Zigzags
Capítulo 3
Durante los quince días siguientes estuve terriblemente ocupado en otros problemas y no me molestaba tener la oportunidad de olvidarla. Esperaba olvidarla de veras. Dios lo quiera, me decía.
En resumen, al acercarse el balance de fin de año, había toda clase de líos en la empresa. Alguien, en alguna parte había vendido un paquete de acciones, las ordinarias habían bajado tres puntos y además se superponía la historia del intercambio con Dinamarca que no había dado los resultados esperados. Siempre estuve contra el negocio con Dinamarca. Preconicé una política completamente diferente, pero no me hicieron caso, yo no era gran cosa. Sin embargo a principios de diciembre me convocó el trompa máximo.
Rousseau era un hombre enfermo. Había sostenido en sus brazos a la Compañía durante treinta años, pero desde algunos años atrás cedía cada vez más lugar a su yerno, Dussautier. Le dejaba las iniciativas más importantes. Historia clásica. Todo anduvo así como así hasta el 64, año en que se estableció en Francia una compañía norteamericana que nos hacía la vida difícil.
Uno de los grandes secretos de Dussautier, tal vez lo único que ha sabido hacer, es emplear palabras cuyo significado ignora. Cuando le habla a uno durante tres cuartos de hora de restructuración, de concentración, de fusión y de balance, es posible desinflarlo en menos de un segundo con la primera observación de sentido común que a uno se le ocurra y esto no le gusta en absoluto. No me quería y yo le devolvía la atención y en eso estábamos cuando Rousseau me nombró director comercial.
Mis ingresos pegaron un salto espectacular; me destinaron una nueva oficina y una secretaria privada, Susana. Susana era una encantadora
solterona y no se me ocurre decir otra cosa de ella. El tipo de muchacha que prepara la aspirina para el jefe y creo que una de sus mayores decepciones fue la de comprobar que yo no tenía jaquecas. Trataba de prestarme mil servicios aparte de los trabajos que yo le daba. Resultaba exasperante y adorable. En las intrigas de pasillo, las revoluciones de palacio, inevitables cuando un consorcio adquiere cierta importancia, supongo que defendía mi causa con el ardor de una pasionaria, enarbolando bien alto un oriflama con mis armas impresas.
Yo solo tenía una preocupación en medio de la euforia de mi nueva situación y se la confié al patrón: la animosidad de Dussautier. Pero el viejo era un hombre hábil. Al mismo tiempo que me ascendía de categoría nombraba a su yerno consejero administrador. Le daba en prestigio lo que le quitaba en autoridad. Dussautier era un hombre vanidoso. Todo el mundo quedó muy satisfecho con la operación.
Quiero decir con esto que no tenía mucho tiempo para pensar en mis conflictos amorosos. Pero para ser del todo franco los sentía hervir en mi interior, de todos modos. En cierta forma se debatían solitarios. Se abrían paso a costa de mí y un buen día me sorprendió verlos desembocar de una manera totalmente imprevista.
Tal vez fue debido al hecho de haberme convertido a los treinta y cuatro años en alguien dentro del campo profesional. Tal vez fue la proximidad de la Navidad con todo el merengue sentimental en el que uno se zambulle durante una semana. Tal vez fue el choque de mi fracaso relámpago con Cris, un modo de vengarme, de desafiar la suerte. ¿O de prevenirme contra una recaída? En esa época, para mí el mundo estaba lleno de Cris, que sacaban las uñas, cuya misión era engatusar a los tipos bonachones como yo. ¿Hasta cuándo iba a seguir haciendo el tonto? Tal era, más o menos, el cariz de mis pensamientos. En materia de análisis psicológico mis fuerzas son limitadas y hasta me asombro de haber llegado tan lejos. El 16 de diciembre a las diez de la noche llamé a Lou por teléfono. No la había llamado desde mi Waterloo en lo de Castel; no me había atrevido.
—¿Eres tú, Pedro? —su voz sonaba adormilada—. Qué placer oírte.
¿Quieres hacerme el favor de esperar un minuto?
—Está bien.
—No sé dónde estoy… dormía, ¿sabes?
—Discúlpame. Lou, yo…
—No, mira, nunca me acuesto tan temprano. Jamás estoy en la cama a estas horas. Pero hoy trabajé una enormidad…
—Lo siento tanto. Tuve miedo de no encontrarte mañana por la mañana y quería…
—Hiciste bien. Espera… Ya está. Me he levantado.
—No valía la pena que te levantaras.
—¿Qué querías decirme?
—Me gustaría verte. Me gustaría conversar de algunas cositas contigo.
