Yoro

Marina Perezagua · Capítulo 2 de 13

Páginas del PDF

Yoro

Gravidez cero: 1942

Los que llevamos la bomba dentro

Frente a nosotras ardía la carpa principal del campo de refugiados. La lona se quemaba con la rapidez de la piel sintética. Yo le daba la mano a Yoro.

Noté que estaba temblando, y lo hacía al mismo ritmo que el fragor del incendio. El temblor de Yoro parecía darle al fuego algo que su sonido no tenía: materia. Yoro y las llamas eran espalda y pecho de un mismo ser, dos partes indisociables como lo son el tambor y su golpe. Y así, a través de ella, sentía en mi mano el último chasquido del alma de una mesa, de un vaso de latón, de los tubos metálicos que sostenían la tienda. Fijarme en la sutileza de estos detalles no implicaba que no me importara que personas y cosas estuvieran ardiendo frente a nosotras, pero en las situaciones más graves he aprendido a contener el impulso de correr, de llorar, de tratar de corregir lo que ya no tiene remedio. No quería pestañear. Parpadear en exceso es como hiperventilar. Mantener constante el movimiento de las pestañas ahorra oxígeno, energía, y me ayudaba a que las piernas no fallaran. Así pude mantenerme en pie. Así he sostenido siempre la mirada.

Claro que tenía miedo. Claro que sentía compasión. Pero me controlaba, no solo porque si yo caía otros vendrían a comerme, sino porque no quería que ningún músculo se me contrajera otra vez de rabia, ni de pena. Ni un solo músculo. Así se lo prometí a él. Le prometí a Jim que ningún músculo se me contraería de nuevo, ni de rabia, ni de pena. Detenerme en esos pensamientos, este mirar desde lejos un calor que estaba tan cerca de mí misma como mi piel, me ayudó a cumplir mi promesa. Busqué la tranquilidad, a mi manera, en ese hilo de la memoria del que tiro cuando necesito recuperar alguna vivencia que me ayude a mantenerme impasible.

Lo encontré. El hilo. El hilo del que tiré fue la muerte de Quang Duc, el monje que con setenta y seis años se quemó ante mis ojos y los de otros muchos monjes en una calle de Saigón. Buscando la libertad se prendió fuego, se ardió a sí mismo, y estando en llamas no alteró su postura meditativa con ningún movimiento, ni el más imperceptible. Los otros monjes, yo misma, llorábamos, algunos con él, sin tratar de oponernos a su deseo; otros pedían ayuda, para salvar su vida, también por él, pero al mismo tiempo en su contra, porque él debía arder para dar fin a la persecución, para conquistar la paz para sus hermanos, y para todos los que, como yo, necesitamos no pestañear mientras nos enfrentamos a un incendio. Fui encontrando la serenidad. El calor de las lonas en llamas me alejaba de allí, de ese ahora, y avivaba el calor del monje a quien vi arder en Saigón, y así, cuanto más ardía la lona del campo de refugiados, más me escapaba, sin moverme, hacia el momento en que moría Quang Duc. Al igual que el temblor de Yoro parecía dar cuerpo al ruido de las llamas, también los gemidos de quienes amábamos al monje parecían dar sonido a su silencio, pues él, que ardía vivo, no emitió ni una palabra, ni un grito, ni un crujido que expresara queja, dolor, reproche.

El incendio fue el final de una búsqueda que comenzó hace exactamente cincuenta y cinco años, cuando conocí a Jim. La historia de Jim es la mía.

No es que su historia esté vinculada a la mía, no es que el hecho de amarle haya influido en mi vida, es que sin él yo no habría llegado a ser, pues entiendo por llegar a ser ese momento en que me atreví a ver lo que siempre había sido. Llegar a ver, llegar a ser, eso es lo que le debo a Jim.

Dije adiós al yo desollado, al yo carente del órgano más grande del cuerpo

— la piel—, al yo que ni siquiera reclama su derecho a ese único cuero que nos sale gratis, y poco a poco me convertí en el yo que se lanza a la caza de la presa que me habían quitado de entre los dientes, el yo que es un león que corre, salta, lucha para recuperar la carne que le robaron, su propia carne, no carne de cebra, ni de antílope, ni de otro león, sino la suya propia. Fui una leona lanzada a la caza de sí misma. Y me atrapé. Con mi carne rellené la piel reencontrada. Así me convertí en el yo de hoy, completo, dorado,

