Ægypto

John Crowley · Capítulo 29 de 30

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Ægypto

Nueve

Al alejarse de Turín hacia el oeste y el norte, los caminos se encaramaban en las montañas, trepando rápidamente en dirección a los pasos del Pequeño San Bernardo y el monte Cenis; y desde la Piazza del Castello se desovillaba, cuesta arriba, una interminable caravana de carretas, carretones, mulas y hombres, que transportaban correo, noticias, joyas y dinero en metálico (bien escondidos en las alforjas, o cosidos a los forros de los jubones de los mercaderes, no declarados en las posadas y aduanas), y artículos de lujo del comercio levantino y asiático, lo suficientemente valiosos para que el cruce de frontera resultara rentable: plumas de avestruz, drogas, sedas, orfebrería. Los proscritos, los fugitivos y los espías, los frailes y la gente del pueblo, cruzaban los Alpes a pie; los señores eran transportados en literas, protegidos por un séquito de rechinante soldadesca.

El camino elegido, rumbo a la alta Saboya, subía en exuberantes praderas consteladas de flores y se internaba por fin en una floresta de oscuros abetos; a la vera de ríos ahora turbulentos y peligrosos; entre amenazantes barrancos donde aún se hundía la nieve. Nieve: Giordano recogió un puñado y se lo llevó a los labios. Oyó que alguien decía que, por beber continuamente el agua del deshielo, los nativos de aquellas montañas —los hombres fornidos y retacones y las mujeres de largos brazos, cuyas cabañas se sostenían a duras penas en las puntas de los riscos, cuyas ovejas danzaban de escarpa en escarpa— contraían a menudo esa enfermedad repugnante, el bocio.

Giordano suponía que esas montañas debían de ser también la morada de las brujas, las brujas que con tan implacable ferocidad perseguían sus hermanos dominicos; las historias de los cazadores de brujas, de sus riesgos y sus triunfos, era la comidilla de los conventos dominicos. En el fondo de esas profundas quebradas, tal vez; en aquellas negras bocas de cavernas; en aquellas chozas, bajo esos techos cómicamente cubiertos de espesa nieve, un soplo del humo oscuro de sus chimeneas. Pensó que acaso debiera ir en su busca, y convivir con ellas. Levantar vientos, y volar. Un viento áspero y racheado se levantó en ese instante, y algunos copos de nieve revolotearon en él como si fueran ascuas.

Esa misma noche, en la fría celda para huéspedes que le asignaron en un hospicio dominico del Val Susa, permaneció despierto hasta casi el amanecer, entre Maitines y Prima, recordando Nola.

El Hermano Teófilo le había dicho que la Tierra no era plana como un plato, sino redonda como una naranja; parecía natural que Teófilo supiera esto, redondo como él mismo era. Giordano lo escuchaba; observaba cómo el fraile dibujaba, con la punta carbonizada de una vara, el círculo del mundo y los contornos de las tierras que había en él, un mappamundi, y con eso le bastaba. Teófilo no sabía que el mundo redondo que Giordano había concebido al instante, y al que había asentido cuando Teófilo lo dibujaba, era una esfera hueca, y contenía las tierras y las gentes, las montañas y los ríos y el aire, del mismo modo que una naranja contiene su pulpa; a los ojos del niño, lo que Teófilo había dibujado no era otra cosa que la superficie exterior, moteada como un huevo de perdiz, la visión que Dios tenía. Dentro estaba la tierra que nosotros vemos. En la mitad inferior se extendían los campos y los viñedos, las montañas trepaban por las paredes curvas; el cielo era el interior de la cúpula, en el que estaban engarzados el sol y las estrellas.

Bruno reía, recordando; enlazó las manos por detrás de la cabeza.

Cuando Teófilo comprendió por fin qué clase de mundo había imaginado Giordano, comenzó la batalla. El mundo de Giordano era tan redondo como el de Teófilo, y parecía más lógico; era a su entender tan obvio, tan real, que tardó algún tiempo en darse cuenta de por qué se reía Teófilo, y por qué luego se sulfuraba; y cuando por fin lo comprendió, las dificultades le parecieron abrumadoras: ¿qué retenía dentro de la corteza la luz y el aire? ¿Cómo podíamos vivir nosotros suspendidos en la nada? ¿Por qué la gente de las antípodas no se caía y seguía cayendo eternamente? Era absurdo.

Entonces, un día glorioso, cuando comía una naranja entre los despojos invernales del jardín, dio vuelta —una sensación como de nudillos que crujen o de ojos que bizquean recorrió todo su ser—, dio vuelta al mundo, de dentro hacia fuera, como la corteza de la naranja que estaba mondando; y las montañas todas y los ríos, los viñedos y las alquerías y las iglesias, se dieron vuelta con él. El sol y las estrellas volaron a lo alto, para llenar la nada en que habitaba Dios. El mundo estaba fuera de sí mismo. El mundo era redondo.

Suavemente, a través del hospicio de Susa la grave campana resonó llamando a Prima.

Aquello, esa sensación del mundo volviéndose de dentro hacia fuera, como la corteza de una naranja, era lo que había experimentado aquel día, de pie bajo la lluvia, en Venecia, frente al tenderete del librero de la extraña sortija: eso era lo que le había hecho reír.

Si él ponía en movimiento el centro del universo ¿qué sucedía entonces con su circunferencia? Si volvía las esferas exteriores hacia dentro ¿qué sucedía con las esferas? En el centro del antiguo Universo había estado la Tierra, en el centro de la Tierra él, en su centro las esferas celestiales que él había construido dentro de él, en el centro de éstas…

Si daba vuelta de dentro hacia fuera al pequeño universo que había construido en su interior ¿qué sucedería entonces con el que estaba fuera de él?

