Yoro

Marina Perezagua · Capítulo 6 de 13 · parte 1/3

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Yoro

Cuarto mes: 1965

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Gimes como un wren

Antes de estar embarazada había veces en que no notaba el chorrito corriendo. Pero desde que supe, hace tres semanas, que estás ahí, siento el paso caliente del líquido por mis paredes y entonces, en el agüita donde flotas, te imagino golpeada (¿golpeado?) como una barquita por el oleaje, por el semen de donde vienes. Bébelo, bija, ahora que eres lo suficientemente afortunada como para beberlo por todas partes porque ni tu boca, ni tu ombligo, ni tu ano han terminado de formarse. En eso te envidio.

Disculpa. No has nacido y ya te envidio. Ni boca ni ombligo ni ano terminados. A veces no sé con qué orificio recibir el fluido, y cambio de posición, indecisa, agarrando no sé qué partes de tu padre, y entonces, en medio de ese trance, le hago moverse a él, y tampoco sé cómo lo hago porque él es muy grande y yo a su lado muy pequeña. Quizás se mueve él solo, esperando a que me decida. Y retiene. Retiene hasta que me acomodo y le digo con no importa qué órgano: aquí dentro, aquí está bien. Quizás algún día me disculpe por hablarte así (no lo creo), pero comprenderás que todavía no soy madre, y tú eres solo un guisante sin princesa. Un guisante sin colchón. No, un guisante no. A tus cuatro meses ya eres algo un poco más grande. Una fruta de diez centímetros, redonda, entre mis piernas. Y

abajo, tu padre. ¡Mira! Me ha subido a sus hombros como si fuera una niña y me lleva corriendo por este claustro francés. Hay muchas flores y árboles.

Él sabe los nombres de todas las plantas, hasta el de las hierbas más insignificantes, y me los va diciendo, señalando entusiasmado aquí y allá, incluso brotes invisibles, que solo aparecen cuando él los nombra, de repente, como flores inmediatas, flores que se niegan a pasar por la tediosa

gestación del capullo. Veo cómo estallan las reglas del ciclo vegetativo. Me río. Es muy divertido. Me río mientras corremos en círculo, esquivando como si fueran minas los tallos que nacen bajo la galería arqueada. No, las minas no son los tallos. Las minas somos nosotros, el peso de una mujer y un hombre sobre dos únicas piernas que corren tratando de evitar la masacre de una zarza. Algo me roza el pelo. Es el techo. El techo de madera. Ahora que soy mucho más alta tengo que proteger mi cabeza. Me pongo un pañuelo como un casco suave, un casco duro y flexible de un material futuro. Y en sus hombros llego al centro del claustro. Este debe de ser el árbol principal. Es muy frondoso y aparto las ramas de mi cara. «Es un tejo», me dice la boca que habla bajo mi cuerpo, «un árbol sagrado porque es inmortal y antes de morir, cuando se está pudriendo, deja que una de sus ramas se meta en el interior de su tronco ya hueco, y esta rama que crece hacia abajo va limpiando la podredumbre como un pececillo corydora limpia las paredes de un acuario». ¿La ramita se come lo podrido? —

pregunto—. «Sí», responde la boca, «se alimenta de ello, y así continúa creciendo hasta agarrarse al suelo y ya no es rama sino raíz sana que sostendrá al árbol durante mil años más». ¿Y cómo has dicho que se llama el árbol? —vuelvo a preguntar—. «Se llama Aurora». ¿Aurora? Vale, pues Aurora. Así te llamó tu padre cuando me vio. Den lilla Aurora, frieron sus primeras palabras, y sus manos tocándome en el metro («¡Señora!, ¿qué mira? Este vagón no es de acero, es orgánico como las ramas de la wisteria que en la pérgola del parque sostienen a los mapaches. Y las familias que caminan por debajo halagan el olor de las flores. Ignoran que ese olor está mezclado con el calor del pelo animal, con sus orines, con sus semillas masticadas, con el sudor de los círculos que encierran cabezas y rabos enroscados. Señora, no sea mojigata, el ámbar gris del perfume que usted querría costearse es bilis de cachalote»). Y él volvía a repetir Den lilla Aurora, dándote a ti un nombre antes de saber el mío, un nombre con un adjetivo sueco, porque el sueco es el idioma de los pájaros, dijo, y se pronuncia así: Dein lilya Aurora, y lo decía muy lento: Dein (mi oreja), lilya (mis ingles), Aurora: la tensión de sus pantalones, un vaho, un jadeo en el espacio que media entre su piel y la tela, reducida, por la excitación, al algodón llovido y apretado, pelusa mojada de la flor cuando todavía estaba