amenazador. Jim fue la primera mano que vio y acarició el pellejo sincero con que mi madre me había nacido, esa piel que me devolvió la protección natural que me correspondía. Tan fuerte he llegado a ser, a verme, que hoy, aun estando desnuda, soy capaz de sentirme acorazada. Atrás quedaron aquellos tiempos en que me despertaba intentando meterme en la cáscara de otra, y al final del día me iba a la cama triste, con dolor en las articulaciones. ¿Cómo no se me iban a deformar los huesos después de tantos intentos de acoplarme a lo que se esperaba de mí? Pero ya no me duele nada. Gracias a Jim se detuvo la deformación que sufrieron mis dedos intentando alcanzar frutas que habían crecido para otros; gracias a Jim también mis piernas comenzaron a enderezarse cuando dejé de transitar las curvas de paisajes que no me importaban, y gracias a él mi espalda está hoy, en mi senectud, mucho más erguida que cuando tenía veinte años y cargaba con las expectativas de los demás.

Imagino que, consciente de la importancia de Jim desde el principio, empecé a tomar algunas notas durante los años que estuvimos juntos, y todo lo que fui escribiendo se acumuló a lo largo del tiempo con naturalidad, sin saber que acaso estaba conservando el material que después, tal vez hoy, podría servirme para recomponer la historia que dé sentido al incendio. A partir de esas notas, pues, intentaré articular el relato de este largo viaje que, sospecho, está ahora alcanzando su destino.

Antes de conocerme, antes de reconocer también mi papel en su vida, Jim había sido uno de los soldados estadounidenses que habitó el Japón ocupado. Durante mucho tiempo los días fueron pasando para él sin apenas sentido, en los territorios que un oficial está destinado, simplemente, a ocupar. Las intervenciones que se realizaron para la recuperación del país fueron mínimas, pero mínimo fue también cualquier tipo de cambio. Nada sucedía que enriqueciera la vida de un soldado, ni en las labores humanitarias — que en aquel momento no tenían dicho nombre— ni en la cazuela del más estricto egoísmo individual o nacional.

Jim aún no sabía que en aquellos meses, mucho antes de que nos viéramos por primera vez, se gestaría nuestra unión justo cuando, en mayo de 1950, la base militar le entregó, en custodia, un bebé. Me contó que le había llegado sin previo aviso, que el bebé le fue adjudicado como una

misión cualquiera, igual que antes le había sido entregada la tierra que debía ocupar. Al principio sintió cierto rechazo, pero no pasó un día y ya, del modo más natural, supo que aquel bebé de ojos rasgados ponía en sus brazos parte de la reconciliación que él andaba buscando desde hacía seis años, desde el día en que los japoneses decidieron degenerar el cautiverio al que llevaba años sometido, y lo embarcaron en Manila junto a otros 1600

prisioneros norteamericanos. Todo lo que a Jim le sucedió en el barco en donde continuó su reclusión, todo lo que había sufrido antes, se transformó en paz cuando sintió el peso escaso del bebé la primera vez que lo sostuvo.

No le sería posible olvidar tanto dolor, pero aquella niña, víctima de Norteamérica, fue la fruta en el platillo que igualaría la balanza al repartir la carga de la crueldad entre los dos bandos.

El barco en el que recluyeron a Jim fue construido en Nagasaki el año 1939, y su destino inicial era el de servir como un crucero de lujo para solaz de la población civil japonesa. Su nombre era Oryoku Maru. Cuando el barco pasó a ser utilizado como prisión, terminó ganándose el sobrenombre de Crucero de la Muerte, por motivos que, más adelante, intentaré explicar.

Jim no me contó gran cosa sobre su estancia a bordo, seguramente por el dolor que el recuerdo le ocasionaba, pero hace pocos años salieron a la luz unas crónicas que el general MacArthur había destruido sin saber que en el cajón de su autor, George Weller, quedaban unas copias en carbón, que el hijo del cronista recuperó y entregó para su publicación. Parte de estas crónicas pasaron a acumularse junto a mis notas, y de ellas me serviré para rellenar los huecos del testimonio de Jim.

