2 El relicario

Grammata · Capítulo 7 de 10 · parte 5/6

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2 El relicario

Tercera Parte

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

Sacudió la cabeza con vehemencia y volvió a respirar oxígeno. Cuando se le aclaró la mente, se dio cuenta de que el ahogado sonido seguía llegando de algún lugar bajo sus pies. Sin embargo ahora era distinto. Tenía una cadencia, como el ronroneo de un motor, ascendiendo y descendiendo.

Pendergast se detuvo de nuevo.

—Hablen sólo en susurros. ¿Entendido? Vincent, tenga el flash a punto.

Enfrente, el túnel terminaba en una gran plancha de hierro remachada.

En medio de la pared de metal se abría una única puerta. Pendergast la cruzó con el lanzallamas preparado. La punta llameante osciló, trazando una estela de luz en las gafas de Margo. Al cabo de un momento, Pendergast se asomó a la puerta y les indicó que lo siguiesen.

Cuando entró en el espacio cerrado, Margo se dio cuenta de que el sonido que retumbaba bajo sus pies era un redoble de tambores, mezclado con un canto grave y bisbiseante.

D'Agosta tropezó con Margo al entrar en el compartimiento, y ella saltó adelante con una brusca inhalación de aire. En una de las paredes vio viejos instrumentos y palancas de bronce, con polvo y verdín incrustados en los cuadrantes rotos. En un rincón había un enorme cabrestante y varios generadores oxidados.

Pendergast se dirigió rápidamente al centro de la cámara y se arrodilló junto a una gran trampilla de metal.

—Esto es la sala central de conmutación de los túneles Astor. Si no me equivoco, nos encontramos justo encima del Pabellón de Cristal, en su día la sala de espera privada del hotel Knickerbocker. Desde aquí debería verse el pabellón.

Aguardó hasta que el grupo quedó en absoluto silencio. Entonces descorrió los corroídos fiadores de la trampilla y la deslizó a un lado con

sumo cuidado. Margo vio salir un parpadeante resplandor y percibió con mayor claridad el olor a cabra, aquel conocido tufo que impregnaba sus pesadillas. El sonido de los tambores y el ahogado canto aumentaron de volumen. Pendergast se asomó, y el tenue resplandor del Pabellón de Cristal se reflejó trémulamente en su cara. Observó por un largo momento y luego retrocedió despacio.

—Vincent —dijo—, quizá debería echar un vistazo.

D'Agosta se acercó, se levantó las gafas y se inclinó sobre el agujero. En la débil luz, Margo vio brillar gotas de sudor en su frente, y advirtió que echaba mano inconscientemente a la culata de su arma. Se apartó del agujero en silencio.

Margo notó entonces que Smithback se adelantaba. Miró casi sin pestañear, respirando ruidosamente por la nariz.

—¡Vaya, el plumífero se excita! —susurró Mephisto con tono sarcástico.

Pero, por lo que Margo veía, Smithback no parecía disfrutar de la visión. Empezaron a temblarle las manos, primero ligeramente, luego de manera casi incontrolable. Con una expresión de horror fija en el rostro, permitió que D'Agosta lo alejase de la trampilla.

Pendergast hizo una seña a Margo.

—Doctora Green, me gustaría conocer su opinión.

Margo se arrodilló junto al agujero, se levantó las gafas y se asomó al cavernoso espacio. Por unos segundos, su mente fue incapaz de abarcar la imagen que se extendía bajo ella. Se encontró mirando el centro del vasto espacio a través de los destrozados restos de una araña de cristal. Distinguió las ruinas de lo que en otro tiempo había sido una sala de gran elegancia: columnas dóricas, murales gigantescos y cortinas de terciopelo en marcado contraste con el barro y la inmundicia que cubría las paredes. Justo debajo, entre los brazos resquebrajados de la araña y los fragmentos de cristal, vio la cabaña de cráneos que había descrito Pendergast. Al menos un centenar de figuras encapuchadas dispuestas en irregulares filas se balanceaba frente a la cabaña, golpeando el suelo con los pies y entonando aquel canto apagado e ininteligible. A lo lejos, seguía el monótono tamborileo.

Entretanto afluían sin cesar otras figuras, que ocupaban sus puestos y se unían al canto. Margo contempló la escena atentamente, parpadeó y volvió a mirar con una mezcla de horror y fascinación. No cabía la menor duda: eran los rugosos.

—Parece un ritual —murmuró Margo.

—Así es —respondió Pendergast junto a ella—. Obviamente ésta es la otra razón por la que nunca se producían asesinatos en noches de luna llena.

El ritual sigue realizándose. La cuestión es quién o qué lo dirige ahora que Kawakita está muerto.

—Es posible que tuviese lugar una especie de golpe de Estado —

comentó Margo—. En las sociedades primitivas, con frecuencia el chamán era asesinado y sustituido por un rival, por lo general una figura dominante del mismo grupo. —Siguió observando, intrigada pese al miedo y la aversión que sentía—. ¡Dios mío, si Frock viese esto!

—Sí —dijo Pendergast—. Si una de esas criaturas ocupó el lugar de Kawakita, acabando a la vez con su vida, se explicaría el incremento de asesinatos y la creciente brutalidad de sus actos.

—Fíjese en su manera de andar —susurró Margo—. Casi propia de patizambos. Podría deberse al incipiente escorbuto. Si sus organismos no aceptan la vitamina D, ése sería el resultado.

De pronto se produjo un alboroto, un coro de voces guturales fuera del área de visión de Margo. El grupo se disgregó. Se oyó una serie de llamadas, y Margo vio una figura, encapuchada como el resto, que llegaba lentamente transportada en un palanquín construido de huesos y tiras de cuero trenzadas. La procesión se acercó a la cabaña, incorpórea en el trémulo resplandor. Cuando el palanquín fue introducido en la cabaña, el canto cobró mayor volumen, reverberando en la enorme sala.

—Parece que ha llegado el chamán —dijo Margo—. La ceremonia, sea cual sea, empezará en cualquier momento.

—¿No sería mejor que nos pusiésemos en marcha? —oyó mascullar a D'Agosta—. Lamento estropearles el descubrimiento antropológico, pero en el pasillo hay quince kilos de explosivos que no tardarán en estallar.

