Abzurdah

Cielo Latini · Capítulo 18 de 23

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Abzurdah

Paréntesis

Vuelvo a escribir después de algunos días de abandono. A veces los recuerdos surgen tan fuertes, tan prepotentes que tengo que calmarme y pensar (darme cuenta) que ya todo pasó, que no soy más aquello de lo que escribo. Me extraña y atemoriza saber que quizás sí soy aquello, una versión desmejorada de lo que fui. Desmejorada, pienso yo; mejoradísima pensarán otros. Yo no lo sé, simplemente quise escribir y vinieron a tocarme puerta decenas de fantasmas olvidados, de haches colgadas de mis músculos, cientos de ecos rellenándome los huesos. No quiero que me invadan y sin embargo los busco compulsivamente: los busco para terminar este libro, porque quiero cerrar un capítulo (por fin cerrar algo) en mi vida.

Quiero dejar de ser la mujer que tuvo un pasado oscuro, quiero ser la del futuro prometedor, la que sonría sin tener que esforzarse, que no está bien porque toma antidepresivos. Necesito saber, necesito tener garantías de que en algún momento voy a ser feliz con continuidad; que mis desvariaciones van a acabar en algún momento, en algún futuro cercano. Quiero dejar de ser inconstante y absurda y quiero por fin poder tomar una decisión que dure más de cinco minutos. Quiero ser fuerte. Quiero tantas cosas… y aquello es un signo de fortaleza, de crecimiento. Antes no quería nada, no quería, no. era la negación en persona, era la nada misma: nada de comida, nada de deseos, nada de nada. Solo la acuciante necesidad de dejar de existir, de ser nada.

Cuando volvemos al pasado, cuando sobrevolamos las penas es importante tener una referencia de realidad. A mí, esa referencia no me está funcionando, a ratos la pierdo y me pierdo. En mi caso, no estoy sobrevolando las penas: estoy penetrándolas con fuerza (o ellas a mí, en todo caso), inspeccionando cada una de ellas, revisando los ecos archivados, recordándolos, escuchándolos una vez más. Cada eco desintegra algo

de mi entereza, de aquella que supe construir estos años; cada línea de este texto, que pretendía fortalecerme, está haciendo más y más vulnerable a las haches, a los ataques desprevenidos del pasado.

Muchas veces tengo miedo de hundirme en una dimensión desconocida, aquella entre lo absurdo y lo real, entre mi libro y mi vida. Es un tema que me ocupó varias sesiones con mi psicólogo. Suelo perderme, suelo no tener referencias. No sé si soy Abzurdah o Cielo, no sé qué me pasa, qué día es ni dónde estoy. El proceso de escritura nos aísla: debemos concentrarnos y

“vivir” en un mundo diferente del resto. Entramos en contacto, en mi caso, con personajes del pasado, con vivencias, recuerdos, archivos en la mente y nos olvidamos de qué día es o sobre qué estamos escribiendo. Eso me sucede: a veces pienso, cuando cierro sesión en mi computadora, que estoy en el año 2004 y que estoy pelada, sin cejas y una gota de sangre se desliza desde mi frente hasta mis labios. Me miro en el espejo: esa no soy yo hoy.

Si no tuviera espejos o si viviera sola me demoraría quizás días hasta encontrar una referencia de realidad que me indique en qué día estoy, qué hora es, dónde estoy o quién soy.

No quiero estar sola mientras termino este texto, tengo mucho miedo de perderme y no saber cuál de mis versiones soy. Estas noches suelo ir al cine demasiado a menudo y excesivamente sola. No porque no disfrute de la compañía sino porque no encuentro con quién compartir lo que me pasa.

