Yo fui a EGB
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PIRULÍ: Sin ningún tipo de envoltorio, el pirulí es la versión clásica del chupa-chups, en formato cónico acabado en una punta que se iba acentuando a medida que ibas chupando. Por fuera barquillo y en el interior caramelo del de toda la vida, con mucho azúcar, que se te acaba pegando en las muelas.
PALOTES: Lo mejor de este «caramelote blandote» de fresa era que por fin alguien se acordó de nosotros e hizo un envoltorio que podíamos abrir sin necesidad de pedir ayuda a los mayores. Decían que reuniendo muchos puntos te daban el mismo castillo que servía de expositor en el quiosco. Nosotros los seguimos comiendo y de momento nada.
SUGUS: Aquí el premio era conseguir un envoltorio en el que pudiera leerse diez veces la palabra Sugus completa, pero a alguna siempre le faltaba una esquinita de la s y ya no sabías si valía. Seguramente no servía para nada, pero era tan inevitable hacerlo como pelar uno de cada sabor y metértelos todos en la boca, o perseguir el Sugus azul de piña: si era el que más nos gustaba ¿por qué había tan pocos? Ojo con los Snipe que tampoco estaban nada mal.
CHIMOS : «Chimos es, es un agujero, rodeado de rico caramelo». De cinco sabores, este caramelo agujereado te permitía introducir la lengua en su orificio central, una nueva sensación que hasta ese momento no habíamos experimentado. El mejor era el morado.
PETA ZETAS: Pero la mayor revolución dentro del mundo de las chuches fue la llegada de los Peta Zetas, unas pequeñas partículas de caramelo que explotaban en tu lengua al contactar con la saliva; ¡incluso podías llegar a oír sus chasquidos! La golosina del futuro ya estaba aquí. Un montón de años después nos damos cuenta de lo poco que se ha innovado en este dulce terreno.
© Evan-Amos / Wikimedia Commons
REGALIZ DE PALO: En cada zona se le llamaba de una manera: palolú, palodú, palulú… y no era más que la raíz del regaliz convertida en golosina. Su precio dependía del grosor de la pieza. Podías tirarte con uno de aquellos palos en la boca toda una semana y al llegar a casa lo dejabas en un vasito con agua. Siempre había quien se escandalizaba de que pudieras comer esa cosa, las mismas personas que decían que en la guerra tuvieron que comer hasta piedras.
OSITOS: Como si de animales salvajes se tratara, cada uno de aquellos ositos de regaliz venía enjaulado en una de las celdas de la tira de plástico blanca por detrás y transparente por delante. Rojos o negros y de todos los colores en su versión de gominola, su figura será asociada para siempre al mundo de las chuches.
SELZ: Parece que lo de vender golosinas en tiras estaba de moda y la más larga era la de los caramelos Selz. Solo pronunciar su nombre da escalofríos, los mismos que sentíamos cuando se deshacía el caramelo y aparecía el pica-pica que llevaba en el interior.
CARAMELO DRÁCULA: Sin duda, cuanto más manchaba una chuche más nos gustaba y en el fondo a lo que estábamos enganchados era a aquellos colorantes. El del caramelo Drácula dejaba toda la lengua roja y ya podíamos ir por ahí haciendo la gracia de que habías mordido a alguien, como el vampiro que aparecía en el envoltorio.
CARAMELO DE CUBALIBRE: ¿Os imagináis dándole a vuestros hijos caramelos de Baileys o gin-tonic? Pues en aquella época los cubatas eran lo más y si papá se los tomaba de vez en cuando tú no ibas a ser menos. Desde entonces la Coca-Cola sola… como que no.
CIGARROS DE CHOCOLATE : Y claro, después del cubata venía el cigarrito. Tranquilos, que eran de chocolate (por cierto, bastante malo), pero servían para hacer que nos sintiéramos mayores e ir aprendiendo ese gesto que tan bien nos sabemos ahora. Lo de despegar el papel era tarea imposible, así que había que masticarlo con papel incluido, como un tipo duro.
PITA GOL: El caramelo que pita, con forma de silbato causó furor en la década de los ochenta, y a nuestros padres se les acabó el chollo de darle un chupa-chups al niño para que este estuviera tranquilito un rato. Después se convirtió en Melody Pops con la novedad de que el palo era móvil y podíamos conseguir sonidos diferentes. ¿Fue nuestra primera flauta dulce?
KOYAK: Aunque para chupa-chups clásico, el que mejor ha sabido aguantar ahí todos estos años es el que rinde homenaje al teniente Teo Kojak, interpretado por Telly Savalas en la mítica serie de los setenta. Él siempre aparecía con un chupa-chups en la boca, y los de Fiesta pensaron que no podía haber mejor nombre para su producto. Primero el rojo con su inconfundible sabor a cereza, después llegaron el de chocolate, fresa y nata, cola y la versión rellena de chicle.
CONGUITOS: Si alguien te dice «abre la boca y cierra los ojos» ya sabes que te está ofreciendo Conguitos «cubiertos de chocolate con cuerpo de cacahué». Desde 1961 esa bolsita de color naranja, imprescindible en las tiendas de chuches, se ha ido transformando desde aquella tribu africana con lanza en la mano hasta convertirse en los mismísimos Stevie Wonder y Tina Turner a mediados de los noventa. «Somos los conguitos y estamos requetebién».
CASTAÑAS: Parecían pequeñas piedras de color marrón, recubiertas de una finísima capa de chocolate y en el interior una galleta dura como una piedra.
CARAMELOS PEZ : Siempre nos quedará la duda de si lo que realmente nos gustaba eran aquellos caramelitos rectangulares de sabores o los dispensadores, en cuya cabeza aparecieron todos nuestros personajes de animación favoritos.