Ægypto

John Crowley · Capítulo 13 de 30

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Ægypto

Dos

—Perdón. Perdón. Perdón —dijo Allan Butterman irrumpiendo en la oficina en que habían instalado a Rosie—. Hace horas que espera, ¿no? Lo lamento muchísimo, de veras. —Se sacó de la manga un brazalete negro y se frotó la cara con un pañuelo grande y fino. El formal traje negro y la corbata a juego, que le otorgaban un aire chic, realzaban sus facciones vagamente francesas (nariz aguileña, ojos negros, pelo lustroso, tez blanca y tersa), sus mejillas rotundas sostenidas por el cuello alto y almidonado.

—Oh, Dios —dijo. Suspiró ostensiblemente y guardó el pañuelo en el bolsillo.

—¿Era alguien que usted conocía bien? —preguntó Rosie, con cautela.

—Oh no —respondió Allan—. No. Sólo un viejo, viejísimo cliente. Viejo como Matusalén. Un muy, muy antiguo cliente del bufete. Oh os, en realidad muy lamentable. —Se mordió el nudillo del dedo índice, la mirada perdida en el río y la mañana; suspiró de nuevo.

—Bueno —dijo, ya más sereno—. Ante todo ¿cómo está usted? ¿Quiere tomar un café? Yo soy Allan Butterman. Allan Butterman hijo, no estoy seguro de que su tío haya comprendido que soy yo quien ha estado respondiendo sus cartas y todo lo demás últimamente, mi padre falleció hace dos años.

Miró a Rosie, sonriendo débilmente.

—¿Le explicó algo Boney?

—Más bien lo insinuó. Un divorcio o por lo menos una separación.

—Así es.

Allan resopló, meneó la cabeza, clavó la vista en la tapa de su escritorio. Parecía estar anticipando una terrible calamidad y Rosie casi no se atrevía a entrar en los detalles por temor a entregarlo desamparado a sus consecuencias.

—Ya estoy separada. Quiero decir que me he ido.

Él meneó la cabeza con lentitud, mientras la observaba con las arrugas de la frente dolorosamente contraídas.

—¿Hijos? —preguntó.

—Uno. Una niña de tres años.

—Oh, caramba.

—Es una situación que estaba latente desde hacía mucho tiempo —dijo Rosie, para tranquilizarlo.

—¿Sí? —preguntó Allan—. ¿Y cuándo lo decidieron?

—Bueno —dijo Rosie—. Él no decidió nada, en realidad. Ha sido cosa mía.

—¿No está de acuerdo?

—No exactamente. No todavía.

—¿Cuándo le dijo usted que tenía la intención de iniciar este trámite?

—Bueno, anteayer.

Allan giró en su silla, juntó las puntas de los dedos y contempló nuevamente la mañana, pero como si ya no pudiera procurarle placer alguno. Se rió, una risa breve, amarga.

—Bueno —dijo—, le diré una cosa: en verdad no me ocupo de divorcios con frecuencia. El señor Rasmussen dijo que usted tenía un problema y yo le dije, desde luego, que viniera a verme. Que veríamos qué se puede hacer; pero lo cierto es que otros colegas podrían ayudarla mejor que yo.

»Muy bien. Dicho esto, y aún en el caso de que yo fuera a ocuparme de su asunto, ahora mismo le pediría que lo pensara seriamente y viera si lo ha meditado bien. Casarse es fácil y barato. Y descasarse es complicado y caro. No creo que usted y… y… —Mike.

—… Mike, que usted y Mike tengan una especie de contrato matrimonial o acuerdo prenupcial a este respecto.

—No. —Ella había leído que alguna gente hacía esas cosas; le había parecido una de tantas ideas grotescas que sólo se les ocurren a otras personas, como casarse en un avión en vuelo o comprar una parcela común en el cementerio. Ahora lo reconsideraba. Una cláusula de escape: los dedos secretamente cruzados. Me desdigo de todo lo dicho—. No.

