Ægypto

John Crowley · Capítulo 6 de 30

Páginas del PDF

Ægypto

Tres

—Lo que ahora quiero hacer —dijo Spofford— es casarme.

Sentados en el porche de la pequeña cabaña de Spofford en lo alto de la colina, los dos amigos conversaban, poniéndose mutuamente al tanto de novedades y proyectos. En el prado rocoso, las ovejas pastaban y de tanto en tanto erguían las testas como para admirar el paisaje.

—¿Sí? —dijo Pierce—. ¿Y tienes a alguien en vista?

—Ahá.

—¿Y para cuándo?

—Bueno, no lo sé. No de momento, tal vez. Ella está… cómo te diré, no es libre por ahora.

—Casada.

Spofford asintió.

—Con un tal Mucho. Mike Mucho. —Mientras hablaba, sus manos, con sólo una pequeña hacha como herramienta, tallaban un mazo en un tronco de leña, girándolo hacia uno y otro lado a fin de perfilar con delicadeza los planos y las curvas—. Así que por el momento está más bien en capilla, portándose bien. Es comprensible. Pero para eso son las ovejas, en cierto modo. También a ella le gustan las ovejas. Le gustaría criar algunas. Eso tendríamos en común. En un tiempo, las ovejas fueron en estos contornos un filón, una fuente de actividad productiva, quiero decir. Estos pastos de altura son ideales para las ovejas. Por qué cambiaron las cosas, no lo sé. Pero podrían volver a serlo.

Spofford había heredado esa propiedad de sus padres, cuando éstos decidieron recientemente retirarse e ir a vivir a Florida: hectáreas que la familia había conservado durante años, inútiles por cierto, pero siempre conservadas, de todos modos. Florida: Spofford escupió. Qué más inútil que eso, pero para qué hablar. Pierce meneó la cabeza: también su madre había elegido no hacía mucho ese lugar de residencia, con los de la tercera edad.

—En fin —dijo Spofford—. Me han quedado estas tierras, buenas para las ovejas, y estoy construyéndome una casa. O estoy por empezar a construirla. Tengo algunas ideas de cómo ha de ser la casa donde quiero vivir. La construiré en esa cresta, en lo alto del antiguo huerto. Mirará a los dos lados ¿te das cuenta? Quedan allá unos viejos cimientos y la piedra del hogar. Eso me gusta. Puedo edificar mi casa sobre ellos. He talado una buena cantidad de troncos, ahora están curándose. Los utilizaré para construirla. Para eso es esto. —Sopesó en la ancha palma morena la herramienta aún sin terminar. Tenía un tatuaje en el dorso de su mano, un pez volador, pálido, azul como sus venas—. Para partir los troncos, las tablillas de pino para el tejado.

—¿No las hay en venta? —preguntó Pierce—. Yo habría pensado que venderían tejas en estos tiempos, materiales ya listos para techar, quiero decir.

—Claro que sí —dijo plácidamente Spofford—. Pero prefiero fabricarlas yo mismo. Es algo así como un regalo… esta casa, quiero decir. Mi casa. Mis árboles. Talar los árboles, los árboles para hacer los tablones, los tablones para construir la casa; tornear el mazo para partir las tejas, las tejas para el tejado, el tejado que nos protegerá de la lluvia y… si entiendes lo que quiero decir.

Pierce, hipnotizado por la habilidad con que las manos de Spofford torneaban el mazo, y por las cadencias de su voz trazando planes, se limitaba a asentir; la herramienta, no una maza toscamente labrada sino un verdadero utensilio de trabajo, tallado en bisel y modelado con una gracia natural, lo fascinaba.

—Un regalo —dijo Spofford otra vez, contemplando su obra—. Ya la conocerás. Hay una fiesta mañana. La fiesta de la Luna Llena. Irá mucha gente. Ella estará.

—Ah —dijo Pierce—. ¿Y qué hace la gente para festejar la Luna Llena?

—Lo habitual —respondió Spofford—. Nadar. Comer. Beber. Y un poco de droga.

—¿Y cómo se llama esa dama?

—Rosalind.

Pierce soltó una carcajada. Spofford lo miró de soslayo y dijo:

—Tú nunca sucumbiste, ¿eh?

—Si lo que quieres decir con eso es si alguna vez he pronunciado juramentos, la respuesta es no.

—Ajá —dijo Spofford.

—En cuanto a sucumbir, sí. No una sola vez. Más de una.

Enlazó las manos por detrás de la cabeza. Spofford continuó trabajando y no hizo más preguntas. El atardecer era extrañamente bullicioso. Las cigarras en contrapunto y mil otros insectos menos musicales llenaban el aire de un matizado canturreo. El sol, a espaldas de ellos, se deslizaba hacia su escondite al pie de las montañas.

—Justamente por eso, porque sucumbí y perdí pie, dejé mi empleo —dijo Pierce al cabo.

—Tenía entendido que te habían echado.

—Lo dejé, me echaron. No hace falta hilar tan fino.

—Y el amor fue la causa.

—El amor y el dinero. —Chalkokrotos—. Es una larga historia.

—De ahí el viaje al College Nosécuánto. En busca de otro empleo.

—Peter Ramus.

—No creo que te gustara mucho Conurbana. ¿Y quién demonios es ese Peter Amos?

—Hazme un favor —dijo Pierce—. Por ahora, sólo por ahora, y ya que estoy en fuga, no hablemos de Conurbana. Ni de Peter Ramus. Es el tipo que inventó, entre otras cosas, el cuadro sinóptico.

Spofford se echó a reír, y probó contra la palma de la mano la tersura de su obra. Pierce se quitó las gafas de sol; una oscuridad crepuscular cayó de repente cuando el sol tocó el borde de la montaña, y a través de las hierbas amarillas se proyectaron unas sombras largas.

