Zigzags

Paul Andreota · Capítulo 14 de 17

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Zigzags

Capítulo 14

Lavigne había dado el tono a los artículos que aparecieron en los diarios de la mañana. Solo Courtois me dedicaba una flor —frase del oficio—

subrayando que mi ardor romántico logró, durante breves minutos, quebrantar seriamente el clásico edificio elevado por el señor Fiscal Lantier durante el trascurso de una larga audiencia. Cuando pasé ante la tribuna de la prensa me hizo un guiño cómplice. Debía detenerme para estrechar su mano y decirle unas palabras amables y lo hice con esfuerzo; me repugnaban esas consideraciones de especialistas acerca del virtuosismo del uno o del otro.

—Bueno, Abel —me dijo en tono de burla— ¿qué va a pasar esta mañana con la íntima convicción?

—No lo sé. Pregúntaselo a los jurados.

—Me refiero a la tuya.

—No he prestado juramento.

—¡ Felizmente, Abel!

—¿Qué quieres decir?

—Nada —dijo—. Estás en el buen camino. Siembra la duda y obtendrás la absolución.

Y con estas palabras me dio una palmada festiva. Fui a sentarme a mi banco, depositando ante mí el grueso expediente abrochado. Cazarès no había llegado aún. Vino a sentarse a mi lado, jadeante por la carrera a lo largo de los pasillos, poco después que la Corte hiciera su aparición. El presidente anunció que la audiencia estaría consagrada a escuchar a los testigos de la defensa. Su asesor de la derecha le tocó el brazo y le habló al oído. El presidente, al parecer, recordó algo.

—Diremos más exactamente, del testigo de la defensa, porque según parece solo hay uno. ¿No es así, señor letrado?

Incliné la cabeza en señal de asentimiento y el ujier llamó a la señorita Luisa Sicaud. Se abrió la pequeña puerta y, como todo el mundo, Pedro volvió la cabeza. Sonrió a Lou que no lo miraba.

Enseguida una cosa me llamó la atención en ella: su aspecto de extremada juventud. Una colegiala crecida demasiado de prisa, del tipo universidad norteamericana, forrada de Cereales Oats desde su infancia, cuyos músculos habían sido llevados al punto de equilibrio y de perfección por un juicioso entrenamiento deportivo, una radiante patinadora escapada de Saint Moritz, una juvenil belleza henchida de oxígeno acababa de detenerse frente al estrado, alzaba la mano derecha y prestaba un juramento olímpico.

—Diríjase el testigo, por favor, hacia los señores del Jurado y tenga a bien contarles lo que sabe del caso.

Ella no se dirigió a nadie y alzando la barbilla hacia el presidente, respondió al instante.

—Preferiría ser interrogada.

—Señores —dijo el presidente volviéndose hacia nosotros— es el testigo de ustedes. —Yo me puse de pie.

—¿Puede decirme el testigo, en primer lugar, si ha declarado ante el juez de instrucción?

—Sí —dijo Lou.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Alrededor de una hora.

Modificó el equilibrio de su cuerpo, se apoyó en la cadera derecha, con los pies ligeramente apartados. Parecía aburrida.

—La declaración del testigo —dije al Jurado— figura, en efecto, en el expediente, a fojas 142. Ocupa tres cuartos de página dactilografiados a doble espacio (luego dirigiéndome otra vez a ella). ¿Quiere usted, señorita, que le repitamos punto por punto? —ella dijo que sí con la cabeza, mirándome fijo—. El día del crimen, ¿tenía usted una cita con la víctima?

—Sí.

—¿A qué hora?

—A las tres.

—¿A qué hora llegó a la casa?

—Un poco antes de las tres.

—Digamos a las tres menos cuarto.

—Si le parece. Siempre llego antes cuando se trata de trabajo.

—¿Iba usted a trabajar?

—Sí, a posar.

—¿Solamente a posar?

Me miró fijo durante un largo rato, vacilando antes de responder. Luego volvió la cabeza y se dirigió al presidente.

—¿Estoy obligada a responder?

—No —dijo el presidente— en la medida en que las preguntas no conciernan al caso, la decisión es suya.

Me adelanté.

