Yo soy Malala

Malala Yousafzai · Capítulo 4 de 33

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Yo soy Malala

2. Mi padre, el halcón

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Mi padre, el halcón

 

SIEMPRE supe que mi padre tenía problemas con las palabras. A veces se le quedaban atascadas y repetía la misma sílaba una y otra vez como un disco rayado mientras esperábamos que llegara la sílaba siguiente. Decía que era como si una pared le bloqueara la garganta. Las «m», las «p» y las «k» eran enemigos al acecho. Yo le decía de broma que una de las razones por las que me llamaba Jani es que resulta más fácil de pronunciar que Malala. Tartamudear era algo terrible para un hombre que amaba tanto las palabras y la poesía. En las dos líneas de su familia tenía un tío con el mismo problema. Pero casi con seguridad lo empeoraba su padre, cuya voz era un poderoso instrumento que podía hacer retumbar y danzar las palabras.

«Dilo de una vez, hijo», gritaba siempre que mi padre se quedaba atascado en medio de una frase. El nombre de mi abuelo era Rohul Amin, que significa «espíritu honesto» y es el nombre sagrado del ángel Gabriel. Estaba tan orgulloso de su nombre que se presentaba a la gente con un verso famoso en el que éste aparece. Era un hombre impaciente en el mejor de los casos y le provocaban ataques de ira las cosas más nimias, como una gallina que se perdía o una taza rota. Entonces la cara se le ponía roja y tiraba cazuelas y teteras. Yo nunca conocí a mi abuela, pero, según mi padre, solía bromear diciendo: «Por Dios, lo mismo que tú sólo nos tratas con el ceño fruncido, cuando yo muera que Dios te dé una esposa que nunca sonría».

A mi abuela le preocupaba tanto el tartamudeo de mi padre que cuando era pequeño le llevó a que le viera un hombre santo. Era un largo viaje en autobús y después había una hora de subida por la montaña hasta donde vivía. El sobrino de mi abuela Fazli Haquim tuvo que llevar a mi padre en hombros. El hombre santo se llamaba Lewano Pir, Santo del Loco, porque se suponía que curaba a los perturbados. Cuando les condujeron en presencia del pir, éste pidió a mi padre que abriera la boca y entonces escupió en ella. A continuación tomó un poco de gur, melaza oscura que se hacía con caña de azúcar, y la ablandó con saliva. Se la sacó de la boca y se la dio a mi abuela para que cada día diera un poco a mi padre. El tratamiento no surtió efecto. De hecho, alguna gente pensaba que había empeorado. Así que cuando mi padre tenía trece años y dijo a mi abuelo que se había inscrito en un concurso de declamación pública, éste se quedó atónito. «¿Cómo se te ocurre? —le dijo Rohul Amin, riéndose—. Si tardas uno o dos minutos en pronunciar una frase».

«No te preocupes —repuso mi padre—. Tú escribe el discurso y yo lo aprenderé».

Mi abuelo era famoso por sus discursos. Enseñaba teología en un colegio del gobierno en la aldea de Shahpur. También era imán en la mezquita local. Su oratoria era irresistible. Sus sermones de los viernes eran tan populares que venía gente de las montañas, a pie o en burro, para escucharle.

La familia de mi padre era muy grande. Tenía un hermano mucho mayor, Saeed Ramzan, al que llamo tío Khan dada, y cinco hermanas. Barkana, su aldea, era muy primitiva, y vivían apretados en una cabaña con techo de barro por el que se filtraba el agua cuando llovía o nevaba. Como en la mayoría de las familias, las niñas se quedaban en casa mientras los muchachos iban a la escuela. «Simplemente estaban esperando a que las casaran», dice mi padre.

La escuela no era lo único en lo que mis tías eran peor tratadas. Por la mañana, mientras que a mi padre se le daba nata o leche, ellas bebían el té sin más. Si había huevos, eran para los chicos. Cuando se mataba un pollo para la comida, para ellas eran las alas y el cuello, mientras que la deliciosa pechuga se reservaba para mi padre, su hermano y mi abuelo. «Desde muy pronto me di cuenta de que era distinto de mis hermanas», cuenta mi padre.

