2 El relicario

Grammata · Capítulo 7 de 10 · parte 3/6

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2 El relicario

Tercera Parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

Además, no quería volver a aquel lugar, nunca a ser posible. Trató de recordar las sesiones de instrucción, los interminables días adentrándose una y otra vez en canales lodosos. ¿Dónde más desaguaba el colector lateral del West Side?

—Esto no es una pregunta de examen —apremió Rachlin—. Dése prisa.

Tenemos el tiempo justo.

Snow alzó la vista. Conocía una ruta, de hecho una ruta muy directa.

Bueno, pensó, ellos lo han querido.

—La propia planta depuradora del Bajo Hudson —dijo—. Podemos entrar a través del pozo de sedimentación principal.

Se produjo un silencio, y Snow echó un vistazo alrededor.

—¿Tenemos que sumergirnos en aguas residuales? —preguntó una voz grave.

El comandante volvió la cabeza.

—Ya lo han oído. —Lanzó un traje húmedo a Snow—. Y ahora mueva el culo y vaya abajo a ponerse el traje. Tenemos que estar fuera y con la misión cumplida seis minutos antes de las doce.

53

Margo, furiosa, permanecía sentada en el frío suelo de baldosas del depósito de armas. No sabía con quién estaba más enojada, si con D'Agosta por haberla metido en aquel horrible asunto, con Pendergast por haberse negado a llevarla, o consigo misma por ser incapaz de olvidarse de todo.

Pero no podía olvidarse. A esas alturas veía ya con toda claridad la larga sombra que los asesinatos del museo —la aterradora lucha final en el sótano

— habían proyectado sobre ella. Le habían quitado el sueño, habían hecho añicos su paz de espíritu. Y ahora, para colmo, esta mierda, se dijo.

Sabía que Pendergast pensaba en su seguridad; sin embargo, no podía contener su frustración por quedarse al margen. «De no ser por mí —pensó

—, seguirían como al principio. Yo descubrí la relación entre Mbwun y Whittlesey. Yo deduje lo que en realidad había ocurrido.» Con un poco más de tiempo, incluso habría atado los desconcertantes cabos sueltos que aún quedaban: ¿Qué significaban los crípticos fragmentos del diario de Kawakita? ¿Para qué utilizaba el thyoxin? ¿Por qué sintetizaba vitamina D

en su último laboratorio?

De hecho, el papel del thyoxin podía llegar a entenderlo. Las notas del diario permitían entrever que, hacia el final, Kawakita había recapacitado.

Por lo visto, se había dado cuenta de que sus últimas versiones del esmalte ya no deformaban el cuerpo, pero deformaban la mente. Quizá incluso conocía el peligro que entrañaba para el medio ambiente el contacto de la planta con el agua salada. En cualquier caso, parecía evidente que Kawakita había decidido enmendar sus errores, limpiando el Reservoir de Liliceae mbwunensis. Tal vez las criaturas habían descubierto sus propósitos. Eso explicaría su muerte, ya que obviamente no estaban dispuestas a consentir que nadie las privase de su suministro.

Pero Margo seguía sin comprender qué uso daba a la vitamina D. ¿La necesitaba acaso para el secuenciado genético? No, imposible…

De pronto Margo irguió el tronco y respiró hondo. «Planeaba matar las plantas, de eso estoy segura, pensó. Y era consciente de los riesgos que eso entrañaba. Así que la vitamina D no intervenía en la producción de esmalte.

Era para…»

Súbitamente lo vio todo claro.

Se puso en pie al instante. No tenía un segundo que perder. Como electrizada, empezó a abrir los cajones de los armarios y desparramar su contenido por el estrecho pasillo, cogiendo lo que necesitaba y guardándoselo en el bolso: mascarilla de oxígeno, gafas de visión nocturna, balas de 9 milímetros de punta hueca para su semiautomática.

Con la respiración agitada, corrió hasta la sala de almacenamiento contigua. Tiene que estar por aquí en alguna parte, pensó.

Apresuradamente, fue de armario en armario, leyendo las etiquetas.

Deteniéndose de pronto ante uno, lo abrió y sacó tres botellas de plástico flexible de un litro con tapón a presión. Tras dejarlas junto al bolso, abrió otro armario y extrajo una garrafa de cuatro litros de agua destilada. A continuación, volvió a recorrer los pasillos de armarios, buscando de nuevo y murmurando. Por fin se detuvo y tiró de la puerta de otro armario.

Contenía hileras de frascos con píldoras y comprimidos. Leyó febrilmente las etiquetas, encontró lo que quería y regresó de inmediato junto al bolso.

Arrodillándose, abrió los frascos y los vació, formando pequeños montones de píldoras blancas en el suelo.

—¿Cuál es la concentración, Greg? —dijo en voz alta sin darse cuenta.

No hay manera de saberlo, pensó. Mejor será pecar por exceso.

Utilizando la base de uno de los frascos, pulverizó las píldoras y echó varios puñados en cada botella. Llenó las botellas de agua, las agitó enérgicamente y observó la suspensión; un poco rudimentario, quizá, pero no había tiempo para sutilezas. Pronto se disolvería.

Se puso en pie y cogió el bolso, golpeando sin querer los frascos vacíos, que se esparcieron ruidosamente por el pasillo.

—¿Quién hay ahí? —preguntó una voz.

Cayó en la cuenta, demasiado tarde, de que se había olvidado del vigilante. Rápidamente metió las botellas en el bolso, se lo colgó al hombro y se dirigió hacia la puerta.

—Lo siento —dijo—. Me he despistado. —Esperaba aparentar sinceridad.

El vigilante frunció el entrecejo y, dejando la revista, hizo ademán de levantarse.

—¿Hacia dónde ha ido el agente Pendergast? —preguntó con tono apremiante—. Ha dicho algo de una sección C.

Mencionar el nombre de Pendergast surtió el efecto deseado. El vigilante permaneció sentado en su silla.

—Vaya a los ascensores del área cuatro, suba a la segunda planta y tuerza a la izquierda —indicó.

Margo le dio las gracias y corrió por el pasillo hacia los ascensores.

Cuando las puertas se cerraban, consultó su reloj y lanzó una maldición. No había tiempo. Pulsó con rabia el botón del vestíbulo. Cuando se abrieron las puertas, se dispuso a echar a correr; pero, reparando en el gran número de vigilantes, se conformó con cruzar el vestíbulo a paso ligero y, tras devolver el pase de visitante, salió a la húmeda noche de Manhattan.