—Volveremos a hablar de esto. Tampoco está literalmente obligada a decirme qué pensaba acerca de la víctima, personalmente. Sin embargo me gustaría que informara a la Corte sobre sus sentimientos al respecto.

—Oh —dijo Lou—. Vadja era un fotógrafo extraordinario.

Probablemente el mejor que haya hoy en plaza. En fin, dentro de cierto estilo, quiero decir.

—Comprendo. ¿Y como hombre?

—Un tipo fabuloso.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Recto, claro… (reflexionó y lanzó como quien le pega un mordisco a una manzana). Honesto.

—Su descripción no concuerda mucho con lo que sabemos de él.

—¡Con su permiso! —chilló Lantier (se puso de pie, se inclinó ante el Jurado y bajó la voz)—. Normalmente en un proceso de este género, debíamos tener constituida la acusación privada. Pero el hecho de que Jess Vadja haya sido, en cierta manera, un exiliado —llegó a París hace diez años, en el momento de los penosos acontecimientos de Hungría— y de que toda su familia resida del otro lado de la cortina de hierro, explica esta laguna. La defensa (al decir esto alzó la voz y se dirigió a mí) parece inclinada a aprovechar la circunstancia para ensuciar su memoria. Es un

procedimiento incompatible con la dignidad de la Justicia. Insisto en informar a la Corte que me opondré a ello con todos los medios de que disponga.

—Señor Fiscal… (por fin Cazarès tomaba la palabra; se alzó con pereza semejante a un oso que sale de su hibernación a causa de un acontecimiento fútil, la caída de una hoja sobre su hocico) esos escrúpulos lo honran (larga pausa y luego:) Su tarea aquí consiste en desarrollar y mantener una acusación de la que lo menos que puede decirse es que muestra una aparente fragilidad. Tarea difícil, sino irrealizable, para un magistrado de sus méritos. Pretende añadirle la de erigirse en defensor de la memoria de la infortunada víctima. Voy a tranquilizarlo al instante. No está entre las intenciones de la defensa la de atacar esa memoria: no necesitamos hacerlo para afirmar la solidez de nuestros argumentos. Lo que quiso decir mi joven colega, sin cuidar, lo reconozco de buen grado, todas las formas que usted tiene derecho a esperar en este recinto, es lo siguiente: si un hombre toma la determinación de romper con su querida para, pocos meses después, y habiéndose casado aquella, ejercer de nuevo su ascendiente y reanudar los lazos que él fuera el primero en romper, cuando ella era libre, lo menos que puede decirse de ese hombre es que para él el capricho hace las veces de norma de conducta y que sus escrúpulos morales no lo ahogan.

Volvió a sentarse. Todo esto había pasado por encima de la encantadora cabeza de mi testigo. Ella la giró hacia la izquierda, luego hacia la derecha, con una expresión interrogante en el rostro, algo semejante a un estremecimiento de impaciencia, como si dijera: ¿qué mosca les ha picado?

(El asombro un tanto temeroso de una adolescente al presenciar una de esas manifestaciones incongruentes que hacen las delicias de los mayores).

—Prosigamos —dije yo—. Jess Vadja era un hombre notable, doy fe (luego sin transición alguna). ¿Usted lo amaba, acaso?

De nuevo Lou miró al presidente. Era obvio que, para ella representaba el papel del padre en esa asamblea, en medio de ese desorden en que ella trataba de hallar su camino. El presidente pareció vacilar. Lantier respondió en su lugar.

—Señor letrado —dijo con acento de disgusto— ¿no podríamos mantenernos en los hechos, estrictamente en los hechos?

Esperaba esa frase. Me sorprendía en realidad que hubiera tardado tanto en tirármela a la cara. Mi respuesta estaba lista de antemano. Pero no tuve tiempo de ubicarla; Cazarès se había levantado ya, esta vez como si un resorte lo impulsara.