Había poco que hacer en la aldea de mi padre. Era demasiado angosta incluso para un campo de cricket y sólo una familia tenía televisión. Los viernes los hermanos se deslizaban en la mezquita y veían maravillados cómo mi abuelo predicaba desde el púlpito a la congregación durante una hora, y esperaban el momento en que su voz se alzaba y prácticamente hacía vibrar las vigas.

Mi abuelo había estudiado en la India, donde había visto a grandes oradores y líderes como Mohammad Ali Jinnah (el fundador de Pakistán), Jawaharlal Nehru, Mahatma Gandhi y Khan Abdul Ghaffar Kahn, nuestro gran líder de la independencia pashtún. Baba, como le llamaba yo, incluso presenció la liberación de los colonialistas británicos el 14 de agosto de 1947. Tenía un viejo aparato de radio que aún conserva mi tío en el que le gustaba escuchar las noticias. Muchas veces ilustraba sus sermones con acontecimientos históricos o con historias del Corán y los hadices, los dichos del Profeta. También le gustaba hablar de política. Swat se convirtió en parte de Pakistán en 1969, el año en que nació mi padre. Muchos swatis estaban descontentos con esto y se quejaban del sistema de justicia, que les parecía mucho más lento y menos efectivo que sus antiguos procedimientos tribales. Mi abuelo criticaba el sistema de clases, el mantenimiento del poder de los khans y la distancia que había entre los pobres y los acomodados.

Mi país no es muy antiguo, pero por desgracia ya tiene un historial de golpes militares, y cuando mi padre tenía ocho años, se hizo con el poder un general llamado Zia ul-Haq. Todavía se pueden ver en muchos sitios fotografías suyas. Era un hombre tétrico con grandes sombras oscuras alrededor de los ojos, largos dientes que parecían en posición de firmes y el pelo pegado a la cabeza con fijador. Nuestro primer ministro electo, Zulfikar Ali Bhutto, fue detenido, juzgado por traición y ahorcado en la cárcel de Rawalpindi. Aún hoy la gente recuerda a Bhutto como un hombre de gran carisma. Dicen que fue el primer líder pakistaní que defendió a los humildes, aunque él era un señor feudal que poseía grandes plantaciones de mango. Su ejecución horrorizó a todo el mundo y dio una imagen pésima de Pakistán. Los estadounidenses interrumpieron la ayuda.

A fin de obtener el apoyo popular, el general Zia lanzó una campaña de islamización para convertirnos en un país verdaderamente islámico y erigió a su ejército en defensor no sólo de las fronteras geográficas sino también ideológicas de nuestro país. Dijo a nuestro pueblo que su obligación era obedecer a su gobierno porque seguía los principios islámicos. Zia incluso quería dictar cómo debíamos rezar y creó salat, comités de oración, en todos los distritos, incluso en nuestra remota aldea, y designó a 100.000 inspectores de oración. Antes de aquello los mulás casi habían sido objeto de burla —mi padre contaba que en las bodas se quedaban en un rincón y se marchaban pronto—, pero con Zia adquirieron influencia y se les llamó a Islamabad para recibir orientación sobre sus sermones. También tuvo que ir mi abuelo.

Con Zia la situación de las mujeres pakistaníes sufrió incluso más restricciones. Jinnah había dicho: «Ninguna lucha puede tener éxito si las mujeres no participan en ella junto a los hombres. Hay dos poderes en el mundo: uno es la espada y otro la pluma. Hay un tercer poder más fuerte que los dos, el de las mujeres». Pero el general Zia instituyó leyes islámicas que reducían el valor del testimonio de una mujer ante un tribunal a la mitad del de un hombre. Las cárceles no tardaron en llenarse de casos como el de una niña de trece años que había sido violada y estaba embarazada. Se la encarceló por adulterio porque no pudo presentar a cuatro hombres que ratificaran el delito. Una mujer ni siquiera podía abrir una cuenta bancaria sin el permiso de un hombre. Como país, siempre habíamos sido buenos en el hockey, pero Zia obligó a nuestras jugadoras a llevar pantalones anchos en vez de shorts y las mujeres dejaron de practicar algunos deportes completamente.