—Bien —dijo Allan—. Déjeme que le explique una cosa. Hasta no hace mucho, incluso cuando yo mismo empecé a ejercer la profesión, para que dos personas obtuvieran un divorcio, era necesario que una de ellas hubiera infligido a la otra un daño positivamente grave. Adulterio. Ebriedad consuetudinaria. Drogadicción. Crueldad mental, cosas con las que no se jugaba en ese entonces, y debían poder probarse de manera fehaciente. ¿Está claro? Eso significaba que si dos personas no querían seguir juntas, sin tener ningún motivo en especial, tenían entonces que ponerse de acuerdo para que uno de los dos mintiera en el juzgado acerca del motivo, y el otro no recusara la mentira. Y si el juez sospechaba que existía una tramoya de ese tipo, el divorcio no se concedía. Era un asunto muy pero que muy desagradable. Maridos, esposas, abogados, todos mintiendo entre dientes.

»Bien, hoy en día, y en realidad desde hace muy poco, tenemos lo que se llama el “divorcio sin culpa”. La Ley ha comprendido, al fin, que en la mayor parte de los divorcios no hay ningún culpable, y no hay razón para que actúen como adversarios. De modo que ahora, en estas circunstancias, se puede obtener un divorcio sólo por “irreparable ruptura del vínculo matrimonial” e “incompatibilidad de caracteres”, o sea i e i, como se lo llama. Irreparabilidad, incompatibilidad.

Ante las grandes palabras, Rosie intentó explicarse.

—Bueno —dijo—. En realidad no es culpa de nadie. De nadie.

Allan había tomado un largo lápiz amarillo y ahora lo sostenía balanceándolo entre los dedos como el palillo de un tambor, golpeando el escritorio con la punta de goma.

—¿De veras? —dijo—. ¿Sabe lo que a mí me parece, Rosie? A mi me parece que tal vez usted no ha hecho todo lo posible para arreglar esta situación con, con…

—Mike.

—Tengo la impresión de que usted se precipita un poco, y espero que no le moleste lo que le digo. Tal vez una terapia…

—Mike es psicoterapeuta.

—Oh, caramba. En casa de herrero…

—¿Cómo?

—Lo que quiero decir —prosiguió Allan— es que creo que usted debería esperar. Creo que debería intentar otras soluciones, distintas del divorcio, quiero decir. Tomarse unas vacaciones. Descansar. Tomar distancia por algunas semanas. Ver cómo son las cosas entonces. —Su tamborileo se alteró—. Para decirle la pura verdad, Rosie, yo, personalmente, no estaría dispuesto a iniciar una acción jurídica en su nombre a esta altura de las circunstancias.

Fuera cuál fuera la forma en que Rosie lo miró, fuera lo que fuera lo que su rostro expresaba, provocó en él un ademán defensivo con su lápiz, como si dibujase, y dijo:

—Bueno, espere un momento, un momento, lo que digo es esto: yo salgo de vacaciones por dos o tres semanas a partir de mañana. Me hubiera marchado hoy de no haber sido por… Oh bueno, como sea: hagamos, usted y yo, una cita para reunirnos exactamente dentro de tres semanas. Yver. Yver qué ha pasado en ese lapso.

»Nunca se sabe —concluyó.

Un decaimiento extraño se había apoderado de Rosie; no podía ser que ella se hubiese impuesto esta consulta para que todo se redujera a nada, una mera exhortación a tener paciencia: no podía ser. Cruzó los brazos, sintiéndose agresiva.

Allan soltó su lápiz.

—No me interprete mal —dijo—. No estoy diciendo que sus problemas sean triviales, ni nada por el estilo; ni que dentro de tres semanas usted podría no querer proseguir con este trámite. Pero la cosa es que en el divorcio sin culpa del que hemos hablado, aun cuando usted decidiera que es su única salida, en este divorcio sin culpa, digo, se requiere que las dos partes estén de acuerdo. Usted sola no puede conseguirlo.

—¿No?

—No. En un divorcio sin culpa ustedes van al juzgado y declaran: estamos de acuerdo en que nuestro matrimonio ha fracasado. Si uno de los dos no está de acuerdo, bueno…

—¿Bueno qué?