—Tiene razón —dijo Pendergast—. Y aún nos queda una carga por colocar. —Apoyó una mano en el brazo de Margo—. Debemos marcharnos, doctora Green.

—Sólo un minuto, por favor —rogó.

Entre la multitud se originó un repentino revuelo, y apareció quizá una docena de figuras encapuchadas, camino de la cabaña. Se arrodillaron ante la entrada y dispusieron varios objetos pequeños y negros en un semicírculo. El canto continuó cuando una figura salió de la cabaña con dos antorchas encendidas.

Margo miró atentamente, intentando averiguar qué eran los objetos negros. Había seis, y desde allí arriba parecían pelotas de goma de forma irregular. Obviamente desempeñaban un papel esencial en la ceremonia.

Recordó que en Natal la tribu de los chudzi usaba piedras redondas pintadas de rojo y blanco para simbolizar el ciclo diario de…

Una de las figuras dio un tirón al objeto más cercano, la capucha negra de goma se desprendió, y Margo retrocedió instintivamente, sofocando un gemido de consternación.

Pendergast se aproximó de inmediato a la abertura y miró hacia abajo durante un largo momento. Por fin se irguió y se echó hacia atrás.

—Hemos perdido al equipo de la Compañía de Operaciones Especiales

—dijo.

Mephisto se acercó a la trampilla y echó un vistazo al parpadeante espacio; iluminada por el rojizo resplandor, su barba larga y enredada adquirió un aspecto mefistofélico.

—Y ahora, chicos, no olvidéis que es peligroso bañarse después de una comida pesada —masculló.

—¿Cree que habrán colocado las cargas antes…? —preguntó D'Agosta, y su voz se desvaneció gradualmente en la oscuridad.

—Esperemos que sí —murmuró Pendergast mientras cerraba la trampilla—. Pongamos la última carga y marchémonos antes de que sea demasiado tarde. Permanezcan atentos. Recuerden que nos encontramos prácticamente en su guarida. Manténganse hiperalertas.

—Hiperalertas —repitió Mephisto con desdén.

Pendergast lanzó una mirada de ligero reproche al jefe de los mendigos.

—Ya hablaremos en algún otro momento del bajo concepto que tiene de mí, y de mi opinión sobre sus gustos culinarios —dijo, y se volvió hacia la salida.

Cruzaron la puerta del lado opuesto de la cámara y avanzaron rápidamente por el pasadizo. Tras recorrer unos cien metros, Pendergast se detuvo en un punto donde un túnel de irregulares paredes ascendía hasta el pasadizo principal. A través del estrecho conducto se oía claramente el sonido de los tambores.

—Es extraño —comentó el agente del FBI, contemplando el túnel que confluía en el pasadizo—. Este acceso no consta en el plano. No importa; en todo caso, la última carga debería hundir toda esta estructura.

Siguieron adelante y en unos minutos llegaron a la entrada de un espacio que parecía una antigua zona de mantenimiento. Contra una pared se alzaban pilas de ruedas grandes y herrumbrosas, junto con lo que, a juicio de Margo, podían ser diversas piezas de cambios de agujas y señales.

Sobre una mesa podrida descansaba una fiambrera de hojalata; dentro, Margo vio el esqueleto seco de un pollo a medio comer. En apariencia, el lugar había sido abandonado precipitadamente.

—¡Dios, qué sitio! —exclamó D'Agosta—. Uno se pregunta cuál es la verdadera historia de estos túneles.

—O si alguien la conoce todavía después de casi un siglo —añadió Pendergast. Señaló hacia un rincón, donde había una puerta ribeteada de metal entre dos montones de material polvoriento—. Ésa es la escalera de mantenimiento que baja a los túneles Astor. Aquí colocaremos la última carga. —Sacó otro bloque de explosivo de la bolsa, se agachó y lo rebozó de barro.

—¿Y eso? —preguntó D'Agosta—. ¿Camuflaje?

—En efecto —respondió Pendergast mientras moldeaba la carga en torno a la base de un pilar de cemento—. Ésta es, por lo visto, una zona muy transitada. Señaló con el mentón hacia el túnel a título ilustrativo.

—¡Dios mío! —exclamó Margo entre dientes.

Incontables huellas de pies descalzos surcaban el suelo del pasadizo por donde habían llegado. Cogió la mascarilla y tomó oxígeno. Había una humedad próxima al ciento por ciento. Volvió a respirar por la mascarilla y luego se la ofreció a Smithback.

—Gracias —dijo el periodista, e inhaló dos veces lentamente. El cabello le caía lacio sobre la frente y llevaba la camisa hecha jirones y manchada de sangre.

«Pobre Bill —pensó Margo—. Parece salido de una cloaca, nunca mejor dicho.»

—¿Cómo estaban las cosas en la superficie? —preguntó Margo para distraerlo de sus pensamientos.

—Era un caos absoluto —contestó el periodista, devolviéndole la mascarilla con un gesto solemne—. En medio de la manifestación organizada por la señora Wisher han empezado a aparecer centenares de topos de los subterráneos. Allí mismo, en Broadway. Según he oído, la policía había echado gases lacrimógenos en los túneles situados entre la calle Noventa y nueve y el parque.

—¿Topos, plumífero? —lo interrumpió Mephisto—. Sí, somos topos.

Huimos de la luz, y no por su calor o su brillo, sino por lo que nos muestra: venalidad, corrupción e incontables hormigas obreras aferradas a su rutina.

—Cállese —dijo D'Agosta con aspereza—. Lléveme de regreso a la superficie venal y corrupta, y le prometo que puede ir a esconderse al pozo de mierda más profundo que encuentre sin miedo a que yo vaya a buscarlo.

—Mientras ustedes discutían, he colocado la última carga —anunció Pendergast, frotándose las manos y tirando a un rincón la bolsa de explosivos ya vacía—. Me sorprende que con tanta disputa la guarida entera no se nos haya echado ya encima. Ahora marchémonos de aquí cuanto antes. Tenemos menos de treinta minutos.

Con Pendergast al frente, salieron de la zona de mantenimiento.

De pronto el agente del FBI se detuvo. Siguió un breve silencio.

—Vincent —lo oyó susurrar Margo—. ¿Está preparado?

—Nací preparado.

Pendergast comprobó la boquilla del lanzallamas.

