Yoro

Marina Perezagua · Capítulo 8 de 13

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Yoro

Sexto mes:

Perdida en mi cerebro

Llegó el día en que, gracias a muchos pasitos que venían después de otros pasitos, conseguí, aunque con mucha dificultad, entrar en la consulta del primer psicólogo que visité después de escuchar numerosas recomendaciones, el doctor T. Ya había pensado durante horas cómo explicar mi problema, mis fobias, mi tristeza desde que Jim se fue. Para mí era muy difícil poner todos los pensamientos en orden y, aún más, contárselos a un desconocido. Me esforcé mucho, por tanto, en intentar aligerarle el trabajo al doctor, haciendo de mi relato una herramienta útil para mi recuperación. Este doctor, después de escuchar el relato de mis síntomas, hizo un movimiento de ojos como si acabara de despertar y me preguntó, como si no hubiera escuchado nada de lo que le había dicho, por la relación con mi padre durante la infancia. Yo no comprendía la conexión, pues una de las pocas cosas que tenía bien claras era que mi situación se debía a algo muy concreto: la muerte de un ser querido, igual que crisis anteriores se habían vinculado con la circunstancia también concreta de tener que renunciar a la maternidad o a mi sexualidad. Aunque no veía por qué la relación con mi padre en mi infancia podía ser de interés, respondí a las preguntas solícitamente, fiándome así de la palabra de todos aquellos que aseguraban haber comenzado su recuperación entre esas cuatro paredes.

Todos no pueden estar equivocados, me decía. Pues bien, aprendí que, a veces, es posible que todo el mundo, menos una misma, se esté equivocando. Aquel señor no tenía la inteligencia necesaria para valorar nada. Diagnosticó el problema que yo ya sabía, el que me llevó a la consulta, y dijo que era una depresión, y continuó afirmando que tenía que

tomar, cuanto antes, la medicación apropiada. Me remitió a un psiquiatra con el que, me dijo, trabajaría en equipo. Le pregunté si realmente era necesario tomar medicación, y quise saber de qué modo esa medicación me curaría. A lo primero respondió afirmativamente; a lo segundo, el doctor T

no supo responder, simplemente me miró con una expresión burlona, como quien, a falta de argumentos, quiere aparentar que la pregunta no tiene sentido. Al cabo de seis meses de tratamiento tuve muy claro el método del doctor: prueba-error. Un método acientífico. Debido a los efectos secundarios de todo tipo que me producían las pastillas, me fue cambiando la medicación. No hacía falta ser muy lista para leer en los prospectos que las diferentes medicaciones estaban pensadas para diferentes problemas.

Pero él solo buscaba aquella que no me produjera efectos secundarios, es decir, aquella que me mantuviera, simplemente, con la boca bien cerrada.

Alternaba entre temporadas de perder todo el apetito a comer indiscriminadamente. En aquellos seis meses pasé de pesar cincuenta a setenta kilos, y de setenta a cuarenta y siete. Aparentemente, no daban con la droga adecuada, esa droga que, sin demasiados efectos secundarios, me tuviera sedada hasta que la tristeza desapareciera; una tristeza que habría desaparecido igualmente sin necesidad de química, y gratis. Ahí estaba el problema. Las perogrulladas que esos tipos aprenden en la universidad no pueden ser un fin en sí mismo, el fin es el dinero de los pacientes. Pero, por aquel entonces, yo aún necesitaba creer.

Un amigo me recomendó otro especialista. El mayor inconveniente era que la consulta estaba a una hora en metro de mi apartamento, y para mí el camino hasta el metro, el metro en sí, y el camino del metro a la consulta era el equivalente a empaparme en sangre de vaca y echarme, de un salto, a un mar de tiburones. Pero, en ese pensamiento mágico al que uno se aferra en circunstancias de debilidad, me pareció que aquel psicólogo, por el simple hecho de estar tan lejos, sería mejor, de acuerdo con esa idea de que el mejor mago es el que se encuentra más alejado, el que más esfuerzos y pruebas a superar requiere para poder llegar hasta él. Y así me vi envuelta en la consulta del doctor O. «O» que podría ser, también, un «o», el doctor Cero. Lo que debía ser una hora de trayecto fueron tres horas, pues tuve que salir varias veces del metro con acusados ataques de pánico y vómitos.

