Ygdrasil
Siete
7
DE LA VERDADERA APARICIÓN DE LA FE EN LOS CORAZONES DE NUESTROS
HERMANOS, Y DEL GRAN QUEBRANTO QUE EN SUS CARNES SUCEDE CON LOS
AGUERRIDOS LAUTAROS, Y ACERCA DE LO QUE LE OCURRIÓ A MARIANA EN LAS
ENTRAÑAS DEL IGDRASILO CON EL GRAL. LO JURO TODO LO QUE VIDO POR LA
SANTÍSIMA MADRE DE TODOS LOS CIELOS, ASÍ SEA
—¿Graal?
—Exacto —apuntó la mujer—. Nuestra misión por fin tiene nombre, Guti. Todo el detalle de la tecnología Empalme Rodríguez está contenida en ese disco duro. Los mexicanos van a saltar de felicidad.
—Mariana…
—¿Dime?
—No me agrada que me llames Guti.
La mujer lo ignoró.
—También está todo el plan para despertar a la Chrysler. Lo único que tenemos que hacer es pedirlo «prestado», ya sabes, y llevárselo a los mexicanos. — Encogiéndose de hombros, rió como una niña.
—¿No será muy embarazoso transportarlo? —Para nada. El Graal es un contenedor metálico de veinte centímetros. En sus extremos tiene dos terminales conectadas al trozo de masa encefálica que flota en mescalina en su interior.
—Mariana.
—¿Dime, Guti?
—…
—Dime, ¿qué quieres?
—Mientras estabas con el Imbunche hice todo lo posible por comunicarme con la gente de Ramírez. Incluso salí a mar abierto en el plano astral, pero no hay nadie allí. Sólo un gran vacío, como si nunca hubieran existido. Tengo miedo de que algo terrible haya ocurrido. Desaparecieron todas las escaleras por las que subían a hablar con nosotros.
La mujer guardó silencio por un momento, mirando el suelo.
—No tenemos alternativa de todos modos. Debemos continuar, robar el Graal y salir de este lugar de mierda con la ayuda de ese bicho —dijo, señalando despectivamente hacia el selknam—. Lo único que deseo es poner la mayor distancia posible entre ese engendro asqueroso que se cree Dios y mi persona.
Los días siguientes no fueron menos desagradables. Las hordas de fanáticos circulaban día y noche por los pasillos y niveles de la Sección 14. Los gritos, las escenas de histeria y las manifestaciones de rechazo al Directorio se sucedían sin descanso. Pronto comenzaron los linchamientos. Primero a los sospechosos de espionaje, luego a los que no apoyaban la guerra santa, finalmente a quienes no se proclamaban lo suficientemente comprometidos con la causa. La fe ardía, y la Sección 14 era un caldero de irracionalidad. En ese manicomio, el Imbunche era el rey.
Al tercer día, como se había convenido, Mariana se reunió con el Imbunche y sus generales. A diferencia de días anteriores, gran pompa y gentío colmaban la Casa del Libro. Láminas holográficas que explicaban las fases del operativo flotaban por toda la sala. El propio Imbunche cargaba un mono-computador adosado a su ojo derecho para seguir las explicaciones que le exponía su plana mayor.
—¡Mariana! —exclamó el profeta cuando la vio ingresar—. El día de la gloria está en nuestras puertas.
Se adelantó y la llevó de la mano hacia el lugar donde flotaba un enorme mapa de la Chrysler.
La estrategia desarrollada por los generales era sencilla. Tras identificar la ubicación exacta del Ygdrasil y de los edificios del Directorio, gracias a la información entregada por Mariana, todo se reducía a una trampa dentro de una trampa. El Ygdrasil se hallaba más o menos en el centro de la Chrysler. A la derecha, a unos cinco kilómetros hacia la costa este, la más cercana, se encontraban los edificios del Directorio.
La primera ofensiva avanzaría desde la Sección 14, en la costa sur, protegida de los sistemas de seguridad por el sabotaje simultáneo de sus mecanismos de defensa, hasta crear una trinchera entre el Ygdrasil y el Directorio. El temor de verse aislados de su máximo tesoro haría reaccionar inmediatamente a los miembros de este último, que atacarían la trinchera, mientras una segunda ofensiva de la Sección 14, movilizada por mar, los atacaría por la retaguardia. El fuego cruzado desviaría la atención del Directorio. En tanto, Mariana y su equipo entrarían sigilosamente por la costa oeste en busca del verdadero objetivo.
—Para garantizar nuestra infiltración la ofensiva debe retener la atención del Directorio durante por lo menos cuatro horas —indicó Mariana.
—Para ganar tiempo debemos coordinar tu llegada a la costa oeste con el sabotaje a los sistemas de seguridad —dijo uno de los altos oficiales—. Cuando descubran que no cuentan con esas defensas desplegarán su infantería. Habrá combate cuerpo a cuerpo, la matanza será cruenta. Pero no te preocupes, tendrás tiempo suficiente. Tenemos gran cantidad de carne, y nuestra tolerancia a las bajas es excelente. Además, el sabotaje se hará con un rotavirus que atacará los ganglios de la Chrysler, usando su propio hardware para reproducirse; es un virus físico de carne y fibra óptica. Les llevará horas esterilizar su sistema nervioso. —Sonrió, satisfecho, el oficial.
—¿Quién cubrirá nuestra retirada? —preguntó Mariana.
—Nadie —contestó secamente el Imbunche.
Los militares se miraron de reojo.
—Pero…
—Eh… —intervino tímidamente otro general—. Intentamos explicarle al Imbunche que era importante asegurar el resultado de una operación tan relevante con una retirada limpia, pero… dijo que así era más emocionante.
Mariana giró para mirar al profeta, que sonreía inocente. «Este huevón es un maldito…».
—Ahora —dijo el Imbunche— tomaremos todos un vaso para ingerir la información del operativo, contenida en la estructura química del líquido.
Una vez que todos tuvieron un vaso entre sus manos, el profeta agregó:
—Soñé que uno de mis generales no me era totalmente leal. Le rogué a Dios que me lo indicara, pero no me fue concedido. Así que incorporé neurotoxinas en uno de los vasos —dijo, sonriendo—. Confío en el juicio por ordalía; confío en que Dios le habrá deparado el vaso impuro al traidor.
Mirándolos uno por uno, continuó:
—Y confío en que ese traidor se negará a beber, consciente de que la infinita sabiduría divina lo habrá señalado.
Se hizo un pesado silencio en el salón. Tras una larga pausa, un primer militar se acercó el vaso a la boca y bebió de un golpe; luego se quedó muy quieto, mirando al suelo. Otro lo siguió, luego todos lo hicieron. Mariana fue la última en beber, y cuando retiraba el vaso uno de los generales comenzó a respirar en forma irregular, a temblar y a sudar copiosamente. Todos se alejaron de él como por instinto. El hombre cayó al piso entre espasmos de dolor y horror; de pronto, asfixiado, se detuvo.
—¡Fuera todos! —gritó el Imbunche—. Ya saben lo que se debe hacer.
Mariana temblaba.
—¿Por qué hiciste eso, desgraciado? No puedo creer que pienses que Dios realmente escogería al traidor para que bebiera el veneno.
—Neurotoxina, no veneno —corrigió el profeta—. Y no importa si es verdad o no. Ellos también saben que no importa. Se trata de un… gesto, ¿me entiendes?
—No, huevón. No te entiendo, y doy gracias por ello.
Mariana se encaminó a la salida. Mientras bajaba por las escalinatas sentía los efectos del líquido. A cada minuto sabía más y más acerca de la misión. Hasta nombres de personas que jamás había visto aparecían en su mente como flores brotando de un árbol. La información penetraba en su torrente sanguíneo e ingresaba lentamente en su cerebro, en forma de recuerdos de juventud. Los recuerdos reales se confundían con los sintéticos, deformando su historia.
—Mashdaa, Reche.
—Mashdaa, Tangata Manu.
La reunión se realizaba en el lugar más seguro del Universo: el sueño de un bebé de tres meses. La interfase que utilizaban era bidimensional. Los colores se sentían como sonidos y el espacio era una nota musical sostenida.
—¿Ya sabes cuál es el intercambio que haremos? —preguntó el Tangata Manu.
—Sí. Ahora sé que mi camino me lleva hasta el Graal. En su interior se encuentra el principio de todos los desórdenes que están ocurriendo. Ahora sé que los acontecimientos me guían hacia él porque debo destruirlo.
—Ahora necesito ese organismo que estás protegiendo —dijo el Tangata Manu —. Entrégamelo.
—No veo por qué he de entregarte esa pieza. Ya no me eres de utilidad. Además, aún la necesito para acercarme al Graal.
—Está bien. Los acontecimientos la traerán a mi puerta.
—Tengo una pregunta, Tangata Manu —agregó el Reche—. ¿Por qué el Directorio quiere cerrar la Sección 14? No creo que sea únicamente por motivos religiosos.
—La Sección 14 es parte del proyecto para despertar a la Chrysler. El Empalme Rodríguez proveerá de almas a los computadores del Ygdrasil para que despierten a la Chrysler y la hagan extenderse por las redes de la Tierra. Pero no los proveerá de almas cualquiera, sino de aquellas que hierven de fervor religioso: ésas son almas especiales. La Sección 14 es una granja de cultivo de esas almas especiales. El fanatismo es una característica que se ha estimulado, no una casualidad; tampoco el Imbunche es casualidad, por supuesto. Nada lo es. La Sección 14 proveerá de almas con elevados índices de éxtasis religioso para los computadores del Ygdrasil.
»El levantamiento en armas también está previsto. La euforia y la muerte de los combatientes imbuidos de espíritu santo es lo que conferirá a sus almas los mejores niveles de calidad. La batalla de mañana es sólo la culminación de un largo y amoroso proceso de cultivo. La cosecha.
—Desgraciadamente, he venido a destruir ese proceso —dijo el Reche.
—Pero no llegarás al Graal si ellos no atacan.
—Entonces, que se desate la carnicería.
—Que así sea.
Mariana estaba recostada en su habitación, mirando el techo lleno de ondulaciones que le recordaba el estómago de un hambriento. Hacía ya un par de horas que había apagado la tétrica luz fosforescente que emanaba de las bacterias aplicadas a las paredes. Bastaba bajar unos grados la temperatura de las placas que las contenían para hacerlas entrar en estado de letargo. Sin embargo, otras luces entraban por las ventanas y dibujaban sombras fantasmagóricas sobre el techo, destacando los movimientos peristálticos de las tuberías de nutrientes bajo el tejido elástico que recubría el cielo. Eran luces de tiempos oscuros, hogueras para quemar la luz, hordas de seres humanos en claroscuro, transfigurados, girando en torno de las llamas como polillas monstruosas. La turba, el animal de muchas bocas y miles de dientes, la ameba voraz que se mueve por la noche de la mente. Arcilla en las manos de un loco.
—Günther, tengo miedo.
—Duerme, Mariana. Mañana comienza el fin de todo esto.
La mujer contuvo una mueca de llanto y suspiró.
—Eso me temo. Pero, ¿sabes? Ya casi no me importa, nadie me va a llorar. Nadie en todo el mundo. Me voy a apagar como una vela en una casa vacía.
—No digas eso, todo va a salir bien y mañana a esta hora quizás estemos saliendo hacia México.
—Primero debemos burlar al Imbunche. También hay que averiguar cuáles son los planes del selknam. Puede que no coincidan con los nuestros.