—Si es necesario, usaré esto, y luego iniciaremos la retirada. Esperen a que las llamas se extingan por completo antes de avanzar. Esta arma utiliza una mezcla de combustión rápida y limpia creada para la lucha a corta distancia, pero el propelente se adhiere a las superficies durante unos segundos antes de arder. ¿Entendido? Quítense las gafas y cierren los ojos para protegerse del fogonazo. No hagan nada hasta que yo dé la señal.

Tengan sus armas preparadas.

—¿Qué pasa? —preguntó Margo mientras extraía la Glock y quitaba el seguro. De repente lo olió; era el hedor repugnante de aquellas criaturas, flotando en el aire como una aparición.

—Tenemos que conseguir llegar más allá de aquel acceso —susurró Pendergast—. Vamos.

Empezaron a oírse rápidos pasos ascendentes en el túnel que confluía con el pasadizo poco más adelante. Pendergast bajó la mano, y D'Agosta encendió el haz de luz a su mínima potencia. Asustada, Margo vio un grupo de criaturas envueltas en capas que corría hacia ellos por el pasadizo.

Avanzaban a una velocidad escalofriante. De pronto pareció ocurrir todo a la vez. Pendergast dio el aviso, y D'Agosta accionó el flash con un seco chasquido. Una luz blanca de una intensidad casi sobrenatural inundó el pasadizo, dotando instantáneamente de color a los negros contornos de la roca. Se oyó un extraño zumbido líquido y el lanzallamas escupió una llama

azul anaranjada. Pese a que se hallaba tras el agente del FBI, Margo notó en el rostro una brutal vaharada de calor. El chorro alcanzó a las criaturas que se abalanzaban hacia ellos con un sonoro estampido y una lluvia de vertiginosas chispas. Por un momento las figuras siguieron adelante, y Margo, observando a las que ocupaban las primeras filas, tuvo la sensación de que llevaban extrañas túnicas de fuego, que crepitaron y quedaron reducidas a cenizas. El fogonazo del flash se desvaneció, pero no antes de que se grabase en las retinas de Margo la espantosa imagen de unos cuerpos encorvados y contrahechos, envueltos en carne quemada, desplomándose, sacudiendo las piernas.

—¡Retrocedan! —gritó Pendergast.

Volvieron atropelladamente a la zona de mantenimiento mientras Pendergast lanzaba otra llamarada. En la ráfaga de luz anaranjada, Margo vio que otras muchas criaturas subían por el túnel de acceso hacia ellos.

Instintivamente alzó la pistola y disparó varias veces. Dos de las figuras cayeron de espaldas y desaparecieron en la parpadeante oscuridad.

Vagamente, tuvo conciencia de haber perdido a Smithback en los iniciales momentos de desconcierto. Sonó una detonación junto a su oído al disparar Mephisto los dos cañones de la escopeta. Oía gritar a alguien —quizá era ella—, y los inarticulados alaridos de dolor de las criaturas heridas.

D'Agosta lanzó una granada al centro del grupo. Se produjo un estampido seco e inmediatamente después una potente explosión sacudió el túnel.

—¡Deprisa! —dijo Pendergast—. ¡Bajen por la escalera de mantenimiento!

—¿Está loco? —gritó D'Agosta—. ¡Nos atraparán como a ratas!

—Estamos ya atrapados como ratas —contestó Pendergast—. Son demasiados, y sería una temeridad luchar aquí. Podríamos detonar el C-4.

En los túneles Astor, al menos tendremos una oportunidad. ¡Bajen!

D'Agosta abrió la puerta ribeteada de metal, y descendieron rápidamente, con Pendergast detrás lanzando lenguas de fuego hacia el pasadizo. A Margo le ardían los ojos a causa del humo acre que flotaba en el aire. Parpadeando para contener las lágrimas, vio acercarse a otra figura, la capucha caída, el arrugado rostro contraído en una mueca de furia, un mellado cuchillo de pedernal en alto. Adoptando la posición de disparo, vació el cargador en aquella monstruosidad, observando casi con indiferencia cómo estallaban las balas de punta hueca al impactar en su cuerpo, desgarrando la carne correosa. La figura se desplomó y casi de

inmediato la sustituyó otra. La alcanzó una ráfaga del lanzallamas y cayó de espaldas, retorciéndose en un halo de fuego.

Salieron a una pequeña sala de techo alto con azulejos en las paredes y el suelo. Al otro lado de un arco gótico se veía el resplandor rojizo de la ceremonia. Margo echó un rápido vistazo alrededor, esparciendo balas por el suelo mientras rellenaba con desesperación el cargador. El humo saturaba el aire, pero Margo advirtió con alivio que el lugar estaba vacío. Parecía una sala de espera secundaria, pensada quizá para niños; contenía varias mesas bajas, algunas de ellas aún con tableros de damas, ajedrez y backgammon dispuestos para jugar, las piezas cubiertas de telarañas y moho.

—Una lástima para el que llevaba las negras —comentó Mephisto, mirando la mesa más cercana mientras abría la escopeta para recargarla—.

Tenía un peón de ventaja.

Se oyó ruido en la escalera, y al instante otro grupo de rugosos surgió de la oscuridad en dirección a ellos. Pendergast se agachó y lanzó una larga llama hacia las criaturas. Margo apoyó una rodilla en el suelo y disparó, las detonaciones de su pistola ahogadas por el fragor general.

Advirtió un movimiento al otro lado del arco, y al volverse vio otro grupo de criaturas correr hacia ellos desde el Pabellón de Cristal.

Smithback, forcejeando desesperadamente con el lanzagranadas, fue reducido y derribado. Pendergast, con la espalda contra la pared, trazaba un arco de llamas, manteniendo a raya a las criaturas que lo rodeaban. Con una curiosa sensación de irrealidad, Margo apuntó a las cabezas de las criaturas que tenía enfrente y empezó a descerrajar un tiro tras otro. Cayó una criatura, luego otra, y después Margo notó que disparaba con el cargador vacío. Retrocedió tan deprisa como pudo, sacando del bolso otro puñado de balas. De pronto notó movimiento alrededor, muy cerca, en todas direcciones. Unos brazos como cables de acero la agarraron por el cuello y le arrancaron la pistola de la mano. Un olor fétido como el aliento de un cadáver inundó sus sentidos. Cerró los ojos, llorando de dolor, miedo y rabia, procurando prepararse lo mejor posible para una muerte inevitable.