en la rama. Y en la lentitud de esas palabras yo tenía tiempo de decirme a mí misma que soy alérgica al plástico pero, qué importa, en este vagón no hay farmacia y además no quiero el tiempo para comprar nada; lo que duraban esas tres palabras solo me daba para decirme que este hombre tiene que estar sano y yo no acepto condones en mi cuerpo y vámonos a mi casa sin justificarle ni a él ni a mí que hacía apenas cinco minutos que nos conocíamos. Y luego, cuando nos conocimos vimos una película, y tú recién nacida en sus grandes manos en la pantalla y él que repetía mirándote den lilla Aurora y yo que decía que si tengo una hija no le voy a poner un nombre porque cuando nací mi padre me puso S sin saber cómo me llamaba. Y esperaba que cada vez que yo escuchara S, respondiera. Y yo que no respondía, pero no era culpa mía sino de él, que se atrevió a darme un nombre sin conocerme, cuando todavía era apenas tres kilos de carne ensangrentada. Y las hojas del tejo me arañan un poco la cara pero encuentro un claro dentro del árbol y me acomodo mejor en los hombros que me sostienen. La distancia entre el comienzo de mis dos muslos es exactamente igual a la anchura del cuello de tu padre, que queda en medio.

Qué alta estoy. Y qué verde me rodeo. Y a veces tengo miedo. Cuánto miedo. Miedo de que todas las cosas se callen como personas rencorosas, de que todo me niegue la palabra, o hable hacia dentro, y yo caiga en una pecera de bocas que se abren sin lenguaje. Entonces floto como un besugo que busca los ojos de otro besugo en un acuario de agua turbia. Y el temor es tanto que cuando veo un besugo ya no veo un pez, sino una persona que no puede hablar de tanto miedo que siente. Así los reconozco en la pescadería, en su lecho de cubitos de hielo, los ojos asombrados ante la visión de esa burbuja que ellos soltaron como palabra pero que solo emergió como una pompita de aire en el agua. ¿Y si el dolor es así, tan grande que no puedo nombrarlo sino con burbujas que se rompen y entonces se vacían de nada? Entonces quienes me quieren me darán por desaparecida. Pondrán una denuncia, reunirán a los vecinos para buscarme en el campo con linternas en plena la noche, sin saber que los desaparecidos que mueren mudos abandonan sus formas humanas y cambian la piel por escamas, y los huesos que les vertebran se transforman en una espina lacia de un pescado que nunca fue pez. «Mamá, amigos», les diría, «los mudos

desaparecidos no están bajo tierra, sino en la fosa común de ojos atónitos y escamas que un pescadero arroja en un cubo de basura negro». Pero hoy no quiero hablar de ello, den lilla Aurora, o como te llames, porque ahora no estoy en un cubo ni en una pecera, sino en las alturas de un hombre, en la copa de un árbol. ¿Y sabes que los ruiseñores son tan valientes que atacan a los gatos? Y los tyrannus son pájaros que se atreven contra los aviones. Se lanzan contra los motores. Esos aviones de pesticidas que sobrevuelan los campos casi a ras de hierba se lo tienen bien merecido. Que se calcinen sus pilotos entre venenos inflamables mientras los insectos sin orejas escuchan los chasquidos sin saber, o quizás sabiendo, que hasta la semana que viene no volverán a fumigar; toda una semana (una larga vida) para ellos. Y mira.

Aquí viene un nuthatch. Los nuthatch trepadores son pájaros sin cuello. Él me explicó por qué. El cuello no les hace falta porque avanzan tronco arriba, tronco abajo, en busca de insectos y no necesitan ver más allá de la corteza que tienen enfrente. Míralo. Aquí viene uno. Sube por el tronco como un lagarto. Me quito un zapato y acerco el pie con cuidado al pajarito trepador. Tiene su pico largo y afilado como todo insectívoro. Acerco más el pie, muy lentamente, para no asustarlo, y lo balanceo a la altura del abdomen de tu padre. Me fijo en ese piquito tan fino y largo como el de un colibrí. Mi pie está ya muy cerca. Cierro los ojos. Escucho cómo picotea la corteza y deseo que me picotee entre la uña y la carne. Que me desparasite o que me retire la piel muerta. Pero el trepador sigue subiendo y ahora que está a la altura de mis ojos me pregunto si querrá al menos lavarme la cara como lo hace tu padre algunas mañanas, su lengua limpiándome los ojos, retirándome de las esquinas oculares los humores cuajados de la noche.

Pero el nuthatch se pierde por una rama y yo misma me limpio esos granos como de arena. Los chupo en mi dedo, imaginando que están todavía en mis ojos y que yo entera soy la lengua de otro. Se deshacen. Y aquí vuelve el miedo que trepa como el pajarito, que sube con su nariz pegada a mis piernas. El miedo de que todas las cosas se callen. El miedo de que tu padre, o el padre de cualquier otra, o el padre no padre de nadie, no quiera subirme ya más a sus hombros. El miedo de pasar de la risa y la altura al gateo en el suelo, a la súplica de un cachorro que reclama la atención tirando de los pantalones del cazador que solo sabe otear el horizonte. Pero