—Lo del Imbunche está fácil. Una vez que tengamos el Graal, subimos a la embarcación y sencillamente seguimos en línea recta hacia México.
—Eso es lo que me preocupa. Es demasiado fácil; ni siquiera nos puso escolta. Algo me huele muy mal, chico.
—No tenemos alternativa.
—Lo sé. Nunca la tenemos. Me siento como un ratón de laboratorio. Me abren una puertecita y yo entro por ahí, luego me abren otra y, si no entro, me ponen un electrodo en el culo hasta que lo hago; así de simple…
Günther no respondió. Los altavoces emitían secuencias numéricas en frecuencias apenas audibles. Pequeños ornitópteros zumbaban entre las construcciones, rociando a las multitudes con neuroestimulantes y llamando a la oración.
—¿Cómo sacaremos el Graal?
—Revisa mi memoria —pidió la mujer.
—Prefiero no hacerlo, me siento incómodo.
—Está bien. Primero hay que desconectar a los vivientes.
—¿Qué?
Mariana se enderezó y miró por la ventana.
—La Chrysler es básicamente una costra flotante con un agujero en medio. A través de ese agujero emerge el Ygdrasil desde sus asentamientos en el suelo marino. Es una anémona monstruosa que se eleva envuelta en nieblas. No toca los bordes del agujero en la Chrysler, se conecta a ella a través de cuatro seres humanos dispuestos en cruz. Sus cráneos están soldados a la estructura del árbol, y sus piernas entran en la Chrysler. Las bases de sus columnas vertebrales están soldadas al mismo borde y sus médulas espinales se abren en millones de filamentos que entran y recorren los sistemas de la isla. Torrentes de datos entran y salen a través de los vivientes, que oran día y noche, estimulados químicamente para sostenerse en un satori permanente. Eso aumenta su conductividad.
»Los vivientes son cuatro gemelos cuyos embriones fueron incubados dentro del cerebro de su madre. Los hicieron nacer en cuatro fechas distintas, respectivamente bajo Tauro, Escorpión, Leo y Acuario. En el texto original se habla de ellos como “los guardianes del trono de Dios”, “los torrentes de agua viva” y otras cosas por el estilo. En fin, son los puertos de datos del Ygdrasil y hay que ponerles un tiro en la cabeza para que no alerten del robo. El Directorio interpretará su silencio como una falla más producto del sabotaje; además, estarán demasiado ocupados repeliendo la ofensiva.
Mariana se tomó la cara con las manos y la friccionó, como limpiándola bruscamente de algo molesto. Afuera, un grupo arrojaba a la hoguera el cuerpo maltrecho de un traidor. Alaridos de gozo se mezclaban con los gritos de dolor del ajusticiado. Mariana recordaba sus propios rituales de asesinato y se horrorizaba. Ella también incubaba el germen de la locura, la locura de una raza extraña que encuentra placer en las mismas cosas a las que teme. Observaba con distancia los cuerpos y las llamas, el fanatismo, la antigua hipnosis del fuego, el olor a carne que despertaba los jugos gástricos y una extraña excitación.
—Si fuera religiosa, diría que esto parece el fin del mundo —murmuró, alejando la cabeza de la ventana y encogiéndose hasta abrazarse las rodillas.
El Reche era apenas una sombra contra la pared.
—¿Y qué vamos a hacer con éste? —preguntó Günther.
—No tengo idea. Con él estaremos seguros, por lo menos mientras le seamos útiles. Me encantaría saber qué pretende.
Pero el selknam era un cofre cerrado esa noche. Mariana volvió a tenderse y por décima vez intentó dormir.
Ella.
Ella encinta. Su vientre a punto de estallar, tenso, venoso y casi transparente.
Alguien la ha amarrado de espaldas a la caparazón de una enorme tortuga marina que navega por el vacío del cosmos. Un ser con patas de araña y garfios de acero se mueve por su estómago, deteniéndose a veces para apoyar el oído en el vientre y escuchar. Hunde una sonda y la extrae; la mira con preocupación. Cada aguijonazo de dolor añade otra estrella a la constelación que se forma al interior de su cráneo. La constelación es una malla de puntos que se define poco a poco. Una imagen extraña pero familiar. El usuario le agrega superficie, textura y color a la estructura. La imagen abre los ojos.
—Mashdaa, Mariana.
—Tú… Te recuerdo.
—El Tangata Manu, Mariana.
El chamán variaba de forma vertiginosamente. Predominaba la de un lugar en el desierto de Atacama conocido como el Valle de la Luna. Vestía un torbellino de agua que transparentaba la trama de su sistema nervioso. A un costado, una cruel herida abierta se sostenía en el espacio, supurando escarabajos que cubrían el suelo y murmuraban funciones algorítmicas.
—Estoy soñando —se dijo la mujer, y se vio a sí misma tras un velo oriental color naranja.
—El contacto será corto, no te preocupes.
—No estoy preocupada. ¿Por qué quieres hablar conmigo? El Reche está ahí. —Señaló una imagen dibujada a lápiz. —Sobre él quiero hablarte. Mañana, cuando entren en el útero donde reposa el Graal, el selknam Reche avanzará para destruirlo y luego te aplastará.
La escena tomó un color rojizo, de vientos acantilados. Mariana sintió la angustia crecer en su pecho como una bola de carne rugosa y giratoria que horadaba su equilibrio. Una ola de mar crecía y crecía frente a ella.
—Pero… él me ayuda.
—Estás en la línea de los acontecimientos. Su objetivo es llegar hasta quienes están desestabilizando el plano astral con sus prácticas y destruir la anomalía. Tú eres imprescindible para eso. —Entonces, ¿por qué matarme también…?
—Eres importante.
—Tengo que llevarles el Graal a los mexicanos… —Él te lo impedirá.
Mariana dejó que el paisaje se disolviera y se sentó en el vacío, desolada.
—¿Eso es todo? ¿Me estás avisando que hasta aquí no más llegué? — Una lágrima luchaba por salir y deslizarse por su rostro repentinamente avejentado—. ¿Tú no puedes ayudarme? —Estoy impedido de actuar físicamente en tu mundo; sólo puedo sugerir cosas. Y podría sugerirte destruir al Reche antes de que te ataque.
—Pero él es indestructible. Además, no entiendo por qué no lo hizo todo solo. Es muy poderoso, no necesita mi ayuda. —Todo es parte de una danza que hay que representar. Los caminos de la existencia son misteriosos. Los equilibrios exigen cosas
extrañas. —La faz del chamán ocupó todo el ángulo de visión—. Yo sé cómo destruirlo.
—¿Por qué me ayudas? Todos quieren algo de mí. —No tengo tiempo para esto, niña. Todo esto ya ocurrió, todo esto volverá a ocurrir. Toma mi consejo, no tienes alternativa. La mujer suspiró y le entregó su oreja con la mano derecha. El Tangata Manu susurró un párrafo sólo para ella. Luego se dejó caer hacia arriba, para sumergirse en el cielo con un sonoro chapuzón que salpicó gorriones en ondas concéntricas. La oreja de Mariana flotaba iluminándolo todo. Sobre ella, unas letras en hebreo.
Mariana despertó gimiendo. Un hielo le recorrió la espalda cuando vio al Reche inclinado sobre ella.
—Es bueno que hayas despertado —dijo éste, distante como siempre.
Juntos bajaron al bunker que haría de centro de operaciones para la ofensiva. Allí el ambiente era frenético. Militares, operarios, técnicos y personal heterogéneo se movía en distintas direcciones. El hardware se acumulaba como basural en torno de los puestos de trabajo. Cuerpos medio mutilados, con sus nervaduras deshilachadas, entraban en una fina maquinaria procesadora; tubos, fibras y sondas a través de ojos, oídos y boca. Doce cuerpos empalados en tubos a través de sus médulas espinales convergían en un tronco erizado de fibras conductoras y puntas disipadoras.
—Con este árbol mantendremos contacto con el ser colectivo de nuestro contingente —informó un oficial a Mariana, que observaba con espanto que los cuerpos se mantenían conscientes—. Mi nombre es Cristián Meló, soy el comandante en jefe, y estaré a cargo de la ofensiva —añadió el militar, estirando una mano.
La mujer la estrechó cortésmente y sin querer se ruborizó.
La llevaron a una sala contigua para equiparla. Allí le inyectaron mecanismos de rastreo que irían a alojarse en su hígado, y le entregaron el equipo para la operación. En la sala adyacente, un equipo de técnicos preparaba el cuerpo del tonto que alojaría a Günther. Técnicamente sería una posesión limitada, en ningún caso una reencarnación. El joven experimentaría las mismas sensaciones que un piloto con respecto a su avión, incluyendo receptores de dolor para evitar accidentes. No querían que el tonto se estuviera quemando sin que Günther se enterara. Los técnicos se ubicaron en círculo en torno del cuerpo inerte del tonto; uno de ellos tomó un teclado-ouija y comenzó a construir un sendero desde el joven hasta el receptáculo implantado en el cráneo del tonto. Una vez fijadas las coordenadas se dio inicio al ritual. Se encendieron los injertos electrónicos y una marea de datos subió por los tubos que penetraban las fosas nasales: conjuros en código binario y palabras de poder codificadas recorrían los nervios del cuerpo aún inerte. Para Günther fue como adormilarse y despertar hundido en leche espesa, y luego ascender lentamente hacia la superficie. Sintió mareos, sintió frío por primera vez en décadas, la gravedad, una luz insoportable…
—Despacio, hijo —escuchó a su derecha.
Era extraño volver a experimentar que las sensaciones tenían ubicación, o que estuvieran relacionadas con algún órgano específico. Era extraño volver a ver con los ojos, a oír con los oídos. Intentó hablar, pero sólo emitió ruidos inconexos. Estaba ansioso, lleno de sorpresa, temor e impaciencia. Intentó erguirse. El peso del cuerpo, tener que girar para mirar, mover una mano. Todo era más nítido; los colores más intensos, las texturas, los detalles. Todo era maravilloso.
—¡Ah! Te queda bien el traje —exclamó Mariana, que entraba en la sala en ese instante.
Günther giró torpemente para verla y se quedó sin habla. La mujer venía equipada con botas de combate con trabillas para cuchillos y arma corta, pantalones de tela elástica antirreflectante que dibujaban sus piernas contorneadas y sus caderas estrechas pero elegantes; la camiseta negra de malla dejaba adivinar sus pechos pequeños, de pezones oscuros, y su piel mate. Un cinturón de comunicaciones caía hacia un costado.
—Cierra la boca, tonto.
—Eres… Eres muy bonita —dijo Günther, contemplando extasiado esa piel cubierta de heridas tristes. Y los ojos tristes, y el cabello corto y descuidado.
—Gracias, pero como hace mucho que no ves a una mujer, el cumplido se me hace un tanto gratuito.
—No. Eres realmente bonita.
Un silencio incómodo se adueñó de la habitación.
—Günther…
—¿Qué?
—Deja de mirarme las tetas. Me estás poniendo nerviosa.
El joven levantó la vista y se ruborizó. Los técnicos se miraron complacidos.
—¡Es un éxito! —dijeron, y estallaron en carcajadas.
—Estamos a treinta minutos de iniciar la ofensiva, Imbunche —informó el comandante Meló—. Es tiempo de embarcar el equipo comando, a la espera del sabotaje a los sistemas de seguridad.
—¿Y el ejército que atacará al Directorio por la costa?
—Ya está en los transbordadores, esperando nuestra señal.
—Hágame un pequeño repaso, comandante.
