Abzurdah

Cielo Latini · Capítulo 3 de 23

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Abzurdah

Vientos católicos en el bolsillo

Cuando esa tarde llegué a casa, mamá me dijo: “no hacía falta que te escaparas, ya te habíamos comprado el uniforme para ir al Eucarístico”. Sentí por un momento que todo lo que había hecho no tenía sentido y a la vez, que seguía consiguiendo las cosas sin esfuerzo alguno. Es decir, simplemente tuve

que homenajearme con un muñequito de alambre suicida y escaparme y ser mordida por un gran danés. Quizás sí me esforcé. Lo importante era que no iba a volver a ese colegio.

Marina, mi prima, iba al Eucarístico. Y mientras yo, en constante decadencia, usaba el jogging verde, la veía a ella deslizarse graciosamente con un uniforme de colegio de verdad. El mismo que ahora estaba encima de mi mesa: pollera cuadrillé tableada, camisa blanca, corbata cuadrillé, mocasines, medias y pulóver azules. ¡Por fin iba a ir a un colegio de verdad!

Un veinticuatro de junio de 1998 entré en el Eucarístico tímidamente. La directora del colegio me llamó y me dijo: “lamentablemente no había más cupos en noveno “a”, así que vas a tener que estar en noveno “b”. Siempre me pareció gracioso decir a qué curso iba: 9b (no ve, no ve). Estaban en la sala de video. La directora abrió la puerta y dijo: “Chicas, tienen una compañera nueva. Cielo se integra hoy al curso”. Cuando entré en la sala, treinta y un chicas me miraron fijamente. Pocos segundos después, empezaron los comentarios y una de ellas me dijo que me uniera, que podía sentarme con su grupo. Un colegio normal.

Algo normal en mi vida. Increíblemente inesperado.

Para ese momento de mi vida yo ya sabía que no era como los demás. No era simplemente que había tenido una infancia un poco diferente: era muy evidente que no tenía nada que ver con mis compañeras del colegio, ni con los adolescentes de mi edad. A decir verdad, siempre me sentí un poco más madura que mis pares. Me costaba seguirles el ritmo a mis compañeras. Mientras ellas hablaban de ropa o de exámenes, yo estaba sufriendo por el primer amor no correspondido de mi vida (como si existieran los amores correspondidos). El amor es perro. Pero aún si pudiera elegir vivir sin amor, no lo haría. Hace tiempo que pienso que es mejor estar doliente por un amor irreal, o maligno o escabroso, en lugar de estar obnubilado por la nada y ser comido progresivamente por el aburrimiento del bienestar. No quiero decir que me sentía más inteligente que mis compañeras: simplemente teníamos diferentes intereses. Eso puede ser positivo o bastante malo: yo me creía muy inteligente y perspicaz, así que jamás lo tomé como un aspecto negativo. Simplemente me consideraba más madura y con la atención puesta en problemas de adultos, tales como el amor. Lo cierto es que el amor te vuelve un bebé, aunque tengas cincuenta o sesenta años. Te deforma, te consume. Y si no es sacrificado no es amor. Mejor vuelvo al Eucarístico.

En pocas horas logré entrar en un grupo del colegio, que más tarde pasarían a ser “el grupete”. Todas en el grupo eran excelentes alumnas, que incluso competían entre ellas a ver quién era la mejor. Justo lo que yo necesitaba: un

poco más de competencia. Lo cierto es que no me venía nada mal, me refiero a la competencia. Me hizo dar cuenta de que quizás yo no era tan buena alumna como creía. Estas chicas eran increíbles: la que no se sacaba diez, se sacaba nueve cincuenta. Y lo mejor: eran graciosas y no eran para nada ratas de biblioteca. Se divertían a lo grande, molestaban a las profesoras y obtenían excelentes notas: el modelo de devoción de todo adolescente. Y todo lo que yo quería ser: divertida, hermosa e inteligente. Ellas lo eran. Decidí que ese iba a ser el grupo donde me iba a quedar.

Como en todo colegio, los subgrupos estaban muy bien divididos: las

“perdedoras”, el “grupo de rejunte” donde estaban todas las que habían sido desterradas de los demás conjuntos, las “chetas”, las estudiosas, las vagas mal y las vagas bien. A saber: las vagas mal además eran feas y gordas. Las vagas bien eran el “grupete”, vagas pero lo suficientemente inteligentes como para estudiar cinco minutos y quedar eximias.

