Yoro
Yoro
Marina Perezagua
Yoro
ePub r1.0
Titivillus 07-10-2021
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Marina Perezagua, 2015
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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YORO
Marina Perezagua
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A Robert Wimmer
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Señor:
Las páginas que siguen constituyen mi declaración, y se centran especialmente en las circunstancias que me llevaron a cometer los delitos por los que se me juzgará, actos de los que no me arrepiento.
Esto no es una confesión. Toda confesión no es más que un arma del poder que hace que quien escribe termine delatándose. No voy a ser yo quien se delate a sí misma. Como se verá, hice todo lo que pude por resistir al poder. Si me manché, no fue en su defensa.
Este texto tampoco es una justificación.
Lo que usted va a leer es la señal que un hierro candente dejó en el anca de una mula, el hueco erosionado por la lluvia en la roca, la inclinación de un árbol provocada por el viento persistente. Esto es, usted leerá la respuesta lógica de una naturaleza sensible, mi historia. Una historia escrita por mí, pero movida por la fatalidad que otros tejieron desde arriba.
A medida que vaya leyendo, usted verá el retrato de alguno de sus colegas, de algún familiar, o de usted mismo. Si no le gusta lo que encuentra, puede romper el espejo o quemar lo que ha leído, pero no logrará librarse de la infección con que el intestino corrupto contamina ríos, mares, úteros, campos. Tampoco podrá quitarme la alegría que finalmente he logrado conocer.
Me llamo a mí misma H porque se me negó siempre la voz y un español me dijo que en su idioma la h es la letra muda. Utilizaré esta letra como mi nombre, considerando que es también el nombre de muchos otros mudos que tal vez encuentren aquí su voz.
He escrito esta nota después de contar toda la historia que sigue.
Estoy muy cansada, quizás de ahí el tono de frialdad que encontrará en estas últimas palabras. No se lo tome como algo personal. El amor siempre ha prevalecido en mí. He amado y amo como si hubiera nacido para ello. Si usted lee bien, verá que en el fondo de todos mis actos está siempre ese amor. Júzgueme según su ley, pero considere como mi último deseo esta petición:
Una vez que también usted me quite la voz, si tiene la oportunidad de hablar por mí, no mencione palabras de muerte. Cuando alce mi cabeza en su mano, todo el mundo sabrá que maté. Por eso solo le pido que, si le preguntan, recuerde que las últimas palabras de H
fueron estas:
«Dios sabe cómo defendí la vida».
H.
República Democrática del Congo
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