por qué habría de ser así. Ahora mismo no tengo motivos para temer nada porque la mano de tu padre toma mi falda y la engancha a una pequeña rama, como la ropa húmeda que en el cordel se orea. Y es cierto que no soy muy grande, pero pío como un wren. Esto me lo dijo él: «Gimes como un wren». ¿Y qué es un wren? — le pregunté—. «Un wren es un pájaro cuyo volumen de canto es, en comparación con su tamaño, el más potente». Es cierto. Pío. Pío como ahora cuando sus dedos tocan mi semilla como un brote que se dilata como lo haces tú en mi vientre, y creces. Pío, y quizás el sonido te llegue amortiguado por el líquido amniótico. Pero escucha, otros también pían. Él me está acariciando y con los ojos medio cerrados miro alrededor y veo decenas de nidos. Decenas. Y en cada nido hay (cómo me gustaría que lo vieras) tres o cuatro polluelos que abren el pico pidiendo comida. Pían. Ellos también pían. Pían con sus picos que parecen sonrisas anaranjadas, y cientos de madres acuden a la vez a llenar sus buches. Las alas me rozan la cara mientras él me acaricia, y mi boca rosada detrás de su cuello se tensa en una sonrisa llena de agua, que llueve el tronco de este árbol cantor.

Jim y yo estuvimos durante dos años dando palos de ciego en la búsqueda de Yoro. Dependíamos, exclusivamente, de la compasión de extraños o, si no extraños, de nadie lo suficiente cercano a nosotros como para arriesgarse con información confidencial. Pero un día encontramos un paquete en el buzón. Era del mismo amigo de Jim que nos había impulsado a viajar a Los Álamos. Al abrirlo, vimos copias de unas cartas, sin sobre, acompañadas por una nota en la que este amigo nos decía que, por razones de seguridad, las cartas y los sobres habían sido siempre guardados por separado, para hacer más difícil que nadie pudiera averiguar su procedencia si alguien conseguía hacerse con ellas. Por desgracia, no había conseguido ver los matasellos, que nos habrían indicado, por orden, los sitios por los que Yoro había ido pasando. Hoy no dudo de la sinceridad de aquel amigo, pero no me resultaría extraño que el acceso a esas cartas que él creyó copiar y enviarnos clandestinamente fuera un acceso consentido, facilitado, para mantenernos en ese entretenimiento de un viaje interminable que nos

conformaba por el mero hecho de movernos pero que, en realidad, nos agarraba, nos detenía en una búsqueda infructuosa.

Nuestro amigo había glosado las cartas con posibles lugares de procedencia, basándose en un banco de datos de familias de acogida vinculadas con proyectos militares durante aquellos años. Como verá usted más adelante, algunas de sus notas fueron de gran utilidad, pero en principio — nos avisaba— no podía garantizar que las cartas hubieran sido enviadas realmente desde aquellos lugares, y estas glosas eran más bien especulaciones para ayudarnos a descifrar el contenido críptico de los mensajes, que se contenía en un par de frases. El resto consistía en varias hojas de un cuestionario médico respondido solo con cruces marcadas en las casillas donde indicaban diversas opciones: «nunca»/«rara vez»/«alguna vez»/«a menudo»/«siempre», informes enviados por las distintas familias de acogida de Yoro, destinados, al parecer, a comunicar cualquier tipo de cambio en su salud.

Yo no entendía muy bien los motivos de tanto secretismo. Con el tiempo me había acostumbrado a aceptar la naturaleza nómada que le había sido impuesta a Yoro, y llegué a tomarlo como algo natural, de un modo que Jim no contradijo. Simplemente pensé que la niña quizás no podía ser adoptada por tener una madre biológica que temporalmente no podía hacerse cargo de ella y que, por tanto, Yoro solo podía ser cuidada en régimen de acogida.

Pero se me hizo mucho más difícil explicarme el porqué de los informes sobre la salud de Yoro. No solo sobre su salud, sino, en palabras de nuestro amigo, sobre «la evolución de su salud». ¿Qué tipo de evolución?

¿Evolución hacia dónde? ¿Es que Yoro estaba enferma? Cuando has sufrido tanto, te acostumbras a no pedir explicaciones, porque sabes que estas han de darse solo en el momento en que ellas mismas lo requieren. En mis peores momentos sentí que las explicaciones tienen su propia voluntad, y cuando me las pedían y yo no contestaba, no era porque no quisiera, o no siempre, sino porque no podía, porque ese ciclo vital de infancia, madurez y expulsión de lo que puede ser explicado no se había cumplido. Pero no era ese el caso de Jim. Él no me había explicado nada, decía, porque algo le (nos) amenazaba. El día en que llegó aquel paquete me dijo que esperaba ansiosamente aquellas cartas, pues lo único que le había sido concedido fue

el derecho a saber sobre el estado de Yoro regularmente, a cambio, eso sí, de silencio. Sin embargo, las cartas llegaron todas a la vez, y por vía inesperada, gracias al favor de un amigo, pero sin señas, nada más allá de las especulaciones del amigo y, además, acompañadas de una nota que nos advertía de que Yoro no había vuelto a ser reubicada en ninguna familia sino que, al parecer, había desaparecido. Jim podría haber roto aquel día el silencio, explicarme muchas cosas, pero hoy sé que tenía otros motivos para callarse, motivos personales que sobrepasaban un pacto de silencio militar.

