Ygdrasil
Dos
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CRÓNICA VERDADERA DE CÓMO LA MUJER ENTRA EN LA CAVERNA DEL DRAGÓN
MÉSICO Y DEL MOMENTO EN QUE ÉSTE SE DESPIERTA Y LA DEVORA SIN
PREGUNTAR
Las redes de comunicaciones se habían convertido en carreteras blindadas por donde la información viajaba segura, encapsulada en encriptados imposibles. La única posibilidad de robar información era recurriendo al viejo sistema de forzar la cerradura y entrar como un ladrón agazapado, evadiendo los sistemas de seguridad y huyendo antes de que sonaran las alarmas y las mandíbulas de acero se cerraran sobre la carne del intruso.
Mariana llevaba ocho horas colgando de un garfio y respirando por una mascarilla dentro de un ducto de evacuación de desechos orgánicos. Cada quince minutos el edificio del Banco de México orinaba a través del ducto y Mariana podía avanzar unos centímetros sin ser detectada. El esfuerzo de marchar contra la corriente de desechos era enorme y los brazos le dolían. «¿Qué mierda estoy haciendo aquí?», se preguntaba una y otra vez mientras permanecía colgada, como una pupa, de las paredes interiores de la uretra del edificio.
Al cabo de catorce horas había logrado por fin penetrar el casco del edificio, a la altura del piso cuarenta bajo tierra. Desde allí sólo le tomó una hora llegar hasta el centro de la estructura tubular que albergaba la médula espinal de la construcción. La médula, de ocho metros de diámetro, se extendía por toda la edificación conectando los pisos y coordinando todas las funciones biológicas y administrativas de la empresa. Era el sistema neurovegetativo de una nueva generación de edificios vivos, monstruosas neuronas de exoesqueleto metálico llamadas colmenas.
Para abrir con comodidad su traje elástico de seguridad Mariana enganchó el seguro de su cinturón a un tubo que se insertaba en la médula. Metió una mano entre sus piernas y del ano se extrajo un pequeño cilindro metálico que insertó en su nariz. El tubito desplegó unas garras minúsculas que lo aseguraron a las paredes de la cavidad nasal; luego, una aguja se extendió lentamente hasta la base de su cerebro. Del otro extremo ella extrajo un cable de entrada, delgado como un cabello, que insertó en una de las arterias que a su vez se hundían en la médula del Banco de México. Por sencilla osmosis, la fibra interventora era capaz de oír y discriminar entre los datos trasmitidos a través de sus fibras de mielina. El tubo metálico en la nariz de Mariana modulaba la información y la codificaba en forma de imágenes y patrones aleatorios, perdidos en la vorágine de recuerdos de infancia del recipiente.
Por el sabor acre en la boca y un cosquilleo en un punto indefinido del paladar supo que estaba trasmitiendo los datos a la central. Estiró un poco los miembros, respiró hondo y sonrió, feliz por el éxito de una operación que unas horas antes le habría parecido imposible. Su mente comenzó a volar entre pensamientos agradables. «Estoy divagando», se dijo, sorprendida. El maíz era una droga esclavizante y la adicción no daba tiempo de pensar en otra cosa que no fuera conseguir más. Te mantenía todo el día miserable, como un lobo famélico que sólo se sacia mientras devora a dentelladas los gramos siempre escasos, para quedar nuevamente vacío, ansioso y sediento. La sensación de calma que envolvía a Mariana la embargó de emoción; se sentía viva, despierta, humana de nuevo, lúcida. La repentina revelación agrietó su fortaleza y una primera gota salada se filtró desde su fuente para caer lentamente por su mejilla. De pronto era consciente de la muerte en vida por la que se había arrastrado durante tantos años.
Fue una larga noche, en la que lloró lo que nunca había llorado. Lloró por su madre, por su padre, por sus víctimas; por la pesadilla que la aterrorizó de niña, de la que acababa de despertar con unos pesados treinta y seis años sobre sus hombros, en un cuerpo de mujer medio seco por la falta de afecto.
Era un llanto de nacimiento, ahí en la oscuridad, a cien metros bajo tierra.
