luego vino el sacrificio. Los chasquidos del metal rasgando los tejidos, unos suspiros contenidos, una respiración más rápida que las demás. Instantes pesados como rocas antes de que los hombres comenzaran a caer de bruces, uno a uno, sobre el charco formado por su propia sangre. Alvarado no parpadeaba, no respiraba. El último guerrero se desplomó con una exhalación que tardó varios segundos en hundirse en el silencio.

Todos callaron frente a ese pequeño y sangriento grupo escultórico, hasta que un punto rojo comenzó a pulsar en la zona inferior derecha de sus campos visuales, indicando el comienzo del proceso de muerte y la activación de los filtros que les permitirían ver y controlar la evolución de la brigada Ragnarok en el plano astral. El primero en morir fue el tercer brigadista de la derecha. Su cuerpo externo se desplomó como luz líquida contra el suelo. El segundo cuerpo comenzó a abrirse en grandes gajos y a florecer, dejando libre de pétalos su espalda, que crujió como una nuez y se partió en sentido longitudinal. Lentamente la fisura fue mostrando, en el fondo, una noche llena de estrellas y un pez que ondulaba en el centro. Las estrellas eran rostros. La noche era una mandíbula abierta que pronunciaba el verdadero nombre del muerto. Escupió toda la memoria en un estallido que se detuvo a un metro de distancia del cuerpo, convertido en un árbol de hielo que encerraba al ego sollozante envuelto en llamas. Desde el techo de la sala, el cuerpo astral recibía los golpes de todas las vidas anteriores que, como disparos, entraban por un cordón de plata a razón de varias descargas por minuto, confiriéndole formas a esa anémona de luz y vacío.

En unos minutos la sala se transformó en un pequeño bosque de árboles de hielo que brotaban de extrañas flores desgajadas. Cada uno de los trece cuerpos astrales que evolucionaban en la sala tenía cuatro pequeñas luces en torno; el color de cada cuerpo variaba en la gama de rojos a violeta, y de ellos emanaban memorias como láminas escamosas de niebla. Todos tenían la cabeza de algún animal y sus pechos abiertos dejaban ver una noche estrellada, un trozo de tierra y una mujer desnuda sosteniendo una mariposa.

—¡No llores, hombre, por Dios! —recriminó Ramírez a Alvarado.

—Es que es demasiado hermoso… —repuso el político, entre sollozos—. Jamás me habría imaginado que la muerte era así.

—Éstos son hombres puros, avanzados, piadosos y amorales. No hay culpa ni pecado en ellos. Son tan limpios como un tiburón. Si asistieras a la muerte de personas normales, estoy seguro de que estarías vomitando. No quiero imaginarme cómo será la tuya.

Alvarado se limitó a apretar las mandíbulas, aún mareado. Luego se dirigió al militar que manejaba el teclado-ouija.

—¿Qué va a ocurrir ahora? ¿Ya murieron todos?

—En dos minutos serán liberados y entrarán en Mayol. Luego serán rastreados desde aquí, para esperar los paquetes de datos que alcanzará a recibir nuestro médium antes de fundirse —respondió el oficial sin dejar de teclear y mirar la pantalla, que flotaba como una delgada lámina de luz a diez centímetros de sus ojos.

—¿Y la brigada? ¿Qué ocurrirá con ellos? —insistió Alvarado.

El oficial se detuvo y miró de reojo a Ramírez.

—Sin sus cordones de plata, y sin Mayol sosteniéndolos, van a caer a negro. Desaparecerán del escáner.

—Bonita forma de decir que se van a disolver.

Ramírez se le acercó y agregó:

—«Por el cordón de plata nos suben al Paraíso. La misma mano lo corta y caemos al infierno». Suena como un poético proverbio, pero es brutalmente real.

—¿Y ellos lo saben?

—¿Desde cuándo se preocupa por los demás, Alvarado? —ironizó el comandante —. No es a mí a quien tiene que convencer de su vocación de servicio público. Ahora deje de interrumpir a mis operadores: el rastreo no dura más de tres segundos y los necesito concentrados.

—¡No te vuelvas a dirigir a mí en esa forma! —exclamó con frialdad el funcionario civil, mirando de reojo a los subordinados—. Ya me tienes cansado con tus insolencias.

—Creo que debería ir a que le hicieran una medición de karma. Aunque no creo que las gráficas sean capaces de registrar sus niveles, amigo mío —contestó Ramírez con una leve sonrisa. Luego giró hacia el operador y una pantalla apareció frente a sus ojos.

—Diez segundos —dijo el operador.

—No pierdas la conexión con Mayol bajo ninguna circunstancia —instruyó Ramírez, palmoteándole el hombro.

—Cinco segundos.

Alvarado giró la cabeza hacia el indígena y quedó paralizado. Trece serpientes con coronas de oro salían desde su ombligo. Su cuerpo pulsaba rítmicamente, emitiendo un color anaranjado que sugería una palabra; estaba pidiendo acceso a la red planetaria. De pronto el color cambió y las serpientes se extendieron en amplias curvas para morder violentamente los cuerpos astrales de los guerreros. Alvarado sintió náuseas. Mayol pulsaba y se sentían sus alaridos bajo la tierra. Los cuerpos astrales se vaciaron en las gargantas de las serpientes como cuantos de energía líquida: parecían hormigas hinchadas de datos viajando por el esófago transparente de los reptiles. Mayol cambió de color a un rojo cada vez más encendido. Todo parecía vibrar en una nota de baja frecuencia.

Alvarado cayó de rodillas, mareado. Desde la herida del indígena emergió un grito ensordecedor, y luego, el silencio más completo. Todo había desaparecido, los árboles de hielo, las serpientes, los colores. Sólo restaba el escenario crudo de una matanza.

—¡Lo tenemos! —anunció el operador.

—Llamen a Seguridad. Quiero todo esto limpio, y los cuerpos incinerados en una hora —ordenó Ramírez. Luego miró al político, cuyo estado era verdaderamente lamentable, y no pudo dejar de sonreír—. ¿Necesita ayuda, funcionario?