El Oryoku Maru debía transportar también en ese viaje a cientos de civiles japoneses. Los prisioneros americanos irían en las bodegas. El viaje en barco a Japón, que los prisioneros pensaban que duraría unos diez días, se alargó siete semanas. Jim me dijo que de haber sabido lo que iba a ocurrir en el transcurso de ese tiempo, se habría dejado atravesar por las bayonetas con las que los soldados japoneses les marcaron el camino que conducía al barco. Si eso hubiera pasado, si Jim se hubiera quitado la vida, yo habría sido solo una mujer pusilánime, conforme, triste, una muerta a los veinte años que espera su entierro durante cuarenta, sesenta, setenta años más. Pero Jim no imaginaba lo que le aguardaba, y aguantó. De los 1619

prisioneros, apenas llegaron a Japón unos (las cifras exactas se desconocen) cuatrocientos hombres. Cien de ellos estaban en tan malas condiciones que murieron antes de ser entregados a las autoridades en tierra, y otros tantos murieron en los campos de trabajo en Japón. Se calcula, así, que de los iniciales 1619 prisioneros, solo unos doscientos sobrevivieron hasta la liberación en agosto de 1945. Jim, que entonces tenía veintinueve años, fue uno de ellos, algo que todavía hoy agradezco cada día.

Conocí a Jim en Nueva York, el 27 de abril de 1960. Al norte de la ciudad, en Tryon Park, hay cinco claustros medievales que fueron traídos, piedra a piedra, desde Francia. Sus jardines se cuidaban respetando — entonces como ahora— la horticultura románica. Había sido el primer día despejado después de unas semanas de lluvias y, siguiendo el movimiento del sol, fui pasando de claustro en claustro. Con la mente vacía de pensamiento, buscando solo calentarme, me había abandonado a la pretensión sencilla de un girasol, cuando oí que alguien decía:

—Este sol fortalece los huesos. Vas a necesitarlo si pasas el invierno en esta ciudad.

Al girarme vi a Jim sentado en el suelo, con la espalda pegada al muro de piedra. Me miraba. Aquellas palabras iban, por tanto, dirigidas a mí. Me acerqué y me contó, como si enlazáramos con una conversación anterior, que ya los egipcios, según Heródoto, conocían los beneficios que el sol proporcionaba a los huesos, y a ese factor atribuían que los cráneos de sus muertos fueran mucho más resistentes que los de las huestes persas enemigas, cuyas calaveras se quebraban con un simple golpe de piedra.

Esto era debido a que, mientras los egipcios crecían sin protegerse del sol, los persas usaban turbantes que impedían que el astro fortaleciera sus cabezas. Luego me dijo su nombre sin preguntarme el mío y, con una elegante suavidad al cambiar de tema, aquel desconocido pasó de hablarme de los huesos de persas y egipcios a mostrarme la variedad de pájaros y flores que había en el lugar. Me asombró que conociera el nombre de tantas especies que, para mí, se habían dividido hasta entonces solo en dos: animales y plantas.

Con la misma fluidez, un par de horas después estaba contándome en un café cercano que él, como yo, buscaba algo. El contexto de la búsqueda había sido el mismo, la Segunda Guerra Mundial; para él, una guerra perdida; para mí, una guerra, en parte, ganada. La palabra clave para ambos era hija, pero mientras que para Jim se trataba de una hija desaparecida, para mí se trataba de una hija, o de un hijo, que nunca llegué a concebir.

Cuando salimos del café, sentí la mano suave de la sincronía, esa sospecha amable de que la proximidad de ambas búsquedas podría ser la confluencia de dos senderos en uno solo.

Encontré la solución a lo que buscaba casi inmediatamente después de escucharle contar la historia de su conflicto. En aquel momento no fui consciente pero, con el tiempo, a medida que fui conociendo el motivo de su dolor, la hija que a los cinco años le fue arrebatada, me fui también dando cuenta de que en la búsqueda, en la apropiación de aquella hija, podría encontrar yo también a la hija que, por las circunstancias que contaré más adelante, yo no había podido tener. Cada vez que Jim me hablaba de ella, las ganas de encontrarla crecían más y más en mi cabeza, en mi corazón y, más visiblemente, en mis pechos, pues pude comprobar que especialmente manifiestan estos en su aumento que la recuperación de la esperanza produce la misma leche que la gestación. Estrené mis conductos lácteos con el líquido blanquecino que todo deseo genera, y que de repente se interrumpió al cabo de unas semanas, obedeciendo quizás a los mensajes de mi cerebro, pues ya imaginaba que los nueve meses que constituyen un embarazo normal se extenderían durante mucho más tiempo.