—¡Los hechos! —exclamó—. Conozco un solo hecho: aquí tenemos a un testigo que, según su propia confesión, fue a casa de la víctima a una hora y durante un intervalo de tiempo en el que, de acuerdo con los informes de los señores peritos legistas, el crimen fue cometido. Este testigo ha prestado declaración ante el juez de instrucción. El hecho está escrupulosamente consignado en el acta. Y después: hasta la vista. No se le hace ninguna pregunta. No hay investigación, el magistrado instructor no solicita ningún informe policial. Nadie pone en duda, ni por un segundo siquiera, si el testigo dice o no la verdad. Nadie se pregunta, entre otras cosas, si existían entre el testigo y la víctima otras relaciones aparte de las profesionales. Ya había un culpable, ¿no es así? ¿Para qué tomarse tanto trabajo, entonces?

Prosiguió, dirigiéndose más especialmente al presidente:

—«Y cuando nosotros, los defensores, que no tenemos a nuestra disposición otro medio de averiguar, de verificar, de controlar, nosotros que, desde hace ocho meses padecemos una información parcial sin poder evitarlo, nosotros que nos vemos reducidos, para colmar las lagunas de dicha información, a tratar de hacer estallar en este mismo recinto, la manifestación de la verdad, de una verdad que, sin ofender al señor Fiscal, no es forzosamente la del señor juez Fourcade, cuando, repito, pretendemos interrogar al testigo, haciéndole las preguntas que debieron haberle sido hechas hace mucho tiempo, nos objeta: ¡los hechos! Con su venia, señor Presidente, sería demasiado fácil…

»En cuanto a los señores del Jurado, insisto en que sean informados de lo siguiente: no pretendemos acusar a nadie. Pedimos solamente que nos sea permitido hacer conocer nuestras reflexiones. Intentamos, tan solo por el examen de un expediente colmado de lagunas, realizar lo que el señor juez de instrucción no realizó durante los largos meses pasados en el estudio de este caso. Y formulamos un voto: ojalá los informes que aportamos sean

útiles a la nueva instrucción que será necesario abrir mañana, quiérase o no, tras la absolución de Pedro Laisné».

Y crac, volvió a sentarse. Un murmullo recorrió la sala. Los anhelos de Lavigne se veían colmados: reaparecía el gran Cazarès. Hasta yo me sentía listo para reiniciar el ataque con nuevo vigor. Solo lamentaba que mi presa fuera tan débil cuando al volver a mirarla la vi, asustada, espantada, preguntándose qué le estaba ocurriendo. Casi sentí lástima de ella. Pero no era el momento de ceder a la compasión ni a ningún otro sentimiento negativo. Todavía me quedaba un duro partido por jugar. Tal vez el punto de partida había sido bueno para nosotros, pero lejos de alcanzar la meta, no sé por qué, cobró fuerzas en mí la idea de que esa muchacha de veinte años, esa cervatilla, con su candor, su ingenua belleza, sus ojazos, el aire de franqueza que exhalaba, era un adversario mucho más temible de lo que yo había supuesto. O tal vez hice nacer la idea en mí, únicamente para sentir el coraje de doblegar a mi dulce presa.

—El testigo —dije sin mirarla— ¿conocía al acusado?

—Claro que sí —dijo ella.

—¿Cuánto tiempo, antes del crimen?

—Dos años, más o menos.

—¿Estaba en buenos términos con él?

Lou frunció la nariz, haciendo un esfuerzo por comprender quién era ese él, y quién estaba, luego habiéndolo logrado se sonrió.

—Oh, sí, por supuesto.

—¿En los mejores términos?

—Era la querida de Pedro Laisné (le dedicó una sonrisa irónica aunque sin malicia. De ahora en adelante se dirigiría solamente a él y había un

«¿no?» suspendido al final de su frase). Hubo un momento en el que hasta se trató de casamiento…

—¿Cuándo lo vio por última vez?

—El 4 de abril.

—Es decir, el día del crimen…

—Sí.

—¿Puede relatarnos en cuáles circunstancias?

Lou abrió la boca, después recordó, al parecer, que el presidente le había recomendado que se dirigiera al Jurado y giró hacia la izquierda antes de responder.

—Esa mañana, temprano, Pedro me llamó para pedirme la dirección y el número de teléfono de Vadja. Y después me invitó a almorzar. Nos encontramos en el Bar de los Teatros. Confieso mi curiosidad por saber qué quería con Vadja y… me contó todo, que… que su mujer lo engañaba, que quería pedirle explicaciones a Vadja.

