Yoro
Segundo mes: 1963
A la muerte se le olvidó mi hora
Convencí a Jim de que la búsqueda de su hija debía llevarnos a Japón, país al que yo había vuelto solo dos veces, y al que él no había querido regresar, y donde — me dijo— no esperaba recibir ningún tipo de ayuda para nuestras pesquisas. Yo no pude entender por qué no había comenzado su búsqueda por lo que yo pensaba que era el principio.
Fuimos en vuelo directo a Tokio, pues en esa ciudad Yoro le fue entregada por las fuerzas de ocupación americanas, el 7 de mayo de 1950, aunque la niña había nacido, según su partida de nacimiento, dieciséis días antes, el 22 de abril. De aquello hacía casi once años, el hospital militar provisional donde le dieron el bebé ya había desaparecido, y en la época de nuestra llegada había sido reemplazado por un ala del mercado de pescado más grande de Tokio, el mercado de Tsukiji. La demanda alimentaria de los vivos había acabado por imponerse, aunque siempre con ese perdón que en Japón se pide a los difuntos. Por eso en el mercado, en sus sonidos, en los movimientos, regía una especie de respeto, como un culto a los muertos que parecía darle un sentido sacro a la sangre de los últimos instantes que le son otorgados al pez antes de convertirse en pescado.
Acostumbrada a los de mi país adoptivo, observar este mercado japonés, que no visitaba desde mi adolescencia, me permitió interpretar, por la disposición de su mercancía, las diferencias entre el cerebro de Jim y el mío. En el mercado de Tsukiji, el pescado se exhibía por secciones, según la especie. En un lado los peces aguja, en otro los salmones. Había grandes áreas verdes dedicadas a las algas. Muy de vez en cuando, cargada en un camión, pasaba una ballena. De acuerdo con la disposición de la mercancía,
el mercado de Tokio es un museo que organiza lo que en las pescaderías norteamericanas parece un bazar. Esta diferencia en la compartimentación de contenidos era la misma que, en muchas ocasiones, nos separaba a Jim y a mí. Recuerdo aquel día en que un turista inglés se nos acercó para preguntarle algo a Jim, seguramente animado por sus rasgos occidentales.
Antes de irse, nos dijo que nos había oído hablar, y le dio a Jim la enhorabuena por su dominio del japonés. No era la primera vez que se lo decían, y me reí, porque Jim y yo nos comunicábamos en un idioma híbrido. Lo que había oído el turista no era japonés, sino una lengua fallida que, sin embargo, permitía a Jim comunicarse, más mal que bien, tanto en inglés como en japonés. Dejé de reírme cuando comprendí que ese idioma intermedio era un reflejo del limbo conceptual que a veces nos retenía a los dos. Al principio de nuestra relación no nos entendíamos. No es que no nos lleváramos bien. Tampoco se debía a las diferencias culturales, sino al hecho de que nuestros cerebros parecían estar en el mismo estrato evolutivo, pero de dos planetas diferentes. Lo que con otra persona podía ser una interrogación, una discusión, con Jim era un stop, una inclinación de respeto a otro tipo de inteligencia y, finalmente, una resignación al aislamiento, que se salvaba por un hecho fundamental: en la cama sí nos entendimos desde el principio, a pesar de todo, porque mis historias en la cama — usted lo verá— llevan siempre por delante un a pesar de todo.
Miro una de mis libretas de notas de aquel tiempo. Estas libretas son lo único que siempre ha viajado conmigo. Mi memoria. En la cubierta pegué la foto de una pintura del periodo Edo. Es una caza de ballenas. El agua debería estar roja. Pero el rojo del mar se suaviza, pues de lo contrario apagaría los tonos ocres de la costa. La estética es el pulso de Japón. La visión de esta pintura me hace recordar algo que Jim también repetía a menudo: en Japón la belleza de la laca cubre las maderas podridas con que las casas han sido levantadas. En esto, desde el hibridismo de mi identidad, sí le di la razón. Pero yo no estoy recubierta por ningún barniz. En mi cara, en mis cicatrices, muestro lo que soy. No hay mayor franqueza que la que dejó la bomba. La bomba, actuando de forma más natural que esa pintura del periodo Edo que para suavizar contrastes empalidecía los tonos de una
matanza, desveló la sangre negada de los cetáceos que tiñeron el mar de rojo para decir: soy yo el verdadero pincel, el de los pelos de uranio.
El resto de las libretas que he puesto sobre la mesa tienen todas la cubierta gris. ¿Sabe? Hay otro rasgo por el que se puede distinguir a un superviviente de Hiroshima. Para mí ese algo es un sonido que oigo al ver el color gris, por una especie de efecto sinestésico. Se trata de la voz, esa voz también inconfundible, de los hibakushas. La explosión podía no haber marcado la piel de un superviviente, pero siempre marcaba su voz. Todos sonamos parecido, hablamos con un timbre entrecortado, irregular y algo estriado como la fricción de un muerto que rasga una sábana para volver a nacer. Creo que por eso asocio la voz de un superviviente al color gris, el tono de la piel blanca que vira hacia la ceniza, o el tono del polvo inerte que avanza hacia la vida. Ni blanco ni negro. Ni muerto ni vivo. Recuerdo lo que me contaron, que durante los días posteriores a la explosión, cuando yo estaba en lo que quedaba del hospital, la gente caminaba con los brazos extendidos hacia delante. Los que habían quedado ciegos lo hacían para no tropezarse en el camino con otros supervivientes, pero también quienes conservaban la vista extendían de la misma manera los brazos quemados y viscosos, para evitar que se les pegaran al tronco. No eran muertos vivientes, sino vivos murientes. Para aliviar las quemaduras se ponían en la piel aceite de colza, el que se usaba para cocinar. Cuando se acabó, los supervivientes que aún tenían fuerzas iban a la estación ferroviaria para ordeñar de los trenes, como si fueran vacas, ese aceite negro de motor, pastoso, que luego se untaban por el rostro y por el cuerpo, ennegreciendo tanto el rojo de las quemaduras como el mismo negro de la piel carbonizada.
Regresar a Tokio me devolvía, tal como ahora trato de contarlas, todas aquellas imágenes, tan frescas como el pescado recién llegado a la lonja del mercado de Tsukiji. En mis libretas escribí frases, descripciones, que ahora podría utilizar, pero creo que si perdiera estas notas sería capaz de escribirlas de nuevo, palabra por palabra, y no porque sea capaz de recordarlas con precisión, sino porque mis sentidos reaccionan al recuerdo exactamente como lo hicieron entonces. Digamos que podría escribir las mismas libretas por primera vez, una y otra vez. En mi memoria el pescado
del tiempo nunca se pudre. Me duele esa condición permanente del pescado que ya no será pez pero que, inevitablemente, tampoco dejará de ser una eterna pieza de pescado fresco. Así resultó en Tokio. La ciudad a la que regresamos fue un inmenso atún que, oliendo a fresco, solo engañaba al hambre, porque no podía alimentarnos. Cuando Jim y yo tratamos de hacer indagaciones sobre el paradero de Yoro, todo se volvió hermético. Las escamas se juntaron hasta formar una superficie sellada y resbaladiza que se nos cayó de las manos. Jim tenía razón, allí nunca conseguiríamos ningún dato. Tokio nos cerraba unas puertas que ni siquiera quería mostrarnos.
Sentí que, de algún modo, yo había empezado mis pesquisas con esa sensación que siempre aparece en los inicios de toda búsqueda que, por estar apenas en su comienzo, no ha empezado a corroer las fuerzas, de modo que la abundancia de mis energías opacaba la capacidad para distinguir la ilusión de la realidad. Y esa era una capacidad que Jim sí tenía, por haber comenzado a buscar bastante antes y encontrarse, por tanto, en un nivel de cansancio que le exigía priorizar y ahorrar esfuerzos. En cualquier caso, durante ese viaje se afianzó la vinculación que establecí entre mi maternidad y la búsqueda de la niña de Jim. Encontrarla era la oportunidad que me daba la vida para hacer real la que hasta entonces se me había presentado como mejor posibilidad para ser madre. Hice mía a la hija de un hombre al que quise desde el primer momento, con la sencillez y verdad de lo que no puede ser explicado. Yo tenía veintiocho años. Él, bastantes más.
Edad más que suficiente para saber, ambos, lo que queríamos.
Efectivamente, Jim supo desde el principio que el bebé le había sido entregado solo en custodia. Desde que lo sostuvo por primera vez en sus brazos, comenzó una marcha atrás hacia el futuro, hasta llegar al día en que la niña cumpliera los cinco años, cuando debería entregarla sin hacer ninguna pregunta y aceptando que no volvería a verla nunca más. Todo estaba firmado. La niña era como un informe militar. Jim sería el primer cuidador, y a él le relevaría otra persona durante otros cinco años, y así sucesivamente, de modo que nadie se atreviera a apegarse a Yoro sabiendo, como se sabía desde el principio, que los cinco años de cada uno jamás se alargarían.
