Zigzags

Paul Andreota · Capítulo 1 de 17

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Zigzags

Primera Parte

ZIGZAGS

Paul Andreota

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PRIMERA PARTE

CRIS

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1

Cuando la vi por primera vez, la gruesa carpeta abierta ante ella, llevaba anteojos. Parecía muy segura de sí misma, pero era ficticio. Por lo menos yo lo pensaba así. También yo tenía una carpeta en las manos y sin abrirla me senté enfrente.

—¿Cuál de nosotros se tragará al otro?

Consintió una sonrisa. No iba de acuerdo con los anteojos y la carpeta, ni con nada. Era una brecha repentinamente abierta en un sistema de defensa muy bien armado, y se cerró enseguida.

—Para simplificar las cosas —dijo— he preparado un memorándum.

Su voz sonaba grave y dulce. Resultaba bastante cómico oírle decir:

—En el mes de julio de 1965 su firma nos confió el lanzamiento de tres de sus productos, aún sin bautizar y designados en los protocolos que fueron firmados en esa época bajo las siglas Kl, K2, K3…

Su memorándum ocupaba dos páginas y media dactilografiadas a dos espacios y esto me dio el tiempo necesario para observarla al detalle. Me gustaban sus ojos. La comisura exterior de los párpados levemente hinchada daba a la mirada una agresividad irónica. El armazón de sus anteojos era demasiado pesado y caía sobre el filo de su nariz, fina y corta. De vez en cuando ella acomodaba los anteojos con la punta del índice. Me gustaba también la manera en que levantaba los ojos del texto para asegurarse de mi atención. Yo estaba monstruosamente atento.

—¿Casada? —dije de pronto.

La máquina se detuvo.

—Divorciada…

Luego prosiguió:

—… y nos pusimos de acuerdo en encarar un segundo lanzamiento basado en un tema completamente diferente dirigido a una sección del mercado…

Esta vez la dejé llegar al final. Su memorándum estaba muy bien hecho.

Situaba a la perfección el litigio que desde dos años atrás, oponía a la Agencia de Publicidad Algaric con la firma que yo representaba. El caso de los productos K1 y sus derivaciones —en realidad un nuevo detergente presentado

bajo

tres

aspectos

distintos—

había

naufragado

lamentablemente. El gran «trompa» acusaba al servicio de Promoción que a su vez se las tomaba con Algaric y esta atacaba la mala calidad del producto, opinión discutida por la Coflimac, nuestra filial química. Durante dos años, toneladas de expertos habían tratado de determinar quién debía pagar los millones de daños y perjuicios e intereses, y a quién o a cuál, pero nadie dio con la solución. Por fin se decidió intentar un arreglo amable y de manera harto curiosa ella y yo estábamos encerrados en ese cuarto pintado al ripolín, como última oportunidad de nuestras respectivas empresas antes de llegar a los tribunales.

—¿Qué hace usted en Algaric?

—Pero…

—Me refiero a su especialización…

—Relaciones públicas.

—Entonces, ¿por qué Chauveau la ha metido en un asunto contencioso?

Estaba incómoda con mis preguntas. Buscó la manera de recobrar el dominio de la situación.

—¿Dónde se propone llegar, señor Laisné?

—A lo siguiente: usted ignora todo lo relativo a este asunto.

Probablemente abrió la carpeta por primera vez anoche antes de meterse en la cama.

—No, hoy al mediodía.

—La felicito por la franqueza. Y ahora voy a decirle lo peor de todo…

—¿Qué le hace suponer que no sé nada de todo esto?

—Las cifras. Usted se ha equivocado.

—Pero…

—El 0,3 % sobre la primera remesa de 700 000, es decir 15 576,64, está bien. En realidad la remesa de 1875 no ha sido sobrepasada y la escala prevista lleva a la estimación a 1954,4. Revise sus papeles.

Lo hizo… buscaba con tal avidez la referencia que temblaba. Terminó por admitir:

—Tiene razón. Me salteé una línea.

Luego alzó la cabeza.

—¿Dice que lo peor…?

Me tomé el tiempo necesario para dar tres pasos hacia la pared, volverme y mirarla cara a cara.

—Lo peor es que esos anteojos le sientan mal.

—Señor Laisné…

Había recobrado su aplomo. Cerró la carpeta y se quitó los anteojos. Me miró a su vez, pero con una mirada muy fría, impersonal.

—¿Es usted, de veras, el director comercial de esta firma?

—No —dije yo— ¿quién le contó semejante disparate?

Otra vez se sentía en falso. Aproveché la circunstancia.

—Digamos que soy el elemento más dinámico de la oficina comercial.

—Ya lo veo. ¿No podría dedicar una ínfima parte de su dinamismo a la solución de este asunto?

—Es lo único que deseo, señora… En realidad no sé su nombre.

—Señora Charrier.

Vaciló.

—Cris…

—Cris… ¿le parece que esto es serio?

—No entiendo.

—Es difícil discutir cifras con alguien tan encantador… ¡Ahora me doy cuenta! Por eso la eligió Chauveau, para engatusarme. La felicito, bonito oficio el suyo.

Metió la carpeta en su portafolio, hizo sonar el cierre, se levantó y se encaminó hacia la puerta. Todo al mismo tiempo.

—Siéntese —le dije—. En asuntos de negocios uno nunca está de acuerdo, pero permanece sentado.

Esto sucedió un viernes y el domingo por la noche comíamos juntos en la Colombe. Habíamos trabajado como dos forzados durante todo el fin de semana. Logramos redactar un protocolo más o menos decente y estábamos festejando el triunfo.

