2 El relicario

Grammata · Capítulo 7 de 10 · parte 2/6

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2 El relicario

Tercera Parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

restantes unidades móviles, sus focos brillando en la oscuridad, se habían agrupado en una defensiva falange. Otros, subidos a los tejados de los edificios próximos y provistos de teleobjetivos, envolvían a los alborotadores en un misterioso resplandor blanco.

Una mancha azul en la multitud llamó su atención. Un apretado grupo de policías, con las porras en alto, se abría camino entre la muchedumbre.

En el centro del grupo vio a un civil asustado con un poblado bigote y a un tipo gordo y sudoroso que reconoció en el acto. Era el capitán Waxie.

Intrigado, Smithback observó desfilar al grupo entre los alborotadores.

Allí había algo extraño. Al cabo de un momento cayó en la cuenta: los policías no hacían nada para detener la lucha o controlar a la multitud. Por lo visto, se limitaban a proteger a los dos hombres situados en el centro del grupo, Waxie y el otro tipo. Por fin llegaron a la acera y corrieron hacia una de las entradas del parque. Obviamente habían acudido allí con alguna misión; se dirigían apresuradamente a algún sitio en particular.

«Pero ¿qué misión puede ser más importante que dispersar un tumulto?», pensó Smithback.

Permaneció tenso e inmóvil por unos instantes sobre los hombros de Shakespeare, atormentado por la indecisión. Luego bajó rápidamente de la estatua, rodeó la baja tapia de piedra y corrió tras el grupo, adentrándose en la envolvente oscuridad del Central Park.

49

D'Agosta se retiró de los labios el cigarro húmedo, se quitó una hebra de tabaco de la lengua y examinó la boquilla húmeda con irritación. Margo lo observó palparse los bolsillos en busca de una cerilla. No la encontró y miró a Margo enarcando las cejas en una tácita interrogación. Ella movió la cabeza en un gesto de negación. D'Agosta se volvió hacia Horlocker y abrió la boca para hablar, pero cambió de idea. El jefe tenía una radio portátil pegada a la oreja y no parecía muy contento.

—¿Mizner? —vociferó—. ¿Me recibe?

Se oyó un prolongado y débil gemido que, supuso Margo, debía de ser Mizner.

—Simplemente reduzca y detenga a los… —empezó a decir Horlocker.

Se oyó otro débil gemido.

—¿Quinientos? ¿Que han salido del metro? Mire, Mizner, no me venga con ésas. ¿Por qué no están en los autobuses?

Horlocker calló de nuevo para escuchar. Con el rabillo del ojo, Margo vio a Pendergast sentado en el borde de una silla, apoyado contra una unidad de radio móvil, al parecer absorto en la lectura de un ejemplar del periódico Policeman's Gazette.

—Control antidisturbios, gases lacrimógenos, me importa un carajo el método que… ¿Los manifestantes? ¿Cómo que están luchando con los manifestantes? —Apartó la radio, la observó con incredulidad y volvió a acercársela al oído—. No, por Dios, no use el gas cerca de los manifestantes. Mire, tenemos a la Veinte y la Veintidós bajo tierra; la Veintiuno está en los puestos de control; la parte alta se encuentra… En fin, déjelo. Dígale a Perillo que convoque a todos los subjefes a una reunión relámpago dentro de cinco minutos. Haga venir gente de fuera de Manhattan, movilice a los agentes que no están de servicio, traiga guardia urbana, lo que sea. Necesitamos más hombres en ese punto, ¿me ha oído?

Cortó la comunicación con un golpe furioso y descolgó el auricular de un teléfono.

—Curtis, póngame con la oficina del gobernador. La evacuación se ha desplazado hacia el sur, y parte de los mendigos que hemos desalojado de los túneles en la zona del parque están causando disturbios. Se han tropezado con la manifestación en Central Park South. Tendrá que intervenir la Guardia Nacional. Luego póngase en contacto con Masters; vamos a necesitar un helicóptero de la Unidad de Respuesta Táctica por si acaso. Dígale que saque los vehículos de asalto del arsenal de Lexington Avenue. No, esto último olvídelo; ni siquiera conseguirían llegar. Mejor avise a la subcomisaría del parque. Yo mismo telefonearé al alcalde.

Colgó, esta vez con mayor suavidad. Un única gota de sudor descendía con lentitud por su frente, que en cuestión de segundos había pasado de un encendido color rojo a un gris ceniciento. Horlocker miró alrededor, aparentemente sin ver a los policías que corrían de un lado a otro del centro de control, ni los transmisores que crepitaban en innumerables bandas de frecuencia. A ojos de Margo, parecía un hombre cuyo mundo acabase de hundirse de repente.

Pendergast plegó cuidadosamente el periódico y lo dejó en la mesa.

Luego se inclinó y se atusó el claro cabello con la mano derecha.

—He estado dando vueltas a este asunto —comentó casi con despreocupación.

Ajá, pensó Margo.

Pendergast se aproximó despacio hasta situarse frente a Horlocker.

—Me parece que esta situación es demasiado peligrosa para dejarla en manos de un solo hombre.

Horlocker cerró los ojos. Al cabo de un momento, volvió a abrirlos y, como si realizase un colosal esfuerzo, dirigió la mirada hacia el rostro plácido de Pendergast.

—¿De qué demonios me habla? —preguntó.

—Dependemos de que nuestro amigo Waxie cierre manualmente las válvulas del Reservoir y detenga el proceso de desagüe.

Pendergast se llevó un dedo a los labios como si estuviese a punto de revelar un secreto.

—Sin querer pecar de indiscreto, opino que el capitán Waxie ha demostrado no ser… digamos, el más fiable de los recaderos. Si fracasa, se producirá una catástrofe de proporciones inimaginables. La planta de Mbwun será arrastrada por el agua hasta los túneles Astor y de ahí saldrá al mar abierto. Una vez expuesto a la salinidad, el retrovirus quedará fuera de control. Podría alterar la ecología marina de manera sustancial.

—Peor aún —se oyó decir Margo—, puede que se introduzca en la cadena alimentaria, y a partir de ahí… —Se interrumpió.

—Esa historia ya la he oído antes —repuso Horlocker—. Y la segunda vez no mejora en absoluto. Hable claro.

—Propongo lo que en el FBI llamamos una solución redundante —dijo Pendergast.

Cuando Horlocker se disponía a hablar, un policía uniformado le hizo una seña desde una mesa de comunicaciones.