Todo aquello, sin duda, acrecentó esa sensación de que tanto sacrificio tenía que tener un sentido, una especie de sino positivo activado por el número de obstáculos superados. Con los mismos síntomas, el doctor Cero me diagnosticó algo totalmente distinto, una variante de trastorno bipolar, que también requería que tomase una droga, en este caso un estabilizador del ánimo. No necesité tantos días como en mi primera experiencia para negarme a tomar más medicamentos. Volví a cambiar de doctor.

En los siguientes tres meses me fueron diagnosticadas tantas enfermedades como doctores visité: tres, de acuerdo con los doctores E, Wy B. ¿Se imagina usted que, por un dolor de estómago, un doctor le diagnostique un cáncer de hígado, un segundo doctor le diga que se trata de una apendicitis, un tercero afirme que son solo gases, y que cada uno quiera tratarle inmediatamente con un trasplante de hígado, una operación de apendicitis y unas simples pastillas? Pues eso es la psiquiatría, la homologación del disparate, aprovechando que nadie puede constatar (ni contradecir) muchas de las ¿enfermedades? mentales. De los tres doctores, particularmente los doctores W y B me provocaron especial sufrimiento. El doctor W, al no saber cómo diagnosticarme, intentó seguir el método inverso, es decir, primero elegir la enfermedad, y luego ponerme en bandeja los síntomas. Así que durante las cuatro veces que le vi, el doctor W me preguntó, invariablemente, si escuchaba voces. La enfermedad que el doctor W había escogido era la esquizofrenia, y solo esperaba que yo le confirmara los principales síntomas para remitirme a un psiquiatra que compartiría con él los beneficios que la compañía farmacéutica, por medio del seguro, les regalarían. Nunca escuché voces, de modo que mi respuesta era siempre negativa, pero el doctor me lo preguntó tantas veces que me dio la sensación de que el especialista ya había hecho su diagnóstico y que solo la ausencia de voces le impedía tener la completa certeza. Dicho de otra manera, insistió tanto en el hecho de que yo debía de sufrir esas alucinaciones que, directa o indirectamente, me responsabilizó de entorpecer mi tratamiento. De este modo, pronto comencé a dudar de que las voces que escuchaba, las reales, las que todos podían escuchar, fueran ciertas, y temí que estuvieran solo en mi cabeza. Así, cuando se oía por los altavoces que una cajera del supermercado decía alguna cosa, yo me

asustaba pues pensaba que ya estaban llegando las voces que el doctor esperaba, y entonces solía preguntar a alguien, temerosa de la respuesta, si podía repetirme lo que había dicho aquella voz. Las otras personas siempre repetían lo que yo había oído. No había duda, las voces que escuchaba eran reales no solo para mí sino para el resto, pero tuve que pasar semanas de dudas y miedo para comprobarlo y poder decirle al doctor que no volvería nunca más a su consulta.

Por su parte, el doctor B me propuso un método que, a la larga, me causaría un gran problema: le conté que por la noche tenía que levantarme muchas veces de la cama para comprobar si los huevos estaban en el frigorífico y le dije que si los olvidaba fuera y yo moría mientras tanto y, al cabo de días, alguien, preocupado, lograba con ayuda de los bomberos o la policía entrar en la vivienda, mi temor era que confundieran el mal olor de los huevos con el olor de mi cuerpo. También le dije que esa obsesión con los huevos la había vinculado al dolor que me producía mi incapacidad para tener hijos a partir de una vez que escuché a un vegano decir que quien come huevos come periodo de gallina, y eso me hizo recordar que yo no había tenido nunca un periodo normalizado. Por supuesto, a esas alturas ya contaba con suficiente información como para saber que sería un acierto por mi parte no mencionarle mi embarazo y, al fin y al cabo, la obsesión persistía a pesar de este. Lo que hizo el doctor B fue pedirme que cada día escribiera veinte veces en un papel la historia de esta obsesión, lo mismo que le había contado a él, y que terminara escribiendo: «Los huevos que comemos no son período de gallina». Tampoco logré comprender las ventajas terapéuticas de este método, pero lo seguí. Cada vez que me venía la obsesión, en lugar de levantarme de la cama, lo contaba por escrito, una y otra vez. Cientos de veces escribí «Los huevos que comemos no son periodo de gallina». Como resultado, pasé de pensar en los huevos solo por la noche a pensar en ellos durante todas las largas horas del día. La escritura repetitiva había apuntalado mi temor. Meses más tarde, cuando por el efecto terapéutico del paso del tiempo dejé de tener aquella obsesión, le envié una nota al doctor con esta única frase: «Sus huevos solo son periodo de gallina».

