Ægypto

John Crowley · Capítulo 16 de 30

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Ægypto

Cinco

—Nonononono —dijo Pierce.

—¿Sabes, Pierce? Creo que es tan maravilloso que me hayas traído a mí esta idea, precisamente ahora. Creo que todo es tan oportuno. El momento. El mundo. Tú. — Levantó el brazo y lo agitó sonriendo, como si saludara a un amigo; sus brazaletes, de madera y laca, se entrechocaron—. Te das cuenta, esa antigua tradición es tan importante para mí. Yo creo en ella. Creo en ella. Tú sabes que creo.

—Parecías creer, en un tiempo. —¿Qué había hecho? Sacó de su bolsillo un paquete de tabaco y empezó a liar un cigarrillo, una costumbre que al principio intrigara, y acabara por irritar a la mujer sentada frente a él.

—Ahora lo siento mucho más intensamente. Hay cosas que han sucedido; bueno, no importa; algún día te contaré, pero quizá ni siquiera estaría aquí si… Bueno, de todas maneras, yo sé. Se q esas antiguas formas del saber no mueren ni envejecen. Pueden volverse clandestinas. Pero siempre llegará un momento en q gente estará una vez más preparada para comprenderlas, y la tradición es descubierta una vez más. ¿No es eso, en realidad, lo que tú estás diciendo? El Renacimiento fue uno de esos momentos. Ahora, es otro.

—Ahora —dijo Pierce.

—¡Claro que sí! Puedes verlo en todas las cosas. Pierce, si tú no hablabas de ninguna otra cosa. Si estabas fascinado. La sincronicidad. Las recurrencias. La teoría de los actos. La Era de Acuario. ¿Y por qué, por qué?

—Por qué —dijo Pierce.

—¡Por qué! Porque es el momento, el ciclo se ha cumplido y…

—La historia no se repite, Julie. No se repite, avanza en un solo sentido.

—No, pero como tú decías esta tradición es descubierta una vez mas, sólo que bajo una nueva forma; y al rehacerla cambia tu comprensión de toda su historia — dijo Julie—. ¿De acuerdo? Eso es lo que significa recuperarla.

Pierce guardaba silencio, con el cigarrillo a medio liar contra la lengua.

—Recuperarla como nosotros estamos haciendo ahora, como lo estás haciendo tú, significa comprenderla de una forma totalmente nueva.

—Hum —dijo él, y con un aire evasivo selló el cigarrillo y lo encendió—. Hum.

—Porque ¿no crees tú que la ciencia usual, la que tú dices que desplazó a la más antigua, está siendo derrotada? ¿La otra, la antigua, no parece, ahora, en realidad, más moderna?

—¿En qué sentido más moderna?

—Bueno, qué te parece. Quiero decir que abarca más cosas, ¿no es así? Cosas que la ciencia común deja de lado. La telepatía. La intuición. Otros caminos de la percepción. ¿No dijiste que Bruno y no sé quién creían que la Tierra estaba viva? Bueno, lo está.

—Ecología —dijo Pierce. La idea acudió a su mente en ese mismo momento—.

Los planetas de Bruno, esos seres vivos: nuestra tienxxx también era uno de ellos, pensaba él, en constante evolución. La gran bestia, y el hombre una parte de ella. Una Biosfera.

—¡Sí! —dijo Julie—, sí, y qué más, qué más.

—Bueno, la Mónada —dijo Pierce—, la idea de que el Universo es una unidad, todas las cosas están en él íntimamente ligadas, interpenetradas por todas las demás, una danza de la energía. La física moderna habla en esos términos, es por esa razón que los magos del Renacimiento creían que la magia que ellos practicaban podía funcionar; y por eso que el poder de un talismán podía reverberar el interior de un planeta.

—¡Sí!

—La unión del observador y lo observado —dijo Pierce, entusiasmándose—. La idea de que el observador, su estructura mental (ellos dirían tal vez su intención espiritual), puede alterar lo que es observado.

—Influencias —dijo Julie, dispersando con la mano el humo de Pierce—. Afinidades.

—Un sentido de lo maravilloso, de lo posible. La electricidad no habría apabullado a esa gente. Ni los rayos X. Ni la radio. Los magos creían en la acción causativa a distancia, pero los científicos racionalistas de la época la rechazaron; más tarde se verían en aprietos cuando Newton la propuso de nuevo como una de las bases del universo. Newton la denominó gravedad. Los magos preferían llamarla Amor.

—Amor —dijo Julie, y una chispa súbita floreció en sus ojos; a Pierce siempre le había maravillado la rapidez con que podía aparecer—. ¿Ves?

—Sin embargo —dijo Pierce—, es preciso ser tan cuidadoso, tan cuidadoso para distinguir…

—Oh, seguro, seguro —dijo Julie, y la uña escarlata de su dedo pulgar tomó y soltó las esquinas de las páginas del delgado manuscrito—. Tenemos que hablar, tenemos que pensar. Dar forma a todo esto y enfocarlo. Pero yo sé que hay gente, montones de gente, ahora, que desea oír estas noticias. Lo sé. —La mano del camarero puso, sobre la mesa, en terreno neutral entre los dos, la cuenta. La mano de Julie la cubrió—. Y te lo aseguro, Pierce; yo puedo vender ese libro. Ahora bien, el de historia, el de pura historia, no sé.