Había sido ella quien arrastrara a Pierce a esa zarabanda endemoniada, y en fogosa compañía por añadidura. Los peligros en que vivía y a los que siempre estaba en un tris de sucumbir, lo habían excitado —también a ella la excitaban— y la excitación era magnificada por el champán que ella deseaba y conseguía, por las largas noches sobre la ciudad y los intensos amaneceres que pasaban juntos y a solas; y la vida de efervescencia permanente alimentada por la coca y a la vez solventada por ella, o por lo menos en su mayor parte —y, como culminación, como único remanente de todo ese despliegue, el terrible atolladero en que a la larga Pierce se encontraría atrapado—. Ella pensaba en él como en un refugio; con su gran osamenta, sus manazas, siempre había dado esa impresión de fortaleza, lo cual no era del todo una ilusión; pero además lo había creído equilibrado, y en eso, desde luego, se había equivocado por completo.

Desde el comienzo, Pierce se había implicado, con pequeños aportes, en el tráfico que ella practicaba en mayor escala. No podía esnifar su capital gratuitamente, y comprárselo al menudeo le parecía sórdido; tampoco podía ciertamente refrenarse, no si iba a pasar con ella a solas aquellas noches gélidas, ni quería, si acaso hubiera podido, refrenarse: la nieve que ella conseguía era buena, de la mejor. Pierce, que con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas trataba al día siguiente de explicar a sus estudiantes el Siglo de las Luces, no podía quejarse.

—¿Cómo era aquello —le preguntó ella—, que decía esa vieja, esa Lady Mohosa Pelambrosa Quesécuánto?

—Lady Mary Wortley Montagu —dijo Pierce, concluida la clase, la lengua ahora destrabada por la coca y el champán—. Nunca lamentar. Nunca explicar.

—Eso mismo —dijo ella—. Ése es mi lema. Nunca lamentar. Nunca explicar.

Y se atenía a él. El negocio prosperaba, y se volvía más peligroso. Sacó a Pierce de su viejo apartamento de los arrabales, que él nunca, ni en las duras ni en las maduras, había querido abandonar, y lo instaló en un edificio de vidrio y cemento con suelos de cerámica y un panorama de las feéricas torres del negro puente de Brooklyn. Más céntrico. Para participar en este negocio, él se había endeudado hasta los tuétanos con la Unión de Créditos Barnabas; su sueldo, nunca generoso, volaba a través de aquellos altos ventanales, en tanto ella distraía su parte de la renta en un negocio que la haría crecer como bola de nieve.

—Como una bola de nieve —decía ella riendo. Pierce era consciente de que se tambaleaba, pero tambalearse ¿o es aún caer? Era consciente de que tenía miedo, y un hombre que tiene miedo no puede impedir que se note que puede trastabillar y perder pie. Él hacía lo posible porque no se notara: deseaba, sobre todo, que ella no pensara que no daba la talla. Las decisiones súbitas que ella le requería ratificar —el apartamento, los gruesos fajos de billetes y qué hacer con ellos, las proposiciones de fantasías amatorias de las que él jamás había oído hablar—, la coca le ayudaba a afrontarlas, la coca era decisiva, pero era también caprichosa: te hacía responder, sí, con gestos y movimientos rápidos y seguros, pero a menudo te hacía andar a tientas, a los bandazos; el suelo del apartamento estaba sembrado de los añicos que nadie barría de las copas de champán que él había asido con demasiado brío, el denodado brío que te insufla la coca. La cama era el único lugar seguro. La acicalaron con edredones y con sábanas tornasoladas, la reflejaron en espejos y la recamaron de cojines. Pero cuando estuvo al fin bellamente enjaezada, ella empezó a pasar las noches fuera de casa.

El teléfono era un ruido aterrador en aquel edificio de piedra a las cuatro de la madrugada. Pierce, a solas, encogido como un feto en una orilla de la inmensa cama, tuvo la impresión de haber tardado horas en desprenderse de los edredones espumosos y acudir al alarido del teléfono.

Era el negocio fabuloso, por supuesto, el que le devolvería a él todo su dinero y quizá el doble, que había zozobrado. En el retrete de señoras del edificio de un estadio de béisbol, la noche de la inauguración de la temporada, lleno de tipos raros y verdaderamente temibles.

—¿Estadio de béisbol? ¿Qué estadio de béisbol?

—Yo qué sé… No sé nada de béisbol.

Todo se había perdido, el dinero perdido, el alijo perdido. Pierce nunca llegaría a conocer toda la historia.

—Al menos tú estás sana y salva, tú estás sana y salva —dijo.

—Oh, sí, yo estoy a salvo. No es eso. Te debo un montón de dinero.

—Olvídalo. Vuelve a casa.

—No puedo. No volveré, no volveré… por un tiempo. Cambia el teléfono. Cambia las cerraduras. En serio. Pero escucha, escucha. Te lo devolveré todo, como te he dicho. Y más. Ten paciencia.

—Qué importa eso. ¿Dónde estás? ¿A dónde piensas ir?

—Estaré bien.

—Es que no puedes esconderte sola…

—No estaré sola. —Hubo un silencio, un silencio lo bastante prolongado como para contener toda una historia, una explicación, un pretexto. Luego—: Hasta pronto, Pierce.

La primera vez que Pierce la había visto estaba desnuda y enmascarada, y era su madre quien le pagaba a él para que la acariciara.