Yoro, que entonces tenía dieciséis años, había desaparecido, y no solo para nosotros y el resto de las familias, sino también para los encargados de su tutela, que yo imaginaba como altos mandatarios de un ejército cuando, en realidad — hoy como entonces—, sospecho que esa tutela había pasado ya a manos de funcionarios que trataban aquella vida como si no fuera más que un cajón administrativo que se cierra siempre con alivio al final del día.

Si encontrarla había sido hasta entonces una necesidad para nosotros, desde ese momento se convirtió, quizás, en una necesidad para ella, demasiado joven para estar sola o mal acompañada.

Jim hojeó las cartas con prisa. Como he dicho, todas respondían a una especie de cuestionario médico estándar. Al principio no logré descifrar de qué se trataba. A simple vista me pareció que eran simplemente preguntas a las que diversas personas habían respondido marcando la casilla correspondiente. También había un espacio después de cada pregunta para añadir observaciones, y otro espacio para el mismo propósito, pero mucho más amplio, al final. Pero todos esos espacios estaban en blanco. Nadie había añadido ninguna clase de observaciones. Lo que resultaba más evidente cotejando las cartas de manera rápida era que todas las cruces, todas las respuestas, coincidían, es decir, no parecía haber variaciones en la salud de Yoro, que, por lo que podía verse, había crecido sana. No recuerdo las preguntas con precisión, pero sí recuerdo la sensación de pánico que experimenté cuando, pasada la confusión inicial, me di cuenta de que absolutamente todas estaban dirigidas a rastrear las consecuencias de algo muy concreto, y que yo conocía bien: la radiactividad. Yoro era, por tanto, una víctima de mi mismo mal, la radiación.

No había tiempo que perder. Recuerdo nuestra ansiedad. Si antes pensábamos que el punto focal de nuestra vida era la búsqueda de Yoro, en ese momento nos dimos cuenta de que nunca más volveríamos a tener vida, ni dentro de nosotros, ni mucho menos del uno para el otro. Y no porque nuestra relación se deteriorara, sino porque se convirtió en otra cosa, dejamos de ser pareja para ser un equipo de rastreo. Todo lo que no tuviera que ver con el paradero de Yoro no nos importaba. La comida dejó de interesarnos. Ni siquiera de eso hablábamos. Comíamos lo que ese día se me ocurriera poner en el plato. El amor seguía estando ahí, pero se transformó en algo que tenía un objetivo ajeno a los sentimientos individuales: mantener unida nuestra camada de dos. Todo estaba envuelto en esa sensación de no gastar, ni siquiera en el calor de nuestra cama, ni una caloría en esfuerzos innecesarios para ese solo propósito. Así pues, nos preparamos para el próximo viaje, de acuerdo con las conclusiones que, con la ayuda de nuestro amigo, pudimos sacar.

Llegamos un día de septiembre por la noche. Era la primera vez que pisábamos Europa. Francia. Lyon. El taxi del aeropuerto nos dejó en el centro de la ciudad. Por el camino vimos que todo estaba oscuro, salvo por los poquísimos coches que, de vez en cuando, iluminaban las calles. Al salir del taxi, caminamos por la orilla de uno de los dos ríos que tiene la ciudad.

Todas las farolas, todas las luces de las casas, estaban apagadas. Avanzamos enmudecidos a lo largo de una hilera de pequeñas casas con velas en las ventanas. Esos cientos de velas eran la única luz de la urbe, esa luz antigua, medieval, rupestre, luz de infancia, de mis paseos oscuros con mi abuelo por el campo enladridado de perros, de cuando el fuego que quemaba el arroz era, también, la única luz de la noche. Al final de la hilera de lucecitas se podía ver una colina, una masa aún más negra a lo lejos, coronada por una basílica también iluminada. Toda ella amarilla. La única luz artificial.

Al día siguiente supimos el porqué de aquella oscuridad ceremoniosa. Nos lo explicó alguien en el mercado. La basílica que habíamos visto era Notre-Dame de Fourvière, la fuente hacia la cual se dirige en peregrinación, cada año, una noche de septiembre, un río de hombres, mujeres y niños que

sostienen candelas como las que arden tras las ventanas de sus casas durante una semana. Cuatro siglos adorando a la Virgen que les salvó de la epidemia que azotó Europa. Cuatrocientos años dando gracias con el fuego silencioso de los hogares por haberlos librado de la peste.

