Yo soy Malala

Malala Yousafzai · Capítulo 24 de 33

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Yo soy Malala

IV. Entre la vida y la muerte

PARTE CUARTA

Entre la vida y la muerte

 

Khairey ba waley darta na kram

Toora topaka woranawey wadan korona

¡Armas de las Tinieblas! ¿Por qué no voy a maldeciros?

Habéis reducido a escombros hogares llenos de amor.

21

 

«Dios, la pongo en Tus manos»

 

EN cuanto Usman Bhai Jan se dio cuenta de lo que había ocurrido llevó el dyna al Hospital Central de Swat a la máxima velocidad. Las otras niñas lloraban y gritaban. Yo había caído sobre el regazo de Moniba y sangraba por la cabeza y el oído izquierdo. Enseguida, un policía detuvo el autobús y empezó a hacer preguntas, por lo que perdimos un tiempo precioso. Una compañera me buscó el pulso en el cuello. «¡Está viva! —gritó—. Tenemos que llevarla al hospital. ¡Déjenos en paz y busque al hombre que ha hecho esto!».

Mingora nos parecía una gran ciudad, pero en realidad es una población pequeña y las noticias se difunden rápidamente. Mi padre se encontraba en el Club de Prensa de Swat en una reunión de la Asociación de Colegios Privados y acababa de subir al estrado para hablar cuando sonó su móvil. Reconoció el número del Colegio Khushal y dio el teléfono a su amigo Ahmad Shah para que respondiera él. «Han disparado al autobús de tu colegio», susurró con voz apremiante a mi padre.

Mi padre se quedó lívido. De inmediato, pensó ¡Malala podía ir en ese autobús! Intentó tranquilizarse imaginando que podría ser un muchacho, algún enamorado celoso que había disparado una pistola al aire para avergonzar a su amada. Estaba en una reunión importante de cuatrocientos directores de colegios que habían venido de todo Swat para protestar contra los planes del gobierno de imponer una autoridad central reguladora. Como presidente de su asociación, mi padre era consciente de que no podía defraudar a todas aquellas personas y pronunció su discurso, como estaba previsto. Pero le caían gotas de sudor por la frente y, por una vez, no fue necesario que alguien le dijera que abreviara.

En cuanto terminó, no esperó al turno de preguntas y se marchó apresuradamente al hospital con Ahmad Shah y otro amigo, Riaz, que tenía coche. El hospital sólo estaba a cinco minutos de distancia. Cuando llegaron, se habían congregado a la entrada grupos de gente, así como fotógrafos y cámaras de televisión. Entonces supo con certeza que yo estaba allí. Sintió que se derrumbaba. Se abrió paso entre la gente y entró corriendo entre los flashes de las cámaras. Dentro yo estaba tumbada en una camilla, con un vendaje en la cabeza, los ojos cerrados, el pelo extendido.

«Hija mía, eres mi valiente hija, mi maravillosa hija», no cesaba de repetir, besándome la frente y las mejillas y la nariz. No sabía por qué me lo estaba diciendo en inglés. Creo que, de alguna manera, yo sabía que estaba allí aunque tuviera los ojos cerrados. Mi padre dijo más tarde: «No lo puedo explicar. Sentí que ella respondía». Alguien dijo que yo sonreí. Pero para mi padre no fue una sonrisa, sino un breve momento maravilloso porque supo que no me había perdido para siempre. Verme así fue lo peor que le había ocurrido en su vida. Todos los hijos son especiales para sus padres, pero, para mi padre, yo era su universo. Había sido su compañera de lucha durante tanto tiempo, primero como Gul Makai, después abiertamente como Malala. Siempre había creído que si los talibanes venían por alguien, sería por él, no por mí. Dijo que se sintió como si le hubiera golpeado un rayo. «Su objetivo había sido doble: matar a Malala y silenciarme para siempre».

Tenía miedo, pero no lloró. Había gente por todas partes. Los directores que habían ido a la reunión fueron al hospital y había decenas de medios de comunicación y activistas; parecía que toda la ciudad estaba allí. «Recen por Malala», les dijo. El médico le tranquilizó, le dijo que el escáner que me habían hecho mostraba que la bala no había pasado cerca del cerebro. Habían desinfectado la herida y la habían vendado.