Era, por la rama materna, en parte judía y en parte gitana, y, por vía paterna, mayormente rumana, o tal vez de un origen por completo diferente; de su paternidad, ella dudaba. Creía que el matrimonio de su madre había sido puro; su padre, un boulevardier de Broadway a la antigua usanza, alegre y afable, tenía una pena o una debilidad secreta, de la que nunca se hablaba, pero que hacía que se fuera a dormir temprano y que a menudo pareciera un tanto ambiguo, aunque siempre acicalado y elegante con su chalina de seda y su cuidada barba blanca; estaba «semijubilado». Había sido antaño un celebrado compositor de canciones sentimentales y de jingles de TV, y un virtuoso del violín. Excelente anfitrión, ofreció a Pierce el champán de Nochebuena y cigarrillos negros de los Balcanes antes incluso de que el recién llegado le fuera presentado, y lo interrogó con interés, adoptando una pose atenta (era un exquisito adoptador de poses anticuadas), si bien no pareció escuchar las respuestas.

Había sido Sid, el chichisbeo de su madre, que era amigo de Pierce y dueño de la casa donde vivía, quien concertara aquel primer encuentro, y también quien, poco tiempo después, en una noche de cellisca, lo llevaría al apartamento de los padres de ella a celebrar las Navidades. Axel, el padre de Pierce, con quien éste pasaba habitualmente la Nochebuena, estaba hospitalizado, y Sid, a quien esas fechas, por razones que Pierce no alcanzaba a comprender, ponían profundamente sentimental, había insistido en que su amigo, después de las penosas horas de visita, lo acompañase a esa fiestecita en vez de volver (como era su intención) a su apartamento vacío y sentarse a leer.

Reconoció al instante la sortija que ella llevaba en el dedo anular de la mano izquierda. Usaba varios anillos de delicada plata, pero el del anular de la mano izquierda era una imitación florentina, con una gran piedra lustrosa. Con ocasión de aquel primer encuentro, habían pasado juntos varias horas, los dos desnudos, y él había tenido tiempo para estudiarlo, entre otros detalles ahora ocultos a sus ojos. Tomó la mano de Pierce con una sonrisa de reconocimiento, porque ella había visto su rostro. Aquel día, un mes atrás, Pierce había llegado con retraso a la inmensa buhardilla excesivamente caldeada, en algún lugar de los West Forties (nunca más volvería a encontrar ese sector de la ciudad); los otros ya se habían despojado de sus ropas invernales y se habían puesto las máscaras; Pierce recordaba la extraña sensación de encontrarse vestido pero desnudo de rostro en medio de toda esa gente desnuda pero enmascarada.

—Ya nos conocemos —dijo ella, cuando su padre intentó hacer las presentaciones, aunque ya no recordaba el nombre de Pierce—. Hola. Disculpa, Papi, Effie quiere verte, quiere ver a todo el mundo, acaba de despertarse.

Su madre —ella llamaba Papi a su padre putativo y Effie a su madre irrecusable, tal vez por un vago deseo de establecer un cierto equilibrio— estaba en cama con gripe, pero no quería perderse nada. Pierce le llevó la caja de bombones, que era la única delicatessen que había podido adquirir en Brooklyn a última hora de la tarde en la víspera de Navidad, y Effie la abrió y ofreció a los amigos reunidos alrededor de la cama.

—¿Ha venido Olga? —preguntó Effie—. Oh, espero que pueda venir. Con Olga nunca se sabe, pero lo prometió. —Effie llevaba perlas con su mañanita de satén crudo, una mujer atractiva, mucho más joven que su marido, y que al mismo tiempo parecía pertenecer a una década posterior a la de él, la de los años cincuenta si él era de los veinte, o los veinte si él era de los noventa.

Su hija se sentó a los pies de la cama.

—Ya conoces a Pierce —le dijo a Effie—. Es actor. Ya lo has visto antes. —Effie comió un bombón, y le sonrió con la misma sonrisa ladina con que le sonreía su hija.

—Ah —dijo su padre (sin entrar del todo, desde el dintel, con una mano, excepto el pulgar, en el bolsillo de su blazer, la otra sosteniendo la copa de champán)—, ¿es por eso entonces que conoce a Sid? ¿De las películas?

—En cierto modo —respondió Pierce, que de actor no tenía realmente nada, aunque cuando Sid lo había reclinado para una jornada de rodaje le había asegurado que eso no tenía ninguna importancia. El propio Sid, aunque podía describirse a sí mismo con convicción, incluso con cierta petulancia, como un «cineasta», era en realidad un propietario, un propietario nato en todo sentido, y como tal había empezado a tratarlo y conocerlo Pierce, ya que el inmueble que le arrendaba requería la constante y minuciosa atención de Sid, quien se habría sentido mucho más a gusto dedicando su tiempo a su otra empresa, a las películas.

—Una secuencia onírica —le había explicado Sid ese noviembre, mientras trataba de invocar calor del averiado radiador de Pierce—. Una sola jornada de trabajo, nada más. Menos. Y veinte dólares para ti, no porque te hagan falta, desde luego. —Sid acababa de adquirir los derechos de una película japonesa, una obra moderadamente erótica que según él podía atraer a cierto público, y que no incluía desnudos masculinos; sin embargo, un alto tribunal había admitido recientemente que la desnudez masculina no era en sí misma pasible de procesamiento, y Sid estaba convencido de que si su película llegaba al límite absoluto, y se la podía publicitar en esos términos, rendiría beneficios mucho mayores. Reparando en una escena en que la heroína, extenuada, cae en un profundo sueño, Sid había pensado en intercalar en ella una secuencia onírica tan poblada de hombres (y mujeres) desnudos como fuera posible, una escena orgiástica, en realidad, aunque «todo simulado, todo simulado», había añadido, mientras sugería No con un ademán de la mano que empuñaba la llave inglesa. Y todos enmascarados, para disimular el hecho de que los protagonistas de la orgía que había contratado no eran orientales ni aparecían en ninguna otra parte de la película y para dar, al mismo tiempo, el adecuado toque surrealista.

