Yoro
Primer mes: 1960
El hombre y la selva
A medida que voy escribiendo, veo que hay detalles que seguramente usted considerará innecesarios para dictar su sentencia. Pero no crea que eso, su sentencia, es lo único que me importa. Hay cosas que quiero escribir sin pensar en usted, no sé si para revivirlas o porque, en el fondo, muy en el fondo de mis deseos, me gustaría que alguien ajeno a la venganza y cercano a los sentimientos profundos de las personas me comprendiera. Esos detalles personales son parte de mi defensa ante los hombres, una defensa válida, independientemente de cuál sea mi condena. Y también está el perdón. Ese perdón que usted no me va a conceder, pero que me gustaría, cuando menos, soñar que otros me darían si llegaran a leerme.
Recuerdo la primera vez que dormí con Jim. No nos conocíamos lo suficiente para poder pasar toda una noche abrazados sin molestamos, pero de algún modo se agarró a mí, o me agarró a él, con esa naturalidad que se consigue solo con el tiempo. Nunca antes había tenido esa sensación al dormir con un hombre prácticamente desconocido. Era como si en su sueño requiriera de toda mi presencia, toda mi atención; pero, al mismo tiempo, y como si fuera consciente de que es esta una confianza que se gana con el cariño, lo hacía de modo tan liviano que, aunque no me dejara separarme de él, nunca hasta entonces había dormido con tanta sensación de libertad. Más tarde me contó algo que yo asocié con esta manera que Jim tuvo de aferrarse a mí desde la primera noche. Me dijo que en el Oryoku Maru una de las manifestaciones de la locura entre los prisioneros era agarrarse a otro y tocarle la cara, el cuerpo, como si un ciego tratara de distinguir, desesperado, a un ser querido en la oscuridad. Así lo leí también en las
crónicas de George Weller sobre el barco. En los compartimentos había tantísima gente que la mayoría debía ir sentada con otra persona delante, encajada entre sus piernas, y a su vez esa otra persona tenía a otra también encajada entre las piernas, así que el excesivo contacto que provocaba la locura de los que se obsesionaban por pegarse, por palpar a su compañero, hizo que más de uno acabara con la vida del enajenado. Jim nunca me dijo si él fue de los que exigían esos contactos o de los que, del modo que fuera, los habían esquivado, pero, en cualquier caso, cuando me enteré de todo esto me expliqué su manera de agarrarse a mí como una forma de agarrarse a la vida, a lo que respira en la negritud de la noche.
La mayor parte de las cosas que Jim me contó habían sucedido después de la guerra. Las contaba con distancia, no como si nunca le hubieran afectado, sino como alguien que en su tono, en su mirada, denota que esa distancia ha sido el resultado de una lucha de años. Sin embargo, las pocas cosas que me contó sobre sus vivencias como prisionero de los japoneses me las contó metiéndose en el interior no solo de su sufrimiento, sino del sufrimiento de cada cosa que nombraba. Así, cuando describía cómo un compañero se rascaba la cabeza por los piojos, no quería decirme solo que ese compañero no lo dejaba dormir, sino muchas cosas más: quería decir que ese piojo, y no otro, también sufría mientras trataba de sobrevivir a las uñas de los soldados, y así, con solo una frase, él declaraba el fratricidio mundial, la vibración de un violín que en sus cuerdas transmite la masacre de onda en onda, desde una tripa de oveja a una tripa de gato, desde el dedo que toca la madera al tímpano que, al recoger el sonido, replica como una campana el dolor en cadena.
Las únicas referencias que yo tenía sobre los campos de concentración eran los campos nazis. Pero escuché a Jim decir en varias ocasiones que los campos de concentración japoneses eran tan superiores en su perversidad como en su nulo conocimiento pues, hasta entonces, casi todos prestaban atención exclusiva al dolor judío, lo cual había dejado a las víctimas de los japoneses con el peor dolor que puede infligir la paz: el olvido. Dolía el silenciamiento no por parte del enemigo, sino por parte de los mismos aliados. Recuerdo que muchos años después pensé en todo esto al leer una placa que había sobre los hornos crematorios de Ebensee, uno de los
campos de concentración anejos a Mauthausen, en Austria. En ella estaban grabados unos versos de Peter Rosegger, que, declarándose amante del calor y la luz, pedía que se le incinerara y le libraran del gusano que en la tierra penetra el cuerpo. Otra plaquita mostraba la traducción en inglés, que apunté en una de mis libretas:
No slimy worm
shall some day upon my corpse!