—Bueno, tendrá que retroceder al viejo método. Tendrá que entablar juicio de divorcio. Y tendrá que tener motivos.

—Uh uh —dijo Rosie.

—Una razón —dijo Allan—. Usted tendrá que tener una razón para obtener el divorcio; una buena razón. —Expuesta a la mirada sombría y doliente de Allan, Rosie bajó los ojos—. ¿Cree usted tener motivos?

Rosie asintió.

—¿Qué motivos? —preguntó Allan.

—Adulterio —dijo ella.

Earl Sacrobosco estaba realmente encantado (eran sus palabras) con la capitulación de Pierce, que llegaba justo a tiempo para el comienzo del semestre. En realidad, él nunca lo había puesto en duda, dijo. En ningún momento había dejado de incluir a Pierce en sus planes para el año lectivo; se restregaba las manos y sonreía como si él en persona hubiese traído a Pierce, de vuelta y con vida, a la dura silla delante de su escritorio.

El arreglo que le ofrecieran a Pierce en la primavera había sido un tanto endulzado por un exiguo aumento, pero para Pierce era sacarina, la paga extra volvería casi íntegramente a las arcas de Barnabas, ya que la renovación de sus préstamos lo había recargado con una más elevada tasa de interés. Y había además una penalización adicional por su desplante y arrogancia de la primavera: una explicación —a Earl no le molestaría que fuese prolongada— acerca de las razones por las que Pierce había cambiado de parecer.

Bueno, había llegado a comprender (dijo) que había desechado con demasiada precipitación un puesto en una universidad en la que había invertido muchos años fructíferos; había tenido tiempo de recapacitar (humilde preso en presencia del consejo que pagaría su fianza); y con una visión más madura de las cosas perciba que, aunque el camino acaso fuera largo y el viaje no podía apresurarse, Barnabas merecía el compromiso de Pierce. Todo esto dicho tan sucintamente como fuera compatible con un sincero arrepentimiento, mientras a Pierce se le caía el corazón hecho cenizas. Él no necesitaba decir cuáles eran sus verdaderas razones para volver, Earl sabía, y lo revelaba a las claras, que Pierce no tema sencillamente ningún otro sitio adonde ir.

Quedó convenido además (Earl se aclaró la garganta con un carraspeo y fue al grano) que en lugar del curso ambicioso que había concebido y que fuera rechazado por el comité curricular, Pierce podría hacerse cargo de dos unidades adicionales, de Fundamentos de la Comunicación, lo que equivalía a lectura y escritura para los analfabetos del primer nivel.

—Volvemos a lo básico —dijo Earl. Había prescindido del peluquín que usara durante tanto tiempo, y se veía mejor sin él, aunque resultaba evidente por qué lo había usado: su cráneo pelado era de los que se cubren de una pelusa sucia, con un manchón oscuro delante, como un penitente en un miércoles de ceniza—. A mí, personalmente, me interesaba muchísimo tu curso —dijo Earl, abriendo y cerrando el mecanismo de un bolígrafo—. Sin embargo, parecía demasiado de posgrado. Y me temo, y estoy de acuerdo con el comité en ello, que no habría suficiente respuesta en este momento por parte de los alumnos.

—Era un experimento —dijo Pierce; con los largos brazos colgando entre las rodillas, se retorcía las manos, quería escaparse.

—Ya tenemos que luchar con la fama de ser una institución de moda que otorga títulos que no sirven para nada. La inscripción decae, los traslados van in crescendo. Necesitamos ofrecer alimento sólido.

—Letura, scritura, arimética —dijo Pierce.

—Todo eso está volviendo —dijo Earl—. La nueva Era.

Esa misma tarde (sólo una que otra vez, fría, brevemente, con el corazón como quien dice en la boca, había vuelto a hablar con ella. Desde que tiempo atrás, vidas atrás, y tan sin miramientos, ella lo dejara plantado), Pierce marcó el número de la Agencia Literaria Astra y preguntó por Julie Rosengarten.

Es extraño, pensó, que un nombre antiguo pueda ocupar tanto sitio en tu garganta; por un momento había dudado de que el nombre pudiera salir íntegro de sus labios.