Por aquella época se abrieron muchas de nuestras madrasas o escuelas religiosas y en todos los colegios los estudios religiosos, deenyat, fueron sustituidos por los estudios islámicos o islamiyat que seguimos teniendo hoy. Nuestros libros de historia se reescribieron de manera que Pakistán apareciera como una «fortaleza del islam», por lo que daba la impresión de que su existencia era muy anterior a 1947. También denunciaban a los hindúes y los judíos. La historia se presentó como si hubiéramos ganado las tres guerras que habíamos librado —y perdido— contra nuestro gran enemigo: India.

Todo cambió cuando mi padre tenía diez años. Poco después de la Navidad de 1979 los soviéticos invadieron Afganistán. El general Zia acogió a todos los refugiados afganos que cruzaron la frontera a millones. Principalmente alrededor de Peshawar surgieron grandes campos de tiendas blancas, algunos de los cuales siguen allí todavía. Nuestro principal servicio de inteligencia, el ISI, que pertenece al ejército, comenzó un programa masivo de entrenamiento de los hombres reclutados en esos campos para transformarlos en combatientes de la resistencia o muyaidines. El coronel Imam, que dirigía el programa, se quejaba de que intentar organizar a los afganos era «como pesar ranas».

La invasión soviética transformó a Zia de un paria internacional en el gran defensor de la libertad durante la Guerra Fría. Como la URSS era el gran enemigo de los estadounidenses, volvíamos a tener buenas relaciones con ellos. Con la revolución iraní y el derrocamiento del shah unos meses antes la CIA había perdido su principal base en nuestra región. Pakistán ocupó su lugar. Nuestro gobierno recibió miles de millones de dólares de Estados Unidos y otros países occidentales, así como armas, a fin de que el ISI entrenara a los afganos para luchar contra el Ejército Rojo. El general Zia fue invitado a reunirse con el presidente Ronald Reagan en la Casa Blanca y con la primera ministra Margaret Thatcher en el 10 de Downing Street. Le llenaron de elogios.

El primer ministro Zulfikar Bhutto había nombrado a Zia jefe del ejército porque no le consideraba muy inteligente y pensaba que no representaría una amenaza. Le llamaba su «mono». Pero Zia resultó ser muy astuto. Hizo de Afganistán una bandera no sólo para Occidente, que quería impedir la expansión del comunismo soviético, sino también para los musulmanes de Sudán y Tayikistán, que lo veían como un país islámico que estaba siendo atacado por los infieles. Llegó dinero a raudales de todo el mundo árabe, particularmente de Arabia Saudí, que igualaba las aportaciones estadounidenses, y también llegaron combatientes voluntarios, entre los que estaba un millonario saudí llamado Osama bin Laden.

Los pashtunes estamos divididos entre Pakistán y Afganistán y en realidad no reconocemos la frontera que los británicos trazaron hace más de cien años. Así que nos hervía la sangre a causa de la invasión soviética por razones tanto religiosas como nacionalistas. Los clérigos de las mezquitas hablaban frecuentemente de la ocupación soviética de Afganistán en sus sermones y condenaban a los soviéticos por infieles, animando a los hombres a unirse a la yihad y cumplir así su deber de buenos musulmanes. Era como si con Zia la yihad se hubiera convertido en el sexto pilar de nuestra religión, junto a los otros cinco que aprendemos: creer en un Dios; namaz, rezar cinco veces al día; dar zakat, limosnas; roza, ayunar desde el alba hasta el anochecer en el mes del Ramadán; y haj, la peregrinación a La Meca que cada musulmán capaz físicamente debe hacer al menos una vez en su vida. Según mi padre, en nuestra parte del mundo esta idea de la yihad fue muy fomentada por la CIA. En los campos de refugiados incluso se les daba a los niños libros de texto creados en una universidad estadounidense en los que se enseñaba a contar con cálculos como éstos: «Si un musulmán mata a 5 de 10 ateos, quedan 5» o «15 balas – 10 balas = 5 balas».

