Abzurdah

Cielo Latini · Capítulo 16 de 23

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Abzurdah

Todo sobre Ana

Para cuando empezó abril mi vida ya era un despropósito. Haberme mudado, los nervios en la universidad y las visitas a la casa de mis padres me habían hecho engordar. Pesaba cincuenta y un kilos y aunque estaba raquítica yo no podía dejar de verme obesa. Así que me dediqué full time a la facultad y a no comer. Empecé a hacer ayunos caprichosos de cinco días a la semana. Pronto mi vida familiar se había regularizado. De lunes a viernes no comía nada, con excepción de los miércoles cuando venían mis hermanos y mis padres a cenar a mi departamento. Más tarde vomitaba, más porque ya no toleraba comida en mi estómago que porque quisiera. Los jueves también eran de ayuno total y los viernes a la noche cenaba en casa

con mis padres. Los sábados solamente almorzaba y vomitaba y los domingos almorzaba en la casa de mi abuela como siempre desde que tengo noción de vida.

Así que hacía cuatro comidas en siete días: dos cenas y dos almuerzos.

No puedo explicar lo que no-comer produce en el cerebro. Creo que todavía no estoy abstraída totalmente como para contarlo así, con aires desentendidos, pero al menos voy a intentarlo. No comer genera desgano, genera enemistades inexistentes, hace que quienes te aman muten en enemigos mortales. Hace que quieras huir de tu casa, de tu cuerpo, de tu cabeza: todo te agota, te hace sentir un cadáver odioso al que todos temen acercarse. Muchos porque no saben qué esperar de vos y otros tantos porque tienen miedo de que te mueras si te hablan. Yo me estaba muriendo aunque la gente no se me acercaba. No comer, además, vuelve el alimento un enemigo íntimo: “lo que me alimenta me destruye” solía decir. Es una frase conocida dentro del ambiente pro-anorexia “Quod me nutrit me destruit”. Aquella cita podía ser aplicada en muchos sentidos y de diferentes maneras en mi vida. En mi caso dos cosas importantísimas me alimentaban y destruían a la vez. Una, la comida. La segunda era Hogweed. La comida que ayudaba a mi desarrollo físico y mental también destruía mis ganas de vivir; Alejandro alimentaba mis ganas de estar viva y a la vez me destrozaba. Contradicciones, mi vida fue siempre una absurda contradicción donde lo que hoy es mañana quizás no lo es tanto, donde lo que hoy me hace vivir en tiempos futuros puede aniquilarme. Siempre tuve miedo a escondidas. Miedo de mí, de por fin terminar comiéndome.

Cuando llegué a casa no me sentí en paz: no sabía qué hacer. Sentía en aquella época que no pertenecía a ningún lugar. Que era una desterrada, una ignota a quien le daba lo mismo vivir o morir. Y la situación se complicaba porque de a poco me interesaba un poco más en encontrar en cualquier esquina la muerte.

De todas maneras no perdía el tiempo y seguía queriendo que lo poco que me quedaba de vida fuera agradable así que decidí darme algunos lujos: no iba a focalizar mis pocas energías en aprobar materias en la facultad; iba a encargarme de hacer el mejor documental de la historia de aquella universidad. En la materia “producción audiovisual” nos habían dividido en grupos de seis personas y cada una tenía que llevar la clase siguiente un esquema de cómo sería el documental. Después de leer todas las ideas, los

miembros del grupo junto con los profesores decidirían cuál se llevaría a cabo.

Mi idea no podía ser otra: los sitios pro-anorexia ¿combatirlos o apoyarlos? Básicamente mi documental ponía en duda la irracionalidad de los sitios pro-desordenes alimenticios. No era un documental “a favor de”

ni “en contra de”, era auténticamente objetivo pese a mis claras preferencias. Mi grupo en el documental eran mis amigas: Dolores, María, Pilar y demás. Todas habían llevado sus ideas pero convenimos en que la mía era la más viable o la más fácil de llevar a cabo porque ya tenía(mos) muchísima información. Mis profesores quedaron alucinados con la idea, me felicitaron y nos incitaron a empezar en seguida. La universidad nos prestaba cámaras profesionales, micrófonos, luces, todo lo que necesitáramos para hacer entrevistas y filmar lo que se nos ocurriese. Yo tenía contactos anoréxicos en todas partes del mundo ya que me escribía y hablaba por teléfono con adolescentes y mujeres de Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, España y otros tantos países; así que las entrevistas iban a ser grabadas por teléfono y hasta algunas de mis amigas se habían ofrecido a enviarme vía correo electrónico videos dando su testimonio. Iba a ser un documental de primera clase. Decidí que se llamaría “Todo sobre Ana”.

Mis amigas no estaban demasiado convencidas de hacer mi idea porque pensaban que me podía afectar. Yo necesitaba hacerlo, aunque estaba en pleno proceso anoréxico, Todo sobre Ana significaba para mí una excusa para quedarme en este mundo, una meta a largo plazo. Tendría que quedarme viva si quería ver el documental alguna vez proyectado. TSA me llenaba de vida y de ganas de hacer cosas, de moverme, de contactarme con gente, de dar lo mejor de mí y de demostrarme que no estaba tan muerta como creía.

