Yo soy Malala
24. «Le han robado la sonrisa»
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«Le han robado la sonrisa»
EL día que mis padres llegaron a Birmingham me trasladaron de cuidados intensivos a la habitación 4, sala 519, que tenía ventanas, por lo que podía ver Inglaterra por primera vez. «¿Dónde están las montañas?», pregunté. Chispeaba y estaba brumoso, por lo que pensé que quizá estuvieran ocultas. No sabía entonces que éste es un país con poco sol. Todo lo que se veía eran casas y calles. Las casas eran de ladrillo rojo y todas parecían exactamente igual. Todo tenía un aspecto muy tranquilo y organizado, y resultaba extraño ver que la vida de la gente continuaba como si nada hubiera pasado.
El doctor Javid me dijo que llegaban mis padres y levantó el respaldo de la cama para que estuviera sentada para saludarlos cuando entraran. Estaba tan nerviosa. En los dieciséis días que habían transcurrido desde aquella mañana en que salí apresuradamente de casa en Mingora gritando adiós había pasado por cuatro hospitales y viajado miles de kilómetros. Me parecían dieciséis años. Entonces se abrió la puerta y allí estaban las voces familiares diciendo «jani» y «pisho», y allí estaban ellos, besándome las manos, como si les diera miedo tocarme.
No pude controlarme y lloré con todas mis fuerzas. En todo el tiempo que había pasado sola en el hospital ni siquiera había llorado con aquellas inyecciones en el cuello y cuando me quitaron las grapas de la cabeza. Pero ahora no podía parar. Mis padres también lloraban. Era como si me hubiera quitado un enorme peso del corazón. Ahora todo iría bien. Incluso me alegré de ver a mi hermano Khushal, porque necesitaba a alguien con quien pelearme. «Te echamos de menos, Malala», me dijeron mis hermanos, aunque en seguida les interesaron más los peluches y los regalos. Y Khushal y yo no tardamos en volver a pelear cuando me cogió mi ordenador portátil para jugar.
Me dejó atónita el aspecto de mis padres. Estaban cansados del largo vuelo desde Pakistán, pero eso no era todo, parecían mayores y los dos tenían canas. Trataban de ocultarlo, pero me daba cuenta de que también les impresionaba mi aspecto. Antes de entrar el doctor Javid les había advertido: «La niña que van a ver sólo está recuperada al diez por ciento; aún queda por hacer el noventa por ciento». Pero no sabían que la mitad de mi cara estaba inmovilizada y que no podía sonreír. Tenía el ojo izquierdo hinchado y la boca inclinada hacia un lado como si hubieran tirado de ella, así que cuando intentaba sonreír parecía más bien una mueca. Era como si mi cerebro hubiera olvidado que tenía la parte izquierda de la cara. Tampoco podía oír de un lado y hablaba con frases simples, como un niño pequeño.
Alojaron a mis padres en una residencia universitaria, con todos los estudiantes. La dirección del hospital pensó que quizá les resultase difícil permanecer en el hospital porque los periodistas les asediarían, y querían protegernos en una fase decisiva de mi recuperación. Mi familia había traído muy pocas cosas, salvo la ropa que llevaban y lo que Sonia, la madre de Shiza, les había dado, porque cuando salieron de Swat el 9 de octubre no se imaginaban que no iban a regresar. Cuando se encontraron en su habitación de la residencia, lloraron como niños. Yo siempre había sido tan feliz. Mi padre presumía ante la gente de «mi sonrisa celestial y mi risa celestial». Ahora se lamentaba a mi madre: «Esa maravillosa cara simétrica, esa cara resplandeciente ha desaparecido; ha perdido su sonrisa y su risa. Los talibanes son muy crueles, le han robado la sonrisa —añadió—. Puedes dar a alguien ojos o pulmones, pero no puedes restablecer su sonrisa».
El problema era un nervio facial. En aquellos momentos los médicos no estaban seguros de si estaba dañado y se repararía o si estaba seccionado. Yo tranquilicé a mi madre diciéndole que no me importaba si mi cara no era simétrica. ¡A mí, que siempre me había preocupado mi aspecto y cómo llevaba el pelo! Pero cuando ves la muerte, las cosas cambian. «No importa si no puedo sonreír o pestañear bien —le dije —. Sigo siendo yo, Malala. Lo importante es que Dios me ha dado la vida». Sin embargo, cada vez que venían al hospital y me reía o intentaba sonreír, la cara de mi madre se oscurecía como si la hubiera cruzado una sombra. Era un espejo al revés: cuando había risa en mi cara, había angustia en la de mi madre.