Una vez fuera, corrió hasta el bordillo de la acera y paró un taxi.

—Esquina de Lexington Avenue con la calle Cincuenta y nueve —dijo, saltando adentro y cerrando la puerta con fuerza.

—De acuerdo, pero va a ser un viaje lento —advirtió el taxista—. Cerca del parque hay una manifestación o disturbios o algo así. El tráfico es más denso que los pelos del culo de un perro.

—Entonces busque el camino más rápido —respondió Margo, echando un billete de veinte dólares al asiento delantero.

El conductor se dirigió hacia el este y dobló hacia el norte por la Primera Avenida, esquivando los otros vehículos a toda velocidad.

Consiguieron llegar a la calle Cuarenta y siete sin detenerse. Delante, Margo vio la calzada convertida en un auténtico aparcamiento de coches y camiones, con los motores al ralentí y las bocinas sonando, seis filas paralelas de luces de frenos que se extendían ininterrumpidamente hasta donde la vista alcanzaba. Sin pensárselo dos veces, cogió el bolso, saltó a la calle y se echó a correr entre los peatones.

Siete minutos más tarde se hallaba en la boca de metro de Bloomingdale. Bajó los escalones de dos en dos, sorteando como podía a los noctámbulos. Le dolía el hombro por el peso del bolso. Por encima del ruido de los motores y los furiosos bocinazos, creyó oír a lo lejos un clamor ahogado y extraño, como si diez mil personas gritasen al unísono. Segundos después, ya bajo tierra, desaparecieron todos los sonidos salvo los chirridos de los trenes. Margo sacó un pase de un bolsillo, cruzó el molinete y corrió escalera abajo hacia el andén. Una pequeña multitud, apiñada junto a la escalera iluminada, esperaba el tren.

—¿Has visto a esos tipos? —preguntaba una muchacha con una camiseta de Columbia—. ¿Qué llevaría en la espalda?

—Probablemente raticida —respondió su compañera—. Aquí abajo se crían unas ratas enormes, ¿sabías? La otra noche, en la estación de la calle 4

Oeste, vi una que debía de ser del tamaño de…

—¿Por dónde se han ido? —la interrumpió Margo con ¿voz entrecortada.

—Han saltado a la vía y han seguido en dirección norte…

Margo corrió hacia el extremo norte del andén. Delante vio perderse en la oscuridad las vías del metro. Pequeños charcos de agua estancada brillaban entre los raíles con un resplandor verde pálido a la luz de las infrecuentes señales de cambio de agujas. Echó un rápido vistazo atrás para

asegurarse de que no se aproximaba el tren y luego, respirando hondo, saltó a la vía.

—¡Ahí va otra! —oyó exclamar a alguien en el andén.

Reacomodándose el bolso, empezó a correr, procurando no tropezar en la entrevía de grava o en la irregular superficie de las traviesas. Miró a lo lejos con los ojos entornados, intentando en vano distinguir formas o siluetas. Abrió la boca dispuesta a llamar a Pendergast, pero al instante desechó la idea; al fin y al cabo, en aquella misma línea, un poco más adelante, se había producido la matanza del metro hacía no mucho tiempo.

En el mismo momento en que ese pensamiento cruzaba su mente, notó una ráfaga de aire en la nuca. Volvió la cabeza y se estremeció; detrás, en la oscuridad, veía el símbolo circular de color rojo del expreso número cuatro, lejano pero inconfundible.

Corrió aún más deprisa, llenándose los pulmones de aire denso y húmedo. El tren se detendría sólo el tiempo justo para cargar y descargar pasajeros; luego se pondría de nuevo en marcha y se encaminaría hacia ella ganando velocidad. Desesperada, miró alrededor, buscando un entrante para los operarios del metro o algún otro lugar donde refugiarse. Pero la pared del túnel era lisa y oscura hasta donde su vista alcanzaba.

Detrás oyó el timbre de aviso que precedía al cierre de puertas, el silbido de los frenos de aire comprimido y el ronroneo de los motores al reanudarse la marcha. Aterrorizada, se volvió hacia el único refugio que tenía: el estrecho espacio que separaba las dos mitades del túnel. Pasando con cuidado sobre el tercer raíl, se apretujó entre dos montantes herrumbrosos, encogiéndose para hacerse más delgada que el cambio de agujas situado junto a ella como un oscuro centinela.

El tren se acercó, lanzando una ensordecedora advertencia con el silbato. Cuando pasó ante ella, se sintió empujada hacia atrás por una contundente ráfaga de aire y, extendiendo los brazos, se aferró a los montantes para no salir despedida hacia la otra vía. Ante sus ojos desfilaron en una rápida sucesión de destellos las ventanillas de los vagones, como si un rollo de película se desplegase horizontalmente frente a ella. Finalmente el tren se alejó hacia el norte con un ligero balanceo, dejando tras de sí una lluvia de chispas.

Tosiendo a causa de la nube de polvo, silbándole los oídos, Margo salió de nuevo a la vía y miró en ambas direcciones. Delante, en la roja estela del tren, distinguió tres figuras, que salían de un hueco en la pared del túnel.

—¡Pendergast! —gritó—. ¡Espere, agente Pendergast!

Las figuras se detuvieron y se volvieron hacia ella. Mientras corría en dirección a los tres hombres, vio las estrechas facciones del agente del FBI, que la miraba inmóvil.

—¿Doctora Green? —oyó decir Margo con el familiar dejo sureño.

—¡Santo cielo, Margo! —exclamó D'Agosta con tono airado—. ¿Qué demonios hace aquí? Pendergast le ha dicho…

—Callen y atiendan —exigió Margo, parándose ante ellos—. He averiguado qué hacía Kawakita con la vitamina D que sintetizaba en su laboratorio. No tenía nada que ver con la planta, o el esmalte, o lo que sea.

Estaba fabricando un arma.

Aun en la oscuridad, Margo percibió incredulidad en el rostro de D'Agosta. Mephisto se hallaba detrás de él, escuchando en silencio, como una oscura aparición.

