Zigzags

Paul Andreota · Capítulo 5 de 17

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Zigzags

Capítulo 5

Pasé Navidad con ella en Courchevel. Era una notable esquiadora, tan ágil, precisa y eficaz en las pistas como en las aglomeradas vías de la gran ciudad. Recordaba, como se dice, los colores y no solamente en la superficie de la piel. Su espíritu cáustico, vivaz, siempre divertido, siempre un poco inquieto, parecía adquirir un bronceado de serenidad, de tranquila felicidad. Algunas veces salía sola por las mañanas. Hacia el Alosa, luego el descenso sobre Meribel y regresaba al caer la noche. Volvía a mí un poco agresiva. ¿Fatiga física o exceso de reflexión? Yo no le hacía preguntas.

Manejaba con mano suave, como al más nervioso pura sangre, a mi frágil convaleciente. Nuestras noches. Nuestras noches estaban colocadas bajo el signo de una misma alternativa. A veces ella se me escapaba por completo, haciendo surf sobre un rayo de luna. Pero regresaba a mí, más tierna aún con el sentimiento de la culpa.

El casamiento quedó fijado para una semana después de nuestro regreso, el 15 de enero. Invitamos a Chauveau. Se lo debíamos. Estaba orgulloso de ser el testigo de Cris y feliz de haber participado en el origen de nuestro conocimiento. Por un momento temió que Cris dejara a Algaric, pero a ella le importaba mantener su situación y yo estaba de acuerdo.

También temió otras cosas. Como amigo íntimo de Cris estaba enterado de sus crisis. Me confesó haber temido «lo peor». Era un hombre a quien le gustaba dramatizar, sobre todo en un rincón de un cuarto, a media voz y con un vaso de champaña en la mano.

Mi testigo fue Jacquart. Abel Jacquart, abogado, viejo amigo, perro fiel desde nuestro cuarto año en Janson. Jacquart tenía cabellos finos y rizados, un aire de gran franqueza desparramado por toda su persona y una capacidad de ser servicial muy por encima de lo común. Era un sagitario, de

tipo casi puro. El almuerzo tuvo lugar en una posada de los alrededores de París y me enviaron a casa cantidades de flores. Habíamos decidido habitar mi departamento del muelle Luis Blériot, pero ella quiso conservar su estudio multicolor: dijo que me invitaría allí a comer de vez en cuando.

Entre las flores había un ramo de lirios rosados y azules con una tarjeta:

«Augurios de felicidad muy sinceros de veras. Jess Vadja». Ella no pareció prestarle especial atención. Por la noche recorría el departamento, pajarito nervioso que exploraba cada rincón de su nueva jaula.

—Oh, Pedro, me portaré lo mejor que pueda. Seré una buena esposa y todo. Pero esto empieza mal. ¡Empieza mal! Lo siento tanto.

La miré. Dos círculos azules cargaban sus ojos. De pronto se echó a reír.

—¡Solo tres días en veintiocho y teníamos que caer justo! —Me reí con ella.

—Ni noche de bodas ni viaje ídem, viejita.

—Oh, tenemos tiempo.

—Trataremos de escapar para Pascuas, una semana, ¿te parece bien?

—Muy bien. Y en cuanto a lo otro solo son tres días.

Enero era un mes difícil en la compañía Rousseau. Tuve esa deplorable explicación con Dussautier el 23 y a la mañana siguiente debí partir para Estocolmo. Propuse a Cris que me acompañara, pero justamente Chauveau le había dado un trabajo importante, el lanzamiento de un nuevo semanario femenino. Telefoneé la primera noche a las nueve, apenas descendí del avión. Las líneas estaban ocupadas y cuando volví a llamar a las once, ya no estaba en casa. A la mañana siguiente me dijo que había trabajado hasta tarde en la oficina y cenado con Chauveau en la Grignotière. Me pareció que su voz sonaba un poco angustiada.

—Oh, vuelve pronto.

Esa manía de decir oh al empezar las frases cuando temía o deseaba algo firmemente. Regresé dos días después.

Febrero fue más soleado que de costumbre; las lluvias solo comenzaron a principios de marzo. Nuestra existencia era similar a la de millares de otras parejas en París. Nos separábamos por las mañanas y nos reuníamos por las noches, a veces delante de un cine o en el restorán. También solíamos pasar apacibles veladas en casa. La veo durante una de ellas,

sentada en el canapé, hojeando una revista de modas. De pronto detuvo su mirada en una de las páginas, largo rato.