¿Cómo puedo explicarle a alguien que dejo de escribir y no me acuerdo de quién soy? Nadie en mi círculo social puede entenderlo, es decir, nadie puede entender acabadamente el sentido de no saber quién soy. Pueden darse una idea y decirme: “ya vas a estar bien” pero no es eso lo que necesito. Néstor me entiende. Él se ofreció a ser mi referencia. “Cuando estés triste, sola

o simplemente necesites una voz podes llamarme”. Espero no tener que molestarte-le contesté. No por molestarlo sino porque no quiero tener que

hacerlo pues eso significaría que me perdí. No quiero perderme, por nada del mundo quiero volver a ser aquello que fui. No quiero tampoco renegar ni arrepentirme, simplemente ahora estoy (¿estoy?) en otra etapa de mi vida, donde tampoco tengo fuertes referentes ni pilares que me sostengan pero al menos soy un acróbata con lazos algo más fuertes y estables.

Me llena de impotencia y dolor escuchar frases que se repiten. Que algunas de las cosas que me llenan de ilusiones sean las mismas que me desalientan. Que una persona pueda seguirme causando rechazo y amor al mismo tiempo. Que pueda seguir amando y odiando con similar intensidad a la misma persona. Escuchar en boca de otro hombre las frases que Alejandro me decía me llena de miedos, de inseguridades ¿Soy yo? ¿Son ellos? ¿Qué está pasando? Entonces no entiendo si él es Alejandro o si son personas diferentes. Si es otra persona o si sigue siendo él vestido de hombre nuevo, con promesas de un probable amor duradero y las mismas mentiras que escucho desde que tengo quince años. ¿Quién sos? ¿A cuál de mis mundos perteneces? ¿De dónde saliste?

“Usá la tristeza que sentis, dale un sentido. Dale un porqué, hacela tuya.

Ahora que te sentís así, ponete a escribir”-me dice uno. “Vamos, bonita, no estés mal. ¿Por qué no escribis algo? Me gusta cómo lo haces”-me decía otro. “No quiero estar con una mujer que tiene cultura anoréxica”

escuchaba lejos en el año 2003. “No quiero estar con una enferma”-escuché siete días atrás. No quiero volverme loca, no quiero pensar que estoy proyectando, no quiero. Sé que las cosas que escucho son reales, ojalá pudiera grabar algunas de mis conversaciones con él, o con ellos. No sé quién es o si son la misma persona, no lo sé.

¿Cómo puedo no confundirme? Y al mismo tiempo estoy tan sola… tan rodeada de gente, de lugares comunes, de frases célebres y palmadas en el hombro que no me ayudan en nada. Tan sola me siento. Escribo en un rincón de mi casa, sola, durante horas. No quiero escuchar voces y sin embargo necesito escuchar pasos: eso me conscientiza (no estoy en Caballito, no vivo sola). La semana pasada fui al cine incansablemente: lunes, martes, miércoles. Y estoy sola. Busco referencias llamando por teléfono, porque cuando es lunes y es martes y es miércoles y caminas sola por las calles esperando que el reloj de más vueltitas, esperando que abra la sala (para sentarte sola y ver una película sola y salir sola y manejar sola hasta tu casa para dormir sola) necesitas referencias. Necesito saber que

estoy viva, que si me muero alguien se va a preocupar, que alguien me espera en casa o que al menos alguien sabe dónde estoy.

Entonces lo llamo una vez y no contesta. Mil pensamientos cruzan mi mente, decido no hacerles caso. Llamo de nuevo con el mismo resultado:

“usted se ha comunicado con…”. No, no me comuniqué con nadie. Son más de las once de la noche y estoy sentada en el banco de una acera esperando que abra la sala cuatro del cine San Martín. La tercera llamado tiene un diferente destinatario. Me atendés, hablas conmigo, me das un marco de referencia, corto. Respiro, estoy viva.

Ojalá él entendiese lo que significa Abzurdah para mí, ojalá supiese algo de lo que me pasa. No puede entenderlo. Muchas personas necesitan leerlo o verlo en fotos: no quiero que leas ni veas mi dolor en una foto ni un libro, quiero me sientas, que me toques, que sepas que estoy viva y que me duele y que te necesito.