Lo que yo no sabía era que aquel embarazo, que algunos llamarían psicológico, iba a marcar la ruta de un viaje que había comenzado en Japón y terminaría en África. De un lado, la cabeza veloz del espermatozoide: la bomba atómica de Hiroshima; del otro, su colita: un incendio en la República Democrática del Congo. Por una parte, los miles de víctimas de la primera bomba atómica; por otra, las pocas pérdidas causadas por un incendio, pero en una tierra donde cada día las muertes individuales se amontonan unas sobre otras hasta alcanzar — por el hambre, la esclavitud, la enfermedad— las cifras de un bombardeo. Y entre ambos extremos, el Japón de la guerra y el África de hoy, setenta años de diferencia, trabados

por ese espermatozoide-cometa que para mí comenzó con el genocidio nipón en un punto concreto y que ahora me deja, como si en su trayectoria me llevara entre las esquirlas de la misma bomba, en esta tierra africana, con la visión de la vida que se extiende por el continente donde nació el primer hombre para morir también en él una y otra vez.

Una vez oí a una silvicultora decir que en un bosque los árboles no son seres individuales, sino un todo que se conecta en el subsuelo mediante bulbos, hongos y raíces a través de los cuales intercambian dióxido de carbono y nitrógeno. Lo que un árbol respira sale por los pulmones de otro árbol. La calidad de vida y longevidad de cada uno depende del resto. Al igual que antes dije que mi vida está enraizada en la historia de Jim, también su vida vino marcada por la mía. Jim y yo fuimos — somos— parte del mismo rizoma, árboles conectados por el hongo de la primera bomba atómica. Así, unos siete meses después de que Jim fuera embarcado en el Oryoku Maru se produjo el bautizo del arma que nos sembró en el mismo bosque y cambió la Historia, y que en lo personal me afectó de un modo tan particular que todavía hoy me cuesta explicar el evento con la distancia con que lo leo cuando los historiadores lo cuentan. No me llegan sus crónicas, no me afectan. No veo el dolor cuando, en un libro de historia, leo ese capítulo, y me resulta imposible entender cómo puede nadie tratar de explicar una guerra sin causar dolor, empatía, en el lector. Lo llaman imparcialidad, pero se puede mostrar dolor también desde la imparcialidad.

Yo lo llamo desinterés, que es lo mismo que parcialidad puesta al servicio de los vencedores. Al servicio de usted. Apenas llevo escritas las primeras páginas de este testimonio y ya me había olvidado de que le estoy escribiendo, en gran parte, a usted. Pues bien, déjeme explicarle por qué no me gustan los libros de historia, ya que de historia va, en gran parte, este relato. Seguro que usted ha oído alguna vez a alguien que, tras haber sido testigo directo de algún acontecimiento histórico de importancia, dice cosas como «creo que he nacido para contar este momento a los demás». Se diría que la Historia, con mayúscula, les ha dado su misión en la vida. Señor, no es este mi caso. Yo no sobreviví a Hiroshima para contarlo. Yo sobreviví a

Hiroshima porque mi deber era sobrevivir, ser testigo de mi propia existencia, que es para lo que mi madre me trajo al mundo, para ver lo que tengo delante, una bomba o un rebaño de ovejas que pacen en paz. Tan simple como eso y, sin embargo, algo que no todo el mundo puede decir. La gente necesita misiones espectaculares. Alguien nace en un pueblecito de la Provenza francesa que considera muy aburrido. ¿Qué misión es esa de levantarse y ver siempre las mismas piedras? Entonces decide estudiar la guerra civil española. Hace un par de viajes a España, habla con los supervivientes, se le salta una lágrima al escuchar algunas cosas demasiado inhumanas para su alma de pueblo bondadoso, lee algunos libros, o digamos que lee muchísimos libros, y luego se pasa el resto de su vida escribiendo parrafadas desde la perspectiva del bando que haya elegido. Ya ha encontrado su cometido. Documentar. Pasar la voz. Tal vez ese sea el deseo del historiador, es alguien que siente la necesidad de actuar como un mesías de la información. Esto está muy bien, señor, es necesario. Pero le diré algo. Esa historia no vale nada si no está escrita desde un sentimiento de dolor universal. Una guerra es mucho más que datos, recuento de muertos, atrocidades. Una guerra es una herida profunda en la dignidad del ser humano, es una tara, una deformación congénita que indica un nuevo fracaso de la humanidad. El historiador que no haya vivido lo que cuenta, si quiere contarlo, debe escribir desde un sentimiento de vergüenza y compasión. Yo sí podría escribir un capítulo sobre Hiroshima, pero no porque nací allí, sino porque ya antes, y a pesar de mi poca edad, había sentido ese fallo humano que se cuela en el día a día hasta explotar en Hiroshima, en Vietnam o en cualquier enclave que no es más que un afluente del caudaloso río de la guerra. Insisto: un árbol no es un ser individual. Lo que un árbol respira sale por los pulmones de otro árbol.