—Pedro, mira.

Era una lindísima foto de Lou posando, semidesnuda, la publicidad de una faja.

—¿Cómo lo sabes? —dije.

—¿Cómo sé qué?

—Que es ella. Apenas la viste diez segundos la noche en lo de Castel.

Además no está nada parecida. Hay que conocerla de veras para…

—Pero ¿de qué estás hablando?

—De Lou (ella lo sabía).

—¿Qué estás diciendo, Pedro? Es una foto de Jess. Se reconoce enseguida su estilo.

Agregó:

—No está mal, ¿no?

Asentí. Aunque no sentía tanto entusiasmo fingí sentirlo. Era la primera vez que ella me hablaba de él otra vez y el tono podía ser considerado desenvuelto. En cuanto a Lou, le importaba un pito.

—¿Has tenido noticias? —le pregunté.

—Sí, está metido con una modelo. A lo mejor es esta, ¿quién te dice?

(se rio). ¿Es la misma de la que me hablaste? A lo mejor ustedes tienen realmente los mismos gustos. Sería gracioso.

—Si te parece.

Recomenzó a hojear la revista negligentemente. Yo intentaba retomar el hilo de mi artículo del Express, pero veía manchas delante de mis ojos.

Terminé por preguntar:

—¿Cómo lo sabes? Y no vuelvas a decirme: ¿cómo sé qué? ¿Has tenido noticias?

—Querido, estás casi agresivo.

—Soy agresivo —dije forzándome a sonreír.

—Me telefoneó una o dos veces.

—¿Una vez o dos?

—Por favor, Pedro.

—Nunca hemos vuelto a hablar del asunto —dije.

—Lo sé. Te lo agradezco mucho.

—¿Todavía piensas en él?

—Sí, algunas veces.

—¿Eso te hace daño todavía?

—A veces.

No dije nada. ¿Qué podía decir? Me lo había buscado.

El lanzamiento del semanario femenino tuvo lugar el 12 de marzo. Fue un éxito y para festejarlo Chauveau nos invitó a cenar en Lassèrre. A este período siguió para Cris otro de ocio y depresión. Se acercaban las vacaciones de Pascuas. Hacíamos planes. Un lunes regresé a la casa una hora antes de lo acostumbrado. Cuando cerré la puerta de entrada ella hablaba por teléfono. No entendía lo que estaba diciendo pero me chocó la manera de decirlo. Nunca le había oído esa voz. Nunca había escuchado ese zureo de matorral nocturno con una nota aguda, a veces desgarradora, de inmensa tristeza, el débil grito lanzado por una minúscula presa en el momento en que el cazador se abate sobre ella. Luego hubo largos silencios punteados de: Sí… Sí… Yo me había acercado entre tanto, podía ver el movimiento pendular de la cabeza que arrastraba el busto entero a cada sí y la oí decir además: —Sí, mi amor, sí, comprendo… con esa voz lastimera que nunca me había pertenecido. En ese momento (yo permanecía inmóvil en el centro de la pieza, partido por la mitad y preguntándome cuál de las dos mitades caería primero al suelo) ella me vio.

—Discúlpame —dijo vivamente al aparato—. Te llamaré otra vez.

Colgó el tubo. Con la punta encurvada de su dedo apartó de la frente la mecha rebelde. Por fin me miró:

—Era Jess —dijo.

—Lo comprendí.

—¿Estás muy enojado?

Me decepcionaba. Decidí dejarla sola, sin ayudarla para ver a dónde iría a parar. Durante un momento no dijo nada, luego se levantó, abrió los brazos con el gesto desolado de una escolar que ha perdido su lapicera.

—Qué quieres… me persigue sin descanso desde hace algún tiempo.

—¿Era él quien hablaba?

—¡Claro! Llama todos los días. En general a la oficina, no aquí. Pero ahora, raras veces voy a la oficina.

Se dirigió al dormitorio. Regresó enseguida.

—¿Tomamos una copa? —preguntó tímidamente.

—Creo que es la mejor ocasión.

—Ven, siéntate aquí.

Me senté en el diván, en el lugar que me señalaba, a su lado.

Las dos mitades no lograban ponerse de acuerdo y cada uno de mis gestos, para tomar los vasos, una botella, me causaba un mal de mil demonios. Era el boxeador liquidado que se jura aguantar hasta el final de los diez rounds. Debía ofrecer un espectáculo lamentable porque acabó por decirme:

—Pedro… No debes sufrir, no hay motivo en realidad.