Alvarado se limpiaba la boca con nerviosismo.

—No de usted, comandante.

 

—El mar es la mente del mundo —susurró Mariana para sí misma.

Las olas eran suaves en esa zona de la playa, y las palmeras la protegían del sol de la tarde. El entorno la había sumido en un estado de extraña tranquilidad. Había decidido aceptar las reglas de aquel juego, ser su rehén y no luchar contra el destino. Observaba el horizonte y pensaba en las amenazas de muerte que se cernían sobre ella; sentía la arena y recordaba las torturas. Se preguntaba si realmente la dejarían ir si cumplía con los objetivos, pero no tenía cómo saberlo. Su vida pendía de la palabra empeñada de unos monstruos del poder: casi lo mismo que nada.

—¿Es tan terrible el otro lado? —habló, al aire.

De inmediato percibió que una estática líquida recorría sus arterias, y luego la sensación de ser arrojada por un barranco.

—¿Qué se te viene a la mente cuando se pronuncia la palabra «muerte», Mariana?

Era Günther, y su voz se intuía más que escucharse.

—Lo que a todos, chico. Silencio, frío, oscuridad, tristeza, soledad.

—Bien, intuyes bien.

—Veo que aún está con nosotros el pequeño soldadito —dijo el selknam, interviniendo en la conversación.

—Despertó el insecto, Mariana…

—¡Basta los dos! —cortó la mujer—. Ya tengo suficiente con manejar toda esta pesadilla para además tener que soportar sus tonterías.

La mujer se puso de pie y caminó hasta la rompiente de la ola.

—Lo siento —dijo Günther—. Es que creo que él preferiría verme fuera de esto.

—Yo no sé lo que «eso» prefiere, Günther. Es cierto que salvó mi vida, pero no sé por qué. Y eso me preocupa.

—Porque «estás en el curso de los acontecimientos» —bromeó el muchacho—. Si te ha ayudado, entonces no creo que sea malo —agregó.

—Es que no creo que me haya ayudado. Creo que sólo lo hizo para poner las cosas en orden, para encauzarlas de modo que ocurra lo que él quiere que ocurra. Salvarme la vida fue tan útil para él en ese momento como matarme puede serlo más adelante. Estar con él es como dormir con la muerte.

—Extraña compañía te buscaste.

—Tengo ese talento. Mi vida completa ha sido un desastre, y voy de mal en peor. Imagina que en estos momentos mi único amigo es un muerto… —bromeó.

Günther guardó silencio, y Mariana se golpeó la cabeza.

—Lo siento, chico. No quise ofenderte.

—No te preocupes. Sólo es un poco extraño…

El selknam se irguió y caminó hasta Mariana, le tomó el hombro y dijo:

—Ya es el momento.

La mujer lo miró extrañada. Iba a preguntar a qué se refería cuando el transmisor en su oído emitió el acre timbre del mexicano.

—Mariana, ¿me oyes?

—Salto de alegría al escucharte, Ramírez —ironizó Mariana, mirando al horizonte.

—Tenemos información muy importante que entregarte. Para mayor seguridad lo haremos a través de Günther. Fuera.

—Prepárate, Guti. Ahí vamos de nuevo —suspiró la mujer, de pie y con las manos en las caderas.

—Otra vez esa extraña sensación. Recibir paquetes de datos es como si te llenaran el cerebro de agua helada. Siento cómo el nivel sube cada vez más y me lleno de fragmentos difusos, semejantes al frío de una pieza metálica, a una cifra.

El muerto hacía hablar a todo el paisaje desde el interior de Mariana.

—… Es como un virus esparciendo sus colonias, como ciudades creciendo aceleradamente, como tsunamis avanzando en mis recuerdos. Una plaga de langostas sobre Egipto. Un mar de insectos abrazando las rocas de Karnak. Una infección que horada la madera de mi memoria…

Mariana estaba sorprendida por el lenguaje de Günther; no parecía el muchacho tímido y sencillo de otras veces.

—¿Hay alguien contigo? —preguntó, con cierta incomodidad—. Me siento muy extraña.

—Se ven muy distintos —murmuró el selknam.

—¿A qué te refieres, Reche? —A Mariana se le nublaba la vista y le costaba sostenerse.

—No ocurre nada malo, es sólo el efecto de mezclar varias entidades en un mismo sitio. La asignación de lugar en el Universo presenta pequeñas fallas. Que tú, Günther y el pulpo que están utilizando para modular la transmisión mezclen sus almas en el mismo espacio confunde un poco a la administración de las locaciones de lo existente. Es un problema menor, nada más.

Mariana tenía los ojos muy abiertos y una mueca de asco desde que el selknam mencionó la palabra «pulpo», pero se contuvo y prefirió dirigirse al joven germano:

—¿Por qué no me dices lo que ves, Guti?

—Veo una extensión de mar. Veo el túnel y la eterna peregrinación de las almas por la tráquea del Universo. Veo a unos hombres distintos, veo máquinas impensables, veo el dolor y el fervor de mucha gente. Veo nombres, datos y cifras que no sé por qué razón logro entender. Veo un árbol.

—Se nos volvió poeta este huevón.

—Veo a muchas personas pensando una misma palabra… Es el nombre del lugar, el nombre de sus murallas.

—¡Mariana, atención! Aquí Ramírez.

—Dime qué ocurre.

—Descarga finalizada. Günther tiene el archivo completo. Anexo a la información va un autoejecutable que filtrará datos necesarios para esta operación. Estaremos en contacto. Los monitorearemos en forma permanente. Fuera.

—Eso último sonó a amenaza —dijo Günther.

—Tú no te preocupes. Ya tienes lo que querías de ellos.

—No lo tendré hasta que la tecnología que buscamos esté en su poder. Y con ellos nada es seguro, tú lo sabes.