Concedió al silencio pensativo de Pierce una larga pausa y prosiguió:

—Oye, Pierce —dijo con dulzura, casi con timidez—. Sé que esto te sonará ridículo, pero tengo que irme ahora y comer otro almuerzo.

—¿Eh?

—Bueno, no creo que coma en realidad. Pero es tan disparatado. Tanto de este negocio se hace durante el almuerzo… y yo he estado fuera tres semanas, y tengo, por lo tanto, que recuperar el tiempo. Dos almuerzos por día. Por qué será, eso, libros y almuerzos.

—No sé.

—Nunca llegamos a hablar realmente tú y yo. —Ella lo observaba, mejilla en mano, y parecía rememorar una antigua sonrisa que en un tiempo reservaba para él—. He pensado tanto en ti en estas últimas semanas. Tantas cosas. Me preguntaba si habrías conseguido alguna vez ese tercer deseo…

—No —dijo él. Había sido con ella que empezara a elaborar por primera vez las restricciones y posibilidades de los tres deseos. No quiso decir que ella, ella misma, su persona, había sido el objeto provisional del tercero, el tiempo en que había estado ausente en California, el objeto elegido en más de una tríada de posibilidades—. No, finalmente no.

—Tal vez ahora —dijo ella— que estás adquiriendo todos esos nuevos poderes.

—No para mí —dijo él—. ¿Qué haría con ellos? ¿Conjuros?

Arrojó su servilleta sobre la mesa y se levantó.

—Tienes que recordar la única gran desventaja de la magia práctica, Jewel. No dio resultado. —También ella estaba levantándose, pero él la detuvo—. Siéntate, siéntate un segundo mientras yo… y luego nos iremos. Un segundo. —Ella se sentó, serena, delante de su copa fría, una mano sobre las páginas mecanografiadas.

Ella no había sugerido que su libro debiera enseñar prácticas de magia. No. El significado, la visión del mundo que lo sustentaba, el sentido que atribuían al alma: era eso lo que ella había querido decir. Las prácticas mismas, eso era demasiado peligroso. Ella conocía más de una persona que había sido dañada de ese modo: o que había dañado a otros.

Pierce se reiría si la oyera decir eso.

Qué tipo extraño. Ella solía preguntarle: de qué te sirve, Pierce, elaborar esos deseos, protegerte en todos los sentidos posibles, si no crees que puedas realizarlos, y él solía responderle: creer en eso, Jewel, no los hace realizables.

Pobre Pierce, pensó, con un ramalazo de piedad. Crees ser tan gudo, tan lúcido: como un daltónico a quien no engaña el color, que él nunca veía era que esos poderes de los que precisamente hablaba ahora, no andaban merodeando por el mundo como perros callejeros en espera de alguien que quiera adoptarlos, eran las creaciones de almas, creadas entre las almas, eran la creación misma y darles vida era el uso que podían tener. Si tú puedes crear un poder así en tu vida, debes crearlo. Si de alguna manera te ha sido otorgado, no es porque sí. En esto consiste la evolución.

Algún día aprenderá, pensó Julie, aprenderá, si no es en esta vida será en la próxima o en la siguiente. Es la misión que le ha sido asignada aun cuando él no lo sepa: él, que sabe de tantas otras cosas.

Había una razón para que ella estuviera allí, no ya la amante de Pierce sino con las manos apoyadas sobre su manuscrito. El mundo está cambiando, evolucionando en formas nuevas y aceleradas, y su evolución depende asimismo de la gente, de la gente que da vida al futuro.

Evolución. Sintió una suave oleada, como de espuma de mar, a través de las venas. Durante todo el verano había oído hablar de esos ruidos, allá en la costa atlántica, una serie de grandes explosiones semejantes a estampidos sónicos, pero no estampidos sónicos. La TV los había revelado pero no había podido dar ninguna explicación. Nadie sabía qué eran. El pequeño grupo del que Julie formaba parte, un grupo que mantenía contactos de costa a costa, tanto por una red de pensamientos y sentimientos como por teléfono y por carta, había llegado a pensar que podían ser, quizá, sólo quizá, la señal de que la Atlántida estaba emergiendo: por fin había llegado el momento. En Montauk, Julie había permanecido de pie, bajo el tórrido sol, sobre un promontorio, en la brisa salobre, con la certeza creciente de que estaba a punto de suceder: de que la ardiente punta de su pirámide rompería en cualquier momento la ondulada superficie del mar, y luego vendrían sus torres y murallas, esparciendo agua azul; lo supo, lo supo sin más.

Y sentía aún esa certeza, del mismo modo que sentía aún el calor del sol en sus hombros y la suave tensión de sus músculos. Ella se lo diría: le diría además que su certeza misma era parte de lo que estaba llamando a la superficie a ese mundo sumergido: como quien llama a un semejante. Se lo diría.

—Muy bien —dijo Pierce reapareciendo, con las manos en los bolsillos y un aire de impaciencia culpable que ella reconocía—. Muy bien.

—Muy bien —dijo ella, y puso encima de la cuenta una tarjeta de plástico dorado.