«¡Ziauddin! ¿Qué han hecho?». La señorita Maryam entró apresuradamente. Ese día no había ido al colegio, porque se había quedado en casa cuidando a su bebé. Cuando recibió una llamada telefónica de su cuñado para comprobar si estaba bien se asustó y encendió el televisor. Entonces vio el titular de que se había producido un tiroteo en el autobús del Colegio Khushal. En cuanto oyó que me habían disparado llamó a su marido, que la llevó al hospital en la parte de atrás de la moto, algo insólito para una mujer pashtún respetable. «Malala, Malala. ¿Me oyes?», me dijo.

Hice un ruido ronco.

Maryam trató de averiguar cómo estaban las cosas. Un médico que conocía le dijo que la bala me había penetrado por la frente, no por el cerebro, y que mi vida no corría peligro. También fue a ver a las otras dos niñas del colegio que estaban heridas. A Shazia le habían disparado dos veces, en la clavícula izquierda y en la palma de una mano, y la habían ingresado conmigo. Kainat al principio no se había dado cuenta de que estaba herida y se había ido a casa. Entonces descubrió que una bala le había rozado el brazo derecho y su familia la trajo al hospital.

Mi padre era consciente de que debía ir a ver cómo estaban pero no quería apartarse de mi lado ni un minuto. Su teléfono no dejaba de sonar. El ministro de KPK fue la primera persona que llamó. «No se preocupe, vamos a ocuparnos de todo —dijo—. El Lady Reading Hospital de Peshawar les espera». Pero fue el ejército el que se ocupó de todo. A las tres de la tarde se presentó el comandante local y anunció que un helicóptero militar nos iba a llevar a mi padre y a mí a Peshawar. No había tiempo para ir a buscar a mi madre, así que Maryam insistió en que ella también venía, pues yo podría necesitar la ayuda de una mujer. A su familia no le gustó la idea, pues todavía estaba criando a su bebé, al que acababan de someter a una pequeña operación. Pero Maryam es como mi segunda madre.

Ya en la ambulancia, mi padre temía un nuevo atentado de los talibanes. Le parecía que todo el mundo debía de saber quién iba dentro. El helipuerto estaba a menos de dos kilómetros de distancia, cinco minutos en coche, pero todo el camino estuvo intranquilo. Cuando llegamos el helicóptero todavía no estaba allí y esperamos dentro de la ambulancia durante lo que le parecieron horas. Por fin aterrizó y me llevaron a bordo con mi padre, mi primo Khanjee, Ahmad Shah y Maryam. Ninguno de ellos había montado nunca en helicóptero. Sobrevolamos una gala deportiva del ejército con música patriótica a todo volumen desde los altavoces. Oírles cantar sobre el amor a su país le parecía fuera de lugar. Normalmente le gustaba cantar con ellos, pero una canción patriótica no parecía apropiada cuando tu hija de quince años había recibido un disparo en la cabeza y estaba a punto de morir.

 

Abajo, mi madre miraba hacia el cielo desde la azotea. Cuando se enteró de que me habían herido estaba dando su lección de lectura con la señorita Ulfat y esforzándose por aprender palabras como «libro» y «manzana». Al principio la noticia había sido confusa y creía que había tenido un accidente y me había hecho una herida en un pie. Fue corriendo a casa y se lo dijo a mi abuela, que por aquellas fechas estaba con nosotros. Le pidió que se pusiera a rezar inmediatamente; nosotros creemos que Alá presta más atención a las personas de pelo blanco. Pronto la casa estaba llena de mujeres. En nuestra cultura, si alguien muere, las mujeres van a la casa del difunto y los hombres a la hujra, no sólo la familia y los amigos más cercanos, sino todo el vecindario.

