Abzurdah

Cielo Latini · Capítulo 4 de 23

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Abzurdah

Un clavo oxida otro clavo

¿Nunca sintieron que no tenían ganas de nada? Ni de levantarse, ni de comer, ni de hablar por teléfono, ni de saludar a tu familia, ni de hacer cosas que les den placer. Así me sentía yo. Después de la traición de Agustina y haber tomado consciencia de que mi tristeza no me iba a dejar transitar tranquila el camino de la adolescencia, me volqué exclusivamente a Internet. Decidi que era la unica cosa que iba a hacer. Así, empecé a conocer gente en el chat.

Aunque tenía Internet desde el 98 no le presté demasiada atención hasta mediados de 1999. Para ese entonces el MSN era básicamente cosa del futuro Spilbergriano, quiero decir, no se usaba demasiado. En cambio, teníamos el ICQ

(un programita al estilo msn pero más arcaico y con sonidos que generaban graves dolores de cabeza en su uso prolongado) y el mIRC. Este último, utilizaba el sistema IRC para conectarse con personas en distintos servidores.

DALnet, así se llamaba el servidor donde entraba yo todas las noches a hablar con desconocidos.

Es gracioso lo del mIRC y el fenómeno de Internet en general. Muchas veces uno llega a conocer mucho más, o quizás a creer que conoce mejor, a un cyber-amigo que a sus propios familiares o amigos. Es cierto. Empezas a conocer los horarios del otro: cuándo se conecta, qué páginas visita, con quiénes está hablando, con qué contactos se lleva mejor, cuánto tiempo está conectado, si lo hace desde el trabajo o desde una computadora en su casa. Se puede saber mucho de alguien navegando por la red. Tanto que es hasta peligroso. Pero no me voy a poner a hablar ahora de las bondades y peligros de la net porque no me corresponde, porque me aburre y porque es por demás un tema sabido. Pero permítanme contarles una historia, que no es sabida, ni aburrida, ni conocida. La historia de una transformación feroz: de la muñeca de porcelana que se estropeo contra el asfalto. Una historia de inconvenientes y de las ganas de morir; del hambre, del miedo y una moraleja jamás escrita, una experiencia aún no procesada. Necesito escribir esto. Lean.

Clara14, ese era mi nombre en la red. Clara porque nunca me había gustado

“Cielo” (y porque todas las mujeres desagradables se ponían ese nickname) y catorce porque tenía esa edad. Empecé a entrar en #argentina, un canal donde todas las noches me encontraba con la misma gente. Amigas no tenía, eso es sabido, entonces decidí que mis nuevos amigos serían cyber: no podían dañarme. Al final y al cabo siempre juzgué a las personas por cómo escriben: si tienen faltas de ortografía, si usan las palabras adecuadas, si saben utilizar los puntos, las comas y bla bla. Toda la vida me fijé en eso: no quiero sonar exquisita, pero en el chat, cuando un desconocido me escribía cosas como: “ola bellesa” obtenía su pase gratuito a mi lista de ignorados. Sigo siendo así pero en menor medida: conocí muchísima gente buena y que quiero mucho que escriben con muchas faltas de ortografía. En aquel momento una buena escritura era condición única para hablar conmigo, sino podían cerrar la ventana y hablar con otra persona. Lo cierto es que había muchísimas bestias dando vueltas en la red, en DALnet y en #argentina, así que no fue muy difícil distinguir al único ser inteligente de la red: Hogweed.

No sé ni cómo empezar a hablar de él. Supongo que tengo que pensar primero en Maquiavelo. ¿Leyeron El Príncipe? Supongo que Hogweed podría escribir una versión aggiornada del principe. ¿Alguna vez amaron y odiaron profundamente a alguien? Bueno, es hora de contarles mi historia algo lúgubre y con el peor error de las historias: con final abierto. Si aún después de esta descripción quieren adentrarse en este laberinto de musgo, bienvenidos sean. He aquí mi historia, una vez más.