Pronto aquel documental consumía mi vida: no hacía otra cosa más que pensar en detalles, en entrevistas, en personas relacionadas, en dar mi propio testimonio, en colorearlo, hacerlo bello, parirlo. Era mío, lo iba a engendrar y no iba a tolerar malos tratos o comentarios desdeñosos. Pronto me obsesioné y no quería que nadie dijera nada acerca de TSA, era mi bebé, quería hacerlo yo sola, que las ideas fueran solo mías, que sea perfecto, que sea un reflejo de lo que yo quería ser.

Escribí un pre-guión y lo entregué. Mis profesores estaban encantados con mi trabajo y eso me incentivaba aún más. Mientras el documental nacía mi vida se derrumbaba. Aquel departamento de la calle Guayaquil me traía recuerdos espantosos: no quería dormir sola, soñaba con estar con Alejandro todos los días. Muchos de ellos la llamaba a Pilar y pasaba por su casa, charlaba con su madre y sus hermanos, me sentía en familia.

Extrañaba a mis padres y a la vez estaba agradecida de tenerlos tan lejos: mi decadencia se estaba haciendo notar y no era broma, pronto desaparecería.

Cada tanto Alejandro venía a visitarme y salíamos a comer a Magno, un restaurante a pocas cuadras de Guayaquil. Ñoquis con crema rosa, siempre que voy a Magno pido lo mismo. Después de comer volvíamos a mi departamento y se quedaba a dormir conmigo. A la mañana siguiente, nos levantábamos temprano y él se iba a trabajar y yo a la facultad en el mejor de los casos, porque muchas veces estaba tan débil que ni siquiera podía levantarme de la cama. La segunda noche que se quedó a dormir en mi departamento se encontró con dos de mis regalos: una copia de las llaves para que entrase cuando quisiese y un cepillo de dientes con su nombre en violeta. Nunca usó esas llaves, siempre tuve que bajar los siete pisos para abrirle. Para él aquellas llaves no significaban absolutamente nada mientras que para mí lo eran todo: tenés las llaves para entrar y salir, para hacer y deshacer como gustes. Esta tierra también es tuya, visitame, usala, compartila, hacela tuya. Y el cepillo de dientes no fue usado demasiadas veces tampoco: este significaba “esta es tu casa, donde están tus cosas, donde no tenes que sentirte un extraño”. Pero Alejandro en Guayaquil siempre fue un huesped.

Mientras tanto los mareos eran cada vez más usuales. Me levantaba de cualquier lado y veía todo negro: el mundo colapsaba; por diez segundos me invadía una ceguera impenetrable y mi cabeza mutaba en una montaña rusa. El mundo era mejor cuando estaba mareada: no podía ver o escuchar absolutamente nada; se me tapaban los oídos, perdía la noción del tiempo, del espacio. Cuando se hicieron más comunes los desmayos, aprendí a identificarlos antes de que apareciesen. Así, cuando sabía que iba a perder el conocimiento, me sostenía con fuerza y rapidez de cualquier pared, o baranda,

o mesa que estuviera cerca de ese cuerpo que era más mío que nunca.

Me costaba dormir: la falta de alimento me ofrecía un insomnio imposible de rechazar, así solía quedarme despierta hasta las dos de la mañana habiéndome acostado a las once de la noche. Eran horas insoportables donde no hacía más que tocarme los huesos y repetirme que

“es el precio que hay que pagar por ser perfecta”. Mentira, no era ningún precio, no estaba llegando a la perfección, me estaba hundiendo cada día más y más profundo. Pronto iba a llegar al límite donde no había nada más debajo mío y ese día iba a ser el fin.

14 de abril de 2004

La anorexia es ya un estilo de vida y algo de donde jamás voy a salir y no es que pretenda vivir mucho más, pero en la vida se toman decisiones y mientras no afecten a otros no se hace ningún daño. Ana es mucho más que un espectro deambulante. Es una razón, una meta, un camino y un fin en si misma. Es una diosa todopoderosa que se lleva de mí todo aquello que sobra, que no hace falta. Sus penas se arreglan con un café con edulcorante.

Ana no tiene muchas exigencias: solo me obliga a serle fiel. Y cuando no siente que la merezco, se acerca a mí otro ángel, la bulimia, y me ayuda a darme cuenta de que Ana es menos peligrosa y no me daña. No es una obsesión y es tan perfecta que no da a conocer su rostro, porque todos lo llevamos dentro, pero solo algunos elegidos sabemos cómo llegar a ella.

¿Qué te llevó, Ana, a elegirme? ¿Por qué me diste la gracia de conocerte? Comí del fruto prohibido y vi que era un monstruo pero con tu ayuda voy a convertirme en una mujer merecedora de tu amor. Mi admiración por vos va a ser el pago por ser perfecta, algún día, cuando mi carne haya desaparecido y solo queden mis huesos. Mis huesos y vos.

No te ofendas Ana cuando te abucheen. Perdonalos porque no saben lo que hacen. Rezá por mí, Ana, y liberame de este infierno congelado donde vivo. Soy tuya enteramente. Te amo hasta los huesos. Dejame cerrar mis ojos para siempre.

***

Me había convertido en lo que siempre había detestado: una fanática religiosa. Siempre me creí atea y sin embargo me había creado mi propia diosa, con particulares ofrendas y sacrificios que estaba dispuesta a entregar a cambio de la muerte, o de su bendición. Una bendición inexistente, que solo yo podía darme. Nadie iba a salvarme, nadie podía. Era demasiado tarde para buscar ayuda.