Mi madre estaba asombrada de ver a tanta gente. Se había sentado en la alfombra de oración y recitaba el Corán. Dijo a las mujeres: «¡No lloréis! ¡Rezad!». Entonces mis hermanos entraron corriendo en la habitación. Atal, que había vuelto del colegio andando, encendió el televisor y vio la noticia de que me habían disparado. Llamó a Khushal y se unieron a los llantos. El teléfono no dejaba de sonar. La gente tranquilizó a mi madre diciéndole que aunque me habían disparado en la cabeza, la bala apenas me había rozado la frente. Mi madre estaba muy confusa con historias tan distintas, primero una herida en un pie y después un disparo en la cabeza. Pensó que a mí me parecería extraño que no viniera a verme, pero la gente le dijo que no fuera, pues si yo no había muerto, estarían a punto de trasladarme. Uno de los amigos de mi padre la llamó y le dijo que me iban a llevar a Peshawar en helicóptero y que ella tendría que ir en coche. El peor momento para ella fue cuando alguien llegó a casa con mis llaves, que habían encontrado en el lugar del atentado. «¡No quiero llaves, quiero a mi hija! —exclamó—. ¿Para qué valen sin Malala?». Entonces oyeron el helicóptero.

El helipuerto estaba a un kilómetro y medio de distancia de nuestra casa y todas las mujeres subieron corriendo a la azotea. «¡Debe de ser Malala!», decían. Mientras veían el helicóptero sobrevolar la casa, mi madre se quitó el pañuelo —un gesto insólito en una mujer pashtún— y lo levantó hacia el cielo sujetándolo con las dos manos, como si fuera una ofrenda. «Dios, la pongo en Tus manos —dijo al cielo—. No aceptamos seguridad de la policía. Tú eres nuestro protector. Estaba bajo Tu cuidado y Tú nos la devolverás».

 

En el helicóptero yo iba vomitando sangre. Mi padre estaba horrorizado, pensando que eso significaba que tenía una hemorragia interna. Pero Maryam se dio cuenta de que yo estaba tratando de limpiarme la boca con el pañuelo. «¡Mira! ¡Está respondiendo! —dijo—. Es muy buena señal».

Cuando aterrizamos en Peshawar supusieron que nos llevarían al Lady Reading Hospital, donde estaba el doctor Mumtaz, un excelente neurocirujano que les habían recomendado. Pero se alarmaron cuando nos llevaron al CMH, Hospital Militar Combinado. El CMH es un gran hospital de ladrillo que data del dominio británico. Cuenta con seiscientas camas y se estaba construyendo una nueva torre para ampliarlo. Peshawar es la puerta de entrada a las FATA y desde que el ejército penetró en esas zonas en 2004 para hacer frente a los militantes, el hospital había estado atendiendo a numerosos soldados y víctimas de los frecuentes atentados suicidas en la ciudad y sus alrededores. Como en gran parte del país, había bloques de hormigón y puestos de control alrededor del CMH para protegerlo de los terroristas suicidas.

Me condujeron a toda prisa a la Unidad de Cuidados Intensivos, que se encuentra en un edificio separado. En la sala de enfermería el reloj mostraba que era poco después de las cinco de la tarde. Me llevaron a una cabina de aislamiento con paredes de cristal y una enfermera me puso un goteo. En la habitación contigua había un soldado que había sufrido unas quemaduras terribles en mi atentado con un artefacto explosivo improvisado y había perdido una pierna. Vino un hombre joven que se presentó como el coronel Junaid, neurocirujano. Esto inquietó más aún a mi padre. Le parecía que, por su juventud, no tenía aspecto de médico. Maryam dijo que era mi madre para poder entrar.

El coronel Junaid me examinó. Yo no había perdido el conocimiento y me movía inquieta, pero no hablaba ni era consciente de nada y tenía espasmos oculares. El coronel me cosió la herida por encima de la ceja izquierda, donde la bala había entrado, pero le sorprendió no encontrar ninguna bala en el escáner. «Si hay una entrada tiene que haber una salida», dijo. Me palpó la espina dorsal y localizó la bala junto a la escápula izquierda. «Debió de estar agachándose, y tenía el cuello inclinado cuando la dispararon», dijo.

Me hicieron otro escáner. Entonces el coronel llamó a mi padre para hablar con él en su despacho, donde había puesto las tomografías en una pantalla. Le explicó que en Swat me habían hecho el escáner sólo desde un ángulo, pero el que me acababan de hacer mostraba que la herida era más grave. «Mire, Ziauddin, se ve que la bala pasó muy cerca del cerebro —le dijo, y añadió que la membrana cerebral estaba dañada por partículas de hueso—. Debemos rezar a Dios. Hay que esperar. No podemos operar en este estado».