Pero el desapego programado no resultó, ni con Jim ni — como supe después— con algunas de las otras familias de adopción. Imagino que a Jim le tocó una de las etapas de Yoro más dolorosas, por ser una de las más bellas. Primero fueron esos días iniciales de un bebé que se alimenta y crece gracias a ti, y luego la transformación, la metamorfosis de bebé a niña. Jim no era muy dado a contar detalles excesivamente emotivos, pero a veces se le colaban en la conversación. Los contaba con un tono de frialdad seguramente forzada, aunque el contenido de estos detalles era tan intenso que el modo de contarlo no restaba emotividad. Así, me contó una de las noches que se levantó de la cama para ir a calmar el llanto de Yoro en la cuna. La tomó en brazos y le puso en la boca el biberón. Pero Yoro no parecía calmarse. Jim estuvo más de media hora tratando de que tomara al menos algo de leche. Yoro rechazaba el biberón. Entonces Jim la acurrucó y se la pegó al pecho. Jim dormía solo en ropa interior, tenía por tanto el torso desnudo y, mientras trataba de calmar a Yoro, la boca del bebé le tomó un pezón. Iba a retirarle la boca de su pecho cuando vio que el bebé se había callado. Dormía de nuevo mientras succionaba ligeramente. Me dijo que en ese momento conoció su maternidad, y que no le importaba no haber engendrado, porque el contacto de aquella boca hambrienta no de leche sino de calor humano bastó para hacerle madre. Pero los papeles que había firmado según las condiciones de la misión decían, en otras palabras, que Yoro solo tenía un padre y una madre: el ejército. Y el ejército, como todo el mundo sabe, tiene pezones, solo que los tiene hacia dentro. Es un cuerpo que no alimenta, una perra que, en lugar de amamantar, succiona las fuerzas de su camada. La carrera militar de Jim era intachable y había participado en otras misiones que habían acabado anulando su individualidad, según me dijo. Esto hacía de él un buen candidato. Pero en veinticuatro horas se inició la destrucción de toda una carrera como militar anónimo. Lo que al inicio él tomó como parte de su labor militar se convirtió enseguida en su peor miedo. El primer día pensó que sería difícil desprenderse de Yoro. El segundo, supo que sería imposible.
Cuando nos conocimos, Jim llevaba cinco años buscando a Yoro, que en aquel momento tendría ya diez años. Su negativa a entregarla le valió enfrentarse a un tribunal militar, pero finalmente el juicio fue suspendido
por la necesidad que tenía el ejército de mantener el caso tan secreto como fuera posible. Pero sí fue expulsado de las fuerzas armadas, por desobedecer las órdenes que le prohibían establecer con la niña unos lazos que pudieran, como finalmente ocurrió, vincularle a ella de tal manera que se negara a entregarla. Desobedeció, por tanto, las órdenes más absurdas, las que se resisten a darse y mucho más a cumplirse: órdenes afectivas.
Jim se vio, de un día para otro, sin Yoro y con su carrera militar terminada. Pero conservaba algún amigo gracias al cual encontró el extremo del hilo del que tiraría durante mucho tiempo, unos documentos que indicaban que la niña había sido adoptada por una familia en Estados Unidos. Cuando le conocí en Nueva York estaba en las últimas pero siempre lentas indagaciones, que concluirían dos años después de nuestro regreso de Tokio. La familia que tenía a Yoro o, al menos, la última que la había tenido, residía en Nuevo México. Concretamente, en un lugar que nunca había imaginado que podría pisar: Los Álamos, el espacio que fue creado precisamente para desarrollar la primera bomba atómica, y desde donde se coordinó secretamente el Proyecto Manhattan.
Era julio de 1963 cuando llegamos a Los Álamos con la excusa de visitar, gracias a la intervención de los contactos que Jim conservaba, el Laboratorio Nacional. Hacía muchísimo calor, y no pude evitar hacer una conexión entre ese calor y las pruebas de la bomba atómica que tuvieron lugar durante la misma época en aquel mismo enclave. Me encontraba en el útero que había dado a luz y había lanzado sobre Hiroshima a su criatura, en el útero que había concebido lo que arruinaría, también, mi sexo. Aquel fue el lugar donde Robert Oppenheimer, con tan solo treinta y ocho años, escuchó la propuesta del general Leslie Groves, que le puso al frente del equipo de los mejores científicos del mundo, casi todos mayores que él. Jim me contó muchas cosas de aquella misión, que fue uno de los secretos mejor guardados de la Historia: se trataba de desarrollar la primera bomba atómica antes de que lo hicieran los alemanes.
Oppenheimer aceptó la dirección del proyecto. Casi todos aceptaron.
Científicos y militares trabajaron día y noche, recluidos en aquel recinto,
con la sola obsesión de encontrar el modo de llevar a la práctica la fórmula que ya poseían en el plano teórico. Y debían conseguirlo antes de que lo hiciera el enemigo. El equipo trabajó con mucho entusiasmo. Al principio había incluso una atmósfera de campamento de verano. Al fin y al cabo se trataba de una carrera, y no una carrera cualquiera, sino una carrera de las élites deportistas más competitivas: una carrera de cerebros. Cuando un genio recibe el reto de aventajar a otro, es difícil que la conciencia de que lo que está haciendo es crear un monstruo le haga retroceder. Cuando una inteligencia se excita, es difícil que ningún sentido ético obstaculice la necesidad de culminar el placer que aguarda a quien consigue encontrar la solución de un problema de máxima dificultad. La posibilidad de engrandecer los límites de la mente superaba cualquier tipo de disyuntiva moral. Al principio, científicos y militares chocaban por cuestiones éticas y políticas, pero fue evidente que eran choques superficiales el día en que supieron que los alemanes no estaban ni siquiera cerca de desarrollar armamento nuclear y que, además, su rendición era un hecho. En ese momento los científicos tuvieron que enfrentar la realidad de que el motivo por el que habían sido llamados, adelantarse a los alemanes en la creación del armamento más destructivo jamás imaginado, había perdido toda razón de ser. Se trataba entonces, solo, de seguir trabajando en la creación del monstruo, pero no para destruir a otro monstruo, sino solo para verle la cara, darlo a luz y, lo que aún no sabían, bautizarlo, lanzándolo sobre la población civil japonesa. Así, en noviembre de 1944 el coronel Boris Pash, comandante de Alsos Mission, que se encargaba de vigilar los progresos atómicos de los nazis, envió un telegrama en clave al general Groves. Jim me dijo que el telegrama, cuya exactitud no he podido contrastar, anunciaba: «La madre no ha tenido un bebé, ni siquiera ha estado embarazada, los doctores la declaran infértil». La infertilidad de Alemania, su incapacidad para ensamblar la bomba, dejó a los cerebros que investigaban en Los Álamos con la responsabilidad de trabajar, a partir de entonces, no tanto para ganar una carrera por la paz, sino por la guerra. Tras los primeros ensayos de Trinity, Robert Oppenheimer, utilizando una frase del texto sagrado hinduista Bhagavadgita, expresaría sus sentimientos así:
«Desde hoy me he convertido en muerte, el destructor de mundos».
Y allí estábamos, en Los Álamos, llamando a la puerta de una familia desconocida para preguntar sobre la hija de Jim, también mi niña. «Con solo verla un minuto — me dijo Jim por el camino—, o al menos con solo saber que está viva, sana, contenta, me conformaría».
Una mujer rubia, que llevaba un peinado sofisticado, abrió la puerta. Me sentía como una mendiga. Seguramente esa familia también formaba parte de aquella operación que debía criar a la niña sin establecer demasiados vínculos. Con toda probabilidad ellos habrían tenido que pasar por lo mismo que Jim. Y yo no estaba muy desencaminada. Tres minutos después estábamos sentados en el sofá del salón de esa familia hablando con una señora que nos decía que hacía ya dos años que Yoro no estaba con ellos. Se la habían llevado. Nos dio un dato poco fiable — advirtió— sobre su paradero. El alcohol la había debilitado tanto que aquella mujer no se sentía con fuerzas para una búsqueda que, suponía, era imposible, pues cómo iba a encontrar ella, o su marido, algo que las fuerzas secretas del ejército ocultaban. Y luego comenzó a hablarnos sin parar de un proyecto del que, según nos contó, habían retirado a su marido. Se llamaba Proyecto Orión, y nos lo contaba entusiasmada porque fue, dijo, lo único bonito que ella vio durante aquellos años de trabajo en la peor industria de la muerte.
Según la señora, su marido había trabajado en Los Álamos con el matemático que presentó por primera vez el proyecto en 1946, el polaco Stanislaw Martin Ulam, un proyecto que años más tarde se desarrollaría en el General Atomics, el centro de Física Nuclear de San Diego, gracias al trabajo con uno de los físicos que, aún hoy, sigue defendiendo el — para algunos delirante— sueño, Freeman J. Dyson. El Orión partía, para muchos de sus integrantes, de una idea de salvación: cómo evitar que la raza humana se extinguiera en caso de que este planeta no tuviera más alternativa que ser desalojado. En aquel momento, como ahora, no había modo de alcanzar distancias suficientes a través del espacio para llegar a un lugar habitable. Pero el Orión se basaba en un método de propulsión para naves espaciales que superaba las deficiencias de los combustibles probados en cohetes químicos, y permitía, por tanto, cubrir mayores distancias en viajes interplanetarios. El sistema consistía en colocar una serie de bombas atómicas en la parte posterior de la nave, de forma que su explosión
consecutiva provocara, a partir de la onda expansiva, su propulsión, que conseguiría alcanzar velocidades de un porcentaje considerable de la velocidad de la luz. Teniendo en cuenta que el cuerpo humano no soporta durante un periodo prolongado una aceleración superior a los 49 m/s2, se hicieron los cálculos para estimar cuántas bombas atómicas harían falta para alcanzar la velocidad de escape, esto es, la velocidad necesaria para salir del campo gravitacional de la tierra, y se concluyó que deberían explosionarse de dos a cuatro bombas por segundo, lo cual, solo para mantenernos fuera de órbita, supondría una cifra inicial de más de mil bombas atómicas. Gran parte de la información, nos dijo la señora, había sido declarada top secret en 1959. En un momento en que se había encontrado estroncio 90, material radiactivo, en los dientes de leche de niños que vivían cerca de las zonas donde se realizaban las pruebas nucleares, y en unos años en los que la población mundial se levantaba en contra del armamento y la energía nuclear, el Proyecto Orión proponía la explosión no de una sola bomba, sino de miles, lo cual conllevaba otro peligro inconmensurable, que venía detallado en los informes: las alternativas para conseguir el material de la manera más económica posible.