No podía caer en otro grupo: venía de un colegio bilingüe, era bonita, alta, flaca, hablaba perfecto inglés y era buena alumna. Al grupete, sin pensarlo.

“Vamos a decirte con quiénes te podés juntar y con quienes ni te conviene acercarte”-me dijo una de ellas. Así, me empezaron a contar el historial de cada una de las chicas que no pertenecían al grupete. Y más tarde, en secreto ya dejaban deslizar confidencias (a escondidas) de ellas mismas. “Aquella es lesbiana, que ni te toque. Esta otra es una estúpida. Uff… ¡aquella es una amarga!”. En una oportunidad, una de las chicas atinó a decir que me dejaran decidir a mí con quién me juntaría y con quién no. “Dejen que ella se de cuenta sola de cómo es cada una”. Fue censurada odiosamente. “Es mejor así, le facilitamos el trabajo de darse cuenta”. Como si conocer a las personas fuese una pérdida de tiempo. Lo cierto es que tenía catorce años, me sentía hermosa y había llegado a un colegio que más bien parecía el cielo.

Las paredes eran de un blanco eclesiástico y los mármoles brillaban todos los días con la misma intensidad a cualquier hora. No había rastro alguno de suciedad, casi ni parecía un colegio. Y claro: todos los colegios de monjas son así. O de eso me enteré después. Tendría que haberlo supuesto. Nunca en mi vida había asistido a un colegio donde fueran todas alumnas mujeres. Tuve a veces espasmos post-clase porque necesitaba esa complicidad con los hombres y porque sabía claramente que el ambiente femenino es mucho más competitivo que cualquier otro. Y tenía entendido hasta ese momento que la amistad entre las mujeres nunca sobrepasaba el límite de prestarse alguna prenda o decidir de qué color iban a pintarse los ojos. De todas maneras, me decidí a jugar el juego y a tener el corazón más eucarístico que nunca.

Tocó el timbre y las chicas me invitaron a salir al patio con ellas. No era el bosque del Pedagógico ni del Patris, pero tampoco era el patiecito de dos por dos del Estrada: era más bien un patio de casa normal. Baldosas cuidadosamente aseadas, chicas luciendo uniformes como en un desfile y una iglesia que me daba escalofríos de tan solo mirarla. Nunca fui muy católica. Pero desde que el señor llamado Dios me estaba haciendo sufrir con Cocol, me había decidido a no volver a pisar jamás una iglesia.

Estaba en problemas. El Corazón Eucarístico de Jesús era no mucho menos que eso: un colegio católico. Con monjas dando vueltas por los pasillos, con sus estúpidos trajes de puritanas. ¡Zorras! Después se sorprenden cuando ven cómo una adolescente se masturba con un crucifijo. Denme un descanso, por favor.

¿Qué quieren hacernos creer? ¿Qué no necesitan sexo? ¿Que viven del amor de Dios? Me cansan. Me ponen de mal humor. Las monjas y los curas y todos esos depravados que andan por la calle pastoreando como si fuésemos ganado insensible y sin sesos. No quiero pecar de insensible pero ¿quién le dijo a determinado cura que puede eximirme de mis pecados? ¡Por Dios! Es ilógico.

Que un tipo normal, porque seamos claros: no tienen más poderes que nosotros, diga que habla con Dios o que siente que el espíritu santo vive dentro de su bolsillo no es prueba de fe para mí. Necesitas decirme mucho más que eso para que yo te cuente cuántas veces hice el amor en una parroquia o que le robé el reloj a un paralítico en santa fe y corrientes. Los pecados se los guarda uno, o los escribe en un libro, o los graba desnuda en mini-dv y después vende la cinta. No sé. Pero ¿por qué habría de contarle mis pecados a un hombre que viste de negro y eventualmente viola a menores de edad? Mmhh… buena pregunta, sin respuesta alguna. Es decir, si en algún momento a alguien se le ocurre una buena respuesta que no incluya la palabra “fe” puede enviarle un email a mi casilla y con gusto mi secretaria lo leerá. Es broma. No tengo secretaria y en ningún momento creo que se va a encontrar esa respuesta.