—Me temo que está de vacaciones —respondió una voz que parecía la de Julie—, por unas tres semanas.

Le iban bien las cosas, entonces. O muy mal.

—Bueno, mi nombre es Pierce Moffett, y Julie y yo…

—Por Dios, Pierce. —¿Julie?

—De veras, Pierce, estoy de vacaciones. De veras, estaba literalmente a punto de salir para alcanzar el tren.

—Mm, bueno.

—Tenía el dedo en el botón del ascensor, de veras.

Por un minuto fatídico ella tuvo miedo: él conocía la cara que tenía en ese instante, una cara que le había visto a menudo.

—No quiero entretenerte —dijo—. Pero hay algo de lo que me gustaría conversar contigo.

—Claro.

—Una idea para un libro.

—¿Sí? Por Dios, Pierce, si no se me hubiera ocurrido de pronto atender el teléfono.

—Bueno, cuando vuelvas.

—Sí. Sí sí sí. Pierce. Sabía que volveríamos a hablar. A hablar en serio. Lo sabía. Hay tanto, tanto que decir.

—Sí, claro.

—Tres semanas. Tres semanas justas. Almorzaremos. —Mencionó un restaurante que conocía. Un restaurante que solían frecuentar pero en cuyo nombre no había pensado desde hacía tiempo, aún abierto al parecer. ¿Seguiría yendo allí Julie?—. Me muero por escuchar tu idea. Tú sabes que siempre pensé que podías escribir un libro.

¿Sería verdad?

—Es una idea buena; en realidad, tú ya la conoces, en parte.

—¿De veras? Me muero por oírla. Pero no puedo ahora. Pierce, voy a perder mi tren.

—Que lo pases bien.

—Lo siento, lo siento…

—Vete. —Colgó el receptor y se sentó en la ancha cama; con las manos sobre las rodillas, intentó analizar las extrañas corrientes que en su interior suscitaran el sonido de su voz, las antiguas inflexiones.

Tres semanas. Debería tener algo concreto, algo escrito, suponía; un bosquejo, un plan para que ella lo llevara y lo vendiera. No había razón alguna para que no pusiera ya manos a la obra. Había, Pues —pensó con insolencia (aunque con el corazón todavía extrañamente palpitante, y las manos aún sobre las rodillas)—, una forma de utilizar a las antiguas amantes. Ya que, por lo demás, ella le debía una.

Ahora debería levantarse y sacar la complicada máquina de escribir eléctrica — una máquina azul añil que la Esfinge había recibido en trueque de un cliente ansioso y había regalado a Pierce para Navidad (¿ves qué útil, qué provechoso?)— y poner al lado de ella una resma de papel en blanco. Debería sacar su viejo proyecto del curso que el Barnabas College no había querido ofrecer y estudiarlo.

Misterio 101. Cómo codicia la historia las formas del mito; cómo las tramas y personajes de la fábula y del romance van a habitar las cortes y las tesorerías y las catedrales del mundo real; cómo mueren las viejas ciencias y legan sus mitos y su magia a sus sucesores; cómo los héroes de la leyenda perecen, se quedan dormidos, son resucitados y emergen a la luz del día común de la Historia, persistiendo como persiste un sueño en la vigilia, alterándose y transformándose aun cuando el sueño mismo haya sido olvidado o reprimido.

Más que eso. Para que fuera un libro, un libro verdadero, debería contener no sólo el misterio sino también al detective, no sólo el sueño sino también a aquel que lo sueña. Para que fuera un libro debería tener una trama; tendría que ser muy diferente de eso que habitualmente se denomina la Historia, no podría ser una simple adición de hechos ni una forma cualquiera de aritmética, no, tendría que ser casi una especie de cálculo, un cálculo diferencial entre el ser y la historia, por dentro y por fuera; requeriría de alguien que jugara con la Historia de la misma forma que los maestros del ajedrez juegan al ajedrez, no deduciendo laboriosamente las consecuencias de las movidas sino percibiendo, como por un sexto sentido, los poderes de las piezas de ser o de hacer; algo que no puede realizarse a través de la lógica o el aprendizaje o la mera aplicación, no, es una habilidad con la que uno tiene que nacer. Es un talento. Un don.