Conocer esas vías habría hecho que cualquier país tuviera acceso a la producción masiva de armas atómicas a un precio asequible. Así pues, gran parte del proyecto era secreto, pero los datos que nos dio la señora, relativamente superficiales, ya estaban desclasificados. Nos dijo lo que aquello había significado para ella. Ese artilugio del diablo que era la bomba atómica, aquello que, en el momento debido usted verá de qué modo está asociado a la pérdida de Yoro para todas las sucesivas familias adoptivas, serviría, por una vez, para algo positivo: sacar a un puñado de hombres de este inhumano planeta. Aunque no fuera ella una de las afortunadas que podrían abandonar la Tierra, le bastaba saber que alguien tendría la posibilidad de comenzar de nuevo en un lugar tan lejano que, con el tiempo, haría de nuestro planeta una bola azul que la gente señalaría como el símbolo del abandono merecido. Recluida en aquel campamento prefabricado donde todo, salvo la muerte, parecía artificial, el Proyecto Orión fue lo único a lo que sus fantasías pudieron aferrarse durante aquel tiempo. Un amigo de su marido, Mateo de Paz, una de las mentes más
brillantes del General Atomics de San Diego, los visitaba de vez en cuando.
El nombre de ese amigo, Mateo de Paz, le parecía una pieza extraordinaria más de aquella utilización de la bomba no para matar, sino para vivir. Solo por ese nombre, que además permitió que aquella mujer se reencontrara con su origen mexicano, durmió con él muchas noches. Pero esto fue después de que un tratado viniera a truncar su sueño de evacuación, el llamado
«Tratado de prohibición parcial de ensayos nucleares en la atmósfera, en el espacio exterior y bajo el agua». Un nombre muy largo que ella no olvidaría.
El Orión comenzó a morir, pues, cuando se prohibieron los ensayos nucleares. Un par de años más tarde me acordé de aquella señora al leer en la revista Science un artículo del propio Freeman J. Dyson, titulado «La muerte de un proyecto». Me llamó la atención porque Dyson venía a resaltar algo que no suele asociarse con el objetivo principal de una bomba atómica: su posibilidad de redimir a la humanidad, de compensarnos por lo que hicieron esas bombas en Hiroshima y Nagasaki. Sus palabras, según tengo anotadas, eran estas:
«Quizás sea conveniente que los avances radicales en tecnología, que pueden ser utilizados tanto para fines buenos como perversos, queden interrumpidos hasta que la especie humana sepa organizarse para tratar con ellos. Pero los que han trabajado en el Proyecto Orión no pueden compartir este punto de vista. No pueden olvidar el sueño que un día incendió sus imaginaciones en 1958 y los sostuvo, más tarde, durante años de lucha. El sueño de que la bomba que mató y mutiló en Hiroshima y Nagasaki podría un día abrir los cielos para la humanidad».
Jim y yo habíamos llegado tarde, pero al menos teníamos una nueva dirección que, aunque de dudosa utilidad, siempre parecía mejor que nada.
La esperanza hacía que todos los padres de Yoro nos aferráramos a pistas de frutos improbables. Lo mejor que sacamos de aquella visita fue que la mujer nos enseñó fotos de Yoro tomadas durante el tiempo que estuvo con ellos. Así Jim llenó algunas lagunas, al menos las relativas a cuál podía ser su aspecto físico. También nos habló de cuánto le costó a Yoro adaptarse a ellos durante los primeros meses. Extrañaba a su padre. Para Jim esto fue un regalo de valor incalculable, aunque luego, en el coche, me diría que se
sentía egoísta, pues habría sido mejor para Yoro no extrañarle, y, sin embargo, cuánto le aliviaba saber que ella lo recordaba… Correspondió a la generosidad de la mujer mostrándole algunas fotos que llevaba en la cartera. Yoro recién nacida. Yoro con dos años. Con tres. Con cinco. Justo antes de desaparecer. Así, entre los dos, completaron la imagen de Yoro más actualizada que, dentro de sus posibilidades, podían tener.
Ya se habrá preguntado usted muchas veces, a estas alturas del relato, por qué también aquella señora pensó que toda búsqueda de Yoro sería infructuosa, por qué la ocultaban, y por qué, como máximo, podríamos averiguar el itinerario que la niña había recorrido, pero jamás el lugar donde se encontraba en el momento presente. Parecía una competición macabra, en la que teníamos que recoger partes de un cuerpo diseminado por distintas geografías, a fin de recomponerlo y darle vida con la última pieza, la más importante, la que parecía que nunca llegaríamos a encontrar antes de que los gusanos la disolvieran. Las pistas, en su momento, nos parecían útiles, pero en realidad hoy se me presentan como distracciones de latón que nos demoraban, con su brillo falso, en la búsqueda de lo esencial. He llegado a pensar que esos destinos nos frieron revelados a propósito, sabiendo que llegaríamos siempre tarde, para entretenernos y hacernos creer que los habíamos descubierto como fruto de nuestras pesquisas. Pero esto último son solo especulaciones. El resto de las preguntas sí podría contestarlas, pero usted no lo entendería, así que me va a permitir que por ahora le haga esperar. Es una espera necesaria, porque lo que usted sabrá antes de terminar de leerme es tan difícil de explicar que no podría comprenderlo si yo no fuera dosificando una información que, gotita a gotita, se irá sedimentando en su conciencia hasta que la estalactita del significado rasgue ese momento en que uno entiende lo que solo con los pasos del tiempo se puede entender.
La historia de Jim fui conociéndola poco a poco. También él fue dosificando la información. Hoy creo que si no hubiera ido midiendo todo lo que me contó de su vida no me habría quedado junto a él. Siempre pensé que me enamoraría de alguien poco curtido, cuya ingenuidad me aliviara de
mi propia historia. Pensaba yo que, si tenía una tendencia hacia cierto tipo de hombre, era hacia un hombre escasamente dolorido. Así que, cada vez que Jim me contaba algo más sobre su pasado, me quedaba mirándolo sin decir nada, tratando de evitar que notara la sorpresa que yo sentía al comprender que me había enamorado de él. Era este un sentimiento tan concreto que le sería difícil de identificar, pero aun así temía que pudiera leerlo en mi expresión.
A veces un simple objeto conectaba a Jim con un recuerdo y comenzaba a contarme. Un día ese objeto fue una bicicleta. Estábamos en Central Park y se quedó ensimismado mirando la bici de alguien que pasaba, y luego todas las bicicletas de los que disfrutaban del domingo haciendo algo de deporte. Mientras caminábamos empezó a contarme algo más sobre sus trabajos en el ferrocarril de Birmania.
Ni él ni sus compañeros habían sido preparados para sobrevivir a la selva birmana. Y trabajar en aquellas condiciones —aseguraba— era incluso peor que los combates bélicos. Los japoneses tenían armas, tanques, pero también tenían algo que, concebido en sus orígenes como medio de recreo o de transporte plenamente pacífico, fue transformado en el sistema capilar que transportaba la sangre de la guerra: bicicletas. Con el tiempo averigüé que Jim estaba obsesionado por las bicicletas. Imagino que apreciaba en ellas ese modo tan discreto de moverse relativamente rápido.
En efecto, fueron muy utilizadas por los japoneses para desplazar la artillería por terrenos complicados. Pero Jim veía en ellas algo más que un medio de transporte bélico. Después de sobrevivir no solo a los trabajos forzados y las torturas, sino también a veinte ataques de malaria, difteria, disentería y beriberi, él mismo se identificó con esa facilidad que tiene el ciclista para avanzar, y esa idea fue para él una fijación: rodar hasta el final de la guerra. Me contó que por las noches, para conciliar el sueño a pesar de la humedad, los mosquitos, las diarreas, los vómitos suyos y ajenos…, imaginaba que era la bicicleta invisible que le sacaba de allí. Esta clase de fantasías eran modos de evasión comunes entre los prisioneros, y aquí recuerdo, por ejemplo, un testimonio que leí en las crónicas de George Weller, pero que Jim ya me había contado de una manera casi tan obsesiva como cuando hablaba de las bicicletas. Así, me recordó decenas de veces
que otro medio de evasión entre los prisioneros que padecían cada día la tortura del hambre consistía en intercambiar — como si fueran cromos de niños que juegan ociosos— recetas de cocina. Se las pasaban de unos a otros, salivando en el intercambio como si realmente se tratara de comida.
De igual modo que Jim nunca fue la bicicleta que soñaba que le permitiría huir de allí, aquellas recetas eran solo papel que, en el mejor de los casos, tenía algo de color. Sin embargo, ambas virtualidades, la de las ruedas y la de los ingredientes de tinta, constituyeron una gran parte de ese alimento que necesitaba no ya el cuerpo, sino la fantasía, para sacar con vida a un hombre de aquella selva.