Ella tomó un taxi; Pierce volvió a casa a pie, con el sol de septiembre en el rostro y la nueva tarjeta comercial de Julie en el bolsillo (azul noche, y las estrellas de Escorpio punteadas en plata); en la menguante exaltación de sus dos whiskys no hubiera podido decir si se sentía vencido o triunfante. El retorno del mago, llevando en sus roanos la antigua y potente física del pasado, las doctrinas secretas descifradas, las cifras de la pirámide, ¿era eso en última instancia lo que él tenía que vender? En ese caso, lo vendería. Hubo un tiempo en que él no pensaba en ninguna otra cosa, cuando desde la terraza de su edificio contemplaba las mugrientas esferas del firmamento girando en torno a él. Ahora lo veo, lo comprendo: pero oír esas ideas en boca de otra persona, no cualificada, capacitada para un nivel diferente de conciencia, las hacía sonar al mismo tiempo disparatadas y triviales, excesivas e insuficientes. Ysin embargo ¿no eran intrépidos aquellos antiguos magos, caballeros de Ægypto, no habían sido héroes? Equivocados como pudieron estar en casi todo lo que creían saber con certeza, habían sido héroes; cuanto más leía Pierce acerca de ellos, más se convertían en sus héroes. Un Agrippa, un Bruno, un Cardano, a punto de tomar la varita mágica, abrir el libro de Hermes e inscribir extrañas geometrías en una lámina de cera virgen: quizá pensaran que sólo estaban explorando lamas antigua sabiduría, tan sólo limpiando las ciencias corruptas y restaurándoles su pureza: pero lo que estaban postulando era un nuevo cielo y una nueva tierra, y era igual a la nuestra.

Había diez mil demonios en el cielo de Bruno: pero pese a todas sus influencias ocultas, pese a sus afinidades y simpatías, el universo del mago operaba en la forma en que lo hacía no porque Dios o el Diablo estuvieran interfiriendo en él sino simplemente porque así eran las cosas. Era un universo inmenso, incluso ilimitado, una fusión del espíritu y la materia en la que estaban ligadas las percepciones y aspiraciones del mago, mucho más llena de posibilidades que el Universo cerrado y pequeño, el mundo de la ortodoxia animado-por-Dios-y-el-Diablo, y era natural El verdadero mago no necesitaba creer en hechicerías, o en milagros a favor de los creyentes, porque su universo no sólo era lo suficiente vasto Para contener las razones de cualquier hecho prodigioso que en él aconteciera, sino que estaba tan lleno de fuerzas, espíritus mundanos, ángeles (objetos todos ellos tan naturales como lo son las piedras o las rosas), que cualquier cosa era posible, cualquier efecto deseo o de la voluntad que obrara en el mundo.

Y así, por muy equivocados que estuvieran respecto de cualquier rasgo del universo (y podían caer en errores garrafales y ser, al mismo tiempo, de una asombrosa credulidad), la magnitud de su mundo, y el hecho de que no sólo ignorasen todo cuanto contenía, sino que aceptasen además con júbilo que era imposible de conocer, hace que su pensamiento sea semejante al nuestro.

Y no tan incomprensible, al fin y al cabo, ni tampoco tan inexpresable.

Bueno, a ver.

En ese preciso instante, Pierce pasaba debajo de uno de los leones de piedra que custodian la Biblioteca Pública, y sentándose en una de las gradas, sacó de su bolsillo un cuaderno de notas. El sol brillaba, enceguecedor. Escribió: «Viajas hacia atrás hasta una comarca perdida de la que has oído hablar en tu infancia; la encuentras incomprensible, rica, extraña; entonces descubres que es el lugar de donde has partido».

Oh, qué cauteloso tendría que ser, qué cauteloso. El tiempo no retorna, no describe una órbita completa para traer de vuelta el pasado, lo que describe una órbita completa es la noción de que el tiempo describirá una órbita completa y traerá de vuelta el pasado. Ése era el secreto que Pierce conocía, el que debía revelar. El tiempo no gira en círculo sino en espiral, durmiendo y despertando; si nosotros creemos percibir los albores de una nueva Edad de Oro, ola repetición de una triste decadencia, o el advenimiento de un nuevo milenio, es porque ellos crean, en la percepción misma, todas las Edades de Oro, todas las decadencias, todos los renacimientos y milenios del pasado que aparentan repetirse, oh sí, lo recuerdo, lo recuerdo: ascendemos a través de las esferas, que semejan cercarnos.

Despertad, debía decir su libro. Nada podréis hacer si no os despertáis. Como Bruno gritando que salía el sol: despertad.

Bruno mismo tenía que ser el héroe de su libro; Bruno, con su arrogante profecía, Bruno con sus infinitudes y sus planetas, nadando a través del espacio como grandes bestias plácidas, vivas, vivas, oh; Bruno, con sus infinitos e imposibles sistemas de memoria, para dominar con ellos todo cuanto contenía al vasto mundo. Una empresa que quizá no fuera, al fin y al cabo, tan distinta de la que se proponía Pierce. «La mente, en el centro de todas las cosas, conteniendo en su interior todo aquello de lo cual es el centro». ¡Sí! Pierce también había sentido eso, todas sus percepción del pasado apretujadas en su cerebro, como una película kodachrome fuertemente rebobinada y a todo color, por añadidura, porque si la memoria no es de colores, entonces nada lo es.