Algunos muchachos de la zona de mi padre se marcharon a combatir en Afganistán. Mi padre recuerda que un día llegó a la aldea un maulana llamado Sufi Mohammad y pidió a los jóvenes que fueran con él a luchar contra los soviéticos en el nombre del islam. Muchos lo hicieron y se marcharon, armados con rifles o simplemente con hachas y bazookas. No sospechábamos entonces que, años más tarde, la organización de aquel maulana se convertiría en los Talibanes de Swat. En aquella época mi padre sólo tenía doce años y era demasiado joven para ir a luchar. Pero los soviéticos al final permanecieron diez años en Afganistán, la mayor parte de los años ochenta, y cuando mi padre creció decidió que él también quería convertirse en yihadista. Aunque actualmente no es tan regular en sus oraciones, en aquella época se levantaba al alba cada mañana para ir caminando a una mezquita de otra aldea donde estudiaba el Corán con un prestigioso talib. Por aquel entonces, talib no significaba más que «estudiante religioso». Juntos, estudiaron los treinta capítulos del Corán, no sólo recitándolos, sino también interpretándolos, algo que hacen muy pocos muchachos.

Aquel talib hablaba de la yihad en términos tan gloriosos que mi padre estaba fascinado. No dejaba de explicarle que la vida sobre la tierra era breve y que en la aldea había pocas oportunidades para los jóvenes. Nuestra familia tenía poca tierra y mi padre no quería acabar marchándose al sur a trabajar en las minas de carbón, como muchos de sus compañeros de clase. Era un trabajo duro y peligroso, y cada año volvían en ataúdes varios de los fallecidos en accidentes. Lo máximo a lo que la mayoría de los muchachos de la aldea podía aspirar era marcharse a Arabia Saudí o a Dubái a trabajar en la construcción. Así que la idea del paraíso con sus setenta y dos vírgenes sonaba atractiva. Cada noche mi padre rogaba a Dios: «Oh, Alá, haz la guerra entre los musulmanes y los infieles para que yo pueda morir a tu servicio y ser un mártir».

Durante un tiempo su identidad musulmana le pareció lo más importante en su vida. Empezó a firmar con el nombre Ziauddin Panchpiri (los panchpiri son una secta religiosa) y a dejarse barba. Ahora cuenta que era una especie de lavado de cerebro. Cree que incluso podría haber considerado la idea de convertirse en un terrorista suicida si en aquellos días hubiera habido tal cosa. Pero desde muy pequeño había sido un niño inquisitivo que pocas veces aceptaba algo sin más, aunque nuestra educación en las escuelas del gobierno consistía en aprender de memoria y se suponía que los alumnos debían creer a los profesores a pies juntillas.

Por la época en que rezaba para ir al cielo como un mártir conoció al hermano de mi madre, Faiz Mohammad, y empezó a tratar a su familia y a ir a la hujra de su padre. Estaban muy comprometidos en la política local, pertenecían a un partido nacionalista secular y eran contrarios a la participación en la guerra. Rahmat Shah Sayel, el mismo poeta de Peshawar que escribió el poema sobre mi tocaya, compuso por aquellas fechas un poema famoso en el que describía lo que estaba ocurriendo en Afganistán como una «guerra entre dos elefantes»: Estados Unidos y la URSS. Decía que no era nuestra guerra y que los pashtunes éramos «como la hierba aplastada por las pezuñas de dos bestias furiosas». Mi padre solía recitármelo cuando era pequeña, pero yo no sabía qué significaba.

Mi padre estaba especialmente influido por Faiz Mohammad y sus propuestas le parecían acertadas, particularmente en lo que se refería a poner fin al sistema feudal en nuestro país, donde las mismas grandes familias habían controlado todo durante años, mientras los pobres cada vez eran más pobres. Se encontró dividido entre los dos extremos: secularismo y socialismo por un lado e islamismo militante por otro. Acabó aproximadamente en el medio.