Gracias a aquellos relatos, lograba comprender ciertas manías de Jim, ciertas fobias que no me molestaban especialmente, pero que, una vez comprendidas, apreciaba desde un sentimiento de ternura. A Jim le daban pánico los espaguetis a la boloñesa. Por supuesto, sabiéndolo, yo nunca los preparaba en casa pero, si estábamos en un restaurante y se daba la circunstancia de que los comensales de una mesa cercana habían pedido ese plato, Jim se ponía, literalmente, a temblar. Me contó que en aquellos días en la selva, las recetas, al ser un modo de evasión, una vía de escape, se convertían a veces en motivo de pelea. Había ciertas reglas para el intercambio. Una de las reglas era que no se podían intercambiar recetas repetidas ya que, por lo visto, cuando las fuerzas flaquean, también lo hace la inventiva y, para estimular la capacidad de fabulación, la singularidad era importante, pues en la calidad de lo único se vertía la competitividad, el riesgo, y hasta el juego, todo ello sinónimo de vida. Pero ocurría que a veces el juego, en manos de unos hombres hambrientos y deshidratados, se convertía en un delirio, y los prisioneros se metían en peleas en las que podían morder y matar como una jauría de perros famélicos que se disputan un mismo trozo de carne. Jim me contó uno de estos casos, que sucedió con la receta estrella, aquella que todos se disputaban: espaguetis a la boloñesa.
A pesar de que había personas con diferentes culturas culinarias, todos parecían gustar de esa mezcla de pasta, carne y tomate, y se peleaban como fieras por lo que solo era una sopa de letras. La última disputa por los espaguetis terminó con dos muertos. En la alucinación consecuencia del
hambre, un prisionero se lanzó sobre los cuerpos rotos de sus compañeros, una carne tan roja como la pasta por la que había comenzado la reyerta.
También en aquel paseo por Central Park Jim me contó por qué temía las saunas. Cuando entre los prisioneros se producía alguno de aquellos actos salvajes, los prisioneros que todavía estaban en condiciones físicas de mantener cierta lucidez se encargaban de acabar con la vida de los enajenados. Con esto evitaban que los japoneses se confirmaran en la valoración de los reos no como personas, sino como animales, como cosas, y torturaran a los responsables. Acabar con sus camaradas de una manera rápida era mucho mejor que aguantar los gritos, las súplicas, los dolores de los moribundos durante días. Lo peor eran las sweatboxes, porque la muerte en ellas era lenta, y como estaban situadas junto a las barracas, los gritos que salían de ellas durante la noche no dejaban dormir a los que al día siguiente trabajarían durante dieciséis o dieciocho horas seguidas. Estas sweatboxes eran unas cajas en las que se confinaba individualmente a los reos, que inmediatamente comenzaban a sudar. Debido al material con el que estaban construidas las cajas, y a que eran herméticas, las víctimas de esa tortura comenzaban a deshidratarse en pocos minutos, pues aquellos espacios estaban pensados para conservar todo el calor, como un horno, donde los prisioneros se cocían a fuego lento. Todavía tantos años después, Jim era incapaz de entrar en una sauna. De hecho, nunca pudo comprender que hubiera gente que pudiera disfrutarlas, pues aquellas cajas de tortura que vio hacía tantísimo tiempo habían llenado el significado futuro de cualquier habitáculo hecho para sudar.
Jack Bridger Chalker fue un artista inglés que, estando prisionero en Birmania, retrató a sus camaradas. Jim me había hablado de él, pero nunca me quedó claro si le conoció personalmente. Cuando todavía no había visto las imágenes, tampoco pregunté si él había sido retratado, pues en medio del sufrimiento colectivo esta pregunta me parecía una impostura. Pero cuando años más tarde fueron publicados los dibujos y vi los rostros concretos, unas facciones personales que no representaban al colectivo, sino que retrataban el sufrimiento individual; cuando distinguí las facciones
reales, con sus gestos y con sus arrugas y sus pliegues, no le pregunté a Jim si él estaba allí, pero sí le busqué, hojeando el libro, apresurada, repetidas veces.
En uno de los dibujos aparecía un hombre en pie amarrado a dos varas de bambú que, en comparación con el cuerpo enflaquecido del prisionero, parecían mucho menos esbeltas de lo que habitualmente son esas cañas. Del cuello del hombre colgaba un cubo con un asa que parecía ser de alambre y, al estar inclinada su cabeza hacia la boca del cubo, uno se preguntaba viendo esa imagen si los guardias lo habían colocado expresamente así para que la víctima evacuara los vómitos de la debilidad o la enfermedad o si, por el contrario, el cubo era en sí mismo un instrumento de tortura debido a un contenido que desconocemos.
En otro de los dibujos se veía un pie ulcerado que dejaba a la vista huesos, tendones envueltos en pus. Las úlceras tropicales, leí o escuché, eran causadas por las bacterias del terreno, ciertos microorganismos que se iban comiendo la carne como lo haría un ácido. Un arañazo bastaba para abrir la puerta a estas termitas invisibles.
Una de las ilustraciones que más me llamó la atención fue la que mostraba las bocas abiertas de alguno de los prisioneros en el interior de una tienda de lona. Parecía que se curaban las llagas unos a otros, y en la boca de uno de ellos, abierta como un óvalo negro, se escuchaban los gritos de todos los demás. Pensar en este dibujo provoca en mi recuerdo, todavía hoy, la sinestesia entre la vista y el oído, un dibujo a lápiz y acuarela que se mete en los oídos como un lamento agónico.
Al pensar en esas imágenes vuelvo a recordar el Convenio de Ginebra relativo al trato de los prisioneros de guerra. Fue el propio Jim quien me dio una copia que, repito, resuena en mí como una premonición del incumplimiento de otros tratados internacionales. Contrastar las vivencias de Jim con los artículos del convenio me crea una sensación de impotencia solo comparable a recordar mis propias vivencias a la luz de convenios humanitarios similares. Leer estos artículos significa leer todo lo que no solo no se cumplió, sino lo que se anuló por medio de la cosificación de los prisioneros, a los que se despojó de cualquier rastro de apariencia humana.
Permítame que cite aquí algunos de esos artículos, elegidos al azar. Verá
que en cada uno añado, entre paréntesis, el incumplimiento del tratado según las vivencias de Jim.
Insisto en que todo esto es solo un ejemplo de la violación de tales tratados hasta hoy. Considere que esto es apenas otra pieza más del puzle que, una vez completado, terminaría por dar forma a mi venganza. Al final todos la podrán ver tan clara como una fotografía.
Artículo 2
Los prisioneros deben ser tratados, en todo tiempo, con humanidad y protegidos especialmente contra los actos de violencia, insultos y la curiosidad pública. (Jim no fue tratado ni como un ser humano ni como un animal inteligente, sino como una bacteria expuesta a los ojos curiosos de un químico que la provoca para observar mutaciones, mutilaciones, muerte. Me contó que de vez en cuando un guarda pasaba y pedía a algún prisionero que se arrodillara y abriera la boca. El guarda le escupía dentro. Si el prisionero se tragaba el escupitajo sin ni siquiera hacer un gesto de asco, el guarda proseguía su camino; de lo contrario, lo degollaba).
Artículo 9
Los prisioneros capturados en regiones malsanas, o cuyo clima fuere pernicioso para las personas procedentes de regiones templadas, serán transportados, tan pronto como se pueda, a un clima más favorable. (Cientos de presos murieron a consecuencia de enfermedades derivadas directa o indirectamente del clima de la selva. Nunca se pensó en su traslado, puesto que habían sido llevados allí para trabajar en aquel preciso lugar).
Los beligerantes evitarán, en cuanto sea posible, reunir en un mismo campamento a prisioneros de razas o nacionalidades diferentes. (Otro de los grandes problemas fue que, a conciencia, los japoneses mezclaron a los reos, forzándolos así a atacarse mutuamente como si fueran perros de pelea).
Artículo 11
La ración alimenticia de los prisioneros de guerra será equivalente en cantidad y calidad a la de las tropas del recinto.
Quedan prohibidas todas las medidas disciplinarias colectivas que tengan relación con los alimentos. (Los prisioneros tenían que matar ratas, lagartos y gusanos para poder sobrevivir. Solo les daban, al día, una bola de arroz del tamaño de un puño).
Les será suministrada agua potable en cantidad suficiente. Se les autorizará el uso de tabaco. Los prisioneros podrán ser empleados en las cocinas. (Los prisioneros tenían que romper tallos de ciertas plantas para refrescarse con su savia. Cuando les daban agua se la arrojaban a la cara en cubos para ver cómo se lamían unos a otros para combatir la sed).
Artículo 30
La duración de la jornada de trabajo de los prisioneros de guerra, incluyendo el trayecto de ida y vuelta, no será excesiva, y no deberá, en ningún caso, exceder de la admitida para los obreros civiles de la región que estén empleados en el mismo trabajo. Se concederá a cada prisionero un descanso de veinticuatro horas consecutivas cada semana, preferentemente los domingos. (Aquello era un campo de trabajos forzados, no había tiempo de descanso y, mucho menos, veinticuatro horas).
Que Jim estuviera o no en los dibujos de Jack Bridger Chalker es irrelevante, pero esos dibujos me confirmaron algo que él decía repetidamente: «Cuando me llegó la hora, la muerte pasó de largo». Esta idea lo envolvía en un halo de protección que cualquiera podía sentir.