Hasta que el historiador no comprenda esto, los niños, con razón, seguirán odiando esa asignatura en las escuelas y, lo que es peor, seguirán olvidándola. Ajena a ese desinterés del historiador que escribe desde una biblioteca, trataré de dar mi propia versión de los hechos, tal como yo los sufrí, en las trincheras, como quien dice. No podré decirle, ni me importa, si fui de las que ganaron la guerra o la perdieron. Lo que sí sé es que he vivido mi época en primera persona, y eso me da ventaja sobre aquellos que al

final de su vida creen que vivieron su contemporaneidad porque compraban el periódico del domingo.

Disculpe esta (para mí necesaria) digresión. Le decía que, unos meses después de que embarcaran a Jim, se produjo el bautizo de algo que cambió la Historia. Fue el 6 de agosto de 1945. Aquello había sido creado sin manos capaces de empuñar armas, pero aquel día destruyó a más de doscientas mil personas y, aunque no tuviese tampoco boca, arrasó de un soplido casas, árboles y fábricas. Aunque lo habían concebido sin calor humano, fundió el hierro, e incineró parques, perros y pájaros. Tampoco le habían dado un sexo, pero le pusieron nombre de niño: Little Boy, y, a las 8:15 de la mañana de aquel día despejado de agosto, aquel artefacto fue lanzado sobre Hiroshima.

Little Boy, ese es el nombre de la primera bomba atómica. Pero antes de nacer, antes de su bautizo, Little Boy no era sino un jeroglífico en las cabezas de los diferentes países que competían por descifrarlo. Su poder acabó siendo tanto, e implicó un cambio tan radical en mi identidad, que en mi cabeza, durante mucho tiempo, pensé en la bomba como si esta, y no los hombres que la crearon, tuviera vida. Imaginaba así su gestación, cómo sentiría las ondulaciones que la llevaban y traían de un cerebro a otro mientras los científicos trataban de concluirla. Cómo se dejaría llevar por la electricidad de los que rivalizaban entre sí, por esas corrientes que la deslizaban por los pasadizos neuronales de los mejores físicos, haciendo del pensamiento un flujo que, por su voluntad de condensarse en una nueva creación, no se distinguía del flujo reproductor y sexual. Fantaseaba a menudo con la visión de las tomografías que mostrarían las secciones iluminadas por el éxito del cerebro que logró encontrar la fórmula, el que ganó la carrera, el más rápido: el de Robert Oppenheimer. Y así imaginaba de qué manera esa minúscula lámpara orgánica, como una luciérnaga, activaba los circuitos del placer en el cerebro del físico satisfecho, de la inteligencia que preñó a Norteamérica con Little Boy, su hijo (¿hija?) predilecto, la bomba atómica que en aquellos tiempos difíciles defendería a los aliados y, lo más importante, les permitiría ganar la guerra.

Esa personalización de la bomba que hice durante los primeros años, por considerarla parte de mi identidad, no era sino un producto de mi

juventud, de mi inmadurez, y con el tiempo desplacé la responsabilidad a su verdadero protagonista: el hombre, ese hombre múltiple que fue capaz de crear, y de utilizar, el mecanismo más letal conocido, todavía, hasta hoy.

Pero mi historia no pretende informar de ese hecho ya conocido, y las alusiones a ese acontecimiento no son sino un modo de definir el paisaje donde se inserta un hecho personal: si se me permite que me atreva a imaginar una víctima beneficiada por la bomba, esa víctima soy yo. Perdí miembros, trocitos de carne, familiares, y nadie me resarcirá jamás de esas pérdidas, pero gané otras cosas acaso más importantes. Así, mi vida se balancea entre el duelo por lo que la bomba se llevó y la celebración de lo más maravilloso que llegó a concederme.

La mañana en que Little Boy cayó, había amanecido como un día normal.

Era uno de esos días claros y apacibles que hacen pensar que la paz del lugar se extiende por todo el planeta. Al igual que cada día, miles y miles de madres en el mundo alumbraban a sus hijos separando las piernas, y sufrían los dolores con los que los niños se iban abriendo paso al exterior. Pero para Little Boy no se abrieron unas piernas sino las puertas de la bodega de armas de un B-29. Y tampoco el dolor que provocó su salida al mundo se lo causó a una sola madre, porque lo que fue dejando a su paso fue un daño de un orden superior. No hirió a una mujer, sino a todos, hombres y mujeres.