El profeta se había amputado las orejas y mostraba su cráneo afeitado, lleno de pequeños tatuajes y trozos de alambre que entraban y salían de su piel, elevando sus diseños más de un metro sobre su cabeza.
—A la hora doce nuestros técnicos bloquearán los mecanismos de defensa de la Chrysler e introducirán un virus en sus sistemas. Inmediatamente un contingente de quince mil voluntarios avanzará hasta crear una trinchera entre el Ygdrasil y los edificios del Directorio, en el sector conocido como Cuernos de Hattin. El equipo de Mariana desembarcará en la Sección 8 por el oeste. Se dirigirá hacia el Ygdrasil, penetrará hasta la cámara del útero y sustraerá el Graal. A la misma hora, un escuadrón de tontos teleguiados desembarcará por la costa este, a la retaguardia del Directorio, para cerrar la tijera.
—Suena hermoso. —Sonrió el Imbunche.
—Sólo si todo sale bien —dijo Mariana, que ingresaba en la sala flanqueada por Günther y el selknam.
—¡Tú! —La señaló el profeta con solemnidad—. Tú vasa traer el Graal y el Directorio deberá negociar. Ese es mi vaticinio. Eso es lo que va a ocurrir.
Y le arrojó un beso con la mano.
Los ejércitos del Imbunche se habían dividido en la unidad de voluntarios y la de tontos. Los soldados voluntarios iniciarían la ofensiva para instalarse en la trinchera de los Cuernos de Hattin. Cuidadosamente preparados por los técnicos en injertos, llevaban implantado un potente receptor para que la Horda Odínica se conectara a ellos y aumentara sus capacidades de reacción. Contaban con armamento convencional y armaduras sintéticas. También se les había implantado —pero esto no lo sabían— una poderosa bomba en el estómago. En el momento adecuado, la Horda Odínica anulaba la conciencia de algún voluntario y lo hacía arrojarse contra las líneas enemigas como un misil humano.
La preparación de los tontos era distinta. Los voluntarios serían masacrados rápidamente, pero la ofensiva costera, la de los tontos, estaba llamada a ser el combate real, de espaldas a lo que ocurría en el Ygdrasil. Les cosían todos los orificios del cuerpo. Los ojos eran vaciados y las cuencas alojaban hardware que sobresalía de las órbitas como cuernos sensoriales, conectados al sistema neurovegetativo a través de los nervios ópticos. Los tontos no sólo estaban inspirados por la Horda Odínica como los voluntarios, ellos eran la Horda Odínica en su manifestación orgánica más espectacular. Una marabunta humana donde todos son el mismo, actuando bella y coordinadamente, como un cardumen de pirañas.
Otra ventaja de la Horda Odínica era su capacidad mediúmnica. Los tontos tenían dos tercios de segundo de anticipación, suficiente para aventajar al adversario en los vertiginosos gestos de un combate cuerpo a cuerpo. Sus estructuras óseas también estaban modificadas. En procedimientos quirúrgicos se les había agregado masa muscular y se les injertaban marcapasos para acelerar la contracción de los tejidos. Eran más veloces y más fuertes. El arma característica de los tontos era una espada de cartílago alojada en su espalda, para la cual usaban la columna vertebral como funda. El pomo emergía desde la nuca y, en su interior, un trozo de masa encefálica poltergeist conectada a un aparato de telecomunicaciones hacía las veces de antena para recibir el influjo etéreo de la Horda Odínica, así como de disco duro para respaldo de instrucciones o modalidades de combate. No se contemplaba armamento pesado en ninguna de las ofensivas, pues era imposible transportarlo entre los estrechos pasillos y túneles que conectaban los distintos niveles. Tampoco armamento electrónico, pues el sabotaje incluía un pulso electromagnético que inutilizaría específicamente los arsenales de toda la isla. El combate sería prácticamente a mano limpia.
—A la antigua —murmuró el Imbunche para sí.
—¿Qué dijiste? —preguntó Mariana.
—Nada —respondió el profeta, y, dirigiéndose al comandante Meló, que se encontraba unos metros más allá—: Llévate al grupo de Mariana al embarcadero. Yo haré una alocución para anunciar la buena nueva a mi pueblo.
—Tenemos sólo quince minutos —advirtió el comandante, pero el Imbunche ya salía de la sala.
La operación se puso en marcha faltando un minuto para el mediodía. Los técnicos, usando el cadáver del sujeto-llave, cablearon un acceso e introdujeron la toxina biológica que provocaría un paro cardiorrespiratorio al sistema defensivo de la Chrysler. En tanto, el profeta se dirigía a la multitud enfervorizada que se había reunido fuera del templo.
—¡Hijos míos! —gritaba—. ¡La hora ha llegado! Nada deben temer, todos ustedes son ya santos consagrados. ¡El cielo los espera!
La multitud aullaba como un enorme animal enfermo.
—Ahora el enemigo sabrá de la mano poderosa de Dios. ¡Nadie va a clausurar la Sección 14! ¡Nadie va a profanar nuestra Tierra Santa! ¡Hoy el sol brilla más que ayer, porque hoy derramaremos el cáliz de sangre y beberemos de él hasta emborracharnos! ¡Dios los bendiga y celebremos, porque nuestros hijos estarán hoy en el Paraíso!
Unos soldados izaron el cadáver desfigurado de un joven.
—¡He aquí al primer caído! —anunció el Imbunche—. ¡He aquí a un hermano alcanzado por la ira degenerada del enemigo!
Mariana, que se dirigía por un pasadizo lateral hacia el embarcadero, levantó la vista y, al reconocer al cadáver, sintió que la invadía la tristeza.
—Rodrigo…
—¡Funciona! —gritó un técnico cuando los mapas holográficos flotantes comenzaron a llenarse de líneas y volúmenes rojos que indicaban las zonas infectadas.
—Dame un tiempo estimado para el colapso de sus sistemas de seguridad —pidió enérgicamente Cristian Meló.
—Un minuto y treinta segundos, señor.
—Envíale el cronómetro al ejército de voluntarios y despacha los transbordadores de los tontos, ¡ahora!
En la sala, bañada de luz roja y cargada de adrenalina, un pulso sonoro palpitaba dando la alerta. Las ventanas fueron selladas y la sección activó todos sus escudos. La guerra había comenzado.
En los subterráneos donde esperaba el ejército de voluntarios, en tanto, el griterío era ensordecedor. Los soldados golpeaban sus armaduras con las ametralladoras y recitaban pasajes del Sutra del Loto. Un enorme holograma con un cronómetro en reversa anunciaba el ritmo y el momento en que debían hacer estallar su ansiedad y vomitar la antigua sed de sangre de la especie. Los ojos muy abiertos, la respiración acelerada, las manos crispadas sobre el acero; eran los últimos momentos de conciencia antes de sumergirse a gritos en la orgía colectiva. Treinta segundos. Avanzar y correr. Veinte segundos. Disparar y golpear. Diez segundos. Morder y devorar.
«¡¡Ahoraaa!!», gritó el comandante, y la marea aullante inundó las calles y los pasadizos de la Chrysler, saltando muros, aplastando a personas, reventando cercas y puertas. El Directorio parecía haber sido tomado completamente por sorpresa. Los pequeños focos de resistencia fueron masacrados por el avance frenético de los voluntarios y el frente quedó establecido sin contratiempos en menos de cuarenta minutos. La trinchera cubrió el arribo de armamento mediano: lanzacohetes, morteros y otras antigüedades comenzaron a hostigar los edificios del Directorio. El objetivo era debilitar los muros para abrir una brecha y penetrar los departamentos administrativos.
Al menos ése era el plan.
Mariana aguzaba la vista, intentando reconocer las señales que le indicarían el lugar de desembarco. Llevaban media hora de navegación y todo parecía estar en calma.
—Ahí está el embarcadero —dijo—. Los representantes de la Sección 8 nos están esperando.
—¡Qué bien! —celebró Günther—. El Imbunche tiene muy buenos amigos ahí.
—Si son amables querrá decir que la ofensiva tuvo éxito —agregó ella secamente —. Si el profeta falló, nuestros cadáveres serán una gran ofrenda de la Sección 8 al Directorio. Como una muestra de su eterna lealtad, por supuesto.
—Señor, los nichos subterráneos se están abriendo —dijo un técnico de la Sección 14 con un dejo de temor.
—Están preparando su infantería para un choque frontal —reflexionó Meló, preocupado—. ¿Tiempo de llegada de los transbordadores a la costa?
—Veinte minutos, señor.
—¡Mierda! Después son más de quince minutos de marcha forzada hasta alcanzar la retaguardia del Directorio… —Se mordía el labio inferior con desesperación—. Comunícate con el comandante del ejército de voluntarios, dile que debe concentrar el fuego y retardar lo más posible el enfrentamiento directo. Dile que el Imbunche en persona está orando por sus almas, que es su deber resistir al menos treinta minutos. Dile…, dile que enviaremos refuerzos para relevarlos.
—Pero, señor, no hay más contingente, y…
—¡Díselo! —interrumpió el alto oficial.
El operador hizo contacto y cumplió exactamente lo que le habían pedido.
El resto de los operarios lo miraban de reojo.
—¿Cree usted que enviarán lautaros a atacarnos? —preguntó un ayudante de campo.
El comandante de los voluntarios contestó sin pestañear:
—Por supuesto.
Y a todos los que pudieron oírlo se les heló el corazón.
De las puertas de los nichos, desplegadas frente a ellos, emergieron chorros de vapor liberando la presión de los seguros. El aire se hacía denso; el silencio fue apenas roto por un lautaro que salía lentamente de la oscuridad de su cubículo.
—¡Atención! —gritó el comandante, y todas las armas se levantaron para apuntarle.
—Dios santo —murmuró un voluntario—. Son más terribles de lo que imaginé.
—Son monstruos del mal, hermano, pero Dios está de nuestro lado —le animó alguien.
—Eso espero. Hay demasiados nichos, y si todos son como él, estaremos en problemas.
El lautaro que había aflorado era un hermoso ejemplar de su especie. De dos metros diez de altura, tenía un esqueleto reforzado, musculatura poderosa y aspecto humano. Sus genitales le habían sido extirpados, y a la altura de los antebrazos las extremidades se iban convirtiendo en complejos aparatos artillados que culminaban en una garra de acero de treinta centímetros, similar a la hoja de una katana. El rostro y la cabeza estaban completamente cubiertos de moscas.
Cada lautaro tenía un implante electrónico en la nuca para ser controlado a distancia; así se le estimulaba el principio de la ira. Para activarlo se le imprimía una imagen clave (un grabado de Durero acerca del suplicio de san Sebastián), que le producía un rapto sicótico de enorme agresividad, intensificado por la explosión de depósitos de anfetaminas en el torrente sanguíneo. Entonces los lautaros se transformaban en máquinas de matar, hirviendo de odio y desquiciadas. Cuando se lanzaban al ataque sangraban de pies y manos, y en sus estómagos cargaban explosivos que servían como último recurso destructivo.
—¡Miren, levantó la cabeza! ¿Pensará atacar él solo? —comentó el segundo al mando.
Entonces algo pareció estallar dentro del lautaro, quien, emitiendo un aullido escalofriante, se lanzó corriendo hacia las filas de voluntarios. A la señal del comandante, decenas de descargas lo acribillaron a los pocos metros. Inmediatamente, tres lautaros más se lanzaron a la carga y corrieron igual suerte. Les siguió una carga de otros cinco lautaros; luego siete, once y trece. De la quinta carga, que consistía en diecisiete guerreros, uno consiguió penetrar la trinchera. En diez segundos eternos, desgarró y mutiló a ocho voluntarios antes de que un certero disparo le abriera el cráneo. La pesada mole cayó entre los cuerpos de sus víctimas y los gritos de dolor de los heridos. Los soldados del Imbunche temblaban contemplando el terrible espectáculo, con el temor vivo en los ojos.