Efectivamente, Jim era capaz de vivir como si la muerte se hubiera olvidado de su cita con él. Un día, estando en una reserva nacional al borde de Canadá, me llamaron para decirme que habían visto que la avioneta en la que Jim volaba con un amigo nuestro se había estrellado al otro lado del lago. Cuando estábamos llegando y vi por el camino los hierros desguazados y piezas calcinadas, tuvieron que sujetarme dentro del jeep para que no me desvaneciera. Al llegar, Jim estaba tratando de suturar el
corte en el cuello de un búfalo que, asustado por el accidente, se había quedado enganchado en una valla de espinos. Así pasaba cada vez que la desgracia parecía rondarle cerca. O no tocaba a nadie o le tocaba a otro, y él siempre decía lo mismo: «No te preocupes. Ya te he dicho que a la muerte se le olvidó mi hora». Aunque Jim tenía diecisiete años más que yo, aún era joven, y nunca me gustó esa imagen que él se había hecho de la portadora de su guadaña, a quien veía como una cabeza distraída, porque, como verá usted más adelante, la muerte no se había olvidado de él. O quizás debería decir que la muerte, que sin duda no se había olvidado de mí, esperó a que nos conociéramos para llevárselo y matarme, así, otra vez, una vez más.
Pero esto se lo contaré después. Sea como fuere, en aquellos momentos yo quería creer lo que me decía, que sería un vivo eterno. Quizás aquí esté el origen de uno de los sueños recurrentes que tengo todavía hoy. Estoy en una habitación con una gran ventana. Tengo un libro en la mano, pero más que leyendo me entretengo mirando a un pajarito que está en una jaula. Salta de un palito a otro, con esos movimientos algo nerviosos que tienen los pájaros enjaulados. Yo lo observo durante unos minutos, tranquila, y de repente veo que algo le ocurre. Ha caído al suelo de la jaula y sufre temblores, convulsiones. Entonces cojo la jaula y salgo de la casa corriendo para buscar ayuda, un veterinario, alguien, de puerta en puerta. Todo el mundo me remite a otro, a otro, a otro, y yo sigo corriendo y preguntando, cada vez más desesperada y con más prisas, porque veo que el pájaro sufre. Al final, cuando me aseguran que en la acera de enfrente hay una casa donde seguro que podrán ayudarme, cruzo la calle, y justo cuando la estoy cruzando viene un coche y me golpea. Caigo al suelo y veo que la jaula sale despedida hacia arriba, de manera que la puerta se abre, y el pájaro sale sano y salvo, y empieza a volar, exactamente al mismo tiempo que mi corazón se para. Jim decía ser, efectivamente, el alma que, cuando el cuerpo muere, escapa. Solo que, en su caso, volvía al mismo cuerpo justo a tiempo de enlazar el último latido del corazón con el siguiente, el primero en la cadena de una nueva supervivencia. Ojalá hubiera sido así, el pálpito eterno de un pájaro libre.
Qué le importarán a usted mis sueños. Pero ya se lo dije, escribo con la ilusión de que otros, quizás, me lean sin tener que juzgarme. Además, quién sabe lo que esos representantes de la psiquiatría forense pueden sacar de
mis sueños. Mi inocencia o mi culpabilidad. Puro azar cuando te evalúa un psiquiatra que desconoce que un cerebro, hoy por hoy, no se puede categorizar. Pero no crea que se me olvida que estoy solo en sus manos. Mi caso no pasará por ningún psiquiatra, algo que sí le agradezco.
Cuántas cosas he tenido que buscar. Yoro fue sin duda la más preciada, pero cuando conocí a Jim, hacía muchos años que había iniciado otra búsqueda, la de personas que, como yo, no se encontraban cómodas dentro de los esquemas de ninguna categoría sexual. Cualquier etiqueta me hacía sentir como encerrada en un corsé pensado para otro cuerpo, un traje de neopreno con el que cualquier movimiento se hacía pesado y del que uno no puede desprenderse si no es con mucho esfuerzo. Me habría sentido bien desnuda, quiero decir, en una no categoría, pero mi estatus acategórico no era aceptado, porque la gente, sabe usted, necesita poner la etiqueta en el bote de formol de cada especie. El problema es esa superioridad que cualquier etiqueta parece tener por el mero hecho de haber sido aceptada como tal, de haber sido impresa. Eso me parece a veces nuestra vida en sociedad, todo consiste en que unas cuantas personas se pongan de acuerdo y estén dispuestas a pagar por las letras que componen el nombre de su colectivo en una camiseta o una gorra. Las posibilidades del individuo, del solitario, son ínfimas, porque representarte a ti mismo sale muy caro. Hoy hablan de minorías. Me río yo de la exclusión de las minorías. La verdadera marginalidad es la que siente el que no tiene acceso ni siquiera a un grupo minoritario. El mundo está hecho de grandes minorías, pero durante mucho tiempo yo estuve radicalmente sola. Recuerdo ahora las primeras vacaciones que pasé con mi familia adoptiva. Fuimos a Londres y, uno de los días, visitamos el Museo de Historia Natural. Nos apuntamos a una visita guiada que nos mostraría, en grupos reducidos de cinco personas, algunas de las especies que más tarde formarían parte del Centro Darwin del mismo museo. Mis padres y hermana, todos norteamericanos, otro visitante, y yo, conformamos un grupo que siguió a una bióloga vestida con una bata blanca, que fue nuestra guía. Nos llevó a una primera estancia rectangular y cerró la puerta. El olor a formol, a viejo, a muerto disecado
era fortísimo. Me causó mucha impresión. Y luego, en los estantes, me fijé en los cientos y miles de pequeñísimos botes que contenían, según la bióloga, los organismos más simples que quería mostrarnos. Bacterias, vidas invisibles, de menor a mayor, hasta pasar a líquenes o microinsectos.
Las sucesivas salas eran también rectangulares, bastante estrechas, y se sucedían una tras otras, como si estuvieran dispuestas a lo largo de un larguísimo pasillo separado por puertas. Y a cada nueva sala, el olor era más intenso, y más grandes los botes que contenían, a su vez, especímenes también cada vez más grandes. Cuando llegamos a los simios y vi aquellas caras prácticamente humanas conservadas en líquido, aquellas manos como de niños, aquellas expresiones tan diversas de según qué rostros, tuve un ataque de pánico que recuerdo muy bien, el primero de mi vida. Ni mi nueva familia, ni la guía, ni el otro visitante me parecían pertenecer a la misma especie que yo. Cualquiera de los animales encerrados en botes de cristal me resultaba más similar a mí que los que habían entrado conmigo para verlos. Entonces tuve pensamientos delirantes, y sentí terror al pensar que, siendo yo la extraña en aquel grupo humano, a la bióloga se le podía ocurrir la idea de meterme en uno de aquellos botes para exhibirme ante el siguiente grupo de turistas. Era un miedo tan potente que empecé a pedir a gritos que me sacaran de allí. Una vez fuera, mientras trataban de tranquilizarme y me daban un poco de agua, no podía dejar de pensar en una cosa: lo que me había pasado me mostraba a vista de pájaro mi propia miseria: de los cientos de miles de especímenes que contenía aquel museo, incluyendo las personas que me acompañaban, no podía sentirme identificada realmente con ninguno. Esa sensación de ser única en mi especie me ha acompañado hasta hoy, cuando eso ha dejado de ser para mí un problema. El problema era cuando sentía que mi unicidad me condenaba a ser invisible, cuando sentía que lo único digno que alguien querría mostrar de mí era mi ausencia.
Estas ideas acerca de la existencia de la ausencia me llevan a recordar mi encuentro con T, la primera de una serie de personas acategorizables como yo, y de la cual nunca más volví a saber. Tendría ella unos veinte años, y la conocí en mi segundo viaje a Hiroshima después de mi marcha a Estados Unidos tras ser adoptada. Es curioso, porque T se declaraba
asexual, y aunque hoy en día la asexualidad esté considerada como una categoría, no deja de ser una categoría inasible. La gente no comprende la ausencia. Comprende mejor el excedente, la sobreabundancia, la exageración del deseo, una orgía desmedida. El hambre se entiende como la falta de comida, pero pocos la entienden como lo que es: una falta sin referencia, un hueco lleno de hueco. Igual pasa con la asexualidad, se piensa en ella como la falta de deseo sexual, pero no como una entidad en sí misma.
T no había sido marcada por Little Boy, sino por otra bomba: la lluvia.
Ese líquido negro, espeso, que siguió a la explosión. La gente dejó que los mojara y T, como tantos otros, no se protegió. No podía saber que aquel fluido aceitoso, que muchos incluso bebieron, traía una bomba en cada gota, una ametralladora de úlceras y cánceres que al principio no se veían, pero que de un día para otro brotaban fuertes como patatas. Esa capacidad de reciclaje era impactante. Todo siguió así durante muchos años, la gente estaba bien y, de repente, ya no estaba. Así que no todo fue sinceridad en la bomba: la apariencia, el movimiento, no servían ya para distinguir a los vivos de los cadáveres. T pasó los primeros seis meses tras la explosión tan visiblemente sana como calladamente muerta. Pero finalmente sobrevivió, aunque ella sitúa los orígenes de su asexualidad en aquel terreno de apatía, de indiferencia entre lo que se mueve y lo que no se mueve; lo erecto, lo espigado por un lado, y lo débil, lo lacio por otro. T aseguraba no sentir ningún tipo de apetito sexual desde la explosión. Se consideraba, en el sentido más literal de la palabra, asexual. No obstante, cuando T me contaba cuántos seres como ella hay en la naturaleza, se le llenaba la boca de algo que yo llamaría deseo. ¿Lo ve usted? Quizás también yo, como la mayoría, sea incapaz de ver que el no deseo también puede tener su existencia. En cualquier caso, fue al conocerla a ella que comencé a dejar por escrito de manera más sistemática pensamientos que antes copiaba en cualquier papel y acababa por extraviar. Los fui guardando en mis libretas como una especie de registro de las emociones que me causaron ciertas personas. El primero de estos textos se lo debo a T, y aunque lo escribí yo, fue ella quien me hizo pensar, quizás pese a su modo de entender su sexualidad, que hasta en el no deseo habita un erotismo vital. T parecía
estar agradecida por esa especie de comunión asexual que la comunicaba con otros como ella, y de este agradecimiento tomé el título de mi texto, en una época en que mi deseo parecía, si no muerto, sí al menos bien dormido, pues aún no me habían reconstruido el órgano que me lo devolvería. No sentía, desde la explosión, absolutamente nada, y en cierto modo, siendo yo también asexual en aquel momento, agradecí la compañía de su existencia a todos esos seres de los que T me habló.