Mientras estaba en el patio con mi nuevo grupo de amigas, se me ocurrió visitar el baño y matar el mito urbano del papel higiénico. Resultado: en los colegios de monjas tampoco hay papel higiénico. Maldición. Entonces volví al aula para buscar algunos papelitos tisúes que tenía en mi cartera, para encontrarme con la agradable sorpresa: dos chicas que durante la última clase me habían estado hablando mal del resto, en este momento estaban espiando mi cuaderno. Había escrito en inglés, siempre yo tan precavida. Algo así como que me estaba gustando el colegio, pero que me costaba acostumbrarme a que éramos todas mujeres. Que había encontrado un grupo fantástico de chicas y que pensaba que iba a ser muy feliz. Boludeces. Y gracias a DIOS, je, en inglés.

Siempre supuse que las dos espías del FBI no habían entendido ni cazzo de lo que escribí. De todas maneras, no decía nada demasiado incriminador. Cuando en el siguiente recreo mi cuaderno había desaparecido por completo, empecé a preocuparme. Lo encontré al final de la jornada escolar, durmiendo plácidamente debajo de un pupitre que previsiblemente no era el mío. Mi cuaderno había sido secuestrado y torturado, seguramente, para exprimir mis secretos.

Siempre tuve ese rollo, esa obsesión: escribir. Escribir cualquier cosa que me venía en mente, las cosas que me estaban pasando. O simplemente frases exterminadoras: “me cansé de este colegio”, “tal cosa me tiene harta”, “amo tal otra”, bla, bla. El papel es prudente. El papel no te es infiel, no te caga, te deja ser. No te pone cara de circunstancia aunque le estés contando que tenés morbo con las ratas egipcias o que te excita ver cómo los murciélagos duermen en el tapa-rollo de tu ventana. Quizás por eso no tenía amigas, porque todo lo que las chicas les contaban a sus amigas, yo lo reproducía con exactitud en mi cuaderno; y mientras la memoria de un ser humano puede fallar, las letras de los cuadernos son imborrables. Supongo que por eso siempre me aislé de esa manera: nunca tuve la necesidad de comunicarme, porque ya lo estaba haciendo. Escribir es comunicar, aunque mis escritos siempre terminaban escondidos y sin participar al mundo de mi dolor, mi felicidad o mi disconformidad porque me habían secuestrado el cuaderno lleno de iniquidades en el primer día de clases en el Eucarístico.

Las semanas siguientes fueron bastante más placenteras y empezó a surgir mi lado cómico. Una faceta mía que estaba profundamente enterrada en lo más oscuro de mi ignorancia. Hasta ese momento jamás supe que tenía sentido del humor. Lo cierto es que develé una especie de don de la risa, o mejor: un don de la oratoria. Me invitaban a los cumpleaños y me hacían contar una y otra vez la historia del perro que me mordía. Por supuesto, no sólo yo la contaba sino que me paraba y hacía toda la mímica. Es muy gracioso contado, en serio… de hecho, y lo digo casi sin vergüenza, lo sigo contando de vez en cuando. Uno con esa historia gana. Es así, es fácil. Es cómica, es inocente, es la historia de cómo entrar en un grupo simpáticamente, sin querer dominar terrenos con previa ocupación. Las líderes de aquel grupo estaban muy bien elegidas y no tenían ninguna gana de ceder el trono y ningún problema en luchar a diente filoso contra cualquier adversaria. Yo no podía ser tan maleducada de aceptar la invitación al grupo y querer ser líder… y sin embargo a veces no puedo conmigo misma.

A la semana ya me sentía una más y recibía llamadas telefónicas como si las hubiera conocido desde jardín de infantes. Las chicas que no pertenecían al grupo y que se animaban a cruzar palabra con la desconocida, a.k.a yo, me decían: “cuidado con las del grupete. Son falsas. Hoy te quieren, mañana te desechan”. Sí, claro. Mmm… ¡¡qué olor a envidia!! Típico. Estuviste toda tu infancia queriendo entrar en el grupo sin éxito y tu futuro más prometedor es el de ser monja del colegio al que asistís. Esa es tu máxima aspiración. Y de buenas a primeras caigo yo y entro casi sin golpear. Uff… no debe ser excesivamente agradable. Pero es así, la vida es injusta. Y algunas adolescentes, también lo somos.