Había, además, algo que me intrigó desde que me planteé buscar ayuda psicológica, y es que me preguntaba cómo era posible que métodos pensados por cerebros occidentales fueran empleados para analizar cerebros orientales como el mío, que se había formado en una sociedad que atendía a códigos morales, estéticos, civiles y legales totalmente diferentes. Es lo que más tarde leería agradecida por no ser la única que se había planteado esta cuestión: una minoría de psicólogos y sociólogos con algo de sentido común criticarían el fenómeno con el término inglés weird, acrónimo de

«Western, Educated, Industrialized, Rich and Democratic Societies», esto es, los estudios se hacían — se continúan haciendo— solo con personas que pertenecen a sociedades occidentales, cultas, industrializadas, ricas y democráticas. De este modo, la palabra weird, «raro», vendría a poner en evidencia la validez de estudios que aplican métodos pseudocientíficos y, algo más peligroso aún, drogas, basándose en el 96 % de los casos en una población que supone, únicamente, el 12 % de la población mundial. El método supuestamente terapéutico aplicado a la masa se basa en el estudio de una minoría («raros», por su escasez y no por su problemática) a la que yo, desde luego, no pertenecía.

No conseguí mejoría alguna con los diferentes doctores, pero no dejaba de asombrarme ante la desfachatez con que se atrevían a decirme cómo me sentía. Así, me decían cosas como «usted ha mejorado mucho» o «esta semana ha tenido una recaída». Aun cuando todo se tambaleaba, literalmente, para mí, aun cuando hasta las aceras y las farolas y el cielo se me curvaban sobre la cabeza, tenía la certeza de que nadie mejor que yo sabía lo esencial cómo me sentía yo. Sin embargo, allí estaban aquellos diplomados cobrándome, también, por decirme algo que solo yo, y nadie mejor que yo, podía saber. Ese monopolio, esa pretensión de dominar los sentimientos ajenos fue la última gota que necesité para concluir que para estudiar una de esas disciplinas había que ser una de estas cosas: o un descarado o un retardado. Se escucha a menudo decir que la gripe, con medicación, tarda siete días en curarse y, sin ella, una semana. Yo ni siquiera podía decir que con un psicólogo mi enfermedad tardaría en curarse el mismo tiempo que sin él, sino que estaba —y estoy— convencida de que el psicólogo es la mutación misma de la gripe, que hace que el

malestar dure mucho más. Recuerdo un caso, además, que me sacudió tristemente. Durante mis horas de espera en la consulta del doctor B me dio tiempo a encariñarme con otro de los pacientes que esperaban en la misma sala. Era un chico joven, elegante, muy leído, y muy solo. Me contó que durante los momentos críticos de su enfermedad él sí escuchaba voces que, de acuerdo con los demás, solo existían para él. Sin embargo — me dijo—, aunque comprendía que aquel síntoma debía ser controlado para algunos, no debía ser erradicado en su caso, pues mientras que tenía algún conocido a quien las voces le insultaban o asustaban, a él solo le decían cosas agradables y eran, sobre todo, su única forma de compañía. Meses después de que me contara todo eso, supe que se había suicidado. Le habían quitado las únicas voces que le hablaban. La medicación había hecho su efecto.