De pronto, un sonido proveniente de los nichos capturó la atención de todos. Horrorizados, ahora veían cómo tres mil lautaros daban dos pasos fuera de sus nichos y levantaban la cabeza.
—Günther, ven acá —dijo Mariana.
Ya se habían adentrado un par de kilómetros entre los pasadizos de la Sección 8, guiados por un anciano con una linterna.
—Necesito que entres en mi cabeza. Tengo algo importante que decirte — murmuró, haciendo un gesto hacia el Reche, que caminaba más adelante.
—Tómame del brazo y guía mi cuerpo mientras hago la conexión.
De pronto estuvieron sentados en una roca, al borde de un río. Más allá jugaba Günther, de seis años, con un cachorro de pastor alemán.
—Es un bonito recuerdo de mi infancia, espero que no te moleste —dijo el joven.
—Escucha y entiende rápido porque no tenemos mucho tiempo. El selknam va a destruir el Graal apenas esté a su alcance, y luego me matará.
El rostro de Günther se contrajo de incredulidad.
—Créeme que es así.
—¿Y qué vamos a hacer? Este insecto es demasiado poderoso.
—Tengo la manera de acabar con él. Hay que hacerlo apenas ingresemos en el útero, la sala del Graal.
—Pero…, si sabes cómo destruirlo, ¿por qué no lo haces de inmediato?
—Porque sin él jamás lograríamos entrar. El árbol del Ygdrasil tiene siete círculos defensivos autónomos. Son como enigmas que hay que resolver, y pruebas que pasar. Algunas nimias, otras portentosas, pero todas inquietantes y de terribles consecuencias si fallamos. Necesito que estés alerta.
—Pero…
—Y prométeme algo.
—Lo que quieras.
—Si me ocurre algo, vas a llevarles el Graal a los mexicanos, con la condición de que el primer prototipo reencarnado seas tú. Luego prométeme que vas a ser feliz, huevón. ¿Me escuchaste?
—Vas a estar bien —dijo el joven, tomándole la mano.
—Promételo, o nada de esto tendrá sentido.
—Te lo prometo.
—¡Ahí vienen! ¡Abrir fuego! —gritó el comandante, y el aire se llenó de truenos y alaridos.
Los lautaros corrían hacia la trinchera borrachos de ira y muerte; el aullido sumado de sus laringes parecía la crecida de muchas aguas torrentosas, o una marea de garras y dientes hambrientos. Hasta ese momento la lluvia de proyectiles había logrado mantenerlos a raya. De pronto, el cadáver del primer guerrero que había conseguido atravesar la trinchera estalló, destrozando a decenas de voluntarios y sembrando la confusión.
—¡Manténganse en sus puestos! ¡Utilicen los lanzacohetes y los morteros! — ordenó el comandante.
—Pero, señor —repuso el ayudante de campo—, ese armamento es para asaltar el edificio.
El oficial lo miró y apuntó hacia los lautaros.
—¡Si no los repelemos, no quedará nadie para asaltar ningún edificio!
Esporádicamente, un guerrero lograba penetrar la trinchera. Entonces se desataba el infierno. La bestia abría vientres y desgarraba miembros, y hombres y trozos de hombres salían disparados en torno de esa mole en el paroxismo de la furia. Luego, cuando finalmente era reducido a una masa sanguinolenta, incapaz de seguir atacando, venía la rúbrica, la coronación de la carnicería: una explosión que hacía volar por los aires a todo ser vivo en metros a la redonda.
—Muéstrenme la ubicación de los transbordadores con los tontos.
El comandante en jefe sudaba copiosamente. Se sentía jugando un ajedrez vertiginoso, con un revólver apuntando a su cabeza.
—A dos minutos del desembarco, señor.
«¡Dónde están esos refuerzos!». La frenética petición del comandante de los voluntarios sonaba por los altoparlantes de la sala. Meló ordenó con un gesto cortar el audio ambiente.
—Díganle que tiene que resistir, que los refuerzos llegarán dentro de veinte minutos.
Los operadores se miraron y teclearon la respuesta.
—Comuníquense con la Horda Odínica: hay que comenzar con las acciones suicidas. Quiero a diez voluntarios lanzándose contra las líneas enemigas cada dos minutos, y que el estallido nunca sea a menos de diez metros de la trinchera.
—Mariana está por la línea tres, señor.
—Aquí el comandante Meló, Mariana.
—Sólo el comunicado de protocolo. Informamos que tenemos a la vista el primer círculo defensivo del Ygdrasil, y que comenzaremos a penetrarlo a la brevedad. La operación está ajustada a itinerario. Mariana fuera.
La mujer apagó el intercomunicador y encendió su cinturón.
—Prepárate, Günther.
—¿Prepararme para qué?
La mujer le hizo callar con un gesto.
Las pruebas en torno al Ygdrasil eran misceláneas. Acertijos psíquicos, batallas de poder entre mentes gemelas, acantilados psíquicos y mentales, permanencias en desiertos sometidos a tentaciones hermosas o terribles. Muy pronto, visiones extrañas los acosarían: Mariana vio su cuerpo destrozado; Günther, el fracaso de su reencarnación.
Mariana, el Reche y Günther, convertidos en peregrinos, atravesaron una densa niebla dentro de sus mentes, sin saber si las batallas que libraban eran reales o estaban ocurriendo en la memoria. Los planos se mezclaban. El selknam recitó un koan que se volvió un faro sólido para los pobres caminantes perdidos, un hilo de Ariadna en medio de la locura de una realidad cortada en pedazos y esparcida frente a sus ojos. Mariana lloraba, Günther vomitaba.
Al atravesar el quinto círculo vinieron a su encuentro los guardianes del lugar, semejantes a láminas de energía, a ganglios y arterias flotantes. Mariana era capaz de ver la estructura completa de su ojo derecho de una sola vez, y el vaivén de cada vaso capilar, y el rumor de la sangre contra sus paredes, como voces de niños riendo.
—Detente, por favor —dijeron los guardianes—. Harás un gran daño si continúas.
—Lo siento —respondió la mujer—. Estoy obligada a hacerlo. Además, ustedes son pura ilusión. La tierra es mi testigo.
Entonces se esfumaron todas las imágenes excepto una, que extendió sus ramas y brotó con un hermoso follaje. Un águila negra se posó en su copa y habló:
—El Ygdrasil es el espermio que fecundará el óvulo terrestre, el gran hongo alucinógeno que abrirá la puerta a una realidad aparte, Mariana. Tú eres una mujer-serpiente, un ser muy antiguo. Si subes al árbol y robas el fruto, algo terrible ocurrirá. Retrocede o quedarás atrapada en el arquetipo. Retrocede o completarás el cuadro y no podrás escapar.
Un árbol brotó desde el ombligo de Mariana y una serpiente trepó hasta la copa para hablar de frente con el águila.
—La vida me ha hecho vagar por su casa de muchas habitaciones. Las puertas se abren ante mí y se cierran a mis espaldas. Me obliga a recorrer su sendero, y no puedo dejar de hacer lo que debo hacer. Ahora déjame continuar, madre —dijo la mujer, conteniendo una lágrima.
—No puedo hacerlo, hija mía. Nuestra cadena es larga y es tiempo de cortarla.
Temblorosa, Mariana observaba el águila con ternura. Entonces vio al selknam aparecer tras la imagen y partirla en dos con un grito en forma de espada. Contuvo una exclamación de horror.
—Vamos —dijo el Reche, con su frialdad habitual.
—¡Desgraciado! —exclamó Günther—. ¿No conoces el significado de la palabra «compasión»?
El selknam los miró a él y a Mariana, que seguía inmóvil frente a los restos de su madre.
—Ni siquiera sé lo que significa la palabra «desgraciado». No podemos detenernos en un espejismo.
El centro de comando de la ofensiva comenzaba a parecer un manicomio. Cristian Meló caminaba de pantalla en pantalla gritando órdenes y hablando con los comandantes de campo.
—¡Señor! —gritó un operador, señalando una zona azul en medio del rompecabezas rojo que era el plano de la Chrysler—. El sector de los Cuernos de Hattin está recuperando sus sistemas.
—Comunícate con los saboteadores; inoculen la versión B del virus.
—¡Señor! —anunció otro—. ¡La línea de defensa del escuadrón de voluntarios está cayendo!
—Aumenten al doble las oleadas de suicidas, y sin restricción de distancia. ¿Dónde está el escuadrón de tontos?
Un operador apretó una combinación de teclas y una pantalla, que había permanecido disminuida en una esquina, se desplegó como un origami en el centro de la sala, exponiendo cotas de nivel, diagramas de ubicación, tablas estadísticas, barridos kármicos, cálculos de futuros posibles actualizados en tiempo real, y una imagen de lo que ocurría en el campo de batalla: los tontos jadeaban en posición de espera, perfectamente alineados frente a los edificios del Directorio, en la retaguardia de los lautaros.
—Escuadrón B de tontos en posición, señor. Al parecer, el Directorio no los ha detectado.
—No tienen ningún sistema funcionando —masculló Meló—. Lancen una bengala.
Un tonto se adelantó, puso rodilla en tierra y apretó el gatillo de su arma corta. Un ruido sordo precedió la estela blanquecina de la bengala, que trazó una curva perfecta sobre los edificios del Directorio. El estallido distrajo a los lautaros, que detuvieron su actividad y miraron al cielo. Automáticamente, un grupo de ellos giró y tomó posiciones frente a los tontos.
—Díganle al comandante de campo que debe seguir resistiendo. Deben impedir a toda costa que las fuerzas del Directorio crucen la trinchera hasta el Ygdrasil.
—El comandante de campo está muerto, señor.
—¡Entonces díselo al siguiente en el mando, imbécil! ¡Si vuelves a decirme una estupidez, te voy a mandar allá también! —gritó el comandante apuntando a la pantalla, donde los tontos permanecían en silencio y con los ojos cerrados.
Uno de ellos se adelantó y corrió hasta el centro del espacio que los separaba de los lautaros. Lentamente, levantó una mano y empuñó el pomo de la espada inserta en su espalda. La extrajo de un solo gesto y tomó posición de ataque. Un lautaro se adelantó a su vez y avanzó hasta situarse frente al tonto. Su rostro, cubierto de moscas, se contrajo en un alarido expulsado con toda la fuerza de su cuerpo. En la zona donde debía haber estado la boca se abrió un agujero negro, del que salieron, junto con un horrible sonido, miles de moscas que se arremolinaron sobre su oponente para luego unirse a sus hermanas en la cabeza del lautaro.
El primer movimiento lo hizo el tonto. Lanzó una estocada que el lautaro esquivó con el mismo impulso que enseguida utilizó para barrer el aire con su garra derecha, buscando la cabeza de su oponente. Éste rodó por el suelo, evitando el golpe con elegancia. El lautaro gritaba y cortaba el aire con sus garras, el tonto giraba y medía sus ataques con maestría y frialdad. El choque de los metales producía chispas que aparecían y desaparecían al ritmo de la danza de muerte de los guerreros. De pronto, la espada giró sobre la cabeza del tonto y fue a enterrarse en el pulmón del furioso guerrero, atascándose entre sus costillas. El tonto tiró de ella un par de veces intentando extraerla; entonces el lautaro lo miró a los ojos y, antes de caer de rodillas, le cercenó la cabeza de un golpe. Mientras las moscas comenzaban a abandonar su rostro, exhaló un sonido ronco y se desplomó sobre el cuerpo de su oponente. De inmediato todos los lautaros de la primera fila estallaron en alaridos infernales y corrieron frenéticamente hacia las posiciones de los rebeldes.