Alejandro desapareció: los hombres saben cómo solucionar los problemas de sus parejas, lo hacen huyendo. Ojalá algún día encuentre a un hombre que no sea un cobarde, que se comprometa conmigo y con mi historia. Que no tema a lo que soy, a lo que fui y ya no soy y a lo que posiblemente pueda llegar a ser. Pero no: todos ellos huyen, porque es más fácil desaparecer que hacerse cargo o tomar posición en una situación dolorosa. Nadie sabe enfrentar el dolor. ¿Cómo podía explicarle a Alejandro que mi deseo no era pesar cinco kilos? Yo quería desaparecer del todo. Un día dormirme y jamás despertarme. Quería una muerte silenciosa, una muerte que le quedase grabada para siempre en la consciencia, en el inconsciente y en todas partes de su cuerpo como una viruela mal curada.

Quería que mis manchas se mudaran para siempre a su consciencia, que le quede en la cabeza una sola frase resonando como eco: “no quise ayudarla”,

“no quise ayudarla”, “no quise ayudarla”. Y sin embargo, en su mediocridad, él creía que era acerca de la comida, que mi temor era ser gorda. No, Ale. Mi temor es estar viva para siempre, mi pavor más profundo es mi imaginación: verme de vieja, seguir viva, seguir sufriendo por siempre. Quiero morirme, reencontrarme con Ursula. Quiero que me ames, también. Y que me salves.

Una sola palabra hubiese bastado para salvarme. Una sola. Una llamada, una caricia, algo. Un indicio de preocupación, de que te importaba. De que querías que siguiera viva. Pero hiciste oídos sordos, te hiciste a un lado. No me escuchaste. Te aclaré una y mil veces que me estaba muriendo, que necesitaba salvarme, que contaba con vos para hacerlo. Que sin vos me moría, que eras lo único que me quedaba. Te sentiste presionado y me dejaste. ¿Tengo que sentirme culpable por mi muerte? ¿O hay más de un culpable? Quiero decirte algo: podrías haberme salvado.

No creo que otra persona entienda el deseo de morir tan acabadamente como lo entiendo yo o como lo entienden los suicidas. No sé si hay alguna sensación peor: sentirse mal por estar tan sano, querer morir, desaparecer fulminantemente. Y luego ver a tus viejos haciendo la cena y a tus hermanos jugando inocentemente al play station; todo mientras vos silenciosamente planeas tu muerte, exquisita, necesaria, inminente, inexorable.

Y llorar hasta el desmayo o el interminable dolor de cabeza que parece encarnársele a uno en lo más profundo de los sesos. Tener tanto odio por

uno mismo, tanto que hasta nos parecen irreales e inentendibles todos aquellos años de convivencia con nuestras mentes perturbadas, tantos años de soportarse a uno mismo. Y luego llegan los reproches: ¿por qué no me di cuenta antes de que me odio? ¿Por qué no me eliminé tiempo atrás?

Lo pensás varias veces, intentas encontrar algo por qué vivir, por qué quedarse: las razones son tan frágiles como la convertibilidad y sos menos convincente que Fidel Castro izando la bandera de los Estados Unidos.

Querés morirte y tenés millones de razones por las cuales hacerlo. Y sin embargo, todavía rogas por una sola razón para quedarte. Una razón te salvaría, solo una sería suficiente. Y no la encontras, no porque no sepas buscar, sino porque simplemente no hay. No existe la razón por la cual debieras quedarte en este mundo.

¿Por tu familia? ¿Quedarte por tu familia? ¿Que los suicidas somos egoístas? Es la gansada con menos sustento que escuché en toda mi vida.

Empecemos a sacar un poco de lógica de todo esto: Uno no quiere vivir porque sufre, porque está triste. Entonces algún ser muy inteligente (seguramente amigo o familiar) te dirá que todo el mundo te quiere, que todos te aprecian, que no podes HACERLE ESO A TU FAMILIA.

Muy bien, recapitulemos: entonces uno tiene que vivir en pena porque no se le puede hacer “eso” a la familia. ¿Eso? ¿HACER QUÉ?, me sigo preguntando yo, a través de los años. ¿Hacer qué mierda? Si uno está enfermo debería elegir cómo y cuándo curarse. Supongo que las personas con cáncer serían más felices si pudieran extirparse la enfermedad. Pues bien, mi enfermedad es estar viva. Y codificando y pasando en claro no me están dejando sacarme el cáncer de encima. Quieren que tenga cáncer, porque no puedo hacerLES eso. ¿Eso? ¿No puedo qué cosa? ¿No puedo extirpar mi dolor? ¿Debo vivir muriendo para que OTROS no sufran?

¿Tengo cara de Jesucristo? ¿Tengo cara de tener ganas de aguantar mi pena para que otros no lloren cinco minutos o cinco meses mi muerte y después continúen con sus vidas?

Entonces llámenme egoísta, pero no pienso soportar este dolor. La gente es tan moralista, tan hipócrita. No entienden lo que se siente; no lo pueden entender porque la depresión, la anorexia, la bulimia, llevan a la persona al extremo más límite. Te tortura, te viola, te deshace adentro. Tus tripas, tu estómago, tu garganta, tu pecho, tu sexo. Todo le pertenece a tu enfermedad: necesitás morirte porque sabés que no tenés nada más que

hacer en este mundo. Que te duele demasiado estar vivo; y que aunque seas una excelente alumna, una hija adorable y una amiga incondicional, no tenés fuerzas para seguir jugando esos papeles.