—Es verdad —afirmó Margo con voz entrecortada—. Como ya saben, los rugosos no soportan la luz. ¿No es así? Pero no se trata de una simple fobia. En realidad, la temen. La luz es mortal para ellos.

—No sé si acabo de entenderlo —dijo Pendergast.

—De hecho, no es la luz en sí. Es lo que la luz crea. Los rayos de sol activan la vitamina D en la piel. ¿De acuerdo? Si para esas criaturas dicha vitamina fuese venenosa, la luz directa les causaría un gran dolor, o incluso la muerte. Por eso murieron algunos de los cultivos inoculados. Estuvieron una noche entera expuestos a la luz de una lámpara. Y eso quizá explicaría incluso por qué los llaman rugosos. La carencia de vitamina D confiere a la piel un aspecto arrugado y correoso. Y la deficiencia de esa vitamina provoca la osteomalacia, un reblandecimiento de los huesos. ¿Recuerdan que, según el doctor Brambell, el esqueleto de Kawakita parecía el resultado de un caso extremo de raquitismo? Pues en efecto así era.

—Pero eso son sólo conjeturas —replicó D'Agosta—. ¿Dónde están las pruebas?

—¿Por qué, si no, la sintetizaba Kawakita? —dijo Margo—. Piense que para él era igualmente venenosa. Sabía que las criaturas irían a por él si destruía su fuente de suministro. Y después, al carecer de la droga, asesinarían sin control. No, tenía que matar las plantas y también a las criaturas.

Pendergast asentía con la cabeza.

—Parece la única explicación posible. Pero ¿por qué ha venido hasta aquí para contárnoslo?

Margo abrió el bolso.

—Porque traigo aquí tres litros de vitamina D en solución.

D'Agosta resopló.

—¿Y qué? No puede decirse que estemos escasos de armas.

—Si hay tantas criaturas como pensamos, no podrán detenerlas por más armas que lleven —dijo Margo—. ¿Recuerda lo que costó acabar con Mbwun?

—Nuestra intención es evitar cualquier encuentro —afirmó Pendergast.

—Pero desde luego no está dispuesto a correr riesgos, y por eso ha traído semejante arsenal —replicó Margo—, Las balas pueden hacerles daño, pero esto —añadió, señalando su bolso— los fulmina.

Pendergast dejó escapar un suspiro.

—Muy bien, doctora Green —dijo—, dénoslas; nos las repartiremos entre los tres.

—Ni hablar —repuso Margo—. Yo llevaré las botellas. Y voy con ustedes.

—Viene otro tren —anunció Mephisto.

Pendergast guardó silencio por un momento. Por fin dijo:

—Ya le he explicado que no…

—He venido hasta aquí —lo interrumpió Margo, percibiendo la ira y determinación de sus propias palabras mientras hablaba—. Ahora no voy a volverme atrás. Y no vuelva a advertirme lo peligroso que es. Si quiere que firme algún papel descargando de toda responsabilidad a las autoridades, no tengo inconveniente. Démelo.

—No será necesario. —Pendergast exhaló un profundo suspiro—. Muy bien, doctora Green. No podemos perder más tiempo en discusiones.

Mephisto, llévenos abajo.

54

Smithback se quedó inmóvil en el túnel, escuchando. De nuevo oyó las pisadas, en esta ocasión más lejanas. Respiró hondo varias veces y tragó saliva, intentando disolver el nudo que tenía en la garganta. Se había

perdido en aquellos pasadizos estrechos y oscuros. Ni siquiera sabía si avanzaba en la dirección correcta. Quizá estaba volviendo hacia atrás, hacia los asesinos, quienesquiera que fuesen. Sin embargo la intuición le decía que seguía alejándose del lugar donde se había producido la terrible carnicería. Daba la impresión de que los túneles de resbaladizas paredes bajaban sin cesar.

Las siniestras criaturas que había visto eran sin duda los rugosos, los individuos que Mephisto había denunciado, tal vez responsables también de la matanza del metro. Los rugosos. En unos minutos habían matado por lo menos a cuatro personas. Los gritos de Waxie parecían resonar aún en sus oídos, y ya no estaba seguro de si era un sonido real, o un simple recuerdo.

De pronto irrumpió otro ruido en sus pensamientos, éste muy real: de nuevo las pisadas, y a corta distancia. Aterrorizado, se volvió a un lado y a otro, buscando una salida por donde escapar. Súbitamente una luz intensa lo deslumbró, y detrás surgió una figura que se aproximaba a él. Smithback tensó los músculos, preparándose para una lucha que, afortunadamente, sería breve.

Pero la figura retrocedió, lanzando un chillido de pánico. La linterna cayó a los pies de Smithback. Con profundo alivio, el periodista reconoció el poblado bigote de Duffy, el hombre que subía detrás de Waxie por la escalerilla. Por lo visto, milagrosamente había escapado de sus perseguidores.

—¡Cálmese! —susurró Smithback, agachándose a recoger la linterna antes de que rodase túnel abajo—. Soy periodista. He visto lo que ha ocurrido.

Duffy estaba demasiado asustado, o falto de aliento, para preguntar a Smithback qué hacía allí, bajo el Reservoir del Central Park. Se sentó en el suelo de ladrillo, respirando agitadamente. Cada escasos segundos volvía la cabeza y dirigía una rápida mirada a la oscuridad.

—¿Sabe cómo salir de aquí? —preguntó Smithback.

—No —contestó Duffy entre jadeos—. O quizá sí. Vamos, ayúdeme.

—Me llamo Bill Smithback.

Tendió una mano al tembloroso ingeniero y lo ayudó a levantarse.

—Stan Duffy —dijo el ingeniero.

—¿Cómo ha conseguido librarse de esas criaturas?

—Los he despistado en los túneles de desagüe —respondió Duffy. Una gruesa lágrima resbaló lentamente por su cara manchada de barro.

—¿Por qué todos estos túneles conducen hacia abajo, y no hacia arriba?

Duffy se enjugó los ojos distraídamente con una manga.

—Estamos en unos túneles de desagüe secundarios. En una situación de emergencia, el agua corre tanto por el conducto principal como por estos conductos secundarios, confluyendo en el Cuello de Botella. En esta zona, todo tiene que pasar por el Cuello de Botella. —Se interrumpió y abrió desmesuradamente los ojos, como si acabase de recordar algo. Luego consultó su reloj—. ¡Tenemos que salir de aquí! ¡Sólo faltan noventa minutos!