Mariana, el Reche y Günther avanzaban en medio de la espesa niebla que rodeaba al Ygdrasil. Según el cinturón de Mariana no se encontraban a más de cien metros, pero era imposible ver más allá de unos cuantos pasos de distancia.
—Creo que estamos llegando al sexto círculo defensivo —murmuró Mariana—. Manténganse atentos.
Avanzaron unos metros hasta que una silueta humana comenzó a dibujarse en la niebla. A medida que se acercaban, sus contornos esbeltos, femeninos, se hacían más y más definidos. Mariana quedó petrificada. Ahí, a tres metros de distancia, había una mujer idéntica a ella.
—Selknam —musitó, sin despegar la vista de su doble—. Dime qué crestas hago.
Günther quiso unirse a Mariana, pero el Reche lo frenó cogiéndolo del hombro.
—Lo siento, en esto nadie puede ayudarte.
—Pero, ¿qué hago? ¿Debo atacarla?
El selknam no respondió.
Mariana pensó en hablarle a la figura, preguntarle qué quería y si debía combatir con ella. Para su sorpresa, la doble abrió la boca y dijo exactamente lo que ella estaba pensando:
—¿Qué quieres? ¿Tengo que combatir contigo?
La mujer miró a sus costados, pero sus acompañantes ya no estaban allí. Quiso explicarle a la figura que no le haría daño si la dejaba continuar, pero nuevamente la otra se le adelantó:
—No quiero hacerte daño —dijo—. Si me dejas seguir adelante, no te tocaré.
—¿Esto es alguna especie de acertijo? —inquirió por fin Mariana.
—No te entiendo —respondió la doble—. Pero no puedo seguir perdiendo el tiempo contigo. Debemos llegar al Ygdrasil lo antes posible. Si te opones, tendré que eliminarte.
—Eey, un momento. Soy yo la que debe llegar al Ygdrasil, y tú la que debe hacerse a un lado… —aseguró, acercándose unos pasos.
—Te lo advierto —amenazó la doble—. No te interpongas.
—¿Y qué me vas a hacer? —dijo Mariana en tono burlón—. ¿Amputarme los miembros como a nuestra madre?
La otra mujer pareció titubear.
—Sé todo sobre ti, mala copia —continuó Mariana.
—No intentes confundirme —dijo la doble.
Mariana notó que la doble había vacilado cuando le mencionó a su madre y preparó una trampa. La agobió con comentarios mordaces sobre sus temores, y expuso burlonamente sus sueños y esperanzas. Recurrió a los más oscuros detalles sobre sí misma que pudo recordar. Y en el momento más duro de su ataque le recordó que su triste destino consistía en reemplazar a su madre en el camastro, como una perra. La doble bajó la mirada y Mariana, en un gesto veloz, echó mano del revólver que guardaba en el cinturón. Durante el vértigo del gesto, y cuando estaba a punto de disparar, reparó en que había realizado toda la maniobra con la mano izquierda. Miró a la supuesta doble, que tenía los ojos llenos de lágrimas, y súbitamente comprendió. Se llevó el revólver a la sien y sin vacilar apretó el gatillo.
El estampido la aturdió un poco. Sólo cuando recuperó su centro vio el cadáver de una mujer idéntica a ella, con la cabeza destrozada.
Günther apareció y la abrazó con delicadeza.
—Tranquila…
El abrazo del muchacho abrió la compuerta del dolor y Mariana, desconsolada, rompió en llanto. Durante unos minutos liberó sus lágrimas sin tapujos, unida al muchacho. Luego se enjugó la cara y tomó la delantera.
—Sigamos —ordenó.
Un chamán se desplaza en órbita geoestacionaria sobre el desierto de Atacama. Es tan perfecto que ha reemplazado sus funciones biológicas por los cantos y oraciones que lo sostienen. No es más que un sistema nervioso girando en la negrura del espacio, y mientras medita, día y noche, se mira en un espejo diminuto dispuesto en el suelo del desierto. Es un guardián vuelto sobre sí mismo, que murmura sin voz, día y noche: «Mariana, Mariana».
—Señor, la resistencia de los voluntarios no se extenderá por más de unos minutos.
—En los Cuernos de Hattin hay dos pasadizos que proveen un acceso directo al Ygdrasil. Si son destruidos, las fuerzas regulares del Directorio tendrán que usar caminos alternativos y tardarán un tiempo considerable en alcanzarlo…
—¿En otras palabras, señor?
—En otras palabras, hagan retroceder las líneas hasta esos pasadizos. Deben asegurarse de atraer la mayor cantidad posible de lautaros. Luego háganlos estallar.
—A la orden, señor.
—Primero confirmen con los ingenieros si la magnitud del estallido que provocaremos será capaz de derrumbar la estructura circundante.
Cristián Meló se sentía pleno en su ola de adrenalina. Estaba cumpliendo con su cometido a la perfección. Si bien los planes iniciales no se seguían al pie de la letra, su capacidad de improvisar había salvado las situaciones. Sonrió satisfecho. Pero, ¿dónde estaba el Imbunche? Le habría encantado tenerlo junto a él, habría estado orgulloso de su desempeño.
Ahora sólo restaba esperar que el equipo de la mujer cumpliera su objetivo, o la matanza habría sido en vano.
—Abran un canal de comunicación con la mujer.
Una pantalla se desplegó a diez centímetros del militar, moviéndose coordinadamente frente a su rostro.
—Aquí Mariana.
El comandante en jefe pudo ver en primer plano esa faz siempre asustada. También a Günther, y a una entidad borrosa que interpretó como remanentes de la presencia sutil del selknam.
—La trinchera que aislaba al Ygdrasil de las fuerzas del Directorio está a punto de romperse. Cuando ello ocurra, es seguro que un destacamento de lautaros se dirigirá hacia allí de inmediato. No tienen mucho tiempo para completar el objetivo.
—Estamos a unos pasos del último círculo defensivo. El selknam nos explicó que el combate con el Protector del árbol se realizaría fuera del tiempo, de modo que no sumaremos minutos en ese trámite.
—Se está transmitiendo un cuadro con la actualización de los tiempos disponibles. Notarás que se han estrechado.
—Gracias por la buena nueva. Mariana, fuera —dijo la mujer con desagrado.
—¿A qué se refería con que se han estrechado? —preguntó Günther.
Mariana miró la nueva tabla en el visor de su cinturón.
—Se refería a que ahora tenemos la mitad del tiempo original.
En el campo de batalla, los lautaros daban cuenta de los últimos voluntarios. Recorrían la trinchera chapoteando en la sangre derramada, cortando las últimas gargantas del cordón sanguinolento en que se había convertido el escuadrón A. Apenas una pila desparramada de trozos humanos y alaridos de dolor quedaba del ejército de iluminados que horas antes cantaba la gloria del Imbunche. Los únicos sobrevivientes eran ese pequeño grupo que había retrocedido hasta los pasadizos.
Los lautaros mostraban un inusual interés por rematar a todos los heridos, aun a los agónicos. Revisaban cuidadosamente los cuerpos destrozados en busca de vida, sólo para segarla cuanto antes. Los lautaros excedentes corrían hacia el frente B, donde los tontos ofrecían gran combate en su intento por alcanzar los edificios del Directorio.
—Hínquense a cuatro metros de distancia y pídanle permiso al lugar para permanecer vivos —ordenó el selknam—. Intuyo que el Protector del árbol nos ha olfateado.
De pronto el suelo comenzó a derrumbarse. Günther y Mariana quedaron sobre el único sector sólido, que apenas bordeaba el tamaño de sus cuerpos. La atmósfera cuajó y se hicieron visibles dos coespacios que, aunque un tanto borrosos, dejaban entrever una caleta de pescadores y una meseta desértica donde vagaban extraños animales azules. Líneas de información cruzaban el aire en forma de gritos sólidos, numerados. El vacío tenía una textura rugosa y olor a carne cruda. Una anomalía se recogía desde todas las direcciones hacia el punto desde donde el selknam observaba la escena.
—Pero, ¡si es un niño! —exclamó Günther—. Y está cantando.
—Y maravillosamente —agregó Mariana.
—No se acerquen. Cada nota es altamente destructiva —advirtió el selknam, y con una serie de gestos hizo aparecer sobre su cabeza el ba’phrana, su chakra externo. Palpitaba como un corazón, mientras el espacio circundante oscilaba como las ondas en la superficie del agua.
El niño abrió sus ropas para enseñar el pecho. El esternón estaba abierto y mostraba una caverna oscura y vacía. Desde el fondo emergían gritos de personas y amenazas obscenas.
—Sé quién eres —dijo el Reche.
—Entonces… —dijo el niño, apesadumbrado—, tengo que matarte.
—Déjame pasar y no desaparecerás.
El niño metió la mano en el agujero de su pecho y sacó un puñado de arena.
—Esto —dijo, derramándola ante sus pies— fueron antiguos y poderosos ejércitos que vinieron a mí con alegría y vibrantes cantos de guerra, hace tantos años que casi no lo recuerdo. Nada queda de ellos. Si corres hacia mí intentando atacarme, envejecerás violentamente durante la carrera. Estoy a cientos de años de distancia. Lo que ves en mi pecho es un microagujero negro sintético. Fue producto de un accidente, pero me convierte en un dios.
—Eres el Señor del Espejo Humeante —murmuró el selknam—. El Protector del árbol.
—Soy un umbral. El devorador. Un protector.
—No lo serás más —sentenció el Reche, y avanzó hacia él a gran velocidad.
Partes de su exoesqueleto fueron tomando coloraciones amarillentas, otras se agrietaron, otras sólo cayeron y se convirtieron en polvo antes de tocar el suelo. Pero nada de ello frenaba su avance.
—He oído de seres como tú —respondió el niño mientras desplegaba una vara hecha de espacio condensado. La vara curvaba todo a su paso—. Pero no importa, hay otras formas.
Hizo girar la vara sobre su cabeza como un molino y asestó un golpe que el selknam rechazó interponiendo su ba’phrana. Cada impacto retumbaba en todo el lugar como golpes contra una campana portentosa. El selknam danzaba moviendo los brazos y dirigiendo el ba’phrana, que rotaba en el aire trazando letras de un lenguaje desconocido. En su evolución rechazaba y atacaba al niño a la vez que escribía en el aire una detallada descripción del desenlace del combate. Un punto seguido arrancó la vara de las manos del Protector; una frase enfática rechazó el golpe de puños, y una palabra parecida a «piedad» impactó en la frente del niño. Un punto final lo derribó de espaldas.
—No puede ser, soy un dios —murmuró el niño, aturdido.
—¿Y qué? —se burló el selknam, mientras se le acercaba—. Hasta los dioses mueren.
Y le quebró el cuello de un golpe certero.
—Mariana, no se acerquen —agregó el Reche señalando el cadáver, que se parecía más a un recuerdo que a un objeto definido—. La niebla defensiva termina unos metros más adelante y podremos ver el Ygdrasil. Debemos avanzar.