Antes de la comida ella se eclipsó durante una hora. Regresó con un camisero de malla negra, medias negras y más lindura en su cara que nunca.

Llevaba largas botas negras, hasta la mitad del muslo y había dejado de lado por completo el estilo mujer de negocios. Cuando sonreía sus ojos reían al mismo tiempo que sus labios cuya disimetría dibujaba un hoyuelo, solamente uno. Sus ojos, insisto en que me fascinaban, ya no destilaban ironía alguna, eran todo dulzura, donde sí mismo y entonces el azul ganaba la partida. A veces se velaban y se volvían vacíos, ausentes, verde agua. Su cabeza. Solía inclinar la cabeza hacia un costado cuando hablaba y una mecha rubia caía acariciante sobre el ojo derecho. Resoplaba con una graciosa mueca del labio inferior y el soplo subía y hacía bailar un poco a la mecha. Ella, ella, ella. Comía poco. Decía, sí Pedro, no Pedro. Se acercaba a mí inclinando ligeramente el busto. O bien se erguía, lentamente, como una bailarina al final de un arabesco. Bajo la especie de camisero llevaba un corpiño negro del que veía uno de los tirantes y era posible adivinar la punta oscura de sus senos pequeños a través de la tela. Por momentos tenía yo la impresión de que ella me pertenecía para toda la vida; dos segundos después estaba ausente, muerta. Una zombi. Tuve un caballo así: parecía quererme mucho, se daba entero a todo tipo de marcha y de pronto era imposible obtener nada de él, había cambiado de planeta.

—¿Vive sola, Cris?

—Sí.

—¿Hace mucho que está divorciada?

—Tres años. Me casé muy joven.

—¿No funcionó?

—No, no funcionó. Usted, ¿cuántos años tiene? ¿Treinta y dos?

—Treinta y cuatro.

—Y yo, veinticuatro.

—Le daba veintidós.

—No se gaste.

—¿Quiere postre?

—No, gracias.

—¿Un poco más de vino?

—Gracias. Me gusta mucho este lugar. Nunca había venido aquí. ¿Cuál es la mitad de 425 836?

Hice un cálculo mental.

—212 918.

—Usted es muy inteligente, de veras.

—¿Por qué me preguntó eso?

—Es mi comisión en nuestro negocio. Chauveau me prometió el 0,5 si todo se arreglaba. Hace dos años que andan a las vueltas. Hemos terminado todo en dos días.

—Somos un buen equipo.

—Sí, es cierto.

—Espero que nuestra asociación no termine aquí.

—Claro que termina.

—¿Por qué?

—Porque no volveremos a vernos.

—¿Cómo lo sabe? Yo tengo la intención de volver a verla.

—Olvídelo.

—¿Hay… otro?

Vaciló.

—No… nadie, por decirlo así.

—¿Entonces?… ¿No le gusto?

Hizo una mueca y dijo como quien anuncia un capricho.

—No quiero a nadie.

—¿Por qué?

—No es cosa suya.

Sonreía.

—La haré cambiar de opinión.

Ja, ja…

Con Cris me apercibí de la cosa. No queremos a los seres por lo que son sino por su manera de ser. Por ejemplo, al salir del restorán, golpeó el suelo con los pies y dio un pequeño salto lateral; un saltito de nada, como si

caminando entre malezas la hubiera asustado el contacto de una hierba alta, porque había miedo en el gesto. Le dije, ¿por qué lo hace? ¿Qué? Eso de golpear los pies contra el suelo y saltar. Me dijo, no lo sé. Tenía unas ganas locas de tomarla en mis brazos en ese momento. Cuando subimos al coche, al inclinarme para abrirle la portezuela me acerqué hasta sentir el olor que exhalaba su garganta, fuerte, olor de sudor aunque nada daba a entender que estaba traspirando, fragancia de hembra rubia entremezclada a la ácida llama de un perfume de clavel. Di la vuelta al coche a los tropezones.

Arranqué. ¿Tomamos un trago en alguna parte? Claro que sí, convino ella, pero que no se hiciera tarde porque mañana me levanto temprano. (Mañana,

¿había entonces un mañana en el que yo no la vería?). ¿Bailar?

Oh no, nada de bailes, la horrorizaba. ¿Un bar con pianista? Sí, bueno, si el pianista no era demasiado ruidoso.

—No, quiero decir si no toca bien. No tengo ganas de escuchar música.

—¿De qué tiene ganas, Cris?

Recliné la cabeza contra el respaldo y cerré los ojos.

—De nada. De dormir.

—La llevo a su casa, si quiere.

Se rio.

—No se presente como más malo de lo que es, en realidad.

Y poco después declaró:

—O si no, esto no vale la pena.

Sin duda estaba respondiendo a un pensamiento inexpresado. No era la primera vez que observaba el tic en ella. Se respondía a sí misma, no a lo que uno le decía y de ese modo encerraba la conversación en un callejón sin salida del que uno solo podía escapar con esfuerzo. El pianista tocaba bastante mal, según ella, y estaba encantada. Pidió un whisky como yo. De pronto, al depositar su vaso podía ver que su calma era solo aparente; estaba haciendo un esfuerzo para dominar alguna borrasca interior.

—Lléveme a casa —dijo.

No abrió la boca durante el trayecto del regreso. Cerró la portezuela de un golpe.

—Hasta la vista, Cris.

—No, no hasta la vista.

—Hasta pronto.

—No, olvídelo.

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