Entonces. ¿No podría él hacer eso? ¿No podría acaso alimentar las fantasías que Julie consideraba vendibles, las que encendían en sus ojos aquel súbito destello? ¿No podría hacerlo y que además le pagaran por hacerlo, y embarcarse al mismo tiempo en una aventura diferente, la misma en que había estado embarcado durante tanto tiempo; asir, como con una mano, la verdad de historias indudablemente falsas, recobrar, como se recupera un sueño, la lógica onírica de la historia, porque él mismo la había soñado largo tiempo y ahora estaba despierto?

¿Podría? Podría y lo haría. Si los tontos se prendaban de las historias que él vendería al menudeo, allá ellos; para sí mismo, él era astuto, y si no sabía cómo decir una cosa que tuviera el efecto de otra mucho más calificada, incluso contradictoria, entonces su larga formación católica, su costosa educación en St. Guinefort y Noate, no le habían servido para nada. Te agradecemos, oh Señor (blasfemó, exultante), que hayas ocultado estas cosas a los ojos de los simples y las hayas revelado a los sabios.

Ellos no pudieron lograr, al cabo, que Bruno renunciara a su grandioso universo, que aceptara a cambio su mezquino mundo; y así, en el verano de 1600, ese año de números blancos, lo sacaron de su celda en el Castel de Sant Angelo y, vestido con la blanca túnica de los penitentes y sentado de espaldas en un burro, lo condujeron al Campo dei Fiori, el campo de las flores (Pierce imaginaba la campiña cuajada de capullos primaverales) y allí lo ataron a un poste y lo quemaron.

Pero Pierce no sería inmolado: no, aun cuando ambicionara los mismos poderes, la misma percepción y libertad infinitas a que había aspirado Bruno. Ésa era la diferencia entre entonces y ahora: Pierce no moriría en la hoguera.

—Bueno —le dijo Allan Butterman a Rosie, invitándola, con un ademán, sentarse, elegante como siempre con su traje de tweed y su isa azul como el día de octubre—. Bueno, veamos.

—Bueno —dijo Rosie, meciéndose ligeramente en su confortable sillón, sintiéndose a gusto allí, en su tercera visita—. Parece que todo marcha y que a él no le importa.

—¿No le importa?

—Bueno, tuvimos algunas charlas; en realidad él no quería oír hablar de nada legal, pero yo quería zanjar la situación de una vez por todas. Él dijo que deberíamos hablarlo con más detenimiento, y que en todo caso no le gustaba la idea del divorcio sin culpa, siendo yo quien había hecho abandono del hogar, así que le expliqué lo que usted me dijo. Cuáles son nuestras alternativas.

Con el corazón agitado y la garganta seca, tartamudeando un poco por haberlo ensayado en exceso, le había hecho a Mike su discurso, explicándole que si no quería o no estaba de acuerdo en eso del divorcio sin culpa, ella tenía la intención de querellarlo por adulterio. El peso terrible de esta declaración, que al mismo tiempo parecía ingrávida e ilusoria como la escena crucial de una película, había puesto fin, por ese día, a sus discusiones; Mike, diciendo que no estaba seguro de ser capaz de mantener la calma, se marchó de la Cueva de las Roscas, tierra de nadie donde se habían reunido a una hora poco concurrida.

Este intento de oponer a la estrategia psicoterapéutica de Mike sus nuevas estratagemas legales, era un poco como jugar a piedra, papel y tijera; a veces, cuando las manos descendían, Rosie había ganado, otras veces quien ganaba era él; pero, al menos, no siempre perdía ella. Había dejado las cosas en ese punto durante algunas semanas, sintiéndose como un jugador que ha apostado fuerte y espera que el contrincante vea o se retire: sopesaba esa sensación arriesgada y divertida, la sensación de tener poder, de estar apoyada en una pata lo bastante sólida como para sostenerla. Cuando le pareció que ya había esperado lo bastante, concertó esta cita con Allan Butterman y luego llamó a Mike para obtener una respuesta: Allan, dijo, sabrá cómo debes proceder.

Y Mike se había mostrado razonable. Había perdido, al parecer, todo interés en atormentarla con este asunto, como si él no participara del juego. Había parecido estar —y así lo había sentido ella cada vez más a menudo desde su separación— distraído, no del todo presente, siempre a punto de dar media vuelta y decir sí sí, un poco por encima del hombro, la mirada en otra parte. Rosie creía conocer la causa, aunque le extrañaba.

—¿La misma mujer? —dijo Allan.

—La misma —dijo Rosie—. Yo pensé que sería sólo un capricho. Pero parece que es más que eso. Parece que él está como embobado. Aunque a decir verdad, él siempre ha sido un poco bobo en sus relaciones con las mujeres. —Ése había sido siempre un punto en favor de Rosie, que Mike fuera un poco bobo con las mujeres, y que ella lo supiera, y él no. Se balanceó en su silla giratoria, pensativa—. Me pregunto si todavía estará en su año de Tránsito Descendente.

—¿Su qué?