Mi padre se inquietó más aún. En Swat los médicos le habían dicho que era algo sencillo y ahora parecía grave. Y si era grave, ¿por qué no operaban todavía? No se sentía cómodo en un hospital militar. En nuestro país, que ha estado varias veces gobernado por el ejército, la gente muchas veces desconfía de los militares, especialmente en Swat, donde tardaron tanto en actuar contra los talibanes. Un amigo de mi padre le llamó y le dijo: «Sácala de ese hospital. No queremos que se convierta en shaheed millat [mártir de la nación] como Liaquat Ali Khan». Mi padre no sabía qué hacer.

«Estoy confuso —le dijo al coronel Junaid—. ¿Por qué nos han traído aquí? Yo creía que iríamos al hospital civil». Y le pidió: «¿Sería posible traer al doctor Mumtaz?».

«¿Cree que eso sería aceptable?», repuso el coronel Junaid, lógicamente ofendido.

Después descubrimos que, a pesar de su aspecto juvenil, ejercía su especialidad desde hacía trece años y que era el neurocirujano más experimentado y condecorado del ejército pakistaní. Había ingresado en el ejército como médico porque contaban con más medios, siguiendo los pasos de su tío, que también era neurocirujano militar. El CMH de Peshawar estaba en primera línea de la guerra contra los talibanes y Junaid tenía que curar heridas de balas y explosiones cada día. «He tratado a miles de Malalas», dijo más tarde.

Pero mi padre no sabía eso en aquellos momentos y se deprimió mucho. «Haga lo que considere oportuno —dijo—. Usted es el médico».

Las horas siguientes fueron de espera, mientras las enfermeras me controlaban el ritmo cardiaco y las constantes vitales. A veces emitía un gemido ronco y movía una mano o los ojos. Entonces Maryam decía: «Malala, Malala». Una vez abrí los ojos completamente. «Nunca me había fijado en lo bonitos que son sus ojos», dijo Maryam. Yo estaba inquieta e intentaba soltar el dedo del detector. «No hagas eso», me dijo Maryam.

«Señorita, no me regañe», susurré, como si estuviera en la escuela. La señorita Maryam era una directora estricta.

Más tarde llegó mi madre con Atal. Habían hecho el viaje de cuatro horas en coche, y les había traído el amigo de mi padre Mohammad Farooq. Antes de que llegaran, Maryam la había llamado para advertirla: «Cuando veas a Malala no llores ni grites. Puede oírte, aunque parezca que no». Mi padre también la llamó y le dijo que se preparara para lo peor. Quería protegerla.

Cuando llegó mi madre se abrazaron y contuvieron las lágrimas. «Aquí está Atal —me dijo—. Ha venido a verte».

Atal estaba asustado y lloró mucho. «Mamá —sollozaba—, Malala está muy malita».

Mi madre estaba en shock y no podía entender por qué los médicos no me operaban para extraer la bala. «Mi valiente hija, mi preciosa hija», lloraba. Atal estaba haciendo tanto ruido que un ordenanza tuvo que llevárselos al hostal militar del hospital donde se iban a quedar.

Mi padre estaba asombrado de toda la gente que se había reunido a la entrada del hospital —políticos, dignatarios del gobierno, ministros provinciales— para mostrar su apoyo. Estaba allí incluso el gobernador, que entregó a mi padre cien mil rupias para mi tratamiento. En nuestra sociedad, cuando alguien muere, es un honor que un dignatario venga a tu casa. Pero mi padre estaba indignado. Le parecía que toda aquella gente sólo estaba esperando mi muerte y que no habían hecho nada para protegerme.

Más tarde, mientras comían, Atal encendió el televisor. Mi padre la apagó de inmediato. No podía ver las noticias del atentado en aquel momento. Cuando salió de la sala, Maryam volvió a encenderla. Todos los canales mostraban imágenes mías acompañadas de plegarias y poemas emotivos, como si hubiera muerto. «Mi Malala, mi Malala», sollozaba mi madre, y Maryam se unió a ella en el llanto.