En la sala de control, Ramírez y sus subalternos se miraban sin comprender. ¿Qué era esa anomalía? Nerviosos, sudaban evaluando los datos, revisando las gráficas, sopesando una posible incompatibilidad química. ¿Qué era ese llanto interminable y desgarrado que les llegaba por los comunicadores desde las entrañas del Banco de México? ¿Qué ocurría?
A las ocho de la mañana apareció Alvarado con una taza de café en la mano. Los tacos de sus zapatos resonaban en las baldosas aislantes de los pasillos. La noche había sido larga y el sueño corto, de modo que el café tendría un par de polizones disolviéndose clandestinamente en el fondo de la taza. Nada anormal, apenas el rito diario de la clase ejecutiva, incapaz de renunciar a ciertos químicos a esas alturas imprescindibles para sostener el ritmo endemoniado que exigían las responsabilidades laborales. Todos en el gobierno apoyaban la lucha contra las drogas, pero todos sabían también que sin ellas, con los hombres agotados e imposibilitados de contener el estrés y la exigencia de forma natural, el sistema se derrumbaría. Los destinos del país estaban en manos de una banda de drogadictos obsesos, necesariamente relacionados con y chantajeados por hermandades del comercio ilegal.
—¿Cuánto falta? —preguntó en medio de un bostezo.
Ramírez no despegó la vista del monitor.
—Estamos en itinerario. Esta niña resultó ser buena y nos está transmitiendo más información de la que pensábamos.
—Bien por ti —respondió Alvarado, estirando los brazos—. Recuerda que tus galones dependen de tu eficiencia en esta operación.
El militar tragó saliva y se negó a contestar; era demasiado temprano para responder a las provocaciones. Además, Alvarado era un político joven, asignado a esta misión —que no era precisamente un premio— para medir su desenvolvimiento, de modo que sus situaciones eran bastante similares.
—¿Qué vas a hacer si los del Banco no la descubren pronto? Supongo que tienes un plan de contingencia…
—¡Shht! —interrumpió Ramírez, muy concentrado—. En diez segundos va a comenzar la fiesta.
El político volvió a bostezar sonoramente, sólo para burlarse de la expectación del militar.
—¡Ahora!
Dos monitores se apagaron y una pantalla apareció flotando en el centro de la sala. Redes de fibras luminosas describían veloces trayectorias en torno de un punto violeta; poco a poco las fibras fueron conectándose a ese punto, hasta que toda la gráfica quedó inmóvil, pulsante, ingrávida. De la nada surgían letras que indicaban vectores, y unas gráficas se derramaron hasta el suelo. Un reloj inició una cuenta retroactiva de cinco segundos y toda la sala quedó a oscuras.
Al principio Mariana no percibió nada anormal, salvo el cese del cosquilleo en el paladar. Luego notó que el zumbido también había cesado y supo que algo andaba mal. Quiso moverse, pero no pudo. Las luces de seguridad que cargaba consigo se apagaron y se encontró de pronto sola, a cien metros bajo tierra, presa del pánico pero incapaz de gritar; paralizada por quién sabe qué químico, estaba atrapada en los intestinos de un monstruo que la había identificado como cuerpo extraño y que en cualquier momento comenzaría algo muy parecido a una digestión.
Ramírez la había abandonado.
—Ahora cuéntame qué fue lo que hiciste —preguntó Alvarado.
En su rostro había trazas de preocupación que Ramírez, entusiasmado con su éxito, interpretó como irritación mal escondida ante la genialidad de su maniobra.
—Mariana —dijo en voz alta, imitando la actitud del profesor que comienza una lección— resultó más eficiente de lo que pensábamos. Los imbéciles del departamento de seguridad del Banco de México no fueron capaces de detectarla. Entonces le di un giro al operativo —continuó, satisfecho («patéticamente satisfecho», en opinión de Alvarado)—. Me comuniqué con ellos y les dije que estaban siendo infiltrados. Su sorpresa fue mayúscula. Antes que pudieran decir nada los amenacé con informar a la prensa de la situación si no cooperaban. Les aseguré que el descrédito y la fuga de capitales serían inevitables, y que la ofuscación de sus superiores sería tal que no daba una moneda por sus vidas.