—Eso es algo de la Climateria —dijo Rosie—. Una especie de ciencia nueva que Mike está inventando. No puedo decirle gran cosa al respecto, porque yo misma no lo entiendo, y porque se supone que no debo hablar demasiado del tema; es, en esencia, una idea simple, y él teme que, si llega a oídos de personas inescrupulosas, se la puedan robar.

Allan la miraba fijo, como si estuviera considerando algo distinto de la Climateria.

—Es algo así como que la vida está dividida en períodos de siete años — prosiguió Rosie, queriendo al menos convencer a Allan de que no estaba diciendo tonterías—. Cada séptimo año uno llega, como quien dice, a una meseta, en la que está perfectamente seguro de sí mismo y tiene un buen dominio de las cosas. Luego, uno desciende poco a poco, como en una parábola, a lo largo del año de Tránsito Descendente; después se toca fondo, y hay un año de Tránsito Ascendente y por último, de nuevo, la meseta, siete años más tarde. Psicológicamente.

—Uhú —dijo Allan.

—Y en realidad parece que funciona —dijo Rosie—. Se la puede trazar como una parábola.

En cierto modo había funcionado; describía la vida de Mike mejor que cualquier otra vida a la que él la hubiese aplicado; pero Rosie recordaba haber visto sus propios altibajos reflejados con bastante verosimilitud en el cuadro que Mike había trazado para ella, poco después de que inventara el Método, como siempre lo llamaba, con esas mayúsculas audibles. Recordó el entusiasmo de Mike, su pasión incluso, y su propio asentimiento sorprendido, noche de invierno, años atrás…

Con una ola de angustia inesperada, como a merced de una area intempestiva, la invadió una súbita congoja, y se tapó los ojos, reprimiendo un sollozo.

—Oh, santo Dios, por favor, no —dijo Allan.

Ella miró a su abogado; su rostro era una horrorizada máscara de Piedad. Su propio oleaje de sentimientos se replegó ante el de Allan.

—Uff —dijo, moqueando—. Perdón, perdón, ¿por qué ha pasado esto?

—No, no —dijo Allan—, por Dios, es que es tan desagradable.

Ella se echó a reír. Había, en su risa, rastros del llanto interrumpido.

—No es nada, no es nada —dijo—. ¿Tiene usted un pañuelo?

Él le tendió una caja.

—No se reprima, no se reprima, y llore —dijo—. Ese imbécil.

—Allan —dijo ella, sonándose la nariz—. De veras, estoy bien. Serénese. ¿Qué hay que hacer ahora?

—Ésta es exactamente la razón por la que yo no acepto divorcios —dijo Allan masajeándose la frente—. En verdad, no puedo soportarlos.

—Vamos —dijo Rosie—. Vamos…

Allan carraspeó vigorosamente, y sacó un anotador amarillo y uno de los lápices nuevos de puntas siempre afiladas (nunca romos ni cortos, ¿qué haría con los usados?) y se tironeó de la oreja.

—Bueno —dijo—, bueno. Lo que tenemos que tratar de hacer ahora es llegar a un acuerdo, usted y Mike, y el abogado de él y yo, sobre varios aspectos relativos a su vida con Mike, y procurar que sea lo más aceptable posible para ambas partes, lo suficientemente simple como para que hasta el juez pueda comprenderlo.

»Así que, veamos, haremos una lista. Ante todo, está la custodia de… de…

—Sam. Samantha. Yo la obtendré.

—Ajá. —No anotó nada—. ¿Y Mike?

—Estoy segura de que Mike no querrá la custodia, aunque en realidad no lo hemos aclarado.

—Ajá.

—Quiero decir que, para mí, eso está claro.

Allan la obsequió con una sonrisa, una sonrisa de aprobación casi profesional y escribió.

—Bueno. Y también tiene que poner en claro cuestiones tales como los derechos de visita, manutención, algún tipo de acuerdo sobre seguro de vida, escolaridad, y quién informa a quién cuando la niña va al dentista, al hospital…

—De acuerdo.

—Puesto que todavía están en conversaciones —dijo Allan—. Si deciden los abogados, cuesta más, y a lo mejor llegan a un arreglo que no le gusta a nadie más que a ellos.

—De acuerdo. De acuerdo. —Su corazón se desbordaba—. Sam.

—¿Manutención? —dijo Allan—. ¿Trabaja usted actualmente?

—Trabajaba —dijo Rosie—. Enseñaba arte en la Escuela del Sol.

—Ah, sí.

—Pero, por lo visto, ya no me necesitan.

Al parecer, la escuelita alternativa, alojada en un pequeño molino reformado en Stonykill, estaba por cerrar, sucumbiendo en medio del desorden y las recriminaciones.

—Si es posible —dijo Allan—, sería mejor que usted siguiera sin empleo. Hasta después de la sentencia. —Trazó una línea a través de su anotador—. Muy bien, bienes a repartir…

—Nada, nada, en realidad —dijo Rosie—. Una casa, pero el hospital pagó el anticipo y tiene la hipoteca, así que… Y aparte de eso, cosas, sólo cosas.

—Cosas —dijo Allan, meneando la cabeza—. Cosas.