De modo que cuando la habían emparejado con Pierce ella estaba enmascarada, y parecía más abstracta aún a causa de la luz chillona, que empalidecía su piel morena casi hasta la transparencia, irreal como una muñeca. Su madre, aficionada a varias artes, había confeccionado las máscaras, que por cierto eran ingeniosas: simples chalinas de una tela fina, sedosa, casi transparente, sobre las que Effie había pintado rostros Kabuki, cejijuntos y con barbillas prominentes. Cuando la chalina se tensaba sobre la cara, el relieve de las facciones reales otorgaba cierta vida y movilidad a las pintadas, en verdad espeluznantes, pesadillescas. También era su madre quien, gracias a ciertos fondos personales de que disponía, financiaba el rodaje. Su marido lo ignoraba.

En aquel entonces, Pierce no estaba enterado de esos pormenores; para él, todos eran desconocidos, excepto Sid; y fue Sid quien lo puso al tanto aquella Nochebuena en breves cuchicheos apresurados mientras subían juntos al apartamento. Sid no aclaró sin embargo —Pierce no recordaba que lo hubiera siquiera mencionado— que la propia hija de Effie se contaba entre los orgiastas del sueño. O a lo mejor lo había mencionado en algún momento, sólo que entonces no le habría impresionado como ahora, en medio de la familia, en Nochebuena, bebiendo el champán de su padre.

—Oh, ha sonado el timbre —dijo ella. Se levantó de un salto de la cama y corrió a abrir la puerta.

—¿Vas a tocar más tarde? —preguntó Effie a su marido, quien adoptó una nueva pose, tímida, modesta.

—Claro que sí —dijo Sid—. Debes hacerlo. Sin ello, no sería Nochebuena.

—Olga ha llegado —dijo su hija, asomándose.

—Ah, dile que entre —dijo Effie—. Necesito hablar con ella. A solas. Un momento apenas. —Le entregó a Sid la caja de bombones y se esponjó el pelo y la mañanita.

Olga era vieja, una cabeza envuelta en un turbante con un par de ojos incisivos, implantada sin cuello directamente sobre un cuerpo minúsculo y rechoncho, una pelota de playa en vestiduras flotantes y recamada de pesado oro. Saludó a Pierce, al serle brevemente presentado, con una mano infantil recargada de anillos, y con un «cómo está usted» en un tono de voz absurdamente grave, con un ampuloso acento extranjero que hubiera podido provenir de la garganta de Bela Lugosi.

—Es prima de mi madre —dijo ella cuando Olga hubo desaparecido en la alcoba de Effie—. Por la rama gitana. —Condujo a Pierce hasta el aparador, donde estaba servido el bufé, provisto por una empresa especializada, nadie en esa casa sabía cocinar. Hablaba deprisa, sus largos pendientes, que hubieran podido pertenecerá Olga, temblaban cuando se reía o se inclinaba sobre la mesa, mientras explicaba la historia de su familia, las ratinas navideñas (la visita de Olga, el recital de violín de su padre). Con la mano cuajada de anillos se llevó a la boca una galletita con caviar; sus pechos estaban sueltos bajo el jersey de cachemira, pechos que él conocía Ella lo sorprendió mirándolos.

—Tiene gracia ¿no? —dijo, sonriendo su sonrisa franca y astuta.

Había pasado toda aquella mañana trenzándose con ella en contorsiones de exagerada lascivia sobre las duras plataformas revestidas de un terciopelo negro teatral y polvoriento (la escenografía, dado que la orgía onírica tenía lugar en Ningunaparte, no era nada costosa). La acción que Sid había pergeñado sugería algo así como una cruza de la antigua vanguardia con algunas de las depravaciones de Cecil B. de Mille, un simulacro de desenfreno que a Pierce le había resultado penoso y nada erótico; sin embargo, entre una toma y otra, pudo simplemente mirarla a ella, ausente detrás de su máscara (una vez colocadas, no se las quitarían en toda la mañana), y una sensación de libertad absurda, inexplicable, casi le hizo reír. Ella dijo que le vendría bien fumar un porro, y que se preguntaba qué tendrían que hacer en la escena siguiente; Pierce dijo que él no estaba seguro, pero que probablemente todos los hombres amenazarían, simularían atacar a la vez a la heroína, una joven de piel oscura cuya máscara ostentaba unas tristes cejas horrorizadas y una angustiada boca escarlata. Y se preguntó en voz alta si parte de la pesadilla de la pobre muchacha japonesa no consistiría en que los hombres con los que soñaba fuesen a la vez peludos y circuncisos. Desde detrás de sus ojos de gata —era una esfinge kabuki, aunque sin las alas—, su pareja los observó uno por uno y se echó a reír: era verdad. Distraídamente, con la mano del anillo florentino, se enjugó el sudor de los pechos (era un trabajo que hacía entrar en calor), y el pene de Pierce, que durante toda su actuación en la película había permanecido discreta y delicadamente impasible, reaccionó y se irguió.

—Me acuerdo de este anillo —dijo, tomando de la mano de ella una galletita. Siempre esfíngea, más parecida a su máscara de lo que él habría imaginado—. Es interesante.

—Feo ¿verdad? —dijo ella—. Pero tiene un secreto.

—¿De veras?

Ella lo miró un momento, como evaluándolo, y luego paseó una mirada en derredor. Sid y su padre daban la bienvenida a nuevos invitados (¿abuelos?, uno de ellos se apoyaba en un bastón ortopédico).