—¿Qué efecto le causaron esas confidencias?

Se quedó inmóvil, sin responder. —Dios mío —dijo indecisa. Engrané.

—Volveremos a hablar de ese almuerzo. ¿Dijo usted que iba a casarse con Pedro Laisné?

—Dije que habíamos hablado de eso.

—Comprendo. ¿Por qué ese proyecto no se llevó a cabo?

—Porque hacen falta dos. Pedro rompió conmigo.

—¿Le dio alguna razón?

—Sí, la mejor del mundo. Se había enamorado de otra mujer.

Tal como lo decía, parecía divertirla ahora. —Y debía ser cierto —

agregó— porque al poco tiempo se casó.

—¿Y usted?

—¿Yo qué?

—Supongo, perdón señorita… supongo que usted habrá sufrido.

—Oh, bárbaramente —dijo Lou.

—Sin embargo, y aquí volvemos al almuerzo del 4 de abril… sin embargo usted se recobró. Por lo menos es lo que dijo a Pedro Laisné ese día.

—Sí.

—¿Debo entender que se había enamorado de otro hombre?

—Sí.

—¿Y no solamente enamorado sino que estaba de novia?

De nuevo ella recurrió al presidente con su aire un tanto enloquecido, con una simple mirada de Pulgarcito perdido en la selva del ogro.

—Prosiga, señorita —dijo el presidente con mucha cortesía.

—Sí —dijo ella— estaba de novia.

—¿Puede darnos el nombre de su novio?

—Era Jess Vadja.

Al decir el nombre se le quebró la voz y bajó los ojos. Hubo lo que se ha convenido en llamar una sensación en la sala. Sin volver la cabeza podía imaginar, solo que los ruidos, la rápida salida de algunos periodistas que se precipitaban hacia una cabina telefónica para tratar de dar la información en la edición de la tarde. Sentí una presión sobre mi hombro: Pedro. Me volví.

Se inclinaba sobre mí, asomado a la balaustrada de su banquillo.

—Abel —murmuró—. ¿Tiene alguna utilidad todo esto?

Puse mi mano sobre la suya sin responder. Luego miré a Cazarès: había recobrado la actitud de la víspera y dibujaba hombrecitos en una hoja de papel, como si se desinteresara de todo y aunque sintió, lo habría jurado, mi mirada fija en él, no se tomó el trabajo de alzar la vista, un poco como si sintiera vergüenza. Yo estaba avergonzado, en realidad. Dios mío —me dije de repente— un antiguo resto de mi educación católica, esa manía de rezar en los momentos difíciles. —Dios mío, haz que mi mano no flaquee. Disipa la ilusión, arma mi brazo para la venganza. Posé mi mirada sobre Lou: había recobrado algo de su seguridad. Me obligué a pensar que ella había recobrado demasiada seguridad y demasiado rápidamente. Y me dije que era necesario tocar el cuerno de caza lo más rápido posible, sin esperar que interviniera en mi fuero íntimo la liga de protección a la infancia, por supuesto que a la infancia criminal.

—Resumamos, señorita. Por culpa de un hombre usted experimenta una decepción amorosa. Se sobrepone. Compromete su futuro con otro hombre.

Otro hombre a quien usted misma ha definido como leal, generoso, honesto.

Por consiguiente tiene buenas razones para creer que es sincero y no empleará con usted el mismo procedimiento. De repente se entera de que la ha burlado. Y esto —lo digo al pasar y luego insistiré en este punto— por culpa de la misma rival. (Asumí un tono menos doctoral). Supongo que al conocer semejante noticia usted debe haberse emocionado bastante (no hubo respuesta). Pero no lo demostró… o casi… Y es comprensible. Usted tiene el suficiente orgullo —empleo esa palabra en el buen sentido— para tratar de salvar la cara. Pero se sentía alterada, señorita. Hasta el extremo de dar fin a la entrevista y de marcharse rápidamente olvidando sus guantes.

Lou me miró como si no comprendiera; lo esperaba y esto me servía para repetir lo dicho, para insistir en el detalle. Quería grabarlo bien en el ánimo de los jurados.

—Porque, ¿no es verdad que olvidó sus guantes? Desde la puerta del restorán regresó para buscarlos.