—El capitán Waxie para usted, señor —anunció—. Se lo paso por la línea abierta.

Horlocker cogió de nuevo el auricular.

—Waxie, informe de su situación. —Calló para escuchar—. Hable más alto; no oigo nada. ¿Qué? ¿Cómo que no está seguro? ¡Pues resuélvalo, maldita sea! A ver, póngame con Duffy. Waxie, ¿me oye? Se está cortando.

¿Waxie? ¡Waxie!

Dejó el auricular en su horquilla con un ruidoso golpe.

—¡Comuníqueme otra vez con Waxie! —bramó.

—¿Me permite que continúe? —preguntó Pendergast—. Si lo que acabo de oír es indicio de algo, nos queda poco tiempo, así que seré breve. Si Waxie fracasa y el Reservoir se desagua, debemos tener a punto un plan alternativo para impedir que las plantas lleguen al Hudson.

—¿Y cómo demonios vamos a hacerlo? —preguntó D'Agosta—. Son casi las diez. La operación de desagüe está programada para dentro de poco más de dos horas.

—¿No habría alguna manera de evitar sólo el paso de las plantas? —

sugirió Margo— ¿Colocando filtros en las tuberías de desagüe o algo así?

—Una idea interesante, doctora Green —dijo Pendergast, mirándola con sus ojos claros. Guardó silencio por un instante—. Imagino que servirían unos filtros de cinco micras. Pero ¿dónde encontraríamos filtros de las dimensiones necesarias ya fabricados? ¿Y cómo calcularíamos las tolerancias requeridas para resistir la enorme presión del agua? ¿Y cómo podríamos asegurarnos de que habíamos obstruido todas las salidas ? —

Negó con la cabeza—. Me temo que la única solución que tenemos, dada la limitación de tiempo, es cerrar las salidas de los túneles Astor con explosivos. He estudiado los planos. Bastaría con una docena de cargas de C-4 colocadas en los lugares precisos.

Horlocker se volvió hacia Pendergast.

—Está loco —dijo con calma.

En la puerta del centro de control se produjo un repentino alboroto, y Margo, al dirigir hacia allí la mirada, vio entrar atropelladamente a varios policías. Llevaban los uniformes rotos y enlodados, y uno de ellos tenía una aparatosa brecha en la frente. En medio del grupo, forcejeaba ferozmente un hombre en extremo sucio con un andrajoso traje de pana. Manchas de sangre veteaban su apelmazada cabellera gris. Rodeaba su cuello un gran collar de turquesas, y las puntas de una barba mugrienta le rozaban los puños esposados.

—Hemos cogido al cabecilla —informó con voz entrecortada uno de los policías, arrastrando al hombre hasta Horlocker.

D'Agosta lo miró con expresión de incredulidad.

—¡Es Mephisto! —exclamó.

—¡Vaya! —comentó Horlocker con tono sarcástico—. ¿Un amigo suyo?

—Simplemente un conocido —respondió Pendergast.

Margo observó al hombre llamado Mephisto, que escrutó alternativamente a D'Agosta y Pendergast. De pronto, al reconocerlos, apareció un brillo en su penetrante mirada y su rostro enrojeció.

—¡Vosotros! —acusó con voz sibilante—. ¡Whitey! Erais espías.

¡Traidores! ¡Cerdos!

Se revolvió con furia y consiguió zafarse de los agentes, pero de inmediato lo derribaron y sujetaron de nuevo. Se resistió y pugnó, alzando las manos esposadas.

—¡Judas! —prorrumpió, mirando a Pendergast.

—Es un jodido lunático —comentó Horlocker, observando el forcejeo del grupo en el suelo embaldosado.

—Lo dudo —repuso Pendergast—. ¿Acaso actuaría usted de otra manera si acabasen de gasear su casa para desalojarlo por la fuerza?

Mephisto arremetió de nuevo.

—¡Agárrenlo, por Dios! —ordenó Horlocker, alejándose a una distancia prudencial. A continuación se volvió hacia Pendergast y con insultante delicadeza, como parodiando a un padre que sigue la corriente a un hijo tonto, dijo—: Y ahora veamos si he entendido bien. Propone usted volar los túneles Astor, ¿no es así?

—Más que los túneles, las salidas —contestó Pendergast, indiferente al sarcasmo—. Es vital impedir que el agua del Reservoir llegue al mar. Pero quizá así podríamos resolver los dos problemas: acabar con los habitantes de los túneles Astor y, a la vez, impedir que se propague el retrovirus. Sólo tenemos que retener el agua durante cuarenta y ocho horas, hasta que el herbicida cumpla su función.

De reojo, Margo advirtió que Mephisto se había quedado inmóvil.

—Podemos enviar un equipo de submarinistas por los canales de desagüe del río —continuó Pendergast—. El trayecto hasta el sumidero de los túneles Astor es relativamente sencillo.

Horlocker movió la cabeza en un gesto de negación.

—He estudiado detenidamente el sistema —aseguró Pendergast—. Al llenarse los túneles Astor, el agua se encauza hacia el colector lateral del West Side. Eso es lo que debemos tapar.

—Esto es increíble —dijo Horlocker, inclinando la cabeza y apoyándola en los nudillos de una mano.

—Pero cabe la posibilidad de que no baste con eso —prosiguió Pendergast, pensando en voz alta sin prestar atención a Horlocker—. Para

asegurarnos, debemos cerrar la Buhardilla del Diablo también desde arriba.

Según los planos, el Cuello de Botella y sus tuberías de desagüe son un sistema cerrado hasta el Reservoir, así que para mantener el agua embalsada sólo hay que cerrar cualquier vía de salida situada inmediatamente debajo.

Eso impedirá asimismo que esas criaturas encuentren refugio en alguna bolsa de aire.

Horlocker no salía de su asombro. Pendergast cogió un papel y dibujó rápidamente un diagrama.

—¿Ve? —dijo—. El agua descenderá por el Cuello de Botella, aquí. El segundo equipo bajará desde la superficie y cerrará cualquier canal de salida situado justo debajo del Cuello de Botella. Varios niveles más abajo se encuentra la Buhardilla del Diablo y los canales de desagüe que derivan el agua hacia el río. El equipo de submarinistas de la Compañía de Operaciones Especiales de la Marina colocará las cargas en las bocas de esos canales. —Alzó la vista—. El agua se embalsará en los túneles Astor, y los rugosos no tendrán escapatoria.

Un ronco resuello surgió de la garganta del hombre esposado, y a Margo se le erizó el vello de la nuca.