The purest mine shall consume
Constant was my love for the warmth and the light So burn me and do not bury me[1] .
Así, lo que el poeta austríaco había escrito desde su amor a la vida, a la calidez y a la luz, había sido utilizado para producir un embellecimiento del horror. Aquella placa sería leída por muchos ojos antes de arrojar los cadáveres a los hornos, y no importaba que la leyeran alemanes, judíos, homosexuales o quien fuera, porque su contexto solo permitía una lectura: los versos, al estar en primera persona y pedir la cremación, solo podían identificarse con la voz de aquellos que iban a ser quemados, de modo que, irónicamente, se arrebataba lo último que se le puede arrebatar a alguien: no la voz de un vivo, sino la voz de un muerto, al que se le imponía el deseo de ser incinerado con la multitud anónima. Esos versos sobre los hornos crematorios parecían estar ahí para lo más perverso, para simular que los judíos no solo no temían la muerte o la aceptaban, sino que la pedían y hasta la justificaban. El azar quiso que fuera precisamente esa desdichada multitud anónima la que, a su vez, y del mismo modo, y sin quererlo, silenciara con su protagonismo no buscado otra ignominia, las atrocidades que, paralelamente, se cometían en el holocausto asiático.
El 31 de agosto de 1946, casi exactamente un año después del lanzamiento de la primera bomba atómica sobre mi ciudad, se publicó en The New Yorker un reportaje de John Hersey en el que el autor aportaba el relato de seis supervivientes que hablaban de los efectos de la bomba en la ciudad y
en los cuerpos de sus habitantes. Yo era demasiado joven entonces, y además ni siquiera sabía aún inglés, y así fueron pasando los años sin leer aquel texto, que leí finalmente unos diez años después de su publicación. A partir de entonces comencé a interesarme por los testimonios de las víctimas, a través de declaraciones de personas anónimas o registradas en documentales. De este modo supe que una imagen que yo había utilizado antes con frecuencia, la de esos bultos irreconocibles que tras la bomba necesitaban decir su nombre para identificarse, no la había inventado yo.
Las imágenes más concretas y poderosas, que creía patrimonio mío, se repetían en testimonios de diferentes personas. En aquel momento le di la explicación que me pareció más lógica. Pensé que lo indecible podía ser la causa de que los mismos supervivientes se prestaran mutuamente las expresiones más efectivas, creando así un idioma del horror: el idioma más nuevo, el que se aprende de golpe, el que no se transmite de padres a hijos, sino de testigo a testigo. En ese idioma, «un bulto con la cabeza tan hinchada que triplica su tamaño» solo puede ser expresado como «un bulto con la cabeza tan hinchada que triplica su tamaño». No existen expresiones equivalentes. Es una lengua sin sinónimos.
Al igual que los informes norteamericanos que acabarían por publicarse me dieron los datos de lo que había pasado en el bombardero que lanzó la bomba mientras, abajo, yo esperaba a la profesora en mi pupitre, también intenté utilizar otros testimonios para llenar todo el vacío que sentí cuando abrí los ojos en el hospital. Tenía la necesidad de saber qué había estado pasando mientras estaba inconsciente. Era como si comprobar que la vida había seguido moviéndose me devolviera esos días en que estuve sin conciencia, es decir, muerta. Cualquier testimonio parecía hablar, también, de mí misma. Una vez escuché a una mujer que decía que los heridos caminaban entre los muertos pidiendo perdón. Así me educaron a mí, avergonzándome por haberme salvado. En las imprentas, los periódicos suprimieron los ideogramas que significan «bombardeo atómico» y
«radiactividad», y el gobierno evitó la palabra superviviente por respeto a los más de doscientos mil muertos, decían. En el texto de Hersey leí que hibakusha significa «persona afectada por una explosión». Efectivamente ese era su significado, un término que esquivaba no solo el dolor, sino el
milagro de la supervivencia. Dos letras podrían cambiarlo todo: «Persona afectada por la explosión»; pero decir « una explosión» parece referirse a un estallido cualquiera, al de la masa de tempura que en la sartén hace saltar el aceite demasiado caliente, o al de un petardo que, por un descuido o fallo en su fabricación, estalla en la mano de alguien durante una fiesta de cumpleaños. Pero la bomba no fue un accidente, ni siquiera es aceptable decir que fue una explosión. Hiroshima fue LA explosión. En mi cabeza formé algunas palabras que incluían ese artículo determinado la, o que podían definir mejor eso que otros llaman hibakusha. Concluí que, si yo tuviera que escoger un nombre para nosotros, elegiría «los que llevamos la bomba dentro», ya que la mañana en que un bombardero B-29 lanzó Little Boy sobre Hiroshima fue solo el inicio de la detonación. El noventa por ciento de todo el daño que sufriríamos los supervivientes se iría dosificando minuto a minuto, mes a mes, año a año, preñándonos de ese mal que si se abortaba era solo para abortarnos con él. Pienso en un Little Boy invertido que hora a hora encogía (¿encoge?) un trozo más de universo en mi cuerpo, para que cualquier día, no se sabe cuándo, reviente por fin.