Mi padre miraba a mi madre, que tenía una gran pregunta en los ojos: ¿Por qué está Malala así? La niña que había traído al mundo y que durante quince años no había dejado de sonreír. Un día mi padre la preguntó: «Pekai, dime sinceramente ¿crees que es culpa mía?».
«No, khaista —repuso—. Tú no enviaste a Malala a robar o a asesinar o a cometer algún delito. Era una causa noble».
De todas formas, mi padre temía que en el futuro cada vez que yo sonriera sería un recordatorio del atentado. Pero no sólo me encontraron cambiada de esa manera. En Swat yo había sido una niña frágil y sensible que lloraba a la menor molestia y, sin embargo, en el hospital de Birmingham no me quejaba ni siquiera cuando sufría terribles dolores.
El hospital se negó a permitir otras visitas, aunque estaban inundados de solicitudes, pues querían que pudiera concentrarme en mi rehabilitación en privado. Cuatro días después de la llegada de mis padres, se presentó en el hospital un grupo de políticos de los tres países que me habían ayudado: Rehman Malik, ministro del Interior de Pakistán; William Hage, ministro británico de Asuntos Exteriores, y Sheikh Abdullah bin Zayed, ministro de Asuntos Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos. No se les permitió verme, pero los médicos les informaron y se reunieron con mi padre, que salió contrariado de la visita de los ministros porque Rehman Malik le dijo: «Dígale a Malala que debe enviar una sonrisa a todo el país». No sabía que ésa era la única cosa que no podía hacer.
Rehman Malik había revelado que el autor del atentado era un talibán llamado Ataullah Khan, que había sido detenido en 2009 en el curso de la operación militar en Swat, pero tres meses después había sido puesto en libertad. En los medios de comunicación se publicó que se había graduado en Física en el Jehanzeb College. Malik afirmó que el atentado se había preparado en Afganistán. Dijo que ofrecía un millón de dólares de recompensa por la cabeza de Ataullah y prometió que lo encontrarían. Dudábamos de eso, pues nunca habían atrapado a nadie, ni al asesino de Benazir Bhutto, ni a quien estuviera detrás del accidente de avión en el que murió el general Zia, ni al asesino del primer ministro Liaquat Ali Khan.
Después del atentado sólo habían sido detenidas dos personas: nuestro pobre conductor, Usman Bhai Jan, y el contable del colegio, que había respondido a la llamada de Usman Bhai Jan para informar de lo ocurrido. Unos días después le pusieron en libertad, pero Usman Bhai Jai seguía detenido, pues alegaban que era necesario para llevar a cabo las identificaciones. Nosotros estábamos disgustados: ¿por qué habían detenido a Usman Bhai Jan y no a Ataullah?
Las Naciones Unidas anunciaron que iban a designar el 10 de noviembre, un mes y un día después del atentado, el Día de Malala. Yo no presté mucha atención a esto porque me estaba preparando para una gran operación al día siguiente para repararme el nervio facial. Los médicos habían hecho pruebas con impulsos eléctricos y no había respondido, por lo que concluyeron que estaba seccionado y que tenían que operarme pronto o la cara se me quedaría paralizada. El hospital había estado informando regularmente a los periodistas sobre mi estado, pero no hizo público nada de esto.
El 11 de noviembre me llevaron al quirófano para que me operara el doctor Richard Irving. Me había explicado que este nervio controlaba el lado izquierdo de la cara y su función era abrir y cerrar el ojo izquierdo, mover la nariz, levantar la ceja izquierda y hacerme sonreír. Repararlo sería una tarea tan delicada que duraría ocho horas y media. El cirujano primero me limpió el canal auditivo de tejido cicatricial y fragmentos de hueso, y descubrió que tenía dañado el tímpano izquierdo. Entonces siguió el nervio facial desde el hueso temporal, donde penetra en el cráneo, hasta su salida, y en su recorrido retiró muchos más fragmentos de hueso que habían limitado el movimiento de la mandíbula. Descubrió que faltaban dos centímetros de nervio donde sale del cerebro y lo redirigió por delante de la oreja, en vez de por detrás, que es su recorrido normal, para compensar esa falta.
La operación fue bien, aunque hubo que esperar tres meses hasta que el lado izquierdo de la cara empezara a funcionar un poco. Tenía que hacer ejercicios faciales cada día delante de un pequeño espejo. El doctor Irving me dijo que después de seis meses el nervio empezaría a funcionar, aunque yo nunca sería exactamente la misma. Para mi alegría, pronto podría sonreír y guiñar el ojo, y semana a semana mis padres veían más movimientos en mi cara. Aunque era mi cara, podía ver que mis padres eran los que estaban más felices de la recuperación. Más tarde el doctor Irving dijo que era el mejor resultado que había visto en veinte años de cirugía del nervio facial. La recuperación era del ochenta y seis por ciento.