Abzurdah me obliga a caminar al borde del abismo, un abismo infinitamente profundo. Estoy dispuesta a mirar lo que yace en el fondo o en el camino hacia el fondo del abismo, pero necesito una mano que me sostenga solo por si me resbalo. Quiero que lo entiendas, o quizás sea menos prepotente: me gustaría que lo entendieses.

Pero estoy sola, no hay manos que me sostengan. Aquellas que sé se ofrecerían sin dudarlo no son tan fuertes como para sostenerme sin caerse conmigo y no quiero que nadie lo haga. Si voy a hundirme lo haré sola, nadie merece hacerse cargo de lo que me pasa o de los recuerdos que me invaden. Debo ser fuerte, afrontar lo que me toque, ser artífice de mi destino e intentar por lo menos que quienes sufrieron conmigo no vuelvan a saber de mi dolor.

Pastillita de la felicidad (te dormiremos) De a poco recuperé la consciencia. No tengo fechas exactas, como dije anteriormente, aquel período de mi vida es más una mancha que verdaderas vivencias. Algo era verdadero: el dolor y el sentimiento de fracaso. Estaba viva, nunca iba a perdonarme estar viva. ¿Qué era? Un monstruo, un ser asexuado, un asco. Eso era: la peor versión de mí y sin embargo, no me arrepentía por lo que había hecho. Es lógico, si se piensa dos veces. Una persona que decide acabar con su vida no toma decisiones a la ligera, entonces ¿cómo podría arrepentirme de tamaña decisión? No solo no me

arrepentí sino que tenía fuertes charlas con Néstor donde le decía que iba a morirme pronto. “No sé por qué estoy acá todavía, no entiendo qué pasó y no voy a preguntar, pero no me queda demasiado tiempo de vida. Yo ya estoy muerta”.

Aquella era una de las frases que más se escuchaba de mi boca cuando entraba en conversación: yo ya estoy muerta. Eso sentía: la muerte en cada célula de mi cuerpo y es que me parecía bastante a la muerte. Los huesos se me salían por todos lados y no tenía pelos, era un ser inevitablemente desagradable y sin embargo no me interesaba. Yo me sentía hermosa, no iba a pararme un error, cualquiera que hubiera sido. Iba a morirme, pronto y hermosa. Tenía por seguro que esa etapa en mi vida, la de resucitación no iba a durar más que unas semanas o como mucho un mes. No podía soportar esa clase de vida: encerrada, viendo médicos y caras lúgubres. Eso no era vida.

A menudo lloraba y les pedía a mis padres que me dejasen visitar a alguna amiga. Cinco minutos después estaba dormida fundida en mi llanto: solía quedarme

dormida en todos lados. Después del efecto “estoy muerta” llegó el “te dormiremos”.

Sabrina, la psiquiatra que me atendía, decidió medicarme hasta que muriera (o al menos eso sentía en ese momento). Tomaba altísimas dosis de antidepresivos y ansiolíticos. “La pastilla de la felicidad” y “la pastilla de dormir”, así las llamaba respectivamente. Nunca dejé de tomarme las cosas con cierta ironía, aún internada era capaz de hacer reír a quienes me rodeaban. “Mamá, siento que me quiero morir ¿me das una pastilla de la felicidad?”. Obviamente ni Mamá ni ninguno se reía, pero para mí era melodramático ver cómo todos hacían sus mejores esfuerzos para que sobreviviese mientras yo tenía muy en claro que no iba a estar más en esta tierra. Sabía y me había convencido de que no iba a existir mucho tiempo más. Hace algunos días encontré una grabación que dura treinta segundos.

Soy yo, internada, llorando y susurrando lastimosamente algunas pocas palabras. Dejé pistas por toda la casa, pistas que gritaban “no estoy bien”,

“no me están ayudando” y “pronto no voy a estar”. La grabación es siniestra y de ella se entienden estas pocas frases: “Me quiero morir. No quiero estar más acá. Me quiero ir. Si ya me mataron a mí, ya no estoy más.

Ya me fui”.