Para mí no había sido fácil caminar entre candelas en aquel lugar que, siendo yo extranjera, me acogía con lo único que podría resultarme familiar en una ciudad europea: pequeñas llamas que me recordaban a los farolillos de papel que con mis padres, cuando era pequeña, colocábamos en las aguas del río Motoyasu, junto con otros cientos de personas que también iban a colocar las pequeñas lucecitas que habían de flotar en el agua y servir de guía para las almas de nuestros difuntos durante la ceremonia Toro nagashi. Eran bellos aquellos recuerdos, pero por lo general hacía mucho que intentaba alejarlos de mis pensamientos, porque iban unidos, inevitablemente, a otros muy tristes, y es que desde el ataque a Hiroshima, aquel río pasó a ser otra cosa. Después de que cientos de heridos en llamas se arrojaran a él, y como también se iban arrojando a sus aguas miles de cadáveres, el río quedó definitivamente unido a la tragedia de nuestra ciudad. El Motoyasu de mi Hiroshima natal estuvo muchos días deslizando más cuerpos que agua, y se podía cruzar de una orilla a la otra saltando de cuerpo en cuerpo, sin mojarse. Cuando asistí al primer memorial en recuerdo de la explosión, habían acudido tantas personas y era tanta la gente que quería colocar sus farolillos que algunos voluntarios se metían en el agua hasta la cintura para ir depositando las lucecitas sobre el agua, pues eran tan numerosas que, a pesar de que la corriente iba alejándolas, apenas cabían en el tramo del río que quedaba junto al único edificio iluminado en la noche, la cúpula Genbaku, que dejaba ver su armazón metálico. Ese edificio fue lo único que resistió a la explosión, a unos ciento cincuenta metros del hipocentro y, habiendo sido un edificio gubernamental, parecía

— así iluminado, destruido aunque todavía imponente con su enorme cúpula descarnada— un monumento que en poco difería del aura religiosa con que nos había acogido la basílica de la pequeña ciudad francesa en la oscuridad.

Esos recuerdos me resultaron muy dolorosos, especialmente porque el río de Lyon iba cargado solo de agua, y en su cauce no se veía ni una luz, ni un mensaje escrito en el papel de arroz que continuara guiando a mis queridos

padres, a mis vecinos, a los que se habían ido apagando junto a mí en el hospital tras el ataque. Me pareció que el río de Lyon era un río poco compasivo, egoísta. Un río que no transporta mensajes para nuestros ancestros siempre me ha parecido un desperdicio de las capacidades comunicativas del agua.

El segundo día entré con Jim en una pequeña tienda y compré una cajita de música. No tenían la música que buscaba. El vendedor insistió en que me llevara un vals que nunca había escuchado. Un vals que, hasta hoy, desconozco. Cuando acepté, no quiso cobrarme. Me olvidé de la cajita hasta la hora de dormir. Entonces, ya en la cama, la vi en la mesilla de noche del hostal. La abrí. Le di vueltas a su pequeña manivela y surgió la música. De regreso a Nueva York, pasé meses dándole vueltas a aquella pequeña manivela antes de dormir. Y en su música me llegaban las sensaciones que vivimos en aquella búsqueda de una nueva puerta: dormir en sábanas que olían a lavanda del sur, pensando si Yoro se habría quedado alguna vez dormida con el mismo olor de campo azulado; los cortes en los dedos al abrir ostra tras ostra para alimentarnos cada mediodía, como queriendo poner un efecto afrodisíaco en la fuerza de los pasos que deberían guiarnos; la desconocida que, al verme llorar sentada en un escalón en medio de una calle, me dijo que me levantara y, sin preguntar nada, me dio un abrazo y se fue. Muchos días lloré desesperada y, si el llanto me pillaba sola en la calle, me sentaba hasta que se me pasaba, porque no quería que Jim supiera que la ausencia total de rastros de Yoro me estaba consumiendo de un modo que no sabía si podría aguantar durante mucho más tiempo. Pero lo que más recordaba al escuchar la cajita de música eran los paseos con un ciego sabio que fue mi lazarillo y que me mostró la ciudad, sus laberintos, y algo que acabaría resultando, en la distancia, como el símbolo de aquel viaje frustrado: los llamados traboules, unos pasajes secretos que comunicaban unas calles con otras y que tradicionalmente se habían utilizado para escapar de la autoridad. Estos pasajes, inapreciables desde el exterior, permitían desaparecer en un sitio y aparecer en una calle paralela como por arte de magia. Y así me había sentido yo en aquel lugar porque, cada vez que tenía la sensación de estar más cerca de Yoro, se vaciaba de repente, como si en un segundo hubiera pasado de estar frente a mí a estar en una

calle paralela hacia la cual yo no encontraba pasadizo. Finalmente la puerta se abrió y se cerró en su inexistencia, pues el lugar que buscábamos era ya solo un solar sin edificio, un gran nido de gatos.