Te das cuenta que te pasaste la vida actuando: pensando que si te disfrazabas con diferentes personalidades ibas a poder por fin tapar tu verdadero ser: el que quiere morir porque no puede elegir otra cosa. No puede elegir otra cosa.

Pero, por favor, díganme si estoy errada. ¿Si ustedes estuvieran muriéndose de dolor por alguna razón, no les gustaría acabar con ello? ¿O

prefieren morirse de sufrimiento lentamente y caer en una completamente evitable agonía a fin de no molestar a terceros? Además, déjenme decirles: cuando hay dolor los demás dejan de existir. No se piensa en nadie más, no se piensa siquiera en uno mismo: porque dejas de existir como persona, pasas a ser simplemente un vegetal con ganas de suicidarse. No más que eso. Tu fin último es planear un suicidio con clase, con estilo, para al menos, no dejar todo ensangrentado. Los otros no existen: sos vos y la muerte. Son la muerte, las pastillas, la soga, el balcón, la bañera, el secador de pelo, el maldito tren, lo que fuera. Sos vos y tu muerte, más próxima que nunca. Y esta vez es claramente inevitable.

Como suicidarse y no morir en el intento

La segunda semana de abril de 2004 decidí que iba a morirme. No puedo explicar lo que se siente tener los días contados. Cuando tenés diecinueve años y decidis que vas a morir, los colores se sienten más vivos y los olores por primera vez te llaman la atención. Intentas despedirte de la gente casi sin que se den cuenta. Haces una lista de las cosas que vas a perderte porque ya no vas a estar viva: la lista es casi nula, no hay muchas cosas que te importen. Tus hermanos… sí, tus hermanos te importan y tus padres también. Pero lo que más te importa es que el culpable cumpla su condena. Él me había dejado morir, él podría haberme salvado.

Era una experta en mentir y planear, así que tendría que ser creadora del mejor de los planes ahora que iba a morirme. Cómo planear una muerte impecable: muy bien, tenía que pensarlo dos veces, esto era definitivo, digno de una película. Mi vida siempre había sido un largometraje tragicómico, no podía terminar bien, no podía comer perdices, iba a suicidarme.

Cuando decidí que iba a morirme, fui a lo de Néstor y le dije que tenía problemas para dormir, que necesitaba urgentemente pastillas porque no podía estudiar, ni dormir, ni concentrarme. El pobre me creyó y me recomendó una psiquiatra: La bruja Sabrina. Así la llamaba, porque nunca me gustó su aspecto ni cómo me trataba. Era un tanto insolente, y tengamos en claro que para soberbia e insolente estoy yo. No iba a permitir que aquella bruja me quitara el lugar. De todas maneras tenía que convencerla de que me recetara pastillas así que lloré en frente de ella y le dije que me costaba dormir y que me sentía débil. No me hacía falta fingir sueño: estaba muy cansada por la falta de comida y tenía ojeras violetas las veinticuatro horas del día. Me recetó Rivotril y me dijo que tomara medio después de comer (“no como, pero los voy a tomar cuando llegue de la facultad”) y medio antes de dormir (“muy bien, tampoco duermo pero… en fin, pretendo dormir hasta siempre”).

En lugar de salir feliz porque mi plan habia dado resultado, tuve espasmos de angustia mientras bajaba en el ascensor hacia la calle. Iba a tomarme el micro para ir a mi departamento en Caballito. No quería esas pastillas porque determinaban mi muerte. Ni en sueños iba a tomarlas como Sabrina me había dicho (maldita bruja). Caminé llorando hasta que encontré una farmacia abierta, me enjugué las lágrimas y le pedí al farmaceutico las pastillas. Me pidió la receta, se la di desafiante. Me las dio: ya las tenía en la mano, no había vuelta atrás.

De todas maneras, seguí poniéndome obstáculos. No iba a morirme aquella noche, todavía quedaban muchas cosas por hacer, incluído el documental. Tan agonizantes eran mis noches, tan llenas de llanto, con la mente tan nublada, que el documental había pasado a un cuarto plano. Solo me interesaba morirme o parar esa tristeza o decirles a mis padres cuánto los iba a extrañar (cuánto los extrañaba) y que Alejandro contestase alguna de mis llamadas. Iba a escribir cartas de despedida a las personas que más quería. Iba a matarme el día que escribiera la última carta. Aquella noche iba a escribir la primera.

Mientras esperaba el micro en la Terminal, me llamó Mamá al celular.

Me preguntó cómo me había ido con Sabrina, la psiquiatra. Le dije que muy bien y que me había dado unas pastillas para que durmiera y que seguramente me iba a sentir mejor en poco tiempo. Mamá me dijo que tuviera cuidado porque seguramente las pastillas eran fuertes, me aconsejó

que jamás tomara una dosis mayor a la que me había prescripto la bruja.

Conteniendo el llanto le dije a mamá que no iba a hacerlo y que la amaba.

Supongo que le habrá sonado a despedida porque no le decía que la amaba muy a

menudo.