—Ven conmigo —dijo.

Lo guió por un corredor, pasaron delante de la puerta de Effie, que estaba entreabierta; Olga y Effie, cogidas de las manos, conversaban en voz baja.

—Ella te adivinará la suerte más tarde. En serio. —Empujó a Pierce a través de otra puerta, a un cuarto de baño, y la cerró detrás de ellos—. También echa las cartas, si prefieres. —Se sacó un pendiente y lo puso encima de la cisterna del inodoro. Luego levantó la mano del anillo, mirando fijamente la piedra como si fuera una bola de cristal, y con la uña del pulgar de la otra mano abrió el engarce y retiró la piedra.

—Una sortija envenenada —dijo Pierce.

—Con cuidado —dijo ella—. Con mucho cuidado. —En el hueco de la piedra había una mota de un polvillo blanco. Con pericia y cautela cogió el pendiente e introdujo en el anillo la paletilla de plata; sacó una dosis, la alzó hasta su nariz y mirándose en el espejo del lavabo, inhaló deprisa; las aletas de su nariz se contrajeron con avidez al sorberla—. ¿Por qué será que la gente cree que los gitanos pueden adivinar el porvenir? ¿Por qué será eso?

Él podía explicarle eso. Observaba, asombrado, este cuarto de baño, un lugar muchísimo más extraño que aquella buhardilla con su ersatz de sexo. Ella volvió a hundir el pendiente en la sortija y, con los labios apenas entreabiertos, lo levantó hasta la nariz de Pierce, alimentándolo, la enfermera solícita administrando un polvo, esperando que el paciente inhale toda la dosis, qué chico bueno. Otra vez.

—Yo podría explicártelo.

—¿Qué?

—Por qué los gitanos pueden adivinar el porvenir.

—Olga lo hace bien —dijo ella—. Podría revelarte algunas cosas.

Él podía explicarlo, podía explicarlo, no porque supiera mucho más, pero eso sí que lo sabía; y mientras la miraba servirse por segunda vez, sintió de pronto puertas dentro de él, detrás de él, puertas, puertas que se abrían, de golpe, una tras otra en instantánea sucesión, puertas que conducían al país de esa explicación, y eso le hizo sonreír. Ella cerró la sortija y mirándose en el espejo volvió a ponerse el pendiente, no sin antes tocar la punta empolvada con la punta de su lengua.

En el momento en que ella se volvía del espejo, él la tomó en sus brazos, no bruscamente, sino con gracia, como en un paso de baile o un abrazo de dos estrellas de la pantalla, y ella se fundió con él como nunca lo hiciera en el sueño de Sid, aunque a juzgar por lo que ahora parecía, dispuesta sin duda a consentirlo. Pierce estaba maravillado; era como si le hubiesen concedido un deseo, uno de sus deseos de adolescente: poder saber con certeza que, si abrazaba a una mujer, su abrazo sería bienvenido; que cuando tuvo la primera oportunidad de tomarla en sus brazos, él hubiera podido ya, de algún modo, abrazarla.

Llamaron a la puerta.

—Un segundo —dijo ella por encima del hombro de Pierce. Permanecieron inmóviles, abrazados, escuchando los pasos que se alejaban del otro lado de la puerta; se besaron de nuevo, ya irrevocablemente transformados en fuego y hielo.

—Será mejor que volvamos —dijo ella.

El salón era un lugar nuevo, los libros y los cuadros y el acebo en las guirnaldas de oropel y las lucecitas que se encendían y apagaban, todo más alegre ahora aunque más lejano, divertido, suntuosamente festivo.

—Esta señora es prodigiosa —le dijo Sid, al cruzarse con ellos camino del bufé y señalando con el pulgar a la vieja tía gitana—. No te la pierdas.

Olga se había instalado en un rincón, a la luz de una lámpara, delante de una mesa pequeña sobre la que barajaba, esparcía, recogía y volvía a esparcir, un mazo de naipes.

—Ahora me toca a mí —le cuchicheó al oído ella, la que un momento antes lo había besado—. Me voy de viaje.

—¿Ah sí? —dijo Pierce—. ¿No se supone que es ella quien debe predecírtelo?

—Necesito que me aconseje. Estaré ausente por algún tiempo. Un sentimiento de desolación, absurda y total, inundó el corazón de Pierce, a la vez que, por alguna razón misteriosa, acrecentaba la extraña felicidad que lo embargaba.

—¿A dónde?

—A Europa. Con una troupe de teatro y de mimos.

—¿Una troupe de mimos?

—¿Has olvidado que soy actriz? —dijo ella con una sonrisa—. Algo así como mimos. Teatro espontáneo. Tenemos fechas y todo. —Lo cogió del brazo—. Tengo un nombre artístico —susurró.

—¿Qué nombre?

Una expresión de superestrella, soñadora y burlona a la vez, afloró a su inteligente máscara de zorra.

—Diamante Solitario —dijo.

Desde su rincón, Olga le hizo con una mano seña de que se acercara, mientras con la otra continuaba barajando y esparciendo las cartas.

—Oye —dijo Pierce—. ¿Podríamos ir a algún lado?

—Claro que sí —dijo ella—. Más tarde. ¿A dónde?

—A mi casa.

—Seguro.

Seguro. La dejó ir, y fue en busca de más champán; estaba sediento y se sentía exultante, como en éxtasis. Un trémolo sostenido, un temblor cadencioso se sucedía en él, una onda estacionaria de júbilo y triunfo semejante a la que hace tremolar en el viento una bandera de seda.