Con todo aquello, por encima de todos mis miedos, se acrecentó la fobia a las consultas de psiquiatras y psicólogos, y habría sido absurdo ir a un psicólogo para quitarme mi fobia al psicólogo, aunque, según ellos, esto es posible; sería, si no me equivoco, una técnica conductual, la terapia implosiva, que enfrenta al paciente con su propio miedo («situación ansiógena» me parece que lo llaman, con esos falsos aires de erudición) sin posibilidad de escapatoria. Hoy por hoy, por el bien del terapeuta, espero no verme jamás encerrada en la misma habitación que él.

A pesar de todo, no fui yo quien tomó la decisión de dejar las terapias y la medicación. Yo no tenía voluntad suficiente para dejar nada. Aunque tuve que escuchar tantas diagnosis como terapeutas conocí, todos coincidieron en que estaba curada el mismo día. Lo recuerdo perfectamente, era un 7 de abril, la misma fecha en que mi seguro médico expiró. En aquel momento estaba aún algo confusa, pero, con el tiempo, supe ver que aquel día había puesto término a un sinfín de especulaciones no fundamentadas en ninguna ciencia, que me habían tenido durante meses incapacitada para pensar y hasta para hacer cualquier tipo de ejercicio físico, pues la medicación me dejaba sin fuerzas. Laxitud, flojera, debilidad mental y corporal, en definitiva: esclavitud creada en los laboratorios y ofertada por la industria farmacéutica con psicólogos y psiquiatras como vendedores de seguros.

Imagínese usted que, como he comentado anteriormente, en una época de locura, le queda la suficiente lucidez para aceptar que los pensamientos que tiene son producto de esa locura y no de lo que se acepta comúnmente como realidad. Es algo difícil de conseguir, pero imagine aunque sea por un momento que es capaz de alcanzar ese nivel de conciencia que le permite distinguir lo casi imposible: llegar a la conclusión de que su cabeza lo engaña por medio de razonamientos hechos con esa misma cabeza. Pero esta lucidez — ventaja que afortunadamente yo siempre había tenido— no es suficiente. El segundo paso, imprescindible, será pedir ayuda. Eso es lo que yo hice. Pedir ayuda. No funcionó con los psicólogos, por eso acudí a los amigos. Pero hubo un problema. Cuando agarré el teléfono para gritar desesperada que vinieran a buscarme, que me abrazaran, que me aliviaran aunque fuera con ese tiro que yo no podía darme porque no tenía voluntad para nada; cuando llamé a alguien, como le digo, para gritar auxilio, y ese alguien estuvo dispuesto a ayudar, y me dijo algo como «sí, voy a por ti, cálmate, todo se solucionará, solo dime dónde estás y voy», yo no supe decir dónde estaba. Sabía mi dirección, claro, no estoy escribiendo de un modo literal. Sabía cuál era mi ciudad, mi calle, el número de mi apartamento, pero no sabía en qué parte de mi cerebro me había perdido.

Hay un libro que leí más tarde y que me sacudió por el modo en que allí se trataba esto mismo que intento explicar. Espero no equivocarme demasiado al recordarlo. El título original del libro es My Stroke of Insight, pero en algunas lenguas se tradujo de un modo quizás más revelador, algo así como Un derrame de iluminación. En sus páginas la autora da su testimonio tras sufrir un derrame cerebral. Una singular circunstancia aventaja su relato, y es que la autora es neuroanatomista, una apasionada del estudio del cerebro y, particularmente, de los derrames cerebrales, por lo que pudo contemplar (con esa sección del cerebro que había quedado a salvo) su derrame como tal, incluso con cierta fascinación, ya que por primera vez podía entender desde dentro cómo reaccionaba, en parte, ese órgano al que le había entregado años de estudios, proyectos y sueños. ¿Qué posibilidades había de que una persona que tanto había sacrificado en la comprensión de los derrames cerebrales, una verdadera experta, sufriera precisamente un ataque de este tipo? Y allí estaba ella, muriéndose, al