Esa forma de hablar tan suya, como si cargara cada palabra con un gran sentimiento: Rosie suponía que debía de ser algo así como una táctica; o un efecto del que no tenía verdadera conciencia. Aunque tal vez no, tal vez sintiera de verdad las angustias y los dolores de sus clientes tan profundamente como parecía: tal vez, igual que un avezado levantador de pesas, era capaz de soportar una carga más pesada que la mayoría de la gente. Un mechón había saltado de su pelo negro engominado, y sus ojos estaban tristes otra vez. Rosie se dio cuenta, de pronto, de que Allan le caía muy bien.

—No me importa —dijo—, de veras, no quiero nada de todo eso.

—Claro —dijo Allan—. ¿Sabe usted? Antes, cuando yo hacía muchos divorcios, todos decían siempre «no quiero nada, que se lo quede ella», «que se lo quede él»; y sabe usted cuál era siempre la causa de todas las terribles discusiones, de todas las penurias: las cosas.

—¿Usted está casado? —preguntó Rosie.

—Yo me sentaba aquí y escuchaba a la gente afligirse por un coche, un televisor, joyas, un miserable juego de sillas de jardín, y pensaba: qué mezquina puede ser la gente. ¿No pueden superar todo eso? ¿Acaso el amor no significaba, para ellos, más que esos detalles materialistas? Tardé algún tiempo en comprender que el amor está en los detalles. En los libros y los discos y el estéreo y descapotable. El amor siempre está en los detalles. Y también el dolor. —Sus ojos, más tristes aún, estaban fijos en ella, y sus manos blancas cruzadas delante de él—. No estoy casado —dijo—, es una larga historia.

—He estado preguntándome una cosa —dijo Rosie, empezando a balancearse de nuevo en su silla—. ¿El viejo castillo, sabe, allá en el medio del río, en la isla…?

—El Butterman.

—¿Fueron ustedes quienes lo construyeron? Su familia, quiero decir.

—Bueno, algo así. Un pariente lejano, nunca lo averigüé del todo.

—Tengo entendido que es de mi propiedad. Que es propiedad de mi familia.

—Creo que sí.

Ella sonrió.

—No será parte del arreglo —dijo Rosie, y Allan se rió: era la primera vez que lo veía reír—. Lo que siempre he querido hacer —dijo— es ir allí y entrar, nunca lo he hecho.

—Ni yo.

—¿Quiere ir, algún día? —Se estiró en su silla—. Como abogado de la familia, yo qué sé.

Allan tamborileó con el lápiz sobre el parche de cuero de su escritorio.

—Quisiera darle un consejo que quizá le extrañe. Usted sabe que, aun cuando este proceso sin culpa dé resultado, tendrá que pasar alrededor de un año desde la fecha del juicio hasta que el divorcio le sea concedido definitivamente.

—Oh, Dios Santo. ¿De veras?

—Seis meses después del juicio, usted obtiene una sentencia nisi. Nisi es una palabra latina que significa «a menos que». A menos que surja algún imprevisto. Luego hay un período nisi, seis meses más para que ustedes, los interesados, reflexionen y decidan tal vez, retractarse.

—Hum.

—O lo que es más importante, presentar objeciones al acuerdo. Objeciones como que la otra parte ha actuado de manera fraudulenta, o que han salido a la luz nuevos elementos de juicio. Nuevos hechos, por ejemplo, que permitan una correcta decisión acerca de la custodia.

Rosie no dijo nada.

—Las personas, al principio, no siempre saben muy bien lo que sienten —dijo Allan, con dulzura—. Pueden cambiar de parecer. Y si cambian de parecer, y si quieren hacer algo distinto de lo convenido al principio, buscarán motivos para presentar una objeción. Y tienen todo un año para buscarlos ¿entendido?

Rosie empezaba a comprender; bajó los ojos, sintiéndose reprendida.

—Lo que quiero decir —dijo Allan, con mayor dulzura aún— es que si lo que usted desea es la custodia sin complicaciones, y eso es lo que ahora puede obtener, mi consejo es que sea usted una madre separada modelo, hasta que salgan esos papeles definitivos. Si necesita saber qué significa ser una madre modelo, se lo diré claramente. Y si no puede ser una madre separada modelo, si no puede serlo, en ese caso, Rosie, tendrá que ser una madre separada sumamente cautelosa.

Ese día, antes de abandonar el pueblo, Rosie se detuvo en la biblioteca, para devolver la última novela de Fellowes Kraft y sacar otra. La que devolvió era La corte de sangre y seda; la que eligió, sin pensarlo demasiado, se titulaba Un lance de honor, y tenía en la cubierta un paisaje marino, galeones, y una rosa de los vientos. Cuando salió de las Jambas, la tarde otoñal declinaba aceleradamente.

Las cosas, pensó: los coches y la casa y las menudencias, todo eso para discutir. Ningún matrimonio podía liquidarse antes de hacerlo. Hum. Pensó que Mike, probablemente, haría de todo aquello un problema. Mike era un Capricornio, se apegaba a las cosas, y la sola idea de tener que desprenderse de ellas le costaría siempre largas reflexiones. Rosie, en cambio, por más que en el fondo de su alma pudiera esconder un par de pendientes o una caja de marquetería, siempre prescindía de las cosas: la vida —pensaba a veces— era una carrera de obstáculos, sembrada de cosas que había que saltar, esquivar, perder y dejar atrás. En su carta natal (todavía dentro de su sobre de manila, ahora un poco arrugado, el asiento contiguo), la segunda casa, Lucrum («como lucrativo» decía Val, «dinero, posesiones, empleos, esa clase de cosas») estaba vacía de planetas autoritarios.