—Yo acompañaré al segundo equipo, naturalmente —continuó Pendergast con calma—. Necesitarán un guía, y ya he estado allí una vez.

Tengo un plano rudimentario de esa área y he estudiado la documentación existente sobre las obras subterráneas más cercanas a la superficie. Iría yo solo, pero harán falta varios hombres para transportar el explosivo plástico.

—No dará resultado, Judas —advirtió Mephisto con aspereza—. No llegará a la Buhardilla del Diablo a tiempo.

Horlocker alzó de pronto la vista y dio un puñetazo en la mesa.

—Ya he oído bastante —espetó—. Se acabó el recreo. Pendergast, tengo una situación de crisis entre manos, así que lárguese.

—Sólo yo conozco los túneles lo suficiente para llevarlo de ida y vuelta antes de las doce —afirmó Mephisto, mirando fijamente a Pendergast.

Pendergast sostuvo su mirada con expresión pensativa.

—Puede que tenga razón —contestó por fin.

—Ya basta —bramó Horlocker al grupo de policías que custodiaban a Mephisto—. Llévenselo. Nos ocuparemos de él cuando las cosas vuelvan a la normalidad.

—¿Y qué ganaría usted con eso, señor Mephisto? —preguntó Pendergast.

—Espacio para vivir. El fin del acoso. Una compensación para mi gente.

Pendergast observó a Mephisto con rostro inescrutable.

—He dicho que se lo lleven —repitió Horlocker, furioso.

Los policías obligaron a Mephisto a levantarse y empezaron a arrastrarlo hacia la puerta.

—Quédense donde están —dijo Pendergast. Pese a que no había alzado la voz, el tono era tan imperioso que los policías, instintivamente, se detuvieron en seco.

Horlocker se volvió hacia él. Una vena palpitaba en su sien.

—¿Qué se ha creído? —preguntó casi en un susurro.

—Jefe Horlocker, tomo bajo mi custodia a este individuo por la autoridad que me confiere ser agente federal del gobierno de Estados Unidos.

—Eso es un farol —replicó Horlocker.

—Pendergast —susurró Margo—, nos quedan apenas dos horas.

El agente movió la cabeza en un gesto de asentimiento.

—Me gustaría quedarme e intercambiar cumplidos, pero por desgracia no tengo tiempo —dijo, dirigiéndose a Horlocker. Volviéndose hacia D'Agosta, añadió—: Vincent, por favor, pida la llave de las esposas a estos caballeros.

Pendergast miró al grupo de policías.

—Ustedes, dejen a ese hombre bajo mi custodia.

—¡No obedezcan! —gritó Horlocker.

—Señor, no puede oponerse a los federales —respondió uno de los policías.

Pendergast se acercó al harapiento, que estaba ya junto a D'Agosta, frotándose las muñecas esposadas.

—Señor Mephisto —dijo Pendergast en voz baja—. Ignoro qué papel ha desempeñado en los sucesos de hoy, y no puedo garantizar su libertad.

Pero si me ayuda, quizá podamos librar a esta ciudad de los asesinos que han estado cebándose en su comunidad. Y le prometo que sus reivindicaciones de derechos para la gente sin hogar serán escuchadas. —

Tendió su mano. Mephisto entornó los ojos.

—Ya me mintió una vez —reprochó.

—No había otra forma de acceder a usted —contestó Pendergast sin retirar la mano—. Esto no es una lucha entre ricos y pobres. Si antes lo era,

ya no lo es. Si fracasamos, todos padeceremos las consecuencias por igual, Park Avenue y la Ruta 666.

Siguió un largo silencio. Por fin Mephisto asintió.

—¡Qué conmovedor! —exclamó Horlocker—. Espero que se ahoguen en la mierda.

50

Smithback miró a través de la oxidada rejilla del suelo de la pasarela sobre la que se hallaba hacia la vertiginosa oscuridad del pozo revestido de ladrillo. Oía a Waxie y el resto del grupo —a gran profundidad—, pero no los veía. Una vez más esperó fervientemente que aquello no fuese una pérdida de tiempo. Pero al fin y al cabo había seguido a Waxie hasta allí, y bien podía esperar un rato y averiguar qué ocurría.

Avanzó con cautela, intentando ver a los cinco hombres que estaban bajo él. La pasarela podrida colgaba de la cara inferior de un gigantesco cuenco de metal picado, formando un arco largo y suave hacia un pozo que parecía descender al centro mismo de la tierra. La pasarela se combaba cada vez que Smithback se movía. Al llegar a una escalerilla vertical, se asomó al frío espacio y miró hacia abajo. Una batería de reflectores iluminaba el pozo, pero ni siquiera su potente luz conseguía penetrar plenamente en la oscuridad. Un hilillo de agua procedente de una grieta en el techo caía en espiral hacia el vacío, desapareciendo silenciosamente en la negrura. De arriba llegaba un sonido metálico, semejante a los chirridos del casco de un submarino bajo altas presiones. Una continua corriente de aire fresco ascendía del fondo del pozo, agitándole el flequillo.

Ni en sus más descabelladas fantasías habría imaginado que pudiese existir un espacio tan antiguo y extraño bajo el Reservoir del Central Park.

Suponía que el gran techo de metal era en realidad el depósito de desagüe del Reservoir, donde su lecho de tierra se unía con la compleja red de colectores y canales de alimentación. Procuró no pensar en la enorme masa de agua suspendida justo sobre su cabeza.

En las sombras del pozo, vio al grupo sobre una pequeña plataforma contigua a la escalerilla. Smithback distinguía vagamente una maraña de tuberías de hierro, ruedas y válvulas semejante a una máquina infernal de

una pesadilla de la era industrial. La escalerilla debía de estar muy resbaladiza a causa del vapor condensado y la pequeña plataforma situada bastante más abajo no tenía barandilla. Smithback apoyó un pie en el primer escalón, pero se lo pensó mejor y retrocedió. Este es tan buen puesto de observación como cualquier otro, se dijo, acuclillándose en la pasarela.

Desde allí lo veía todo, permaneciendo él prácticamente invisible.

Abajo, los haces de las linternas se deslizaban por las paredes de ladrillo. Las voces de los policías, resonantes y distorsionadas, flotaban hacia él. Reconoció el timbre grave de Waxie, que había oído antes desde la cabina de proyección del museo. Al parecer, el corpulento policía hablaba por su radio. Guardó la radio y se volvió hacia el hombre de aspecto nervioso en mangas de camisa. Por lo visto, discutían enconadamente por algo.