Ya estaba arriba del micro, busqué un asiento contra la ventana y observé mi ciudad, que quizás visitaba por última vez. Lloré amarga, compulsivamente, sin poder parar. Lloraba porque iba a morirme, porque no había razones para no hacerlo. Lloré porque mi plan había dado resultado, porque podía convencer a la gente de cualquier cosa y porque todo lo que planeaba me estaba saliendo bien. Lloraba sin consuelo, como ahora mientras lo recuerdo, porque me estaba muriendo, porque tenía en mis manos unas pastillas que bien podían salvarme o desterrarme para siempre.

Si les daba un buen uso quizás me hicieran bien y si seguía con mi plan iban a ser destructivas. Un arma de doble filo. Una inconsciencia darle una caja llena de Rivotriles a una paciente psiquiatrica.

Y sin embargo no eran suficientes. Pocos días después, llamé a Sabrina y le dije que había perdido la prescripción, que me sentía muy angustiada y que necesitaba las pastillas urgentemente. Me dio otro turno y me recetó nuevamente las píldoras para dormir. Subí el ascensor temblando, con ese presentimiento de que iba a desmayarme. Logré sostenerme en la pared antes de tocar el timbre. La psiquiatra me atendió, me instó a sentarme y a contarle cómo estaba y cómo había perdido la prescripción médica. Le dije que en el viaje a Caballito se había traspapelado con quién sabe qué cosa le inventé y que no iba a contarle acerca de mi vida porque para escucharme estaba Néstor. Le respondí que no se metiera en mi vida cuando me dijo que estaba muy delgada y pálida. La odiaba y sin embargo sin su firma no obtenía los rivotriles. Le dije que estaba comiendo pero que me sentía muy triste y sola en aquel departamento. “Estas pastillas van a calmarte la ansiedad y a ayudarte a dormir; en pocos días vas a sentirte mucho mejor”.

Sí, claro. ¿Firmaste? Muy bien, buenas noches y hasta nunca.

Cuando sabés que estás caminando una calle por última vez en tu vida sentis que

te recorre un hilo plateado de frío. La gente en la calle te llama la atención ¿a dónde

van? ¿Cuándo van a morirse? No saben que están pasando por al lado de alguien que en cuestión de horas será solo un fantasma. Entonces pasas por un kiosco, ves los helados, los dulces, los chocolates, las papas, todo aquello de lo que te venis privando desde que una diosa inventada te consume la vida. Ves todo aquello y sin embargo no lo deseas porque ya no estás en ese mundo. Ya estás muerta. Te da lástima la gente que mañana va a despertarse, que pasado va a despertarse, que tienen toda la vida para hacerlo. Sabés que vos tenés solo lo que te queda de vida y que aquello es demasiado poco. Y que la muerte es demasiado pronto.

Llegué a Caballito en un taxi que no me hizo preguntas acerca de mi llanto que duró sesenta kilómetros. En la radio sonaba una canción donde un pobre tipo cantaba que amaba todo lo que su amante era: “sus alegrías, sus tristezas, lo que mide, lo que pesa”. Me pareció irónico escuchar que alguien amara lo que uno mide y pesa. Quizás yo también amaba todo lo de Alejandro, incluso su estatura y su peso. Amaba los granitos que le salían cuando se afeitaba, su voz bajita, casi imperceptible, su excelente inglés, su sabiduría, sus jeans y sus remeras, sus discos, sus dientes desprolijos, su lunar, sus cejas cortas y espesas, sus ojos de traficante estafador, amaba todo de él. Aquella canción resonó en mi mente hasta que llegué a mi departamento. Intenté retener el nombre y el autor, pero no tenía sentido.

Iba a morirme, no iba a llevarme ninguna canción a la tumba (“además, a Alejandro no le hubiera gustado”).

El taxista no sabía que estaba transportando a una mujer casi muerta y

¡qué cosas raras pensamos antes de morirnos! Me imaginé si el taxista sabría la mañana siguiente que yo me había muerto. No, probablemente nunca se entere de que estaba transportando un cuerpo congelado.

Aquella noche escribí mi primera carta, era para mis amigas de la facultad. Les

pedía apasionadamente que a pesar de mi muerte siguieran con el documental y les

decía que iba a ser la mejor manera de recordarme para siempre. Les indicaba qué música ponerle, cómo llamar a Rachel en Australia y a Tessa en Estados Unidos. Les pedí que les dijeran que había muerto pero que tenía buenos recuerdos suyos y que les agradecía por participar en Todo sobre Ana. Lloré la hora entera que tardé en escribirla. Era desgarradora.

No les perdonaba que les hubieran contado lo de mi “enfermedad” a mis

padres “pero las quiero de todas maneras. Entiendo que cada uno trata de protegerse como puede y que ustedes eligieron esa manera egoísta de actuar. Ojalá yo hubiera sido un poco más egoísta para disfrutar la vida y dejar de sufrirla”.

La mañana siguiente fue como cualquier otra, solo que sentía mi cuerpo más liviano… un pedacito de vida me había abandonado con aquella carta.

Aún quedaban muchas por escribir y cuando las terminara por fin iba a pesar lo mismo que una pluma.

En la universidad observé a mis compañeras, a cada una de ellas, y me despedí mentalmente. Mientras me hablaban yo pensaba “¿qué me dirías si supieras que pronto voy a estar muerta?”. No dije nada, la vida tendría que continuar sin mí; la vida iba a continuar sin mí y en aquel momento creía que muchas de aquellas personas de las que me despedía mentalmente siquiera iban a sentir mi falta.