Oración de una asexual agradecida
En el origen no estaba el sexo (una sofisticación del proceso reproductivo), sino la humilde materia, que por bipartición se multiplica, en otros seres, en otras vidas, que sin sentir deseo continuaban el proceso. Yo misma me he repetido esto muchas veces, para consolarme, cuando me siento sola. Qué sola me siento.
Sobre todo cuando las pulsiones eróticas de los demás me rodean, me sacuden y me meten en un tornado de confusión. Entonces tengo que apretar los párpados contra el viento, contra el polvo, y tan desarraigada me encuentro en el vuelo que quisiera que un coche, una vaca, me golpeara la cara, para sentir así lo que la mayoría siente.
En esos momentos de soledad, desear la carne del otro es mi mayor deseo. Pero otra vez cierro los ojos, ya en mi cama, y por más que lo intento no puedo imaginarme deseando otro cuerpo.
Tampoco a mí misma me deseo. Me toco, y también he pedido que me toquen, para ayudarme. Pero sin resultado. Nada. No siento nada, ni con mi mano ni con una mano ajena.
Pero ocurre —y por esto quisiera dar las gracias — que hay otras veces en que me reconozco completa, porque en la tierra hay millones de seres que, desde su condición asexuada, me confirman que yo, tal cual soy, soy tan posible como ellos. A menudo los escucho, cuando salto al agua desde la barca, o cuando camino por el campo. Entonces, a medida que aparecen las voces, la triste excepción desacompañada que soy comienza a recibir luz de su
propia sombra. Por ejemplo cuando, sin querer, piso a uno de estos animalitos y, en su crujido, me anima: «continúa, no arrastres los pies, no estás sola, hay muchos, muchísimas como nosotras»; o cuando, al sumergirme en el mar, siento que algo me roza, como una materia viscosa y blanda sin sexo que me dice, también, que soy un ser tan probable como cualquier otro. A ellos agradezco ese aliento que me dan, desde esas bocas que, siendo tan diferentes a las mías, tampoco besarán la piel genital de un órgano que no les incita a nada.
Doy las gracias:
A la medusa que, desde la calma, marca la piel como un mordisco que arde, y en su gelatina es portadora — como el tigre es, permanentemente, portador de sus rayas— de la lubricación independiente del estímulo ajeno. Siempre mojada por dentro toda ella parece humedecerse a sí misma. Y son sus propias contracciones las que la desplazan. Así se mueve el aguaviva: primero toma agua desde su estómago, y luego, como propulsor, la expulsa, haciendo del orgasmo algo tan habitual como un pie que sigue a otro pie, un paso más en su andadura.
A la lombriz que repta bajo tierra, que se desliza aireando el suelo, y regala sus desechos nitrogenados a la fertilidad de la materia asexuada. Y qué poco pide a cambio. Es tan generosa que sus últimos días los vive en una cajita de cartón en la tienda de pesca. Y de ahí pasa la lombriz al anzuelo, y todavía sin pedir nada ofrece, a partir de la agitación de su cuerpo largo convertido en cebo, su último regalo: hacer agua la boca de muchos peces.
A la estrella de mar, que siendo asexual es infinita, porque lleva en sí misma tantas estrellas como brazos le quiebran, y a partir de una esquinita partida, el astro se regenera, y comienza a extender sus rayos (ilumina) la roca oscura submarina. Al principio, cuando se rompe, es solo un brazo como un dedo, pero luego el dedo se va ensanchando en un círculo, y después se ramifica, y entonces
comienza a moverse, muy lentamente, lamiendo los fondos como una mano abierta que tiene una boca en el centro.
A la salamanquesa, que clandestina se cuela en la habitación de los amantes en verano. Y cercana a la bombilla escucha con sus oídos sin orejas los gemidos, que no comprende, pero cuyas vibraciones siente en sus dedos adhesivos, desde la verticalidad de una pared que, cuando la mano caliente apague la luz, se irá enfriando. A ella no le hace falta comprender el placer humano, pero el frío sí lo entiende, todo el mundo entiende el frío (yo también lo entiendo) y, antes de que llegue el invierno, se reproduce consigo misma. Es la partenogénesis, que dará lugar a dos huevos, dos veces al año.
Tras sus años en el Ferrocarril de la Muerte en Birmania y el buque Oryoku Maru, Jim nunca habría imaginado que le encomendarían la misión de ocupar el país responsable de sus torturas. Habría preferido volver a casa pero, por otro lado, nadie que realmente le importara estaba esperándole, y la rutina militar acaso le daba la sensación de formar parte de un engranaje para el cual quizás sí era necesario. En realidad, él bien sabía que, como cualquier otro soldado, era totalmente prescindible, pero le aliviaba creer a sus superiores cuando aseguraban la importancia de cada individuo y, puesto que habían ganado la guerra, no había razón alguna para no confiar en que se había ganado en parte también gracias a él. Todo podía ser, y en los momentos de soledad fantaseaba con la idea de haber sido él el aleteo de la mariposa que desencadenó el huracán redentor.
Jim fue liberado en septiembre de 1945 por las tropas norteamericanas.
El primer contingente de las fuerzas de ocupación lo formaron quince mil soldados. Durante los siguientes siete años seguirían llegando otros miles de norteamericanos. Mientras que Jim ya estaba familiarizado con la mentalidad japonesa, aunque fuera a través de la conciencia de que un entendimiento profundo era imposible, los americanos que pisaron Japón por primera vez se encontraron con una sociedad que jamás habían confrontado. Apenas sabían nada de aquel país. El lema con el que Sadao Araki, general de la Armada Imperial japonesa, se enorgullecía de las
diferencias entre su cultura y la cultura invasora era: «El sable es nuestra Biblia de acero». El conservadurismo bíblico de las fuerzas de ocupación era rebatido, con cada imagen, con cada palabra, a través de la moral de un pueblo que no se guiaba por unas escrituras sagradas, sino por una casa imperial descendiente del mismo sol. Todo aquello que constituía el ideal de vida americano encontraba en Japón sus antípodas. No tenían ellos — mis padres, mis hermanos— necesidad de la palabra de un profeta, porque llegando el calor del astro a todos los continentes, la aceptación de su poder debía ser absorbida no a través del oído, sino de la misma piel, sin cuestionamiento, pues la temperatura de aquello que desprende calor es un dato físico, irrebatible. Ese sol que alumbraba nuestra tierra era como la bola de fuego que pertenecía, por su nacimiento, solo a Japón, y pensaba mi país ser el dueño de unos preceptos que debían extenderse, como los rayos solares, por todo el orbe. Cuando Estados Unidos luchaba por expandir su imperio, Japón luchaba por la misma causa, pero con una diferencia: los norteamericanos se justificaban con armas y discursos, los japoneses solo con armas, porque el solo hecho de que el sol volviera a salir cada día les daba mayor autoridad que cualquier palabra.
Haber conocido a Jim, haber conocido, sobre todo, el amor con Jim, hizo de mí una esponja que se empapaba con cada noticia, cada relato, cada testimonio de la tragedia de Japón. Fue este amor por un extranjero lo que curiosamente me llevó a interesarme por el sufrimiento de mi pueblo, pues antes de conocerle yo misma estaba tan herida por mi gente que creo que poco a poco me habría ido desligando de mis raíces. Pero, a partir de Jim, cualquier cosa que escuchaba, la retenía. Recuerdo un vídeo de propaganda que en 1945 lanzó el gobierno norteamericano, describiendo el espíritu japonés. Una de las descripciones estaba vinculada, precisamente, con el sol. Las palabras que acompañaban aquellas imágenes decían que el emperador, al ser descendiente directo del sol, era lo más brillante, lo más alto, y cumplía todas las siguientes funciones a la vez: la del presidente de Estados Unidos, la del primer ministro de Gran Bretaña, la del Papa, la del arzobispo de Canterbury y la de la cabeza de la Iglesia ortodoxa rusa. Del emperador Hiroito todo manaba y todo en él subsistía. Cuando pasaba por la calle, las ventanas del primer piso — apuntaba el vídeo propagandístico—
debían cerrarse. Igual, exactamente, que si pasara por la calle el gran astro y tuvieran las casas que protegerse de su irradiación. Había grandes diferencias con la mentalidad americana. Pero se aseguraba que: «Debemos intentar entender a Japón, pues japoneses y americanos hemos estado encerrados en la más cercana de las relaciones posibles: la guerra. Y nos guste o no, nosotros y los japoneses vamos a tener que ser amigos durante largo tiempo».