Ya en Nueva York, una noche me pasó algo extraño, y este fue, sin yo saberlo entonces, el que más tarde identifiqué como mi primer contacto con África, cuando ese era aún un lugar al que nunca había tenido intención de ir, algo en lo que ni siquiera había pensado nunca, más allá de esa cicatriz abultada que la bomba había dejado en mi rostro, y que tenía la forma exacta de ese continente. Como de costumbre, antes de dormir cogí la cajita de música y comencé a darle vueltas a la manivela. El simple movimiento, y no solo la música, me relajaba. Pero esa noche algo ocurrió que la diferenciaba de las anteriores. Y es que las imágenes que me venían no eran recuerdos pasados, sino, de alguna manera, futuros. No puedo decir que fueran fantasías, porque parecían surgir, verdaderamente, cargados de vida, y nada los diferenciaba de los recuerdos que había vivido realmente. No eran evasiones mentales, sino reminiscencias de cosas que, no obstante, todavía no había vivido. Estuve así toda la noche. Al día siguiente no quise contarle nada a Jim, y acepté aquello que me había ocurrido con una mezcla de seriedad y burla, como una ruptura en la linealidad de mi trayectoria biológica. Mis recuerdos del futuro parecían saltos en el tiempo, que si bien no podía identificar, sí me devolvían al presente con la sensación de traer conmigo imágenes de lo que algún día viviría, después de haberlo recordado. Primero el recuerdo. Luego la vida. Pensé que esos saltos en el tiempo contenían, en su naturaleza, un componente biológico, y la manivela no era el simple automatismo de la maquinaria primitiva de una cajita de música, sino una mezcla entre maquinaria y biología. La vivencia más poderosa que tuve fue en un carrusel. Iba montada en un caballo blanco y, en el caballo de al lado, una mujer negra reía a carcajadas mientras subía y bajaba. Aquella risa me produjo una alegría difícil de explicar. Me hacía sentirme plena, pero en aquel momento triste en nuestra cama de Nueva York, donde Jim y yo estábamos de nuevo con las manos vacías, con los abrazos huecos, no entendía por qué en la risa de una extraña encontraba yo toda la plenitud, la justificación de mi vida. En el carrusel no había casi nadie, y la mujer negra comenzó a pasar de un caballo a otro, para

contarlos, me dijo. Un total de cincuenta y siete caballos de madera que giraban, como respondiendo al engranaje circular que comenzaba a regir mi vida. Los recuerdos, antes que las vivencias. La música del calíope sonaba durante los pocos minutos que duraron las siete vueltas (también la mujer las contó y me dijo el número). Durante la última vuelta ella permaneció en el caballo situado junto al mío, un caballo que subía y bajaba con la boca abierta, como relinchando del placer que sentía copulando con aquella mula de carne y hueso que, bajo esos mismos caballos de madera, pero cien años atrás, había gastado su vida tirando del carrusel, moviendo entre resuello y resuello, cada vez más cansada, todos los círculos: el del carrusel, el de mi cajita de música, el de mi vida.

En mi búsqueda sexual, S fue la persona de más relevancia que se cruzó en mi camino, puesto que se convirtió, al cabo de los años, en una amiga valiosa, y esa amistad ambas la hemos alimentado hasta hoy. La conocí antes de encontrar a Jim, cuando establecer un asentamiento sexual junto a otros como yo era tan importante para mí como la maternidad.

El interés de S en esta historia no radica solo en su papel en mi vida, sino en la propia historia, pues ella me proporcionó el arma del crimen, el material con que llevé a cabo mi delito. Pero los detalles exactos de todo esto se sabrán asimismo más adelante. Mi intención más inmediata es que ese lector que no es solo usted, la empiece a conocer, pues S, además de ser gran amiga y la pieza que cerrará conmigo el relato, es una de las mujeres más fascinantes que he conocido.

Era temporada de lluvias en Japón. Recuerdo que yo acababa de cumplir veintidós años. Llovía con esa lluvia inclinada que hace inútiles los paraguas. Me había metido en un soportal para resguardarme, diciéndome a mí misma que aquella sería la última vez que salía del apartamento con una tormenta así, pero al recordar el apartamento donde me alojaba en Tokio, casi vacío, rectifiqué, y decidí que no había nada peor que quedarme entre sus cuatro paredes tristes. No llevaría ni cinco minutos en el zaguán cuando un vecino en silla de ruedas se asomó a mis espaldas para pedirme de mala manera que me marchara y no encharcara el suelo con mis ropas

empapadas. No se preocupe usted — le dije—, yo todavía puedo andar, y me fui. No me había dado cuenta de que había allí una tercera persona, S, que ya en la calle me dijo que, si quería resguardarme de la lluvia, podía mostrarme un negocio que iba a abrir próximamente, pero que estaba concebido para ser clandestino incluso después de su inauguración. Aquello me intrigó y acepté la invitación. La naturaleza de su negocio, en aquella época y lugar, y en un barrio pobre de Tokio, me marcaría del mismo modo en que me habría marcado poner el pie en otro planeta.