Mi padre sentía una gran admiración por mi abuelo y me contaba historias maravillosas sobre él, pero también me dijo que era un hombre que no cumplía todo lo que exigía a los demás. Baba era un orador tan popular y apasionado que habría podido ser un gran hombre si hubiera sido más diplomático y hubiera estado menos pendiente de rivalidades con primos suyos que tenían más dinero. En la sociedad pashtún es muy difícil soportar que un primo tuyo sea más popular, más rico o más influyente que tú. Mi abuelo tenía un primo que también enseñaba en su escuela. Cuando obtuvo el puesto, se atribuyó una edad muy inferior a la de mi abuelo. Los pashtunes muchas veces no saben su fecha exacta de nacimiento: mi madre, por ejemplo, no sabe cuándo nació. Más bien recordamos los años por acontecimientos, como un terremoto. Pero mi abuelo sabía que su primo en realidad era mucho mayor que él. Estaba tan indignado que hizo el viaje de un día entero en autobús a Mingora para hablar con el ministro de Educación. «Shaib —le dijo—, tengo un primo que es diez años mayor que yo y en los documentos oficiales de ustedes consta como si fuera diez años más joven». A lo que el ministro respondió: «De acuerdo, maulana, ¿qué quiere que escriba? ¿Le gustaría haber nacido en el año del terremoto de Quetta?». Mi abuelo asintió, así que su nueva fecha de nacimiento fue 1935, lo que le hacía mucho más joven que su primo.

Esta rivalidad familiar significaba que mi a padre le intimidaban mucho sus primos. Sabían que se sentía inseguro sobre su aspecto físico porque en el colegio los profesores siempre trataban mejor a los muchachos guapos de tez clara. Sus primos paraban a mi padre al volver del colegio y se burlaban de él por ser bajo y de piel oscura. En nuestra sociedad uno debe vengarse por esos insultos, pero mi padre era mucho más pequeño que sus primos.

También le parecía que nunca hacía lo suficiente para agradar a mi abuelo. Baba tenía una letra preciosa y mi padre pasaba horas haciendo caligrafía, pero Baba nunca le dijo que lo hacía bien.

Mi abuela le animaba; era su favorito y creía que estaba destinado a grandes cosas. No tenían mucha comida y le daba a escondidas carne y la nata de la leche de las que ella se privaba. Pero no resultaba fácil estudiar, pues en aquella época no había electricidad en la aldea. Él leía a la luz de una lámpara de petróleo en la hujra y una noche se quedó dormido y la lámpara se volcó. Por suerte, mi abuela le encontró antes de que el fuego comenzara. Fue la fe de mi abuela en mi padre lo que le dio el valor para buscar un camino digno que pudiera transitar. Ése es el camino que más tarde me enseñó a mí.

No obstante, incluso ella se enfadó con él en una ocasión. En aquellos días unos hombres santos de Derai Sadan recorrían las aldeas pidiendo harina. Llegaron a la casa varios de ellos cuando mis abuelos habían salido. Mi padre rompió el cierre del recipiente de madera donde guardaban el maíz y les llenó las escudillas. Cuando mis abuelos regresaron a casa se pusieron furiosos y le pegaron.

Los pashtunes tenemos fama de frugales (aunque generosos con las visitas), pero mi abuelo era especialmente cuidadoso con el dinero. Si a alguno de sus hijos se le caía algo de comida sin querer, se encolerizaba. Era un hombre extremadamente disciplinado y no podía comprender que los demás no lo fueran. Como profesor, tenía derecho a un pequeño descuento en la cuota escolar de sus hijos para deportes y para ingresar en los Boy Scouts. Era un descuento tan pequeño que la mayoría de los maestros no lo pedían, pero él obligó a mi padre a solicitarlo al director de la escuela. Por supuesto, mi padre detestaba tener que hacerlo. Mientras esperaba fuera del despacho del director, empezó a sudar y, en cuanto entró, el tartamudeo fue más fuerte que nunca. «Daba la impresión de que mi honor estaba en juego por cinco rupias», me dijo. Mi abuelo nunca le compraba libros nuevos. De hecho, decía a sus mejores alumnos que a final de curso reservaran sus libros usados para mi padre y le enviaba a sus casas a recogerlos. A él esto le avergonzaba, pero no le quedaba otro remedio si no quería acabar siendo analfabeto. Todos sus libros llevaban el nombre de otros muchachos, nunca el suyo.