60

Snow observó congregarse a las oscuras figuras en la boca del túnel, cortándoles el paso. Se habían detenido por un momento ante el intenso brillo de la bengala, pero se movían ya hacia ellos con una resolución que le ponía la carne de gallina. No eran bestias sin inteligencia que se lanzasen irreflexivamente a la batalla; se valían de alguna estrategia.

—Atienda —dijo Donovan con calma—. Cargue el XM-148.

Dispararemos a la vez cuando yo dé la señal. Usted apunte a la izquierda del grupo; yo apuntaré a la derecha. Luego vuelva a cargar y disparar tan deprisa como pueda. Los lanzagranadas tienden a levantarse, así que apunte a baja altura.

Snow introdujo la carga en el lanzagranadas, notando que el corazón le latía en la garganta. Donovan se tensó a su lado.

—¡Ahora! —gritó Donovan.

Snow apretó el gatillo delantero, y el arma casi se le escapó de las manos cuando la granada partió hacia el grupo. Los destellos de las dos explosiones bañaron el túnel de una luz anaranjada, y Snow advirtió que había apuntado demasiado a la izquierda, dando en la pared del túnel. De pronto, con un violento temblor, se hundió una sección del techo. Gritos de terror surgieron del grupo de encapuchados.

—¡Otra vez! —dijo Donovan mientras colocaba otra granada.

Snow volvió a cargar y disparó de nuevo, esta vez desplazando el cañón ligeramente a la derecha. Como hipnotizado, igual que si ocurriese en cámara lenta, observó salir el proyectil y girar en el aire hasta perderse por encima de las cabezas del confuso grupo de figuras más allá de la boca del túnel. Se produjo otro temblor y un estallido de luz.

—¡Más bajo! —gritó Donovan—. ¡Están acercándose!

Sollozando, Snow abrió la otra bolsa con los dientes, cargó y disparó de nuevo. La feroz columna de fuego se alzó en medio del grupo. Por encima del estruendo de la explosión sonaron penetrantes gritos.

—¡Otra vez! —dijo Donovan, disparando su lanzagranadas—. ¡Tire otra vez!

Snow cargó y apretó el gatillo. El disparo se quedó corto, y la contundente ráfaga de calor los derribó a los dos. Se irguió, parpadeando en la nube de polvo y humo que flotaba en el oscuro espacio. Se le habían acabado las granadas, y llevó el dedo al gatillo trasero.

Donovan alzó una mano. Aguardaron, apuntando los fusiles hacia la negrura, durante lo que a Snow se le antojaron varios minutos. Finalmente

Donovan bajó el cañón de su arma.

—Les hemos soltado una verdadera lluvia de mierda —susurró—. Lo ha hecho usted muy bien. Quiero que se quede aquí un momento mientras yo echo un vistazo. Si oye algo, avíseme. Dudo que encontremos nada mucho mayor que un meñique, pero no voy a arriesgarme.

Comprobó el cargador de su M-16, encendió una bengala y la lanzó hacia la nube de humo. Después avanzó lentamente, pegado a la pared del túnel. Cuando el humo empezó a disiparse, Snow vio los borrosos contornos de la cabeza y los hombros de Donovan, moviéndose con sigilo, su oscura sombra parpadeando tras él.

Sorteó las formas maltrechas y humeantes esparcidas por el suelo. Al llegar a la boca del túnel, se asomó con cautela y girando sobre sí mismo, salió a Tres Puntos. Luego se adentró en la cámara y desapareció en las sombras, dejando a Snow sin más compañía que la oscuridad. De pronto cayó en la cuenta de que llevaba aún colgado del cuello el talego con las bengalas de magnesio, olvidado durante la lucha. Contuvo el impulso de quitárselo y dejarlo allí. «Rachlin ha dicho que no me separase de él hasta el final de la misión —pensó—, y eso haré.»

Rachlin… Parecía imposible que aquellas criaturas hubiesen matado al resto del equipo de la Compañía de Operaciones Especiales de la Marina.

Eran hombres bien armados y fogueados en el combate. «Si los otros dos túneles eran como éste —se dijo—, quizá alguno haya escapado por la escalerilla del fondo. Si es así, deberíamos volver atrás e intentar…»

Snow interrumpió sus pensamientos, sorprendido por la frialdad con que se planteaba la situación. Quizá era más valiente de lo que creía. O

simplemente más tonto. «Si el hijo de puta de Fernández me viese ahora», pensó.

Donovan salió de nuevo de la oscuridad, escudriñó el túnel y le hizo una seña para que se acercase. Snow avanzó rápidamente, pero aminoró el paso ante la espeluznante visión que apareció ante sus ojos. El material seguía pulcramente dispuesto junto a la pared, en contraste con los cuerpos desmembrados que yacían en posiciones absurdas, dispersos por el lodoso suelo del túnel.

—Dése prisa —oyó susurrar a Donovan—. No hay tiempo para hacer turismo.

Snow alzó la vista. Donovan, con los brazos cruzados, examinaba el equipo con expresión ceñuda e impaciente.

De pronto, en la densa oscuridad de la bóveda, una figura negra se lanzó con un chirrido desde la cadena que pendía del techo y cayó sobre Donovan.

Donovan se tambaleó y consiguió zafarse de la criatura, pero saltaron otras dos y empezaron a forcejear con él hasta obligarlo a arrodillarse.

Snow retrocedió a trompicones, apuntando el fusil, incapaz de encontrar un ángulo de tiro. Otra figura, cuchillo en mano, corrió hacia el grupo, y Donovan lanzó un alarido inimaginablemente agudo, casi femenino.

Realizó un extraño movimiento, como si manejase una sierra, y por fin, con un gutural rugido de triunfo coreado por sus compañeros, levantó la cabeza de Donovan. Momentáneamente paralizado por aquella visión, Snow creyó ver cómo giraban sin control los ojos de Donovan en sus órbitas, reflejando el resplandor rojo procedente del túnel.