—Es usted un embustero —acusaba Waxie—. A mí no me ha dicho que la operación era irreversible.

—Sí se lo he dicho, claro que se lo he dicho —gimoteó el otro hombre

—. Y usted incluso ha remarcado que no habría cambio de planes. Ojalá hubiese grabado la conversación, porque…

—Cállese. ¿Son ésas las válvulas?

—Están aquí, al fondo.

Siguió un instante de silencio y luego, cuando los hombres cambiaron de posición, una chirriante protesta del metal.

—¿Es segura esta plataforma? —preguntó Waxie, y su voz retumbó en las profundidades del pozo.

—¿Y yo qué sé? —respondió la voz aguda—. Cuando se informatizó el sistema, abandonaron el mantenimiento…

—De acuerdo, de acuerdo. Usted, Duffy, haga lo que tenga que hacer, y marchémonos de aquí.

Smithback asomó un poco más la cabeza y vio que el hombre llamado Duffy examinaba el juego de válvulas.

—Tenemos que cerrar manualmente todas éstas, que corresponden al desagüe principal —explicó el hombre—. Así, cuando el ordenador dé inicio a la operación de desagüe, las compuertas se abrirán, pero estas válvulas manuales contendrán el agua. Actúan sobre el sifón principal, si es que aún funcionan. Como le he dicho, nunca se ha probado.

—Estupendo. Quizá le den el premio Nobel. Hágalo cuanto antes.

Hacer ¿qué?, se preguntó Smithback. Daba la impresión de que intentaban impedir el desagüe del Reservoir. No pudo menos que lanzar una mirada a la salida ante la sola idea de que millones de litros pudiesen escapar del depósito que se extendía sobre su cabeza. Pero ¿por qué?, pensó. ¿Algún fallo técnico? Fuera lo que fuese, dudaba que por aquello mereciese la pena perderse el mayor disturbio callejero de los últimos cien años. Smithback sintió un creciente desánimo; definitivamente allí no estaba la noticia.

—Ayúdeme a girar esto —dijo Duffy.

—Ya lo han oído —bramó Waxie, volviéndose hacia los policías.

Desde su puesto de observación, Smithback vio cómo dos de las pequeñas figuras agarraban una gran rueda de hierro. Se oyó un ligero gruñido.

—No se mueve —anunció uno de los policías.

Duffy se inclinó para inspeccionar de cerca el mecanismo.

—¡Alguien ha estado tocando esto! —exclamó, señalando con el dedo

—. Fíjese. Han bloqueado el eje con plomo. Y han roto estas válvulas.

Recientemente, además.

—No me venga con gilipolleces, Duffy.

—Mírelo usted mismo. Esto está inservible.

Se produjo un silencio.

—¡Mierda! —protestó Waxie, visiblemente preocupado—. ¿Puede arreglarse?

—Claro que sí. Siempre y cuando tuviésemos veinticuatro horas. Y

sopletes de acetileno, un soldador por arco, vástagos de válvula nuevos, y quizá una docena de piezas más que no se fabrican desde principios de siglo.

—Eso no me sirve. Si no impedimos el desagüe manualmente, estamos perdidos. Usted nos ha metido en este lío, Duffy. Más le vale que lo solucione de una puñetera vez.

—¡Váyase a la mierda, capitán! —Su aguda voz resonó en el pozo—.

Ya he aguantado bastante. Es usted un estúpido y un grosero. Ah, sí, y un gordo.

—Eso constará en el informe, Duffy.

—Pues no se olvide de poner lo de gordo, porque…

De pronto quedaron todos en silencio.

—¿Huelen eso? —preguntó uno de los policías.

—¿Qué demonios será? —dijo otra voz.

Smithback olfateó el aire fresco y húmedo, pero no percibió más olor que el del moho y los ladrillos mojados.

—Larguémonos de aquí —propuso Waxie, y de inmediato se agarró a la escalerilla y empezó a subir.

—¡Espere un momento! —dijo Duffy—. ¿Y qué hacemos con las válvulas?

—Acaba de decirme que no podía arreglarlas —contestó Waxie sin mirar abajo.

Smithback oyó una ligera vibración procedente del oscuro fondo del pozo.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Duffy, quebrándosele la voz.

—¿Viene o no? —gritó Waxie, izando su torpe cuerpo travesaño a travesaño.

Mientras Smithback miraba, Duffy, vacilante, se asomó al borde de la plataforma a echar un vistazo. Al instante se dio media vuelta y comenzó a trepar por la escalerilla detrás de Waxie. Los policías de uniforme lo siguieron. Smithback supo que en cinco minutos llegarían a la pasarela.

Para entonces tendría que haberse marchado, retrocediendo con sigilo por la larga pasarela hasta la salida. Y sin una mala noticia que contar después de tantas molestias. Se volvió para irse, esperando no haberse perdido el resto de la algarada y preguntándose dónde estaría la señora Wisher en esos momentos. «¡Por Dios, qué equivocación! —pensó—. ¿Cómo es posible que la intuición me haya fallado de este modo?» Con la mala suerte que tenía, aquel gilipollas de Bryce Harriman ya debía…

Abajo resonó un chirrido de goznes oxidados e inmediatamente después un violento golpe en una rejilla de hierro.

—¿Qué ha sido eso? —oyó preguntar a Waxie.

Smithback volvió a asomarse. Vio que las figuras colgadas de la escalerilla se habían detenido de repente. Todavía flotaba en el pozo el eco de la última pregunta de Waxie, desvaneciéndose lentamente. Todo quedó en silencio. Y en el silencio empezó a cobrar forma un rápido golpeteo de pies y manos en los travesaños de la escalerilla, mezclado con unos extraños gruñidos y resuellos que a Smithback le pusieron la carne de gallina.

Las linternas de los policías rastrearon la oscuridad sin revelar nada.

—¿Quién hay ahí? —dijo Waxie, mirando hacia abajo.

—Sube un grupo de gente por la escalerilla —anunció por fin uno de los agentes.

—¡Somos policías! —gritó Waxie, su voz de pronto mucho más aguda.

No hubo respuesta.

—¡Identifíquense!

—Siguen subiendo —informó el policía.

—Otra vez ese olor —dijo una voz distinta.

De repente Smithback lo percibió claramente. Era un intenso olor a cabra. En su memoria irrumpió, casi como un golpe físico, el horrible recuerdo de las horas que había pasado en los sótanos del museo dieciocho meses atrás.