El sol se puso, dejando en el límpido cielo del poniente una luz crepuscular, lavanda y ocre. En las montañas, por encima de la cadeneta de Rosie, paseaban los venados, cebándose con las manzanas de los antiguos huertos; abajo, en el río, las hojas muertas flotaban derivando hacia el sur, amontonándose como alfombras coloridas en los remolinos y en los remansos y en la playa del pequeño recreo de Spofford. Al caer la noche, una banda de estorninos migratorios, que regresaba a las torres del Butterman, se desplegó como una bandera en el aire, por encima del castillo, que chasqueó, como a merced del viento, antes de que las aves se posaran para descansar.

A la luz de la lámpara, Rosie leía Un lance de honor, una historia de bucaneros en las costas del Caribe. Ese personaje, el mago que tomaba fotografías a Shakespeare en Manzanas mordidas, el mismo cuya bola de cristal le había mostrado Boney, aparecía aquí prestando mapas a sir Francis Drake, confabulando con la reina contra los españoles. Rosie se preguntaba si todos los libros de Kraft serían en realidad secciones de una misma historia, recortadas y ofrecidas individualmente, como un pintor paisajista podría parcelar un gran paisaje en muchos otros, pequeños, y enmarcados uno por uno. Los ingleses derrotaban a los españoles, pero el rey de España, rumiando como una araña en su palacio mágico, planeaba venganza. Rosie lo devolvió (tarde y descolorido por la lluvia, Sam lo había dejado a la intemperie) y eligió otro.

A la larga los leería todos; los leería en la sala de espera de Allan Butterman y en las salas de espera del juzgado y en el despacho del administrador (los asuntos de su familia en diáspora eran una maraña impenetrable). Los leería de pie en las colas del banco y del registro de vehículos. Se los leería a Sam para hacerla dormir, ya que prefería el murmullo apacible de la voz de su madre, diciendo cosas de adultos, a cualquier historia que ella misma pudiera entender. Los dejaría de lado cuando los párpados le temblaran por cerrarse, a menudo después de medianoche, y los retomaría al despertar, demasiado temprano para levantarse, antes que la señora Pisky, o incluso Sam, estuvieran en pie.

Sin embargo Rosie no era, en verdad, una gran lectora; cuantitativamente, no había leído mucho en su vida; en épocas normales un libro voluminoso, un cuento largo, no ejercían en ella ninguna atracción especial. Sólo en ciertas épocas, como si fuera una antigua fiebre contraída en la infancia y que le recurriera periódicamente, le daba por leer; y cuando le daba, le daba. Era una evasión: eso lo tenía muy claro. A menudo había sabido con exactitud de qué quería escapar, aunque no durante su primer año de casada, el año de John Galsworthy, y no había comprendido en absoluto el primer acceso, en cierto sentido el más grave, el año en que su familia se trasladó al Medio Oeste y Rosie recorrió, sucesiva y confusamente, no sólo las obras completas de Nancy Drew, sino también todo Míster Moto, y la sección Biografías de una biblioteca de barrio; leyendo vidas que no le parecían materialmente distintas de las ficciones, enterándose de hechos que nunca olvidaría del todo ni recordaría con exactitud, acerca de Amelia Earhart, W. C. Handy, Edward Payson Terhune, Pearl Mesta, Woodrow Wilson y una legión de otros. Ese año iba y venía sin cesar, llevando en su vida otra vida, la que estaba dentro de los libros, y la que le tocaba más de cerca. Su existencia estaba dividida en dos: leer y no leer, tan completa y necesariamente como estaba dividida en dormir y estar despierta. Emitir juicios críticos sobre aquello que leía le hubiera parecido tan extraño como emitirlos sobre la vida real. La atrapaba o no la atrapaba; cuando la atrapaba, no sabía decir por qué. Nunca, en su intenso período de lectura de historias de misterio, se le había ocurrido tratar de imaginar qué se proponía el autor, cuál era la solución; en una ocasión pensó, retrospectivamente, que, en realidad, ella no había comprendido inicialmente que esas historias que le gustaban eran de misterio, que cada una tendría una solución; de haber leído alguna que no la tuviera, no se habría sentido necesariamente estafada. Lo que en realidad le gustaba de ellas, pensó, era lo mismo que le había gustado de las biografías: que sólo avanzaban en una dirección.

Había un tipo de novela que no lo hacía, y eso la inquietaba: un tipo de novela que daba la impresión de que había que llegar a la mitad, o a las dos terceras partes, para entonces, empezar a retroceder hacia el principio. Todos los incidentes y personajes que aparecían en la primera mitad, aquellos que creaban la historia, aparecían (algunas veces incluso, en un orden más o menos invertido) para completar la historia, como si la segunda mitad o el ultimo tercio del libro fuesen la imagen especular de la primera, con el final exactamente igual al comienzo, salvo que era un final, era que no se parecían a la vida; Rosie no sabía si lo hacían o no; pero si lo hacían, entonces acaso también la vida tuviera una mitad espejo y su dirección en un solo sentido era ilusoria; y si Rosie no lo sabía, quizá fuera tan sólo porque ella no había entrado aún en la parte ulterior, en el precipitado tramo de regreso de su propia existencia.