Caminamos cinco minutos por las calles de la zona. A uno y otro lado de la calzada se alineaban unas casas de madera parduzca, la mayoría de dos plantas. Era una de esas calles tan estrechas que permiten que desde cada vivienda se pueda fisgar en la de enfrente, a modo de hurón que olfatea los interiores, nidos de humedades meteorológicas y también corporales. Unas humedades que asomaban en la transpiración de las matitas de musgo que crecían sobre todo entre las maderas que hacían esquina. Me detuve a mirar una. La microplanta guardaba agua en su vello rizoide, y mientras la observaba de cerca pensé que aquello debía de ser un rocío doméstico que nada tenía que ver con el frío de la calle. Me llevé a la boca un trozo de verde muy oscuro que, efectivamente, me supo a piel mojada. S me vio. Al principio sentí cierto pudor, como si me hubiera descubierto haciendo una extravagancia, pero también ella se llevó a la boca un trocito de musgo. Mientras caminábamos, probamos muchas otras algas terrestres y ásperas que daban vueltas en la boca resistiéndose a deshacerse, y que yo mascaba como si estuviera rumiando acerca del lugar adonde S me llevaba.

Llegamos al local. Aún no conocía ni siquiera el nombre de mi nueva anfitriona cuando S comenzó a comentarme la disposición de todos los objetos. En el centro, y por tanto en el eje de la sala, había una curiosidad, un objeto extraño que se erguía imponente como el ombligo de la tienda: la reproducción exacta de un consolador encontrado en Hungría, que los arqueólogos databan del periodo Mesolítico, alrededor del año 9000 antes de nuestra era. El nombre del yacimiento del que se extrajo, la fecha, el material y las medidas venían de fabrica en un cartelito pegado al pedestal, que convertía al consolador en un ornamento adecuado para cualquier

salón. Pero su carácter decorativo no reducía en nada su funcionalidad, pues gracias a su base desmontable aquel objeto podía ser utilizado de la manera más sencilla. Aquella piedra finamente pulimentada, de 18 cm de longitud, acabaría siendo, según supe años después, uno de los objetos más solicitados por algunos historiadores, ávidos de conocer los enigmas de la Edad de Piedra a través de un espasmo intenso. Pero en este testimonio y en la historia de mi vida, ese objeto es sobre todo, como he dicho, el arma de mi crimen, y aunque yo aún no lo sabía, me llamó tanto la atención que le pedí a S que me regalara una réplica de silicona. ¿No dicen que el arma del crimen es vital para esclarecer quién cometió un asesinato? Pues aquí la tiene, por escrito confirmo su existencia, porque la verdadera, la que utilicé, no podrá ser recuperada jamás.

Imagino que lo que me llamó la atención de aquel consolador mesolítico fue el pensar que una mujer o un hombre prehistórico, con apenas un idioma rudimentario, y nada menos que ciento diez siglos antes de la llamada revolución feminista, había decidido pensar su sexualidad con independencia del Otro. ¿Cómo no iba a sentirme identificada con ese acto cavernario de resistencia, yo, que precisamente me había pasado la vida dependiendo de los nombres con que otros quisieran etiquetarme? Pero, al apartar la mirada y el pensamiento de aquel objeto, vi otras cosas en ese lugar al que S me había llevado. Por ejemplo, aquella tarde vi por primera vez algo que, hoy en día, es bien conocido. Allí estaban. Unas muñecas de tamaño natural, de tacto y apariencia tan reales que tuve que acercarme para ver si tenían poros o no, pues su apariencia humana era tan notable que la inmovilidad no era suficiente para contradecirla. S me dijo que las hacía una amiga íntima, fabricante de autómatas. Y me explicó que las que estaba viendo, a diferencia de otras, no se movían porque estaban pensadas como mujeres pasivas, receptoras de todo lo que cualquiera quisiera hacer con ellas. Aún no había establecido el precio exacto, pero serían caras, me dijo.

Incluían, además, el compromiso por parte de la empresa fabricante de que, en caso de fallecimiento del dueño durante los dos primeros años de convivencia, la muñeca asistiría al velatorio como cualquier otro mortal, siempre que el difunto no tuviera viuda, o que hubiera declarado antes de su

muerte que su esposa reconocía a la mujer hinchable como parte de la familia.

No puedo evitar volver al pene mesolítico. Me da placer, ¿sabe? Quiero decir que me da placer pensar en lo que hice con él, meterle una mecha en la uretra para lo que usted ya sabe. Ya ve, ahí tiene la prueba de que no me arrepiento. De hecho ahora, cuando lo escribo, todos esos sentimientos de amor que siempre he considerado como definitorios de mi carácter se desvanecen ante el placer que me produce el recuerdo de aquella escena violenta que provoqué. Si ahora tuviera que dejar escrita mi última frase, sería esta: que se pudra la paz. Pero aún he de vivir un poquito más, siquiera lo necesario para irme tranquila, para reconciliarme con el amor que en mí, salvo excepciones, ha prevalecido.

