Zigzags
Capítulo 13
Volví sobre los hechos expuestos por ella. Le hice describir su estado mental durante la jornada del 4 de abril, su trastorno, las ideas más abracadabrantes que le pasaban por la mente, los temores que se convertían en presentimientos, los presentimientos que se convertían en certeza. Todo esto tenía escaso interés y nadie escuchaba en verdad. Es más o menos como cuando uno asiste a un partido de póker. No es necesariamente el jugador que tiene el mejor juego quien excita el interés del espectador sino aquel que con un juego pequeño se impone y gana el respeto de todos.
¿Acaso tenía yo el mejor juego? En tanto que hablaba la falla de mi razonamiento se me hacía más visible que nunca. Describir el pánico de Cris no tenía interés alguno puesto que al fin y al cabo… ¡no se había engañado! Vadja estaba bien muerto, ¿no? ¡Extraordinaria coincidencia!
Esto es todo lo que yo podía objetar. ¿Quién me metía a hacer repreguntas a un testigo cuyas palabras subrayaban la tenuidad de mi defensa? El presidente lo había dicho claramente: que lo quisiera o no, Cris era un testigo de la acusación.
—Usted embiste como un toro —me dijo Cazarès durante la suspensión de la audiencia—. Un toro muy bravo como ya no se ven hoy, ni siquiera en las dehesas de Salamanca.
Se había quedado en el banco de la defensa, llenando su pipa, mientras la sala se vaciaba.
—¿No viene a almorzar?
—No tengo hambre.
—¿Qué otra cosa podía decir?
—Nada —dijo él—. Cayó de cabeza en la red que le tendía Lantier, pero no podía hacer otra cosa.
—No entiendo.
Chupaba la pipa lanzando pequeñas bocanadas y le acercaba la llama de una cerilla que le quemaba los dedos.
—Ella cree muerto a su amante; tiene razón. Cree culpable a su marido.
Se equivoca. En resumen a esto se reduce nuestra argumentación.
—¿Qué otra cosa pude decir?
—Nada. En este aspecto, Lantier es muy fuerte. No cree una sola palabra de ese cuento de la complicidad entre ambos cónyuges. Pero al forzarlo a destruir su tesis, lo fuerza al mismo tiempo a insistir en la nuestra. Y esta insistencia solo sirve para señalar las flaquezas.
—Muy bien —dije—. ¿Por qué no tomó la palabra?
Empezaba a irritarme con su estilo por encima del bien y del mal.
—Yo habría dicho lo mismo que usted. Por otra parte… Jacquart —dijo de repente con la mirada reanimada— nos hemos dejado llevar por las narices pero no podíamos evitarlo. Es mejor que haya sido al principio y no al final. Esta tarde empezaremos a trabajar de veras. Vaya a almorzar.
Liviano. Un almuerzo de torejior. Ahora somos nosotros los que tendremos la capa.
Solo al final de la jornada pudimos contraatacar. Antes hubo un desfile de la artillería pesada. Cosa curiosa, Lantier parecía tratar al Jurado como a un conglomerado de retardados. Su táctica consistía en hundir el clavo, remachando cuando la madera comenzaba a astillarse. Hizo comparecer al comisario Dufrêne, al profesor Lessien, médico legista. Había agregado al expediente un duplicado de la contravención (que un agente de tránsito puso en el auto de Pedro estacionado ante la casa de Vadja). De haber podido habría hecho comparecer al propio agente. ¿Y todo para qué? Para aclarar hechos que ni soñábamos negar. Estábamos de acuerdo sobre las impresiones digitales de la espátula (¿cómo no estarlo?), sobre la hora en que Pedro dejó a Vadja luego de pelear con él. Tampoco discutíamos el peritaje médico, es decir la hora del deceso, claro está que con el margen de diez a veinte minutos que nadie podía rehusarnos. En todo estábamos de acuerdo, menos en un punto. Alegábamos la trágica coincidencia.