Mientras yo me desangraba y abandonaba a los mortales Alejandro no sabía lo que había pasado. Pocos minutos después de la charla de Miranda Glida (lo siento, sigue pareciéndome patético y lo recuerdo con dolor pero me causan algo de gracia y pena mis genialidades a minutos de haber estado muerta) habló con mi tía Roberta. “Sería conveniente, sería oportuno que vinieras a visitar a Cielo”. Alejandro accedió: “¿puedo ir hoy? Estoy muy preocupado”. Sí, claro.

Llegó a mi casa esa misma tarde. Yo estaba todavía bajo los efectos de los estupefacientes así que no registré aquella visita. Mis familiares me contaron que llegó y habló con mis padres y con mi tía. Más tarde supe algunos otros detalles que no vienen ahora al caso. Entró en casa y me saludó. No me dio un beso, eso es lo único que recuerdo porque me hizo sentir horrible, despreciable, un ser humano que había decidido morir siendo la criatura más espantosa e indigna del universo. No era más la reina, ahora era un ente asexuado. No sé de qué hablamos aquella tarde, solo sé que estuvo cinco minutos y se fue. Quizás me quedé dormida, no lo sé. No quiero preguntar a quienes me rodean, ya bastante sufrieron como para estar recordándoselo. Alejandro se fue así como llegó, de improviso y por mucho tiempo más no volví a saber de él. Se desentendió del asunto, como hacen todos los hombres con los que alguna vez estuve. No asumió la culpa que le tocaba, no entendió que había sido partícipe de ese sacrificio… porque fue eso: un sacrificio.

Alejandro era mi Dios, la persona a quien yo idolatraba. Ya alguna vez hace muchísimos años le escribí una carta diciéndole que él era para mí lo que Dios para los católicos, era una postración continua y eventualmente mortal. Sin embargo, quiso no tener nada que ver con el asunto y desapareció, como suelen hacer los hombres cuando estoy mal: desaparecen. No encontré todavía a alguien con la entereza siquiera para encargarse de la pequeña parte de la torta que le toca. Nadie quiere hacerse cargo de lo que hace nacer en los otros, de lo que engendra y menos si aquello es autodestrucción y varios intentos de suicidio.

Mayo 2004

Esto es una especie de carta de protesta para todo el mundo. Digamos que es una carta abierta a la comunidad que está TAN DOLIDA por el atentado TERRIBLE que intenté cometer.

¿Por qué no se ocupan de Irak y de Bin Laden? ¿Qué tengo de especial?

Por favor, déjenme sola. No me dan respiros. Estoy todo el tiempo tan agobiada que no puedo pensar. Aprovecho hoy, que mi familia está distraída abajo, para escribir esto que tengo atragantando hace días, meses, años.

Me voy a morir, como todos. Pero antes quiero escribir mi manifiesto pro-suicidio. Porque a algunas personas a veces se nos ocurre pensar diferente. Y ahí vienen todos los estúpidos personajes-cubo (léase: con cabezas cuadradas) tratando de encarcelarlo a uno o de meterlo en una clínica psiquiátrica. ¿Por pensar diferente? ¡Por Dios! Me hubiera gustado ser una ignorante, un personaje-cubo, o un mono, que es prácticamente lo mismo. Incluso los monos a veces logran ser más hábiles que las personas.

¡Por Dios! No deja de sorprenderme que la gente use un porcentaje tan bajo de su cerebro. Y si alguien viene con una idea nueva, ¿por qué no se lo escucha? ¡Ah! ¡Porque no! ¡Porque hay que tildarlo de loco en seguida! Por favor, nadie que revolucione, nadie que traiga ideas nuevas, por favor, nadie que complique esta estúpida tranquilidad artificial. Este pensamiento tan chato que tiene la gente, que por favor se quede así. Porque es más fácil controlar a los seres no-pensantes que a personas que piensan. Eso se sabe desde el tiempo de ñaupa. Y yo, que pienso, que tengo ideas nuevas o