—Es posible.

—Es posible. Y es importante (hice una pausa). ¿Puede decirnos lo que hizo luego?

Ahora hasta el mismo Lantier escuchaba con atención. El presidente apoyaba la cara en ambas manos y los codos sobre la mesa. Lou con los ojos fijos en mí no respondía a mi pregunta.

—Vamos a ver —seguí diciendo con dulzura—. ¿Estamos de acuerdo?

Ese hombre a quien usted había querido (señalé a Pedro detrás de mí y ella lo miró) le hacía conocer su infortunio. Y a la vez la enteraba a usted del suyo. Usted reaccionó huyendo. ¿Dónde fue?

—Caminé —dijo ella débilmente.

—¿Por dónde?

En el silencio que siguió. Lantier tomó la palabra.

—En mi carrera —dijo— he asistido a numerosas maniobras de diversión. Esta, debo rendir homenaje al señor letrado Jacquart, está hábilmente conducida. (Se dirigía al Jurado con voz muy tranquila, en tono de conversación). Siempre tienen el mismo fin: obrar de tal manera que el árbol se confunda con el bosque. Señores, recuerden que en este caso…

Lo interrumpí, pero en su mismo tono, desaprensivo.

—Señor Fiscal… ¿de qué lado está la diversión? ¿Del suyo o del mío?

Trato de recobrar el empleo del tiempo de un testigo importante. Convengo de buen grado en que no debí ser yo el primero en hacerle estas preguntas.

Por desdicha olvidaron hacerlo hasta el presente. Es una locura la cantidad de cosas que han sido olvidadas en este caso. Acabo de demostrar que el testigo era el lazo de unión entre dos hombres: la víctima de un lado y el asesino del otro. Quiero decir, el presunto asesino. Cualquiera que sea la conclusión de su testimonio —no soy yo quien debe prejuzgar— una cosa es cierta: merecía más de diecisiete renglones de acta en un expediente de

trescientas veintisiete páginas. Espero que el señor Presidente no ha de contradecirme.

El presidente, en cambio, meneó la cabeza. A fe mía que yo estaba adquiriendo habilidad. Pero, pensé al instante, no te hagas ilusiones, no has llegado al final de tu penar. En medio de mis reflexiones en zigzag, llegó hasta mí la voz de Lou.

—Caminé al borde del Sena. Era un lindo día. Caminé hasta las tres.

—Menos cuarto.

—Fui a pie hasta la avenida de Lamballe.

—¿Dónde tenía una cita con Jess Vadja?

—Sí.

—Para una sesión de pose.

—Sí.

—Llega hasta la puerta del inmueble donde está el estudio. ¿En qué piso?

—Quinto piso.

—¿Qué hizo después?

—Bueno… subí…

—¿Por el ascensor?

—Claro.

—¿No vio a nadie salir de la casa? ¿A alguien conocido?

—No. ¿Por qué?

—Porque, señorita, a esa hora, diez minutos más o menos, Pedro Laisné se marchaba del lugar.

—No lo sabía.

—Le creo. ¿Y después?

—Llamé. Nadie abrió. Como había llegado antes de la hora, esperé.

—¿Cuánto tiempo?

—Alrededor de un cuarto de hora, unos veinte minutos. Pensé que Vadja había salido para almorzar y que regresaría.

—¿Y luego?

—Me fui.

—¿A qué hora?

—¡Qué sé yo! No miraba el reloj todo el tiempo…

Empezaba a desintegrarse.

—Sí, señorita —dije yo muy tranquilo—. Cuando uno espera frente a la puerta de alguien, a una hora señalada, se impacienta y por fuerza mira el reloj.

—Serían las tres y cinco o las tres y diez.

—¿No se le ocurrió seguir esperando?

Desde donde estaba pude ver como una lágrima perlaba sus ojos. Una lágrima de irritación porque su mandíbula se contraía y su mano no cesaba de abrirse y cerrarse sobre el barrote.

—Para que sepa —dijo de golpe— ¡no tenía ganas de verlo! Qué esperanza. Fui a su casa por conciencia profesional. Pasadas las tres, tenía una buena excusa. Hasta me sentía contenta de marcharme de allí.