—¿Noventa minutos? ¿Para qué? —preguntó Smithback, enfocando al frente la linterna.

—El Reservoir va a desaguarse a las doce de la noche. Ahora ya no hay forma de impedirlo. Y el agua bajará por estos túneles.

—¿Cómo? —murmuró Smithback.

—Quieren inundar los niveles inferiores, los túneles Astor, para deshacerse de esas criaturas. O mejor dicho, querían. Parece que han cambiado de idea. Pero ya es demasiado tarde…

—¿Los túneles Astor? —repitió Smithback, pensando: «Debe de ser la Buhardilla del Diablo de la que hablaba Mephisto».

Duffy le arrancó la linterna de la mano y se echó a correr túnel abajo.

Smithback lo siguió. El túnel desembocaba en otro mayor que descendía en espiral como un sacacorchos gigante. No había más iluminación que el vacilante haz de la linterna. Intentó mantenerse a los lados del túnel para evitar el riachuelo de agua que bajaba por el centro. Aunque no sabía por qué se molestaba; Duffy chapoteaba en él continuamente, y sus ruidosas pisadas habrían bastado para despertar a los muertos.

Al cabo de unos minutos Duffy se detuvo.

—¡Los he oído! —gritó cuando Smithback lo alcanzó.

—Yo no he oído nada —dijo Smithback, jadeando, y miró alrededor.

Pero Duffy reanudó la carrera, y Smithback salió disparado tras él, con el corazón encogido y la idea de escribir un gran artículo lejos de su mente.

Una lóbrega abertura apareció a un lado del túnel, y Duffy se desvió por ella. Smithback lo siguió, y de repente el suelo se abrió bajo sus pies. Un instante después se deslizaba sin control por una rampa mojada y resbaladiza. Mientras rodaba, intentando sujetarse a la viscosa superficie, oía más abajo los gemidos de Duffy. La sensación era semejante a la de los sueños de caídas, sólo que mucho más horrible, dentro de un túnel negro y

húmedo, a una profundidad inimaginable bajo Manhattan. De pronto oyó un chapuzón, y segundos después él mismo se halló sumergido en medio metro de agua.

Se levantó de inmediato, dolorido por todas partes pero contento de notar una superficie firme bajo sus pies. El suelo del túnel parecía llano, y a juzgar por el olor el agua estaba relativamente limpia. Junto a él, Duffy lloriqueaba de manera incontrolable.

—Cállese —susurró Smithback—. Va a atraer hacia aquí a esas criaturas.

—¡Dios mío! —dijo Duffy entre sollozos—. Esto no puede estar ocurriendo; no es posible. ¿Qué son esos seres? ¿Qué…?

Smithback buscó a tientas en la oscuridad el brazo de Duffy y tiró de él con brusquedad.

—¡Cállese! —repitió, rozando con los labios la oreja del ingeniero.

Los sollozos remitieron, quedando en un leve hipo.

—¿Dónde está la linterna? —preguntó Smithback.

Sólo recibió un sollozo en respuesta. Pero al cabo de un momento se encendió una débil luz a su lado. Milagrosamente, Duffy no la había soltado.

—¿Dónde estamos?

El hipo dejó de oírse.

—¡Duffy! ¿Dónde estamos?

Un sollozo ahogado.

—No lo sé. En un colector, quizá.

—¿Tiene idea de adónde va a parar?

Duffy se sorbió la nariz.

—Recoge el agua sobrante del Reservoir. Si seguimos por aquí hasta el Cuello de Botella, tal vez consigamos llegar a la red de alcantarillas del nivel inferior.

—¿Y desde ahí cómo salimos? —musitó Smithback.

Duffy hipó.

—No lo sé.

Smithback se enjugó la cara y guardó silencio, tratando de amasar el miedo, el dolor y la conmoción para reducirlos a una pequeña bola que fuese capaz de digerir. Intentó pensar en su artículo. Dios, con una noticia como aquélla tenía el éxito asegurado, por lo menos tanto como con los

asesinatos de la Bestia del Museo. Y con un poco de suerte tendría aún en el bolsillo la historia de la señora Wisher. Pero primero…

Se oyó un chapoteo. Debido al eco, era difícil calcular la distancia; pero sin duda se acercaba. Se inclinó en la oscuridad, aguzando el oído.

—¡Todavía nos persiguen! —gritó Duffy a escasos centímetros de su tímpano.

Smithback lo agarró del brazo por segunda vez.

—Duffy, cállese y atienda. Si echamos a correr, nos atraparán; son más rápidos que nosotros. Tenemos que despistarlos. Usted conoce la red; dígame por dónde hay que ir.

Duffy pareció serenarse, y Smithback oyó que respiraba hondo.

—Muy bien —dijo el ingeniero—. Los colectores de emergencia tienen estaciones de medición en el tramo final, justo antes del Cuello de Botella.

Si realmente es ahí donde estamos, podemos escondernos dentro…

—Vamos allá —susurró Smithback.

Avanzaron por el agua en la oscuridad, el haz de la linterna oscilando de pared a pared. Llegaron a un recodo del túnel, y al torcer apareció ante ellos una máquina enorme y antigua, una especie de gigantesco tornillo hueco engastado horizontalmente sobre un bloque de granito. Sobresalía una oxidada tubería en cada extremo, y detrás había una maraña de tubos parecida a unos intestinos de hierro. En su base, la máquina tenía una pequeña plataforma de rejilla. La corriente de agua continuaba más allá de la estación, desviándose sólo una pequeña parte a la izquierda por un estrecho y sinuoso túnel adyacente. Cogiendo la linterna, Smithback se agarró a la rejilla y se encaramó a ella. A continuación ayudó a subir a Duffy.

—Dentro de la tubería —murmuró Smithback.

Empujó a Duffy hacia el interior y después se metió él, arrojando la linterna a la corriente antes de ocultarse por completo.

—¿Está loco? Acaba de tirar…

—Es de plástico —dijo Smithback—. Flotará. Espero que sigan la luz corriente abajo.