“revolucionarias” (que estúpido), soy tildada de loca. Y la gente da ejemplos estúpidos, idiotas y yo me guardo mi discurso en el bolsillo, porque nadie es merecedor de escuchar mi discurso. Nadie tiene el intelecto necesario, ni la capacidad de adaptación necesaria para escucharlo. Menos para comprenderlo. Dios mío. Por eso quiero dejar esto escrito, porque pienso que en el futuro (dios quiera) las especies van a evolucionar y van a tomar mis conceptos como normales. Porque ahora es una cosa horrible, pero espero que la ideología pro-suicidio crezca. Voy a intentar escribir sobre esto durante mis últimos días de vida.

***Inconcluso***

Nunca seguí con mi manifiesto pro-suicidio, aunque la idea no era tan descabellada. Muchas personas después del suceso me preguntaron qué siente un suicida antes de intentar morirse. No creo en las respuestas universales porque solo sé lo que me sucedió a mí y algunas otras personas con quienes me contacté. Todos coincidimos en algo: no podemos seguir viviendo. No quiero decir que queremos dejar de vivir, la sensación es de no poder hacerlo aunque quisiéramos. El mundo se nos vuelve las cuatro

paredes donde estamos encerrados y todo lo que esta fuera de esas paredes es enemigo: familiares, amigos, compañeros, amantes, todo nos daña, nos empuja centímetros más hacia la muerte. Odio irracional hacia uno mismo, soledad intensa y mortal desasosiego. En mi caso, sentía que debía quedarme por mis padres pero no podía hacerlo, el aire no me alcanzaba, todas las puertas estaban cerradas y lo único que podía hacer era pararme frente a una pared y contemplar su blancura: no hay futuro, hay solo una pared que con el tiempo se enmohecerá. Yo no tenía tiempo para esperar a que se enmoheciera, prefería morirme con la pared blanca como estaba.

¡Esa era la sensación! No quería esperar a oxidarme para morirme, quería desaparecer así: lánguida, neutra, lacrimógena. No podía esperar a ver la peor versión de mí, ni quería que terceros tuvieran que sufrir viéndome.

En aquellos tiempos suicidio era sinónimo de salvación y de única salida. No creía positivamente que alguien pudiese alguna vez ayudarme a salir del lugar donde estaba varada. Quiero que se entienda: cuando estás por morirte pensas que nadie puede ayudarte, aunque miles de médicos y especialistas prologuen que sí. No crees es nadie, ni en vos mismo. Solo te queda aquella pared o mirar para atrás. Son el pasado y vos, juntos para siempre (y siempre es muy poco tiempo). Entonces lo único que queda por hacer es concederte la muerte, darte un gusto: aliviar el dolor que es insoportable, que

jamás termina, que es imposible de extirpar.

Se siente un dolor tan fuerte e infinito que no se va a superar, no hay otra salida. Entonces tomas coraje y redactas cartas y te eliminas, sabiendo que mucha gente va a sufrir pero lo van a hacer porque no saben que para vos tu muerte es la gloria. Por esos tiempos me la imaginaba como una mujer esquelética que me libraba de las cadenas, como un genio liberado podría volar hacia ningún lado ya libre de mi dolor. El suicidio era algo que festejar, eso creía. Entiendo todavía que quien decide matarse lo hace porque sabe que no hay otra salida (y escribí “sabe”, no “piensa”).

Auténticamente entiende que es lo único que le queda por hacer en pos de alejar la decadencia inminente. No podía explicarles esto a quienes me rodeaban, no iban a entenderlo jamás. Pero no es una idea demasiado errada, sostengo algunas de las cosas que pensaba hace un año y medio. Si me hubiera muerto me hubiera perdido algunas cosas que sucedieron a

partir de allí, pero también hubiera solucionado muchísimas otras que aún creo no tienen salida.

Haberme despertado después de saberme muerta fue otro de los motivos para querer seguir muriendo. Muchas personas habrán pensado que con los días me arrepentiría de aquello tan terrible que había intentado hacer.