Estos vídeos estaban destinados a preparar a las fuerzas de ocupación para los años que les esperaban. Cuando los primeros norteamericanos que desembarcaron en Japón liberaron a sus compatriotas de los campos de concentración, las imágenes de los cuerpos torturados, famélicos, moribundos, muertos, les provocaron una repulsión que, no obstante, fue mitigándose a medida que fueron descubriendo y quizás, en cierto modo, comprendiendo los sufrimientos que había padecido la población civil japonesa. Miles de huérfanos caminaban, pedían, robaban por las calles de Tokio y otras ciudades atacadas. Apenas había agua y comida. Algunos tragaban serrín para obtener su ración de fécula, y a modo de proteínas comían, por consejo del gobierno, reptiles, ratas e insectos. Escuché una vez el testimonio de Kitty Teraki, una japonesa que vivió durante los años de ocupación, que decía que con las raciones que daba el gobierno era imposible mantenerse con vida. Un profesor intentó demostrarlo, y trató de sobrevivir sin comprar nada en el mercado negro. Al poco tiempo, murió.
Otro testimonio decía que, durante meses, lo único que hicieron los vivos fue enterrar a los muertos. Aquel acto permanente de enterramiento me impresionó y sigue impresionándome hasta hoy. Ciertos testimonios nunca se olvidan. Ya sean directos o indirectos. Así, recuerdo cómo Daniel Machover contó sus sensaciones al filmar una misa de Nochebuena en diciembre del 45, en la catedral de Urakami, en Nagasaki. Todo alrededor era destrucción, desierto, muerte, pero del interior de la catedral salían unas voces angelicales — utilizaba él esta misma palabra— que, por el contraste con la desolación exterior, le parecieron un espejismo. Entró en la catedral y, efectivamente, las mujeres vestidas con kimonos cantaban «Noche de paz». La catedral de Urakami o catedral de Santa María, entonces totalmente destruida por la bomba atómica de Nagasaki, había sido
levantada en 1875 debido a la gran presencia de cristianos que había en la zona. Pudo construirse cuando cesó la persecución contra el cristianismo.
Aquel día de Nochebuena, escuchar aquellas voces y ver a las mujeres con aquella expresión de paz, y vestidas con sus kimonos, tan limpios como las circunstancias permitían, hizo que en la mente de Daniel Machover se juntaran dos tipos de mártires: los que habían perdido la vida en defensa de una religión y los que la habían perdido en defensa de un imperio. Aquellos cánticos eran cantos de muertos, hermosos, pero cantos de muertos que habían sobrevivido tan solo para seguir siendo muertos.
Mi aventura en la búsqueda de sexualidades que pudieran acoger las que por entonces eran aún incertidumbres acerca de mi identidad comenzó en Hiroshima, mi ciudad, adonde regresé cuando cumplí los veinte años. Antes había comenzado este relato de mi búsqueda sexual con el encuentro con T, que se correspondió con mi segundo viaje a Hiroshima. Comencé por ella porque, en su asexualidad, veía yo las mismas raíces de mi tristeza, esa falta, ese vacío no ya únicamente de deseo, sino de aliados, de modelos, de compañeros. Pero incluso antes, en mi primer viaje, ya había conocido a N.
El motivo por el que fui a su encuentro fue porque era una conocida experta en desviaciones sexuales. Ya ve usted que, en mi soledad, estaba incluso dispuesta a adscribirme a cualquier tipo de desviación sexual con tal de que estuviera etiquetada, escrita, con tal de que constituyera una entrada en un diccionario de seres raros. Qué injusta me hizo conmigo misma la soledad.
Nos citamos en el banco de un parque, frente a la escultura que se encontraba en su mismo centro. Todo estaba verde. Me sorprendió porque la última vez que vi aquel parque sus árboles no conservaban ni una sola hoja. En el punto de impacto de la bomba, la temperatura de la tierra llegó a los 4000° C. Estas cifras le resultarán tan enormes que no podrá hacerse usted una idea sin otras referencias. Le diré, entonces, algunas cifras para que pueda comparar: la temperatura máxima de la superficie del Sol es de 5800° C; a los 1500° C el hierro se funde. Ahí tiene referencias. Mi ciudad se calcinó a una temperatura que oscilaba entre el calor del metal líquido en una fragua y el calor del sol. Como los bultos de cabezas tan hinchadas que
triplican su tamaño, hay otros personajes que pasean por mi recuerdo y por los testimonios que completaron mis primeros días de inconsciencia. Son aquellos que miraban al cielo mientras caía la bomba, y que se mencionan siempre con palabras muy concretas: un verbo —sujetar—, un nombre en plural —ojos—, otro verbo —salir— y otro nombre —órbitas—. Tras dejar la escuela el día de la explosión, recuerdo haberme cruzado con hombres y mujeres que deambulaban sujetándose los ojos con las manos para que no se les salieran de las órbitas. Los ojos de N — pensé la primera vez que la vi
— eran tan negros que parecían huecos.
N no era una hibakusha. Había vivido siempre en Hokaido, y el día del ataque ni siquiera se enteró de lo que había ocurrido. Hasta una semana después no comenzó a escuchar algunas noticias, pero la magnitud de la nueva arma era difícil de imaginar, y N no le dio más importancia que a las bombas incendiarias que habían destruido el setenta por ciento de Tokio.
Nadie que no hubiera estado en Hiroshima el día del ataque podría haber imaginado mayor destrucción que ese setenta por ciento de la ciudad más importante del país. N me escuchaba, pero al principio me angustió pensar que yo veía algo que ella no veía, que ella no podría ver mi sufrimiento.
Quería contarle lo que yo había vivido, pero me preocupaba pensar que como mucho conseguiría que viera algo que ya no era, la luz que llega de un sol apagado. Por eso le recordé las cifras que ya le he proporcionado a usted: esas más de veinte mil bombas como las de Hiroshima que se esconden por todo el planeta.
Comencé a contarle mi historia a N mostrándole algunas fotos de diferentes años. Pensé que sería buena idea comenzar por ahí. Era un modo suave de introducir, sin tener que contar lo principal de una manera brusca, lo que muchos consideraban una paradoja, pues normalmente la gente se sorprendía cuando yo aseguraba que la bomba había transformado mi apariencia positivamente, y que ya no podía reconocerme en las fotografías anteriores a aquel lunes 6 de agosto. La bomba — así se lo dije también a N
— se atrevió a cambiar partes de mí que aborrecía, y esbozó nuevos rasgos que más tarde, cuando tuviera el dinero suficiente, intentaría fijar de modo definitivo mediante la cirugía. En realidad, estas afirmaciones, que podrían parecer duras en exceso, tenían una explicación muy sencilla: antes del
ataque, yo ya era una víctima y, de todos mis allegados, la bomba fue la única que supo verme como lo que era.
En las fotos me veía hermosa. Quizás esa belleza hizo que N, visiblemente sorprendida, se planteara la pregunta que me hizo. Me preguntó si había vuelto a tener relaciones sexuales. Le respondí que había estado con tres hombres, pero que los tres debieron de ver algo que les asustó. No podía asegurarlo —le dije—, porque no había visto otro sexo femenino, pero yo creía que las operaciones practicadas hasta la fecha no habían tenido el éxito que me prometieron. Desde entonces era la única parte que no le dejaba ver a nadie, ni siquiera a los médicos. Por eso creo
— hasta hoy— que ninguna de las enfermedades que tuve pudo entrarme por ahí. Mi sexo ha sido fuerte como un refugio atómico, solo que, lastimosamente, por mucho tiempo, nadie quiso entrar en él.
Recuerdo una noche en una playa de Florida. Pasó algo que me hizo ver, desde fuera, esa desorientación que un hombre sufría al entrar en mí. Lo vi escena por escena. Y por este orden se lo conté a N: Yo haciéndome agua,
Yo caminando por el desierto,
Yo aplastada por una rueda.
Había ido, como solía, a sentarme en la arena, sola, tranquila, para mirar el mar, que en esos momentos es lo mismo que decir para mirar nada, para pensar en nada. Tenía las manos enterradas, imagino que buscando, por su cuenta, la humedad. Creo que fue en las manos donde primero noté la sensación que me trajo de vuelta al pensamiento. Algo empujaba mis dedos.
Luego lo sentí también en las plantas de los pies, que me había descalzado.
Me levanté. La vista se me había adaptado a la oscuridad lo suficiente para ver que, justo donde yo estaba, la arena se elevaba formando montoncitos.
Al principio me pareció que se abrían unos agujeros pequeños, pero enseguida me di cuenta de que lo que parecían agujeros no eran huecos, sino masa, cuerpos. Eran las pequeñas cabezas, patas, picos, caparazones de cientos de tortugas, que rompían los huevos que, sincrónicamente, como un reloj biológico latiendo en todas a la vez, habían desovado sus madres. Miré
alrededor de mí y vi que salían de diferentes nidos, de esos círculos cuyo diámetro debía de corresponderse con el de la redondez de la tortuga adulta.