Alejandro. Así se llama. Clara14 y Hogweed se conocieron por casualidad a fines de 1998 en #argentina. Cuando lo conocí estaba sumergida en el mar de Cocol, en esa tristeza desequilibrada que me presionaba las sienes hasta el cansancio, esa moribunda sensación que parecía no terminar: una vez más, un clavo sacó a otro clavo… en realidad esta vez un clavo oxidó al otro. Cocol al lado de Alejandro podría haber sido Robin Hood o madre teresa de Florencio Varela. Quiero decir, en comparación con Alejandro, Sadam Hussein merece el novel de la paz.

Cuando lo conocí faltaban pocos meses para mi cumpleaños número quince, mientras que él tenía 9 años más que yo. Nunca había pensado antes el problema legal del que podría haber sido víctima Alejandro en caso de que mi familia hubiese querido. Tampoco tengo ganas ni tiempo de pensar en eso ahora.

Cuando uno piensa que la muerte se avecina, hace este tipo de cosas (escribir memorias, por ejemplo) en un intento desesperado por dejar su huella en un mundo donde nunca hizo la diferencia. ¿Por qué una vez muertos tendrían que resonar nuestros nombres cuando mientras vivos siempre fuimos ignotos? Sólo Dios sabe. Ja, dios. Apuesto a que él, si existiera, tampoco sabría nada. Y no hubiera podido anticipar el horror prometido de Alejandro y su mente manipuladora. De todas maneras, no voy a seguir haciendo juicios de valor porque ustedes merecen tomar partida por cualquier personaje de la historia.

Quizás alguno los conmueva más que otro… o quizás algún lector puede descifrar El Código Alejandro y explicarme; porque nunca entendí, pasan los años y sigo sin entender.

Su vida transcurría sin mayores sobresaltos. Hijo de un ferretero y un ama de casa, vivió en Monte Grande, provincia de Buenos Aires, hasta los veintidós años,

cuando se mudó a un departamento en Avellaneda. Aunque su pasar económico no era grandioso, pudo comprarse un departamentito. No era Punta del Este ni vivía sobre Gorriti, pero la calle Estévez en Avellaneda cabía sin hacer ruido en su escabrosa biografía. Alejandro nació en Monte Grande allá por 1976 y mil veces maldije ese nueve de marzo.

¿Cómo puede amar y odiar a una misma persona? Bueno, es fácil responder a eso. Alejandro fue un estafador: y como todo ladrón, primero te vende el mejor hotel, con el más paradisíaco paisaje en tu ventana. Lo amas. después llegas a la playa y encontrás un estanque de agua mugrienta. Lo odias. Así son estas personas. Así era él. Así sigue siendo.

Quizás ahora me sea más fácil reconocer a este tipo de individuos pero en aquel entonces tenía solamente catorce años y, aunque creía que me las sabía todas, era simplemente una nena.

Así lo conocí: una noche desvelada por el no-amor de Cocol. Entré en el chat con la simple intención de distraerme por unas horas. Lo encontré o me encontró, me habló. Escribió: “me dijeron que sos muy bonita” y yo que no me creía nada, le dije que estaba equivocado. Así empezamos. Al principio solamente hablábamos una vez por día. Con el tiempo, empezamos a necesitarnos. Es decir, yo empecé a necesitarlo. Nos escribíamos emails, nos dejábamos mensajes en la Net; cualquier medio era válido para mantenernos en comunicación. Alejandro era todo aquello que yo necesitaba: comprensión y sustento. No sabía demasiado de él, pero de algo estaba segura: cuando aparecía en la pantalla su nombre mi corazón se distendía, me hacía vibrar. Alejandro me hacía vibrar y sentir bien. Cocol no. Quizás estaba enamorada del hombre equivocado. O tal vez, solo tal vez, todavía no había conocido al hombre equivocado.