Permanecieron en absoluto silencio. Las gruesas paredes de la estación de medición amortiguaban los sonidos del túnel, pero al cabo de unos minutos el chapoteo se oía con mayor nitidez. Los rugosos se acercaban, y deprisa, a juzgar por el ruido. Smithback notó contraerse a Duffy detrás de él, y rogó por que el ingeniero no perdiese la cabeza. El chapoteo se hizo

más sonoro, y Smithback los oyó respirar, un trabajoso resuello, como el de un caballo cansado. El chapoteo llegó junto a la estación de medición y se detuvo.

Percibiendo el repugnante olor a cabra, Smithback cerró los ojos con fuerza. Detrás de él, en la negrura, Duffy temblaba violentamente.

Oyó el chapoteo en torno a la estación mientras las criaturas la rodeaban. Llegó un sonido grave, como un resoplido, y a Smithback se le heló la sangre al recordar el finísimo olfato de Mbwun. El chapoteo continuó. Instantes después, con una profunda sensación de alivio, Smithback oyó que se alejaba. Las criaturas seguían túnel abajo.

Respiró lentamente, contando las hondas inhalaciones. Al llegar a treinta, se volvió hacia Duffy.

—¿Por dónde se va a las alcantarillas?

—Por el extremo opuesto —susurró Duffy.

—Pues vámonos.

Con cuidado, se dieron la vuelta en aquel fétido y reducido espacio y se arrastraron hasta el extremo de la tubería. Por fin Duffy salió. Smithback lo oyó hundir un pie en el agua y luego el otro, y cuando él avanzaba ya hacia el exterior, un penetrante grito atravesó la oscuridad y algo demasiado espeso y caliente para ser agua le salpicó la cara. Retrocedió aterrorizado.

—¡Socorro! —balbuceó Duffy—. No, por favor, va… ¡Dios, mis tripas!

Que alguien llame…

La voz se convirtió de repente en un desesperado resuello líquido y desapareció por fin en medio de un intenso ruido de agua agitada.

Smithback, presa del pánico, retrocedió atropelladamente, oyendo un sonido sordo, semejante al golpe de una cuchilla de carnicero en un trozo de carne, seguido de una serie de crujidos de huesos arrancados de sus articulaciones.

Smithback salió por el extremo opuesto de la tubería, cayó de espaldas en el agua, se puso de pie al instante y huyó a toda velocidad por el túnel lateral, sin mirar, sin oír, sin pensar en nada salvo en correr. Corrió y corrió, desviándose una y otra vez en las interminables bifurcaciones, adentrándose cada vez a mayor profundidad en las oscuras entrañas de la tierra. El túnel confluyó con otro, y con otro, cada uno más grande que el anterior. Hasta que de repente un brazo húmedo y extraordinariamente fuerte le rodeó el cuello y una poderosa mano le tapó la boca.

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55

Una hora después de su espontáneo estallido, el disturbio de Central Park South empezaba a declinar. Ya antes de las once de la noche, muchos de los alborotadores iniciales habían agotado ya su ira y su energía. Los heridos abandonaban el campo de batalla con la ayuda de sus compañeros.

Los gritos, insultos y amenazas comenzaban a sustituir a los puños, palos y piedras. No obstante, seguía vivo un núcleo central de violencia. A medida que la gente se retiraba de allí, magullada o exhausta, otros llegaban, movidos unos por la curiosidad, otros por la indignación, y otros por el alcohol y las ganas de luchar. Los informativos de la televisión se dejaban llevar cada vez más por el sensacionalismo y la histeria. La voz corrió como una chispa eléctrica por todo Manhattan: por las avenidas Primera y Segunda, donde los jóvenes republicanos se reunían en los bares de alterne para mofarse del presidente del Partido Demócrata; por St. Mark's Place y los reductos marxistas del East Village; por millares de líneas de fax y teléfono. A la vez que se difundía la noticia, se propagaban también los rumores. Unos afirmaban que la gente sin hogar y quienes habían intentado ayudarlos estaban siendo aniquilados en un genocidio instigado por la policía. Otros decían que izquierdistas radicales y elementos del crimen organizado incendiaban bancos, disparaban contra los ciudadanos y saqueaban tiendas. Aquellos que acudían a este llamamiento a la acción se tropezaban —en algunos casos brutalmente— con los últimos grupos de mendigos que salían a la superficie en las inmediaciones del Central Park, huyendo del gas lacrimógeno atrapado en los túneles.

La vanguardia original de la plataforma Recuperemos Nuestra Ciudad

—los brahmanes de la riqueza y la influencia en Nueva York— se habían alejado rápidamente del lugar. En su mayor parte, habían regresado a sus mansiones y dúplex consternados. Otros se habían congregado en el Great Lawn, dando por sentado que la policía sofocaría en breve el disturbio y confiando en que la oración final se llevase a cabo según lo previsto. Pero conforme la policía avanzaba sus líneas y acorralaba a los alborotadores, la lucha se trasladó gradualmente al interior del parque, acercándose cada vez más al Great Lawn y al Reservoir. La oscuridad del parque, las densas

arboledas, la maleza y el laberinto de caminos entorpecieron los esfuerzos por controlar el disturbio.

La policía acometía contra los alborotadores con cautela. Dispersos a causa de la masiva operación de desalojo, buena parte de los efectivos policiales llegó con retraso al lugar del disturbio. Los altos mandos del cuerpo sabían que podía haber personas influyentes en la multitud enfervorizada, y la idea de gasear o vapulear a un miembro de la élite neoyorquina no habría sido bien acogida por un alcalde con tanta conciencia política como el suyo. Además, había sido necesario enviar un gran contingente de policías a las zonas vecinas de la ciudad, donde se habían denunciado actos esporádicos de vandalismo y saqueo. Y aunque nadie hablaba de ello, en la mente de todo el mundo estaba presente el temible espectáculo de los disturbios de Crown Heights, ocurridos unos años antes, que se habían prolongado durante tres días y dejado tras de sí un poso de inquietud.

Hayward observó al equipo médico de urgencias mientras trasladaba a Beal en camilla hacia la ambulancia. Las patas posteriores de la camilla se plegaron en el momento en que lo entraban. Beal gimió y se llevó una mano a la cabeza vendada.

—¡Cuidado! —dijo Hayward al enfermero. Apoyó una mano en una de las puertas traseras de la ambulancia y se inclinó hacia el herido—. ¿Qué tal?

—Me he sentido mejor otras veces —respondió Beal con una débil sonrisa.