Ella conocía la idea, la conocía sí, aunque no en la forma inteligible que a la larga había cobrado en su mente. Ella estaba con él cuando aparecieron los primeros atisbos; y en el tiempo transcurrido desde que Julie lo dejara, la idea había llegado a obsesionarlo casi tanto como ella: a veces, en realidad, habían parecido ser la misma cosa. Y ahora, el sonido de su voz, había abierto como una llave el cofre de aquellos días.

Y también aquellos días, por lo tanto, tendrían que ser parte de su libro ¿no? Los días en que había llegado a ser un profesor popular en Barnabas, los días en que pasaba horas acodado en la ventana de su apartamento suburbano, en camino hacia la metáfora más reveladora; tendría que recobrar esos días, así como la aventura que los había sustentado.

Se levantó al fin, y sacó, sí, la enorme máquina de escribir. Puso una hoja de papel en el rodillo, y durante un largo rato permaneció sentado delante de ella. Lió y encendió un cigarrillo, y lo apagó. Se puso de pie; se cambió la camisa; subió el regulador de frío del jadeante acondicionador de aire y estuvo un largo rato contemplando por la ventana el crepúsculo caliginoso y parduzco.

Hazte a la mar. Ponte en camino. Deseaba que ya fuera otoño, estación de cordura y trabajo, deseaba no haber dañado tan insensatamente su cabeza y su corazón, cuando era más joven, con el abuso de sustancias, la concepción Tomista. Volvió a sentarse y sacó y tiró la hoja de papel que había puesto; por alguna razón parecía ya vieja y gastada; insertó otra y con las manos en las rodillas se sentó delante de la máquina, que parecía aun más grande que antes, como si hubiera crecido en el intervalo.

—Yo no entiendo la historia —le dijo Rosie a Boney. Mientras ella lavaba, él iba secando los platos de la cena; era el día libre de la señora Pisky, el día que visitaba a su hermana en Cascadia.

—¿Sí? —dijo Boney.

—¿Cuánto se sabe en realidad?

—¿Cuánto de qué?

—De la Historia. —Levantó a la luz un plato lavado, tan viejo y delgado que la luz brillaba tenuemente a través de él.

—Ese libro de Fellowes Kraft, quiero decir. Conoce detalles menudos de las cosas y los saca a relucir como si nada; sé que es una novela, pero de todos modos… —Se dio cuenta de que no sabía muy bien de qué estaba hablando—. De todos modos…

—Toda historia es una especie de cuento —dijo Boney—. Si no fuera así no podrías entenderla. Si fuera pura y simplemente todo que ha sucedido.

—¿Pero se sabe todo lo que ha sucedido? —Por supuesto que no: ni siquiera los historiadores: eso era obvio. Ellos inventaban un cuento a partir de lo que sabían, de la misma forma que lo hacía Fellowes Kraft; sólo que los historiadores nunca decían qué partes aventaban—. En este libro hay un personaje que es una especie de ago — dijo.

—Lo recuerdo —dijo Boney. Se sacó las gafas azuladas, las limpió con el paño de cocina y se las volvió a poner.

—No sólo —dijo Rosie—, no sólo saca una fotografía de Shakespeare… es imposible que lo hiciera, ¿no? también lee su horóscopo y luego le hace mirar en algo así como una bola de cristal, para ver lo que puede ver.

—Sí —dijo Boney. Había dejado de secar los platos.

—Una bola de cristal —dijo Rosie—. Y el bueno de Will la escruta.

—Sí.

—Y en realidad no ve nada, aunque, en cierto modo, simula ver. Para complacer al viejo. Al que le tiene un poco de miedo. Le dice que alguien vendrá, alguien que podrá ver cosas en ese cristal. Ése es el mensaje que finge recibir. Bueno, ante todo —dijo Rosie—, nadie sabe demasiado acerca de Shakespeare. Por lo que yo recuerdo. Especialmente de su infancia.

