Yo soy Malala

Malala Yousafzai · Capítulo 23 de 33

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Yo soy Malala

20. ¿Quién es Malala?

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¿Quién es Malala?

 

A finales del verano, una mañana que mi padre se estaba preparando para ir a la escuela, observó que la pintura en que yo aparecía mirando al cielo que me había regalado la escuela de Karachi se había torcido durante la noche. Aquella pintura le encantaba y la había colgado sobre su cama. Verla torcida le molestó mucho. «Por favor, ponla derecha», pidió a mi madre con una brusquedad inusitada.

Aquella misma semana nuestra profesora de matemáticas, la señorita Shazia, llegó a la escuela completamente alterada. Dijo a mi padre que había tenido una pesadilla en la que yo llegaba al colegio con una pierna quemada y que ella me había tratado de proteger. Le rogó que diera arroz cocido a los pobres, pues creemos que si das arroz, incluso las hormigas y los pájaros comerán los granos que caigan al suelo y rezarán por nosotros. Sin embargo, mi padre dio dinero, pero ella estaba preocupada y decía que no era lo mismo.

Nos reímos de la premonición de la señorita Shazia, pero yo también empecé a tener pesadillas. Aunque no dije nada a mis padres, siempre que salía tenía miedo de que me atacaran talibanes armados o me arrojaran ácido a la cara, como habían hecho a las mujeres en Afganistán. Especialmente tenía miedo en los escalones que conducían a nuestra calle, donde antes se solían reunir los chicos. A veces creía oír pisadas detrás de mí o ver figuras que se deslizaban en las sombras.

A diferencia de mi padre, tomé precauciones. Por la noche esperaba a que todos estuvieran dormidos —mi madre, mi padre, mis hermanos, los parientes y los invitados de la aldea que estuvieran en casa— y comprobaba todas las puertas y ventanas de la casa. Salía y me aseguraba que la puerta del jardín estuviera bien cerrada. Después controlaba las habitaciones, una por una. Mi habitación estaba en la parte de delante y yo dejaba las cortinas sin echar. Aunque mi padre me había dicho que no lo hiciera, yo quería poder verlo todo. «Si quisieran matarme, ya lo habrían hecho en 2009», decía, pero me preocupaba que alguien apoyara una escalera contra la casa, subiera y entrara por una ventana.

Entonces rezaba. De noche rezaba mucho. Los talibanes piensan que no somos musulmanes, pero lo somos. Creemos en Dios más que ellos y confiamos en su protección. Solía recitar el Ayat al-Kursi, el versículo del Trono, de la segunda sura del Corán, el capítulo de la Vaca. Es un versículo muy especial y nosotros creemos que si lo recitas tres veces por la noche tu hogar estará libre de shayatin o demonios. Cuando lo recitas cinco veces, la calle entera estará a salvo y con siete veces más estará protegida toda la zona. Así que yo lo recitaba siete veces o incluso más. Entonces rogaba a Dios: «Bendícenos. Primero a nuestro padre y a la familia, después a nuestra calle, después a todo el mohalla, y también a todo Swat». Entonces añadía: «No, a todos los musulmanes». Y, después: «No, no sólo a los musulmanes; bendice a todos los seres humanos».

En la época de exámenes era cuando más rezaba. Era la única vez en que mis amigas y yo decíamos las cinco oraciones al día como mi madre siempre quería que hiciera. Especialmente me costaba trabajo a primera hora de la tarde, porque no quería que me quitaran de delante del televisor. En época de exámenes rezaba a Alá para pedirle buenas notas, pero los maestros nos advertían: «Dios no os concederá buenas notas si no os esforzáis. Dios os colmará de bendiciones, pero también es honesto».

Así que estudiaba mucho. Normalmente los exámenes me gustaban porque los veía como una oportunidad de demostrar lo que sabía. Pero cuando llegaron los de octubre de 2012, sentía la presión. No quería volver a quedar la segunda después de Malka-e-Noor como me había ocurrido en marzo. Entonces me había superado no por uno o dos puntos, que era la diferencia habitual entre nosotras, sino ¡por cinco puntos! Había estado tomando clases de apoyo con el señor Amjad, que dirigía el instituto de los chicos. La noche anterior al comienzo de los exámenes me quedé hasta las tres de la mañana estudiando y repasé un libro entero.