Claramente mi vida social no existía. En el colegio estaba absolutamente ausente. Mis amigas se habían despojado de mí, me habían dejado sola. Y no es que me molestara: estaba más que acostumbrada a estar sola, quizás hasta estaba a gusto. Mi vida comenzó a ser cibernética, transcurría en la red. Perdí la noción de realidad: todo lo que quería era hablar con Alejandro. Hablarle de Cocol, de lo mal que “me hacía”. Alejandro simplemente repetía: “yo no sé si este pibe es tonto o qué le pasa. Yo no te dejaría de lado por ningún motivo del mundo”. En lugar de tomarlo como lo que era, yo creía que era tierno. Alejandro me hacía mucho bien, pero todavía el fantasma de Cocol rondaba por los pasillos de mi mente.

Mis relaciones afectivas siempre fueron así: difíciles de concretar (y hasta imposibles) y dotadas de una obsesión incandescente. Una obsesión que me consume, que me mata, que me hiere y que aún así defiendo. Porque llegué a pensar que amor sin sufrimiento no era amor. Y Alejandro no me ofrecía ningún tipo de riesgo, ningún sufrimiento. Además, él vivía en Avellaneda y yo a más de 60 kilómetros. No podía ser, era imposible. Y por supuesto: no lo conocía.

¿Era imposible, dije? Era perfecto.

Acerca de convertirse en esclava casi sin saberlo Me peiné, me pinté, me puse mis mejores ropas y les pedí a mis papás que me llevaran a aquel restaurante. Ya había cumplido quince años y todos mis amigos del chat me habían odiado por no haberlos invitado a mi fiesta. Lo cierto es que no hubo fiesta. Aquel catorce de junio de 1999 no hubo ninguna celebración; estaba yo tan deprimida que ni siquiera había querido cumplir el sueño de toda adolescente: tener una fiesta de quince llena de amigos y gente querida. Lo cierto es que a la única gente que yo quería era a mi familia, y amigos no tenía. ¿Para qué iba a festejar? ¿Para que fuera quién? Mejor era quedarme en casa y hacer como si nunca hubiera cumplido quince.

Pensé que ya era momento de conocerlos. Se juntaban en un restaurante a las 9 y media de la noche el 17 de julio de 1999. Mis padres no estaban de acuerdo con mi participación en aquella reunión y quizás eso hizo que yo quisiera ir aún con más ganas.

Cuando llegué, mi mamá me dejó justo en la mesa donde estaban todos reunidos y me dijo que me pasaría a buscar en tres horas. No protesté, estaba bien. Chequeé la mesa: Yo era la menor, claro. Tenía quince años. Los demás tenían entre 25 y 40, con excepción de Alejandro que tenía 24. Claro que estaba Alejandro, él me había instado a ir. Las cosas estaban claras con él: íbamos a ser hermanos, solo hermanos. Nos separaban ocho años de existencia y nos queríamos mucho, pero legalmente era imposible. Seríamos hermanos.

¡Qué extraña sensación aquella noche! Aunque hablábamos todos los días sin falta, nunca nos habíamos visto personalmente. Tan extraña era la situación para mí, que busqué la silla más apartada y me puse a charlar sin problemas con otras amigas cibernéticas que rondaban los 25 años. No quería estar cerca suyo.

Temía decepcionarlo: él siempre me decía que no parecía tener esa edad y hasta pensaba que le mentía respecto de eso. No quería que me ponga a prueba. Tenía una premisa muy cierta en la cabeza: sé escribir, es lo que hago. Pero hablar es completamente diferente y es tan difícil como leer la Biblia en diez minutos.

Sin embargo Alejandro encontró los métodos necesarios como para acercarse sigilosamente. Me di cuenta que estaba al lado mío porque prendió un cigarrillo (meses después me confesaría que no fumaba, que simplemente lo hizo para llamar mi atención). Ahí estaba, él. Mi “hermanito” fumando un cigarrillo al lado mío. Tantas veces estuvimos juntos estando lejos… y sin embargo ese día estábamos cerca y más separados que nunca.