—¡Señor! —anunció un operador—. La explosión fue un éxito. Reunimos a cincuenta voluntarios en cada pasadizo y los detonamos al unísono. Tenemos un estimado de quince lautaros muertos y cinco relativamente inutilizados. El paso hacia el Ygdrasil está completamente bloqueado.
—¿Cuál es el estado de la infección? —inquirió el comandante en jefe.
—Total. No tienen comunicaciones, ni acceso a sus sistemas de seguridad. Están ciegos y sordos. Sólo ven lo que ocurre en su barrio, señor.
«El Imbunche debería estar aquí», pensaba el comandante. «Encabezando esta victoria gigantesca, administrándola con su criterio político. Yo sólo soy un soldado».
—¿Situación en el frente B? —preguntó a otro suboficial.
—Gran cantidad de bajas en ambos ejércitos. Pero no hemos conseguido avanzar un solo metro hacia los edificios del Directorio, señor.
—¡Analista! —gritó el comandante, y un civil se puso de pie.
Ambos se dirigieron a un lugar reservado.
—El Directorio parece no haber adivinado nuestras intenciones —dictaminó el analista—. Suponen que nuestros ataques efectivamente persiguen el objetivo de apoderarse de los edificios administrativos. Incluso un error tan tonto como destruir los pasadizos, que es una amenaza directa al Ygdrasil, no los ha desviado de su conducta. Definitivamente algo extraño ocurre, algo que está quedando fuera de nuestros análisis, señor.
—¿A qué te refieres? —preguntó el comandante Meló, algo molesto por la impertinencia de su subordinado.
—Destruir los pasadizos fue como poner un cartel que dijera «¡Eey, estamos atacando el Ygdrasil!». Pero no hubo reacción de su parte. Ellos no son estúpidos, señor. Insisto, un factor desconocido está guiando las decisiones del Directorio. Y parece de gran relevancia, señor.
—Sí, sí, claro. Lo verdaderamente relevante es que los mantuvimos a raya, y que gracias a eso el comando de Mariana podrá cumplir con su objetivo —respondió Meló, impaciente.
Nadie iba a robarle su momento de gloria con suposiciones de escritorio.
—¡Imagen a toda pantalla del frente B! —pidió.
Desde el suelo se elevó una lámina lechosa que giró en el aire, vibró un poco y sintonizó la transmisión del cruento combate entre tontos y lautaros sobre un mar de sangre y restos irreconocibles de cuerpos destrozados. La cara del comandante se iluminó con el espectáculo, en primer plano, de un tonto empuñando su espada y girando en cuclillas sobre sí mismo para cortarle las piernas a un lautaro. El escalofriante espectáculo del guerrero arrastrándose, ebrio de furia, queriendo atacar aún en su agonía, llenó de emoción el pecho del militar.
—La niebla comienza a disiparse, Mariana.
La mujer levantó la vista y observó unos difusos jirones de claridad moviéndose hacia la derecha. A medida que avanzaba rumbo a los límites de la nube, se hacía más evidente que la niebla era un anillo compacto que giraba en torno del árbol. De pronto una sombra se hizo más y más definida. Era enorme. El equipo guardaba silencio, avanzando por la niebla como por la nave central de una catedral en penumbras, hacia una silueta monstruosa que no paraba de acrecentarse frente a sus ojos.
—Debe ser gigantesco —murmuró Günther.
Mariana asintió.
El perfil del Ygdrasil emergía lentamente desde la niebla como un tótem desaforado de arquitectura imposible. Cuando finalmente abandonaron la nube giratoria, se encontraron a unos cien metros del árbol. Günther y Mariana, absortos, intentaban comprender el conjunto. Se les antojaba oscuro y malévolo; había algo errado en él. Las formas insinuaban leyes que luego se quebraban sin más; la estructura entraba y salía sin concierto, marañas de filamentos y tubos sostenían y erizaban sus segmentos. Era inabarcable en una sola mirada.
—Pero…, si esta huevada es un sephirot —dijo Mariana.
—Mira la neblina que lo rodea. Parece moverse por cuenta propia.
Se refería al tenue velo que evolucionaba de manera similar a un líquido entre las bulbosidades y redes venosas del Ygdrasil.
—Según el archivo, las nieblas que lo envuelven son ni más ni menos que las estructuras que lo sostienen. Es información suspendida: allí está su sistema operativo. Es como su sangre pero en estado gaseoso.
—El aliento del dragón —acotó el selknam, sin despegar la vista de la monstruosa formación tecno-orgánica que se elevaba hasta perderse entre las nubes —. Sigamos, la entrada está por el lado norte.
—Antes hay que destruir los puertos de datos —dijo la mujer.
—¿Matar a los gemelos freaks? De eso me puedo encargar yo —sonrió Günther.
—Asegúrate de que tengan los ojos abiertos —dijo Mariana—; eso significa que están desconectados. Dispárales en la frente, debes destrozarles el cerebro. Adelántate.
El joven corrió hacia la base del árbol desenfundando su revólver.
—Reche, ¿qué va a ocurrir una vez que tengamos el Graal en nuestro poder?
—No es adecuado contestar esa pregunta ahora. La respuesta podría alterar el curso de los acontecimientos.
—Pero, me refiero… Nos has acompañado porque me necesitas, ¿no es cierto?
—Sólo tú puedes extraer el Graal.
—Eso no lo sabía —dijo Mariana con sorpresa.
—No preguntes por qué.
—¿Cuál es tu objetivo?
—Repito: responder específicamente podría alterar el curso de los acontecimientos.
A unos metros se sintió el primer disparo.
—¿Me quieres cagar?
Segundo disparo.
—No comprendo esa expresión.
Tercer disparo.
—No te hagas el huevón, sabes a qué me refiero.
Cuarto disparo. Günther se acercó sonriendo.
—Listo. El Ygdrasil está aislado de la Chrysler. Podríamos hacer una fiesta aquí y el Directorio ni se enteraría.
Mariana le dedicó una última mirada cargada de desconfianza al selknam, y luego pidió conexión con el centro de comando.
—Aquí Mariana. Estamos junto al árbol; todo ha funcionado de acuerdo a itinerario. Ésta es nuestra última transmisión antes de ingresar. En adelante no podremos establecer contacto.
—La operación completa está resultando un éxito —respondió Cristián Meló—. Confirma tiempo estimado antes del siguiente contacto.
—De acuerdo con la información que manejo, no deberíamos tardar más de veinte minutos en llegar a la sala del útero, tomar el Graal y salir de aquí. Espero que coordinen una buena fuga. Gracias y fuera.
—Entendido. Estaremos esperando. Fuera.
La entrada no era más que una grieta en la compacta aglomeración de tecnología del árbol, pero suficiente para que un espécimen como el Reche cupiera perfectamente.
Por dentro, el camino era incómodo, de suelo irregular y lleno de giros inesperados, vigas más bajas de lo normal, puntas y remolinos de cables. Pero, por sobre todo, aceite. Mucho aceite resbalando por las paredes y acumulándose en el piso, en charcos malolientes. No era extraño encontrar alfombras persas o seres humanos adosados a las paredes como partes de algún mecanismo. Había zonas de tejido orgánico por donde emanaban vapores, y cañerías translúcidas que entraban en esos tejidos como descomunales hipodérmicas, a través de las cuales infantes inconscientes, amarrados de pies y manos, eran bombeados rítmicamente. Un tubo transparente entraba por cada boca y salía por cada ano; por dentro circulaba una hilera de escarabajos en sentido contrario, y cada escarabajo tenía una letra o una cifra grabadas en el dorso. Mariana comentó que era el Ygdrasil escribiendo un libro.
Cruzaron una cámara espaciosa e iluminada que reproducía con exactitud la recámara real del palacio de Versalles. Sobre la cama había una araña gigantesca tomando fotografías de cada persona que atravesaba la habitación. Por la ventana se veía una simulación en cámara lenta de lo que había ocurrido en la intersección de las calles Pedro Torres y Nicanor Marambio, en Santiago de Chile, la noche del 26 de octubre de 2001 a las veintidós horas.
Luego la grieta se hizo un poco más ancha y en declive. El suelo, cubierto de agua sucia, se hundía a medida que avanzaban, hasta que fue necesario nadar. Mariana le pidió al selknam que cargara a Günther sobre sus hombros. En la penumbra distinguieron hileras de ancas de caballos saliendo de las paredes a ambos lados del ancho pasillo inundado. Hombres sin brazos tenían sus cabezas metidas hasta el cuello en los anos de los animales. No se movían, pero los tubos respiradores que salían de sus pechos indicaban actividad. Serían algún tipo de fusible para evitar el sobretráfico de información del Ygdrasil. Permanecían en estado de erección, y sobre sus pechos tenían tatuados números primos correlativos.
Llegaron a una playa de arena. En un costado distinguieron a un niño conversando con un hombre de aspecto triste. Eran hologramas de gran calidad.
—Después de este pasillo está la cámara del Graal, el útero —dijo Mariana en voz baja—. Guarden silencio, entraremos humildemente.
El pasillo por el que avanzaban conectaba dos inmensos muros de circuitería que se hundían en la laguna de agua sucia. El suelo del pasillo era un sendero de arena de cuarzo; por la línea central del sendero asomaba una hilera de cabezas de mujeres dormidas. Sus nervios ópticos salían desde sus cuencas sin párpados, para subir en tensión hacia un techo que no se alcanzaba a divisar. Cada una tenía un clavo de hierro hundido en la frente. Las bocas, desmesuradamente abiertas, llenas de tierra y estiércol, se usaban como viveros para la crianza de escarabajos y hongos psilocíbicos.
La estructura de los muros se veía inconclusa en sus extremos superiores. Mariana explicó que aquello había sido voluntario. Los arquitectos, encarcelados en su interior, dormían y soñaban un sueño colectivo en el que seguían construyendo y proyectando la edificación en tamaños y alcances imposibles.
Al final del pasillo se encontraron con una explanada circular con suelo de arena y una delgada runa de cobre en toda la superficie. Mariana explicó que la explanada era la parte superior de un tubo fabricado con arena del desierto de Atacama, y que se hundía kilómetros bajo el fondo marino como un gran electrodo-aguja de acupuntura terrestre.
—¿Dónde está la cámara del Graal? —preguntó Günther, confundido por el enorme espacio vacío.
—Está aquí, pero todavía no —murmuró el selknam, olisqueando el aire.
—Sólo yo puedo sintonizarla —dijo Mariana, sorprendida.
—¿Por qué no lo dijiste antes?
—Es que… no lo sabía. Lo supe hace unos segundos. Y ahora mi mente se llena de recuerdos extraños, de claves y gestos de poder… como éste. —Movió tres dedos en un giro de gran belleza, y el aire se desplazó sutilmente siguiendo la misma dirección, como si fuera agua. Hasta burbujas se elevaron desde la estela trazada por el gesto. La herida practicada en el espacio vibró y de ella comenzó a manar sangre. Un imperceptible gemido se levantó desde la runa.
—Entremos —dijo la mujer.
Avanzaron por la explanada y se encontraron en el interior de un edificio ovoide, no muy amplio, pero de gran altura, con las paredes revestidas de maquinaria y cablerío. Un coro de hombres —incrustados a media altura en las paredes que sudaban vapor y aceite— formaba un círculo y entonaba un mantra en código binario. Eran doce ciegos, que se correspondían con los doce agujeros que había en el suelo, en torno de un montículo de roca oscura. Uno de los agujeros parecía furioso.
«El asiento peligroso», pensó Mariana.
—Cada agujero está recubierto con memoria del apóstol asociado al signo zodiacal correspondiente —aclaró a sus acompañantes.