Por la noche, llamé a Alejandro en medio de una crisis desgarradora de llanto. Quería gritarle: me estoy muriendo, me quedan pocos días de vida, necesito verte, quiero hacer el amor con vos, quiero que me toques, quiero saber que estoy viva. Por favor, abrazame. Acostate al lado mío: quiero entender qué es estar viva; quiero sentir emociones, quiero sentir. No quiero desmayarme cada cinco segundos, quiero vivir. Creo que quiero vivir.

Alejandro, salvame.

No le grité nada de eso, simplemente lloré al teléfono y le rogué que viniera a mi departamento.

por favor, flaco no, cielo, estoy cansado de tus caprichos por favor, Alejandro, te necesito… vos no sabes lo que es esto

…

No te imaginas lo que estoy viviendo, ale. Me estoy muriendo, por favor,

tenes que venir.

No. Ya te dije que no, además Romina me está llamando para comer.

Alejandro, por favor, no me hagas esto. Por favor.

Te tengo que dejar, mañana hablamos.

¿Mañana? ¿Y si mañana no estoy?

Basta Cielo, no me asustes. Mañana hablamos.

No era insensible, era un enorme hijo de puta. No le interesaba lo que me estaba pasando. Nunca le había interesado, había estado engañándome

todo este tiempo. Miré su cepillo de dientes al lado del mío y lloré, lloré fuerte, gritando, queriéndome morir en aquel preciso instante. Todavía faltaban algunas cartas. No podía morirme. Eventualmente me quedé dormida en el piso, con los ojos colorados de tanto llorar y con los huesos doliéndome por todo el cuerpo. Aquella noche decidí que no iba a quedarme por Alejandro, que si sobrevivía iba a ser por otra cosa. Pero por supuesto, no iba a sobrevivir. Alejandro, el sostén de mi vida no me quería.

Ni siquiera respondía a mis llamados de auxilio. No le interesaba, nunca le había interesado.

Después de dos días ya tenía todas las cartas hechas. El diecinueve de abril fue el cumpleaños de María y para festejarlo, después de la facultad, nos fuimos a “comer” a Mc Donalds. Sabía que podía llegar a ser mi última oportunidad de probar bocado y dije: si me ofrecen algo, voy a comer, de otra manera moriré de hambre. Cuando hicimos la fila para pedir la comida en la caja, unas a otras se preguntaban qué iban a comer. “¿Y vos Doli qué vas a pedir?” “Pilu ¿qué pediste?” “Mary ¿con mayonesa o sin ella?”. A mí nadie me preguntó nada. No pedí nada y no hicieron un solo comentario al respecto. Después de todo el dolor que me habían causado habían decidido por fin dejarme vivir (¿morir?) como yo quería.

Nos sentamos y nos sacamos fotos cuando terminaron de comer.

Todavía tengo esa foto. Estoy sonriente y sin embargo mis ojos dicen:

“pronto no voy a estar más”. Mis compañeras no sospechaban mi inexorable desaparición del mundo, pero si hubieran hecho un vistazo más profundo hubieran detectado las manchas del dolor, de la dejadez, de la hipocresía, del desgano, de los últimos adioses que desperdigaba por el mundo.

No podía dejar de verlas como las causantes de mis estragos, de mis malestares. Quería morirme y sin embargo rezaba por que quedase mi presencia fantasmal para ser testigo de los momentos donde se arrepintiesen por haber hecho de mi vida un calvario.

¿Estoy muerta?

Absurdas. Algunas de las cosas que se piensan antes de morir son ridículas. Un día antes de mi muerte planeada, decidí hacer todo lo que no había podido en mi vida inmediata. Tomé mis ahorros y fui al paseo de compras de Acoyte y Rivadavia. Compré las cosas que siempre había

querido y que no había podido tener por miedo a quedarme después sin dinero para cosas importantes. Compré un almohadón con forma de corazón y un par de remeras que había visto unos días atrás. Salí llena de bolsas y fui a la peluquería: quería teñirme de rubio o plancharme el pelo con crema.

Quería probar. En la peluquería me dijeron que era tarde, que volviese el día siguiente. Me hubiera encantado poder explicarles que no podía volver porque no iba a estar viva, pero era una historia demasiado larga y trágica.

20 de abril de 2004

Fui al cine con Pilar. Desde que tengo el Rivotril me siento mucho mejor porque me obligo a no pensar. Tendría que haber tomado este medicamento desde hace años. Estoy como dormida o relajada todo el tiempo. Eso es bueno pero no voy a vivir así para siempre.

A Alejandro lo voy a llamar esta semana seguramente. Y él me va a revolver los sentimientos y va a desatar de nuevo el huracán. Quizá lo llame el jueves o quizás mañana ¿quién sabe? Por ahora no siento la necesidad y si puedo evitarlo lo haré. Pero quiero tener una relación con él y si no lo llamo yo no hay relación porque obviamente él no me va a llamar.

Pienso en morirme pero no tan seriamente como antes, supongo que es el

documental que me está recargando las pilas, aunque no me lo voy a llevar a la tumba.

No tengo miedo y quizás exista la vida sin Alejandro. No va a ser tan pura, tan excitante, tan perfecta, pero puede llegar a asemejarse a una vida.

¿Cómo puede ser que no me haya llamado todavía? Quiero morirme, cerrar los ojos para siempre. Quiero estar con Alejandro en la tierra y en el cielo.