Hayward asintió con la cabeza.

—Se pondrá bien —afirmó. Se volvió para marcharse.

—¿Sargento? —dijo Beal, y Hayward se detuvo—. El cabrón de Miller habría dejado que encontrase yo solo la salida. O que me ahogase, posiblemente. Creo que le debo la vida.

—No tiene importancia —contestó Hayward—. Forma parte del trabajo, ¿no?

—Puede ser, pero de todos modos no lo olvidaré. Gracias.

Hayward dejó a Beal con el enfermero y rodeó la ambulancia hasta la puerta del conductor.

—¿Qué novedades tenemos? —preguntó.

—¿De qué quiere que le hable? —repuso el conductor, rellenando una hoja de ruta—. ¿De cómo está el oro en el mercado de futuros? ¿De la

situación internacional?

—Deje los chistes para mejor ocasión —replicó Hayward. Abarcando Central Park West con un gesto, añadió—: Me refiero a esto.

Una surrealista quietud reinaba en la lóbrega escena. Salvo por los vehículos de emergencia y los coches de policía estacionados cada dos calles, no había tráfico en las inmediaciones. Manchas de oscuridad salpicaban la ancha avenida; sólo un puñado de farolas permanecían encendidas, crepitando y chisporroteando. Esparcidos por el suelo, había trozos de cemento, cristales rotos y basura. Al sur se veían los destellos de muchas más luces giratorias.

—¿Dónde ha estado? —preguntó el conductor—. A menos que haya pasado la última hora en el centro de la tierra, no me explico cómo ha podido perderse esto.

—No anda desencaminado —dijo Hayward—. Hemos estado desalojando a los mendigos de debajo del parque. Han opuesto resistencia.

El agente que lleva detrás ha resultado herido, y hemos tardado un buen rato en sacarlo. Estábamos muy lejos de la superficie y no queríamos apremiarlo demasiado. ¿Entendido? Hemos salido hace cinco minutos por la estación de la calle Setenta y dos y nos hemos encontrado aquí una ciudad fantasma.

—¿Desalojando a los mendigos? —repitió el conductor—. Así que es usted la responsable.

Hayward frunció el entrecejo.

—Responsable ¿de qué?

El conductor de la ambulancia se tocó la oreja. Luego señaló hacia el este como si con eso quedase todo aclarado.

Hayward escuchó con atención. Por encima del zumbido del escáner de la ambulancia y el pulso lejano de la ciudad, distinguió los sonidos que llegaban del Central Park: los graznidos furiosos de los megáfonos, gritos, ulular de sirenas.

—¿Sabrá que Recuperemos Nuestra Ciudad ha organizado una manifestación? —dijo el conductor—. En Central Park South, sin anunciarla.

—Algo he oído —respondió Hayward.

—Ya. En fin, el caso es que de pronto han empezado a salir mendigos de los subterráneos. Y con una actitud bastante hostil, además. Han tenido un roce con los manifestantes, y en un abrir y cerrar de ojos se ha

convertido en una batalla campal. La gente se ha vuelto loca, según he oído.

Insultos, chillidos, intercambio de golpes. Más tarde ha comenzado el pillaje en los alrededores. La policía ha tardado más de una hora en tener la situación bajo control. En realidad, todavía no está controlada. Pero han conseguido concentrar el alboroto en el parque.

El enfermero hizo una señal desde la parte trasera, y el conductor puso en marcha el motor. La ambulancia se alejó, sus luces deslizándose por las fachadas de piedra caliza. En Central Park West, algo más al norte, Hayward vio curiosos asomados a las ventanas, señalando hacia el parque.

Unos cuantos valientes habían bajado a la calle y miraban desde la acera, sin alejarse de la protectora presencia de los porteros uniformados.

Contempló la enorme silueta gótica del Dakota, intacto y al parecer al margen del caos. Inconscientemente, recorrió con la mirada la torre de la esquina, donde debían de estar las ventanas del apartamento de Pendergast.

Se preguntó si habría regresado entero de la Buhardilla del Diablo.

—¿Se han llevado ya a Beal? —oyó preguntar a Carlin. Su descomunal figura surgió entre las sombras.

—Hace un momento —respondió Hayward, volviéndose hacia él—. ¿Y

el otro?

—No ha querido asistencia médica —dijo Carlin—. ¿Se sabe algo de Miller?

—Probablemente estará ya en algún bar de Atlantic Avenue —contestó Hayward con expresión ceñuda—, bebiendo cerveza y alardeando de sus hazañas. Así son las cosas, ¿no? Él recibirá un ascenso, y nosotros amonestaciones por insubordinación.

—Quizá otras veces sea así —comentó Carlin con una sonrisa de complicidad—. Pero ésta no.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Hayward. Sin darle tiempo a responder, añadió—: No tiene sentido contar qué hizo o dejó de hacer Miller. Mejor será que nos reportemos.

Cogió su radio y la encendió. Pero todas las frecuencias emitían torrentes de ruido, interferencias y pánico.

«Avanzando hacia el Great Lawn, necesitamos más efectivos… He cogido a ocho de ellos, pero no voy a poder retenerlos mucho más tiempo; si ese furgón tarda mucho en llegar, desaparecerán en la oscuridad… He solicitado una evacuación urgente hace media hora; aquí hay gente herida…»

Hayward apagó la radio y volvió a prendérsela en el cinturón. Luego indicó a Carlin que la siguiese hasta el coche patrulla estacionado en la esquina. Al lado montaba guardia un agente equipado con material antidisturbios, escrutando la calle escopeta en mano.

—¿Dónde está el centro de mando de esta operación? —preguntó Hayward.

El policía se levantó la visera y la miró.

—Hay un puesto avanzado de mando en el castillo —contestó—. Al menos, eso dice el comunicado. Pero en estos momentos está todo bastante desorganizado, como puede verse.

—El Castillo de Belvedere. —Hayward se volvió hacia Carlin—. Mejor será que vayamos.

Mientras corrían por Central Park West, Hayward curiosamente recordó su visita a unos estudios de Hollywood dos años atrás. Había paseado por unos decorados que reproducían una calle de Manhattan y habían sido utilizados en el rodaje de innumerables musicales y películas de gángsters.

Había visto farolas, escaparates, bocas de incendios… de todo menos gente.