A medianoche el coronel Junaid pidió hablar con mi padre fuera de la UCI. «Ziauddin, el cerebro de Malala se está hinchando». Mi padre no sabía qué significaba esto. El doctor le dijo que mi estado se había empezado a deteriorar, estaba perdiendo la conciencia y volvía a vomitar sangre. El coronel Junaid pidió un tercer escáner. Éste mostró que el cerebro se me estaba hinchando peligrosamente.

«Pero yo creía que la bala no había entrado en el cerebro», dijo mi padre.

El coronel Junaid le explicó que un hueso se había fracturado y algunos fragmentos habían penetrado en el cerebro, lo que estaba haciendo que se hinchara y me estaba provocando un shock. Era necesario extraer parte del cráneo para que la presión sobre el cerebro no se hiciera insoportable. «Si queremos que tenga alguna posibilidad, hay que operarla —dijo—. Si no la operamos, puede morir. No quiero que mire atrás y lamente no haber hecho nada».

A mi familia le sonaba muy drástico lo de extraerme parte del cráneo. «¿Sobrevivirá?», preguntó desesperado, pero en aquellos momentos no se le podía dar seguridad.

Fue una valiente decisión del coronel Junaid, cuyos superiores no estaban convencidos y se les estaba presionando para que me enviaran al extranjero. Fue una decisión que me salvó la vida. Mi padre le dio su conformidad y el coronel Junaid le dijo que llamaría al doctor Mumtaz para contar con su ayuda. La mano de mi padre temblaba cuando firmó el consentimiento. Allí, en negro sobre blanco, estaban las palabras «el paciente puede morir».

La operación comenzó hacia la una y media de la noche. Mis padres esperaron fuera del quirófano. «Dios, por favor, haz que Malala se ponga bien —suplicaba mi padre, e intentó negociar con Dios—. Aunque tenga que vivir en el desierto del Sáhara, necesito sus ojos abiertos; no podré vivir sin ella. Dios, permite que le dé a ella el resto de mi vida; yo ya he vivido lo suficiente. Incluso si queda con secuelas, permite que sobreviva».

Al cabo de un rato mi madre le interrumpió. «Dios no es cicatero —dijo—. Me devolverá a mi hija como era». Empezó a rezar con el Corán en las manos, de pie ante la pared, recitando versículos durante horas y horas.

«Nunca he visto a nadie rezar como ella —dijo Maryam—. Me pareció que Dios escucharía sus plegarias».

Mi padre intentó no pensar sobre el pasado y si había cometido un error animándome a alzar la voz públicamente por lo que creía.

En el quirófano el coronel Junaid seccionó con una sierra un cuadrado de ocho a diez centímetros de la parte superior izquierda del cráneo para que el cerebro pudiera descomprimirse. Entonces hizo una incisión en el tejido subcutáneo a la izquierda del estómago y colocó ahí el trozo de hueso para conservarlo. A continuación realizó una traqueotomía porque temía que la hinchazón me bloqueara las vías respiratorias. También me extrajo coágulos del cerebro y la bala de la escápula izquierda. Después de todo esto me conectaron a un respirador artificial. La operación duró casi cinco horas.

A pesar de las oraciones de mi madre, mi padre pensaba que el noventa por ciento de las personas que aguardaban afuera simplemente estaban esperando la noticia de mi muerte. Algunos de ellos, sus amigos y simpatizantes, estaban consternados, pero le parecía que otros tenían envidia de nuestro perfil público y creían que nos habíamos buscado lo ocurrido.

Mi padre había salido un momento para descansar de la intensidad del quirófano cuando se acercó a él una enfermera. «¿Es usted el padre de Malala?». De nuevo le dio un vuelco el corazón. La enfermera le acompañó a una sala.

Él creía que le iban a decir: «Lo sentimos, me temo que la hemos perdido». Pero en cuanto entró le dijeron: «Necesitamos que alguien vaya a recoger sangre al banco de sangre». Aunque fue un alivio, se preguntó ¿Es que soy la única persona que puede ir a buscarla? Y fue un amigo suyo.

Eran aproximadamente las cinco y media de la mañana cuando salieron los cirujanos. Entre otras cosas le dijeron a mi padre que habían seccionado un trozo del cráneo y me lo habían puesto en el abdomen. En nuestra cultura los médicos no explican las cosas a los pacientes ni a los familiares, pero mi padre les dijo humildemente: «Si no les importa, tengo una pregunta estúpida. ¿Creen que vivirá?».