—¿Judas también? —preguntó el muchacho.
—Judas y Jesús eran gemelos idénticos. Uno debió haber muerto en el parto. Fue un tremendo problema hacer que se ahorcara —agregó—. Los agujeros y su contenido estabilizan el espacio al interior del círculo. Producen un microclima propicio de asepsia astral.
—¿Asepsia?
—¿Ustedes nunca se callan? —los reprendió el selknam—. ¿No conocen el poder de las palabras? Si sólo pudieran ver el desorden que producen con su palabrería inútil…
Mariana se adelantó y se puso en cuclillas para observar de cerca la roca negra. Tenía una perforación en su parte superior y un tubo incrustado en ella. «¡El Graal!», pensó, y una sonrisa se dibujó en su rostro. «Es un caliburno. Sólo yo puedo sacarlo».
—¡Günther! ¡Lo hicimos! ¡Sé cómo sacar esta huevada! ¡Podremos volver! Sólo quédense ahí mientras opero este aparato.
El muchacho no cabía en sí de alegría; el selknam permanecía inmóvil. El aire comenzó a saturarse de colores, el polvo huyó lentamente de la roca negra y se refugió bajo la sombra de Mariana, que tecleaba códigos en la roca con la mano derecha y hacía gestos de poder con la izquierda; mantenía los ojos cerrados, la mente en blanco y la columna vertebral recta, apuntando hacia el agujero en la parte más alta de la sala.
Cuando terminó el ritual, abrió los ojos y los contactos se abrieron con un chasquido seco. El tubo ascendió suavemente unos centímetros y la mujer palideció. Bajo un anillo de cobre estaba grabado su nombre.
—Mariana… —murmuró ella misma, leyendo las incisiones en el metal bruñido del Graal. Luego miró a Günther con el rostro desencajado.
—¿Qué pasa? —preguntó el muchacho, asustado por su expresión.
—Hay algo muy raro en todo esto.
—Saca el Graal —pidió el selknam.
—Es que mi nombre está escrito en esa cosa —dijo la mujer con voz temblorosa.
—¿Qué dices? —exclamó Günther—. Eso no es posible.
—¡Saca el Graal! —gritó el selknam.
Los dos lo miraron con sorpresa: parecía muy molesto.
—Espera —dijo Mariana—. Esto es muy extraño y necesito pensar…
—¡No tienes nada que pensar! —vociferó el selknam—. ¡Sácalo de una vez!
—¡Cállate, huevón! —repuso la mujer—. Sólo te interesa tu puto objetivo, nada más. ¿Crees que no sé lo que tienes planeado?
Günther los miraba, angustiado.
—Algo está ocurriendo —dijo el Reche—. Se ha incorporado una variable nueva a los acontecimientos; puedo olerlo. ¡Saca el Graal de una vez, perra de mierda!
Un brazo desplegó sus uñas de combate y los ojos centrales del selknam tomaron una coloración intensamente rojiza.
—¡No! Cuando lo haga vas a matarme y destruir todo esto…
El selknam movió velozmente un brazo hacia su costado y engarfió el cuello de Günther.
—Ma… ria… naa —balbuceó el joven con los ojos desorbitados.
—¡Déjalo, insecto hijo de puta!
—Saca el Graal.
La mujer recordó el secreto del Tangata Manu: las tres palabras que anularían al selknam. Nunca podría decirlas tan rápido. O quizás podría evitar que destruyera el cuerpo de Günther, pero ignoraba las implicaciones de ese acto para el nexo del muchacho con este mundo. Sólo sabía que era demasiado riesgoso intentar averiguarlo.
—Está bien, tú ganas. Suelta al muchacho y sacaré el Graal.
—No, sácalo y entonces soltaré al muchacho —replicó el selknam secamente.
Mariana suspiró, bajó la vista y miró hacia la roca negra. Tomó el tubo con su mano derecha y comenzó a extraerlo. A medida que afloraba, el aire se llenaba de ecos, de reverberancias cromáticas y restos de presencias anteriores. Las auras y los residuos que el espíritu deja al desplazarse se fueron haciendo más y más visibles. Mariana miró hacia atrás y pudo ver el espíritu de Günther amarrado en puntos específicos al cuerpo del tonto. También vio al selknam como un umbral hacia entidades indescriptibles. Pudo ver su propia esencia con la forma de un océano inquieto, arreciando dentro de su cuerpo; sistemas fluviales vivos alimentaban a toda una civilización en su sistema circulatorio, mareas luminosas recorrían el espacio bajo su piel, saliendo a chorros por sus chakras. Vio energía en gravedad cero derramándose por sus dedos mientras manipulaba el Graal. Cuando finalmente lo extrajo del todo, tuvo la sensación de que las cosas le hablaban. Se sentía en el interior de un estómago descomunal.
—Aquí está —dijo, levantando el tubo—. Ahora suelta a Günther.
—Bien —dijo el Reche—. Debes saber que no puedes volver a introducirlo. También debes saber que lo que voy a hacer no tiene ninguna significación emotiva para mí. Sencillamente estoy ajustando un mecanismo que no está funcionando del todo bien. Ni siquiera soy alguien…
Dicho esto torció bruscamente el cuello de Günther y un ruido sencillo, demasiado sencillo, quebró el aire.
—¡Nooo! ¡¡Desgraciado!! ¡Hice lo que me pediste!
El selknam soltó el cuerpo inerte del tonto y Günther comenzó a nacer estrechamente a través de la boca del cadáver. Mariana, paralizada, veía su sufrimiento al intentar liberarse. Sus miradas se cruzaron justo en el momento en que el selknam lo desgarró con una larga uña hecha de palabras poderosas. Los fragmentos flotaron a la deriva unos momentos antes de disolverse lentamente en la nada, junto a un gemido y un ruego de niño.
Mariana permanecía de pie, temblando, con una mano crispada sobre la boca, incapaz de gritar o llorar.
—No es nada personal, Mariana, pero ahora debo abrirte el estómago y destruir el Graal.
El selknam dio un paso hacia la mujer desplegando una enorme garra de cartílago. Ella, sin dejar de mirar con horror el sitio donde su muchacho había sido destrozado y arrojado al olvido, pronunció entonces el primer vocablo. El selknam se detuvo, perplejo.
—Tú no deberías conocer esa palabra.
Mariana cerró los ojos. Günther había sido lo más parecido a un hijo que jamás había tenido, pensó, y dijo la segunda palabra. El selknam cayó de rodillas.
—No sabes lo que estás haciendo. Detente.
La mujer lo miró sin odio; se sentía vacía. Entonces pronunció la tercera palabra. El selknam se desplomó hacia atrás y quedó inmóvil, agonizante.
—Te aseguro que preferirás haber muerto —dijo con sus últimas fuerzas.
Mariana no lo escuchaba. Algo se había roto en su interior.
Tampoco se resistió cuando alguien le quitó el Graal y la inmovilizó con una llave que casi le quebró el antebrazo. Giró la cabeza y vio el rostro sonriente de un guardia del Directorio.
—No te muevas, o te quedas sin hombro.
Más allá, otros seis guardias surgían de entre los pliegues del útero y la rodeaban, apuntándole con sus armas cortas.
—Un movimiento extraño y te vuelo la cabeza —dijo el que parecía el jefe del grupo; pero la mujer no ofrecía ninguna resistencia.
Seguía pensando en Günther, en sus eternos dieciocho años rotos en mil pedazos y devorados por la oscuridad. Bajó los ojos para ver el Graal en el suelo, frente a ella; «Tan cerca, tan cerca», pensó. Cerró los ojos y esperó lo peor.
—Mashdaa, Mariana.
La mujer abrió bruscamente los ojos. Poco a poco la extraña silueta del Tangata Manu se fue formando ante su mirada; primero hecha de aire, luego de ganglios y nervaduras de colores turquesa, finalmente de temperaturas. Mariana increpó al Reche, convertido en una pila de escombros y herrumbre que moría con los segundos.
—Me dijiste que este huevón no podía intervenir físicamente, pero trajo a la guardia del Directorio. ¿O también era una mentira?
—No, no, no —intervino el Tangata Manu—. Yo no traje a nadie. Alguien los traicionó y dio aviso de su pequeña… intervención.
—¿Qué? Pero, ¿quién?
—El Imbunche, por supuesto —dijo el chamán.
—¿El Imbunche? Pero si esta operación es suya…
—Para saber lo que un político va a hacer debes fijarte en sus objetivos finales, no en sus acciones inmediatas. El Imbunche se contactó con el Directorio inmediatamente después de la ofensiva de los tontos y les ofreció el itinerario de los saboteadores a cambio de una primera victoria. Eso fue todo. Vendió a sus hombres a cambio de un triunfo que impresionara a los demás jefes de sindicatos. Él es un político. El saca cuentas, ya me entiendes.
Nada se movía dentro del útero del Ygdrasil, a excepción de las pequeñas placas del sistema de ventilación del selknam, cuya respiración trabajosa era el único sonido perceptible. Mariana estaba paralogizada.
—¿Por qué asistes a este espectáculo? —dijo por fin, mirando sin mirar el suelo —. ¿Qué quieres tú? ¿Porqué los guardias no me han llevado ante la policía del Directorio?
—No van a llevarte a ningún lado. Tú eres lo que yo quiero.
—Pero soy prisionera del Directorio. No estoy a tu alcance.
El Tangata Manu se acercó a Mariana y un aroma a violetas inundó el lugar cuando aquel extraño ser desplegó unas garras azulosas. La tanteó como estimando una mercancía.
—Tú eres el pago que le exigí al Directorio por mis servicios. Les di lo que querían y ellos te protegieron y te guiaron hasta mí, querida Mariana.
La mujer hizo una mueca de asco ante el desagradable aspecto del chamán.
—¿Y a cambio de qué, si se puede saber?
—A cambio de la muerte del selknam, que tú misma llevaste a cabo.
Mariana sintió un mareo y algo de calor en el rostro.
—Hace años revelé al Directorio el advenimiento de un guerrero invencible que los destruiría. Nadie podría detenerlo excepto yo, así que aceptaron gustosos. Entonces pedí a cambio a esa insignificante hembra puesta en un lugar específico de mi elección: justamente donde estás parada, Mariana.
La mujer reaccionó de pronto y quiso resistirse, pero el guardia le torció el brazo a un límite casi intolerable.
—¡El centro de control de la Sección 14 no sabe de los tratos del Imbunche! ¡Sus generales mandarán una patrulla a rescatarme cuando vean que no me comunico en el momento acordado! —gritó entre el dolor y la rabia.
El Tangata Manu se le acercó y le susurró al oído:
—La Sección 14 ya no existe.
Mariana se removió, intentando soltarse.
—¡Mentira! ¡Ellos vendrán a rescatarme, a mí y al Graal!
El Tangata Manu pareció sonreír, si es que algo como él podía hacerlo.
—La Sección 14 era una granja humana, una plantación en tiempos de cosecha, Mariana. Almas maduras en éxtasis religioso e inflamadas por la guerra, cortadas y distribuidas en los computadores que harán vivir al Ygdrasil. Todo según itinerario.
—¿Itinerario de qué…?
La pregunta la hizo mecánicamente. A su alrededor todo se derrumbaba como tocado por una mano tan grande que no alcanzaba a verla, por una voluntad que ni siquiera se atrevía a imaginar.