¿Qué le había dicho Olga a él acerca de su futuro? Después de aquella noche nunca pudo recordarlo con claridad; sentado junto a ella, había tenido por primera vez la sensación de ser realmente un actor, un actor en una comedia brillante e ingeniosa que observaba a la vez como espectador, desde su palco, en la noche de estreno, mientras se preguntaba qué sorpresas le depararía el argumento y divirtiéndose a mares.

Un hiato en su actividad: algo así creía recordar, algo inacabado, le había dicho ella, aunque no sabía bien qué, una escultura titánica (pensaba él, o quizá lo había sugerido ella), cuya conclusión le tomaría muchísimo más tiempo de lo que él había supuesto al comenzarla, tendría que ser paciente. Y —dado que estaba pensando en irse a vivir fuera de Nueva York (cosa que él ignoraba)— se permitió darle un consejo: que escribiese a las cámaras de comercio de las ciudades que contemplaba, y se informara sobre oportunidades de empleo, alojamiento y todo lo demás; sugerencia que él encontró sensata, sensata y eminentemente razonable, y sorprendente en labios de una vieja gitana en aparente estado de semitrance. También recordaba que del otro lado de la ventana caía nieve y que la lámpara se reflejaba en ella.

Todavía nevaba horas más tarde del otro lado de la ventana de su modesto dormitorio, una sedosa bandera estacionaria de nieve que a la luz espectral de las farolas de la calle, llenaba la noche con sus ondulaciones.

La película de Sid nunca llegó a estrenarse. Ese mismo mes, o el siguiente, aparecieron en los teatros comerciales, en las salas de los barrios elegantes de la ciudad, películas que abrían de paren par la caja de la que Sid prometía una visión furtiva y fugaz: y nada de máscaras ni tapujos en ellas, nada.

Oh la antigua inocencia, pensó Pierce, viendo despuntar el alba desde la alta torre a la que finalmente ella lo llevara; oh los inocentes días perdidos que imaginábamos tan absolutamente, tan brutalmente desenfrenados.

Diamante Solitario.

Ella se había marchado a Europa en la primavera, pero había vuelto; había bailado aproximándose y alejándose de él durante un año, antes de que se hicieran pareja; y después, la danza había proseguido, siempre en un do-si-do de ires y venires, cada figura concluyendo con un golpe de palmas frente a frente y una voltereta.

No esta vez, sin embargo, esta vez, no. Por qué estaba tan seguro, no lo sabía, pero estaba seguro.

Volvió al crédito sindical del Barnabas para «renegociar» sus préstamos; para vender, si ellos la aceptaban, su alma a la compañía que los financiaba. Transcurrió una larga semana de angustiosa espera, mientras estudiaban sus perspectivas financieras y académicas (Pierce gemía, insomne en su cama, pensando en las clases que había perdido, en las horas de trabajo administrativo que había cancelado, un poco con demasiada frecuencia en los últimos meses, y en los demasiado numerosos amaneceres cenicientos en esa cama también por demás grande y segura), y la decisión, en dos partes, le fue comunicada al fin por el decano de artes y ciencias, Earl Sacrobosco.

En principio, estaban dispuestos a renegociar sus préstamos, sólo que en condiciones mucho más rigurosas que las que él había esperado.

—¿A qué se deben tus problemas de dinero, Pierce? —preguntó Earl—. Tu situación financiera no parece muy buena. ¿No estarás coqueteando con la bolsa?

Pierce no abrió la boca. Nunca lamentar, nunca explicar.

La segunda parte de la decisión, un curso especial al que Pierce había consagrado largas reflexiones, un programa concebido por él recientemente y que deseaba poner a prueba con los jóvenes el próximo semestre, la Junta Calificadora lo había rechazado. Lo cual a su vez, Earl tenía que hablarle con franqueza, no iba a facilitarle las cosas con la Comisión Directiva, y eso sin contar con la historia de los préstamos y, seamos sinceros, con la aparente dificultad de Pierce para jugar en equipo, por así decir. Hombre prevenido vale por dos: no parecía probable que, en esta coyuntura, Pierce tuviera muchas posibilidades de que le ofrecieran una titularidad en el Bamabas.

—Tengo la impresión —dijo Pierce— de que me están echando.

—Tienes un contrato asegurado para el próximo año académico —dijo Earl con voz grave—. Estoy seguro de que todo esto habrá tomado, para ese entonces, un cariz diferente. El hecho de que hayas venido a verme es ya un paso en esa dirección. Tal como yo veo las cosas.

—Me queréis hacer pasar por un período de prueba. —Una furia fría se abría paso dentro de él, lo desbordaba: postergado, rechazado, y ahora puesto en penitencia y humillado; ya había aguantado bastante—. Es absurdo, Earl.

—Una vez que tus dificultades actuales hayan…

—Es simplemente absurdo. He enseñado aquí unos cuantos años, Earl. No creo que realmente necesiten ponerme a prueba, como si fuera una criada.

Estaba temblando, y Earl lo notó. Confundido, dijo:

—Bueno, tomaremos nota de todo esto, lo tendremos en cuenta. Y tú, recapacita, piénsalo un poco más.

—No. —Pierce se levantó, derribando casi su silla, la cólera siempre acentuaba su torpeza natural—. No y no —dijo, dominando desde su altura al doctor Sacrobosco, que ahora lo miraba con una expresión de alarma gratificante—. No y no. Olvídalo, Earl. Esto se acabó —y sin una palabra más (a través del zumbido atroz de sus oídos, pudo oír que no decía una palabra más), salió como una tromba del decanato.

Se acabó, se decía a sí mismo mientras recorría sin verlos los suelos de mosaico aglomerado de los vestíbulos del Barnabas; esto se acabó, se acabó, se acabó. Con esta última reiteración, aunque silenciosa, hizo un violento ademán hacia atrás con la mano, como si apartara de su lado a un acompañante invisible.