Laura me invitó a su casa para ver un partido de fútbol de la selección nacional. Tenía la mejor casa en la que hubiera estado jamás. Decorada en un setenta por ciento con mármol reluciente, hermosos jarrones oscuros, una televisión de pantalla plana, televisión satelital y hasta reproductor de dvd. Yo no podía creerlo. Era 1998 y lo único que tenía en mi casa era una computadora IBM del 97 que usaba windows 3.11. Sepan comprender: aquello era un palacio.

Cuando entré, con los ojos algo desorbitados, las encontré a mis compañeras (sólo a los miembros del grupete, claro) acostadas confortablemente en un sillón blanco que rodeaba gran parte de la sala de estar, cantando a la voz de “Batistuta we love you!”. Era como estar en un sueño: tenía amigas y creía que eran las mejores que pudiera haber encontrado. Estaba convencida de que por fin me estaba codeando con gente como yo, o que quizás finalmente había encontrado un modelo a seguir: inteligente, graciosa y buena alumna. ¿Qué más quería?

Laura me mostró su casa y en cuanto llegamos a su habitación no logré evitar mirar su computadora. Tenía todos los accesorios, que en aquel momento eran un lujo: grabadora de cds, muchos cds vírgenes, un monitor de pantalla plana (o sea, es el día de hoy que yo todavía sigo escribiendo en un monitor

“Kely, the brightest choice” (?)), etc. ¿Querés conectarte a Internet?-me preguntó. Yo temblé. Había estado en Internet en la casa de Zú y me había creado una cuenta de email pero ciertamente no la recordaba y no podía esperar para bajar y ver el partido con mis nuevas amigas. No por el partido, nunca me entretuvo el fútbol (y de hecho, no lo entiendo), sino porque quería compartir eso con ellas. Le dije a Laura que entraría en Internet un poco más tarde y finalmente nunca lo hice.

Vimos el partido entre helados y cigarrillos: detalle, en ese colegio todas fumaban. Excepto yo. Ni siquiera se me había ocurrido probar el cigarrillo y hasta me parecía una falta de respeto a los padres de mi compañera y dueños de esa casa. Uff… me odiaba yo, tan rigurosa, tan educada, tan bien aprendida.

“Ah… ni te preocupes por el papá de Laura-me dijo una de las chicas y bajó la voz casi convirtiéndose en un siseo de víbora-es un chorro cualquiera. Un estafador. ¿Por qué pensás que tienen esta casa y esos autos? El tipo es ladrón, es político… vos sabés cómo son estas cosas. Es más, la semana pasada salió esta casa en el diario y lo re escarcharon… ¡pobre Lau!”.

Menudas amigas tienen. Veo cómo se quieren entre ustedes. Pero si ese era el juego, a jugar se ha dicho. No pensaba perder una partida más hasta el día de mi muerte. Y es una promesa aún difícil de olvidar. Si esas iban a ser mis amigas, entonces tendría que aprender a tejer telarañas y a sobrevivir en un nido de arañas pollito.

Nunca confíes en una reina sin súbditos

¡Qué decepción! Digo, darme por enterada finalmente de que la amistad no existe. Al menos no aquella amistad de “bandita” que yo deseaba, aquel apego caballeresco de todas para una y una para todas. No existía. Ni siquiera este grupo tan consolidado podía dejarme entrever una amistad sólida. No existía tal cosa. No había amistad. Entonces decidí que a partir de aquel momento no iba a confiar en nadie (es decir, si se reían de una compañera antigua, ¿por qué no se iban a reír de mí?).

Empecé a pensar en las teorías utilitarias y que quizás no estaban tan erradas.

Decidí que mis amistades mayoritariamente iban a ser por conveniencia. Que necesitaba rodearme de gente que me servía para tal o cuál empresa y que si alguien no me era útil directamente pasaba a ser un estorbo. Así, quien no me sirviera sería desechado. Suena bastante práctico, frío y calculador. Y es que así quería ser yo, después de tantos colegios y decepciones. Me jactaba de mis decisiones y a quién me preguntaba le contestaba que me juntaba con esta o con aquella solamente porque las necesitaba.