Lágrima de pena también, la había juzgado mal, porque otras la sucedieron y terminó moqueando y buscando precipitadamente un pañuelo en su cartera para sonarse. El llanto, por otra parte, la ponía agresiva.

—¿Nada más? —gritó dirigiéndose a mí—. ¿Me dejará en paz, ahora?

—Sí —dije yo— nada más. Muchas gracias.

Me senté otra vez. Estaba bastante contento conmigo mismo. El presidente miró su reloj y anunció que la audiencia continuaría a las tres.

—Explícame, Abel, quiero comprender.

Me había reunido con Pedro en la pequeña habitación donde le hacían aguardar la reanudación del debate. Un guardián le trajo una bandeja con una fuente de fiambres, un pedazo de pan y un vaso de vino. —Jamón —

dijo él haciendo una mueca cómica—. Me había jurado, sin embargo, no volver a comer jamón durante el resto de mis días. —Y sonrió. Atacó la carne fría con buen apetito. Bebió un sorbo de vino— Abel, supongo que no crees en serio en ese cuento.

—Ese cuento —le dije— te permitirá salir en libertad esta tarde, alrededor de las seis.

—¿De veras te parece que eso puede ser suficiente?

—He puesto los fundamentos del alegato de Cazarès, como lo convinimos entre nosotros. Si ahora yo tomara la palabra, el cuento no sería suficiente. Pero a él le sobra para obtener un veredicto de absolución. Vas a ver una linda máquina en acción. Vas a regalarte, Pedro. La idea es que no

se condena a un hombre por un móvil e indicios materiales, cuando alguien más, primero, también tiene un móvil, segundo, también estaba en el lugar del crimen, tercero, está igualmente señalado por indicios materiales.

—¿Cuáles indicios?

—Los guantes. He insistido en el hecho de que ella tenía guantes. Sobre la espátula de Vadja solo se encontraron tus impresiones, por lo tanto el asesino por fuerza llevaba guantes.

—Es una prueba en contra, Abel no tiene valor ninguno.

—Es una de las piedras de toque de la tesis que Cazarès va a construir de manera magistral.

—Es puramente negativo.

—Dicen: usted es forzosamente el culpable porque no hay nadie más.

Eso también es negativo.

—Lou —dijo él— Lou… no tiene consistencia.

—Tiene la suficiente consistencia para sacarte del pantano.

Rechazó su plato con gesto vivo; había tragado los últimos bocados sin masticar. Se levantó, encendió un cigarrillo y me clavó los ojos.

—¿Y si no es ella? —dijo.

—Pedro, ese no es el problema.

Empezó a deambular por el cuartito, de pared a pared, describiendo rápidas vueltas.

—Ahí tienes… ahí tienes a una chica a la que exploté toda mi vida.

Nunca dejé de servirme de ella para mi pequeña comodidad personal…

Bueno, la cosa continúa.

Estaba encantador al decir esto; parecía un chico enojado.

—Viejo —dije— no está excluido que ella sea culpable.

Me clavó los ojos de nuevo. Durante largo rato nuestras miradas se cruzaron tras la cortina de humo del cigarrillo que ondeaba entre ambos.

Luego el contacto se rompió y Pedro reanudó la marcha, frotándose las muñecas.

—Son asquerosas las esposas que te ponen para traerte aquí. ¿Para qué sirven? (dio otra vuelta y se paró delante de mí). Abel, van a detenerla. Van a ponerle esposas. Van a acosarla por lo menos tanto como a mí. Ese

Dufrêne es una mula. Me tuvo tres días y tres noches de pie, en su presencia. Me preguntó por qué no confesé.

—Si ella es inocente, no tiene nada que temer.

—¿Me lo dices a mí?

Soltó una carcajada al decir esto. Echó a andar de nuevo sacando la mano a un costado como lo hacen los automovilistas para anunciar que aminoran la marcha.

—Espera un poco… Déjame reflexionar. ¿Sabes una cosa? En la cárcel uno se idiotiza. La mente se entorpece. Tardamos dos horas en asimilar el más simple de los razonamientos. Decíamos entonces: Lou llega a lo de Vadja. Llama. Él le abre la puerta (me miró). ¿Es así, no?

