Yo soy Malala
6. Los niños de la montaña de basura
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Los niños de la montaña de basura
CUANDO el Colegio Khushal empezó a tener a más alumnos, nos mudamos de casa y por fin tuvimos un televisor. Mi programa favorito era Shaka Laka Boom Boom, una serie india de dibujos animados sobre un niño llamado Sanju que tiene un lápiz mágico. Todo lo que dibujaba se volvía real. Si dibujaba una planta o un policía, la planta o el policía aparecían mágicamente. Si le salía una serpiente sin querer, podía borrarla y desaparecía. Utilizaba su lápiz para ayudar a la gente —incluso salvó a sus padres de unos gángsteres— y yo quería aquel lápiz mágico más que nada en el mundo.
Por la noche rezaba: «Dios, concédeme el lápiz de Sanju. No se lo diré a nadie. Simplemente déjamelo en mi armario. Lo usaré para hacer felices a todos». En cuanto acababa de rezar, iba a mirar en el cajón. El lápiz nunca estaba allí, pero yo ya sabía a quién ayudaría primero. En nuestra calle había un terreno abandonado que la gente usaba como vertedero; en Swat no hay servicio de recogida de basuras. Rápidamente se convirtió en una montaña de basura. No me gustaba pasar cerca de allí por lo mal que olía. A veces veíamos ratas negras corriendo entre la basura y había buitres volando por encima.
Un día que mis hermanos no estaban en casa mi madre me pidió que tirara unas mondas de patata y cáscaras de huevos. Arrugué la nariz mientras me acercaba, apartando las moscas y teniendo cuidado de no pisar nada con mis bonitos zapatos. Al tirar los desperdicios a la montaña de comida podrida, vi que algo se movía y pegué un salto. Era una niña de mi edad. Tenía el pelo enmarañado y la piel cubierta de llagas. Su aspecto era el que yo me imaginaba que debía de tener Shashaka, la mujer del cuento que nos contaban en la aldea para que nos laváramos. La niña sujetaba un gran saco y estaba clasificando la basura en montones, uno para envases, otro para tapones de botellas, otro para cristal y otro para papel. Cerca había dos niños buscando metales con imanes sujetos con cuerdas. Quería hablar con ellos pero me dio miedo.
Aquella tarde, cuando mi padre volvió de la escuela, le hablé de aquellos niños y le pedí que viniera conmigo a verlos. Intentó hablar con ellos pero huyeron. Me explicó que los niños vendían por unas pocas rupias lo que habían conseguido a un trapero que, a su vez, lo revendía quedándose con un margen. Cuando volvíamos a casa vi que tenía lágrimas en los ojos.
«Aba,, tienes que darles plazas gratis en la escuela», dije. Él se rio. Mi madre y yo ya le habíamos convencido de que admitiera a varias niñas sin cobrarles.
Aunque mi madre no tenía estudios, era la más práctica de la familia, la que actuaba, mientras que mi padre era el que hablaba. Siempre estaba ayudando a la gente. Mi padre a veces se enfadaba. Llegaba a la hora de comer y decía a mi madre: «¡Tor Pekai, ya estoy en casa!» y se encontraba con que mi madre había salido y no había comida para él. Entonces se enteraba de que estaba en el hospital visitando a alguien enfermo o que había ido a ayudar a una familia, y él no podía enfadarse. A veces había salido a comprar ropa al mercado de Cheena, y eso ya era otra cosa.
Mi madre siempre llenaba la casa de gente. Yo compartía mi habitación con Aneesa, una prima de la aldea que había venido a vivir con nosotros para poder ir a la escuela, y con una niña llamada Shehnaz cuya madre, Sultana, había trabajado en nuestra casa. Shehnaz y su hermana también habían tenido que ir a recoger basura cuando su padre murió, dejándolas muy pobres. Uno de sus hermanos tenía una enfermedad mental y siempre estaba haciendo cosas extrañas como prender fuego a sus ropas o vender el ventilador eléctrico que les habíamos dado. Sultana era muy irascible y mi madre no quería tenerla en casa, pero mi padre dispuso una pequeña asignación para ella y una plaza para Shehnaz y su otro hermano en su escuela. Shehnaz nunca había ido al colegio, así que, aunque tenía dos años más que yo, la pusieron dos cursos anteriores al mío y se vino a vivir con nosotros para que yo pudiera ayudarla.