Mientras tantas otras mujeres se concentraban en aquel momento en las contracciones de su parto, el bombardero se preparaba para la contracción más dolorosa: la desgarradura global.

Little Boy fue parido, pero también parió. Fue a la vez parturienta y nacido, porque naciendo dio a luz al mayor alumbramiento, esa descomunal nube luminosa con forma de hongo. Significó, para algunos, la total destrucción; para otros, la paz; y para todos, la luz. Una luz tan potente que quienes lo vieron estallar antes de tocar el suelo no perdieron solo la vista, sino los ojos. Muchos miraban hacia arriba cuando caía, él (no puedo dejar de personalizar) los veía a todos, y él fue lo último que ellos vieron. Luz.

Por eso, cuando su padre lo liberó desde la tinta gris de las ecuaciones hasta la fusión nuclear, estaba concediendo al mundo la luz eterna. Podría haber

presentado la fórmula diciendo: «Este es mi hijo, la luz del mundo». Pero hasta la explosión ni siquiera él pudo imaginarlo. Hasta que no fue detonado no se vio el resplandor, y solo después de Hiroshima se supo que para nuestra raza se había acabado para siempre la oscuridad. Así es, Oppenheimer trajo la promesa de luz más radical. Él fue el último mesías, el dios mayor de la física teórica que compartió una fórmula imposible de borrar, un arma cuya existencia no se detuvo en Little Boy ni en su detonación, sino que inseminó al resto de los países con la rapidez del coito de un conejo, pues hoy existen en la tierra más de veinte mil bombas peores que la de Hiroshima. Algunos sostienen que muchas más. En cualquier caso, un mínimo de más de veinte mil conejitos folladores y pirómanos que, si las naciones vuelven a enfurecerse, provocarán un incendio planetario que nos licuará a todos en la eyaculación de un mismo sol. Olvide usted Hiroshima. La naturaleza de Little Boy se sigue clonando en miles de hermanos con piel de acero. Mientras sus creadores los mantengan escondidos vivirán aletargados como el oso que hiberna, pero si llega la orden de despertarlos, todo el calor de todos los veranos entrará en la guarida, y todas las cuevas, todas las casas, todas las bocas se abrirán negras como la puerta que no resiste la temperatura del horno que alguien cerró. Hiroshima no será, entonces, más que una pelusa histórica. Ese momento no ha llegado, y en este planeta que a usted le parece imperturbable, eterno, leerá mi testimonio como algo insólito. También a mí me parece insólito, aunque sé que el mecanismo del mundo se está engrasando para hacer de Hiroshima tan solo un enredo de pelo caído en el último rincón de esa casa siempre sucia que llamamos Historia.

Como mi vida y mis delitos son indisociables de la historia de Jim, permítame volver a él, quien, junto a mí, fue una víctima más. Me dijo que el calor que padecían en las bodegas del Oryoku Maru era insoportable, pero uno no se imagina el calor con un adjetivo tan indeterminado, por eso creo que usted lo entenderá mejor si le digo los grados según las crónicas de George Weller, de acuerdo con las cuales el calor en las bodegas debió de alcanzar unos cincuenta y cuatro grados centígrados. Cincuenta y cuatro