—El itinerario establecido por el Directorio para toda esta… pesadilla —continuó el Tangata Manu—. Quieren despertar a la Chrysler usando el Ygdrasil y la tecnología del Empalme Rodríguez. Quieren dotarla de alma y extenderla a través del mundo. Quieren lo que todos quieren: poder.
»Ellos piensan que han estado manejando los acontecimientos a su favor durante los últimos tres mil años, y que todo culminará hoy, cuando los senderos que se bifurcan vuelvan a convertirse en uno. Pero se equivocan. El Ygdrasil fue desarrollado por ellos pero no para ellos: basta introducir una pieza distinta en un lugar preciso para que este inmenso árbol del conocimiento encuentre su verdadero significado en el Universo… Y esa pieza eres tú, Mariana.
La mujer sintió que sus ojos se humedecían nuevamente. Recordó sus sueños, siempre crípticos, siempre dolorosos. Algo coincidía, pero no podía descubrirlo.
—Así que eso soy… Un tornillo —dijo, con los ojos llenos de lágrimas—. Así termina mi vida. —Sonrió apenas—. ¿Puedes decirme por lo menos qué tipo de tornillo soy antes de ensamblarme a esta huevada?
El chamán extendió una garra hacia el rostro de la mujer y suavemente le hizo a un lado un mechón de pelo. Un gesto humano inesperado.
—El Ygdrasil es un módem gigantesco. Necesitamos un sistema de transmisión de datos eficiente, inmediato e inalámbrico.
«¿Necesitamos?», pensó Mariana. «¿Quiénes?».
—Tienes una doble viviendo desde el futuro hacia el pasado; ella carga la mitad de una información preciosa. Cuando las dos se crucen, esa información estará completa y tú, Mariana, te conviertes en la contraseña viviente para adentrarse en la psique humana. La puerta se abrirá como una vulva y el Ygdrasil podrá penetrarla como un espermio monstruoso, que se conectará directamente con el inconsciente colectivo de la Humanidad y podrá usarlo como una red para correr datos en lenguaje de arquetipos. Cada ser humano será un nodo conectado a una red inalámbrica de una velocidad cercana a la inmediatez. La Tierra completa será un gran dispositivo de transmisión de datos, con alcances inconcebibles para los humanos… Porque no es para humanos, Mariana.
—¿Quién eres tú? —murmuró la mujer, mareada con el descabellado discurso que acababa de oír.
—Un arquitecto que quiere ver finalizada su obra, nada más. Éste es sólo otro proyecto biotecnológico, en el marco de un plan muchísimo mayor. El Sol es una entrada de datos; su luz es información que viaja ondulando por el espacio, como las serpientes, y distribuyendo los datos por este microprocesador específico que es el sistema solar. Yo soy la memoria de este circuito-laboratorio. Escribo el Libro de los Acontecimientos a lo largo de incontables reencarnaciones; proceso la información y modulo los hechos. Ahora mi trabajo está a punto de terminar.
Mariana se sentía envuelta en un aura de irrealidad: las palabras del Tangata Manu rebotaban en su cerebro, pero no la tocaban. Ni siquiera se inmutó cuando el guardia la liberó y se retiró del lugar junto a sus compañeros. El salón parecía respirar; era un sitio extraño.
—Debes prepararte. No será grato, pero eso no es relevante.
Mariana abrió sus hermosos ojos café y los movió nerviosamente, buscando alguna vía de escape.
—Ni lo intentes. Además, hacia donde sea que te dirijas, estarás en el lugar adecuado, en el momento preciso. Hoy todos los senderos llevan a ti.
—No, no… No quiero… Por favor…
—Bebe el cáliz en silencio, no tienes alternativa. Lo hiciste increíblemente bien, te felicito.
La mujer temblaba, paralizada en su sitio. Temblaba y sollozaba, de pie en medio del útero. De pronto, unos chasquidos le hicieron abrir los ojos y contener la respiración. En ese instante dos arpones penetraron sus oídos y Mariana se vio izada a seis metros de altura. Allí, suspendida, le arrancaron piernas y brazos, la cauterizaron con hierros al rojo vivo y la incrustaron con ganchos de acero al mecanismo que colgaba en el centro del útero. Incrustada como en una joya. La joya del Ygdrasil.
Luego le extrajeron los ojos y le hundieron terminales de datos en los nervios ópticos. La sangre y los gritos de Mariana alimentaban el suelo del útero como una lluvia. Las paredes orgánicas de la sala se habían hinchado y enrojecido como el tejido uterino humano. Una esclusa se abrió en la cima del salón y dejó caer un chorro de líquido amniótico semiconductor, que bañó a Mariana y comenzó a llenar rápidamente la sala. Una larga tráquea, conectada a un sistema de ventilación, salía de la boca de la mujer para impedir la asfixia por inmersión.
Ella.
Ella ciega y semiinconsciente. Crucificada en el útero del árbol, gimiendo. Llama a su madre con un hilo de voz, le dice que Günther es su hijo también. Cree sentir las olas de las costas de México en el rugido del líquido que ya casi la sumerge, y sonríe. Se desmaya. Una descarga eléctrica la despierta: es imprescindible mantenerla consciente para lo que va a ocurrir.
Decenas de máquinas con calamares vivos en su interior se despliegan por el líquido. Le cortan los pezones a la mujer e introducen agujas conectadas a cables receptores. Un calamar trepa y se introduce por su vagina hasta alojarse en la matriz. Desde allí extiende tentáculos que hunden garfios en cada ovario para bajar el patrón de ovulación, como parte de la cadena matemática del password. Un segundo calamar hunde el Graal por la vagina hasta calzarlo con el terminal del primero; un chasquido acusa el ensamble perfecto. El Tangata Manu sonríe.
En sueños, Mariana siente que se le abre un agujero en la frente y que es penetrada por un ángel. Una voz le explica que el enchufe clavado a su frente se conecta a la máquina que contiene el útero. Los líquidos de la máquina, en constante evaporación, la conectan con la atmósfera que rodea la Tierra. Ramales sinápticos de hidrógeno se proyectan fuera del sistema solar y, de pronto, Mariana sabe que está usando la galaxia como globo ocular. Pero tiene también la certeza de que no es ella quien mira, no es ella quien ve.
Cada momento que pasa se siente más una médium de otra cosa. Cada momento que pasa le cuesta más recordar quién es ella misma. «Mariana, Mariana». La voz se esfuma como la luz del atardecer en su memoria.
Algo va a nacer a través de su frente encinta.
El Tangata Manu espera.
Un zumbido de baja frecuencia avisa que la extracción de la contraseña va a comenzar. La Mariana que vive desde el futuro hacia el pasado se acerca vertiginosamente. El ruido industrial de un gran switch anuncia que se enciende el sistema de energía del extractor. Mariana es asesinada. Su alma se dirige, a través de una malla de estática circular, de regreso a su propio cuerpo. El ciclo se acelera a medida que el momento de la extracción se acerca. Mariana es obligada a reencarnarse en sí misma varias veces por segundo. Es un despojo humano que pulsa espasmódicamente.
El Tangata Manu observa. Una vez que arribe la Mariana segunda, el código se completará. Pero antes hay algo que debe concluir.
El sitio parecía una tumba. Gruesas paredes de concreto, el techo bajo, la luz fantasmal; no se ve ninguna puerta.
—Mashdaa, Imbunche.
El saludo del Tangata Manu rebota en la minúscula sala.
—¿Qué… qué es lo que está ocurriendo? ¡El centro de control no responde!
El profeta tiembla en un rincón del búnker.
—¡Nadie contesta en toda la Sección 14! Es como… si hubieran desaparecido.
El Tangata Manu se acerca, casi con ternura.
—Es que ya no queda nadie. Ni siquiera el Directorio existe ya. Sólo tú sigues vivo en toda la Chrysler.
—¡No puede ser! —grita el Imbunche, enseñando sus encías desnudas—. Yo tenía un trato. El Ygdrasil…
—El Ygdrasil no es mercancía de pequeños comerciantes. Has tenido el inmenso honor de asistir a su nacimiento, recuerda eso en tu último instante. Hay cosas que no imaginas.
—¿Qué… cosas?
El Tangata Manu se acerca un poco más y suspira, mirando la consola de comunicaciones junto al enjuto cuerpo del profeta.
—Hay una rebelión allá afuera —murmura—. Estamos construyendo un golem, un impostor que reemplace al dios moribundo, al Jehová comatoso, al obstáculo.
El Imbunche suelta una risita nerviosa. Luego su rostro se hiela en una mueca de miedo y asombro.
—¿Hablas en serio?
—La Tierra es una pieza de nanotecnología a punto de ser puesta a funcionar.
—Entonces es verdad que no queda nadie.
El Tangata Manu le levanta el rostro por el mentón con una larga garra ósea.
—Me vas a matar, ¿no es verdad? Antes dime por lo menos para quién trabajas.
El chamán se acerca y le susurra algo al oído. El Imbunche abre los ojos desmesuradamente y se desploma, para siempre.
En el vértigo de sus muchas muertes algo va quedando en la mente de Mariana. Se siente la gran madre de algo diferente. Se siente la reina de la colmena, se adivina parte de un gran organismo hecho de otros organismos, danzando coordinadamente como neuronas generando un pensamiento.
Ya casi no sufre por sus heridas, y el Graal irradia conocimiento en forma de calor y ternura, como datos transferidos por osmosis a su organismo.
«Mariana, Mariana». Se siente confortablemente anulada.
«Mariana, Mariana». Alguien se acerca y quiere abrazarla.
El Tangata Manu huele a Mariana segunda, que se acerca. La máquina gira y el útero entra en éxtasis. «Géminis», piensa el chamán, y todo se detiene. El coito se produce. Los códigos genéticos se enlazan en una cuádruple espiral que arroja bellos poemas como resultado preliminar, poemas-conjuro que abren la puerta para que el Ygdrasil ingrese hasta tocar el fondo de la psique humana con un dedo helado, y así infectarla con un software nuevo.
«Todo se ha cumplido».
La descarga es tremenda y produce un efecto colateral inesperado. La Chrysler es invadida por la irradiación del árbol y logra despertar por unos instantes, los suficientes para tomar conciencia de su existencia y saberse monstruosa. Se remueve de dolor por el acero y la fibra incrustados en su biología de protozoo; llora de tristeza por saberse ofensiva a los ojos de Dios. Su mente no logra sostenerse y se derrama, esquizofrénica, por toda la red de comunicaciones del planeta. La red se levanta por unos instantes como un insecto desaforado, doloroso e inestable, aullando una súplica electrónica, quemándose las retinas con el rostro de Dios; fundiéndose, disuelta entre lágrimas de sulfato y cobre ennegrecido.
Finalmente, el silencio y el humo.
El Tangata Manu órbita la Tierra.
Mariana como la reina de la colmena humana. Sumergida en líquido amniótico, incrustada en su trono como la joya en la frente de Lucifer; médium, machi, proxy definitivo.
Apenas recordando a la Humanidad, apenas recordando su humanidad, llora durante tres años. Mira hacia un costado pero no hay buen ladrón. Günther ríe, pero sólo en su memoria, que se apaga como la última luz del Universo.
«Todo se ha cumplido».
El Tangata Manu informa que la pieza número 369 está operativa. La red para correr información funciona perfectamente. Enseguida remolca todo el sistema solar hacia un punto desconocido, lejos de los rastreos de la oficialidad. Lleva este microprocesador de Brahma al lugar donde máquinas hechas de galaxias fabrican al golem impostor, el futuro líder de la rebelión contra el dios agónico.
Terminaste Ygdrasil
Jorge Baradit
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