Estaban equivocados, no me arrepentí. Nunca me arrepentí. Aquello me enseñó tantas cosas de la vida, tantas de la muerte y me hizo pensar en consecuencias y razones, me llevó hasta lo más recóndito de mi ser para buscar respuestas. Algunas de estas todavía no existen, otras están acumuladas en mi cabeza. Si pudiera volver el tiempo atrás me quitaría la vida nuevamente, de otra manera no hubiera podido seguir viviendo.

Contradictorio, absurdo.

Cuando comencé a tomar pastillas para la “felicidad” y para “dormir” lo poco que me quedaba de vida seguía semejándose a un tornado americano.

Todo mi mundo estaba devastado y la gente a mi alrededor se achacaba culpas entre sí. Nadie tenía la culpa, solo mi pasado y yo en consecuencia.

¿Culpa? ¿Se puede hablar de culpa? Hay causantes, sí y hay personas que incidieron pero… ¿culpables? En aquel momento creía que sí y una sola palabra aparecía en cabeza intermitentemente: Alejandro. Él me había hecho lo que era; él fue mi mentor. ¿Cómo hubiera sido la vida si no lo hubiera conocido?

Estaba viva y me dolía estarlo. Me condenaban los recuerdos. No desaparecían, no querían desaparecer, no iban a hacerlo. Hacía silencio, no quería que me escuchasen llorar. Estaba viva y no lloraba de felicidad. Los primeros días de internación pasaron sin dejar demasiadas huellas: estaba demasiado muerta como para entender lo que me estaba pasando, pero las cosas tomaron otro rumbo cuando los días se convirtieron en semanas. Todo lo que pensaba era cómo morirme de nuevo, cómo intentar eliminarme y sin embargo que esta vez saliese bien. Pasaba horas planeando mi suicidio que no tardaría en acontecer. Al mismo tiempo me penetraba el más profundo de los dolores: la envidia por no estar muerta. Miraba el noticiero y me sulfuraba saber que mucha gente moría sin quererlo diariamente. Yo que quería no lo había logrado. Los envidiaba extremadamente.

Durante el día lloraba débilmente a escondidas y cuando salía de mi habitación miraba películas. Esa fue mi internación: mandar a Papá a que me alquilase dos o tres películas cada día. Me convertí en una loca del cine;

vi durante esos meses más películas que las que había visto en diecinueve años. Mamá me acompañó en cada una de ellas, a veces dormida y muchas veces llorando silenciosamente. Yo sabía que lloraba pero prefería no emitir sonido. Elegía las películas más escabrosas donde siempre había suicidios.

A decir verdad, me hice experta en el tema. Quería saber cómo, cuándo y dónde (me) daría el último golpe. A Néstor también le gustan muchísimo las películas así que me recomendó directoras y géneros que no conocía.

Así, conocí el DOGMA del cual me fanaticé. Eran días complicados, demasiado salvajes como para recordarlos en detalle. Varias veces me tomaba por improviso un ataque de angustia que derivaron en ataques de pánico. Angustia desconmensurada partiéndome al medio, dejándome sin aliento, llenándome de un miedo intenso que no iba parar. Pronto sentía mis piernas, manos y nariz dormidas, inutilizadas. El miedo, el pavoroso temor me acalambraba y la hiperventilación me recordaba al mareo que sentí en Caballito cuando quise quitarme la vida. Aquellas noches la dosis de medicamentos eran bastante más copiosas.

Por lo demás, seguía preocupada por el documental e intenté contactarme con mis compañeras de la UCA. Una psicopedagoga del demonio les prohibió llevarlo a cabo, aún sin mí en él. “La anorexia casi le causa una muerte a una alumna, no vamos a hacer el documental”. Muy bien, reflexionemos: sos psicopedagoga. ¿Dónde te recibiste? ¿En Mauritania? Por favor, iletrada, imbécil, pedazo de escoria ¿cómo vas a quitarle a alguien lo único que la mantiene con el sentimiento de vitalidad?