grados centígrados. Demasiado y, sin embargo, aproximadamente 3946

grados menos que la temperatura que alcanzó la tierra en la zona de impacto tras la explosión de la bomba atómica. La diferencia entre ambas temperaturas es la diferencia entre una cocción lenta y una calcinación súbita. Las gargantas de los prisioneros que viajaban en las bodegas del barco se iban secando. No había ventilación porque los japoneses taparon la mayor parte de las escotillas con mamparos. Aquellos que habían sido situados al fondo de cada compartimento fueron los primeros en comenzar a desmayarse. Solo el pulso podía establecer la diferencia entre un preso desmayado y un preso muerto, pues el calor era tan intenso que los cadáveres se detenían en el proceso de enfriamiento hacia la muerte. Pero nadie tomaba el pulso a nadie. Cuantos más muertos, más duraría el oxígeno. Cuenta Weller que todos se quitaron la ropa para respirar por la piel lo que no podían respirar por los pulmones. La presencia de tantos hombres amontonados hizo que las maderas del barco comenzaran a absorber la humedad, rezumando gotas compuestas por el sudor de los prisioneros. La sed empezó a ser tan insoportable que los hombres comenzaron a lamer en las maderas esas perlas de agua hechas del sudor colectivo. Cuando el aire se hizo inhumanamente escaso, los prisioneros comenzaron a gritar, pero el señor Wada, un japonés que estaba al mando, amenazó con cerrar del todo las escotillas. Jim me contó que cuando los aviadores norteamericanos pasaban sobre ellos para bombardear el barco que, creían, transportaba solo japoneses, todos sacaban de sus últimas fuerzas la energía necesaria para temer un paso más hacia la muerte, una muerte a cargo, irónicamente, de los suyos. En este mismo punto las crónicas de Weller difieren, pues no se centran en el miedo, sino en la esperanza, ya que cuando los aviadores les bombardeaban, las escotillas se movían, ofreciendo por un instante luz y aire. También hubo una ventaja, según me contó Jim: en las bodegas, los americanos, que en su mayoría ya estaban delirando y habían enloquecido, abrían la boca para beber, creyendo que era agua — o quizás sabiendo lo que era—, la sangre de los japoneses heridos en cubierta, que se filtraba hacia abajo. Sea como fuera, cualquier líquido que viniera del exterior les refrescaba.

Las crónicas hablan de otros actos que fueron producto del progresivo enloquecimiento sufrido por los presos debido a la deshidratación feroz y a la falta de aire. Así, cuentan que los japoneses accedieron a bajar a la bodega unos cubos para que los prisioneros echaran ahí sus excrementos.

Pero cuando el cuerpo no funciona, la mente cambia sus mecanismos de manera arbitraria y lo que antes habría sido motivo de espanto, ahora resultaba motivo de broma, pues un grupo de hombres se entretuvo en hacer confundir los cubos de excrementos con los cubos de comida, que eran similares, de modo que nadie sabía ya si estaba cogiendo comida o los últimos desechos de un compañero, o ambas cosas a la vez.

En aquel momento Jim no podía sospechar que quince años más tarde emprendería el verdadero viaje, y que lo haría de la mano de alguien del mismo país que quienes lo habían torturado. Mi mano, en cuya sangre no había ni atisbo alguno de mezcla que descontaminara, para él, mi radical ascendencia nipona. El bebé cuya custodia le habían asignado, tan japonés como yo, había sellado la reconciliación definitiva, pero creo que la maquinaria del perdón se había activado algo antes, cuando Jim tuvo que caminar entre miles de personas, de niños sin casa, que durante mucho tiempo estuvieron merodeando los espacios de sus antiguas habitaciones cargados con cubos donde iban echando cualquier cosa que semejara el recuerdo de un ser querido. Jim decía que, básicamente, recogían todo lo que no era polvo. Creo que comprendió que cuando él sufría en el Oryoku Maru ya se estaba gestando la desgracia de todo mi pueblo, la más devastadora que hasta aquel momento había visto el mundo, y ese caminar meses más tarde por las ruinas de la ciudad y de los cuerpos que sus americanos habían destruido le dio cierta sensación de justicia que, imagino, le preparó para aceptar primero a su hija, y luego a mí, en paz.

La desventura de mi gente me pilló con un termómetro en la boca. Con esa fiebre hubiese debido quedarme en casa. Yo tenía solo trece años y me correspondía obedecer a mi madre, que prefería no llevarme a la escuela.

Pero yo no quería perderme el recreo con mis amigas, habíamos dejado inacabado un juego del día anterior, e insistí de todas las maneras posibles.

Aún no sabía que, gracias a esa desobediencia, lograría imponerme, al cabo de un par de meses, como lo que siempre había querido ser; pero la idea del juego, del recreo, fue suficiente para que me opusiera a mi madre, de tal manera que a las ocho en punto, después de una hora en el auto, ya estaba sentada frente a mi pupitre. Todo lo que me pasó en los siguientes días no he logrado recordarlo nunca, pero la Historia de los ganadores sí nos da datos precisos, a partir de los cuales puedo reconstruir parte de lo que sucedía mientras yo estaba en mi pupitre, ajena a lo que estaba por caer, o cuando, segundos más tarde, yacía en el suelo inconsciente. Así, sé el minuto exacto en que William Sterling Parsons, capitán del Enola Gay, arrojó la bomba, y comenzó a seguir en los medidores los segundos que el artefacto tardaría en descender desde los 9470 metros de altitud a los que volaba el avión hasta los 600 metros, el punto en que se había predeterminado la detonación. Sé, también, que los tripulantes habían previsto que la explosión ocurriría a los cuarenta y dos segundos, y que a los cuarenta y tres segundos se pusieron nerviosos. En la máxima tensión seguían mentalmente el conteo de los medidores. Con tres segundos de diferencia, el experimento funcionó: en el instante en que alcanzaron a contar cuarenta y cinco segundos, yo salí disparada hacia otra aula. Al volver en mí, miré alrededor y ya no había nada ni nadie en pie, no quedaban ni las paredes. La escuela era ya toda ella patio, un patio sin juegos, abierto a la ciudad también abierta. De los ciento cincuenta y dos alumnos que estaban en la escuela ese día, supe después que solo yo salí andando. En lo que había sido un baño vi un bulto desnudo que se me acercaba. Me pedía agua. Me asusté. Tenía la cabeza tan hinchada que triplicaba su tamaño. Solamente cuando el bulto dijo su nombre reconocí que era mi profesora. Salí corriendo.