«En medicina dos y dos no siempre son cuatro —repuso el coronel Junaid—. Hemos hecho lo que teníamos que hacer, retirar el trozo de cráneo. Ahora hay que esperar».

«Tengo otra pregunta estúpida —dijo mi padre—. ¿Y ese hueso? ¿Qué van a hacer con él?».

«Dentro de tres meses se lo volveremos a poner —repuso el doctor Mumtaz—. Es muy fácil. Así de simple», y dio una palmada.

A la mañana siguiente las noticias eran buenas. Yo había movido los brazos. Entonces vinieron a examinarme tres importantes cirujanos de la provincia. Dijeron que el coronel Junaid y el doctor Mumtaz habían hecho un trabajo espléndido y que la operación había ido muy bien, pero que me debían poner en coma inducido porque si recuperaba la conciencia, el cerebro sufriría presión.

Mientras me encontraba entre la vida y la muerte, los talibanes emitieron un comunicado en el que asumían la responsabilidad por el atentado, pero negando que fuera por mi campaña por la educación. «Hemos llevado a cabo este atentado, y todo el que hable en contra de nosotros correrá la misma suerte —declaró Ehsanullah Ehsan, portavoz del TTP—. Malala se ha puesto en nuestro punto de mira por su trabajo pionero predicando el secularismo… Era joven pero estaba promoviendo la cultura occidental en las zonas pashtunes. Era prooccidental, hablaba en contra los talibanes, decía que el presidente Obama era su ídolo».

Mi padre sabía a qué se refería. Cuando gané el Premio Nacional de la Paz el año anterior estuve en muchas entrevistas televisadas y en una de ellas me habían preguntado quiénes eran mis políticos favoritos. Elegí a Khan Abdul Ghaffar Khan, Benazir Bhutto y el presidente Obama. Había leído mucho sobre Obama y le admiraba porque era un joven negro de una familia modesta que había alcanzado sus ambiciones y sueños. Pero la imagen de Estados Unidos en Pakistán era la de los drones, los ataques secretos en nuestro territorio y Raymond Davis.

Un portavoz talibán dijo que Fazlullah había ordenado el atentado en una reunión dos meses antes. «Todo el que se ponga del lado del gobierno contra nosotros morirá a nuestras manos —dijo—. Ya veréis. Pronto caerán otras personas importantes». Añadió que dos hombres de la zona habían recogido información sobre mí y la ruta del colegio, y que habían llevado a cabo el atentado cerca de un puesto del ejército a propósito para demostrar que podían actuar donde quisieran.

 

A la mañana siguiente, unas horas después de la operación, se produjo una actividad frenética para poner todo en orden y que los uniformes de todos estuvieran impecables. Entonces entró el general Kayani. «Las oraciones del país están con usted y con su hija», le dijo a mi padre. Yo había conocido al general Kayani cuando vino a Swat a finales de 2009 para un gran mitin después de la campaña contra los talibanes.

«Estoy muy contenta de que hayan hecho un trabajo espléndido —dije en aquella ocasión—. Ahora sólo les queda atrapar a Fazlullah». Toda la sala aplaudió y el general Kayani se acercó a mí y me puso la mano en la cabeza como un padre.

El coronel Junaid informó al general sobre la operación y el tratamiento que proponía, y el general Kayani le dijo que enviara las tomografías al extranjero para recabar la opinión de los mejores expertos. Después de su visita no se permitió que nadie se acercara a mi cama por el riesgo de infección. Pero seguían viniendo: Imran Khan, el jugador de criquet convertido en político; Mian Iftikhar Hussein, el ministro de Información provincial y crítico declarado de los talibanes, cuyo único hijo había sido asesinado por ellos; y el ministro jefe de nuestra provincia, Haider Hoti, con el que había ido a programas de debate. A ninguno de ellos se le permitió pasar.

«Podéis estar seguros de que Malala no va a morir —dijo Hoti a la gente—. Le queda mucho por hacer».