tiempo que experimentaba con un órgano con el que ni ella ni sus compañeros habían nunca experimentado: no el cerebro de un mono ni de un hombre muerto, sino un cerebro vivo, y no un cerebro vivo cualquiera, sino el suyo propio. Pues bien, una de las cosas que más me fascinaron fue cómo contaba uno de sus pensamientos durante el momento exacto del derrame. Estaba sola en casa y trataba de pedir ayuda. Para ello necesitaba llamar a alguien, no recuerdo a quién, si a su madre, a otra persona o al hospital, pero el caso es que necesitaba recuperar un número de teléfono que tenía en la agenda de su móvil. Ese número era el más importante que habría de marcar nunca, porque de ello dependía su vida. Sin embargo, no fue capaz de reconocer las letras en la agenda del teléfono; creo recordar que en el libro contaba que tanto los números como las letras le parecían signos irreconocibles, y aquí es donde viene lo que me impactó: cuenta que en un momento dado asumió que era consciente de que tenía toda la información que había acumulado desde su niñez (incluido ese número de teléfono) en cientos de cajones de su cerebro; sabía perfectamente que todo lo que había perdido, todo lo que había registrado durante su vida hasta ese instante, estaba en algún lugar, pero ¿cómo saber en cuál de los tantísimos cajones se encontraba la información precisa que necesitaba en ese momento, la que iba a permitirle pedir ayuda? Así me sentía yo, solo que, en mi caso, no buscaba un número de teléfono. Lo que yo buscaba era dónde me había perdido. Cuál era el cajón, de esos cientos de cajones que me rodeaban en un laberinto de pasillos, en donde, al abrirlo, me descubriera a mí misma, acurrucada, pero alegremente sorprendida de haber sido encontrada por mí. Y así estuve mucho tiempo, abriendo y cerrando cajones, desesperada, con rabia, con ilusión a ratos, un día, y otro, y otro, con todas sus noches. Hasta que me cansé, hasta el agotamiento, de buscarme. Y me di cuenta de que nadie podría venir a ayudarme porque yo no sabía decir cuál era el cajón en el que me encontraba.

En ese momento, señor, ahí, llegué al fondo de mi desánimo, porque después del logro que supuso descubrir el engaño al que mi cerebro me sometía, y descubrirlo por medio del mismo cerebro engañoso, y después de aceptar que necesitaba ayuda, después de depositar mi confianza en la incompetencia de los llamados especialistas, después de escoger al mejor

amigo para que me empujara, para que me sacara de donde fuera que yo estaba, comprobé con pavor el peor de los miedos: no sabía dónde estaba.

Eso es lo que pasó. Piense usted en esos relieves alargados y curvos que constituyen nuestro cerebro como una madeja de lana orgánica. Creo que se llaman circunvoluciones. Bueno, pues ahí estaba yo, en el interior de uno de esos pasadizos que forman esa madeja desde la cual, es cierto, pedía ayuda, pero ineficazmente. Entonces, aún víctima de mi agorafobia, tremendamente achicada por esa dificultad a la que me enfrentaba cuando pretendía llevar a cabo hasta el acto más simple, como pasear por la calle, me vestí y salí con la intención de ejecutar lo que yo pensaba que me iba a pasar por el solo hecho de caminar por la calle: mi muerte. Yo pensaba realmente que salir de casa me mataría. Ni siquiera pensé en la perra, ni en mi árbol. En la desesperación, pasear, morir, era mi única opción. Y así lo hice. Salí.

Llegué, apoyándome, reptando a ratos por las paredes, como si estuviera ciega o borracha, al parque que se encontraba cerca de mi apartamento.

Recuerdo que estaba brotando la hierba. Era primavera. Me había cortado yo misma el poco pelo que aún me crecía bajo la peluca, un día antes, como si hubiera querido retrasar esa resurrección de la naturaleza que trae consigo el cambio de estación después de las nieves. Hierba en el parque, pelo más corto en mi cabeza, porque lo que yo quería decir era: flores, ardillas, animales que hibernáis, esperad a que me recupere para volver a nacer, esperadme para que pueda veros. Pero no me habían esperado. Ahí estaban los árboles, descarados, floreciendo, en primavera, mientras que yo no lograba salir del invierno. Florecía en Enwai, que es como yo llamo a Nueva York. Y así, pensando que iba a morir, eché a andar, atravesé el parque sin sujetarme a nada, libre, evolucionada: de mujer simia a mujer erectus, convencida de que la ciudad sería el último cuerpo que tocarían mis pies, que verían mis ojos, que comprendería mi cabeza malherida. Enwai se me presentó entonces como la primera ecografía de Yoro, y la contemplé con una mezcla de expectación y temor, mientras que, a su vez, Yoro, en mi vientre, me mostraba la génesis de Nueva York a medida que paseaba, con el ritmo cardíaco acelerado, propio de un feto de seis meses o de una ciudad en permanente gestación, nunca nacida del todo: la ciudad no nata.