—Entonces dime dónde se encuentra esa tecnología y acabemos de una vez.

—Estoy buscando. Es como intentar acordarse de una tonada.

—Lo tienes en la punta de la lengua…

—¿Qué?

—Nada, por Dios. ¿Cuál es el puto lugar?

—Mmm… la corporación Chrysler.

 

—¡Imbunche!

Rodrigo entró muy agitado en la sala.

—Ella conoce nuestra ubicación. Nuestras sondas indican que dirigió su atención hacia nosotros.

—Apegada a itinerario. Esta niña es sorprendente.

El muchacho conocía las reacciones desmedidas del profeta, que no necesitaba mayores provocaciones para estallar. Pero venció su temor y preguntó:

—¿Por qué es importante esa mujer, Imbunche? Llevamos meses registrando sus movimientos.

El profeta miró a su asistente durante algunos segundos. «No hay problema —se dijo, y sonrió—. Es sólo un trozo de carne sin ninguna relevancia».

—Descubrí que una de las más cuidadas operaciones del Directorio no consistía en seguir los movimientos de alguna potencia militar, o en robar las estrategias de colonización cultural de algún movimiento económico o religioso, sino en seguirle los pasos a una simple delincuente, una chilena adicta y medio muerta de hambre. Entonces le dediqué una pequeña operación de seguimiento que rindió sus frutos. Nuestro amigo al interior del gobierno mexicano confirmó la conexión. Tenemos entre manos algo de inmensa relevancia para el Directorio. Por alguna razón esta mujer es sumamente importante para ellos, lo que la vuelve sumamente importante para nosotros.

—¿Debemos capturarla?

—No, no, no. Sólo adelantarnos a los planes del Directorio e invitarla a entrar a donde ella quiere entrar. Directo a la Chrysler, antes de que el Directorio la capture. Además, el entrenamiento y la información que posee la convierten en la saboteadora que necesitamos. Ella nos ayudará a planificar nuestro ataque.

—¿Y si no quiere cooperar?

—Lo hará, te lo aseguro. Y si el ataque falla podremos usarla como rehén para negociar con el Directorio. Canjearla para salvar nuestras vidas; ¿no te parece?

La sonrisa del Imbunche infundía terror; su pellejo, pegado a las mandíbulas, se arrugaba hacia las comisuras, y su boca enseñaba unas horribles encías ennegrecidas.

—Entonces, ¿qué debemos hacer ahora?

Rodrigo temblaba; el Imbunche le acariciaba el muslo derecho desde hacía unos segundos.

—Contáctala. En estos momentos debe estar intentando penetrar en los archivos de seguridad del perímetro de la Chrysler. No va a pasar mucho tiempo antes de que la detecten y tengan excusas para quitársela a los mexicanos.

Rodrigo salió rápidamente de la sala, sudando. Estos encuentros le hacían cada vez peor.

 

Mariana y el selknam se habían desplazado a una pequeña isla en el Caribe, desde donde se iba a montar el operativo de infiltración. Entrar en el basurero de la Nato había sido un juego de niños comparado con esta nueva operación: penetrar en la Chrysler era como adentrarse en las fauces de un verdadero monstruo, en la caverna del más temible dragón.

—Vamos, Guti, dime qué va a hacer Ramírez por nosotros.

—Bien. Nuevamente es una operación que requiere de un mínimo de personas para minimizar los riesgos. De más está decir que se desataría una controversia a muy altos niveles si somos detectados, de modo que otra vez no contaremos con comunicaciones convencionales ni apoyo defensivo.

—¿Ni siquiera las gaviotas?

—Esta vez estaremos realmente solos, Mariana. Lo único que tendremos son lejanas intervenciones de sistemas anexos que irán incidiendo lateralmente en la estructura informática de la Chrysler. Nos abrirán pequeñas puertas cuando las necesitemos. Pero no se comunicarán con nosotros de ninguna forma hasta que no salgamos de allí. El único dato relevante que logró conseguir Inteligencia es un foco de inestabilidad social en una zona de las áreas productivas asociadas con asentamientos humanos.

—¿Una rebelión?

—Es muy posible. Las lecturas de tensión anímica son concluyentes: una gran cantidad de personas con rutinas de sueños cargadas de maremotos y escarabajos está produciendo una burbuja de energía enorme, un microclima psíquico muy volátil.

—Mmm…, es un dato muy vago —gruñó Mariana.

—Y eso no es lo peor. Lo único con que contamos para conectarnos e intentar obtener información es la terminal global de la Chrysler. Tú sabes lo inseguras y lentas que son esas terminales. Los guardianes de la corporación son muy rápidos y correrían por nosotros ahí dentro como mastines tras una gallina coja. En diez minutos tendríamos un helicóptero artillado sobrevolándonos, con derecho a partirnos la cabeza por violar su espacio informático jurisdiccional.

La mujer suspiró, sin dejar de admirar el mar color esmeralda que lamía suavemente el costado de la isla.

—Aunque… hay una forma de navegar muy rápido —agregó Günther.

—Entonces dímela, Guti. —Sonrió Mariana.

—No te va a gustar —murmuró el muchacho, cohibido.

—No hay alternativa —dijo el Reche, rompiendo su silencio.

—¿Tú también sabes cómo? Basta de huevadas, Guti. Dímelo. Nada puede ser tan terrible a estas alturas.

El joven titubeó; le molestaba descubrir ese recuerdo sintético en su memoria, aflorando como un animal muerto en una laguna.

—Navegarás a través del selknam —dijo finalmente.

—No es tan terrible.

—No he terminado —agregó el muchacho—. La técnica requiere que navegues en estado orgásmico, bajo la influencia de la mescalina, a través de un puente que potencie y ordene tu delirio. —Mariana abría los ojos a medida que Günther hablaba —. El puente sería el selknam, conectado a la terminal global y a la vez conectado a ti…, en una cópula.

Mariana sintió un repentino calor en el rostro.

—Ni cagando.