El otro buen resultado era que por fin desaparecieron los dolores de cabeza y empecé a leer otra vez. Me puse con El mago de Oz, que estaba en una pila de libros que me había enviado Gordon Brown. Me encantó leer sobre Dorothy y cómo, aunque intentaba regresar a casa, se detuvo y ayudó a los que lo necesitaban, como el León Cobarde y el oxidado Hombre de Hojalata. Tuvo que vencer muchos obstáculos para llegar a donde iba, y yo pensé que si quieres alcanzar un objetivo, siempre habrá impedimentos en el camino, pero debes continuar. Estaba tan entusiasmada con el libro que lo leí rápidamente y después se lo conté a mi padre. Él estaba muy contento porque pensó que si yo podía recordar y narrar algo con tanto detalle mi memoria debía de estar bien.
Yo sabía que a mis padres les preocupaba mi memoria, pues les había dicho que no recordaba nada del atentado y constantemente se me olvidaban los nombres de mis amigas. No eran muy sutiles. Un día mi padre preguntó: «Malala, ¿nos puedes cantar algunos tapae en pashtún?». Yo canté un verso que nos gustaba: «Cuando empiezas tu viaje en la cola de una serpiente, / acabarás en su cabeza en un océano de veneno». Para nosotros eso expresaba cómo las autoridades de Pakistán habían utilizando a los militantes al principio y ahora se encontraban en el atolladero que ellos mismos habían creado. Entonces dije: «En realidad hay un tapa que quiero reescribir».
Mi padre me miró intrigado. Los tapae expresan la sabiduría secular de nuestra sociedad; no se cambian. «¿Cuál?», preguntó.
«Éste», dije:
Si los hombres no pueden ganar la batalla, país mío,
Las mujeres darán un paso al frente y conseguirán ese honor para ti.
Yo quería cambiarlo para que dijera:
Tanto si los hombres están ganando o perdiendo la batalla, país mío,
Las mujeres vendrán y conseguirán un honor para ti.
Él se rio y repitió la historia a todo el mundo, como hace siempre.
Yo me esforzaba en el gimnasio y con la fisioterapeuta para conseguir que mis brazos y piernas funcionaran correctamente y la recompensa fue mi primera salida el 6 de diciembre. Dije a Yma que me gustaba mucho la naturaleza, así que organizó que dos miembros del personal nos llevaran a mí y a mi madre al jardín botánico, que no estaba lejos del hospital. No permitieron venir a mi padre, porque pensaban que, como había estado muy presente en los medios de comunicación, lo reconocerían. De todas formas, estaba muy contenta de salir por primera vez al mundo exterior, de ver Birmingham e Inglaterra.
Me dijeron que me sentara en el centro de la parte trasera del coche, lo que me no me gustó porque yo quería verlo todo en este nuevo país. No me daba cuenta de que estaban tratando de protegerme la cabeza por si había algún bache. Cuando entramos en el jardín y vi todas las plantas y árboles verdes, fue como un poderoso recordatorio de nuestro hogar. No dejaba de decir «Éste está en mi valle» y «También tenemos éste». Estoy muy orgullosa de las maravillosas plantas de mi valle. Era extraño ver a todos aquellos visitantes, para los que no era más que un paseo normal. Me sentía como Dorothy al final de su viaje. Mi madre estaba tan entusiasmada que llamó a mi padre. «Por primera vez estoy feliz», le dijo. Pero hacía mucho frío, así que entramos en un café y tomamos un delicioso té con bizcochos, algo llamado cream tea.
Dos días después recibí la primera visita que no pertenecía a mi familia: el presidente de Pakistán, Asif Zardari. El hospital no quería que viniera porque sabían que supondría un frenesí mediático, pero para mi padre era difícil negarse. No sólo era nuestro jefe del estado, sino que había dicho que el gobierno se haría cargo de todos los gastos médicos, que acabarían siendo de unas doscientas mil libras. También habían alquilado un piso para mis padres en el centro de Birmingham a fin de que pudieran dejar la residencia de estudiantes. La visita estaba prevista para el sábado 8 de diciembre y todo era como en una película de James Bond.