Comencé por los intestinos. Un revoltijo de calles en un área de un kilómetro y medio de largo, de norte a sur —desde la calle Delancey hasta la Zona Cero—, y tres kilómetros de ancho, de este a oeste —desde el Williamsburg Bridge hasta Broadway—. Estaba mareada, todo me daba vueltas, tenía náuseas, seguramente debido a los sofocos de mi embarazo, pero seguí caminando. Llaman Chinatown a esas tripas que rompen la cuadrícula del resto del cuerpo, porque entre el estómago y el ano no puede haber nada que sea cuadriculado. Siempre he tendido a pensar que el caos es producto del tiempo, de lo complejo, por eso me pareció increíble que Yoro, siendo aún tan simple, sin terminar, pudiera contener ya el desorden en su estómago, ese amasijo que no permitía ver ni el principio ni el final.

No se aceptan tarjetas de crédito — me dijeron la última vez que me atreví a entrar en una tienda de ese barrio—, y es que allí los negocios se manejan con billetes y monedas, pues no quiere el intestino grueso pagar el impuesto de lo que no él, sino la boca, disfrutó; o quizás fuera que el aparato digestivo de Yoro aún estaba inmaduro, incapaz de digerir la sofisticación que el crédito y los bancos suponen con respecto al metal tangible, sonoro.

Creo que en ese momento las funciones de mi bebé apenas bastaban para hacerse cargo de las pequeñas cantidades de líquido amniótico que, de mí, bebía. En Chinatown aquel día era día de fiesta, y una cabalgata ocupaba la calle. Seguí a un larguísimo dragón chino de papel que volaba y serpenteaba, muy rojo, contra el cielo. Qué suerte, pensé. Qué suerte poder despegar del suelo. Qué suerte sería poder volar con mi ya pesada barriga como un globo ligero o un planeta sostenido por leyes que no es necesario saber. Libre, sin referencias. El dragón tenía escamas amarillas como llamas, enormes, e iba sujetado por las manos grandes y pequeñas de quienes celebraban la fiesta caminando en procesión por las galerías digestivas, los tubos viscerales que digerían a todas horas patas de pollo, cabezas anaranjadas de cerdo, estrellas de mar, ranas o polvo afrodisíaco de muy diversos seres, que en mejores días corrieron por las praderas de Asia con las cuatro patas al viento.

Enwai es el nombre que ella misma se dio, por eso la llamo así, pero esto ya se ha olvidado, así que ahora la llaman Nueva York. Insisten en sus iniciales, N.Y., que hoy en día lucen en tazas, que son también el nombre de

un Estado, y que la gente lleva impresas en camisetas. «I ♥ N.Y.» exhiben los turistas como moda sobre sus pechos, sin saber que el dibujo del corazón no quiere declarar el amor que ellos sienten por la ciudad, sino el latido con que la ciudad late entre la piel y el algodón de la tela. Todavía hoy, cuando recuerdo aquel paseo por Enwai, me dan ganas de decir:

«¡Oigan ustedes! Cuidado con ese corazón, que no es una pegatina ni un bordado. Es el músculo de mi niña, o de una isla que llaman (por esa manía de imponer nombres a todos) Manhattan, de la cual solo un tercio es asfalto, hierro, mecánica; pero atención, porque los otros dos tercios, todos los años por marzo, se desarrollan orgánicos como un niño, una rosa, un ovario».

Pero no quiero entretenerme en pensamientos de hoy. Estaba hablando de aquel paseo, el tercer domingo de un mes de marzo, cuando estuve caminando por Enwai, cuando veía a Yoro, que en aquel mes había desarrollado — además de sus intestinos— su cabeza, su cerebro, sus pulmones y su brazo izquierdo.