También estaba Nooria, cuya madre, Kharoo, nos ayudaba con la limpieza y el lavado de la ropa, y Alishpa, una de las hijas de Khalida, la mujer que ayudaba a mi madre en la cocina. A Khalida la habían vendido en matrimonio a un hombre viejo que la pegaba y ella acabó escapándose con sus tres hijas. Sus allegados no la quisieron ayudar porque se cree que una mujer que abandona a su marido trae la vergüenza a la familia. Durante un tiempo rebuscaron en la basura para sobrevivir. Su historia parecía sacada de las novelas que había empezado a leer.
Para entonces, el colegio se había ampliado mucho y tenía tres edificios: el original en Landikas era para la primaria y además había un instituto para chicas en la calle Yahya y otro para chicos con un gran jardín de rosas cerca de los restos del templo budista. En total teníamos unos ochocientos alumnos y aunque la escuela realmente no daba muchos beneficios, mi padre admitía a más de cien alumnos sin cobrar. Uno de ellos era un muchacho cuyo padre, Sharafat Ali, había ayudado al mío cuando era un estudiante sin medios. Eran amigos de la aldea. Por aquella época Sharafat Ali trabajaba en la compañía eléctrica y daba a mi padre unos cientos de rupias siempre que podía permitírselo. Mi padre estaba muy contento de poder corresponder a su bondad. Otra era una niña de mi clase llamada Kausar, cuyo padre bordaba ropa y velos, un oficio por el que nuestra región es famosa. Cuando hacíamos excursiones a las montañas yo sabía que no podía permitírselas, así que se las pagaba con mi dinero de bolsillo.
Al dar plazas a niños pobres mi padre no sólo perdía sus mensualidades. Algunos de los padres más acomodados habían sacado a sus hijos de la escuela cuando se dieron cuenta de que estaban compartiendo la clase con los hijos de personas que limpiaban sus casas o remendaban su ropa. Creían que era una vergüenza que sus hijos se relacionaran con los de familias pobres. Mi madre decía que para los niños pobres era difícil aprender sin suficiente comida en el estómago, así que algunas de las niñas venían a nuestra casa a desayunar. Mi padre bromeaba diciendo que nuestra casa se había convertido en un hostal.
Era difícil estudiar con tanta gente alrededor. Yo estaba encantada de tener mi propia habitación y mi padre incluso me había comprado una mesa para trabajar. Pero ahora tenía a otras dos niñas en mi habitación. «¡Quiero espacio!», me quejaba. Pero enseguida me sentía culpable y sabía que éramos afortunados. Pensaba en los niños que trabajaban en el montón de basura. No dejaba de ver la cara sucia de aquella niña e insistía a mi padre para que les diera una plaza en nuestra escuela.
Él me intentó explicar que aquellos niños eran trabajadores y que si iban a la escuela, incluso sin pagar, toda la familia pasaría hambre. Sin embargo, consiguió que un filántropo adinerado, un amigo suyo, Azaday Khan, le financiara un folleto que preguntaba Kia hasool e elum in bachun ka haq nahe?, «¿No tienen derecho esos niños a la educación?». Mi padre hizo imprimir miles de esos panfletos para dejarlos en reuniones locales y repartirlos por la ciudad.
Para entonces mi padre se estaba convirtiendo en una figura conocida de Swat. Aunque no era un khan o un hombre rico, la gente le escuchaba. Sabían que diría cosas interesantes en los talleres y seminarios, y que no tenía miedo de criticar a las autoridades o incluso al ejército, que de nuevo había asumido el control de nuestro país. También le conocía ya el ejército, y unos amigos suyos le dijeron que el comandante local le había llamado «letal» en público. Mi padre no sabía qué había querido decir exactamente aquel general, pero en nuestro país, donde el ejército es tan poderoso, no presagiaba nada bueno.
Una de las cosas que más odiaba eran las llamadas «escuelas fantasma»: personas influyentes de zonas apartadas recibían dinero del gobierno para abrir escuelas que sólo existían sobre el papel. Utilizaban los edificios como hujras o para guardar sus animales. Incluso se daba el caso de un hombre que cobraba pensión de maestro aunque no había enseñado nunca en su vida. Aparte de la corrupción y del mal gobierno, la principal preocupación de mi padre en aquellos días era el medio ambiente. Mingora crecía rápidamente —ya tenía unos 175.000 habitantes— y el aire se estaba contaminando a causa de los vehículos y los fuegos para cocinar. Los maravillosos árboles de nuestras colinas y montañas estaban desapareciendo convertidos en leña. Mi padre decía que aproximadamente la mitad de la población de la ciudad no tenía acceso a agua potable y la mayoría, como nosotros, carecía de saneamiento. Él y sus amigos crearon algo llamado Consejo para la Paz Mundial que, pese a su nombre, tenía inquietudes muy locales. El nombre era irónico y mi padre con frecuencia se reía de él, pero el objetivo de la organización era muy serio: conservar el medio ambiente de Swat y promover la paz y la educación entre la población local.