—Creo que eso es cierto —dijo Boney.

—Y de pronto un mago. Con una bola de cristal. A eso me refiero.

—Bueno —dijo Boney—. Por si te interesa, esa persona es muy real. Oh sí, muy real: el doctor John Dee. Vivió realmente en el lugar que se describe en ese libro, e hizo realmente las cosas que allí se cuentan. Las hizo. Era consejero de la reina Isabel y quizá algo así como su médico de cabecera. Era matemático y astrólogo, en una época en que esas dos disciplinas no eran muy diferentes. Poseía una gran biblioteca, tal vez la mayor de la Inglaterra de su tiempo, y era, además, realmente, lo que es en ese libro: un mago.

—Pero ¿una fotografía? —dijo Rosie—. ¿De Shakespeare?

—Bueno… —dijo Boney.

—Es como si cada tanto —dijo Rosie—, por puro gusto, Kraft sugiriera que el mundo ha sido diferente de como es, y que podían suceder cosas que ya no son posibles.

—Hum.

—Pero no era así. No podía ser.

Cuidadosamente, con aire pensativo, Boney colgó el paño en la percha; luego, con un dedo en los labios, salió de la cocina. Rosie cerró los grifos, y lo siguió secándose las manos en los fondillos de su mono.

—Sandy sabía tanto —iba diciendo Boney mientras avanzaba con cautela a través del largo y oscuro comedor—. Sabía tanto. Le encantaba poner en sus libros cosas que sabía que todo el mundo pensaría que había inventado, pero que no eran inventadas, no las había inventado él. Y le gustaba poner cosas… cosas reales, junto con todas las imaginarias; quiero decir que le hacía feliz poseer por ejemplo una auténtica fuente de plata de la época sobre la cual escribía, y describirla en su libro, junto con todas las fuentes de plata imaginarias: una real escondida entre las imaginarias. O una joya, o un arma. Si podía tener un objeto que sus personajes hubieran poseído o usado realmente alguna vez, se sentía aun más feliz. Ocupaba gran parte de su tiempo en la búsqueda de esos objetos.

»Y los encontraba, además.

Habían entrado en la salita, donde las lámparas no estaban encendidas, donde la alfombra oscura y los grupos de muebles opulentos retenían la luz del largo atardecer. Boney se encaminó hacia un secreter de marquetería encima del cual había fotos en marcos de plata, rostros que Rosie no conocía, rostros de antaño.

—El doctor Dee era un personaje real —dijo Boney, mientras trataba de girar, con su mano temblorosa, una llave diminuta en el cajón del secreter—. Tan real como Shakespeare. Y poseía realmente esas bolas de cristal y de piedra que escrutaba, y espejos, y gemas. Y más tarde, unos pocos años después de tu historia, apareció alguien, sí, que veía cosas para él en una bola de cristal: que podía ver ángeles y mantener conversaciones con ellos. Sí. Un médium. Todo eso es verdad. —Tironeó del cajón, y al fin consiguió abrirlo.

Rosie había empezado a sentirse un poco extraña. Todo eso es verdad. Como actores que, en mitad de la representación, deciden despojarse de sus máscaras y, al volverse hacia el público, resultan ser, en efecto, los personajes que representaban, ahora seres reales. Observó cómo Boney sacaba del cajón algo envuelto en un bolso de terciopelo.

—Uno de los cristales que utilizaba —dijo Boney—, una especie de espejo de obsidiana pulida, está en el Museo Británico, Sandy y yo solíamos urdir planes para robarlo. Había otros, ahora perdidos, supongo. Y está el del libro que tú estás leyendo.

Había aflojado el cordón que cerraba el bolso, y dejó caer en mano un pequeño globo de cuarzo ahumado, del color de la Piel del topo, puro como un planeta diminuto o una esfera de noche gris. Lo sostuvo en la mano para que Rosie lo viera.

—Había ángeles en este cristal —dijo—. Docenas de ángeles. El doctor Dee hablaba con ellos. Y todos sus nombres empezaban con A.