Estaba sobreviviendo —caminando—, más de lo que esperaba, pero debido a la ansiedad me faltaba el aire, y para salir de la multitud me colé por una calle muy estrechita, que debía de ser el apéndice de Enwai. No me gustó saber que Yoro tenía apéndice. Por aquel entonces decían que no servía de nada, y los marineros, antes de embarcarse para cualquier viaje de muchos meses, se lo hacían extirpar, evitando así el riesgo de que lejos de la costa ese depósito llegara a saturarse de residuos nocivos y reventara.

Cuando me recuperé un poco, bajé al metro. Pude sentarme, pero había muchísima gente de pie. Fuera brillaba el sol, y la gente volvía a lucir vestidos, faldas, y casi todas las piernas que veía iban descubiertas, como un bosque de troncos blancos, negros, que se rozaban y sentían, después de meses, la electricidad de una piel extraña. También yo sentí algunas pieles en el metro. Después de tanto tiempo, aquel roce humano me reconfortó.

Con qué poco me conformaba, tan solo con la fricción de pieles anónimas.

Siempre sorprendida por mi inesperada resistencia, me bajé en la parada de Enwai que limitaba con el cielo: allí donde reside su cabeza. Está coronada por una guirnalda de plantas y un río. También a esto le han dado un nombre: Jardín Botánico del Bronx. Se ve al completo desde un avión o desde el ojo de ese halcón que tiene desde hace años allí su nido. Pero aquel

día yo lo recorrí a pie. En sus árboles sin hojas brotaban a cientos las yemas, que en muchos casos pasaban de ser invisibles a convertirse en flor y, por si un día perecieran y lo hiciesen con esa misma naturalidad, el jardín tiene un laboratorio de química vegetal que registra el ADN de todas las plantas que se desarrollan allí. Así, Enwai contiene en su cabeza una diadema que es en sí misma un planeta, una reserva natural arqueada donde se refugian las vidas más modestas, desde los robles hasta los líquenes. Son veinte los congeladores que conservan la información genética de las especies extintas. Pero estas cámaras frigoríficas Enwai no las enseña. Al contrario, las lleva ocultas en la diadema donde la naturaleza virgen protege la maquinaria de su supervivencia. Si vivo lo suficiente para que Yoro nazca y luego crezca — pensé— la peinaré cada día con el mimo que requiere un jardín de cuya subsistencia podría depender la reforestación de Nueva York.

Así se estaba produciendo la metamorfosis de Enwai, cuya aceleración en esos momentos yo alcanzaba a sentir, porque sin duda había llegado la primavera, y por eso encontré su cerebro en el interior de sus pulmones, pues su parte orgánica estaba intentando ganar terreno a la mecánica mediante una operación consistente en acompasar la maquinaria del pensamiento a las exigencias de la respiración humana. Estaba en Central Park. Allí, cuando Enwai inspira, piensa, y cuando espira, recuerda. En el centro del parque, a la altura de la calle 64, da vueltas la neurona principal, un carrusel de cincuenta y siete caballos de madera. Me monté en uno, blanco. Y entonces la vi. La mujer risueña montada en el caballo de al lado.

Era la misma mujer de la imagen que había visto aquella vez cuando escuchaba la cajita de música que me había regalado un vendedor de Lyon.

¿Recuerda? Esa cajita que al sonar, por una especie de sinestesia, me conducía a unos recuerdos que, aunque no se correspondían con vivencias constatables, tampoco eran fantasías. Al igual que en la imagen que había visto tanto tiempo atrás, esa mujer negra empezó a pasar de caballo en caballo, riendo sin parar. Y yo me sentí contenta, después de tanto tiempo, por su risa. La música del calíope sonó durante los tres minutos y medio que duraron las siete vueltas. Al ser el mismo sentimiento, y por respetar el círculo, recurro a mis palabras previas. Iba yo, como dije, en un caballo blanco que subía y bajaba, subía y bajaba, subía y bajaba con la boca

