Yo fui a EGB

Javier Ikaz · Capítulo 35 de 56

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Yo fui a EGB

En la cartera del cole

ALPINO: Si Marco nos hizo viajar de los Apeninos a los Andes, estos lápices de colores de madera nos trasladaban hasta Los Alpes solo para indicarnos que eran los más largos. Inconfundible esa pintura atravesada por una señal indicativa de 10 km que aparecía representada en la caja. ¿Para llegar adónde?

BOLI BIC: «Bic naranja escribe fino, Bic cristal escribe normal», y creo que la gran mayoría nos decantamos por este último como nuestro boli oficial de EGB. De él se aprovechaba todo: el pequeño tapón superior para morderlo, el capuchón para caparlo y el tubo del boli lo mismo se convertía en una cerbatana que en la superficie perfecta para copiar las chuletas con la punta del compás. Se decía que hasta podías pagarte el viaje de estudios si eras capaz de montar un millón de bolis en un tiempo récord, pero jamás conocimos a nadie que lo intentase.

BOLI DE CUATRO COLORES: El rojo, el negro y el azul vale, pero ¿el verde?, ¿para qué podíamos necesitar un boli verde? Ah, vale, para intentar bajar las cuatro minas a la vez apretando sus cuatro botones; esa era la gracia.

COMPÁS: Nuestra primera caja de herramientas fue la del compás con todas aquellas piezas que todavía nos preguntamos para qué servían, pero que ya nos encargábamos nosotros de darles mil y una utilidad. ¿Y el compás con tiza para la pizarra?, ¿alguno de nosotros llegó a conocer a algún profesor que consiguiera hacer un círculo perfecto con él?

 

© Cortesía de Àngels Mas Fajardo

CALCULADORA CIENTÍFICA: Lo de menos era la cantidad de fórmulas matemáticas, senos, cosenos y tangentes que fuera capaz de calcular, lo importante era esa pantalla luminosa digital en la que haciendo las combinaciones oportunas y girándola conseguimos que apareciera escrito nuestro nombre. Si buscamos bien en el bolsillo de su funda seguro que encontraremos alguna chuleta.

 

© Cortesía de Àngels Mas Fajardo

PLANTILLAS DE MAPAS: ¿Que el profe mandaba dibujar un mapa de España? Ningún problema, sacábamos nuestra plantilla y listo, solo nos faltaba restarle a mano Portugal y añadir unas líneas de prolongación de Francia. Había tres modelos: de montañas, ríos y el de provincias que hasta tenía puntitos para meter el boli y marcar las capitales.

© Cortesía de Àngels Mas Fajardo

ROTULADORES CARIOCA DE 36 COLORES: Se acabó lo de pintar a las personas de rosa o naranja, esta caja de «rotus» incorporaba el color carne que siempre era el primero que se nos gastaba antes de echarle alcohol. Cuando ordenábamos la caja de rotuladores del más claro al más oscuro éramos la envidia de toda la clase, pero al menor despiste volaba uno y la caja, con ese hueco vacío, ya no servía para fardar.

 

GOMA MILÁN : Que aquella goma oliera tan bien y encima pusiera «nata» era una clara invitación a comértela, pero enseguida descubrías que su sabor no cumplía las expectativas creadas. Con el uso, primero la transformabas en un círculo perfecto para que rodara, después en un tampón de clonar y finalmente terminaba agujereada con el boli en el centro o cortada a cachitos con la regla. Lo que han tenido que sufrir las pobres Milán…

GOMA DE BOLI: Poder borrar todos los errores que cometías con el boli y olvidarte de los tachones para siempre podría haber sido el mayor invento de la humanidad. Todos corrimos a probarlo, pero aquello más que borrar lo que hacía era destrozar el papel. Cierto, ni rastro.

 

DICCIONARIO ITER SOPENA: Aunque con otra definición, aparecían «chocho» y «polla», pero no venía ni «puta» ni «cabrón». Lo de buscar tacos en este diccionario de bolsillo muy pronto se convirtió en nuestra mayor afición. Pero en lo que realmente nos podíamos detener horas y horas era en sus láminas centrales, en color, con ilustraciones como las partes de un avión, los huesos del esqueleto y las banderas, que nos sabíamos de memoria y que nunca nos llegaron a preguntar en ningún examen.

PLASTIDECOR: Por fin unas ceras que no manchaban pero que tenías que apretar tanto para que pintaran que acababas con los dedos doloridos. Lo de que no se rompían no era cierto; la única que sobrevivía era la blanca, a la que no le encontrábamos demasiada utilidad. Al sacar punta las virutas de colores eran tan chulas que daban ganas de comérselas, echarlas en agua para hacer colonia o guardarlas sin más.

ROTRING : Pasar del tiralíneas al Rotring era todo un lujo y guardábamos aquella caja como oro en paño ya que, sin duda, era el artículo más caro de todo nuestro material escolar. La punta del 0,2 era tan fina que parecía que a la mínima iba a romperse, pero el más temido era el 0,8: un manchón de tinta y a volver a empezar la lámina. «¡Jope!, si ya la tenía».

 

© Cortesía de Àngels Mas Fajardo

TRANSPORTADOR DE ÁNGULOS: Se convirtió en nuestra regla favorita ya que era perfecta para introducir nuestra mano en su agujero sujetándola por la base y hacer de ella una especie de cuchilla circular con la que trocear la goma o cualquier otra cosa no demasiado dura. Con un transportador en cada mano nos convertíamos automáticamente en superegbhéroes.

 

© Cortesía de Àngels Mas Fajardo

© Cortesía de Àngels Mas Fajardo

© Cortesía de Àngels Mas Fajardo

Después de ver un estuche Pelikan, ¿quién iba a querer ir al cole con aquella bolsa con cremallera y manchada de tinta por todos lados? La revolución en el mundo de los estuches se presentaba en modelos de hasta dos y tres pisos e incluso mecanizados de forma que, al pulsar un botón, salía un compartimento con depósito para sacar punta ahí mismo, sin necesidad de ir a la papelera. Tenían tal cantidad de compartimentos para rellenar que algunas de las cosas que traían jamás las usamos ni llegamos a saber su utilidad. Todo un misterio.

© Ángel Castillo Martínez

CUADRICULADO, MILIMETRADO Y DOS RAYAS : Cada profe tenía sus manías y nos mandaba comprar un cuaderno en uno de estos tres formatos, por lo que era imposible acostumbrarse a un tamaño fijo de letra. Nuestra pesadilla eran aquellos cuadernos sujetados con grapa en los que te pillaban todos los fallos porque sus hojas no se podían arrancar.

RATÓN ROTULADOR: Estos «marditos roedores» escondían tras su cara en forma de tapón la punta de un rotulador, pero eran tan gordos que resultaba un poco difícil escribir con ellos. Existía también el ratón boli, cuya punta aparecía directamente en la nariz, y el gato blanco que hacía de borrador.

CUADERNOS RUBIO: Lo de la letra con sangre entra era falso. A nosotros nos entró a base de cuadernos y cuadernos Rubio que consiguieron que todos acabáramos escribiendo igual. La caligrafía era sagrada y lo de copiar quinientas veces una frase a modo de castigo fue vital para pillar agilidad.