Eran tan numerosas que parecían hormigas. Pero cuando emergían de la arena por completo y se mostraban enteras, eran bonitas, mucho más bonitas que un insecto. Yo sabía — porque lo había escuchado alguna vez—
que las recién nacidas debían, inmediatamente, caminar hacia el mar. Al contrario que nosotros, que al nacer buscamos el aire, ellas debían regresar a las aguas. Sin ayuda, solas. Apenas comenzando a vivir, en el tramo que separa el nido y el agua está ya la peor amenaza, una pampa vigilada por las alimañas de toda frontera. Me sentía afortunada por presenciar aquel momento, y ansiaba ver cómo se salvaban. Pero, en lugar de caminar hacia la orilla, comenzaron a moverse en el sentido equivocado, hacia la autopista. Me angustié. Al acercarme vi cómo se dejaban en la arena las babas, el moco que en el huevo las protegía. Si llegaba un depredador, un zorro, un perro, yo estaba dispuesta a ahuyentarlo, a darle una patada. Pero cómo conservar lo más difícil: esa humedad que intuía tan necesaria; esa lubricación que yo misma, tantas veces, había visto cómo se secaba desde dentro, sin llegar a humedecer al hombre que, al desnudarme, al descubrirme, al ver eso que yo aún no sabía explicar, huía. Así iban ellas hacia el asfalto seco, hacia esa carretera que separaba la playa de la gran ciudad. La contaminación lumínica no era entonces tan elevada como hoy.
Pero las luces artificiales eran ya en algunos tramos exageradas. Las tortugas habían confundido la luz de la autopista con la luz de la luna; el sonido de los coches, con el de las olas; y se deslizaban en dirección opuesta a la que miles de millones de otras como ellas habían, desde la prehistoria, seguido. Tenía miedo de moverme, porque las tortugas seguían saliendo y no quería pisarlas. Me quedé quieta, viendo cómo agitaban torpemente sus aletas, pobres reptiles que, siendo marinos, daban sus primeros pasos en tierra. Así se desplazaban, nadando sin agua, hacia las luces de los coches, que pasaban veloces, en un silbido continuo, ajenos a aquel ejército que, desorientado, marchaba contra sí mismo. Comenzó a lloviznar. No pude soportar esta visión: las pequeñas tortugas estrenando sus pulmones en un charco de alquitrán, aceite de coche y agua sin sal. Se me ocurrió una cosa. No solo la ciudad, también yo podía proyectar, si
quería, y desde más cerca, luz artificial. Encendí la linterna. Apunté el foco hacia la hilera de caparazones y luego hacia el mar. Repetidas veces.
Durante los primeros segundos no pasó nada, pero pronto los animales cambiaron el rumbo para seguir mi foco, que yo dirigí hacia ese líquido que las había perpetuado en la cadena que lleva del instante al día, del día al año, del año a la era. Me metí en el mar solo hasta las rodillas para poder ver cómo entraban. Las vi llegar a todas hacia el agua. Desde la primera, que de camino hacia la autopista habría sido la última, hasta la última, que habría sido la primera. Me senté de nuevo para mirar el mar, que en esos momentos es como decir para mirar nada, para pensar en nada. Pero esa vez no funcionó. Sí pensé. Y me imaginé a mí misma deslizándome hacia la autopista, desecándome, perdiendo en el camino todas mis humedades, por esa arena de la playa que en mí era legaña en la lengua que me impedía explicar lo que me define: mi diferencia. Me vi reptando. Lastimosamente, en aquella playa no habría nadie que me ayudara, nadie que dirigiera una luz hacia mi cuerpo para indicar al hombre que me desnudara lo que yo no quería, no podía, explicar, y que en mí se entraba no a pedir explicaciones, porque yo no podía darlas, sino a nadar en el mar, que es lo mismo que a pensar en nada.
Por supuesto, esta experiencia no le sirvió de nada a N. Me dijo que tenía que ser menos alegórica y que, si quería que me ayudara, debía enseñarle eso de lo que los hombres huían. Pero en aquella época me resultó imposible. No estaba preparada. Ni siquiera yo quería verlo. Nos despedimos.
La alegoría fue el único nivel que, durante mucho tiempo, logré alcanzar para explicar lo que me pasaba. Ahora, evaluándolo desde la distancia, me alegro de que ocurriera así, porque creo que aquella manera mía de expresarme se correspondía con cierta ingenuidad, con algo de pudor, de timidez. Me gusta recordar que pasé por esa etapa que, creo, todo el mundo debe conocer, y me alegra especialmente a la luz de los acontecimientos posteriores, porque después vendría más brutalidad, acabarían arrancándome la delicadeza que antes tenía al contar mi historia, y comenzaría a contar las cosas como fueron, literales, directas, duras, hirientes. Sin mar. Sin agua para aliviar la fiebre.
Jim también insistía a menudo en esa idea de que no hay entre los hombres relación más íntima que la de la guerra. Ni el amor, ni la amistad, ni cualquier otro tipo de relación pueden ofrecer en mayor medida que la contienda aquello que está en la base de lo que acerca a los hombres: su conocimiento. En la guerra, la supervivencia depende del conocimiento del enemigo. Cuanto más se le conozca, mayores posibilidades habrá de seguir con vida. En la guerra se conoce lo más íntimo de las personas, todo aquello que un hombre es capaz de hacer a su enemigo, pero también todo aquello que un hombre es capaz de hacer a los suyos, a su propio padre, o hijo, por el daño que a su vez el enemigo le causó. La guerra de fuera se cuela siempre en la guerra interna, de uno mismo, del hogar, del corazón. Así, Jim me contó que mientras trabajaba en la selva birmana, entre los prisioneros había un camarada que tenía escondida una flauta. Cuando, por las noches, el lamento de los torturados o enfermos les resultaba insoportable, le pedían que la tocara para camuflar los gritos. Un día, una de las niñas que los guardias mantenían en el campamento para preparar la comida le descubrió tocando. Todos esperaban el chivatazo, que tal vez le valiera a la niña una ración de comida extra, o algún ungüento para calmar la comezón de las picaduras de insecto. Pero a la noche siguiente la niña volvió a la tienda.
Sigilosamente se acercó al flautista y, con gestos, le pidió que le dejara la flauta. Puso sus dedos en los agujeros y sopló. Al primer sonido, la dejó inmediatamente en el suelo y corrió. Y otra vez, a la noche siguiente allí estaba de nuevo. Y así siguió volviendo a la tienda las noches sucesivas.
Cada vez soplaba durante más tiempo. Nada melódico podía salir de ahí, por eso alguien le preguntó en su idioma por qué le gustaba el sonido. Ella dijo que no estaba segura, pero que la flauta le recordaba a un juego que le obligaba a jugar su padre ya muerto, solo que de aquella flauta de nuestro compañero solamente salía viento. Al escuchar esto, alguien le quitó a la niña la flauta de la boca y le dijo que no volviera. Unos días después la vieron de rodillas en la arena, más sucia de lo habitual, despeinada, parecía enloquecida, desligada de la realidad. Sostenía en sus manos un gran lagarto
muerto. El único movimiento que hacía era llevarse la boca abierta del lagarto a sus labios y, con cuidado, soplar.
Esta anécdota de la flauta, así como la descripción anterior de las voces que cantaban «Noche de paz» en la catedral de Urakami, trae a mi mente una serie de asociaciones que me llevan a pensar en una tercera idea musical vinculada, precisamente, a mi búsqueda por aquellos años de mi identidad sexual. La tercera de las asociaciones musicales me sorprendió hace solo algunos meses. Una de las pocas veces que, en el campo de refugiados, conseguí conexión a internet, un amigo me enviaba una parte del diálogo de una película, en la cual uno de los protagonistas explica la ninfomanía mediante el concepto de polifonía en Bach. Al igual que la polifonía introdujo la posibilidad de tocar o cantar diferentes líneas melódicas simultáneamente, la ninfómana consideraba que todos sus hombres eran, a la vez, uno solo. En mis años de incertidumbre, de adolescencia, no había yo aún vivido lo suficiente para recoger experiencias de las que pudiera apropiarme para mi tranquilidad espiritual, ni asimilarlas de acuerdo con la sofisticación de procesos culturales paralelos, y lo más cercano a esta idea de reconocer la unicidad de múltiples voces fue ese símil del puente que comenté antes: a saber, que si algo intuía en aquellos años era que mi búsqueda sexual era como un puente arqueado que permite al paseante, a mí, ver el paisaje desde diferentes niveles. Ver los paisajes innumerables, los infinitos sexos, dentro de un solo paisaje, un solo cuerpo.
A pesar de que cuando conocí a Jim ya estaba lejos de la incomodidad de cualquier tipo de incertidumbre que involucrara a mi sexo, con él volví a sentirme vulnerable, expuesta, débil, y preferí, antes de tener mi primera relación sexual con él, escribirle mis circunstancias en una carta, que él conservó siempre y que, tras su muerte, regresó a mí. A continuación, parte de la carta. No transcribo el encabezamiento, la despedida u otras partes que no afectan al hecho principal que me llevó a escribirla, aquello que temía que Jim rechazara. Usted será capaz de ver, al leerla, que ya desde mi nacimiento me marcaron con la primera de las imposiciones, que tan difícil haría mi vida. Lo que no podrá imaginar es hasta qué nivel de felicidad ha terminado por llevarme aquella imposición que durante tanto tiempo vi solo en sus aspectos negativos. Aún ahora, cuando escribo, lo hago bajo los
efectos de lo que para mí también ha sido un descubrimiento. El más feliz e inesperado. Pero ese último descubrimiento lo dejo para el final de este testimonio, porque cuando escribí mi carta a Jim yo ni siquiera sospechaba lo que se iba acercando para resarcirme de todo mi dolor. Lea, pues, por ahora, solo parte de mi carta…
OceanofPDF.com