Una vez, cuando eligió una novela en una librería de libros usados, había encontrado, pegada a la solapa, una reseña crítica del libro, ya amarillenta. Al crítico parecía gustarle el libro, pero encontraba la trama un tanto mecánica. Cuando Rosie la leyó, encontró que era una de aquéllas con un tercio final en espejo. De modo que lo que ella había estado percibiendo todo el tiempo (lo advirtió con sorpresa) era eso, trama, algo que ella podría haber dicho que tenían las novelas pero no las biografías, sin saber con precisión qué quería decir con esto. Y ahora lo sabía.

Y sin embargo no sabía aún en qué medida las vidas se parecían a las novelas por el hecho de tener tramas, de tener simetrías, de estar divididas en dos partes, el largo camino de ida y el más rápido camino de regreso. Por cierto, había algo mecánico en esta imagen; pero no había manera, todavía, de saber si la vida era o no, en realidad, mecánica y simétrica. Claro que cuando se sentaba con una novela de Kraft en la falda, esperando en oficinas para seguir los trámites de su divorcio de Mike, aquélla no parecía ser una cuestión académica; pensaba que ella muy bien podía estar justo a mitad de camino de su propia historia (si tenía una marca a mitad de camino) y que por lo tanto, lejos de estar zafándose de su marido, tan sólo estaba estableciendo las condiciones de las ulteriores e ineluctables apariciones de él en la historia. Que al fin y al cabo era también su historia.

Kraft no era una gran ayuda. Pese a que el rodar de la Historia siempre avanzaba en sus libros (con ruidos y murmullos casi audibles), del pasado remoto a un pasado más reciente, todo en una misma dirección, las historias que contaba tenían a menudo la estructura especular de una trama. Manzanas mordidas tenía esa estructura: en el centro mismo de la historia, el mago o el científico trazaba el diagrama del horóscopo del joven Will y situaba sus planetas, y decía que, a menos que se decidiera a volar hacia las estrellas, no haría carrera en el teatro como actor. Ya partir de ese momento, escena por escena, el libro retrocedía todo su camino con gran precisión. Ella lo adivinó (y dijo oh no, no puede ser, en voz alta, con cómica desesperación, durante el desayuno, de modo que Boney levantó la cabeza para saber por qué protestaba) tan pronto como Simón Hunt, el antiguo maestro de Will en Stratford, que había escapado furtivamente para tomar los hábitos, apareciera una vez más ante Will en Londres.

Ahora era Hunt el que estaba en peligro, el cazador cazado, un jesuita, su cabeza puesta a precio. Will, aunque tentado de delatarlo sólo por un momento bochornoso, salva al aterrorizado sacerdote ocultándolo en un momento crítico, a la vista de la patrulla de Walsingham: en el escenario, haciendo el papel de un monje ridículo en una comedia antipapista, arrastrado por los diablos a las profundidades del infierno.

Buena escena para una película, pensó Rosie.

Y al final Will iba de gira por las provincias y regresaba una vez más a Stratford, a orillas del Avon, se sentía viejo a los diecisiete años, y conocedor del mundo, y creía acabada su carrera de cómico. La última, larga escena con su mortificado padre, tan a la misma distancia del final del libro (hasta casi el mismo número de páginas) como la primera entrevista lo estaba del comienzo. Vuelve a casa, Will. Perdóname; perdóname.

Y sin embargo —Rosie se preguntaba cómo lo lograba— no había en esta perfecta simetría de escenas la opresión que había sentido en otros libros; era, de algún modo, estimulante. Quizá fuera sólo su propio conocimiento, adquirido fuera de estas páginas, de la Historia ulterior, la que ninguno de los personajes del libro podía conocer. Ni John Shakespeare, ni James Burbage (al decir adiós a Will junto al carretón, en la taberna de Stratford, enjugándose apenado una lágrima, pero pensando que por fin se sacaba de encima a ese joven desgarbado) ni el propio Will Shakespeare, volviendo a casa por la calle Mayor del pueblo.

Era hora de sentar cabeza; hora de aprender el oficio de su padre: un oficio honrado, aunque nada apasionante, que podría mantener a un hombre hasta su muerte.

Que podría mantener —Will sintió henchirse su corazón, aunque sus grandes pies sobrios sonaban normales en la calle Mayor— que podría mantener una esposa e hijos. Una esposa de ojos oscuros del pueblo de Stratford.

Y si trabajaba con tesón, algún día podría borrar de la larga memoria del pueblo su aventura en Londres, y ganar para sí el nombre de buen ciudadano, —un crédito para Stratford— incluso, tal vez, el de caballero.

Will llegó hasta la puerta de su padre, la mano en la empuñadura de una imaginaría espada de caballero en su flanco. En la posada, los cómicos de Burbage montaban el escenario para la vieja representación de César apuñalado en el Capitolio.

Oh, de cajón, de cajón, pensó Rosie, casi riendo de gozo; porque al pie de la última página, en grandes mayúsculas, no decía «fin» sino

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