El Convenio de Ginebra del 27 de julio de 1929, relativo al trato que los prisioneros de guerra debían recibir, no fue respetado por Japón. Pero este no fue un hecho tan excepcional como la historia nos ha hecho creer. Es cierto que un japonés, al preferir el suicidio antes que la rendición, consideraba que la dignidad de cualquier prisionero, por el simple hecho de querer permanecer vivo, quedaba situada por debajo de la dignidad de una rata. Pero en realidad los Estados que, habiendo firmado el tratado, lo respetaron, fueron excepciones. Usted debe de saberlo bien. Cuando Jim me contó las condiciones en que vivió como prisionero, yo aún no sabía que, por medio del hilo ficticio de los organismos internacionales, el destino me llevaría hasta lo que importa para el final de esta historia. Como la canción infantil, estos tratados se sostienen sobre una tela de araña donde se balancea un elefante que, al ver que no cae, va a llamar a otro elefante que, a su vez, al ver que no caen, va a llamar a otro elefante, hasta que la tela,
finalmente, se rompe por el peso de elefantes / Estados tan sobrealimentados como irresponsables.
Antes de llegar a Manila para ser embarcado en el Oryoku Maru, tristemente Jim ya había sido víctima del incumplimiento del Convenio de Ginebra. Fue uno de los prisioneros aliados que los japoneses utilizaron en la construcción del tendido ferroviario de Birmania que, al igual que el Oryoku Maru, se ganó a pulso su sobrenombre: Ferrocarril de la Muerte.
Las obras habían comenzado el 22 de junio de 1942, con mano de obra forzada: unos 190 000 trabajadores asiáticos y 55 000 prisioneros de guerra aliados. Cuando gobernaban Birmania, los británicos ya habían estudiado la posibilidad de construir una ruta ferroviaria que uniera Tailandia y Birmania, pero el terreno era tan dificultoso que el proyecto ni siquiera fue iniciado. Fueron los japoneses quienes, al invadir Birmania en 1942, decidieron enfrentar las obras, pues si querían fortalecer su presencia en aquella tierra debían asegurar la llegada de suministros, y esto era tremendamente peligroso por una vía marítima expuesta a los ataques de los submarinos aliados. Por otra parte, la enorme cantidad de prisioneros chinos y aliados que fueron capturando hizo necesario encontrar el modo de mantenerlos bajo control, y la mejor solución fue ocuparlos como esclavos en aquella obra colosal.
Los primeros 1414 prisioneros occidentales murieron en un tiempo récord que coincidió con la construcción de 415 kilómetros de vías y 8
puentes de acero. Fueron los llamados «meses rápidos», no sé si por la rapidez en las construcciones o en las muertes. Algunas de estas cifras tengo que comprobarlas con los apuntes que, como amante fiel de uno de aquellos prisioneros, fui tomando al leer numerosos documentos a lo largo de mi relación con Jim, y también después. Pero la mayor parte de las cifras, de algún modo, se me quedaron grabadas en la memoria. Imagino que es otra de las incongruencias que provocó en mí la guerra, nunca pude memorizar un número de teléfono, pero los muertos, esas cifras siniestras, quedaban registradas en mi mente con la mayor facilidad. No creo que la memoria me traicione en ese conteo. Ni un muerto de más, ni un muerto de menos, así es la insoportable exactitud del recuerdo que me dio la bomba.