Pero era ficción, pura mentira. Soy la persona más apegada a los afectos que conozco. Necesito de amigas, de familia, de amores, de mascotas, necesito todo eso; a las personas que me recuerdan quién soy. Pero en aquella época esa era la imagen que quería mostrar de mí y siempre tuve la encantadora habilidad de hacerle creer a la gente que el cielo se está cayendo, aunque sea un día de sol reluciente.

En el año 1998 mis padres habían comprado un terreno en un barrio privado (o country) a veinte minutos de la ciudad. Yo no quería mudarme allá, porque quedaba cerca del Patris, es decir: campestre en todos los sentidos, pero llegó el momento cuando mi papá anunció que ya no viviríamos más donde siempre, porque había empezado a construir una casa en el barrio privado. Para eso, tuvimos que vender el hogar donde viví 14 años de mi vida y mudarnos a una

casa a media hora de ahí, más urbana, sí, y más cerca del colegio donde iba ahora y más cerca del centro y de los cines y de todas las cosas que siempre me habían quedado lejos.

Dicen que las mudanzas no son buenas para las personas en desarrollo mental y están en lo cierto, seguramente. Pero yo, que siempre fui diferente, gocé de la mudanza. El colegio me quedaba a diez cuadras (aunque jamás fui caminando, no señor), el centro a tres, peluquerías, gimnasios, cines, librerías,

¡todo cerca! Por primera vez en toda mi vida empecé a invitar amigas a comer, o a estudiar, o simplemente a tomar mate a casa (la nueva, que no quedaba en el pueblo). Así, de a poco, me alejé del grupete y empecé a conocer a otro grupo.

Pronto éramos cuatro inseparables compañeras: Agustina C., Agustina A., Hary y yo.

Era la época cuando mis compañeras del colegio empezaban a ir a bailar. No es sorpresivo que a mí no me interesasen esas cosas ¿verdad? Así que mientras mis compañeras iban a llenarse de olor a humo la ropa y el pelo, y a tomar cerveza hasta vomitar y hablar pavadas, yo prefería quedarme en casa leyendo o mirando TV o simplemente escribiendo poemas para Cocol. Patética. Pero así era, así soy y las estadísticas pronostican que así seré toda la vida.

Solíamos juntarnos siempre en una casa diferente. Lo que a mí más me gustaba era ir a lo de Agustina A., porque vivía justo en el centro, en una cuadra llena de negocios, de gente, de vida. A veces nos quedábamos a dormir ahí.

Aunque mis nuevas “amigas” me mantenían lo suficientemente ocupada como para pensar, todavía me sentía triste. Un sentimiento desgarrador, que me congelaba los intestinos y se transformaba en iceberg justo en el medio de mi garganta. Sentía ganas de llorar todo el tiempo. Y cuando digo “todo el tiempo”

debe entenderse literalmente. No podía ver una película, ni hablar de temas que supiera de antemano me iban a conmover, porque una vez que empezaba a llorar ya no había vuelta atrás.

Alguien me había hecho daño, o yo me había hecho daño. En aquel momento preferí dar por sobreentendido que era Cocol la causa de mis males y de mi profundísima necesidad de morir. Que simplemente me sentía triste por estar viviendo la historia de un adverso amor no correspondido, donde Julieta (yo) estaba a punto de caer envenenada por sus propias lágrimas.

“Mamá, quiero ir al psicólogo”-le dije.

“Ay, Cielo, dejate de pavadas. No necesitas ir al psicólogo”-me contestó.

Y sentí que me moría. Porque cuando tenés catorce años y sos caprichosa y consentida, si tu mamá no hace las cosas por vos entonces son imposibles de conseguir. Necesitaba, o creía que necesitaba, la autorización de mamá para ir al

psicólogo: de todas maneras, ella era quien pagaría las sesiones en tal caso, porque yo no había trabajado, ni ahorrado, ni salvado un centésimo.

Les expliqué a las dos Agustinas y a Hary lo mal que me sentía y ellas prometieron intentar ayudarme. Agustina A., siempre me escribía cartitas de apoyo: “vas a ver que vas a terminar con Cocol”, “seguramente van a ser novios” y demás demostraciones de aprobación hacia esa relación. Empecé a pensar que quizás Agus A. no estaba tan equivocada; que tanto amor tenía que desembocar en algún puerto y que el nombre de ese puerto empezaba con “C” y terminaba con “ocol”. Así, me instó a empezar a llamarlo por teléfono. Después de clases, me instalaba en un locutorio en frente de la casa de Agus A. y marcaba el teléfono de Cocol. A veces solamente preguntaba por él y después colgaba… pero después se me ocurrió algo más ingenioso.