abierta, como relinchando del placer que sentía copulando con aquella mula de carne y hueso que, bajo esos mismos caballos de madera, pero cien años atrás, había gastado su vida tirando del carrusel, moviendo entre resuello y resuello, cada vez más cansada, todos los círculos: el del carrusel, el de mi cajita de música, el de mi vida. En el tiempo que se tomaron los cincuenta y siete caballos de madera para dar siete vueltas, volví a aquellas noches de cinco años atrás en las cuales, tendida en la cama al lado de Jim, giraba la pequeña manivela de mi cajita para relajarme. En ese círculo del carrusel la linealidad del tiempo se había roto. Igual que en la cama había visto a mi compañera negra, montada en el caballo me veía en la cama junto a Jim.

Esto fue gracias al cerebro de Enwai, que puede verlo todo a la vez. Enwai, mi tierra adoptiva y elegida, que otros insisten en llamar Nueva York, me estaba permitiendo sobrevivir sobre su cuerpo, y no solo eso, sino que me hacía el regalo de pensar que, si había sido capaz de romper una vez mi trayectoria vital, lineal, podría volver a hacerlo. Podía, tal vez, saltar hacia atrás y, con suerte, acordarme de que esa vez, antes de la explosión atómica del 6 de agosto de 1945 sobre mi querida Hiroshima, tenía que tomar la decisión de ser padre, aunque tuviera solo trece años. Ser padre, y luego mujer, para poder, al menos, evitar aquel embarazo tan largo que yo temía que no me diera tiempo a culminar. Ante la esperanza de poder romper esa inclemente linealidad del tiempo pensé que no se me podía olvidar esa decisión tomada en aquel entonces, y me la repetí a mí misma varias veces: ser padre de Yoro antes del próximo 6 de agosto de 1945.

El desarrollo de Enwai no terminó en aquel paseo, sino que fue dando cada año más muestras de regeneración biológica. Otra prueba: lo que siendo expansión, colonización de las células vivas de Enwai, considera la ciudad de Nueva York como su última adquisición urbanística. Es la High Line, las vías de tren elevadas en desuso, que ahora son un jardín mirador.

Desde ahí arriba la mirada se cuela por entre los edificios y llega hasta el puerto con la misma facilidad con la que el mar recibe a la lengua que en él desemboca. Tan abundante es la vegetación que las vías ya no se ven.

Piensa el alcalde, con ojos de piedra, que esto es jardín, pero es piel. Como la piel viste al hueso, el pasto crece sobre el hierro. Primero el verdor cubrió desde la calle 14 a la 20 —es el húmero izquierdo de Enwai—, y luego

desde la calle 20 hasta la 30 — es el cúbito y el radio—. Lo que antes eran raíles serán, cuando aparezca la mano, verde y fresca piel, de hombros a dedos. Quizás entonces, y no solo yo, sino todos, podrán ver a mi niña; acaso ahora, en este momento, tendida como una alfombra de hierba suficientemente suave como para que quien la atraviese se sienta llamado a acariciarla, o a quitarse los zapatos ante el respeto que impone el prado al buen pastor. Pero esto son solo imágenes, no crea que confundo significante y significado. Yoro es hoy una mujer que conocerá a su tiempo. El pasto, el prado, no son Yoro, pero si Yoro tuviera un ideograma, este se correspondería con algo fresco y bueno para los hombres.

Aquel día paseé pensando que pasear y morir eran lo mismo. Pero viví en Enwai, resistí allí y, además, sentí la primavera con las primeras patadas de Yoro. El sol calentaba aún a media tarde. Me quité el vestido en un rinconcito apartado del pulmón verde y me tumbé. Lo olí. Olí el verde. A Enwai le crecía la hierba, y a mí comenzó a crecerme, por primera vez tras la bomba de Hiroshima, el pelo. Algunos meses después, a mis cuarenta y dos años, empecé a notar el peso de mi propio cabello. Algo más tarde sabría que en esa etapa del embarazo el feto está cubierto, para proteger la piel — carente aún de grasa—, por un vello fino, blando, llamado lanugo.

En Yoro y en mí, pues, brotó aquel día la misma hierba morena, vello recién salido.

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