—Si tú lo dices, debe ser así.

—No debes sufrir, Pedro.

Se me ocurrió entonces la peor de las ideas que pude tener. Un simple trago de alcohol había puesto en movimiento, en mis venas, la suficiente adrenalina para que la idea subiera como un cohete hasta mi cerebro. La actitud del señor que quiere saber a todo trance, así le cueste el pellejo.

—Mírame cara a cara, Cris, mírame a los ojos. Sé que no me mentirás.

—¿Lo sabes? ¿Cómo lo sabes?

Un golpe difícil de atajar. Lo redobló al instante.

—¿Estás tan seguro de que te importa la verdad, Pedro?

También en ella se había producido un cambio. Algún mecanismo electrónico se puso en movimiento en el fondo de ella misma y eso bastó para dar vuelta las cosas porque desde aquel instante se endureció, no hubo en su voz la menor gentileza, ni siquiera la compasión, lo más valioso de todo.

—Entonces… ¿qué quieres saber? Pregunta.

—¿Has vuelto a verlo?

—Sí.

—¿Cuántas veces?

—Tres o cuatro, no lo sé.

—Lo sabes muy bien.

—Siete. ¿Es todo?

—No.

La pregunta siguiente reclamaba ser hecha desde el fondo de la cancha, con un gran saque, o como tiro corto contra la red; no había términos medios. Elegí el golpe directo.

—¿Hicieron el amor?

—Por supuesto.

Me había puesto de pie. Reveo cada uno de mis gestos, vuelvo a encontrarme con el vacío que se hizo en mi cabeza en ese mismo instante.

Escucho todavía el débil sollozo a mi espalda.

—Pedro, hice todo lo posible por evitarlo (milagrosamente su voz había recuperado la calidez). Luché conmigo misma, con él. Y así fue.

Palabra de honor, lloraba a mares. De golpe me hundí en un oleaje de odio. Me volví y empecé a gritar tan alto que ella se llevó las manos a la cabeza.

—¿Te figuras que voy a consolarte? ¿Qué voy a compadecerme de tu suerte? ¿Qué intentas demostrarme? ¿Qué eres una víctima? ¿Una enferma incurable? ¿Leucemia? ¿Cáncer? ¿Pude tenerte en un período de remisión y ahora nos pasaremos el resto de nuestros días esperando la recaída? ¿Han bebido ustedes, tú y tu húngaro, el filtro mágico? ¿Están embrujados? ¿Te imaginas que voy a tragarme esa historia? Un tumor se opera con un corte de bisturí.

Mi tirada me había conducido a una región de mí mismo en la que nunca penetrara antes. Ola tras ola, la cólera rompía todos los diques; yo era, tan solo, un inmenso goteo de derrota, de rabia ciega, de locura asesina.

Pero ella. Me impresioné cuando tomé conciencia de ella. Me observaba muy seria, interesada, como se mira un artefacto doméstico en un escaparate, preguntándose si le serviría de algo a uno. Como si, al cabo de tantas locuras yo hubiera, por fin, logrado alcanzar un poco de razón.

—Es cierto, es la única solución.

—¿Qué estás diciendo?

—A menudo pensé que mientras él viva, no podré librarme.

—A ver, repite eso.

—No sé, hay momentos en que tengo ganas de pedir socorro.

—¿A quién?

—A ti, Pedro.

Con estas palabras se derrumbó. Se dejó caer hacia adelante con la cabeza entre las manos. Sacudida por espasmos daba más lástima que un chico en un bombardeo. Tuve que hacer un esfuerzo para no tomarla en mis brazos. Luego me dije que si me quedaba, así terminaría todo sin duda. Salí de la pieza. Fui a encerrarme en el escritorio por el resto de la noche. A la mañana siguiente salí temprano de la casa, sin volver a verla.

Llegué a la oficina más temprano que de costumbre. Susana no estaba allí todavía. Traté de concentrarme en una carpeta. Debía aguantar hasta una hora razonable y me parecía que la aguja del reloj se había detenido. A las nueve menos diez descolgué el teléfono. Lou estaba ya bajo la ducha.

—¿Me disculpas un segundo? El tiempo de echarme encima un peinador. —Luego—. Ya está. ¿Qué te ha dado por llamar al alba? ¿Qué te ha dado por llamarme, en términos generales?

Lou y su salud. Su voz corría en el auricular tan fresca como agua de manantial.