—Discúlpame, pero en el instructivo de la operación…

—¡Me importa un carajo el instructivo! ¡Yo no voy a follar con ese insecto! ¡Ni muerta! ¿Me escuchaste, pendejo? ¡Ni muerta!

Desde la distancia, la imagen era la de una mujer gesticulando y gritándole al aire mientras un extraño ser permanecía inmóvil unos metros más allá. Pasaron al menos treinta minutos antes de que la mujer se calmara y se sentara en la arena, suspirando y moviendo la cabeza.

—Puedes tomar algo de mescalina… —intentó consolarla Günther—. Pero créeme que no tenemos alternativa. Ramírez deja bien claro en el instructivo que cualquier otro procedimiento terminará en una detección temprana de terribles consecuencias.

—Y esto…, ¿es algo habitual? —murmuró Mariana, resignada.

—Por los antecedentes adjuntos, la navegación en estado orgásmico es una técnica bastante extendida. Se utiliza principalmente en el área de programación y desarrollo. Los equipos son parejas de programadores llamados Géminis, y llegan a un alto grado de cooperación y afiatamiento.

—Pero… ¡un selknam!

—Es que no hay nadie más. Yo… lo haría gustoso. Pero ya sabes.

Transcurrió otra media hora antes de que Mariana se pusiese bruscamente de pie y caminara hacia el follaje. Al pasar junto al Reche le golpeó un costado.

—Hagámoslo de una vez —dijo.

El selknam la siguió hasta un pequeño claro donde Mariana ya clavaba unas largas agujas de comunicaciones en el suelo.

—Una vez que emulemos la frecuencia del territorio estaremos en condiciones de conectarnos a su terminal global —dijo la mujer, sin mirarlo—. Aquí están los terminales. Los conectas a tus line-in como sea que necesites ponértelos.

—No estés nerviosa, nada malo va a ocurrir —dijo el Reche finalmente.

—No me digas que no me ponga nerviosa. Sólo quiero saber si… tu tamaño se ajustará.

—Sí, se ajustará sin problemas.

—Está bien. Eso me tranquiliza… un poco —dijo la mujer mientras manipulaba furiosamente el pequeño teclado con el que buscaba la línea adecuada.

—Mariana… —susurró Günther.

—Dime.

—¿Quieres que me hunda en tu inconsciente? Lo tengo frente a mí, parece un pozo lleno de petróleo. Puedo esconderme ahí un rato.

—Preferiría que te quedaras conmigo, Guti. ¿Nunca hiciste el amor con una mujer, no es verdad? —intentó bromear.

El muchacho no respondió. Mariana consiguió finalmente emular la línea y levantó el pulgar para indicarle al selknam que todo estaba listo. El Reche se puso de pie y miró a Mariana. Luego hundió un brazo en la tierra y sacó una piedra roja que se metió en la boca; la mujer creyó recordar algo. El selknam dio dos pasos hacia ella, diciendo:

—Llena eres de gracia.

Mariana sintió mareos y un repentino calor interno.

—Bendito es el fruto.

El Reche la tomó de los hombros y dibujó un signo sobre su frente; ella cerró los ojos, comenzó a temblar, a jadear y a sacarse la ropa. Desnuda, de pie frente al selknam, le pidió que la tomara. Él estiró una mano y bajó por su piel hasta la zona erizada de terminales que rodeaban el acceso a su ordenador central. Se sentía muy cálido allí. Se metió una mano a la boca y sacó un axón del grueso de un dedo, el que conectó a la terminal. Luego tomó a Mariana. La penetró hasta cubrirla y al cabo de unos minutos la elevó hacia un orgasmo sostenido. La frecuencia que recorría el cuerpo de la mujer era coherente con la línea del territorio y pronto se volvieron uno. Mariana navegaba y esquivaba perros guardianes presa de un éxtasis violento, la furia berserker que los Géminis usaban para movilizarse. En estado de gracia, surfeaba por códigos y atravesaba nubes de plancton informático como un delfín electrónico.

—Encontré la Chrysler. Se ve como una esfera de láminas de acero remachado, sujeta por gruesas cadenas a las esquinas de una habitación cúbica. Son decenas de cadenas.

—¿Ves sus puertos de acceso? —preguntó Günther.

—Sí. La esfera está recubierta de hombres desnudos clavados a la superficie. Tienen cañerías de bronce saliendo de ojos y bocas. Y puñales clavados en cada chakra. Los puñales tienen un ojo en la empuñadura y un hilo sale por la pupila; cada hilo tiene una extensión de dos metros y sostiene la pata de un gorrión que no para de aletear y gritar un número. Hay un mar de un metro y medio de profundidad que envuelve la esfera, y sólo los gorriones se mantienen fuera.

—¿Podrás entrar?

—Creo que es un sistema de saltos —dijo Mariana.

—Dime cómo funciona.

—Cada hombre te redirige hacia distintos mirrors, muchos de los cuales son bucles donde puedes quedarte entrampado para siempre. Los saltos te pueden llevar a una cámara de seguridad en Madrid, a una roca en el Kalahari o a la mente de un esquizofrénico en un hospital de Manaos, en Brasil.

—Bien. No tendremos mucho tiempo para verificar todos los accesos, así que…

—Günther —interrumpió la mujer.

—¿Qué ocurre?

—Malas noticias. Creo que están detectando algo extraño.

—Aborta la misión de inmediato. Repito, aborta de inmediato.

—Espera, creo que puedo mimetizarme en una línea anexa.

—¡No, Mariana! Si sus defensas se activan, estaremos liquidados. ¡Sal de ahí!

—Uno de los hombres se está incendiando… ¡Giró su cabeza hacia mí!

—¡Sal de ahí de inmediato, Mariana!

—¡Está acercándose, y tiene un cuchillo en la mano!… ¡Ayúdame, Reche!