Después de unos minutos me saludó, hizo algún comentario gracioso acerca de alguno de los miembros del grupo y poco tiempo después apareció mi mamá y me fui. A partir de ese día Alejandro se convirtió en la persona más importante

del mundo para mí: me levantaba media hora antes del horario de ir al colegio, solamente para chequear emails y ver si tenía alguno suyo. Cuando volvía del colegio comía en frente de la computadora mientras hablaba con él. A la tarde iba a inglés y hacía los deberes del colegio. Y a la noche: antes y después de comer. Como puse en algún email: “sos lo primero que veo a la mañana y lo último en lo que pienso cada noche”. Me estaba enamorando de un hombre casi diez años mayor que yo. Estaba cometiendo un error: era excitante, estaba rompiendo las reglas.

Miércoles, 28 de julio de 1999 12:12am De: Cielo Para: Hogweed Te juro que tengo muchas ganas de verte, no sé por qué, realmente no sé.

Pero ahora que me voy de vacaciones, me pongo a pensar en que no vamos a chatear por algunas semanas y eso ya no me gusta nada. Hablar con vos es una necesidad, porque realmente me hace muy bien. Cada vez que hablo con vos me dejas boba, porque me sorprendes con esa mezcla de ternura, dulzura, perspicacia e inteligencia. Y por otro lado tengo miedo: porque hoy somos amigos, “hermanos”, pero mañana… mañana no sé. Aunque nos llevamos muchos años de diferencia yo sé que tenemos mucho en común, aunque vos sepas mucho y yo demasiado poco de la vida.

Con esto quiero decirte todo lo que te quiero, porque aunque siempre te lo repito, sé que te gusta que te diga lo que pienso. Sé que quizás este es un cariño diferente porque somos “hermanos” pero me quedé pensando cuando me dijiste que necesitabas “amor”. Me quedé algo pensativa y reflexioné: sos el tipo de hombre que cualquier mujer necesita. Sos un tipo comprensivo, que quiere escuchar, que sabe escuchar, que te ayuda a resolver cualquier problema. Sos dulce, tierno, cariñoso… lo cual me deja pensando: ¿Cómo es que este chico no tiene novia? Y bueno, Dios le da pan…

Pero sabemos muy bien que es un amor “entre hermanos”, un inmenso cariño entre hermanos. Solo que me asombra un poco el tema de tu soledad, que quizás te guste pero (por mucho tiempo) a nadie le gusta estar solo. Yo siempre fui una chica muy solitaria, aunque no parezca, muy de hacer la mía sin importarme lo que me dijeran los demás; pero cuando crecí me di cuenta de que necesito de alguien. Alguien que me escuche, que me quiera y que en definitiva me ame y me de lo que quiero: una relación estable, seria, sin mayor compromiso que amor duradero. Y si yo a los quince pienso eso, me imagino lo que pensarás vos que tenés 24.

Quiero decirte que sos un amigo muy especial, que te quiero mucho y quiero darte las gracias por todo lo que me das. Gracias por tu atención, realmente la necesito. Jamás, jamás, jamás te olvides de mi eterno cariño.

Clarita

Clarita. Ese era mi nombre de ficción para el chat. Por alguna razón no me gustaba mi nombre y por otra estúpida razón habíamos decidido ser

“hermanitos”. Estupro, esa era la razón: pero la entiendo recién ahora, después de siete años. Alejandro era táctica pura, un estratega de los más astutos. En aquel momento, sin embargo, era él la única razón por la cual sonreía y por qué despertarme feliz.

Pronto Cocol fue sumiéndose en el recuerdo de algo inconcreto, un deseo irrealizado y ya casi archivado. Aunque Alejandro no ocupaba el lugar que yo quería en mi vida, fui aprendiendo a acomodarme a sus peticiones, a sus antojos.

¿Una hermana quería? Bien, exactamente eso iba a tener. Pero mi táctica a fin de enamorarlo estaba por empezar.