—¡Desenfunden sus armas! —ordenó Waxie, presa del pánico.

Smithback veía ya unas formas oscuras que trepaban rápidamente por la escalerilla desde las profundidades. Iban encapuchadas y llevaban capas oscuras que flameaban tras ellas movidas por la corriente de aire ascendente.

—¿Me han oído? —gritó Waxie—. ¡Deténganse e identifíquense! —

Contorsionó su gruesa silueta en la escalerilla y miró a los agentes—.

Ustedes esperen ahí. Averigüen qué hacen aquí. Y si han entrado sin permiso, entréguenles citaciones.

Se volvió y siguió subiendo desesperadamente, seguido de cerca por Duffy.

Mientras Smithback miraba, las extrañas figuras llegaron a la plataforma y se acercaron a los policías, inmóviles en la escalerilla. Tras un breve silencio se inició aparentemente un forcejeo, semejante en la penumbra a una elegante danza. La ilusión óptica se desvaneció en el acto al sonar el estampido de una pistola de 9 milímetros, ensordecedor en el confinado espacio; el eco ascendió entre las paredes de ladrillo como un trueno. Al cabo de un instante, un grito ahogó las últimas reverberaciones del disparo, y Smithback vio al primer policía desprenderse de la escalerilla y caer al pozo, una de las extrañas figuras aferrada todavía a él. Los alaridos se atenuaron gradualmente hasta extinguirse por completo.

—¡Deténganlos! —ordenó Waxie por encima del hombro sin interrumpir su atropellado ascenso—. ¡No los dejen pasar!

Mientras Smithback contemplaba la escena horrorizado, las figuras siguieron subiendo aún más deprisa, acompañadas del traqueteo y los gemidos de la escalerilla metálica. El segundo policía disparó

desesperadamente contra las figuras, pero en cuestión de segundos lo agarraron de una pierna y, con un violento tirón, lo arrancaron de la escalerilla. Se precipitó hacia el fondo del pozo, disparando una y otra vez, y el remolino de fogonazos del arma se alejó en la oscuridad. El tercer policía, aterrorizado, se volvió y empezó a subir a toda prisa.

Las oscuras figuras trepaban rápidamente tras él, subiendo los peldaños de dos en dos. Una de las figuras atravesó el haz de un reflector, y Smithback vio el brillo fugaz de algo viscoso y húmedo. La primera figura alcanzó al policía y con un amplio movimiento, como si empuñase un cuchillo, pareció segarle las piernas. El policía lanzó un grito de dolor y se retorció en la escalerilla. La figura se situó de inmediato a su altura y empezó a desgarrarle la cara y la garganta mientras las demás continuaban la persecución pasando sobre ellos.

Smithback intentó moverse, pero fue incapaz de apartar la mirada de aquel horrible espectáculo. En su pánico, Waxie había resbalado y colgaba de un lado de la escalerilla, buscando con desesperación un travesaño donde apoyar los pies. Debajo, Duffy subía velozmente, pero varias figuras se aproximaban ya a él.

—¡Me ha cogido la pierna! —gritó Duffy. Sus patadas se oyeron claramente—. ¡Dios mío, auxilio!

Su voz histérica reverberó en el espacio oscuro. Con súbita fuerza nacida del terror, Duffy consiguió zafarse y siguió su frenético ascenso, rebasando a Waxie, que pataleaba aún en su esfuerzo por sujetarse.

—¡No! ¡No! —gritó Waxie, intentando apartar a patadas las manos de la figura más cercana, y en uno de los golpes le quitó la capucha.

Smithback retiró instintivamente la cabeza ante la súbita visión, pero no antes de que su cerebro registrase algo salido de su peor pesadilla, más horrendo aún en la escasa luz: unas pupilas estrechas de reptil, unos labios húmedos y viscosos, grandes arrugas y pliegues de piel. De pronto cayó en la cuenta de que aquéllos debían de ser los rugosos a que había aludido Mephisto. Entendió por qué los llamaban así.

Aquella visión sacó a Smithback de su parálisis, y empezó a alejarse por la pasarela. Atrás, oyó que Waxie disparaba su arma. Siguió un rugido de dolor, y a Smithback le temblaron las piernas. Tras otros dos rápidos disparos, Waxie lanzó un gemido largo y lastimero, truncado de pronto por un aterrador gorgoteo.

Smithback corrió furtivamente por la pasarela, intentando evitar que la abrumadora sensación de miedo lo paralizase de nuevo. Atrás, oyó a Duffy

—o al menos esperaba que fuese Duffy— que, entre sollozos, trepaba sin cesar. «Tengo bastante ventaja», se dijo; las criaturas se hallaban treinta metros más abajo. Por un momento pensó en volver atrás para ayudar a Duffy, pero en décimas de segundo comprendió que no podía hacer nada por él. «Concédeme el privilegio de vivir para lamentarme de haber huido

—rogó histéricamente en sus adentros—, y nunca pediré nada más, nunca.»

Pero cuando llegó a la escalera de piedra que conducía a la superficie, y asomó sobre él un acogedor círculo de cielo iluminado por la luna, horrorizado vio aparecer varias figuras en lo alto de la escalera, tapando las estrellas. Descendían hacia él. Retrocedió hasta la pasarela y escrutó las paredes curvas de ladrillo. A un lado de la pasarela vio la boca de un túnel de acceso, un viejo arco recubierto de cal cristalizada, semejante a la escarcha. Las figuras bajaban deprisa. Smithback saltó hacia el arco, lo atravesó y entró en un túnel de poca altura. Lo iluminaban débiles bombillas dispuestas en el techo a largos intervalos. Corrió como alma que lleva el diablo, dándose cuenta de que el túnel tomaba precisamente el rumbo que no deseaba seguir: hacia abajo, siempre hacia abajo.

51

El agente de guardia en el depósito de armas del FBI estaba retrepado en su silla, manteniendo ésta en precario equilibrio sobre las patas traseras, y tenía el rostro medio oculto tras un ejemplar de Soldier of Fortune. Por encima de la revista, Margo advirtió extrañeza en sus ojos al verlos entrar.

En el sótano de la oficina central del FBI en Federal Plaza, probablemente no era habitual recibir la visita de un individuo en extremo andrajoso con mirada de loco, seguido de una mujer joven y un hombre rechoncho. Margo notó que entornaba los ojos y dilataba las aletas de la nariz. También debe de haber olido a Mephisto, pensó.