La mujer intentó huir pero fue atrapada por la entidad flamígera, a pesar de la tremenda resistencia que opuso. La interfase era demasiado vivida y el yo digital de Mariana gritaba de dolor. El hombre le enterró el cuchillo en la frente hasta la empuñadura y de inmediato la mujer quedó paralizada.

—Discúlpame —dijo el hombre—. Pero si seguías haciendo ese escándalo ibas a atraer a todos los perros guardianes del Directorio. De hecho, creo que ya comenzaron a medir nuestra actividad, así que tenemos poco tiempo antes de que nos descubran.

Mariana sólo podía mover sus ojos, llenos de pavor y sorpresa.

—El Directorio de la Chrysler te tiene completamente identificada. Sólo esperan tu intrusión en su espacio jurisdiccional para lanzar una operación sobre la isla donde te escondes. Quieren capturarte y les vas a dar la excusa que necesitan. ¿Prometes quedarte tranquila?

Mariana parpadeó afirmativamente y el hombre le quitó el cuchillo de la frente.

—¿Quién eres? —preguntó la mujer, tocándose una herida que se cerraba como por milagro.

—Mi nombre es Rodrigo.

—¿Por qué me ayudas?

—Porque necesitamos gente como tú en nuestra lucha contra el Directorio.

—¿Y quién te dijo que querría ayudarte?

—La Chrysler está a punto de descubrirte. Cuando lo hagan, en unos minutos serás comida de tiburones, o algo mucho peor. Nosotros podemos hacer dos cosas por ti: sacarte de la isla ahora y hacerte ingresar en territorio liberado dentro de la Chrysler, donde estarás a salvo de los agentes del Directorio.

Mariana estaba estupefacta. De pronto le entregaban en bandeja todo lo que necesitaba.

—¿Por qué debería confiar en ti?

—Porque no tienes otra salida —repuso Rodrigo, apuntando hacia la esfera, que ahora aparecía con un aura rojo sangre y desplegaba bandadas de microbios rastreadores—. Te esperamos en la playa; desconéctate ahora —ordenó, y regresó a la esfera.

Mariana hundió la mano en el pecho y se tocó el corazón.

 

—Vienen máquinas voladoras desde el sur. No son hijos de Ramírez —advirtió el selknam a Mariana, que se vestía con nerviosismo. Avergonzada, con una mezcla de rabia y pena, se negaba a mirarlo.

—Lo sé; abordaremos un vehículo que dispusieron para nosotros. Porque supongo que tú no vas a hacer nada para defendernos de esos helicópteros.

—La oferta de mutua cooperación es lo más conveniente.

—Sí, claro.

Caminaron hasta la playa, donde había varado un tubo metálico similar a un proyectil.

—Otro ataúd —se quejó Mariana.

—Tiene terminales en cruz —dijo Günther—. Conéctate a él, seguramente hay indicaciones en su memoria.

Mariana estiró los line-in de sus ojos y los conectó a la terminal. Detalladas instrucciones para operar el vehículo, el itinerario de viaje y el programa para evadir los controles de la Chrysler se desplegaron en las retinas de la mujer. Una cosa la incomodó sobremanera: debía hacer todo el viaje pegada al cuerpo del selknam, pues el tubo era un vehículo de correos no habilitado para llevar carga humana.

—Tengo que morir —susurró.

—¿Cómo? —exclamó Günther.

—El transporte no tiene sistemas de soporte para vida humana y el viaje dura treinta minutos. Este bicho no tendrá ningún problema, pero a mí me tendrán que matar. Los sistemas de refrigeración de la bala de correo evitarán el daño cerebral, y se supone que en la Sección 14 de la Chrysler me estarán esperando con cámaras de calor y desfibriladores para traerme de regreso —explicó Mariana, resignada.

—Pero eso es demasiado peligroso… —acotó Günther—. Quizás el Reche puede hacer algo.

—No, Günther. Es imprescindible que los escáneres de la Chrysler no registren actividad al interior de las balas, de lo contrario son destruidas en el acto. Tranquilo. Yo estoy tranquila, ya nada me parece terrible. Sólo procura mantenerte cerca de mi alma; pase lo que pase, no quiero perderme allá afuera. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —dijo el muchacho, no muy convencido.

Enseguida el selknam, que estaba a espaldas de Mariana, produjo una fisura en el tiempo. La frecuencia del pulso cardíaco de la mujer tropezó consigo misma y ella se desplomó suavemente en la arena. El selknam la tomó entre sus brazos y miró hacia el sur.

—Dos minutos —murmuró.

—Tenemos a la mujer, Imbunche —informó Rodrigo.

—Excelente, avísale a Alvarado.

—Ya lo sabe. Dice que espera instrucciones.

 

—¡Señor! —gritó un operador—. ¡Perdimos sus signos vitales!

Ramírez se acercó con el rostro desencajado.

—¿Qué estás diciendo?

—La pérdida de las lecturas coincide con el arribo de fuerzas de seguridad de la Chrysler a la isla, señor.

—Entonces consiguieron rastrearlos.

—Y los borraron del mapa —agregó Alvarado.

—Pero… era un selknam.

La incredulidad se apoderaba del rostro del militar, que miraba a sus subalternos y al político buscando una explicación.

—No pueden destruir a un selknam.

Se hizo un silencio, sólo puntuado por los siseos y alertas de los aparatos de monitoreo.

—Señor —se atrevió a decir un operario—. Del selknam no sabemos nada, pero Mariana está muerta. Eso es definitivo.

Ramírez se dejó caer sobre su silla, desolado. Un torbellino de ideas le nublaba la cabeza. De pronto recordó su responsabilidad y se puso de pie violentamente.

—Tú —indicó a un operador—. Contacta a un equipo alternativo, equípalo y mándalo al patio de entrenamiento, de inmediato. Tú. —Señaló a otro—. Quiero que averigües de inmediato si la Chrysler llegó a enterarse de nuestra participación en este operativo. Y tú, desmantela la red de apoyo al equipo de Mariana. —Luego miró hacia el suelo, mordiéndose los labios—. Estamos perdidos.