Desde muy temprano se habían congregado fuera muchos periodistas, que daban por supuesto que el presidente me visitaría en mi habitación en el hospital. Pero lo que ocurrió es que me envolvieron en una gran parka púrpura con capucha, me bajaron por la entrada de personal y me condujeron al pabellón administrativo del hospital. Pasamos junto a los periodistas y fotógrafos, algunos de los cuales estaban subidos a árboles, y ni siquiera se dieron cuenta. Allí me senté y esperé en un despacho, jugando a Elf Bowling en el ordenador y ganando a mi hermano Atal aunque era la primera vez que lo jugaba. Cuando Zardari y su séquito llegaron en dos coches, los condujeron por la parte de atrás. Entró con unas diez personas, incluido el jefe del estado mayor, su secretario militar y el alto comisionado de Pakistán en Londres, que, después de la doctora Fiona, había sido mi tutor oficial en el Reino Unido hasta que llegaron mis padres.
Antes que nada los médicos advirtieron al presidente que no mencionara mi rostro. Entonces entró a verme con su hija más joven, Asifa, que tiene unos años más que yo. Me trajeron un ramo de flores. Me tocó la cabeza, como es nuestra tradición, pero a mi padre le preocupó, pues no tenía hueso, sino sólo piel para protegerme el cerebro, y bajo el velo mi cabeza era cóncava. El presidente habló después con mi padre, que le dijo que éramos afortunados de que me hubieran traído al Reino Unido. «Podría haber sobrevivido en Pakistán, pero allí no habría tenido la rehabilitación y habría quedado desfigurada —dijo—. Ahora su sonrisa está volviendo».
El señor Zardari dijo al alto comisionado que diera a mi padre un puesto de agregado de educación para que tuviera un sueldo del que vivir y un pasaporte diplomático a fin de que no tuviera que solicitar asilo para permanecer en el reino Unido. Esto alivió a mi padre, que se preguntaba cómo haría para pagar las cosas. Gordon Brown, en la ONU, también le había pedido que fuera asesor suyo, un cargo no retribuido, y el presidente le dijo que le parecía bien; podía hacer las dos cosas. Después de la reunión, el presidente Zardari me describió a los medios de comunicación como «una joven extraordinaria y un motivo de orgullo para Pakistán». Pero en Pakistán no todo el mundo era tan positivo. Aunque mi padre había intentado ocultármelo, yo sabía que alguna gente estaba diciendo que era él quien me había disparado, o que nadie me había disparado y que todo era un montaje para marcharnos a vivir al extranjero.
El nuevo año de 2013 empezó felizmente cuando por fin me dieron el alta a principios de enero y pude volver a vivir con mi familia. La Alta Comisión de Pakistán había alquilado para nosotros dos apartamentos con todos los servicios en una plaza moderna en el centro de Birmingham. Los apartamentos estaban en el décimo piso del edificio, que era más alto de lo que ninguno de nosotros había estado nunca. Yo bromeaba con mi madre, pues después del terremoto, cuando nos encontrábamos en un edificio de tres pisos, ella decía que nunca más volvería a vivir en un bloque de pisos. Mi padre me contó que, cuando llegaron, había tenido tanto miedo que dijo: «¡Me voy a morir en este ascensor!».
Estábamos muy felices de ser una familia de nuevo. Como siempre, mi hermano Khushal era irritante. Los chicos se aburrían encerrados esperando que yo me recuperara, alejados del colegio y de sus amigos, aunque a Atal le entusiasmaban todas las cosas nuevas que veía. En seguida me di cuenta de que podía tratarles como quisiera y que no me regañarían. Era un frío invierno y mientras veía la nieve caer afuera por las grandes ventanas de cristal yo deseaba poder echar a correr e intentar atrapar los copos de nieve, como hacíamos en casa. A veces dábamos paseos para fortalecerme, pero en seguida me agotaba.
En la plaza había una fuente y una cafetería Costa con paredes de cristal por las que veías a hombres y mujeres charlando juntos de una forma que sería inconcebible en Swat. El apartamento estaba cerca de una famosa calle de tiendas y clubs llamada Broad Street. Íbamos a las tiendas aunque seguía sin gustarme ir de compras. Por la noche nos quedábamos mirando a las mujeres de ropa escasa, diminutos shorts y piernas desnudas sobre los tacones más altos posibles incluso en pleno invierno. Mi madre estaba tan horrorizada que decía «Gharqa shoma», «Me estoy ahogando», y rogaba a mi padre: «Por favor, llévame a Dubái. ¡No puedo vivir aquí!». Más tarde nos reíamos sobre ello. «¿Es que tienen piernas de hierro que no sienten frío?», preguntaba mi madre.