—¿Puede saberse qué demonios hacen aquí, caballeros? —preguntó el vigilante, bajando la revista y echándose lentamente hacia adelante.

—Vienen conmigo —contestó Pendergast con tono enérgico, saliendo de detrás y mostrándole su identificación.

Nada más verlo, el hombre se puso en pie de un salto, dejando caer al suelo la revista.

—Necesito material —dijo Pendergast.

—Sí, señor, enseguida —balbuceó el vigilante, y se apresuró a abrir las dos cerraduras de la puerta situada detrás de él y franquearles el paso.

Margo entró en una gran sala. Hileras e hileras de armarios de madera ascendían ordenadamente hasta el techo.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Margo, siguiendo a Pendergast por el pasillo más cercano.

—Suministros de emergencia —respondió Pendergast—. Víveres, medicamentos, agua embotellada, complementos alimenticios, mantas y colchones, piezas de repuesto para los sistemas básicos, combustible.

—Tienen aquí mierda suficiente para resistir un sitio —masculló D'Agosta.

—Ésa es precisamente la idea, teniente —dijo Pendergast, deteniéndose ante una pequeña puerta metálica en la pared del fondo. Introdujo un código numérico y abrió.

La puerta daba a un estrecho corredor. Armarios de acero inoxidable cubrían las paredes, cada uno con su correspondiente etiqueta de plástico.

Al entrar, Margo echó un vistazo a las etiquetas cercanas: M-16/XM-148, CAR-15/SM177E2, KEVLAR S-M, KEVLAR L-XXL .

—El poli y sus juguetes —comentó Mephisto.

Pendergast avanzó rápidamente por el pasillo hasta uno de los armarios, lo abrió y sacó tres mascarillas de plástico transparente, unidas a pequeños botes de oxígeno. Se guardó una y entregó las otras a D'Agosta y Mephisto.

—Por si al bajar le viene en gana gasear a más gente en los túneles,

¿no? —dijo Mephisto, cogiendo torpemente la mascarilla con las manos esposadas.

Pendergast se volvió hacia él.

—Sé que considera que los suyos han sido maltratados por la policía —

respondió con calma—. Casualmente, coincido con usted. Le prometo que yo no he tenido nada que ver con eso.

—Jano el de las dos caras habla de nuevo. El alcalde de la Tumba de Grant, claro. Tendría que haber imaginado que era todo una patraña.

—Su propia paranoia y aislamiento me obligó a recurrir a esa estratagema —dijo Pendergast, abriendo un armario tras otro. Extrajo un flash utilizable a modo de visera, varios pares de gafas con largos tubos

oculares que debían de ser, supuso Margo, dispositivos de visión nocturna, y unos botes alargados de color amarillo que no reconoció—. Nunca lo he considerado un enemigo.

—Entonces quíteme las esposas.

—No lo haga —advirtió D'Agosta.

Pendergast, que en ese momento sacaba varios machetes militares de un armario, se quedó inmóvil. Finalmente metió los dedos en el bolsillo delantero de su chaqueta negra, se acercó a Mephisto y abrió las esposas con un rápido giro de muñeca. Mephisto las lanzó con desprecio al otro extremo del pasillo.

—¿Es que piensa hacer tallas allá abajo? —preguntó—. Esas navajas de bolsillo que ha cogido no le servirán de gran cosa contra los rugosos. Como mucho les hará cosquillas.

—Confío en que no nos crucemos con ninguno de los habitantes de los túneles Astor —repuso Pendergast con la cabeza metida en un armario mientras se colocaba dos pistolas bajo la cintura del pantalón—. Pero ya he aprendido las ventajas de ir bien preparado.

—Muy bien, señor agente del FBI, disfrutaremos de la cacería de patos.

Luego podemos pasar a tomar un té con pastas por la Ruta 666, charlar un rato y quizá incluso disecar sus trofeos.

Pendergast se apartó del armario y se aproximó lentamente a Mephisto.

—¿Qué puedo hacer exactamente para convencerlo de la gravedad de esta situación? —preguntó, su rostro a unos centímetros del jefe de la comunidad subterránea. Pese a que hablaba con aparente delicadeza, su voz sonaba por alguna razón amenazadora.

Mephisto retrocedió un paso.

—Si eso es lo que quiere, tendrá que confiar en mí.

—Si no confiase —replicó Pendergast—, no le habría quitado las esposas.

—Entonces demuéstrelo —dijo Mephisto, recobrando de inmediato el aplomo—. Déme un arma. Por ejemplo, uno de esos relucientes rifles Stoner que he visto en aquel armario. O como mínimo un calibre 12. Si los liquidan a ustedes, quiero tener la oportunidad de defenderme.

—Por Dios, Pendergast, no sea loco —advirtió D'Agosta—. Este tipo no es de fiar. Ésta es la primera vez que sale a la calle desde que George Bush era presidente.

—¿Cuánto tardará en guiarnos hasta los túneles Astor? —preguntó Pendergast.

—Una hora y media, quizá. Eso, si no les importa mojarse los pies en el camino.

Se produjo un silencio.

—Parece que entiende de armas —comentó Pendergast—. ¿Tiene experiencia?

—Séptimo de Infantería, I-Corps. Herido para mayor gloria de Estados Unidos de la jodida América en el Triángulo de Hierro.

Con una mezcla de repugnancia y fascinación, Margo vio cómo Mephisto se desabrochaba el mugriento pantalón, se lo bajaba y lucía una fruncida cicatriz que atravesaba el abdomen y parte del muslo, terminando en un grueso nudo de tejido cicatricial.

—Tuvieron que volver a meterme las tripas antes de trasladarme en la camilla —añadió Mephisto con una sesgada sonrisa.

Pendergast guardó silencio durante un largo momento. Por fin se dio media vuelta, abrió otro armario y extrajo dos armas automáticas. Se colgó una al hombro y lanzó la otra a D'Agosta. A continuación sacó una caja de munición y una escopeta de repetición de cañón corto. Cerró el armario, se volvió y entregó la escopeta a Mephisto.

—No me falle, soldado —dijo, sujetando aún el cañón con la mano.

Sin hablar, Mephisto le arrancó el arma de la mano y accionó el cargador.

Margo empezó a intuir una molesta actitud. Pendergast había hecho acopio de material, y a ella aún no le había correspondido nada.

—Un momento —protestó—. ¿Y yo qué? ¿Dónde está mi equipo?