Giró hacia Alvarado.

—Vas a tener que responder por este desastre.

El político no respondió. Ramírez pensaba en cómo salvar los restos de la operación, mientras Alvarado ya estructuraba los argumentos que lo desligarían de responsabilidades ante sus superiores. «Esto puede perfectamente atribuirse a falta de apoyo militar en el momento adecuado», pensaba.

—Recomiendo cortar todo nexo con el cadáver de Mariana y los implantes que carga —dijo entonces—. Debemos quemar la conexión para que no puedan hacer el camino inverso y descubrirnos.

—Primera cosa sensata que dices —ladró Ramírez, y, dirigiéndose ahora a su equipo con tono amargo pero enérgico, dijo—: Bien, desde ahora esta operación nunca existió. Confío en el profesionalismo y la discreción de todos. Tal como confío en el temor que todos le tenemos a un buen consejo de guerra por filtrar información clasificada •—agregó, clavando la mirada en cada operario mientras caminaba hacia la puerta.

Desde el umbral hizo un gesto para llamar a un subordinado.

—Quiero la nómina de todos los involucrados en esta operación —dijo en voz baja, y desviando la vista—. Incluye sus perfiles sicológicos: necesito evaluar con rapidez quiénes deberán morir.

Alvarado se acercó por detrás.

—¿Te retiras así, nada más?

—Un soldado debe saber cuándo ha sido derrotado. Yo, como militar, estoy muerto. Otros continuarán esta batalla —sentenció Ramírez con frialdad antes de alejarse por el pasillo.

«Qué metáfora tan ajustada, comandante», pensó Alvarado.

Ella.

Ella desnuda, nadando en luz líquida y llorando de alegría, abrazada por un padre amoroso e infinito.

Ella con la boca llena de luciérnagas, mirándose con todo el cuerpo y sumergida en lagunas de leche tibia. Ella, arrobada por la corriente amorosa que la arrastra desgranándole el recuerdo, rodando por arroyos de olvido con la promesa de abrirse a un mar que no termina. Ella como un pez transparente, hasta que alguien grita su nombre. Su

nombre viene rodando como un eco distante desde la infancia. Le parece tan lejano. Ya casi no sabe si en verdad es su nombre. Una sombra en el velo cristalino del agua de vida. Algo la llama desde otro lugar y las aguas se contraen. Aparecen la temperatura, el peso, la memoria.

Alguien la llama de regreso.

—¡Diez miligramos de Protenarol! —pedía a viva voz un desconocido mientras rompía las vestiduras de la mujer.

—¡Unidad desfibriladora, una vez más!

—¡La perdemos!

Seis personas trabajaban febrilmente en torno de Mariana, insertando tubos por boca y nariz, líquidos en las arterias, láminas de metal en su piel para descargar electricidad en microintensidades. Doctores, chamanes y curanderos con computadoras la llamaban de regreso a gritos. Poco a poco, el aura de la mujer se fue engrosando; poco a poco los técnicos recuperaban la calma, mirándose unos a otros con sonrisas nerviosas. Al cabo de una hora la mujer dormía profundamente en una pequeña habitación del Departamento de Reacondicionamiento Humano de la Sección 14. El Reche se mantenía a su lado y dos guardias armados custodiaban el acceso.

—¿Cuál fue el informe de Miguel Alvarado, Rodrigo?

—El itinerario ha seguido el curso previsto. Alvarado borró a Mariana de la operación y está en proceso de eliminar todos los cabos sueltos. La muerte de Ramírez está programada para dos días más, y nuestro propio operativo para eliminar a Alvarado se puso en marcha hace cuatro días. Los eventos se sucederán armónicamente, como lo solicitaste. El futuro de esta historia nos pertenece, Imbunche.

El profeta se había abierto una nueva herida a lo largo del brazo derecho para celebrar la ocasión. De su carne surgían alambres cosidos con tiras de cuero y conjuros matemáticos. La sangre seca manchaba sus extremidades y aumentaba las náuseas de Rodrigo; además, había comenzado a masturbarse con un manojo de tiras de carne cruda que guardaba en una caja de madera.

—Rodrigo, hijo mío, acércate.

El joven sudaba, incapaz de moverse. El Imbunche contrajo el rostro y una lágrima se asomó en su párpado sin pestañas.

—Pero, Imbunche… —dijo Rodrigo, desconcertado—. ¿Qué te ocurre?

El profeta levantó su rostro lloroso.

—Si no te acercas voy a quitarte la vida, y si eso ocurre, voy a extrañarte mucho —sentenció, rompiendo en llanto.

El muchacho se acercó temblando y el Imbunche comenzó a desabrocharle los pantalones. Rodrigo estaba horrorizado; ver a ese espantapájaros hediondo tocándolo con sus manos mutiladas, los dedos reemplazados por prótesis de bambú y fibra óptica llenas de mugre, le parecía una pesadilla. De pie, paralizado, observó con horror cómo el Imbunche le lamía los genitales con su lengua bífida, emitiendo gruñidos y miradas amenazantes. Parecía una hiena royendo un trozo de carne de su propiedad. Cuando terminó el ritual el profeta se puso de pie y tomó el rostro del aterrado muchacho entre sus manos.

—Ahora eres completamente mío. No tienes idea de lo que extraje de tu aparato, mi Rodrigo —exclamó, y le estampó un beso prolongado en los labios—. Vete y avísame cuando Mariana despierte. Debo entrevistarme con ella lo antes posible.

El joven asintió y lentamente, con el rostro desencajado, salió de la estancia. Afuera, el sol de media tarde marcaba los detalles en los frisos de las construcciones y una pequeña brisa refrescaba a los transeúntes. Rodrigo pensó en el suicidio, pensó en matar al profeta, pensó en huir; pero siguió caminando lentamente, vacío, en dirección del lugar donde pronto despertaría la mujer. Algo se había quebrado en su interior.