En aquella ocasión, el sentido común le había dicho que a sólo cien metros de allí se hallaban las calles bulliciosas y vibrantes de California. Así y todo, la silenciosa desolación del decorado se le había antojado casi espectral.

Esa noche Central Park West le producía la misma impresión. Aunque a lo lejos oía las bocinas de los coches y las sirenas, y sabía que dentro del parque se concentraba gran número de efectivos de la policía para acabar con los disturbios y la confusión, aquella avenida anormalmente oscura le resultaba irreal y espectral. Sólo algún que otro portero, vecino curioso o control policial rompían el ambiente de ciudad fantasma.

—¡Joder! —masculló Carlin a su lado—. ¿Ha visto eso?

Hayward alzó la vista, y sus lucubraciones se desvanecieron en el acto.

Fue como pasar del orden al caos a través de una zona desmilitarizada.

Al sur, al otro lado de la calle Sesenta y cinco, vieron los estragos de la algarada: vidrieras de establecimientos hechas añicos, marquesinas rasgadas cuyos jirones ondeaban al viento. Allí se incrementaba la presencia policial, con barricadas azules por todas partes. Los coches aparcados junto a la acera no tenían ventanillas ni parabrisas. Unas manzanas más abajo, una grúa de la policía con luces de advertencia amarillas retiraba el chasis humeante de un taxi.

—Parece que por aquí ha pasado una horda de topos no muy contentos

—murmuró Hayward.

Cruzaron la calle oblicuamente en dirección a una entrada del parque.

Después de la destrucción que acababan de ver, los estrechos caminos de asfalto parecían apacibles y desiertos. Pero los bancos destrozados, las papeleras volcadas, los montones de basura aún llameantes daban mudo testimonio de lo que había ocurrido allí hacía sólo un rato. Y el ruido procedente de las zonas interiores del parque presagiaba un caos aún mayor.

De pronto Hayward se detuvo e hizo parar también a Carlin. Más adelante, en la oscuridad, distinguía a un grupo de personas —era imposible saber cuántas— que caminaba con actitud achulada hacia el Great Lawn.

No pueden ser policías, pensó. No llevan cascos, o ni siquiera gorras. Una estridente andanada de abucheos y palabras soeces confirmó su sospecha.

Se encaminó rápidamente hacia ellos, de puntillas para reducir el ruido al mínimo. A diez metros por detrás del grupo, se detuvo.

—¡Alto! —dijo, apoyando la mano en su arma reglamentaria—.

¡Policía!

Pararon y se dieron media vuelta. Eran cuatro, no, cinco hombres, jóvenes, vestidos con chaquetas sport y polos. Hayward se fijó de inmediato en las armas visibles: dos bates de aluminio y algo que parecía un cuchillo de cocina.

La miraron, sonrojados, todavía risueños.

—¿Sí? —contestó uno de ellos, dando un paso al frente.

—No se mueva de donde está —advirtió Hayward. El hombre obedeció

—. Y ahora ¿por qué no me explican adónde iban exactamente?

El hombre adelantado se mofó de la estupidez de la pregunta, y señaló hacia el interior del parque ladeando apenas la cabeza.

—Hemos venido a ocuparnos de un asunto —dijo una voz desde el grupo.

Hayward negó con la cabeza.

—Lo que está ocurriendo ahí no es asunto suyo.

—¡Y una mierda que no! —repuso el que encabezaba el grupo—. Una pandilla de vagos ha molido a palos a amigos nuestros. Eso no lo vamos a tolerar. —Avanzó otro paso.

—Eso es cosa de la policía —afirmó Hayward.

—La policía no ha hecho una mierda —replicó el hombre—. Mire cómo lo han dejado todo. Han consentido que esa basura destroce nuestra

ciudad.

—Hemos oído que han matado ya a veinte o treinta personas, incluida la señora Wisher —dijo un hombre que llevaba un teléfono móvil, arrastrando las palabras—. Están arrasando la ciudad. Y han venido a ayudarlos unos hijos de puta del East Village y el Soho. Jodidos activistas de la Universidad de Nueva York. Nuestros amigos necesitan ayuda.

—Ya lo ha oído, ¿no? —añadió el más adelantado—. Así que, señora, no se meta donde no la llaman. —Dio otro paso al frente.

—Si da otro paso más, le haré la raya en el pelo con esto —advirtió Hayward, retirando la mano de la pistola y sacando con soltura la porra.

Notó tensarse a Carlin junto a ella.

—Es muy fácil hacerse la dura con una pistola en el cinturón y ese armario humano al lado —dijo el hombre con desdén.

—¿Cree que puede detenernos a los cinco? —preguntó otro del grupo.

—Quizá piensa que puede asfixiarnos a todos con esas tetas que tiene

—comentó otro.

Los demás sonrieron.

Hayward respiró hondo y guardó la porra.

—Agente Carlin —dijo—. Haga el favor de alejarse veinte pasos.

Carlin no se movió.

—¡Obedezca! —ordenó Hayward.

Carlin la miró con asombro por un momento. Luego, sin volver la espalda ni apartar la vista del grupo, empezó a retroceder por el camino.

Hayward se acercó pausadamente al cabecilla.

—Ahora escúcheme —dijo con voz serena, mirándolo a los ojos—. Aun quitándome la placa y la pistola, podría mandarlos de una patada en esos culos blandos a Scarsdale o Greenwich o adondequiera que sus mamás los arropen por las noches. Pero no tengo necesidad de hacerlo. Sepa que si no siguen mis instrucciones al pie de la letra, sus mamás no tendrán a quien arropar esta noche. Las pobres estarán mañana haciendo cola en jefatura para pagar sus fianzas. Y ni todo el dinero, el poder y la influencia del mundo servirán para borrar de sus antecedentes penales las palabras

«intento de agresión criminal». En este estado, una persona declarada culpable de un delito grave nunca podrá ejercer la abogacía, ni ocupar cargos públicos, ni obtener la licencia de agente de cambio y bolsa. Y eso no les gustaría a sus papás. No les gustaría nada. —Hizo una pausa. A continuación añadió con frialdad—: Así que suelten las armas.

Por un breve instante nadie se movió.

—¡He dicho que suelten sus armas! —repitió Hayward, gritando a pleno pulmón.