Lo amo demasiado como para perderme la vida sin él. Él es mi comida, mi vida y todas mis razones para existir. No voy a llamarlo ahora, pero en cualquier momento lo hago. Quiero que se esté conmigo, que se preocupe por mí. Que me ame y me haga el amor. Eso necesito. Ya hace casi un mes que no lo veo… ¿cuánto tiempo más podré aguantar?

***

A esa pregunta retórica tengo la respuesta: veinticuatro horas. Me quedé dormida sumida en mis miserias y mi imaginación donde Alejandro venía a salvarme. Aquel departamento era en ese entonces una iglesia silenciosa donde cada palabra hacía eco. Cada uno de mis acongojados llantos retumbaba en las paredes y me penetraban con violencia. No podía dormir.

Decidí hacer un collage: pegué con cinta adhesiva fotos de mi familia en la pared. Mi madre, mi padre, mis hermanos y amigas colgaban ahora de la superficie blancuzca. Cuando hube terminado me senté en una silla mirando directamente a la pared llena de fotos: “mi vida es una mentira” pensé.

“Toda esa gente en la pared… nadie se preocupa verdaderamente por mí”.

En ese momento sonó el teléfono: era Mamá que quería confirmar lo del día siguiente.

Mi tía Roberta es psicóloga y la íbamos a entrevistar para el documental. Le habíamos hecho preparar un speech y Roberta había accedido gustosa. Habíamos estado hablando por teléfono toda la semana para concretar la entrevista y finalmente era el día. Le dije a mamá que ni bien saliéramos de la UCA pasaríamos por casa para grabar.

Al día siguiente mamá nos recibió con medialunas y café con leche.

Tomé una

medialuna: no sabía cuánto me quedaba de vida pero quería que mami se quedara con

un buen recuerdo. Grabamos a mi tía hablando pestes de lo que yo consideraba un estilo de vida y mi modelo a seguir: Ana. Mis compañeras intercambiaban miradas entre desdeñosas y cómplices de las que no era partícipe.

En algún momento sentí que María, la encargada de entrevistar a mi tía, hacía preguntas tendenciosas que giraban en torno a MI SALUD. Quizás solo estaba paranoica, pero con seguridad estaba en lo cierto. Irónicamente Mamá estaba en la sala presenciando la entrevista. Yo no podía mirar en su dirección, tenía muchísimas ganas de llorar, de abrazarla y de pedirle perdón por lo que estaba a punto de hacer. Últimamente no la abrazaba por miedo a que se espantase por mis costillas, no quería que me sintiera débil.

“Mamá, te amo. No puedo decirte lo mucho que te quiero. Sé que es lo mejor. No puedo seguir viviendo así, voy a ser egoísta una vez más pero en mi egoísmo quizás estoy pensando en ustedes, porque no son felices con una hija tan conflictiva. Voy a dejarlos y pronto reharán sus vidas. Voy a estar en un lugar mejor, Mamá. Te amo”.

Escuché una canción de Tori Amos, acerca de una violación. Canta en primera persona cómo de pronto se encontró con un desconocido apuntadole un arma en su espalda. “Pueden reirse, es algo raro las cosas que se piensan en momentos como ese. Pero todavía no visité Barbados así que

tengo que salir de esta”. Yo la entiendo. Tori quiere salir con vida porque le faltaban cosas por ver, por visitar: ella quería ir a Barbados y en eso pensaba mientras la violaban. Yo quería pelarme, o teñirme, o cantar canciones. También quería que el documental saliera a la perfección. ¿Por qué habría de importarme un documental que no iba a ver jamás? Porque las cosas que se piensan antes de morir son ridículas. Porque la muerte es irracional y la mente no tiene límites. No pensé en hacer un viaje, ni en asaltar un banco. Me quedé con las pequeñas cosas, con los gustos más diminutos. Me contentaba con un cambio de look y con gastar algo de mis ahorros.

Pero estaba en casa presenciando la entrevista que le hacían a mi tía. Ya estaba en otro mundo, en otra esfera de la realidad. Cuando sabés que en horas vas a ser un fantasma no te preocupa lo que está pasando en el momento, sino lo que pasará cuando no estés. Es tiempo muerto, inexistente y sin embargo no lo es para los que se quedan. La muerte es el único viaje donde el que se va es el que menos extraña, porque no puede hacerlo, porque no puede ser, porque no existe, porque ya no es.

Ese día en casa llevaba puesta una de las remeras que me había comprado la tarde anterior, antes de ser rechazada en una peluquería de barrio. Recuerdo que el peluquero me dijo: “estamos cerrando, no podemos atenderte y en todo caso, no te recomiendo que te planches el pelo con crema porque se te va a dañar”. ¿Se me va a dañar? ¿Qué me importa? Bajo tierra no creo que a los gusanos les interese demasiado si mi pelo brilla o deja de hacerlo. Sin embargo no podía explicarle aquello al peluquero homosexual que me atendió. Simplemente me fui.

Me fui como en casa, donde estaba y no a la vez. Observaba la escena como en el cine, como si fuera una película. “No me está pasando a mí, yo estoy muerta”. Aún no sabía cuándo iba a quitarme la vida pero por las dudas antes de volver a Caballito le di a Mamá un abrazo sincero; la abracé sin importarme que me notase las costillas o el frío en la piel. Lo notó: Mamá estaba rota. Como si supiera que estaba por irme de aquel mundo, como si supiera que era la última vez que me vería… o al menos, que vería aquella versión de mi persona.

