Zigzags

Paul Andreota · Capítulo 6 de 17

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Zigzags

Capítulo 6

Cuando entré en el bar de los Teatros, Lou ya estaba allí devorando un plato de salchichas con lentejas con sólido apetito. Me saludó desde el fondo del salón, gritando un ¡Yep! ¡Yep! que hizo volver la cabeza a todo el mundo.

Había otras modelos, sentadas ante medios litros y sándwiches cuyos menores gestos indicaban mucha prisa, por tranquilas que se mostraran.

Había maniquíes de Dior almorzando un café negro, fotógrafos de la prensa con sus máquinas depositadas sobre las mesas y hombres solos que nada tenían que ver con aquel lugar. En torno a tres mesas unidas, un grupo de chicas y muchachos discutían en una lengua extranjera, haciendo grandes gestos, sin duda la compañía de ballet que ensayaba en frente, en el teatro de los Champs-Elysées. Había olvidado cuán vivaz y encantador era ese sitio. Me senté frente a Lou. Había olvidado cuán vivaz y encantadora era ella, también. Cuando se acercó el mozo pedí un whisky doble.

—¿No vas a comer?

—No podría probar un bocado.

—¿Qué es lo que anda mal? Cuéntaselo a tu hermana mayor.

¿Qué me había impulsado en el último momento a concertar esa entrevista? ¿La necesidad de confiarme a alguien? Diciéndome entonces:

¿quién me puede comprender mejor, aconsejar mejor que Lou? No, borré tales razones de un esponjazo.

Quería que ella me hablase de ese tipo, Vadja, que me lo analizara, disecara, que lo pusiera sobre fichas perforadas. Había tenido un reflejo de hombre de negocios: el estudio profundo de la carpeta antes de la entrevista decisiva. Una vez más me servía de Lou. Siempre me había servido de ella para mi comodidad. Comodidad sexual en una época, sentimental en otra y

ahora el máximo de eficacia dentro de la delicada operación consistente en salvar lo que podía ser salvado de mi matrimonio.

—Lou —dije— a menudo me tratas de canalla. Tienes razón.

—Te quiero mucho, Pedro. La palabra canalla en mi boca es un término afectuoso.

—Lo sé.

—Me gustan los canallas.

—Tienes todo el aspecto de estar formidable.

—Sí, la cosa no anda mal. No fue siempre así, pero ¿sabes?, estoy blindada. Y además el trabajo anda como los dioses. Mira, acabo de sacar un permiso de conductor. Creo que me voy a comprar un cochecito muy sexy. Y creo también que estoy enamorada. Ya ves, todo anda bien. ¿Y tú?

Ya veo que empiezas a chupar whisky al mediodía. ¿Qué es lo que anda mal?

—Nada demasiado grave.

—Pavadas. ¿Qué te pasa con Vadja? ¿Es por tu mujer?

—Dios santo —grité— ¿cómo lo sabes?

—Me lo dijo él.

—¿Qué te dijo, Lou?

—No grites que no vale la pena. Un día estábamos hablando de ti. En fin, la que hablaba era yo. Hubo una época en que prácticamente no podía hablar de otra cosa, querido. No sé cómo llegamos a la conclusión de que yo era una ex tuya y él un ex de tu mujer. Ya ves, ese tipo de conversaciones bastante idiota en el fondo. En las sesiones de pose hay que esperar a veces horas enteras hasta que la iluminación esté en regla y entonces uno dice cualquier cosa y…

—Lou, han vuelto a las andadas.

Se quedó tiesa un centésimo de segundo como ante el objetivo. Luego recobró la vida. Una vida en tono menor.

—¿Estás seguro?

—Ella me lo confesó.

—¿Ah, sí? Hay que ver las conversaciones que tienen ustedes.

—Se ha colgado de su teléfono. No deja de perseguirla. Si la abandonó cuando la tenía, ¿qué es lo que quiere ahora?