En el silencio que siguió, oyó el ruido de un bate de aluminio al caer al asfalto. Luego otro. Después un sonido más suave: una hoja de acero al chocar contra el suelo. Hayward aguardó por un momento y retrocedió un paso.

—Agente Carlin —dijo con calma.

Al instante Carlin estaba junto a ella.

—¿Los cacheo? —preguntó.

Hayward negó con la cabeza.

—Sus carnets de conducir —dijo al grupo—. También los quiero.

Tírenlos al suelo ahí mismo.

Tras una breve pausa el joven más adelantado sacó la cartera del bolsillo de la chaqueta y dejó caer la tarjeta de plástico. Los otros siguieron su ejemplo.

—Pueden pasar a recogerlos mañana por jefatura —continuó Hayward

—. Ahora quiero que sigan por este camino en dirección contraria hasta llegar a Central Park West. Una vez allí, quiero que cada uno se marche por su lado. No se paren por nada, ni para recoger doscientos dólares del suelo.

Derechos a casa, y a dormir. ¿Entendido?

Nadie contestó.

—¡No los oigo! —bramó Hayward, y los hombres se sobresaltaron.

—Entendido —respondieron a coro.

—Pues andando —dijo Hayward.

Los jóvenes permanecieron inmóviles, como si estuviesen clavados al suelo.

—¡Muevan el culo! —gritó Hayward.

El grupo se puso en marcha, en silencio, con la vista al frente. Se alejaron en dirección oeste, primero despacio, luego apretando el paso, y pronto desaparecieron en la oscuridad.

—¡Pandilla de gilipollas! —comentó Carlin—. ¿Cree que realmente han muerto veinte o treinta personas?

Hayward lanzó un gruñido mientras recogía del suelo las armas y los carnets de conducir.

—¡Qué va! Pero si se extiende esa clase de rumores, seguirá viniendo gente como ésa, y esta situación nunca se resolverá. —Dejó escapar un

suspiro y entregó a Carlin los bates—. Vamos. Nos reportaremos y veremos si podemos ayudar esta noche. Porque mañana, como bien sabe, va a caernos un rapapolvo por lo que ha pasado en los túneles.

—Esta vez no —respondió Carlin, sonriendo.

—Eso mismo ha dicho antes. —Hayward se volvió hacia él—.

Explíquese, Carlin.

—Esta vez los justos serán recompensados. Y serán los Miller de este mundo quienes vayan a la picota.

—¿Y desde cuándo tiene el don de la profecía?

—Desde que me he enterado de que nuestro amigo Beal, a quien ha acompañado usted hasta la ambulancia, es hijo de un tal Steven X. Beal.

—¿Steven Beal, el senador del estado? —preguntó Hayward, abriendo desmesuradamente los ojos.

Carlin asintió.

—Beal no quiere que se sepa. Teme que la gente pueda pensar que intenta usar su influencia para conseguir un ascenso rápido o algo así. Pero con el golpe en la cabeza se le debe haber soltado un poco la lengua.

Hayward permaneció inmóvil por un momento. Luego, sacudiendo la cabeza, se dio media vuelta y se encaminó hacia el Great Lawn.

—¿Sargento? —dijo Carlin.

—¿Sí?

—¿Por qué me ha pedido que me alejase de esa pandilla?

Hayward se detuvo.

—Quería demostrarles que no me daban miedo, y que hablaba en serio.

—¿Y lo habría hecho?

—Si habría hecho, ¿qué?

—Ya sabe, mandarlos a Scarsdale de una patada en el culo y todo eso.

Hayward lo miró, alzando ligeramente la barbilla.

—¿Usted qué cree?

—Creo… —Carlin vaciló—. Creo que es usted una mujer temible, señora Hayward.

56

Mientras la lancha surcaba las turbias aguas del río Hudson, Snow se puso el traje bajo cubierta, notando temblar el casco con el rugido de los dos potentes motores diesel. Apenas quedaba espacio para moverse entre el equipo de loran, las unidades de geonavegación por vía satélite, el sonar y los armeros. Advirtió que le habían dado un traje húmedo, y no el habitual traje seco, totalmente hermético, que utilizaba la policía, y se arrepintió al instante de haber sugerido el acceso a través de la planta depuradora.

Demasiado tarde, pensó mientras se embutía el traje. La lancha dio un bandazo, y Snow salió despedido hacia adelante, golpeándose la cabeza con un mamparo.

Maldiciendo, se frotó la frente. El dolor era real, sin duda, así que no estaba soñando. En efecto se hallaba en una lancha llena de miembros de la Compañía de Operaciones Especiales de la Marina, armados hasta los dientes, enfrascados en sabía Dios qué clase de misión. Lo asaltó una mezcla de miedo y entusiasmo. Era consciente de que allí tenía una oportunidad de redención. Quizá la única que se le presentaría. Esta vez no iba a pifiarla, eso seguro.

Se ajustó la lámpara de visera, se calzó el segundo guante y subió a cubierta. El comandante Rachlin, que en ese momento hablaba con el timonel, se volvió hacia él al verlo salir.

—¿Dónde carajo está su tintura? ¿Y por qué ha tardado tanto?

—El equipo es un poco distinto del que acostumbro a usar, señor.

—Bien, pues tiene desde ahora hasta la incursión para acostumbrarse.

—Sí, señor.

—Donovan, ayúdelo a pintarse —ordenó Rachlin, señalando a Snow con el mentón en un gesto seco y preciso.

Donovan se acercó y, sin mediar palabra, empezó a embadurnarle la frente y las mejillas con tintura negra y verde.

Rachlin indicó al resto del equipo que se aproximase.

—Ahora escuchen con atención —dijo, desenrollando un mapa plástico sobre uno de sus muslos—. Entraremos por el depósito de sedimentación principal situado por encima del colector lateral del West Side. Según Snow, es la vía de acceso más rápida. —Trazó una ruta en el mapa con el dedo—.

Cuando lleguemos al primer purgador, seguiremos la ruta prevista hasta aquí, donde se bifurcan los túneles. Éste es nuestro punto de reunión. Una vez alcanzada la posición, los equipos Alfa, Beta y Gamma se repartirán

por estos túneles. Yo encabezaré el equipo Alfa. Snow y Donovan son el equipo Delta. Se quedarán cubriendo la retaguardia. ¿Alguna pregunta?

Seguir: parte 4 de 6