El lunes 8 de octubre tuve el primer examen, que era de física. Me encanta la física porque su objeto es la verdad, un mundo determinado por principios y leyes, sin divagaciones ni tergiversaciones como en la política, sobre todo la de mi país. Mientras esperábamos la señal para empezar el examen recité versículos sagrados en voz baja. Cuando terminé sabía que había cometido un error en la parte de rellenar los espacios en blanco. Estaba tan disgustada conmigo misma que casi lloré. Sólo era una pregunta que valía un punto, pero me pareció una premonición de algo terrible.

Cuando llegué a casa por la tarde tenía sueño, pero al día siguiente teníamos el examen de historia y cultura de Pakistán, que a mí no se me daba bien. Me preocupaba perder más puntos todavía, así que me hice un café con leche para ahuyentar los demonios del sueño. Cuando llegó mi madre, lo probó, le gustó y se lo bebió todo. No pude decirle: «Bhabi, no te lo bebas, por favor, que es mi café». Pero no quedaba más café en el armario. Esa noche también me quedé despierta hasta tarde, memorizando la historia de nuestra independencia.

Como siempre, mis padres vinieron a despertarme a la mañana siguiente. No recuerdo un solo día de colegio en que me haya despertado por mí misma. Mi madre hizo nuestro desayuno habitual de té azucarado, chapatis y huevo frito. Desayunamos todos juntos: mi madre, mi padre, Khushal, Atal y yo. Era un gran día para mi madre: por la tarde iba a empezar a tomar lecciones para aprender a leer y a escribir con la señorita Ulfat, mi antigua maestra del jardín de infancia.

Mi padre empezó a bromear con Atal, que ya tenía ocho años y cada día era más descarado. «Mira, Atal, cuando Malala sea primer ministro, tú serás su secretario», le dijo.

Atal se enfadó mucho: «¡Nada de eso! —dijo—. No soy menos que Malala. Yo seré primer ministro y ella será mi secretaria». Tanto bromear significó que sólo me dio tiempo a comerme medio huevo y no pude recoger.

El examen de historia de Pakistán fue mejor de lo que había esperado. Nos hicieron preguntas sobre cómo había creado Jinnah el primer país musulmán y sobre la tragedia nacional que supuso la fundación de Bangladés. Era extraño pensar que en el pasado había formado parte de Pakistán aunque estaba a casi dos mil kilómetros de distancia. Respondí a todas las preguntas y estaba bastante segura de que lo había hecho bien. Cuando el examen acabó estaba contenta, charlando y chismorreando con mis amigas mientras esperábamos que Sher Mohammad Baba, un asistente del colegio, nos avisara de que el autobús había llegado.

El autobús hacía dos viajes diariamente, y aquel día cogimos el segundo. Nos gustaba quedarnos en la escuela y Moniba dijo: «Como estamos cansadas por el examen, vamos a quedarnos un rato a charlar antes de ir a casa». Me había tranquilizado que el examen de historia de Pakistán me hubiera salido tan bien, así que le dije que sí. Aquel día no tenía preocupaciones. Tenía hambre, pero como ya habíamos cumplido quince años ya no podíamos salir a la calle, así que pedí a una de las niñas pequeñas que me trajera una mazorca de maíz. Comí un poco y le di el resto a otra niña.

A las doce en punto Baba nos llamó por el altavoz. Bajamos corriendo los escalones. Las demás niñas se cubrieron la cara antes de salir del edificio y subir al autobús. Yo me ponía el pañuelo por la cabeza, pero nunca me tapaba la cara.

Pedí a Usman Bhai Jan que nos contara una broma mientras esperábamos a que llegaran dos profesoras. Tiene una colección de anécdotas increíblemente divertidas. Aquel día, en vez de contarnos una historia, hizo un truco de magia para que desapareciera un guijarro. «¡Enséñenos cómo lo hizo!», le pedimos todas, pero él se negó.