—Lo siento, pero usted no viene —respondió Pendergast mientras sacaba chalecos antibalas de un armario y comprobaba las tallas.

—¿Y eso quién lo ha dicho? —replicó Margo—. ¿Por qué no voy?

¿Porque soy una mujer?

—Por favor, doctora Green, usted bien sabe que no ése el problema.

Carece de experiencia en esta clase de acción policial. —Pendergast abrió otro armario y cogió algo del interior—. Tenga, Vincent, encárguese usted de esto, si no le importa.

—Granadas de metralla M-26 —dijo D'Agosta, manipulándolas con sumo cuidado—. Tienen aquí armamento suficiente para invadir China.

—¿Que carezco de experiencia? —repitió Margo sin prestar atención a D'Agosta—. Fui yo quien le salvó el culo en el museo la otra vez, ¿se acuerda? De no ser por mí, se habría convertido usted en excrementos de Mbwun hace tiempo.

—Soy el primero en admitirlo, doctora Green —respondió Pendergast mientras se colocaba una mochila provista de una manguera terminada en una extraña boquilla con capucha.

—No me diga que eso es un lanzallamas —preguntó D'Agosta.

—Un ABT Fastfire, si no me equivoco —apuntó Mephisto—. Cuando yo estaba en el ejército, llamábamos «neblina púrpura» al fuego que vomitaba. Un arma atroz, otra muestra del sadismo de una república en bancarrota moral. —Miró con curiosidad el contenido de uno de los armarios abiertos.

—Soy antropóloga —continuó Margo—. Conozco a esas criaturas mejor que nadie. Necesitarán mi asesoramiento científico.

—No tanto como para poner en peligro su vida —repuso Pendergast—.

El doctor Frock también es antropólogo. ¿Nos lo llevamos para que nos dé su docta opinión sobre la materia?

—Fui yo quien descubrió todo esto, ¿recuerda? —insistió Margo, dándose cuenta de que estaba levantando la voz.

—La doctora Green tiene razón —terció D'Agosta—. No estaríamos aquí ahora de no ser por ella.

—Ésa no es razón para que la involucremos más aún en este asunto.

Además, nunca ha bajado a los subterráneos, ni pertenece a la policía.

—¡Oiga! —dijo Margo a voz en grito—. Olvide que soy antropóloga.

Olvide la ayuda que les he proporcionado hasta el momento. Soy una experta tiradora. D'Agosta puede dar fe de ello. Y tampoco los retrasaré. Al contrario, seguramente serán ustedes quienes lleven la lengua fuera para seguirme el paso. Hay una razón muy sencilla para incluirme: si surgen problemas allá abajo, cuantos más seamos, mejor.

Pendergast dirigió hacia ella sus ojos claros, y Margo percibió la fuerza de su mirada casi como si le hurgase el pensamiento.

—¿Por qué se siente obligada a hacer esto, doctora Green? —inquirió.

—Porque… —Margo se interrumpió, preguntándose por qué quería en realidad bajar a aquel infierno. Sería mucho más fácil desearles buena suerte, salir del edificio, volver a casa, encargar la cena por teléfono al

restaurante tailandés de la esquina y ponerse a leer la novela de Thackeray que quería empezar desde hacía un mes.

De pronto comprendió que no era una cuestión de si quería o no hacerlo. Dieciocho meses atrás había mirado a Mbwun a la cara, había visto su propio reflejo en aquellos ojos salvajes. Juntos, ella y Pendergast habían matado a la bestia. Y había dado el asunto por terminado. Tanto ella como todos los demás. Ahora sabía que no era así.

—Hace unos meses Greg Kawakita intentó ponerse en contacto conmigo —dijo por fin—. No me molesté en telefonearlo. Si lo hubiese hecho, quizá nada de esto habría ocurrido. —Calló y al cabo de un momento añadió—: Necesito ver con mis propios ojos que todo ha terminado.

Pendergast mantuvo en ella su mirada escrutadora.

—¡Maldita sea, usted me metió en esto! —exclamó Margo, volviéndose hacia D'Agosta—. Era el último de mis deseos. Pero he llegado hasta aquí, y ahora necesito ver el final.

—También en eso tiene razón —afirmó D'Agosta—. Yo le pedí que colaborase en la investigación.

Pendergast apoyó las manos en los hombros de Margo, en un gesto físico poco común en él.

—Margo, por favor —dijo con tono ecuánime—. Compréndalo. En el museo, no había alternativa. Estábamos ya atrapados dentro con Mbwun.

Esto es distinto. Vamos a correr un riesgo conscientemente. Usted es una civil. Lo siento, pero no puede ser.

—Por una vez estoy de acuerdo con el alcalde Whitey. —Mephisto miró a Margo—. Parece usted una persona honrada, y eso quiere decir que está fuera de lugar en compañía de gente como ésta. Deje que los maten a ellos, que para eso son funcionarios.

Pendergast siguió mirando a Margo por un momento. Finalmente retiró las manos y se volvió hacia Mephisto.

—¿Cuál es el camino? —preguntó.

—La línea de Lexington, bajo los almacenes Bloomingdale —contestó Mephisto—. Hay un túnel abandonado a unos quinientos metros al norte de la vía rápida. Lleva derecho hasta el parque y allí baja hacia el Cuello de Botella.

—¡Dios santo! —exclamó D'Agosta—. Quizá usaron esa ruta para tender la emboscada al tren.

—Es posible. —Pendergast guardó silencio por un instante, como si estuviese absorto en sus pensamientos—. Tenemos que recoger los explosivos en la sección C —añadió de pronto, y se dirigió hacia la puerta

—. En marcha. Nos quedan menos de dos horas.

—Vamos, Margo —dijo D'Agosta por encima del hombro, siguiendo al trote a Pendergast—. La acompañaremos a la salida.

Margo permaneció inmóvil, viéndolos alejarse rápidamente hacia la puerta exterior del depósito de armas.

—¡Mierda! —gritó en un arrebato de frustración.

Tiró el bolso al suelo y dio un furioso puntapié al armario más cercano.

Luego se arrodilló, cubriéndose la cabeza con los brazos.