Entonces, a las tres de la tarde, llegaron dos médicos británicos en helicóptero desde Rawalpindi. Eran el doctor Javid Kayani y la doctora Fiona Reynolds, que pertenecían a hospitales de Birmingham y se encontraban en Pakistán asesorando al ejército sobre cómo organizar el primer programa de trasplante de hígado del país. Nuestro país está lleno de estadísticas sobrecogedoras, no sólo respecto a la educación, y una de ellas es que uno de cada siete niños enferma de hepatitis, en parte debido al uso de agujas sucias, y muchos mueren de enfermedades del hígado. El general Kayani estaba decidido a cambiar esto y el ejército volvía a intervenir donde los civiles habían fracasado. Pidió a los médicos que le informaran de sus progresos antes de regresar a su país, lo que iba a ocurrir a la mañana siguiente de mi atentado. Cuando fueron a verle, tenía dos televisores encendidos, uno en un canal urdu y el otro en Sky News en inglés, que estaban informando de lo ocurrido.

El jefe del ejército y el médico no tienen relación aunque se apellidan igual, pero se conocían bien, y el general dijo al doctor Javid que le preocupaban los informes contradictorios que estaba recibiendo y le pidió que valorase mi estado antes de volver al Reino Unido. El doctor Javid, que es asesor médico de urgencias sanitarias en el Queen Elizabeth Hospital, estuvo de acuerdo, pero pidió que le acompañara la doctora Fiona, del Children’s Hospital de Birmingham y especialista en cuidados intensivos pediátricos. A ella le inquietaba ir a Peshawar, que se ha convertido en zona prohibida para los extranjeros, pero se mostró dispuesta cuando supo que yo era una activista por la educación de las niñas, pues se consideraba afortunada de haber podido ir a la escuela y formarse como médico.

Al coronel Junaid y al director del hospital no les agradó recibir su visita, pero la discusión se terminó cuando el doctor Javid mencionó quién les enviaba. A los médicos británicos no les satisfizo lo que encontraron. Lo primero fue que cuando abrieron un grifo para lavarse las manos no había agua. Después, la doctora Fiona examinó las máquinas y los niveles y murmuró algo al doctor Javid. Entonces preguntó cuándo habían comprobado mi tensión arterial por última vez. «Hace dos horas», fue la respuesta. Ella dijo que había que controlarla constantemente y preguntó a una enfermera por qué no me habían puesto un catéter arterial. También se quejó de que mi nivel de dióxido de carbono era demasiado bajo.

Mi padre se alegró de no haber oído lo que dijo al doctor Javid: que yo era «recuperable». Me habían operado correctamente en el momento adecuado, pero mis probabilidades de recuperación corrían peligro por el postoperatorio. Después de la neurocirugía es esencial controlar la respiración y el intercambio de gases, y los niveles de CO deben mantenerse dentro de los valores normales. Eso es lo que 2

controlan todos los tubos y máquinas. El doctor Javid dijo que era «como llevar un avión, sólo puedes hacerlo con el instrumental apropiado» y que incluso si el hospital lo tenía no lo estaban utilizando adecuadamente. Entonces se marcharon en helicóptero porque es peligroso estar de noche en Peshawar.

Entre los visitantes que vinieron a verme y a los que no se permitió entrar estaba Rehman Malik, ministro del Interior. Traía un pasaporte para mí. Mi padre se lo agradeció pero estaba muy preocupado. Esa noche, al volver al hostal del ejército, le dio a mi madre el pasaporte. «Es de Malala, pero no sé si es para ir al extranjero o al paraíso», dijo. Y se pusieron a llorar. En su burbuja dentro del hospital no eran conscientes de que mi historia ya era conocida en todo el mundo y que había gente que estaba recomendando que me trasladaran fuera del país para recibir tratamiento.

Mi estado se estaba deteriorando y mi padre casi no respondía a las llamadas. Una de las pocas que cogió fue de los padres de Arfa Karim, un genio de la informática del Punjab con la que había hablado en fórums. A la edad de nueve años se había convertido en el profesional certificado de Microsoft más joven por su talento para la programación e incluso había recibido una invitación para conocer a Bill Gates en Silicon Valley. Pero aquel enero había muerto trágicamente de un infarto tras un ataque epiléptico. Sólo tenía dieciséis años, un año más que yo. Cuando su padre llamó, el mío le dijo entre sollozos: «Dime cómo se puede vivir sin hijas».