A mi padre también le gustaba escribir poesía, a veces sobre el amor, pero también sobre temas controvertidos como los crímenes de honor o los derechos de las mujeres. En una ocasión fue a Afganistán a un festival de poesía que se celebró en el Hotel Intercontinental de Kabul, donde leyó un poema sobre la paz. En el discurso de clausura se le mencionó como el más estimulante y varios asistentes le pidieron que repitiera estrofas completas y pareados. Cuando algo les gustaba especialmente exclamaban «woh woh», que es algo así como «bravo». Incluso mi abuelo estaba orgulloso. «Hijo, que te conviertas en una estrella en el firmamento del saber», solía decirle.
Nosotros también nos enorgullecíamos, pero su creciente popularidad significaba que no le veíamos mucho. Siempre era mi madre quien nos compraba la ropa y nos llevaba al hospital si estábamos enfermos, aunque en nuestra cultura, particularmente en los pueblos, se supone que una mujer no debe hacer esas cosas sola. Uno de los sobrinos de mi padre tenía que acompañarnos. Cuando mi padre estaba en casa, él y sus amigos se sentaban en la azotea al atardecer y hablaban de política interminablemente. En realidad sólo había un tema: el 11-S. Aquello quizá cambiara el mundo, pero nosotros vivíamos en el epicentro de todo. Osama bin Laden, el líder de Al Qaeda, vivía en Kandahar cuando se produjo el atentado contra el World Trade Center y los estadounidenses enviaron tropas a Afganistán para atraparle y derrocar el régimen de los talibanes que le protegía.
En Pakistán seguíamos viviendo bajo una dictadura pero los estadounidenses necesitaban nuestra ayuda, lo mismo que en los años ochenta para combatir a los soviéticos en Afganistán. Y lo mismo que la invasión soviética de Afganistán había cambiado todo para el general Zia, el 11-S hizo presentable al general Musharraf en la escena internacional. De repente, George W. Bush le invitó a la Casa Blanca y Tony Blair al 10 de Downing Street. Sin embargo, había un gran problema. El ISI, nuestro servicio de inteligencia, prácticamente había creado a los talibanes. Muchos oficiales estaban próximos a sus líderes y compartían algunas de sus convicciones. Un oficial del ISI conocido como el coronel Imam se vanagloriaba de haber entrenado a 90.000 talibanes e incluso fue nombrado cónsul general de Pakistán en Herat durante el régimen talibán.
A nosotros no nos entusiasmaban los talibanes, pues habíamos oído que destruían las escuelas de niñas y que habían volado las estatuas gigantes de Buda; nosotros teníamos muchos Budas y estábamos orgullosos de ellos. Pero muchos pashtunes tampoco estaban de acuerdo con que se bombardeara Afganistán o con la forma en que Pakistán estaba ayudando a los estadounidenses, aunque sólo fuera permitiéndoles cruzar nuestro espacio aéreo y dejando de suministrar armas a los talibanes. No sabíamos entonces que Musharraf también estaba facilitándoles el uso de nuestros campos de aterrizaje.
Para algunos religiosos pashtunes Osama bin Laden era un héroe. En el mercado se vendían posters de él sobre un caballo blanco y cajas de dulces con su retrato. Los clérigos decían que el 11-S era la venganza por lo que los estadounidenses hacían a otra gente en todo el mundo. Pero omitían el hecho de que las personas que se encontraban en el World Trade Center eran inocentes y no tenían nada que ver con la política estadounidense, y que el Corán dice claramente que no se debe matar. Nuestro pueblo ve conspiraciones detrás de todo y muchos sostenían que el ataque en realidad lo habían llevado a cabo los judíos como excusa para que Estados Unidos pudiera embarcarse en una guerra contra el mundo musulmán. De acuerdo con algunos periódicos, aquel día los judíos no habían ido a trabajar al World Trade Center. Mi padre decía que esto eran tonterías.
Musharraf anunció a nuestro pueblo que no le quedaba más opción que cooperar con los estadounidenses. Afirmó que le habían dicho: «Están con nosotros o están con los terroristas» y que le habían amenazado con «bombardearnos hasta devolvernos a la Edad de Piedra» si nos poníamos en su contra. Pero tampoco estábamos cooperando exactamente, pues el ISI seguía armando a los combatientes talibanes y proporcionando refugio a sus líderes en Quetta. Incluso convencieron a los estadounidenses de que les permitieran sacar a cientos de sus hombres del norte de Afganistán. El jefe del ISI pidió a los estadounidenses que pospusieran el ataque a Afganistán hasta que hubiera ido a Kandahar a pedir al mulá Omar que le entregara a Bin Laden. Por el contrario, le ofreció ayuda.