Alvarado observó los rostros embobados de los subalternos de Ramírez con una mezcla de asco y rabia. La táctica era tosca, grosera, carente de toda sutileza; una simple amenaza de gorila.
—Les exigí de inmediato la información completa acerca de los movimientos bancarios que necesitábamos. Nos ahorramos un par de semanas de investigación, por lo menos.
Ramírez sonrió, buscando la aprobación de su gente. «Qué espectáculo», pensó Alvarado.
—Y, ¿qué te pidieron a cambio? —preguntó con calculada indiferencia, haciendo girar el café dentro de la taza.
—La ubicación de Mariana, por supuesto.
—Por supuesto —murmuró Alvarado, contrayendo las mandíbulas.
Ella.
Ella embarazada, con el estómago lleno de cuervos. Una muchedumbre grita y se remueve virulenta bajo la tierra, entre válvulas y pasadizos. Del cielo llueven ojos izquierdos. Ella maúlla lastimosamente, se rasca los parásitos alrededor de la boca mientras arrastra su prole nonata bajo la tormenta. Con el alma cayéndosele a pedazos, deja un rastro. El Via Crucis tiene la forma del circuito impreso en su paladar. Y es un nombre.
Despertó ahogada en un grito, pero no pudo moverse. El cuadro le encogió el corazón. Estaba desnuda, de alguna manera fijada a la cubierta de una mesa de madera negra que ocupaba casi toda la superficie de una sala de reuniones pintada de blanco. Sentados en torno, unos doce hombres de edad heterogénea y traje formal la contemplaban. Sobre la puerta entornada distinguió una placa metálica con el logo iridiscente del Banco de México.
Durante un par de horas Mariana intentó comunicarse con ellos. Pidió, exigió, gritó. Los amenazó, les rogó, inútilmente. Cuando agotó incluso las lágrimas, uno de ellos se puso de pie y extrajo de su bolsillo un punzón. Sobre la piel del torso le dibujó unos hermosos kanjis donde se podían leer, a pesar de la sangre, los pasajes luminosos del Sutra del Loto. Luego le atravesaron los pezones con clavos de cobre finamente tallados, y le cortaron los párpados con una tijera antiquísima, de acero templado y orejas talladas en madera de nogal. Uno de los hombres, de rasgos asiáticos, le hundió un bisturí con mango de bronce a la altura del chakra Anahata, y practicó un corte longitudinal hasta llegar al pubis y dividir el clítoris por la mitad.
Otro personaje, de origen indefinido, se acercó lentamente con un martillo en las manos. Semiinconsciente, entre la angustia y el ahogo del dolor, la mujer alcanzó a gemir, aunque sin esperanzas:
—No, por favor…
Entonces la crucificaron a la mesa.
Le arrancaron dientes y algunas uñas. Le extrajeron costillas y dedos. Alinearon todo cuidadosamente en torno de ella como un gran mandala de restos humanos, mientras entre dientes repetían la palabra «Perfecto», acentuando el final. A Mariana se le salían los ojos de las órbitas intentando ver más allá de la niebla y la asfixia del martirio.
De pronto el ritual pareció llegar a su fin. Sólo el jadeo mínimo de la mujer anunciaba que esos despojos desordenados, sanguinolentos, habían sido un ser humano. Entonces entró ese otro hombre. Con una daga le abrió lentamente el costado, copuló con ella a través de la herida y eyaculó en su interior al cabo de unos minutos. Luego, con una enigmática frase dio por terminada la reunión.
Los trece hombres se retiraron y alguien más llegó para clavarle un gancho a la cadera y arrastrarla a un ascensor. Salieron a un estacionamiento y Mariana vio cómo la arrojaban al compartimiento de carga de una camioneta que de inmediato se puso en marcha. Seguía semiinconsciente, y cada imperfección del pavimento la atravesaba con dolores lejanos como recuerdos. Sintió la luz cuando abrieron la camioneta, sintió el impacto de su cabeza contra el suelo cuando la empujaron fuera. Oyó algo acerca de la altura del puente y la profundidad del río. El cielo estaba muy azul.