—… La última vez que te vi, querías casarte conmigo o algo por el estilo. Como entre tanto te has casado con otra supongo que… (corte). Oh, Pedro eres un verdadero canalla. Podrías haberme dado alguna señal de vida.

—Escucha, Lou…

—Bueno, dejemos eso. Supongo que si me llamas en mitad de la noche será porque tienes algo que decirme.

—Si me dejaras ubicar una sola palabra…

—(Sonriente). ¡Canalla! Espera que encienda un cigarrillo —luego volvió—. Bueno, Pedro, te escucho.

—Se trata de Jess Vadja, el fotógrafo.

—Sí, ¿qué quieres saber?

—¿Qué clase de tipo es?

—El tipo que le provoca a una estremecimientos en la nuca solo cuando oye su voz en el teléfono. ¿Por qué?

—¿Lo conoces bien?

—Me he acostado con él dos o tres veces, si eso es lo que quieres decir.

—No, no es eso lo que quiero decir.

Pero su respuesta encaminaba mis ideas en otra dirección.

—¿Hace poco?

—Sí. ¿No irás a hacerme una escena de celos? Todas estamos loquitas por él.

—Que apasionante —dije—. Pero no es eso lo que me interesa.

—¿Qué, entonces?

—Su dirección.

—20, Avenida, espera… un nombre tremendo. Avenida de Lamballe.

Allí tiene el estudio y vive.

—¿Puedes darme también el número de teléfono?

—Passy 48-12.

—Gracias, Lou.

—¿Nada más?

—No, gracias.

—Qué pena. Sabes, tu voz también es terrible en el teléfono.

—Hasta pronto, Lou.

—¿Y si almorzáramos juntos, un día de estos, Pedro?

Quedé callado tanto tiempo que ella repitió: aló, aló, aló. Acabé por decir.

—Almorcemos juntos hoy.

—Pedro, no me vas a hacer eso, tengo ya una ci…

—Por favor.

—Bueno. En el bar de los Teatros, ¿te viene bien? A la una menos cuarto. Pero te prevengo que será a la carrera.

Colgué el tubo. En el número de Passy escuché la voz de un hombre joven.

—¿El señor Vadja? Soy su asistente. ¿Por qué razón?

—Personal. ¿Puede comunicarme con él?

—No, no puedo. Está en pleno trabajo. Vuelva a llamar a las dos.

—Un segundo solamente. Vaya a llamarlo, es importante.

—Puede tardar.

—Esperaré.

—Como quiera. ¿De parte de quién?

—Del señor Laisné. Pedro Laisné.

—¿Con una «s»?

—Sí, con una «s».

Si fuera posible dar una bofetada por teléfono —pensaba— este joven cretino perdería algo de su preocupación por ser preciso.

—Lo intentaré, pero no le prometo nada.

Llamé a Susana por el interno y le pedí que me incomunicara la línea.

Hubo una espera de diez minutos más o menos, luego una voz resonó dentro del receptor.

No era una voz sino una música. Una música gitana. Uno de esos violoncelos estremecedores que arremolinan las zardas en las boîte nocturnas rusas. Contenía todo: el matiz del acento magiar, la extrema dulzura del timbre, la pintoresca deformación de algunas palabras, el ritmo de la elocución tan alejado de una puntuación normal como un solo de címbalos en una fuga de Bach.

—Buenos días… habla Vadja… lo siento muchísimo pero es una hora muy mala. La hora en que las modelos tienen la primera crisis de nervios del día. Y la primera crisis de nervios importa mucho porque las demás dependen de ella. Pero en fin, buenos días. ¿Quién me llama?

—El marido de Cris.

—Ah, Cris… ¿cómo está?

Más naturalidad en la entonación era imposible.

—Muy bien, gracias. Desearía tener una entrevista con usted.

—Pero, por supuesto, ¡me encantaría! Por desgracia… espero… (podía oír el rumor de las páginas de la agenda que hojeaba) Ah, qué pena, tengo una semana terrible. ¿Tiene mucho apuro?

—Sí, mucho.

—Claro, claro. Dígame, ¿le molestaría mucho si le pido que venga aquí? Así podríamos vernos hoy.

—De acuerdo.

—¡Formidable! ¿Le conviene después del almuerzo? ¿A las dos o dos y media? ¿Tiene la dirección? ¡Bueno! ¡Hasta luego!

Daba, de veras, la impresión de estar festejando el hecho.

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