—¿Por qué no se lo preguntas?

Encendía un cigarrillo. Lo recuerdo: su mano temblaba tanto que la llama no lograba ponerse en contacto con el cigarrillo. Estaba muy sorprendido al verla tan emocionada.

—Es lo que me propongo —dije— ¿por qué pones esa cara?

—Tus historias no me interesan, Pedro.

—¿Qué te ha dado, ahora?

—Me aburren tus historias.

—¿Qué te pasa? ¿Te he hecho daño?

—Sí —dijo ella— un daño terrible. Y lentamente, aplastó su cigarrillo.

—¿A causa de Vadja?

—A causa tuya, Pedro.

—No comprendo.

—Bueno, yo tenía una imagen tuya, Algo cobarde, algo chiquilín terriblemente egoísta. Pero nunca boludo.

—Gracias —dijo— estoy de turno.

—¿Qué te parece que estás haciendo en todo esto? Te casaste con esa chica sabiendo muy bien que quería al otro.

—¿Cómo lo sabes?

—Él me lo dijo porque ella se lo dijo. ¡A la mierda, Pedro, vas a enloquecerme!

Nos dimos cuenta de que los dos estábamos gritando. La gente, a nuestro alrededor, nos miraba y escuchaba lo que decíamos. Ella vació su medio litro y se puso de pie.

—Debo irme —dijo—. Perdóname. Te lo previne. En este momento hay un lio bárbaro con el trabajo.

Ya había llamado al mozo para pagar cuando vi que volvía. Había olvidado su pañuelo de cuello y sus guantes sobre la banqueta. Los recogió sin agregar una palabra y se marchó otra vez.

Muestras fotográficas puestas a secar colgaban de un hilo sostenidas por broches de ropa. Una gran mesa sobre caballetes ocupaba uno de los rincones, cerca del ventanal y, un poco más allá, había una mesa española, un diván, dos sillones de color tabaco y cortinas de todos los colores entre el ocre y el negro. La pieza olía a azufre, como si el enchufe eléctrico de un

radiador hubiera hecho cortocircuito y luego el olor de café dominó todo cuando él apareció con dos minúsculas tazas sobre una bandeja de cobro.

—¿Le gusta el café turco? Si no le gusta le prepararé Nescafé. ¿Quiere un trago de alcohol? Nunca bebo antes de la noche pero si usted quiere lo acompaño.

Descuidado. Parecía moverse en un mundo saturado de calidez. Tenía la tez bronceada; los cabellos, negro de ébano con algunas canas, caían en rizos sobre la frente. Sus ojos igualmente negros, tenían la vivacidad de los reflejos plateados de una trucha. Llevaba un jean beige y una camisa negra, sin corbata, y se mostraba tan afectuoso y sonriente como si yo hubiera sido su mejor amigo.

—Me gustaría aclarar algunas cosas con usted —dije.

—Claro, claro —servía una bebida blanca en unas copas balón—.

¿Cómo está ella?

—Usted lo sabe tan bien como yo.

Me miró cara a cara con aire de sorpresa. Luego, sin apartar de mí los ojos, tardó una hora en tenderme el vaso que yo dejé enseguida sobre la mesa.

—No entiendo lo que quiere decir.

—No seamos ridículos. Estoy enterado de todo. Lo único que ignoraba hasta anoche es que ustedes han vuelto a verse.

Su respuesta saltó como un resorte.

—No he visto a Cris desde…

— Stop, amigo. Así no iremos muy lejos.

Entonces él cambió de actitud, sonrió y se relajó todavía más. Aunque permanecía concentrado.

—¡Qué interesante! Siga.