En ese instante Snow empezó a disparar contra el monstruoso grupo apiñado en torno a su víctima, con ráfagas cortas y trazando un arco de izquierda a derecha, como Donovan le había enseñado. Aunque no oía su propia voz, supo que estaba gritando. Al vaciarse el cargador, insertó otro y siguió gritando y disparando hasta que en el segundo cargador tampoco quedaron más balas. Zumbándole los oídos en el repentino silencio, dio un paso al frente. Apartó el humo con la mano y escrutó las sombras en busca de aquellas siniestras apariciones. Dio otro paso, y otro más.

Frente a él, la oscuridad pareció moverse. Se dio media vuelta y echó a correr hacia el fondo del túnel, sus pies chirriando en el barro y el agua estancada, el cargador vacío rebotando ruidosamente en las resbaladizas piedras.

61

Margo cerró los ojos, apretando los párpados, intentando dejar la mente en blanco ante la inminencia del dolor final. Pero pasó un instante, luego otro, y de pronto notó que la levantaban del suelo y la llevaban en volandas, zarandeándola, las correas del pesado bolso hincándosele en el hombro.

Pese al profundo terror, la invadió una sensación de alivio: al menos estaba todavía viva.

A través de los párpados percibió que cruzaba una densa y pestilente oscuridad y llegaba a un espacio tenuemente iluminado. Se obligó a abrir los ojos e intentó orientarse. Vio un espejo hecho añicos, sin la mayor parte del cristal, cubierto por lo que parecían incontables capas de barro seco. Al lado, un tapiz podrido de arriba abajo que representaba un ciervo en cautividad. De pronto notó otra sacudida y en su nueva posición vio unas altas paredes de mármol, un techo brillante, y la ruinosa araña de cristal.

Una pequeña lámina de metal resplandecía en el centro del techo: la trampilla a la que estaban asomados hacía apenas diez minutos. «Estoy en el Pabellón de Cristal», pensó.

El repugnante olor era allí más intenso que en ninguna otra parte, y Margo luchó contra el pánico y una creciente desesperación. La arrojaron bruscamente al suelo y se le cortó la respiración a causa del golpe.

Jadeando, trató de alzarse sobre un codo. Vio que se hallaba rodeada de rugosos que se movían de un lado a otro cubiertos con sus remendadas capas y capuchas. A pesar del miedo, los observó con curiosidad. Así que éstas son las víctimas del esmalte, pensó. No pudo menos que sentir cierta lástima por lo que les había ocurrido. Se preguntó una vez más si era inevitable que tuviesen que morir, aunque en el fondo sabía que no había otra solución. El propio Kawakita había escrito que no existía antídoto, que los efectos del retrovirus eran irreversibles, como había sido irreversible el estado de Whittlesey.

De pronto otro pensamiento asaltó su mente, y miró alrededor desesperada. Las cargas estaban colocadas y pronto estallarían. Incluso si los rugosos le perdonaban la…

Una de las criaturas se inclinó ante ella y le lanzó una mirada lasciva.

La capucha se deslizó hacia atrás por un momento, y una incontenible repugnancia barrió de su mente todo atisbo de lástima e incluso el miedo por el inminente peligro. Fugazmente vio la grotesca piel cubierta de arrugas y flácidos pliegues, los hundidos ojos de reptil, negros, de mirada mortecina, las pupilas reducidas a dos trémulos puntos. Margo desvió la vista.

Oyó un golpe, y vio caer a Pendergast en el suelo junto a ella. Lo siguieron Smithback y Mephisto, forcejeando ferozmente.

Pendergast la miró con expresión interrogativa. Ella asintió con la cabeza, confirmándole que no estaba herida. Se produjo otro alboroto, y el teniente D'Agosta rodó por el suelo. De inmediato le quitaron el arma y la

lanzaron a un lado. Tenía una brecha sobre el ojo y sangraba copiosamente.

Un rugoso arrebató el bolso a Margo, lo arrojó al suelo y se dirigió hacia D'Agosta.

—No te acerques a mí, mutante de mierda —exclamó el policía.

Uno de los rugosos se inclinó y lo abofeteó brutalmente.

—Mejor será que coopere, Vincent —dijo Pendergast con calma—.

Estamos en ligera desventaja numérica.

D'Agosta se irguió sobre las rodillas y sacudió la cabeza.

—¿Por qué seguimos vivos?

—Esa es la gran duda del momento —contestó Pendergast—. Me temo que tiene algo que ver con la ceremonia que está a punto de empezar.

—¿Ha oído eso, plumífero? —Mephisto rió con amargura—. Quizá el Post compre su siguiente artículo: «¿Cómo me convertí en víctima de un sacrificio humano?»

El suave canto subió nuevamente de volumen, y Margo notó que la ponían de pie de un tirón. Se abrió un camino entre la oscilante multitud, y vio ante ella, a unos seis o siete metros, la cabaña de cráneos. Contempló con mudo terror la macabra construcción, compuesta de un millar de muecas sonrientes, los restos de piel aún adheridos. En el interior se movían varias figuras, y grandes nubes de humo surgían del techo inacabado. La rodeaba una empalizada de huesos humanos, limpiados de carne sin gran esmero. Ante la entrada distinguió varias plataformas ceremoniales de piedra. Dentro, a través de las innumerables cuencas oculares vacías, vio la forma indistinta del palanquín en que había llegado el chamán. Se preguntó qué aspecto tendría la aterradora aparición. No se sentía con valor para soportar la visión de otro rostro como el que la había mirado ávidamente hacía unos minutos.

Una mano la empujó con brusquedad hacia adelante, y a trompicones avanzó hacia la cabaña. De reojo vio forcejear a D'Agosta con los rugosos que lo llevaban a rastras. Smithback se resistía también en silencio. Uno de ellos sacó un cuchillo de aspecto perverso de entre los pliegues de la capa y lo apoyó en la garganta del periodista.

— Cuchillos de pedernal —masculló Pendergast en español—. ¿No es eso lo que dijo la superviviente de la matanza del metro?

D'Agosta asintió con la cabeza.

A unos pasos de la empalizada, obligaron a Margo y los demás a detenerse y arrodillarse. Alrededor, el canto y el redoble de tambores había

cobrado un tono fervoroso.

Observó las plataformas situadas ante la cabaña. En la más cercana, dispuestos con la meticulosidad propia de un ritual, había varios objetos metálicos.

De pronto Margo contuvo la respiración.

—¡Pendergast! —dijo con voz entrecortada.