—Sí —dije yo—. Es la hipótesis.

—Yo dejé a Vadja diez minutos antes, después de romperle la cara.

¿Sigue siendo así? Si pudiera tomar una taza de café. ¿Por qué le suprimen a uno el café? Es lo único que me ha faltado, ¿sabes?

—Sigue.

—Quedamos en que se encuentra con un Vadja enfurecido, fuera de sí.

Ella le hace una escena de celos. Lo menos que se puede decir es que cae en mal momento.

—Se topa con un tipo que empieza a estar harto de las buenas mujeres y sus historias. Y que se lo dice.

—Entonces ella pierde los estribos. Toma el estilete y ¡crac! ¿Así es como pasaron las cosas? ¿Estás de acuerdo?

—Nunca se sabrá a menos que ella confiese.

—Espera un poco… (recomenzó a hacer gestos en el vacío). No tan ligero… Después de todo esto, ella sale del estudio. Siempre tiene puestos los guantes, por lo tanto no deja ningún rastro. (Me tomaba como testigo.

Yo asentí). Perfecto. Sale. Son las… ¿qué hora es? ¿Alrededor de las tres?

No hay portero. Por esa calle no pasa un alma. Nadie la ve. Regresa a su casa o se va al diablo. A la mañana siguiente se entera por los diarios que Cris se ha acusado del crimen. ¿Es así, Abel?

—Ahí debe haber sentido un choque. Porque no está excluido que haya pensado en verte detenido, a ti, en su lugar.

—¿A mí? ¿Por qué?

—Porque sabía que acababas de salir de lo de Vadja. No es posible que él no se lo haya dicho.

—¿Y en tu opinión, eso le daba placer? Quiero decir lo de ponerme en la picota.

—Vadja y tú fueron sus extorsionadores. Los dos hombres que se burlaron de ella.

—¿No crees que vas un poco lejos?

—Hay algo peor: dos veces seguidas se enamora. Dos veces seguidas se ve ante una rival. Cada vez la rival es la misma: Cris. Es más de lo necesario para…

—Puede ser así, puede ser diferente. En todo caso tiene consistencia. Es lo único que me importa.

De pronto:

—Tiene consistencia, Abel —dijo—. Su rostro estaba radiante, pero

¿qué sucedía detrás de aquella sonrisa? Era un dique contra el cual venía a chocar, desde el interior, el asalto de las olas furiosas. Se acercó a mí rápidamente, me abrazó. Abel —dijo con acento de triunfo—, eres un genio. Abel, ¿cómo no se me ocurrió antes? Es evidente. Ella es la culpable (y prosiguió con el mismo ímpetu). Solo que hay un inconveniente. Siéntate mi buen Jacquart y aguanta el golpe. Yo maté a Vadja.

La audiencia se reanudó a las tres como estaba previsto. Ejecuté fielmente las instrucciones que me diera Pedro. Me levanté e informé a la Corte que mi cliente tenía que hacer una declaración. Pedro se puso de pie a su vez.

—Confieso —dijo con voz firme— haber asesinado a Jess Vadja el 4 de abril próximo pasado, con ayuda del estilete que estaba sobre su mesa de trabajo. Nos habíamos peleado como dos carreros. Yo… yo pienso que mi abogado les explicará esto mejor que yo.

Y volvió a sentarse. No sé lo que pasó en los minutos que siguieron.

Había ocultado mi cara entre las manos y no escuchaba nada. Ni siquiera intentaba desentrañar los sentimientos que luchaban en mi fuero interno.

Creo que dominaba la humillación. O tal vez la sensación del fracaso. O tal vez simple pesar. Tenía ganas de llorar. ¿Por Pedro o por mí? Escuché en medio de una bruma la voz de Cazarès solicitando una nueva suspensión.

La de Lantier chillando en medio del tumulto. Olas de ruidos cubrían su voz. Las palabras que llegaban hasta mí eran siempre las mismas, palabras irrisorias, demasiado conocidas… alegato… acusación… testigo…

convicción… Palabras a las que yo atara mi vida y que caían como las manzanas podridas de un manzano sacudido por el viento. ¡Flac! ¡Flac!

¡Flac!

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