De vuelta en su torre, retiró la baldosa de obsidiana negra y con una hojilla de afeitar de un solo filo trituró sobre ella las últimas migajas de su reserva, más preciosa que el oro, mucho, sí, mucho más preciosa. Sacó un billete nuevo de veinte dólares de su cartera (pocos quedaban ya en ella), lo enrolló como un tubo, y colocándoselo debajo de la nariz aspiró la sustancia en largas y ardientes inhalaciones, exhalando el aire con cautela, lejos del polvo, y recogiendo luego el resto con la yema del dedo para depositarlo dentro de su labio superior, donde los finos capilares lo absorberían.

Ese hijo de perra de Earl Sacrobosco, pensó. ¡La Junta Calificadora! Era cosa de Earl, de Earl y de nadie más. No, Earl sólo quería a Pierce para su proletariado; trabajo a destajo, paga a jornales, y en junio sin duda de patitas en la calle. Y se imaginaba que Pierce cedería, claro, a causa de los préstamos.

Pues bien, está equivocado, profunda, absolutamente equivocado, muy, muy equivocado.

Sacó del refrigerador una botella de vodka —no le quedaba nada, ni una gota de champán— y la destapó. Afuera, en la ciudad, luces verdes como linternas japonesas se encendían en sucesión y avanzaban, delineando los puentes, y luces anaranjadas bordeaban, perfilándola, la autopista del este. Pierce abrió las ventanas y aspiró una bocanada de brisa tibia y salobre. Mayo, el alegre mes de mayo.

Debajo de la ventana, sobre el largo radiador de aire climatizado, un ejemplar del proyecto que redactara para su nuevo y ahora rechazado curso abría sus páginas una por una.

Pierce lo cogió, y se puso a leerlo, apretando las mandíbulas ya tan insensibles como para una extracción.

El curso había sido concebido para que fuera un complemento del de Historia 101, su contenido tan indisolublemente ligado al de su curso de historia como lo están los sueños y el despertar. Historia 101 sería un requisito indispensable para acceder a él. O, mejor aún, los dos tendrían que cursarse simultáneamente.

La primera frase decía: «¿Por qué cree la gente que los gitanos pueden adivinar el porvenir?». Y la última decía así: «Existe más de una historia del mundo».

Con el vodka a remolque y las páginas de su proyecto desparramadas alrededor de él, se sentó cruzado de piernas sobre la cama. Euforizado por la blanca (el corazón pequeño y duro latiendo fuerte en su pecho como el tictac acompasado de un reloj), no se tenía lastima. Se sentía desairado, sí, pero potente, Manfredo en los Alpes, Prometeo en su roca.

Pensó: hay más de una universidad en el mundo, más de un puesto de trabajo en oferta. Hay más de un pez en el mar.

Las puertas del armario estaban abiertas, y Pierce podía ver las mangas de las blusas y los suéters de ella, las punteras de sus zapatos; en los cajones de la cómoda estaban sus prendas íntimas, sus alhajas, el pasaporte, y un anillo florentino que ya no tenía la capacidad necesaria para que mereciera la pena llevarlo en el dedo. Se dijo que tenía que guardar todas esas cosas a modo de rehén, de prenda, por un tiempo indefinido. Si tenía paciencia, si esperaba el tiempo suficiente, ella al menos volvería a buscarlas.

Cambia las cerraduras, cambia el teléfono. Él haría lo que le habían hecho a él. Ya nadie puede quitarme nada mas, pensó, nada.

A la mañana siguiente, en cambio, sólo se sentía despreciado, nada potente, naufragado y en pleno mar.

Compartieron una comida sencilla, proveniente en su mayor parte del pequeño huerto de Spofford, y cuando hubieron concluido y lavado los platos, Pierce se retiró al dormitorio, la más pequeña de las dos habitaciones de la cabaña, y se acostó en la cama con declive hacia la cabecera, que su amigo había insistido en cederle. Spofford, que había sacado pluma y papel, escribía (con frecuentes pausas para reflexionar) una carta para su Rosalind, en tanto Pierce releía el prefacio de las Soledades de Luis de Góngora, componiendo mentalmente las primeras frases de su comentario.

Las Soledades son probablemente los más famosos y menos leídos poemas de Góngora… Góngora es probablemente el más famoso y menos leído poeta de su generación. A pesar del entusiasmo de Shelley, a pesar del entusiasmo de poetas como Shelley… «Gongorista» y «gongorismo» son términos que todos creemos que… que todos empleamos pensando que… términos que todo el mundo emplea, pero los poemas mismos y su peculiar… su estilo curiosamente elaborado… los poemas mismos son… Pasó a la Soledad Primera. Era del año la estación florida…

—¿Cómo se escribe idílico? —preguntó Spofford.

Pierce deletreó la palabra. Spofford escribía. Pierce leía, tratando de deslindar las monstruosas metáforas que jalonan el texto como nudos de una cuerda multicolor, cotejando la atrevida interpretación del traductor con el texto original. Y ahora qué, se preguntó, ¿qué puede significar esta «stone, whose Light / Is beautifull, however dark the night», que corona la indigna testa de una obscura bestia, cuyas sienes («it is said») semejan la brillante carroza de un sol de medianoche? La luna, evidentemente; y te bestia ¿sena entonces el Dragón? Quién puede saberlo. No había notas a pie de página que pudieran aclararlo; las notas ayudarían al lector no iniciado, la ausencia de notas es… Dio vuelta a la página. El Mancebo con el corazón destrozado naufraga mientras huye de la Ciudad perversa, y halla ayuda y consuelo entre simples pastores. La audacia de este barroco retorcedor de lenguas, trenzador de emblemas, tallista de piedras preciosas: ¡imaginar simples pastores!