52

Snow consultó la hora en el enorme reloj de pared. Tras la rejilla protectora, las estrechas manecillas marcaban las 22.15. Recorrió con la vista la sala vacía: los reguladores y botellas de oxígeno de repuesto, las aletas rotas y las grandes gafas de buceo. Su mirada se posó por fin en la montaña de papeles que tenía frente a él, en el escritorio, e hizo una mueca de aversión. Allí estaba, teóricamente recuperándose de una infección bacteriana en los pulmones. Pero tanto él como el resto de la Brigada Submarinista del Departamento de Policía de Nueva York sabían que había caído en desgracia. El sargento, llevándoselo aparte, lo había felicitado por su trabajo; pero Snow había notado que era sólo un cumplido. Ni siquiera importaba que los esqueletos que había encontrado hubiesen sido el punto de partida de una gran investigación policial. El hecho era que se había soltado de la cuerda, se había soltado en su primera inmersión en la brigada.

Ya ni siquiera tenía que soportar las burlas de Fernández.

Dejó escapar un suspiro, contemplando a través del mugriento cristal de la ventana el embarcadero desierto y el agua oscura y untuosa, brillando a la luz de la luna. El resto del equipo había salido horas antes con destino al East River, donde había caído un helicóptero. Y en la ciudad ocurría algo grave; la radio del puesto no dejaba de captar mensajes acerca de manifestaciones, disturbios, movilizaciones, medidas de control de masas.

Por lo visto, había acción en todas partes menos en su tranquilo rincón de los muelles de Brooklyn. Y allí estaba él, rellenando informes.

Volvió a suspirar, grapó unos papeles, los colocó en una carpeta, la cerró y la lanzó a la bandeja de salida. Un perro muerto, extraído del canal Gowanus. Causa de la muerte: una herida de bala. Dueño desconocido.

Caso cerrado. Cogió otra carpeta del montón: Randolf Rowell, veintidós años. Saltó del puente de Triborough. Nota de suicidio hallada en un bolsillo. Causa de la muerte: ahogamiento. Caso cerrado.

Mientras dejaba la carpeta en la bandeja, oyó el ruido de una lancha que se acercaba al embarcadero. Regresaban pronto. Sin embargo el motor sonaba distinto, pensó, más ronco. Quizá necesitaba una puesta a punto.

Oyó unas rápidas pisadas en el embarcadero de madera y la puerta del puesto se abrió de par en par. Eran unos hombres con trajes húmedos de color negro, sin insignias, los rostros pintados de negro y verde con tintura de camuflaje. Cada uno llevaba colgados al cuello dos macutos gemelos de goma y látex.

—¿Dónde está el equipo submarinista? —preguntó con aspereza el hombre más adelantado, una enorme mole con acento de Texas.

—En el East River, donde se ha estrellado el helicóptero —contestó Snow—. ¿Son ustedes del segundo equipo?

Echó un vistazo por la ventana y se sorprendió al ver no la habitual fueraborda azul y blanca de la policía, sino una potente lancha de motor interno con el casco en V, elevándose apenas sobre el agua y tan oscura como quienes habían llegado en ella.

—¿Todo el equipo? —dijo el hombre.

—Menos yo. ¿Quiénes son ustedes?

—Amigo, no somos los sobrinos que su madre perdió de vista hace años, eso se lo aseguro —repuso el hombre con tono cortante—.

Necesitamos a alguien que conozca el camino más corto al colector lateral del West Side, y lo necesitamos ya.

A Snow lo asaltó una repentina ansiedad.

—Déjeme avisar al sargento…

—No hay tiempo. ¿Conoce usted el camino?

—Bueno, conozco las salidas de la red de alcantarillas de Manhattan.

Forma parte de la instrucción básica. Todo policía…

—¿Puede guiarnos hasta el interior del colector? —lo interrumpió el hombre con brusquedad.

—¿Quieren entrar en el colector lateral del West Side? La mayoría de las salidas están enrejadas, o son demasiado estrechas para…

—Sólo conteste la pregunta: ¿Sí o no?

—Creo que sí —respondió Snow, titubeando ligeramente.

—¿Su nombre?

—Snow. Agente Snow.

—Suba a la lancha.

—Pero mi traje y mis botellas…

—Tenemos todo lo que necesita. Puede ponerse el traje por el camino.

Snow se levantó de inmediato y siguió a los hombres hacia el embarcadero. Aquello no parecía una invitación que pudiese rehusar.

—Todavía no me ha dicho quiénes…

El hombre se detuvo, ya con un pie en la borda de la lancha, y se presentó:

—Comandante Rachlin, jefe de patrulla, Equipo Siete Azul de la Compañía de Operaciones Especiales de la Marina. Y ahora en marcha.

El timonel salió a toda velocidad del embarcadero.

—Atento al timón —ordenó el comandante, e indicó a Snow que se acercase—. He aquí la operación. —Levantó un asiento forrado y sacó del baúl situado debajo un fajo de mapas a prueba de agua—. Nos dividiremos en cuatro equipos, dos hombres por equipo. —Miró alrededor—.

¡Donovan!

—Señor —contestó un hombre, y se aproximó. Pese al traje, se lo veía delgado y fibroso. Sus rasgos faciales quedaban ocultos por el neopreno y la tintura de camuflaje.

—Donovan, usted y Snow irán juntos.

El hombre no contestó, y Snow interpretó su silencio como fastidio.

—¿Qué ocurre? —preguntó Snow.

—Se trata de una DS —respondió Rachlin.

—Una ¿qué?

El comandante le lanzó una mirada severa.

—Demolición submarina. Con saber eso, le basta.

—¿Tiene alguna relación con los últimos asesinatos? —preguntó Snow.

El comandante lo miró fijamente.

—Para ser un submarinista de bañera, novato y tonto del culo, hace demasiadas preguntas, amigo.

Snow guardó silencio. No se atrevió a mirar a Donovan.

—Desde este punto podemos guiarnos por los planos —dijo Rachlin, desplegando uno de los mapas y señalando un punto azul con el pulgar—.

Pero con la construcción de la nueva planta depuradora estas vías de acceso han quedado obsoletas. Así que usted ha de llevarnos hasta ese punto.

Snow se inclinó sobre el mapa plastificado. En lo alto, escrito con precisa letra inglesa, se leía: ESTUDIO DE LA RED DE ALCANTARILLAS Y

COLECTORES DEL WEST SIDE, CUADRANTE INFERIOR, 1932 . Debajo había un laberinto de finas líneas entrecruzadas. Alguien había dibujado tres grupos de puntos bajo el lado occidental del Central Park. Contempló la compleja retícula, su mente acelerada. El río Humboldt era el acceso más sencillo, pero el camino hasta allí desde donde se hallaban era largo y sinuoso.

Seguir: parte 3 de 6