Tendríamos que hablar durante media hora, tranquilamente.
—Pero por supuesto. Pero dime un poco, ¡qué caradura eres al fin y al cabo! (como si de golpe lo recordara todo). La última vez…
—Lo sé, Lou, justamente por eso yo…
—Bueno, mira… ¿tienes tanto apuro? Sí, comprendo. ¿Quieres venir aquí, a mi casa?
—¿Cuándo?
—Ahora mismo. Mañana no tengo un minuto libre.
Vivía en un estudio cerca de la puerta Champerret, tan trivial como no es posible más. Un cuarto para dormir de noche y que por la mañana abandonaba temprano. Reinaba en él un gran desorden. Cuando me abrió la puerta se había echado encima un pullover y calzado unas medias-bombacha. Cuando me precedía por la pieza se le deslizaron por las caderas porque el elástico no ajustaba bien. Dijo:
—Oh, perdona, estas dichosas medias…
Las estiró, con un ademán parecido a una caricia, sobre el bajo vientre, y luego se tendió en la cama, apoyada sobre el codo; encendió un cigarrillo y de pronto, mientras aspiraba la primera bocanada, comprendí por un cambio perceptible en la expresión de sus ojos, que sufría. Que probablemente había sufrido siempre desde que fui tan grosero con ella.
Pero que jamás lo admitiría. Sin embargo, dijo con una sonrisa.
—Como sinvergüenza, tú…
—No hablemos del pasado —le dije.
—Bueno, no hablemos del presente, tampoco. No quiero saber nada más contigo, Pedro. Es decir, como camarada sí, pero nada más.
—¿Me has reemplazado?
—Dejemos eso, por favor. Además, ¿reemplazar qué?
Encendió otro cigarrillo. No le interesaba fumar, pero los gestos obligados le daban cierta soltura. Necesitaba terriblemente un poco de soltura. También yo.
Me puse a contarle la historia de mi promoción profesional. Pensé aludir a ella nada más y me apercibí de que estaba a punto de contarle hasta el menor detalle. Me sentía feliz de compartir el asunto con Lou y como todo lo que decía parecía apasionarla, encantarla, la ilusión fue completa.
Duró más o menos una media hora. Parecíamos dos novios haciendo planes para el futuro. Hasta bebimos una copa para regar la historia. Pero de pronto despertamos, ella la primera.
—Dime, ¿me has sacado de la cama para hacerme este número?
—No, en fin, no exactamente.
—Entonces, ¿qué diablos querías?
—Preguntarte qué vas a hacer para Navidad.
—¿Navidad? ¿Quieres decir la nochebuena y todo lo demás? ¿Qué es lo que anda mal, Pedro?
—Pensé que podíamos pasar la fiesta juntos.
—Querido, deja de jugar al cow-boy.
—El 24 cae en jueves. Podríamos tomarnos hasta el lunes. Podríamos ir a la playa.
—Detén los caballos, Pedro. ¿Te propones hacerte perdonar el juego de la otra noche?
—No.
—Entonces, ¿es porque no has encontrado a ninguna otra?
—No.
—Entonces, ¿por qué es?
—Tal vez porque tengo ganas de estar contigo mejor que con ninguna otra.
Intenté tomarla en mis brazos al decir esto, pero ella tuvo un gesto fulgurante, un verdadero salto de jaguar, ágil, y aunque lánguido y tan
rápido que algo rasgó el aire ante mis ojos y la vi de pie, a cuatro metros de mí.
—¿Qué te parece si ahora me dejaras dormir? Mañana me espera un día terrible.
Me levanté.
—Piénsalo, Lou. Mantengo mi invitación.
—Pedro, me horrorizan los fines de semana. Aunque sean del jueves al lunes. O son muy largos o no resultan lo bastante largos.
—Lo sé —dije—. Creo que he olvidado decirte lo esencial. Navidad es la época ideal para hacer proyectos.
—¿Me ves en algún rincón de tu futuro, Pedro?
—En todo caso cuando pienso en él, no veo a ninguna otra.
—¿Estás seguro? ¿A nadie?
—Sí, y no tengo ganas de quedarme solo, tampoco.
—Pedro, lo que estás diciendo es muy serio.
—Yo mismo me sorprendo.
—¿Quieres que hablemos de esto mañana?
—Hablaremos de esto otra vez cuando quieras. ¿Te molesta demasiado que te bese?
—Sí, mucho —dijo ella—. Dame un beso en la mejilla en todo caso.
Cuando la estreché entre mis brazos, temblaba de pies a cabeza.
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