Pendergast le dirigió una mirada interrogativa, y ella señaló hacia la plataforma con la cabeza.

—Ah, los objetos más grandes —susurró el agente del FBI—. Sólo pude llevarme los trozos menores.

—Sí —respondió Margo con tono apremiante—, pero reconozco uno de ellos. Es el freno de mano de una silla de ruedas.

Una expresión de sorpresa apareció en el rostro de Pendergast.

—Y esa otra pieza pertenece también a una silla de ruedas —continuó Margo—. Es una palanca para graduar la inclinación, rota por la base.

Pendergast intentó acercarse a la plataforma, pero una de las figuras lo obligó a retroceder.

—Esto es absurdo. ¿Con qué finalidad…? —Pendergast se interrumpió.

Luego añadió con un susurro—. Una especie de Lourdes.

—No lo entiendo —contestó Margo.

Pendergast guardó silencio, manteniendo la mirada fija en una de las figuras que se hallaban dentro de la cabaña.

En el interior se oyó un murmullo de tela y al instante empezaron a salir figuras encapuchadas de dos en dos. Cada par acarreaba un gran caldero de líquido humeante. El canto subió de volumen hasta convertirse en una prolongada y monótona cacofonía. Los rugosos depositaron los calderos en los hoyos excavados en el suelo del pabellón. Después apareció el palanquín, conducido por cuatro portadores y tapado con una tupida tela negra. Los portadores bordearon la empalizada, desfilando acompasadamente. Al llegar a la plataforma de piedra mayor y más alejada, colocaron el palanquín sobre ella con sumo cuidado. Los lugartenientes retiraron los soportes y la tela y regresaron lentamente a la cabaña.

Margo escrutó la figura sentada en el palanquín entre las sombras. La oscuridad velaba sus facciones, y sólo era visible el movimiento de unos gruesos dedos ligeramente flexionados. El canto decayó por un instante y volvió a cobrar intensidad, percibiéndose en las voces un tono expectante.

De pronto la figura alzó una mano y el canto cesó en el acto. Cuando se inclinó, el parpadeante resplandor iluminó su rostro.

Para Margo fue como si el tiempo se hubiese detenido por un instante.

Olvidó el miedo, el dolor de las rodillas, los temporizadores de detonación que avanzaban inexorablemente hacia la hora fijada en los oscuros pasadizos. El hombre sentado en lo alto del palanquín construido de huesos humanos —vestido con sus habituales pantalones de gabardina y su corbata estampada de cachemir— era Whitney Frock.

Abrió la boca para hablar, pero ningún sonido salió de su garganta.

—¡Dios mío! —exclamó Smithback detrás de ella.

Frock contempló a la multitud con rostro impasible, inexpresivo. En la enorme sala reinaba un silencio sepulcral.

Lentamente la mirada de Frock fue a posarse en los prisioneros arrodillados frente a él. Miró primero a D'Agosta, luego a Smithback y después a Pendergast. Al llegar a Margo, se sobresaltó. Algo se encendió en sus ojos.

—Querida, cuánto lo lamento —dijo—. Sinceramente, no esperaba que formase parte de esta pequeña expedición como asesora científica. Lo siento mucho. No, no me mire de esa forma. Recuerde que, llegado el momento de deshacernos de aquel irlandés entrometido, le perdoné a usted la vida. Aun sabiendo que era un error, debo añadir.

Margo, conmocionada e incrédula, fue incapaz de hablar.

—Sin embargo aún tiene remedio. —La luz que Margo había visto brillar en los ojos de Frock unos segundos antes se extinguió por completo

—. En cuanto al resto de ustedes, bienvenidos sean. Creo que deben hacerse algunas presentaciones. Por ejemplo, ¿quién es ese desaliñado caballero vestido con harapos? —Se volvió hacia Mephisto—. Tiene el rostro de un animal salvaje acorralado, y supongo que eso es exactamente. Un nativo, imagino, incorporado a la expedición como guía. Repetiré la pregunta:

¿Cómo se llama?

Mephisto guardó silencio.

—Córtale la garganta si no contesta —ordenó Frock a uno de sus lugartenientes—. No podemos tolerar la descortesía.

—Mephisto —lo oyó responder Margo con voz hosca.

—¡Mephisto! ¡Vaya, vaya! Sin duda el conocimiento es algo peligroso; sobre todo en un marginado. Pero «Mephisto». ¡Qué trivial! Seguramente con ese nombre pretendía infundir temor en sus roñosos seguidores. A mí

no me parece un diablo, la verdad, sino sólo un pobre vagabundo embotado por la droga. Sin embargo no debería quejarme; justo es admitir que los individuos como usted nos han sido muy útiles. Quizá encuentre algún viejo amigo entre mis criaturas. —Señaló con un amplio gesto las filas de rugosos.

Mephisto se irguió sin decir nada.

Margo contemplaba atónita a su antiguo profesor. Nunca había visto a Frock comportarse de aquel modo. Siempre había sido diplomático y cuidadoso al hablar. En ese momento, en cambio, mostraba una arrogancia, una ausencia de emoción, que a Margo le resultaba más escalofriante que el miedo y la confusión que sentía.

—¡Y Smithback, el periodista! —exclamó Frock con desprecio—.

¿Acaso lo han traído para documentar la pretendida victoria sobre mis criaturas? Es una pena que no vaya a tener ocasión de contar el verdadero final en ese periodicucho sensacionalista para el que escribe.

—Eso está por verse —replicó Smithback con tono desafiante.

Frock rió con sorna.

—¿Qué carajo es todo esto? —intervino D'Agosta sin dejar de forcejear

—. Mejor será que se explique o…

—¿O qué? —Frock se volvió hacia el policía—. Siempre lo he considerado un sujeto vulgar y maleducado. Pero me sorprende que sea necesario aclararle que no está en situación de exigirme nada. —

Dirigiéndose a uno de los encapuchados más cercanos a él, preguntó—:

¿Están desarmados?

En respuesta, la figura asintió lentamente con la cabeza.

—Registrad otra vez a ése —dijo Frock, señalando a Pendergast—. Es muy astuto.

Levantaron bruscamente a Pendergast, lo cachearon y lo obligaron a arrodillarse de nuevo. Con una fría sonrisa en los labios, Frock los escrutó uno por uno.