Me puse de pie y empecé a recorrer el cuarto de arriba a abajo. Había rumiado el famoso discurso desde las seis de la mañana. Conocía a fondo hasta las comas. Pero ese hombre me hacía sentir incómodo y entonces todo se embarullaba. Había imaginado la escena de una manera diferente. Había imaginado todo de una manera diferente. El personaje de mi sueño se parecía a mí y ese fue mi gran error. Dios sabe cuántas historias de mujeres he tenido en mi vida. Cada vez que las cosas se complicaban de veras

salvaba mis responsabilidades o por lo menos trataba de salvar la cara. Él aplicaba otro método. Pudo. «Perfectamente relajado en la tensión máxima»

dejaba que el adversario gastara sus fuerzas nerviosas. Aguardaba en mí la menor ruptura del equilibrio para tirarme al suelo, de un golpe. Lo odiaba.

—Usted la ha tenido. No quiso saber nada con ella. Ahora déjela en paz, entonces.

—Pero si es lo que hago…

—Vadja…

—Mire, no he visto a Cris hace por lo menos…

—La ha visto siete veces en los dos últimos meses. Sin hablar de sus incesantes llamadas telefónicas.

—¡Pero, qué está diciendo! No he llamado a Cris por teléfono desde…

—Desde anoche.

—¿Anoche? —repitió él.

—Lo oí. Yo estaba en la casa.

Cambió de táctica y me miró fijo con expresión de delicada bondad, como si intentara ayudarme de veras. —¿Qué quiere de mí, exactamente?

Hice un gran esfuerzo por conservar mi calma, por aplicar su técnica.

Hasta logré sonreír a mi vez.

—Pongamos las cosas en otro plano. Ella lo quiere todavía. Dele una oportunidad de sanar.

Soltó una risa gutural, tipo cosaco.

—¡No soy una enfermedad! (luego, recobrando su seriedad, apasionadamente, comprensivo). ¿Qué puedo hacer? ¡Dígamelo francamente!

—Usted me exaspera, Vadja.

—Usted también me exaspera —dijo como si la comprobación lo abrumara—. Viene a mi casa. Me hace una escena ridícula. Póngase en mi lugar…

—En su lugar —dije— yo sería algo menos cobarde.

—Y ahora me insulta.

—Se me ocurre una idea —dijo con cara radiante—. Voy a hacerle una propuesta. ¿Qué tal, si se larga?

—No tengo la menor intención de hacerlo.

—Perfecto. Como quiera. En ese caso, discúlpeme, pero tengo que terminar un trabajo urgente.

Se puso de pie y fue hasta la mesa sobre caballetes. Se inclinó y tomando un estilete que le servía como espátula para retocar las muestras, me miró de reojo, de una manera inexplicablemente amistosa.

—Tiene que estar listo para las tres…

Era demasiado. Yo estaba a su lado. Le arranqué de las manos el estilete y lo tiré al piso.

—Usted es el marica más repugnante que he conocido.

Mi puño izquierdo le golpeó al instante la mejilla. Se le puso la cara gris y su ridícula voz de bailarín mundano perdió la sonoridad de violoncelo y empezó a arrastrar muchas más de las que contenían las palabras.

—¡Baje de aquí! Usted es una basura. ¡Vaya y que lo zurzan!

Quise golpear de nuevo; me esquivó y me lanzó una patada al vientre, un puntapié fuera de uso que evocaba las viejas luchas cuerpo a cuerpo de antaño, pero el golpe me hizo daño y me doblé en dos. Lo aprovechó para abalanzarse sobre mí. Le hice perder el equilibrio y me lo dejé caer encima alcanzándolo en la sien con un gancho. Tenía sus ojos inyectados en sangre sobre los míos. Me liberé con un esguince pero él se apoderó de mi pie y me lo retorció causándome un fulgurante dolor a lo largo de toda la columna vertebral. Entonces volví a golpear, concentrando toda mi rabia en el filo de mi mano y él soltó la presa y rodó por el piso. Pude ponerme de rodillas, luego de pie apoyándome contra la pared y salí sin mirar atrás.