O fortunate retreat

At whatsoever hour

A pastoral temple and a floral bower!

—Escucha —dijo Spofford, apoyándose, con un crujido, en el respaldo de su silla. Pierce prestó oídos, sin escuchar nada más que la noche perpetua; y de pronto, débil pero cercano, como un susurro en su oreja, un silbido hueco, lúgubre, espectral.

—Una lechuza —explicó Spofford.

¿Quién?

—Lechuza —repitió Pierce—. Bonito.

Here is no lust for power

Nor thirst for windy fame

Nor envy, to inflame

Like Egypt’s aspic race.

¿La raza del áspid? ¿Serpiente? Gitano, lo llama el español. Era gitano, es claro, áspid gitano.

Nor she who, Sphinx-like, wears a human face

Above her bestial loins,

Whose wily voice enjoins

Narcissus’ modern seed

Tomorrow Echo, and despise the well

De improviso, ella apareció, tan inesperada, tan vividamente ante él, que le cortó el aliento: el cabello rojizo muy corto, como el de un soldado, la piel gitana satinada con óleos, de regreso de Europa por las playas de Araba, venía a hacerle una visita por sorpresa. He traído conmigo a una amiga, dijo. Su rostro claro, candido, ningún guardia de aduana hubiera podido albergar sospechas al verla, pero era ella la «que en salvas gasta impertinentes la pólvora del tiempo más preciso». ¿Qué había querido decir Góngora con eso? Pierce no tenía ni la más remota idea; ella, la que en salvas impertinentes gasta el polvo antaño más cautamente repartido —pero la dama de Aruba era blanca, escamosa como la escarcha, amarga en las fosas nasales, y ellos la dispersaban en salvas impertinentes, y había más, más de la misma procedencia.

… acaba en mortal fiera esfinge bachillera…

Esfinge. Abajo estaba la bestia; sentada (podía verla ahora, y la visión le oprimía y le calentaba el pecho como la coca) en su sillón de felpa, todavía con su camisa puesta y sus zapatos de plataforma, pero nada más, un cojín bordado a sus pies para que él se arrodillara sobre él y actuase.

Ceremonia profana

que la sinceridad burla villana

sobre el corvo cayado.

Ceremonia profana: con rústica simplicidad, apoyado en su cayado de pastor, podía contemplar la escena con divertido desdén. Pero él dudaba de eso. Si el robusto villano que redactaba su billet-doux en el cuarto contiguo hubiera estado allí, podría haber presenciado aquella ceremonia…

—¿Quieres una cerveza? —preguntó Spofford, levantándose.

—Umm. Bueno.

—No está muy fresca —le dijo su amigo, alcanzándole una botella polvorienta—. Pero tú eres un tipo refinado ¿no? Puedes beber una cerveza como la beben los ingleses.

—Por supuesto —dijo Pierce—, un tipo muy refinado.

—¿Qué libro es ése?

—Poemas bucólicos —dijo Pierce—. Sobre tipos refinados que abandonan la ciudad por el campo.

—¿Ah, sí? Interesante.

—Y que dicen cuánto más agradable es estar aquí que allá.

Spofford bebía su cerveza a pequeños sorbos, apoyado en el quicio de la puerta.

—Es agradable —dijo—. Deberías venir para quedarte.

—Humm —dijo Pierce—. No sé si podría ganarme la vida.

—¿No puedes hacer historia en cualquier lugar?

—Bueno, en un sentido, sí.

—Vente a vivir aquí, entonces. Instálate como historiador.

—Abro una tienda —dijo Pierce, riendo. Dejó el libro y se levantó. Spofford y él salieron por la puerta enrejada a la resplandeciente noche de luna. Bucanero levantó la cabeza y agitó la cola contra las tablas del pequeño porche. Spofford se alejó unos pasos para orinar.

Tan real, tan verdadero, pensó Pierce; él había olvidado, había olvidado esa alteración de los olores reales, ese inmenso volumen del aire. Luciérnagas. Se había olvidado de las luciérnagas. Yo deseo, pensó, deseo…

—Podrías escribir una historia de las Lejanas —propuso Spofford mientras se abotonaba—. Hay material.

—Historia regional —dijo Pierce—. Es un campo interesante. Pero no el mío — añadió, recapacitando: un campo cercado por muros bajos de piedras apiladas, hierbas altas y peñascos cubiertos de líquenes, un viejo manzano. Luciérnagas centelleando en la plumosa oscuridad. No, no era su campo: su campo estaba mas lejos, o más cerca, en todo caso más allá, un más allá de caminos geométricos bajo arcadas emblemáticas, estatuas, un sombrío topiario laberíntico, la perspectiva gris de un obelisco.

Abrir una tienda. Antaño, en su infancia, cuando decidió o comprendió que sería historiador, había tenido la vaga idea de que eso haría, justamente, de que eso era lo que hacían los historiadores, abrían tiendas para dispensar historia a quienes la necesitaran.

Pero sucede que las cosas no son así, pensó, mirando la luna, sucede que no es así. Y sin embargo…

Un albergue bienaventurado a cualquier hora, la venturosa escapada. Si él escapara, ella sin duda lo seguiría. Esfinge.

Esfinge chalkokrotos, no ella, ella en persona, desde luego, ella había sido más que clara con él a ese respecto, no ella en persona pero no por eso menos vivida.

—Escucha —dijo Spofford.

La lechuza, el ave de la sabiduría de Atenea, o el obsceno pájaro de la noche (estos gongorismos son contagiosos, pensó) formuló nuevamente su única pregunta.