La matemática exacta del cadáver sobre cadáver.
Trabajar en un terreno como el de la selva birmana era durísimo. No en vano el Ferrocarril de la Muerte se consideró como el campo de concentración más grande durante la Segunda Guerra Mundial pues, básicamente, aquellas vías atravesaban casi un país entero. Un campo de concentración largo, muy largo, y estrecho, muy estrecho, que se llevó por delante más de 200 000 vidas, y fue superado en su poder destructivo solo por el de Auschwitz. Las condiciones de la selva eran casi tan inclementes como el trato de los oficiales japoneses. Jornadas de dieciséis o veinte horas bajo el calor o la humedad de las lluvias monzónicas, mosquitos que transmitían enfermedades imposibles de tratar, serpientes, piojos, disentería, desnutrición, torturas, cólera. La selva y el hombre combatían en su propia guerra: cómo llevarse más vidas. Hubo, también, numerosas bajas causadas por los aviones aliados, incapaces de distinguir los campos en los que trabajaba su propia gente. Pero a veces, selva y hombre se aliaban en su labor, la selva prestaba los árboles, los hombres aportaban ideas: la crucifixión. Y así, era esta, al modo del Imperio romano, una forma habitual de tortura, uno de los pocos ritos con los que los japoneses participaron de la herencia occidental. Jim me contó que algunos presos que fueron crucificados llegaron a resistir catorce días antes de morir, pues los japoneses les daban la comida y el agua suficientes para prolongar su martirio. Esto era, también, una tortura para los que trabajaban escuchando los gritos de dolor de un compañero.
En Hiroshima la paz que reinó tras la destrucción trajo consigo promesas esperanzadoras. Usted comprenderá que yo, siendo todavía una adolescente ingenua, quisiera compartirlas. Qué lejos queda hoy aquella credulidad, aquella capacidad de la juventud no ya para el perdón, sino para el olvido.
Supongo que el rencor es un gen de supervivencia que responde a mecanismos tan necesarios como los de la cópula. Un gen que se activa solo con el tiempo y de acuerdo con las circunstancias. Sin embargo, los animales viven sin rencor. Es solo nuestro nivel de sofisticación destructora lo que ha implantado en nosotros ese sentimiento que nos permite no caer en la misma desgracia a la que nos ha llevado, precisamente, la misma
causa que lo ha provocado: nuestra capacidad de exterminio. Desconozco los misterios de la genética. Pero en algún momento los seres humanos nos hemos convertido en un absurdo. Nuestro genoma es un injerto de genes negativos que se funden con los positivos. No hemos llegado a las dos décadas de edad y ya somos incapaces de deshacernos de la información contaminada. Todo se ha mezclado en nosotros, y no podemos aislar el bien, ni tampoco el mal.
Como le decía, los más jóvenes fuimos capaces de alentar de nuevo cierta esperanza. Cuando la guerra hubo terminado, veinticinco chicas fueron seleccionadas para viajar a Estados Unidos y ser sometidas a una serie de operaciones de cirugía estética, cuyo objetivo era atenuar el rastro de la bomba. Fueron conocidas como «Las doncellas de Hiroshima». Las envidié. Seguía por la televisión todos sus pasos, las veía salir del avión, tímidas, cabizbajas, recibidas con ramos de flores en el país que intentaría reintegrar las sonrisas que él mismo había desfigurado. Quería formar parte de aquella selección pero, por razones que más adelante revelaré, nunca me habrían admitido. Sin embargo, las imágenes de las veinticinco doncellas me llevaron a iniciar unos años de ahorro. Comencé a guardar todo el dinero que me daban, y cuando tuve edad de trabajar me empleé tantas horas como me permitieron, pensando siempre en las operaciones que más tarde yo misma llegaría a costearme. Algunos cambios fundamentales de mi cara y, sobre todo, la reconstitución de mi sexo.
Tantos años después, todavía conservo algunas de mis cicatrices. Usted las verá cuando me entregue. Las muestro sin maquillaje. Como ese queloide rojizo que ocupa una de mis mejillas, que tiene un tacto resinoso y la forma del continente africano. La bomba me dejó a África marcada en la cara. Quién me iba a decir que ese continente, en el que nunca había pensado, una tierra radicalmente distinta a aquella donde nací, se convertiría en el lugar donde deposité, durante tanto tiempo, la esperanza de Jim, y la mía propia. África en mi cara, sí, y dentro de su contorno yo misma encerrada en mi rostro, y refugiada en esta cabaña que alguien me ha cedido mientras escribo lo que es mi último testimonio.