Le pedía Agus A. que llamara a lo de Cocol y le sonsaque información: a dónde iba a bailar, si tenía novia, si tenía celular, si salía mucho, qué días se lo podía encontrar en el club de rugby, etc. Así, Agustina empezó a llamarlo, siempre en mi presencia y al finalizar la llamada me pasaba el parte: “no está saliendo mucho”, “está jugando los domingos a las 15hs”, bla, bla, bla. De esa manera, empecé a saber muchísimo más de Cocol y sus costumbres; ahora sabía de quién estaba enamorada, o al menos ahora tenía otros datos además de su nombre.

Mientras tanto Agustina C. estaba enamorada de Martín. Enamorada o le gustaba

o lo que sea. Empezamos a ir a un bar donde también se bailaba. Solíamos ir los viernes. Las chicas se ponían nerviosas cuando un chico les hablaba y es entendible: nunca en sus vidas habían tenido contacto con chicos. Yo estaba un poco más acostumbrada a lidiar con los varones, no porque hubiera tenido novio, sino porque había tenido toda la vida compañeros en los diferentes colegios.

Agustina C., Agustina A., Hary y yo estábamos una noche tomando algo en el bar y simulando bailar sin que nos importase nada, cuando de repente se acercó Martín. La cara de Agus C. se desfiguró de sorpresa a miedo y de miedo a desesperación, tanto que decidió correr al baño. Martín y Agustina A. se quedaron hablando. Y yo unos centímetros más lejos con Hary.

“No te gusta Agustina?”-preguntó su homónima

“No, me gusta Cielo”-contestó Martín.

“¿Cielo? Uh… no, no. Cielo es una puta, está en otra cosa, completamente”

replicó mi MEJOR AMIGA.

Cuando le pregunté a Agustina por qué había hecho eso, me dijo que por el bien

del grupo: que no quería que nos peleásemos por un chico (¡imbécil, ni siquiera servía

para inventar excusas!). Que si Martín no quería estar con Agustina entonces que no iba a estar con ninguna de las otras integrantes del grupo. Está muy bien, acepto la regla (ni que me gustara Martín ¡puaj!) pero ¿qué necesidad había de decir que yo era una puta y que estaba “en otra cosa”? (como si me estuviera drogando, o haciéndome piercings en el clítoris, o fumando hierba taiwanesa).

Ninguna necesidad. Simplemente Agustina A. era una pésima amiga y pésima persona (bueno, no por nada está hoy por hoy absolutamente sola y abandonada). ¿Quieren más? Les doy más.

A Agustina le perdoné lo de Martín. Con tal de conservar el único grupo de amigas que quería sinceramente, estaba dispuesta a soportar que una de ellas me llamara “puta” para defender los intereses de otra. Lo entendía; no me gustaba el método, pero lo entendía.

Otra noche, habíamos quedado en encontrarnos en la casa de Agustina C.

para maquillarnos, cambiarnos, peinarnos y salir juntas las cuatro. Cuando llegué se había formado una especie de reunión o subgrupo. Allí estaban sentadas las dos Agustinas y Hary, que me dijeron muy seriamente: Cielo, no queremos salir más con vos. Me llevé una ingrata sorpresa y aún no entendía:

¿Qué pasó?

“Que ya no queremos salir con vos. Sentimos que vos sos la estrella –no me voy a olvidar nunca más de eso, la estrella-y que nosotras vamos atrás como si fuéramos tus esclavas. Todo el mundo te mira a vos y nosotras parecemos tus súbditas”. Ahora sí: necesitaba urgentemente un psicólogo o una sierra eléctrica para azotarme hasta la muerte, o mejor: azotarlas a ellas.

Dejamos de salir juntas. Y poco tiempo después recibí una grata noticia que me alegró el corazón: Agustina A. estaba saliendo con Cocol. Por favor, depositen la sierra eléctrica en mi cuello. Muchas gracias.