También me mostró S otros útiles que, aunque hoy puedan encontrarse con relativa facilidad, en aquella época me sorprendieron. Linternas anales, para los amantes de los agujeros negros; estetoscopios que permitían escuchar y seguir la fricción producida por cualquier objeto intruso al entrar en el cuerpo; braguitas vibradoras de funcionamiento aleatorio, que durante las 24 horas en que se pegaban al cuerpo podían vibrar en el momento menos esperado, o incluso no vibrar, y que estaban por tanto diseñadas para los adeptos al azar. S era una inventora de complementos sexuales, y para mí, que nunca había visto ni uno solo de aquellos objetos, la sorpresa fue muy grande. Pero todo aquello era solo un modo de ganar dinero que no tenía otro objeto que financiar su gran proyecto, el diseño y posterior fabricación de lo que consideraba su mayor invento, un objeto entrañable que consistía en la réplica exacta de su sexo, un duplicado de su paisaje interior, desde los labios hasta el útero, y que tenía que llegar a ser tan parecido al de ella como se parecen dos gotas de la misma agua. Si bien tendría la apariencia de un consolador convencional, su función sería otra: encontrar a alguien con un hueco íntimo del mismo tamaño y complexión que el suyo. Al molde, al intermediario, al consolador, lo llamaría

« Solitude». Y « Solitude» era, por tanto, el anhelo de S por encontrar una doble, una mujer que se le pareciera como su alma sexual gemela, alguien que, cuando se acariciara, acariciara al mismo tiempo a S. No hace falta decir que me sentí acompañada al saber que S estaba, evidentemente, tan

sola como yo. Acaso, también como yo, necesitara creer de vez en cuando en los cuentos de príncipes y princesas, y por ello buscaba a su cenicienta por medio de algo más íntimo que el zapato del cuento infantil.

S inventó muchos de los artilugios que hoy se pueden encontrar en cualquier sex shop del mundo. Aspiradoras labiales, anillas erectoras, un acrecentador de miembros basado en el principio de tracción, a lo largo, para hombres, o a lo ancho, para mujeres, y orificios posteriores de ambos sexos; consoladores dobles para aplicaciones simultáneas, y otros con terminaciones cónicas diseñados para uso anal, llamados enchufes anales; prótesis; un columpio o trapecio pensado para posturas aéreas, con cinturón de seguridad y manual de instrucciones incluido; una pera lavativa resistente a cualquier tipo de líquido y temperatura, dependiendo del humor sexual del momento. ¿Ha probado usted alguna de estas cosas, señor? ¿Un enchufe anal? ¿Un acrecentador de miembros, tal vez? ¿Sabe que eso de que los japoneses tienen el pene pequeño es un mito? Personalmente no me importa el tamaño del pene, pero quiero atestiguar aquí que los japoneses no solo no tienen el pene pequeño, sino que, por lo que yo he podido saber, lo tienen más grande que los norteamericanos. Bueno, ya me dirá cuando me vea, ¿ha probado alguno de estos artilugios? Todos ellos, señor, se los habría aplicado yo simultáneamente a aquellos innombrables. ¿Por qué me ha vuelto, repentinamente, este sentimiento de odio? Pues sí, como le digo, si hubiera tenido alguno de estos objetos, además del consolador mesolítico, no habría dudado en utilizarlos, y todos a la vez. Me pregunto ahora qué temperatura resistirá exactamente aquella pera lavativa. En el paquete decía

«cualquier temperatura» pero ¿qué imprecisión es esa? ¡Cualquier temperatura! ¿Aguantaría la temperatura del sol?

¿Acaso los fabricantes que proporcionaban parte del material a S no sabían que desde Hiroshima hay que ser más cuidadoso a la hora de hablar de temperaturas? Yo habría comprobado en las carnes de aquellos tipos cuántos grados centígrados exactos resistía la pera, y luego habría escrito a la fábrica para que fueran más precisos. Usted sabe que estas cosas se hacen por estas tierras, ¿verdad? Claro que utilizan simples botellas de plástico y la mujer no es la que las introduce en el hombre, sino al revés. Más adelante le contaré el caso de Jeannette. No, usted no se va a escandalizar ahora,

leyendo todo esto. Lo que sí le extrañará es que sea yo, una mujer, la que piense en ello como hacedora de los hechos. ¿Añadiría saña a mi asesinato?

Pues tenga, añádala: añada ensañamiento, porque si no me ensañé no fue solo por no tener al alcance y utilizar todos estos objetos como instrumentos de dolor, sino porque fui lo suficientemente inteligente como para que el odio no me nublara la capacidad estratégica: soy mujer, el acto que cometí lo cometí yo sola, ellos eran hombres, eran más numerosos, y sabía que era necesario actuar rápido y sin ser vista. Pero sí, no se olvide, añada ensañamiento en la lista de los delitos, porque puede estar seguro de que, justo en el instante en que agarré el falo prehistórico, sentí en todo el cuerpo el último orgasmo que me faltaba por conocer, el tercero. Ya ve, en ningún caso podrá llamarme frígida. He conocido no solo el orgasmo de ambos sexos, el del hombre y el de la mujer, sino el orgasmo primigenio del ser humano: el placer de matar.

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