Era una tarde preciosa.

 

—Está despertando —dijo un auxiliar en la sala de control de signos vitales.

«Hace más de dos horas que comenzó a hacerlo», murmuró el selknam a muchas habitaciones de distancia, sentado junto a Mariana. Dos médicos entraron en la habitación donde la mujer se quejaba y empezaba a abrir los párpados con dificultad.

—Verifica sus niveles de sodio y la fluidez de sus chakras.

—Necesitamos que emerja sin resonancias ni entidades extrañas aferradas a su existencia. Dame un nacimiento limpio.

—Está saliendo del sueño… Imprime la imagen de su choque con la conciencia de ser. Y quiero a Briceño interpretándola de inmediato.

Mariana dejó de mover la cabeza y abrió los ojos. Su rostro se contrajo en una mueca de rabia y gritó, intentando levantarse, pero los médicos la sujetaron de brazos y piernas con gran esfuerzo.

—¡Déjenme! ¿Por qué lo hiciste?

—¡Cálmese, Mariana!

Pero la mujer se contorsionaba intentando zafarse.

—¡Si no se calma, la drogaremos hasta que entienda! —gritó uno de los médicos.

Mariana lo miró, jadeando, e hizo un gesto con la cabeza. La soltaron lentamente y retrocedieron unos pasos. La mujer se ordenó el cabello y desaceleró su respiración.

—¿Está bien?

Asintió sin mirarlos.

—Déjenme sola un momento, por favor.

—Por ningún motivo… —intentó replicar uno de los médicos, pero fue interrumpido por el ruido del exoesqueleto del Reche poniéndose de pie, amenazante.

—… Por favor —repitió Mariana.

—La estaremos auscultando a distancia —dijo el otro médico. Y se retiraron.

La mujer permaneció unos minutos observando un punto en la pared, absorta en formas aleatorias que le recordaban vagamente a un árbol. Un fresno quizás.

—¿Por qué lo hiciste? —murmuró sin dejar de mirar la mancha en la pared—. ¡Respóndeme de una vez! —gritó con más fuerza y se tomó la cara con las manos, como intentando contener una marejada.

—Mariana… —susurró Günther.

La mujer levantó la vista y comenzó a gritar.

—¡Por qué lo hiciste, desgraciado! ¿Por qué me trajiste de regreso?

—Pero, Mariana…

—¡Cállate, hijo de puta! ¿Por qué no me dejaste ir en paz, pendejo de mierda?

—Tenía que hacerlo. Tenemos un deber que cumplir, y…

—¡Mentira, huevón! ¡Me trajiste de regreso porque me necesitas!

—¡No! No es eso, Mariana. Había un compromiso.

—¡Mentira, eres un egoísta! Me habían abierto la puerta, podía escapar de toda esta miseria… —gimió—. Pero tú me hiciste caer en este basural de nuevo, y ahora estoy encerrada aquí, arrastrándome otra vez.

Los gemidos de Mariana llenaban la habitación. El selknam la miraba con curiosidad mientras la mujer fijaba la vista ahora en un punto indefinido en el techo de la habitación. Tenía el rostro mojado, y los brazos caían muertos a sus costados.

—Alguien se está burlando de mí. Me muestran la felicidad sólo para reírse de mí. ¿Ni siquiera morir en paz me está permitido? ¡Dime, huevón!, ¿ni siquiera eso me van a dar?

Durante unos segundos nada se movió en la pequeña estancia donde Mariana y el selknam parecían separados por kilómetros de distancia.

—Perdóname —dijo Günther—. Estoy abandonado entre mundos. Soy un náufrago en el centro de un océano eterno. Temí quedarme aún más solo si te ibas. Cuando vi tu sombra, liviana, elevándose hacia donde soy muy pesado para ir, sentí pánico. No tengo nada. El calor de tu cuerpo y tu consuelo es lo único que he tenido en esta oscuridad… He llorado de alegría por cada palabra que me has dirigido.

Mariana se mantuvo en silencio, inmóvil.

—Estaba solo en el Universo y de pronto llegaste tú. Perdóname, no sabes lo que es habitar un abismo de soledad sin fondo ni esperanza. Me volví un animal desesperado…; perdóname, te lo suplico.

La mujer parecía extraviada, y apenas movió los labios para hablar.

—¿Qué pasa si planeo mi propia muerte?

El selknam giró la cabeza y se apresuró a sentenciar:

—Cortar el sistema desde adentro induce a paradoja. Tu programación se bloquea, queda fijado a tu hardware y padece una semiexistencia anómala, sin fecha de caducidad.

—¿Condenación eterna, a eso te refieres? —Mariana esbozó una amarga sonrisa —. Quiero dormir, déjenme en paz por un momento, por favor.

Ni siquiera morir le estaba permitido. Su vida era un constante ejercicio de despojo y, aunque su ser se había endurecido tempranamente, como una cáscara protectora, en su interior, en una esquina, se acurrucaba una niña triste sumergida en la oscuridad.

Estaba sola. Siempre había estado sola.

Esperas millones de años en el limbo la oportunidad de venir a vivir un poco a la Tierra, pensaba; te entregan una única oportunidad, un único ticket. Pero el de ella era un billete de última fila, detrás del pilar. A veces lloraba de impotencia, de rabia y de pena por esa niña que había entrado inocente en un ruedo de carniceros y violadores que le fracturaron la felicidad para siempre. Ese otro lugar que había visto durante su muerte, en cambio, era todo lo que nunca había tenido. Ternura en estado líquido, un disolvente amable demoliendo la estructura de una memoria llena de temores, demonios, viruelas y plagas. La luminosidad desanudaba los quistes y lavaba la herrumbre que taponeaba las arterias, liberaba el asma y besaba los párpados. Todo estaba bien allí. El río amniótico la abrazaba en su corriente amorosa camino del mar infinito, donde la contemplación del olvido le procuraría por fin un hogar.