En nuestra provincia el maulana Sufi Mohammad, que había luchado en Afganistán contra los soviéticos, emitió una fetua contra Estados Unidos. Organizó una concentración en Malakand, donde nuestros antepasados habían combatido a los británicos. El gobierno pakistaní no se lo impidió. El gobernador de nuestra provincia declaró que todo el que quisiera ir a luchar a Afganistán contra las fuerzas de la OTAN podía cumplir su deseo. Unos doce mil jóvenes de Swat fueron a ayudar a los talibanes. Muchos nunca regresaron. Seguramente murieron, pero como no se puede demostrar, sus esposas no son viudas oficialmente. Es muy duro para ellas. Un hermano y un cuñado del amigo de mi padre Wahid Zaman estaban entre los muchos que fueron a Afganistán. Sus esposas e hijos aún les esperan. Recuerdo su añoranza cuando los visitamos. No obstante, todo parecía muy lejano de nuestro pacífico valle. Afganistán está a menos de ciento sesenta kilómetros, pero hay que pasar por el área tribal de Bajaur para llegar allí.
Bin Laden y sus hombres huyeron a las montañas Blancas de Tora Bora al este de Afganistán, donde habían construido una red de túneles y cuevas subterráneas mientras luchaban contra los soviéticos. Por esos túneles y las montañas llegaron hasta la región Kurram en las FATA. Lo que no sabíamos entonces es que Bin Laden vino a Swat y permaneció un año en una aldea remota aprovechando el código de hospitalidad pashtunwali.
Era evidente la doblez de Musharraf, aceptando el dinero estadounidense al tiempo que seguía ayudando a los yihadistas, los «activos estratégicos», como los llama el ISI. Los estadounidenses dicen que entregaron a Pakistán miles de millones de dólares para que les apoyaran en su campaña contra Al Qaeda, pero nosotros no vimos un céntimo. Musharraf se construyó una mansión junto al lago Rawal en Islamabad y se compró una casa en Londres. Cada cierto tiempo algún alto cargo estadounidense se quejaba de que no cooperábamos lo suficiente y de repente caía un pez gordo. Khalid Sheikh Mohammad, el cerebro que planeó el 11-S, fue descubierto a poco más de un kilómetro de distancia de la residencia oficial del jefe del ejército en Rawalpindi. Sin embargo, el presidente Bush no dejaba de elogiar a Musharraf, invitándole a Washington y llamándole amigo suyo. A mi padre y a sus amigos esto les asqueaba. Decían que los estadounidenses preferían tratar con dictadores en Pakistán.
Desde que era pequeña me interesaba la política y me sentaba en las rodillas de mi padre escuchando todo lo que él y sus amigos decían, pero lo que más me preocupaban eran las cuestiones más próximas a casa… a nuestra calle para ser exactos. Hablé a mis amigas de la escuela sobre los niños del basurero y les dije que debíamos ayudarles. No todo el mundo quería; decían que los niños estaban sucios y probablemente enfermos y que a sus padres no les gustaría que fueran a la escuela con niños así. También decían que ese problema no era cosa nuestra. Yo no estaba de acuerdo. «Podemos mantenernos al margen y esperar que el gobierno haga algo, pero no lo va a hacer. Si yo contribuyo a ayudar a uno o dos niños y otra familia también ayuda a uno o dos niños, entre nosotros podemos ayudarles a todos».
Yo sabía que no tenía sentido apelar al general Musharraf. En mi experiencia, si mi padre no podía ayudar en cosas como éstas, sólo quedaba una opción. Escribír una carta a Dios. «Querido Dios —decía—, ya sé que lo ves todo, pero hay tantas cosas que quizá, a veces, algunas pasan inadvertidas, especialmente ahora, con el bombardeo en Afganistán. Pero me parece que no estarías contento si vieras a los niños de mi calle viviendo en un montón de basura. Dios, dame fuerza y valor y hazme perfecta, porque quiero hacer este mundo perfecto. Malala».
El problema era que no sabía cómo hacérsela llegar. De alguna manera imaginé que tenía que hundirse en la tierra. Así que primero la enterré en el jardín. Después pensé que de esa forma se estropearía, y la metí en una bolsa de plástico. Pero eso no pareció servir de mucho. A nosotros nos gusta arrojar textos sagrados a los ríos, así que hice un rollo con ella, la até a un trozo de madera, puse un diente de león encima y la eché al río que desemboca en el Swat. Seguramente Dios la encontraría allí.