—Eso era su silla de ruedas, ¿no? —preguntó Pendergast con voz serena, mirando hacia la plataforma.

Frock asintió con la cabeza.

—Mi mejor silla de ruedas.

Pendergast se quedó en silencio. Reuniendo por fin fuerzas para hablar, Margo se volvió hacia Frock.

—¿Por qué? —se limitó a preguntar.

Frock observó a Margo por un momento y luego hizo una seña a sus lugartenientes. Los encapuchados se situaron tras los enormes calderos.

Frock se puso en pie, saltó del palanquín y se acercó sin ayuda al agente del FBI.

—Por esto —contestó. A continuación, con actitud orgullosa, alzó los brazos y recitó con voz clara y resonante—: ¡Como yo me he curado, os curaréis vosotros! ¡Como yo he recobrado la salud, la recobraréis vosotros!

La muchedumbre respondió con un sonoro y continuado clamor, y Margo notó que no eran voces inarticuladas sino una gutural respuesta programada. «Las criaturas hablan —pensó—. O lo intentan.»

El clamor se desvaneció lentamente, dando paso otra vez al canto. El redoble monótono y grave de los tambores se reanudó, y las filas de rugosos comenzaron a aproximarse al semicírculo de calderos. Los lugartenientes sacaron delicadas copas de arcilla de la cabaña. Margo miraba con atención, incapaz de establecer una conexión entre aquellos receptáculos bellamente modelados y la siniestra ceremonia. Las criaturas se adelantaron una por una, cogiendo entre sus manos de uñas largas y duras las copas humeantes y llevándoselas a la boca. Margo apartó la vista, asaltada por un profundo asco al oír sus sorbetones.

—Por esto —repitió Frock, volviéndose hacia Margo—. ¿No se da cuenta? ¿No comprende que nada en el mundo puede igualarse a esto? —

En su voz se advertía un tono casi implorante.

Por un momento Margo no entendió a qué se refería. Luego lo vio con claridad: la ceremonia, la droga, las piezas de la silla de ruedas, la alusión de Pendergast al santuario de Lourdes y sus facultades milagrosas.

—Para poder andar —susurró Margo—. Todo esto sólo para poder andar.

La expresión de Frock se endureció al instante.

—¡Qué fácil es para usted juzgarlo! —reprochó—. Usted, que ha caminado toda su vida sin pararse ni un solo momento a pensar en ello.

¿Cómo puede imaginar siquiera qué es verse privado de la libertad de movimiento? Ser un inválido de nacimiento es ya bastante malo, pero conocer ese don y perderlo cuando uno tiene aún por delante los mayores logros de su vida… —La miró—. Para usted, claro está, fui siempre el viejo doctor Frock. Pobre doctor Frock, qué mal debió de pasarlo al contraer la polio en aquel poblado africano de la selva de Ituri; qué desgracia que

tuviese que abandonar sus investigaciones de campo… —Acercó su cara a la de ella y añadió entre dientes—: El trabajo de campo era mi vida.

—Así pues, continuó la obra del doctor Kawakita —dijo Pendergast—.

Terminó lo que él había empezado.

Frock dejó escapar un bufido de desprecio.

—Pobre Gregory. Acudió a mí desesperado. Como seguramente saben, comenzó a tomar la droga prematuramente. —Frock movió el dedo índice en un cínico gesto de reprobación impropio de él—. ¡Muy mal hecho! Y

pensar que siempre le insistí en que aplicase procedimientos rigurosos en el laboratorio. Pero el muchacho carecía de la paciencia necesaria. Era arrogante y tenía delirios de inmortalidad. Consumió la droga antes de aislar todos los efectos negativos del retrovirus. Debido a los… extremos cambios físicos resultantes, necesitó ayuda. Tenía una placa metálica implantada quirúrgicamente en la espalda. Sufría fuertes dolores y estaba solo y asustado. ¿A quién podía recurrir sino a mí, en mi opresivo y enervante retiro? Y, como es natural, yo pude ayudarlo. No sólo quitándole la placa, sino también purificando más la droga. Pero su cruel experimentación —añadió Frock, extendiendo las manos hacia la multitud

—, la venta de la droga, lo llevó a la perdición, como no podía ser de otro modo. Cuando los sujetos de sus experimentos se dieron cuenta de lo que había hecho con ellos, lo mataron.

—Así que usted purificó la droga —dijo Pendergast—y empezó a ingerirla.

—Realizamos las últimas pruebas en un laboratorio pequeño y bastante descuidado que Greg tenía junto al río. El pobre había perdido la convicción necesaria para seguir adelante. O quizá nunca poseyó esa clase de valor, las agallas imprescindibles para que un verdadero científico visionario lleve un experimento hasta su conclusión. Así que terminé lo que él había comenzado. O para ser más exactos, lo perfeccioné. La droga todavía causa cambios morfológicos, por supuesto; sin embargo ahora esos cambios, en lugar de deformar, sanan lo que la naturaleza ha corrompido. Es el auténtico destino, la auténtica iteración, del retrovirus. Yo soy la prueba viva de su capacidad regeneradora. He sido el primero en efectuar la transición. De hecho, ahora comprendo con toda claridad que sólo yo podía conseguirlo. Mi silla de ruedas era mi cruz, ¿entienden? Ahora es venerada como símbolo del nuevo mundo que crearemos.

—El nuevo mundo —repitió Pendergast—. Las plantas de Mbwun, cultivadas en el Reservoir.

—Idea de Kawakita —dijo Frock—. Los acuarios son caros y ocupan mucho espacio, ¿comprende? Pero eso fue antes… —Su voz se desvaneció.

—Empiezo a entenderlo —prosiguió Pendergast, tan sereno como si conversase con un viejo amigo en la mesa de una acogedora cafetería—.

Desde el principio su plan era desaguar el Reservoir.

—Naturalmente. Gregory había modificado la planta para cultivarla en un clima templado. Nos proponíamos desaguar el Reservoir nosotros mismos y liberar la planta en estos túneles. Mis criaturas rehúyen la luz, y ésta es la madriguera perfecta. Pero, gracias al amigo Waxie, nos ahorraremos el trabajo. Waxie siempre está o, mejor dicho, estaba dispuesto a atribuirse el mérito de ideas ajenas. No sé si lo recordarán, pero fui yo quien sugirió la posibilidad de desaguar el Reservoir.