Pero el aborto, el demiurgo, la carne. El recuerdo le producía náuseas. Cuando Günther la llamó de regreso, de pronto, con el recuerdo de su nombre también evocó el olor de su propia carne, de sus jugos gástricos, de las fecas almacenadas en su vientre. El río de luz se hizo espeso y tubular, rugoso y oscuro, lubricado de secreciones y excrecencias orgánicas. Supo entonces que era expulsada a través de una especie de recto, cada vez más presionada por paredes ásperas de adherencias. Fue una deposición violenta, no un nacimiento. Expulsada del Paraíso por segunda vez, cayó pesadamente sobre una cama como la de su madre. A veces soñaba con ella y despertaba como quien cae al agua helada. Soñaba con los imposibles brazos de su madre arrullándola, acariciándola, peinando su cabello, meciendo su cuna. Todo lo que faltaba en los cimientos de su historia plagada de fracturas. Ahora andaba por la vida como un lobo herido en mitad del invierno. Sobreviviendo, sin saber por qué tenía que hacerlo.

El Imbunche estaba meditando. Trece garfios sujetos a su carne lo mantenían suspendido a media altura en el centro de su habitación. El contrapeso lo proveían rocas llenas de inscripciones; cada una tenía el valor de muchas oraciones enunciadas.

Hacía tres días que tenía a Mariana en sus dominios. Los correos del Directorio habían enmudecido y eso sólo podía significar una cosa: sabían que la tenía en su poder. Su inactividad confirmaba que el golpe les había resultado doloroso. «El silencio es una victoria tan ruidosa como un ejército triunfante», pensaba el Imbunche.

Cumplía su cuarta hora de meditación profunda cuando, desde la única esquina de la sala, junto a la puerta de entrada, surgió una voz desconocida.

—Mashdaa, Imbunche.

El profeta abrió los ojos y sonrió. Desde la oscuridad emergió una silueta insólita, pero familiar.

—Mashdaa, Tangata Manu. Es un honor que el Gran Chamán de la Tierra atienda mis ruegos. Nunca ha sido propio de los dioses escuchar las oraciones de sus fieles. ¿A qué se debe tanta gracia?

—Tú me llamaste y es necesario que yo acuda. No es la primera vez que nuestros caminos se cruzan, y no será la última —sentenció, lacónico, el visitante.

—Cuando un pobre mortal tiene dudas trascendentales y se ve a sí mismo al borde de algo desconocido, invoca a sus dioses. Pero ellos nunca contestan. El cielo es una casa vacía. ¿Por qué me honras con tu amistad, Tangata Manu?

—No tengo tiempo para discutir lo que ha ocurrido ya miles de veces en las ruedas de la existencia. Juguemos nuestros papeles. Tú me llamaste y es necesario que yo acuda —insistió el aludido.

El Imbunche volvió a sonreír y cerró los ojos.

—Tú sabes, y yo también, cuál es el origen de los integrantes del Directorio. Son una máquina que ha avanzado a través de las eras como un arado abriéndose camino en el follaje: siempre en línea recta hacia un objetivo que supongo extraordinario. Ahora siento que me he interpuesto en esa línea recta. Tengo algo que parece muy importante para ellos y necesito saber por qué lo es, para administrar más eficientemente un capital tan preciado.

—Tú no te has interpuesto en nada, pequeño arrogante. Es verdad que estás en medio de algo que no puedes imaginar, pero no eres un obstáculo sino apenas una hormiga robando granos de azúcar. No lo olvides y podrás quedarte con tu pequeño botín.

—Perfecto, soy un insecto. Pero quiero ser el rey de los insectos, y para eso necesito saber por qué Mariana es tan importante. Al parecer también lo es para ustedes, o no tendrían un perro guardián como el selknam Reche custodiándola. ¿Tú lo enviaste?

—El selknam guerrero es parte del sistema inmunológico del Cosmos. Donde se produce un desajuste o una infección en la estructura de las cosas, ahí nacerá un selknam, con la única misión de combatir el desajuste. Él no tiene nada que ver conmigo.

—¿Y hay una infección… aquí? —tanteó el Imbunche.

—Para la respiración del Cosmos es imprescindible que nada perturbe el proceso de transmigración de las almas. Desde hace un tiempo, algo está comenzando a ocurrir, algo que interfiere en ese proceso.

El Imbunche tenía el rostro desencajado por la sorpresa; un millón de preguntas se le venían a la boca, pero no se atrevió a interrumpir el torrente de información que se desplegaba ante él.

—La Chrysler ha desarrollado una tecnología capaz de redirigir el flujo de los espíritus hacia una cadena de producción donde son encarnados en procesadores de última tecnología. Se llama Empalme Rodríguez. A partir de esta tecnología perturbadora están creando una red de computadores de naturaleza anómala para echar a andar su proyecto más definitivo.

—¿Y Mariana qué tiene que ver…? —interrumpió finalmente el Imbunche.

—Mariana es una pieza imprescindible para el funcionamiento de este proyecto. Sin ella no tienen nada.

El rostro del Imbunche se iluminó. Su instinto no le había fallado, y ahora sentía que controlaba la situación.

—No me malinterpretes, Imbunche —advirtió el Tangata Manu—. Sólo eres una piedra en sus zapatos. Usa rápidamente esta carta que el destino te ha dado. Ellos son formidables; no te equivoques.

—Necesito saber más. Por qué fabrican computadores con almas humanas. Por qué Mariana es un componente imprescindible. Por qué me ayudas…

El Imbunche estaba lleno de interrogantes, pero fue inútil; el Tangata Manu ya no estaba ahí. Una última frase recorrió la sala, girando en el sentido de las agujas del reloj.

—Desarrollaron la tecnología Empalme Rodríguez para hacer funcionar su máquina definitiva. Quieren a Mariana para hacer funcionar al Ygdrasil.

Esa palabra quedó retumbando en los muros y en la mente del profeta.

—Ygdrasil… —murmuró el Imbunche.