«No es que pasar los libros a otros sea una mala práctica —dice—. Sólo es que yo deseaba tanto un libro nuevo… que no estuviera marcado por otro alumno y comprado con el dinero de mi padre».

La aversión de mi padre a la frugalidad de Baba le ha hecho un hombre muy generoso, tanto material como espiritualmente. Se propuso acabar con la rivalidad entre él y sus primos. Cuando la esposa del director de la escuela cayó enferma, mi padre donó sangre para intentar salvarla. El director se quedó asombrado y se disculpó por haberle humillado. Cuando mi padre me cuenta historias de su infancia, siempre dice que aunque Baba era un hombre difícil, le otorgó el don más preciado: el don de la educación. Envió a mi padre a un centro oficial de enseñanza secundaria para que recibiera una educación moderna y aprendiera inglés, en vez de a una madrasa, aunque, al ser un imán, la gente le criticó por ello. También le transmitió un profundo amor al conocimiento y la erudición, así como una aguda conciencia de los derechos, que, a su vez, mi padre me ha transmitido a mí. En sus oraciones de los viernes, hablaba de los pobres y los terratenientes y de cómo el verdadero islam es contrario al feudalismo. Conocía el persa y el árabe y sentía hondamente las palabras. Leía a mi padre los grandes poemas de Saadi, Allama Iqbal y Rumi con tanta pasión como si estuviera ante toda la mezquita.

Mi padre deseaba ser elocuente y tener una potente voz que no tartamudeara. Sabía que uno de los mayores deseos de mi abuelo era que mi padre fuera médico, pero aunque era un alumno brillante y un poeta dotado, no era bueno en matemáticas y en ciencias, y le parecía que le había decepcionado. Así que decidió que haría que su padre se enorgulleciera de él inscribiéndose en el concurso anual de oratoria del distrito. Todos pensaban que se había vuelto loco. Sus profesores y sus amigos trataron de disuadirle y su padre al principio se mostró renuente a escribirle el discurso. Al final, le dio un hermoso discurso que mi padre practicó y practicó. Como en su casa no había intimidad, se aprendió de memoria cada palabra mientras caminaba por las montañas y lo recitaba a los cielos y los pájaros.

No había mucho que hacer en la zona en la que vivían, así que, cuando llegó el día, se congregó mucha gente. Otros muchachos que tenían fama de buenos oradores pronunciaron sus discursos. Por fin, le llegó el turno a mi padre. «Estaba de pie en el estrado —me contó—, las manos me temblaban y las rodillas se me doblaban, tan bajito que apenas alcanzaba a ver por encima del atril y tan aterrorizado que veía sus caras borrosas. Me sudaban las palmas de las manos y tenía la boca seca como el papel». Intentó desesperadamente no pensar en las traicioneras consonantes que le esperaban para hacerle tropezar y quedársele pegadas a la garganta. Pero, a medida que hablaba, las palabras llegaban fluidamente a la sala como bellas mariposas que alzaran el vuelo. Su voz no sonaba atronadora como la de su padre, pero era capaz de expresar su pasión y fue cobrando confianza.

Al final del discurso hubo vítores y aplausos. Lo mejor de todo, cuando se levantó para recoger la copa del primer premio, fue ver a su padre aplaudiendo y disfrutando con las felicitaciones de los que le rodeaban. «Era la primera vez que sonreía por algo que había hecho yo», dijo.

Después de aquello mi padre se presentó a todas las competiciones del distrito. Mi abuelo escribía los discursos y casi siempre ganaba el primer premio, por lo que en la zona se creó la reputación de ser un gran orador. Por primera vez, Baba empezó a elogiarle delante de los demás. Se vanagloriaba: «Ziauddin es un shaheen» —un halcón— porque es una criatura que vuela por encima de las demás aves. «Escribe tu nombre como Ziauddin Shaheen», le dijo. Durante un tiempo mi padre así lo hizo, pero más tarde suprimió el apodo porque se dio cuenta de que el halcón vuela alto, pero es un ave cruel. Prefirió llamarse simplemente Ziauddin Yousafzai, el nombre de nuestro clan.