La besé, abracé y me fui. Pilar manejó hasta Caballito y me dejó en casa. Las saludé a todas cariñosamente, solo por las dudas. Cuando llegué a

mi departamento y cerré la puerta perdí la consciencia por algunos minutos que quizás fueron segundos.

Abrí los ojos y me vi tirada en el piso y junto a mí la pared llena de fotos, a mi derecha la mesa donde Alejandro se sentaba a desayunar, pero en lugar de un desayuno yacían sobre ella las cartas que había escrito.

Estaban terminadas, cada una prolijamente escrita y destinada con nombre y apellido.

La última cena: abrí la heladera y me encontré con casi nada. Papá me había comprado queso rallado porque sabe cuánto me gustan las pastas. Lo había comprado en febrero y aquella noche de abril estaba vencido y aún sin abrir. Lo único que había además del queso era un vino blanco que había comprado hacía unos días porque esperaba la visita (improbable) de Alejandro. Él nunca vino, no apareció. A pesar de mis insistentes llamadas y mudos pedidos de auxilio no apareció. Nunca tocó aquel departamento de nuevo. Nunca usó las llaves. Alejandro me había matado.

Eran más de las diez y yo seguía llorando. No tenía nada que hacer, no tenía por qué vivir. Lo llamé y no contestó. Llamé a su casa y a su celular, no podía encontrarlo. Cuando sentis que perdes sostenes y no encontras de donde agarrarte, tomas el teléfono y haces llamadas desesperadas esperando que alguien conteste. Que alguien importante en tu vida conteste. Un simple

“hola” me hubiera salvado. No hubo holas aquella noche.

Le eché un último vistazo a mi departamento y volví a la heladera: aquel vino era el recordatorio de lo tonta que era, de lo mal que me sentía.

Ese vino era un letrero de neón diciéndome: “sos una estúpida, creíste que ibas a tomarlo con Alejandro. No, estás sola. Auténticamente sola”.

Sí, estaba más sola que nunca en aquel departamento decorado por mí y habitado por los espectros de los abandonos ajenos. Él me había abandonado de nuevo, no podía soportarlo. Entré en crisis: lloraba intensamente con una agonía hasta ahora desconocida para mí. No podía parar, intentaba calmarme (uno, dos, tres…) en vano. Intenté llamarlo de nuevo: tenía miedo, estaba muerta de miedo. No sabía de qué era capaz, ya no confiaba en mi consciencia, en mi racionalidad. Necesitaba escuchar una voz del otro lado. No atendió. Su celular no estaba apagado, simplemente había decido no contestarme. Pocas llamadas después lo apagó. Fueron ocho en total. Ocho pedidos desperados de ayuda, de salvación. No se hizo cargo, no me sostuvo y yo no tuve otra opción más que derrumbarme.

Abrí la heladera por tercera vez y tomé el vino entre mis manos heladas.

Lo apoyé en la mesa, lo abrí y esperé sentada a que algo me salvara. Nada iba a pasar, estaba completamente sola. No, Cielo. No hagas así las cosas…

siempre cuidaste bien los detalles. Necesitaba una estrategia para no echarlo todo a perder. Llamé entonces a Pilar para que no me esperara la mañana siguiente en la esquina de siempre para ir a la facultad. Aquel veintiuno de abril no iba a ir a la UCA ni a ningún otro lado. Ya no iba a ir. Ya no iba. Ya no. Me atendió su mamá e intentando contener el llanto le expliqué: “Ana (irónico, así se llama) no voy a ir a la facultad mañana así que decile a Pilar que no me espere. Bueno, muchísimas gracias”. Me había despedido de otra persona.

A continuación tomé mi celular y grabé un mensaje para el contestador:

“ahora no te puedo atender, estoy en la peluquería”. No sé por qué pensé que si llamaban a mi celular era una buena excusa decir que estaba en la peluquería. Para ese entonces ya estaba bastante consumida por mi llanto y no creo que se hubiera entendido ese mensaje, pero tenía que hacer mis mejores esfuerzos para que nadie se preocupara por mi desaparición y me dejaran dormir en paz para siempre.

Volví a sentarme a la mesa y tomé mis cajas de Rivotril. No tomé uno por uno, no. Tomé un puñado y los metí mientras lloraba en mi boca y los tragué con vino blanco, aquel que había comprado para Alejandro. “Es tu culpa, maldito infeliz; espero que mañana entiendas que cuando te decía que me moría sin vos lo decía en serio”. Cuarenta. Cuarenta pastillas para dormir tomé aquella noche. Lo siguiente me viene a la cabeza como flashes, como fotos borrosas. Recuerdo haber puesto un disco que me gustaba mucho, Simple Things de Zero7; play. Mareadísima pero todavía algo consciente fumé unos cuantos cigarrillos mientras esperaba mi muerte.

Tomé una lapicera y escribí las paredes. No sabía qué estaba escribiendo, pero las paredes de pronto perdieron su blancuzca palidez. Al lado de las fotos de mi familia hice flechas y comentarios: “Te amo” “Te adoro”

“Nunca los voy a olvidar” “¡Idolo!”. Al lado de la foto de Alejandro una flecha rezaba “es tu culpa”. ¿Fue su culpa? Ya era tarde. Estaba muerta.