Durante años me preocupé por conocer con exactitud los datos de todo aquello que sucedía en el aire mientras los que estábamos en tierra enfrentábamos la cotidianidad de un día normal. Conocer los datos sobre el lanzamiento de la bomba desde el avión me daba la sensación de que podía, así, llenar los huecos de mi historia. Lo mismo hice para averiguar lo ocurrido durante el tiempo que estuve inconsciente tras la explosión. Eso es lo máximo a lo que durante muchos años pude aspirar, a llenar las lagunas

de mi mente con informes realizados por aquellos que habían sido los responsables de aquellas lagunas, de cientos de miles de muertos, de enfermos que pasan su enfermedad de generación a generación hasta el día de hoy. Ya ve usted cómo me agarré a un clavo ardiendo. Este método de reconstruirme a partir de lo que había provocado mi derrumbe era triste, además de imposible, pues cómo iba a levantarme con las mismas herramientas que habían sido pensadas para aniquilarme. Pero eso era lo único que tenía, y a ello me agarré para cicatrizar parte de mi amnesia.

Tras el lanzamiento, el Enola Gay había iniciado la maniobra de escape, trazando un giro de 155º hacia el noroeste. La tripulación se puso las gafas oscuras mientras esperaba el impacto de la onda expansiva, que les alcanzó después de un minuto, cuando ya estaban a 9 millas de distancia. Para mí los datos fueron mucho menos precisos. No sabía cuánto tiempo estuve inconsciente, ni cuándo salí de la escuela. Recordaba que los relojes que fui viendo estaban todos parados a la misma hora: 8:16. Pero no me explicaba cómo encontré el hospital. Quizás me llevó alguien que tampoco recordaba.

Las semanas que siguieron, hacinada con otros heridos, también son imprecisas. Más tarde se supo que en aquellos primeros días había un único médico por cada tres mil víctimas. Aunque entonces no lo sabía, yo tenía quemaduras en un setenta por ciento del cuerpo. Al cabo de algunos días mis ojos se sellaron. No podía abrirlos. Pensé que me había quedado ciega.

No había medicamentos ni calmantes, y el dolor era atroz. La única medicina que me administraban era el cambio de postura. Alguien llegaba de tanto en tanto y me movía. Pero los dolores eran tan intensos que cuando me daban la vuelta no sabía si me colocaban bocarriba o bocabajo. Todo el cuerpo me ardía por igual, y nada podía incrementar mi dolor, así que el pecho, el vientre, las rodillas, eran la misma placa ardiente que la espalda, las nalgas, la parte posterior de las piernas. Sentía que había perdido mi relieve, que, empujadas por el dolor, mi parte delantera y mi parte trasera se habían juntado, hasta hacer de mí una plancha plana de incandescencia uniforme. Supe que empezaba a recuperarme el primer día en que sentí la humedad de mi orina. Entonces fui capaz de deducir cuál era mi postura. Si la orina resbalaba hacia abajo, estaba bocarriba. Si salía para formar directamente un charco, estaba bocabajo. Cuando me limpiaron los ojos

pude abrirlos, y cuando el dolor decreció lo suficiente como para permitirme realizar algún movimiento, incorporé la cabeza para verme toda la carne viva y descubrir que, aunque conservaba las formas en todas mis extremidades, desde la parte baja del vientre hasta mis ingles había un amasijo irreconocible. La hinchazón era tan grande que en aquel momento no podía estar segura, pero todo parecía indicar que la bomba se había ensañado principalmente con mi sexo.

OceanofPDF.com