Nos advirtieron que en los fines de semana no anduviéramos por Broad Street por la noche porque podía ser peligroso. Esto nos hacía reír. ¿Qué puede ser inseguro en comparación con el lugar del que venimos? ¿Había aquí talibanes decapitando gente? Yo no se lo dije a mis padres, pero me sobresaltaba cuando algún hombre de aspecto asiático pasaba cerca de mí. Creía que todos llevaban un arma.
Una vez a la semana hablaba por Skype con mis amigas de Mingora y me dijeron que me guardaban un sitio en la clase. La maestra había llevado a clase el examen de historia de Pakistán que había hecho el día que me dispararon. Había conseguido 75 de 75, pero como no llegué a hacer los demás exámenes, Malka-e-Noor era la primera. Aunque en el hospital había estudiado un poco, me preocupaba quedarme atrás. Ahora las mejores eran Malka-e-Noor y Moniba. «Es aburrido competir sin ti», me dijo Malka-e-Noor.
Estaba recuperando fuerzas rápidamente, pero las operaciones no habían terminado. Todavía me faltaba el hueso del cráneo. A los médicos también les preocupaba mi oído. Cuando salía a pasear no entendía las palabras de mis padres entre la gente. Y en mi oído había un pequeño ruido que sólo yo percibía. El sábado 2 de febrero me volvieron a ingresar en el QEH para ser operada, esta vez por una mujer. Su nombre era Anwen White. Primero me retiró el hueso del vientre, pero después de examinarlo decidió no ponérmelo, porque no se había conservado bien y había riesgo de infección. Entonces hizo algo llamado craneoplastia con malla de titanio (¡ya sé un montón de términos médicos!) y me fijó en la cabeza con ocho tornillos una placa de titanio especialmente moldeada para actuar como el hueso y protegerme el cerebro.
Mientras estaba en el quirófano, el doctor Irving, que me había reparado el nervio, también halló una solución para mi tímpano dañado. Me puso un pequeño dispositivo electrónico llamado implante coclear dentro de la cabeza junto al oído y me dijo que en un mes me colocaría la parte externa y entonces podría oír. Estuve cinco horas en el quirófano para tres operaciones distintas, pero no me sentía como si me hubiera sometido a cirugía mayor y a los cinco días estaba de vuelta en casa. Unas semanas después, cuando me colocaron detrás de la oreja el receptor, mi oído izquierdo oyó bip bip por primera vez. Al principio parecía un sonido robótico, pero después fue mejorando.
Los seres humanos no nos damos cuenta de lo grande que es Dios. Nos ha dado un cerebro extraordinario y un corazón bondadoso y sensible. Nos ha concedido dos labios para hablar y expresar nuestros sentimientos, dos ojos para ver un mundo de colores y belleza, dos pies para recorrer el camino de la vida, dos manos que trabajan para nosotros, una nariz que percibe la belleza de la fragancia y dos oídos para escuchar palabras de amor. Como yo descubrí con mi oído, nadie se da cuenta de cuánto poder tiene en cada órgano hasta que pierde alguno.
Doy las gracias a Alá por el esfuerzo de los médicos, por mi recuperación y por enviarnos a este mundo en el que podemos luchar por nuestra supervivencia. Algunas personas eligen caminos buenos y otras caminos malos. La bala de una persona me alcanzó. Me hinchó el cerebro, me privó del oído y cortó el nervio del lado izquierdo de mi cara en un segundo. Después de ese segundo hubo millones de personas rezando por mi vida y médicos competentes que me devolvieron mi cuerpo. Yo era una buena chica. En mi corazón sólo había deseado ayudar a la gente. No me interesaban los premios ni el dinero. Siempre rogaba a Dios: «Quiero ayudar a las personas, ayúdame a hacerlo».
Un talibán dispara tres veces a quemarropa a tres niñas en un autobús y no mata a ninguna de ellas. Parece una historia inverosímil y se dice que mi recuperación ha sido milagrosa. A mi amiga Shazia, que recibió dos impactos de bala, se le ha concedido una beca en el Atlantic College de Gales y también ha venido a estudiar en el Reino Unido, y espero que Kainat también venga. Sé que Dios impidió que aquello fuera mi tumba. Para mí esta vida es una segunda vida. La gente rezó a Dios para que me salvara, y me salvé por una razón: dedicar mi vida a ayudar a los demás. Cuando la gente habla sobre cómo me dispararon y lo que ocurrió, creo que es la historia de Malala, «una niña a la que dispararon los talibanes», la que cuentan; no me parece que sea una historia sobre mí.