Las cosas empezaron a animarse un tanto con la declaración de Lemonet, el asistente de Vadja, una cara demacrada, ojillos negros y fríos
que parecían acechar a un adversario. Igual que los demás, contó su historia. Dejó a Vadja a las dos, ocupado en comer el famoso sándwich de jamón. Debía ir al Village suizo y de ahí a ver a los anticuarios de la calle Saint-Benoit, en busca de accesorios para la decoración de una foto encargada a Vadja por un semanario femenino (decorado de caza, fusiles, antiguos, alacena estilo rústico, mesa inglesa). Debía regresar entre las tres y las cuatro, pero como no encontraba aún lo que buscaba, telefoneó a las 3
y media desde los Deux Magots. Nadie respondió a la campanilla del teléfono. Nueva llamada una hora después, ídem. Continuó su exploración hasta las 5:30 horas. Retornó a la avenida de Lamballe. Vio la camioneta de la Policía de Emergencia ante la puerta. Arriba encontró a su patrón muerto, Cris interrogada por agentes vestidos de civil y otros policías que iban y venían por el cuarto tomando fotos, etc. Aquí hizo una pausa.
—¿Qué pasó después?
—Llegó la ambulancia. Los policías me dijeron que después de retirar el cuerpo iban a poner los sellos y que yo debía marcharme con ellos.
—¿Qué les respondió?
—No había mucho que responder. Además estaba medio sonado.
—¿Qué hizo?
—Tomé mis bártulos y me largué.
—¿Sus bártulos? ¿Qué bártulos?
—Dos o tres pilchas que dejaba en el estudio. Una blusa, un pullover…
—¿Material fotográfico?
El muchacho agachó la cabeza como si quisiera leer la respuesta en la punta de sus zapatos. Era el testigo de Lantier y este se precipitó en su auxilio.
—Los hechos a los que Ud. alude, señor letrado, forman parte de una instrucción aparte. Usted no puede ignorarlo.
Pero el jurado no tenía por qué saberlo y pedí al presidente el permiso para informarle. Nos habíamos enterado de la cosa tiempo atrás y por casualidad. El comisario Dufrêne, sea dicho en su descargo, se sorprendió mucho al no hallar ningún aparato fotográfico en el estudio de un fotógrafo profesional. Interrogó a las dos modelos que fueron a posar en la mañana del crimen: allí había máquinas. Cuando se hicieron saltar los sellos para la
reconstrucción ya no estaban. Uno de los oficiales de policía que comprobó el crimen recordó entonces que aquella tarde había visto al asistente abandonar el estudio con un bolso de Air France a simple vista muy cargado. Lemonet negó. Se hizo una requisa. Se encontró en su casa una Hasselblad estimada en 5000 francos, una Contax III, una Rollefleix y diversos objetivos, en total 12 000 francos de material.
El asistente se dirigió a mí, lastimero:
—Traten de comprender —dijo—. Esa historia me costaba muy cara.
Me dejaba en la calle, sin preaviso ni indemnización.
—¿Y por eso se surtió?
—Hice mal, no digo que no. Pero traten de comprender.
—¿Comprender qué? Es la segunda vez que lo dice.
—Sabía que no encontraría fácilmente un laburo.
—De todos modos… —dijo Lantier.
—De todos modos este asunto está disociado del nuestro, lo sé —dije yo—. Y precisamente eso me asombra.
Lantier se encogió de hombros y puso cara de desinteresarse del resto.
—El testigo, —repliqué— ¿ha sido acusado?
—Sí —soltó Lantier de mal humor— de robo. Está a punto de ser juzgado por un tribunal correccional.
—¿Es normal que un encausado convicto de un robo de esa importancia, sea dejado en libertad provisional?
Esta vez Lantier asumió la actitud del señor que prefiere echar las cosas a broma.
—Pero mi estimado colega, usted sabe tan bien como yo que nuestras cárceles están repletas.
—Lo sé, en efecto. Hasta suele suceder que los inocentes ocupen el lugar de los culpables (la palabra levantó un murmullo en la sala). Pero no es eso lo que me interesa —proseguí—. ¿Ha aportado la instrucción la más mínima prueba de que el robo haya sido cometido la tarde del asesinato?
Lantier abrió unos ojos casi espantados. ¿Qué está buscando este?, decía su mirada estupefacta.
—Sé muy bien —proseguí— que un inspector recuerda vagamente haber visto a Lemonet abandonar el estudio llevando consigo un bolso muy
pesado. Pero en estricta lógica nada prueba que el robo no haya sido cometido antes del crimen, o inmediatamente después o bien (marqué bien las sílabas) en el momento del crimen.
—No creo que por ese camino vaya muy lejos —dijo Lantier.
Frase infortunada. Decidí no dejarla pasar.