—Doctor Frock —dijo Margo, procurando mantener su voz bajo control

—, parte de esas semillas llegará al Hudson a través del alcantarillado, y de ahí a mar abierto. Cuando entren en contacto con el agua salada, se activará el virus, contaminando el ecosistema de todo el planeta. ¿Es consciente de las consecuencias que eso tendría en la cadena alimentaria?

—Querida Margo, ésa es precisamente la idea. Hay que admitir que es un paso en la evolución, un paso hacia lo desconocido. Pero como bióloga, Margo, se habrá dado cuenta seguramente de que la especie humana ha degenerado. Ha perdido su vigor evolutivo, su capacidad de adaptación. Yo soy el instrumento de la revigorización de la especie.

—¿Y dónde pensaba esconder el culo durante la inundación? —

preguntó D'Agosta.

Frock soltó una carcajada.

—Por lo visto, es usted tan estúpido como para suponer que, en virtud de esta corta excursión, lo conoce ya todo acerca de este mundo subterráneo. Créame, bajo Manhattan existe un mundo mucho más grande, terrible y prodigioso de lo que imagina. Deleitándome en el uso de mis piernas, he deambulado sin cesar. Aquí puedo liberarme de la farsa que debo mantener en la superficie. He encontrado cuevas naturales de increíble belleza; viejos túneles usados por los contrabandistas holandeses en los tiempos de Nueva Amsterdam; agradables rincones adonde podemos retirarnos mientras el agua recorre su camino hacia el mar. No encontrarán esos lugares en ningún plano. Cuando, en breve, medio millón de metros

cúbicos de agua descienda por aquí y arrastre hasta el mar las semillas maduras de Liliceae mbwunensis, mis criaturas y yo estaremos a salvo en un túnel situado por encima de la zona inundada. Y cuando pase la inundación, regresaremos a nuestros hogares recién fregados a disfrutar de los frutos que el agua deje tras de sí. Y naturalmente a esperar la llegada de lo que yo llamo la Discontinuidad Holocena.

Margo miró a Frock con incredulidad. Él le sonrió; era una sonrisa lejana y arrogante que nunca antes había visto. Parecía muy seguro de sí mismo. Margo pensó que quizá Frock no estaba enterado de que habían colocado explosivos.

—Sí, querida; es mi teoría de la evolución fractal llevada a su extremo lógico. El retrovirus, o «esmalte» si prefiere, introducido en el principio mismo de la cadena alimentaria. ¡Qué apropiado que sea yo su vector, su agente activador! ¿No le parece, querida? La extinción en masa en el límite K-T resultará insignificante en comparación. Aquello permitió sólo la proliferación de los mamíferos gracias a la eliminación de los dinosaurios.

¿Quién sabe a qué dará paso esta transformación? Las perspectivas son apasionantes.

—Es usted un hombre muy enfermo —dijo Margo, sintiendo que una escalofriante desesperación se adueñaba de ella.

Nunca había imaginado que Frock echase en falta el uso de sus piernas hasta aquel punto. Era su secreta obsesión. Debía de haber previsto las facultades regeneradoras de la droga incluso mientras Kawakita padecía sus consecuencias. Pero obviamente pasaba por alto su capacidad de envenenar la mente. Nunca comprendería —nunca creería— que al perfeccionar la acción de la droga había incrementado exponencialmente su capacidad de estimular los delirios y la violencia, de exacerbar las obsesiones ocultas. Y

Margo tenía la impresión de que nada que dijese lo persuadiría.

Los rugosos seguían desfilando ante los calderos. Cuando se llevaban las copas a los labios, Margo veía estremecerse sus cuerpos bajo las capas, incapaz de adivinar si era por placer o por dolor.

—Y conocía nuestros movimientos desde el principio —oyó decir a Pendergast—. Como si los dirigiese usted mismo.

—En cierto sentido, era yo quien los dirigía. Podía confiar en que Margo, como discípula mía, llegaría por sí sola a las conclusiones correctas.

Y sabía que su mente inquieta, agente Pendergast, no dejaría de maquinar.

Así pues, me aseguré de que la operación de desagüe del Reservoir no

pudiese detenerse. Al encontrar aquí una de mis criaturas herida, me reafirmé en mi convicción. ¡Pero qué astuto por su parte enviar a los hombres rana a modo de precaución! Por suerte, todas mis criaturas venían camino de la ceremonia, y les han impedido estropearnos la fiesta. —

Parpadeó—. Para ser tan inteligente, me sorprende que haya pensado que podía bajar hasta aquí y derrotarnos con sus ridículas armas. Sin duda no esperaba encontrar tal número de criaturas. Uno más de sus muchos errores.

—Sospecho que hay una parte de la historia que ha omitido, doctor —

dijo de pronto Margo con el tono más ecuánime posible.

Frock se acercó a ella con expresión interrogativa. A Margo le resultaba difícil pensar con claridad viéndolo caminar tan ágilmente. Inhaló una bocanada de aquel aire nocivo.

—Creo que fue usted quien mató a Kawakita —afirmó—. Lo mató y dejó su cuerpo aquí para que pareciese una víctima más.

—¡No me diga! —replicó Frock—. ¿Y eso por qué, si puede saberse?

—Por dos razones —continuó Margo, levantando la voz—. Encontré el diario de Kawakita entre los escombros del laboratorio. Es obvio que empezaba a albergar serias dudas sobre su proyecto. Mencionaba el thyoxin. Imagino que había descubierto el efecto que ejercería la salinidad en el retrovirus, y que planeaba destruir las plantas antes de que usted las vertiese en el Hudson. Puede que la droga hubiese deformado su mente y su cuerpo, pero debía de conservar aún un poco de conciencia.

—Querida, no lo entiende —repuso Frock—. Es incapaz de entenderlo.

—Y lo mató porque sabía que los efectos de la droga eran irreversibles.

¿No es así? Yo misma lo comprobé con mis experimentos. No puede usted curar a esta gente, y lo sabe. Pero ¿lo saben ellos?

El canto pareció decaer ligeramente entre los rugosos que se hallaban más cerca, y Frock lanzó una rápida mirada a ambos lados.

—Eso son acusaciones de una mujer desesperada. Me parece impropio de usted, querida.

Seguir: parte 6 de 6