Había estacionado el Rover en la esquina de la calle Raynouard, justo en la vuelta, allí donde la avenida de Lamballe desciende hacia el Sena en rápida pendiente. Sobre el parabrisas había una boleta de contravención. Ni me tomé el trabajo de quitarla. Solo tenía una idea, alejarme de allí lo antes posible.

Al llegar a mi oficina me encerré en el cuarto de baño durante diez minutos, por lo menos, lavándome la cara con abundante agua fresca.

Cuando salí, Susana me miró asombrada, pero no dijo nada, salvo que Cris me había llamado al mediodía poco después de mi partida. Traté de encontrarla en casa primero, luego en Algaric, pero no estaba en ninguna parte. Entonces recordé mi cita de las tres con los representantes de la

SOCOAM. Por un instante sentí ganas de mandar todo a paseo. Susana depositaba la carpeta sobre el escritorio. —Estos señores ya están ahí— me dijo. Al fin y al cabo más valía no quedarse inactivo, pensar en otra cosa.

De pronto me sentí bien, tan neto, preciso y maligno como una navaja. La entrevista duró casi dos horas. Mientras discutía sentía que en mi interior se ponían en movimiento confusas masas de brumas y giraba sin cesar en ángulo recto para escapar de ellas. Cuando esos señores, tan fantasmas, salieron de mi despacho, la pequeña idea que se abría paso mordiendo mi médula espinal centímetro por centímetro, acabó por desembocar a plena luz. ¿Y si ahora había perdido a Cris del todo y para siempre? ¿Si no volvía a verla? Alguien en mi interior estaba demostrándome, a+b y prueba del nueve que había cortado el hilo tirante que nos mantenía unidos todavía la víspera. Me levanté y fui a mirarme la cara en el espejo. Quería ver a qué se parece un hombre llegado al límite de la derrota. Pero, idiota, me respondió el espejo, ¡olvidas que ella te quiere! Los ojos del espejo estaban más alegres que los míos, viejo —le dije— no te hagas ilusiones. Así me encontró Dussautier. Lindo caballero, Dussautier, sin esposa infiel en su vida, sin amor loco, sin alma hecha un trapo.

—Bravo, los jorobé, bien jorobados. Me encontré con Mauchard en el pasillo. Además, ¿no se lo había dicho? La Socoam se mantiene en pie porque… Pero ¿qué le pasa?

—¿Me pasa algo?

—Tiene una cara… Debía irse a su casa y meterse en la cama con una aspirina.

Es extraño como a veces los objetos comprenden mejor que los hombres… El ascensor me depositó en la planta baja con extremada suavidad como si yo hubiera estado tendido en una camilla y apenas si tuve necesidad de manejar el volante del Rover para que el coche me llevara hasta mi casa. En el departamento me encontré con María Luisa, la mucama.

—¿La señora no está?

—No, señor. Vino esta tarde pero volvió a salir.

—¿A qué hora?

—A eso de las cuatro, señor.

—¿Dijo algo?

—No.

—Puede marcharse, María Luisa. Esta noche no la necesitaremos.

Empezó la velada. Jamás Cris se retrasaba; si algo la demoraba no dejaba de telefonearme o bien, si lo sabía de antemano, me dejaba un mensaje. No había ninguno sobre mi escritorio, ni en el living, ni en el cuarto. En cambio encontré en el dormitorio un vaso con restos de whisky.

La botella estaba al lado, sobre la moquette, junto a la cabecera de la cama. Resultaba algo muy sorprendente. Cris jamás bebía durante el día y, en todo caso, nunca sola. Comencé a inquietarme de veras y llamé a la agencia.