Al principio la cicatriz, tan visible, solo me causó problemas. En Japón esas cicatrices fueron durante mucho tiempo inconfundibles. Por culpa de
ellas, y porque los demás temían las secuelas del mal atómico, los supervivientes comenzamos a ser excluidos. No encontrábamos trabajo, y las oficinas matrimoniales, que por entonces concertaban muchos de los matrimonios, comenzaron a rechazar a los supervivientes que buscaban cónyuge, pues se daba por descontado que nuestros hijos nacerían con malformaciones.
Recuerdo a mi prima embarazada. Su barriga, en lugar de crecer, comenzó a achicarse a partir del sexto mes. Como arrepentido, el vientre deshacía sus pasos desde el feto hasta el esperma, para alcanzar la añorada forma plana previa a la gestación.
Pero, además de la marginación que sufrí como hibakusha, había otra cosa que también me separaba del mundo. Un enigma que me definía en la incertidumbre, una confusión que yo no veía que preocupara a mis compañeros de escuela, en mis primeros años, y que seguí sin apreciar en los otros más allá de mi adolescencia y juventud. En mi entorno, todos parecían estar radicalmente seguros de su identidad sexual. Esto me inició en una búsqueda que — como verá más adelante— me conectaría con seres tan indefinibles como yo. Pienso en la forma que tienen los puentes en Japón, que no son planos. Trazan mi arco, y gracias a ello quien los cruza puede ver el paisaje desde diferentes niveles. Cruzarlos es entonces no solo el acto de pasar de una orilla a otra, sino de ver cuántos paisajes caben en un solo paisaje. Yo quería ver el puente que cruza de hombre a mujer, un puente que reconoce, en su curvatura, todos los géneros que existen entre ambos márgenes. Y caminé mucho, observé mucho, traté de comprender mucho, para formar, yo misma, esa curvatura de un puente que no es de piedra ni de madera, sino un puente humano.
Había cumplido los quince años cuando, adoptada por una familia, aterricé en el país invasor, como si yo y la bomba fuéramos dos brazos del mismo boomerang que regresa a la mano que lo lanzó. En la nueva escuela mis compañeros querían ser futbolistas, astronautas, maestros. Yo solo quería ser abuela, porque los médicos siempre me dijeron que la radiación acabaría manifestándose más pronto que tarde. Además de las operaciones estéticas voluntarias sufrí otras muchas obligatorias, operaciones decisivas para la vida o la muerte y, todavía hoy, sigo acogiendo nuevas
enfermedades. He aprendido a abrirles la puerta en silencio, con una taza de té, tranquila como si cada una de ellas fuera la última. Todas las enfermedades fueron siempre bien recibidas por mí, excepto una: la incapacidad de procrear, esa falta que ocupaba mi vientre como una presencia, como un hijo atómico de cuya pérdida puede apropiarse cualquiera. Una pérdida tan real como la cantidad de hierro que se me iba en cada periodo, esa menstruación que luego desaparecería para volver al cabo de los años sin que los médicos se explicaran ni una cosa ni la otra.
Una pérdida, la del hijo negado, que se me aparecía entre las piernas; o bien en unas bragas sin rastro de sangre durante meses o años, o bien en una compresa empapada y roja, que tiraba en ese desagüe estigio por el que desaparecen lo mismo muertos que no nacidos.
Fue esta ausencia el terreno propicio que permitió que, al conocer a Jim, creciera en mí el sentimiento de maternidad, pues la búsqueda de su hija llenó la ausencia de mi hijo. Me apropié de la niña como si fuera mía.
Absorbía los datos que me daba Jim y los archivaba en mi memoria como si yo misma los hubiera vivido. De esta manera, aunque no la conocía, la recordaba, y este recuerdo era como una ventosa en la pared frontal de mi cerebro, que succionaba el recuerdo de la hija de Jim — mi hija— y lo sostenía por el mismo medio por el que las ventosas en las patas de una lagartija la agarran a la pared para que no caiga: el vacío. Eso fue lo único que durante mucho tiempo tuve. El vacío.
OceanofPDF.com