No fue muy difícil enamorarme de él, era todo lo que yo quería, lo que necesitaba en ese momento y quizás lo que había necesitado toda la vida, aunque se ocupaba permanentemente de recordarme los ocho años de diferencia que teníamos (“maldigo una vez más los ocho años que nos separan y me conformo una vez más con la condición de “hermano”) y de decirme que él sentía lo mismo que yo. A su modo, Alejandro fue mi mentor: me enseñó a expresarme, a tomar decisiones importantes y a desarrollar pensamientos lógicos. Pero por sobre todas las cosas Alejandro era una inminencia en oratoria y persuasión. Y

yo, afrontémoslo, era una presa fácil. Triste, solitaria y necesitada de afecto y contención. El lobo había conocido a su cordero.

No puedo decir qué me gustaba más de él: si su forma de hablar o de escribir o el misterio que lo rodeó toda la vida. O quizás, la manera en que me trataba, nunca me habían tratado así: con tanto miedo a que me rompa, con tanta delicadeza, tanta dedicación. Sus frases aún dan vueltas en mi cabeza, en mi memoria: “tus ganas de verme son correspondidas, hermanita. Yo también tengo ganas de verte pero tenés que aprender a controlar tus emociones/deseos. Es fundamental para tu vida, para vos. Tenelo en cuenta”.

Para cada frase mía él tenía una respuesta perfecta, hecha a medida. “No nos vamos a ver por ahora, pero a no desesperar por eso. No es bueno que creemos una dependencia (el uno del otro) tan fuerte. Es bárbaro poder estar bien, pero no tiene que ser condición única para estar bien, ¿se entiende?”. “Bonita de mi corazón, no tengas miedo. El miedo te hace dudar, perder oportunidades: no te deja vivir ni sentir. No temas, aprovechá cada momento como si fuese el último.

Cuando lo logres, no vas a sentir más miedo. No más”. “Hoy somos amigos, hermanos, ¿mañana qué? Seremos amigos, amantes, marido y mujer o nada.

Pero amigos podemos ser siempre. Depende, una vez más, de nosotros. Cielito, las cosas Claras”. “No te apures a buscar una relación estable. Las cosas se van dando en la medida que nosotros lo permitimos y en el momento que tenga que darse se va a dar. No busques, no fuerces momentos ni decisiones. Relax”.

Relax. Era su premisa, que hoy sonaba dulce y hasta cariñosa, en un pedido de tranquilidad para llevar a mi calma espiritual. Es grandioso cómo a través de los años las personas utilizan las mismas palabras pero para expresar significados completamente opuestos. Años más tarde “relajate” tendría idéntico significado que “no me jodas”.

Acorde transcurrían los días y los meses, mi relación con Hogweed se fue afianzando. Hablábamos todos los días, sin excepción. La siguiente oportunidad que

tuve de verlo fue cuando me fue a buscar al colegio una tarde de ese mismo año. Fuimos a tomar algo. Yo un jugo de naranja, él una tónica. Una hora más tarde yo estaba volviendo a casa… y se avecinaba la tormenta.

Yo en pos de mi personalidad obsesiva compulsiva, había estado imprimiendo todas las conversaciones que mantenía por chat con Alejandro. Me gustaba leerlas, llevarlas conmigo a donde fuera. Así, cualquier momento de ocio era transformado en placer por mí en cuanto leía las conversaciones. Es fantástico, descubrí un método de no dejar que pase el tiempo. De no dejar que los momentos de olviden; de hacerle decir una y otra vez las mismas frases: “no temas, bonita”, “tus ganas de verme son correspondidas”, “yo también te quiero mucho”.

Y sin embargo, el papel no fue tan prudente como pensaba. Mamá encontró algunas conversaciones con Alejandro y me preguntó aquella tarde, histérica:

“¿Quién es Hogweed?”. Le contesté que era un amigo del chat, pero que no lo conocía personalmente. De ninguna manera me hubiera permitido seguir respirando si se enteraba de que me había encontrado con un hombre desconocido en un bar. Claro que las conversaciones que Mamá había leído serían alarmantes para cualquier madre. Alejandro me estaba incitando, de a poco, a que me gustase, a que me excitase, a que piense en él. Me estaba enamorando… y si por fin lograba su cometido, sabía que duraría para siempre.

Dicen que el primer amor nunca se olvida. Y es mentira, porque de Cocol me olvidé. Pero de Alejandro…