Chauveau estaba allí todavía. Me dijo que Cris había llegado alrededor de las tres, pero que ignoraba a qué horas se había marchado, probablemente durante la tarde. Le pregunté si estaba enterado de que tuviera alguna cita de negocios fuera. No lo sabía. No comprendía por qué me agitaba tanto. Había empezado a llover y el tránsito debía estar imposible. Me sobrevino una idea estúpida. ¿Cómo sabía él que estaba lloviendo? Bueno, lo había visto por la ventana. La conversación era tonta, sin pie ni cabeza, interminable Corté bruscamente sin disculparme siquiera pensando que Cris podía estar tratando de llamarme. Pero había en mi interior tal confusión que este pensamiento fue enseguida eclipsado por otro y marqué el número de su estudio. Nadie me respondió. Esta vez colgué, encendí una lámpara y me puse a recorrer el departamento, de cabo a rabo.

Tenía hambre. Abrí la refrigeradora y encontré un poco de jamón, pero en ese mismo momento oí que el ascensor subía y corrí a la puerta. La caja se detuvo dos pisos más abajo. Una media hora después, aproximadamente, el ascensor funcionó de nuevo, esta vez sobrepasó mi piso. La tercera vez, debían ser las once, se detuvo en el descanso. Del ascensor salieron dos señores.

—¿El señor Laisné?

—Soy yo.

—Con su permiso.

Uno de ellos me mostró una tarjeta de la policía con un gesto casi tímido, como si se excusara y pasaron por delante de mí para entrar en el

departamento sin agregar nada más. El que llevaba sombrero se lo quitó.

Permanecieron de pie mirando en torno. No parecían tener prisa por hablar.

—¿Ha sucedido algo? —dije. (Silencio)—. ¿Mi mujer?

El mayor de los dos se sentó y sacó del bolsillo un carnet.

—Puedo tranquilizarlo ya mismo: su mujer está muy bien. Mire, empecemos por el principio (consultó su carnet), Jess Vadja, ¿le dice algo?

—(y como yo no lograba dar con una respuesta)— ¿lo conoce sí o no?

(Asentí con un movimiento de cabeza). ¿Estaba enterado de sus relaciones… con su mujer?

—¡Sí, sí, sí! ¿Adónde quiere llegar, Dios santo?

El otro, el que se quedara de pie, no me quitaba los ojos de encima.

—¿Lo ha visto alguna vez? —preguntó.

—Hoy, por primera vez.

—¿A qué hora?

—Después del almuerzo.

—Funciona —dijo el que estaba sentado—. Usted comprende que estamos obligados a verificar.

—¿Verificar, qué?

—Usted es la última persona que lo vio con vida.

—Aparte del asesino —agregó el otro—. El primero empezó a zambullirse en sus notas. Habían sido redactadas de prisa y tropezaba en algunas palabras. El cuerpo —recitó— fue hallado en el taller de la avenida de Lamballe. Muerte debida a una herida propinada a la víctima con ayuda de una espátula que le servía para retocar las muestras. Otras palabras llegaron hasta mí, términos anatómicos, precisiones fútiles. Yo esperaba.

Esperaba. Esperaba. Las imágenes se estiraban hasta perderse de vista. Solo podía esperar el final al que nos llevaría todo lo que estaba ocurriendo.

—Mire —dijo por fin el policía cerrando su carnet que guardó otra vez en el bolsillo— siento muchísimo darle una noticia tan mala, señor Laisné.

Su mujer, actualmente, está detenida en el local de la Cuarta Brigada Criminal, en el muelle de los Orfebres, bajo inculpación de asesinato.

—¡No es cierto! —dije—. Eso no es posible.

Una chispa se alumbró en la mirada del otro, el que estaba de pie.

—¿Cómo lo sabe?

—¿Cómo lo sabe usted? Es absurdo. ¿En qué se basan? Explíquenme.

—En primer lugar, explíquenos usted. No sabe nada y grita que no es verdad. ¿Cómo puede saber algo de esto?

No andaba con vueltas. El otro, el de más edad, le hizo una discreta señal como para decirle que era inútil insistir. Luego se puso de pie y tomó el sombrero.

—Señor Laisné —dijo—. Tenemos buenas razones para pensar que su mujer es culpable. Hizo una confesión completa.

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