—Me asombra —me puse a gritar de repente (al fin y al cabo también yo tenía derecho a mis trucos de prestímano)— me asombra que este asunto sea tratado con tanta ligereza. Y tal aspecto, por lo demás, será confirmado en las siguientes declaraciones. En la muerte de Jess Vadja, todo sucede como si la policía, al tener en mano a un culpable, haya considerado innecesario buscar otro. Al fin de cuentas (y señalaba con el dedo a Lemonet) estamos en presencia de un ladrón. ¿Quién ha verificado su coartada? Nadie. No sé qué se haya hecho ninguna investigación en casa de los anticuarios donde declara haber pasado la tarde del 4 de abril. Señores, he buscado (aquí me dirigía de nuevo al jurado), he buscado en este voluminoso expediente que contiene hasta un duplicado de una boleta de contravención por estacionamiento prohibido, he buscado un informe, por breve que fuere, referido al empleo del tiempo de Gerardo Lemonet el día del crimen. En vano. Además he buscado otras piezas en ese expediente, de igual importancia, de las que volveremos a hablar luego y que tampoco he encontrado. Para limitarnos a Lemonet, no sé que nadie haya emitido la hipótesis de su regreso al estudio a la hora prevista —es decir poco después de que mi cliente se hubiera marchado. Lemonet de quien sabemos, por otra parte, que ese día, precisamente el día del asesinato, como por casualidad, desvalijó el estudio de la víctima. «No quiero, señores, sostener aquí ninguna acusación; tampoco es ese mi papel, mi función. Señalo simplemente que la instrucción de este caso ha sido llevada con sorprendente fantasía. Sé que no es la primera vez que un proceso de primera instancia se desarrolla en semejantes condiciones. Célebres ejemplos nos prueban que la policía, tanto como la magistratura, se entienden a veces maravillosamente para poner en marcha el mecanismo de un error judicial, cuando su trabajo en común responde a una idea preconcebida. Aquí teníamos un culpable, ¿verdad? Designado por la confesión de su propia esposa. Por su móvil. Por indicios indiscutibles.
Teníamos todo, menos la confesión. Entonces, ¿por qué buscar en otra parte? ¿Por qué tratar de averiguar si entre Vadja y su asistente u otra persona del círculo existía algún conflicto? Porque lo repito, no es solo Lemonet. La continuación del debate nos probará que otras lagunas, tan graves como esta, se descubren en el informe del caso. Por el instante solo quiero retener un hecho y si el señor Fiscal lo permite, será esta mi conclusión. Un ladrón ha sido citado a este estrado por la acusación, para exponer su tesis. Es preciso que esta sea bien frágil para que se recurra a tales testimonios».
Me senté de nuevo en medio del silencio. De una ojeada hacia la sala pude ver que mi alusión a otro testigo, junto al cual Lemonet era cantidad despreciable, había producido su efecto. Lo vi en la expresión de los señores de la prensa y en una cierta calidad del silencio: solo se oía con repentina y extraña intensidad, el golpeteo del lápiz de Lantier contra su pupitre. Luego el presidente La Ferté carraspeó.
—Infortunadamente, señor letrado, creo que por hoy no iremos más lejos. Ya es muy tarde (se volvió hacia Lantier como preguntándole si quería agregar algo, Lantier meneó negativamente la cabeza). Señores, se levanta la audiencia.
Esa noche, por televisión, Lavigne habló de la alta autoridad del presidente. La Ferté, del talento punta de lanza del señor Fiscal Lantier cuyo primer caso importante era este y que prometía una brillante carrera.
Agregó que al final de la jornada la defensa había hecho una desesperada tentativa de dispersión. El joven letrado Jacquart a quien, salvo error de mi parte se oye por primera vez en el tribunal, rompió lanzas —dijo— con un ímpetu que en otras circunstancias habría servido quizás a su cliente. Pero como muchos miembros del tribunal, pocos duchos en asuntos criminales, el letrado Jacquart proporcionaba la violencia de sus ataques a la fragilidad de sus argumentos. Dicho esto, no era posible dejar de sorprenderse (concluía Lavigne) de que el abogado Cazarès dejara solo en el combate a su joven colega sin aportarle el refuerzo de su inmenso talento. En realidad eso decepcionaba a todos, podría jurarlo —dijo—. Sin duda el célebre abogado se reservaba para la jornada de mañana. Por lo menos prefería pensarlo así.
También yo lo prefería. Era el único punto en que estaba de acuerdo con Lavigne.
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