Cuando todas estábamos sentadas, la señorita Rubi y varios niños pequeños subieron a la cabina con él. Otra niña pequeña se puso a llorar porque también quería subir. Usman Bhai Jan dijo que no, que no había sitio; tendría que ir detrás con nosotras. Pero me dio pena y le convencí de que la dejara ir en la cabina.

Mi madre había dicho a Atal que fuera en el autobús conmigo, así que salió de la escuela primaria y vino al autobús. Le gustaba colgarse de la rampa de acceso en la parte de atrás, lo que enfadaba mucho a Usman Bhai Jan porque era peligroso. Aquel día Usman Bhai Jan ya se estaba impacientando y no le dejó. «Atal Khan, siéntate dentro o no te llevo», le dijo. Atal tuvo una rabieta y se negó, por lo que se fue andando a casa malhumorado con varios amigos suyos.

Usman Bhai Jan puso en marcha el dyna. Yo hablaba con Moniba, mi prudente y buena amiga. Algunas niñas cantaban y yo seguía el ritmo con los dedos en el asiento.

A Moniba y a mí nos gustaba sentarnos cerca de la parte de atrás, que estaba abierta y podíamos mirar afuera. A esa hora la carretera de Haji Baba siempre era un caos de rickshaws de colores, gente a pie y hombres en motocicleta, todos zigzagueando y tocando el claxon. Un niño que vendía helados en un triciclo rojo que tenía pintados misiles nucleares en blanco fue detrás de nosotros haciéndonos señales con la mano hasta que una profesora le dijo que se alejara. Un hombre estaba decapitando pollos y la sangre goteaba al suelo. Yo seguía marcando el ritmo con los dedos. Crack, crack, crack. Plop, plop, plop. Es curioso que, de pequeña, siempre había oído que los habitantes de Swat eran tan pacíficos que resultaba difícil encontrar a un hombre para matar a un pollo.

El aire olía a diésel, pan y kebab mezclados con el hedor del río al que la gente seguía arrojando la basura y nunca iba a dejar de hacerlo por muchas campañas que organizara mi padre. Pero estábamos acostumbrados. Además, pronto llegaría el invierno y traería la nieve que limpiaría y acallaría todo.

El autobús giró a la derecha de la carretera principal en el puesto de control del ejército. En un quiosco había un cartel en el que se veía a hombres de mirada demente, con barbas y gorros o turbantes bajo grandes letras que decían TERRORISTAS BUSCADOS. La foto del primero, con barba y turbante negro, era de Fazlullah. Habían pasado más de tres años desde el comienzo de la operación militar para expulsar de Swat a los talibanes. Estábamos agradecidos al ejército pero no entendíamos por qué seguían por todas partes, con nidos de ametralladoras en las azoteas y puestos de control. Incluso para entrar en el valle era necesario un permiso oficial.

En la carretera que sube por la pequeña colina suele haber mucho ajetreo porque es un atajo, pero aquel día reinaba una extraña tranquilidad. «¿Dónde está toda la gente?», pregunté a Moniba. Todas íbamos cantando y charlando y nuestras voces reverberaban en el interior del autobús.

En aquellos momentos mi madre probablemente estaría entrando en nuestra escuela para tomar su primera lección desde que la dejó a los seis años.

No vi a los dos jóvenes ponerse en medio de la carretera y obligar al autobús a detenerse repentinamente. Ni siquiera pude responder a su pregunta «¿Quién es Malala?» o les habría explicado por qué debían dejarnos a las niñas ir a la escuela, y también a sus hermanas e hijas.

Lo último que recuerdo es que estaba pensando en el repaso que tenía que hacer para el día siguiente. En mi cabeza los sonidos no eran el bang, bang, bang de los tres disparos, sino el crack, crack, crack, plop, plop, plop del hombre que cortaba las cabezas a los pollos y las iba arrojando a la sucia calle, una por una.