Sintió una repentina ingravidez y luego el golpe contra el agua. Había cierta calma en todo lo que ocurría; Mariana veía las algas mecerse y las burbujas ascender a la superficie mientras se hundía. Se hundía, sabía que se hundía, de espaldas hacia el olvido; dentro de poco la oscuridad la abrazaría con su tela espesa, la muerte la cubriría casi con ternura. «Ya pasó todo», le susurraría mientras ella se hundía en el sueño, como una novia dolorosa.
Todo parecía un sueño.
Las algas la envolvieron con sus dedos transparentes cuando casi tocaba su cuna definitiva. Entonces, desde el fondo del limo emergieron unos brazos que la estrecharon. Mariana oyó una voz diciéndole al oído:
—Llevo veinte años esperándote.
Ella.
Ella en un paisaje con los colores mal calibrados. Una cuerda baja desde el cielo y la sostiene colgando de los pies. Sangra por la nariz. Debajo de ella, en un charco de sangre de cinco metros de profundidad, nadan peces extraños e ideas desesperadas. Ella, murmurando un nombre que no recuerda mientras un insecto le hace una cesárea. En las antípodas del planeta, un sacerdote levanta la hostia y un aullido brota del cáliz. El insecto entra por la herida del parto y se acomoda para dormir.
—¿Los de seguridad del Banco de México enviaron la información? —preguntó Alvarado.
Eran las tres de la mañana, tenía el cabello desordenado, la corbata en el bolsillo y unas ojeras que le llegaban a las rodillas.
—El último paquete llegará en dos horas. Han debido sortear su propio sistema de seguridad y los segmentos de datos se están transmitiendo codificados en cadena. Sólo cuando los hayamos recuperado todos podremos reconstruir el conjunto.
Ramírez no desvió la vista de un teclado-ouija de fabricación reciente. Las curvas del teclado de color siena simulaban un cangrejo, y las terminaciones eran exquisitas.
«Qué estúpido», pensó Alvarado. «Es obvio que están ganando tiempo. Para cuando hayamos reconstruido la información ellos ya habrán limpiado toda evidencia y descubriremos que nuestros datos son basura».
—¿Ya sabes qué hicieron con Mariana?
—Seguramente algo horrible. Esa gente busca destruir el cuerpo, pero también inutilizar el espíritu —murmuró Ramírez, tecleando la ouija con nerviosismo—. Si conseguimos rastrear sus residuos en el plano astral, probablemente veremos las condiciones desastrosas en que dejaron su esencia —sonrió—. Un guiñapo desmoronándose como una figura de barro seco. El problema es que…
Se detuvo para teclear un comando avanzado.
—En esas condiciones debería estar dejando un rastro visible, algunas brasas kirlian aquí y allá. Pero no hemos detectado nada con el sello de ese grupo misterioso que opera con el Banco de México.
—¿De los Perfectos? —inquirió Alvarado distraídamente.
—¿Quiénes? —lo miró el militar muy sorprendido.
—Nada, nada. Es sólo un término de usuario.
Alvarado salió de la sala con una sonrisa teatral, encantado de ofuscar al mono con uniforme, como lo llamaba a sus espaldas.
—¡No busques a los vivos entre los muertos! —gritó desde el pasillo.
«Típico de los políticos —pensó Ramírez—: jugando a hacerte sentir desinformado».
—No encontramos reencarnaciones con el perfil de la identidad Mariana, señor —lo interrumpió un oficial—. Tampoco posesiones con su patrón de aura.
La preocupación de Ramírez se tornó evidente para todos. Era muy importante que la mujer estuviera fuera de circulación, pues un cabo suelto en una operación encubierta tan comprometedora como ésta se leía como un fracaso inexcusable. Gobiernos completos habían caído por menos, aunque siempre volvían al poder de una u otra manera. Pero los responsables directos, los funcionarios como él, con suerte podían rehacer sus vidas en otro país. Con suerte.