¿Cómo podés? Sigamos analizando, saco lleno de desperdicios: estás en una universidad de Periodismo, lo que hiciste fue censura. ¿Cómo se puede censurar así? ¿Cómo se puede tener tan poco tacto? ¿Psicopedagoga? ¡Qué bárbaro!. Hay cosas que nunca voy a entender. Pensemos, por favor, no era un documental “pro-anorexia”, no apoyaba el estilo de vida. Las páginas pro anorexia no van a desaparecer porque dejemos de hacer un documental, ni yo voy a volver al pasado y a ser feliz. No tenía pies ni cabeza, no entendí jamás aquella decisión. De todas maneras, no podía ir a la universidad porque estaba internada, pero la universidad sí se encargó de molestar en casa.

Llamaban sin cansancio, una señora Richitoli y miles de veces le pedí que dejase de llamar, que no iba a hablar con mis padres porque suficiente habían tenido y tenían con lo que estaba pasando. “No vas a hablar con mis

viejos, entendelo. Nunca te vas a comunicar con ellos. Y dejá de llamar porque te voy a hacer un hueco del tamaño de un caballo”. No molesten a mis padres ¿cómo se puede ser tan insensible? “La facultad me importa tres pitos, entendelo. No soy más alumna, no tengo nada que ver con ese intento de universidad que es un fracaso. Cordialmente te pido que dejes de llamar y no quiero insultarte así que espero que esta sea la última vez que tenga que oír tu desagradable voz”.

Horas más tarde, vi que mis padres salían de casa. Se apoderó de mí una impotencia superior a cualquier cosa que hubiera sentido desde mi

“muerte”. Me dijeron que iban a la UCA, que alguien quería hablar con ellos. Hice un escándalo que terminó con una ambulancia en casa dándome sedantes… pero lo conseguí, nunca fueron al intento de universidad en Puerto Madero. Son algo poco serio.

Aquellos ataques de indignación e impotencia me hicieron caer en algo aún más terrible. Estaba encerrada y no podía hacer otra cosa que leer o mirar películas. Tenía que expresar mi indignación y mi odio hacia mi misma (no como persona sino por estar simplemente viva) y encontré un método muy eficaz pero un tanto dañino. Claro que después de la muerte nada te parece demasiado dañino y ninguna cosa puede ser peor que eso.

Necesitaba sacar de adentro todo lo malo que me inundaba, que no me dejaba respirar y literalmente me estaba matando. Encontré la manera: no la mejor pero sí la más eficaz, cortándome. Al principio utilizaba cualquier cosa filosa que encontrase (y, en serio, era difícil que mis padres dejaran cosas filosas cerca de mí) pero más tarde me hice especialista en filos y navajas. Después de una crisis de llanto o en el medio de ella, cuando sentía que no iba a parar, me llevaba un cuchillo al baño o a la cama y me cortaba primero despacio hasta que me acostumbraba al dolor y después lascivamente hasta que la sangre fluía libremente sin nada que la parase.

Obviamente no lo hacía para quitarme la vida, solo quería deshacerme del sentimiento que me agobiaba en el momento: aquello podía ser angustia, tristeza, melancolía, odio desmedido por Alejandro o por mí, o por estar respirando. Una vez que veía caer la sangre, una vez que lo sentía, respiraba profundo, aliviada, y me ataba los brazos con papel higiénico que pronto mutaba en color carmín.

Empezaba a hacer frío en aquella época (y más cuando sos anoréxica y no tenés pelos que te cubran siquiera la cabeza) así que usaba siempre

camisas o remeras de mangas largas. Mi plan era perfecto, nadie iba a darse cuenta. Me calmaba, me hacía sentir de nuevo persona y no tanto esqueleto o zombie vuelto de la muerte para quedarse a mitad de camino. Sin querer estaba dañándome otra vez, casi sin pensarlo. Lo que me ayudaba me destruía, una vez más.