Oyó las sandalias del postulante, cuya tarea consistía en despertar a los monjes para la oración. Las sandalias se aproximaron a su celda, el postulante llamó a su puerta y siguió camino, golpeando en cada puerta: Oremus, fratres.

Todavía nevaba en el aire primaveral cuando la caravana a la que Giordano se había incorporado reanudó su ascenso a través de Novalese, hasta el monte Genis. Los viajeros que descendían de la cumbre se deslizaban en trineos, un fornido marron tirando adelante con una correa en bandolera, y otro atrás con un bastón alpino para timonear; por el resbaladizo sendero volaban los trineos, los marrones estoicos, los extranjeros envueltos en pieles con los ojos dilatados de terror. Durante todo el día la nieve siguió desmadejándose desde las cumbres; los carretones, empantanados, empezaban a obstruir la senda, las pequeñas mulas tercas hundidas en la nieve hasta las corvas. Giordano, aterrorizado y exultante, sentía diluirse en ella sus sentidos.

La caravana hizo por fin un alto en una aldea de carreteros a corta distancia del Paso. Expertamente, los aldeanos hicieron sitio entre ellos para todos los viajeros, cada recoveco podía alojar a un durmiente; los animales fueron encerrados en los establos y los carretones cubiertos con lonas. Giordano pagó un alto precio por un tazón de leche, pan y una parcela de jergón relleno de crujientes hojas de haya, no lejos de donde ardía el fuego.

Era noche aún, cuando despertó en medio de los roncadores. La posada era una cueva sin luz. Giordano salió con dificultad de la pila en la que estaba escondido, y recogió de un tirón una manta de pieles; la envolvió alrededor de su cuerpo por encima de su hábito de monje y —esquivando, contorneando y a veces pisando a perros y niños que dormían en el suelo— encontró una puerta para salir.

El aire era prodigioso, tan sereno como si fuera un puro cristal, corrosivo en su nariz y su garganta. La tormenta había pasado y el cielo estaba claro, más claro de lo que él había imaginado que pudiera estar: era como estar levitando en las alturas, lejos de la tierra, y dentro de la esfera del aire mismo. Su aliento cálido flotaba delante de su rostro en una nubécula. Se ciñó al cuerpo la sotana y dos pieles, y salió al patio; sus pies envueltos en harapos dejaban tras de él agujeros negros como charcas en la nieve a la luz de las estrellas.

Pero si Copérnico tenía razón ¿había en verdad una esfera de aire flotando por encima de la Tierra? La antigua Tierra de Aristóteles, negra, espesa y degradada, amontonada en el fondo de la creación dentro de esferas más puras de agua, aire, fuego. Todo cuanto era más ligero —chispas, almas— se elevaba. Pero Copérnico decía que la Tierra misma se elevaba, más ligera que el aire, y salía a navegar, entonces, ¿hacia qué lado es arriba?

El corazón no le cabía en el pecho. En el cielo sin luna, las estrellas y los planetas miraban hacia abajo, o desviaban la mirada, y brillaban. Brillaban. Ahí estaba la gran silla de Casiopea. La Lira. El Dragón. La Osa, de pie sobre su cola, mirando hacia la estrella Boreal alrededor de la cual giraban los cielos. Sólo que no giraban. La octava esfera de estrellas sólo parecía girar porque la tierra daba una vuelta entera una vez al día girando sobre su dedo gordo como un arlecchino.

Tal vez no hubiera una octava esfera.

Con un sonido de no-ser, una especie de inspiración profunda que reverberó en un tintineo de cristales, la octava esfera dejó de existir. Las estrellas, liberadas, se alejaron veloces de la tierra, y unas de otras; las más pequeñas (que se alejaban más veloces aún) tal vez no fueran más pequeñas: sólo estarían más distantes. ¡Sí! Y acaso habría —¡tenía que haber!— otras demasiado lejanas para que se las pudiera siquiera divisar.

Su corazón, henchido de la fría luz de las estrellas, parecía a punto de estallar. La Vía Láctea, ese polvo que parecía de nieve, podía no ser más que otras estrellas, demasiado lejanas para que el ojo pudiera distinguir una de otra, así como la bruma azul de un viñedo lejano, no es sino la totalidad de los henchidos pámpanos de la uva vistos a la vez a la distancia. Pero ¿a qué distancia?

¿Qué podía demarcar el límite? ¿Qué razón podía haber para que no fueran infinitas?

Infinitas, decía Lucrecio, quien no pudo imaginar ninguna razón. Un círculo decía El Cusano: un círculo cuyo centro está en todas partes, y su circunferencia en ninguna.

No. El Cusano sólo había dicho eso respecto de Dios. Era él, Giordano Bruno, quien lo decía ahora de la creación de Dios, la sombra de Dios que era el Universo. Porque si las estrellas no eran infinitas, Dios no era Dios.

Para él, la mirada vuelta hacíalo alto, no sólo era claro, tan claro como el aire de la noche; era obvio, como si lo hubiese sabido siempre, y nunca lo hubiera expresado en voz alta. Infinito. Sentía que esa infinitud llamaba a las puertas de su corazón y de sus ojos, y que otra infinitud le respondía dentro de él, porque si el universo exterior era infinito, también debía de serlo el alojado en su interior. Infinito. Movió los pies helados en la nieve, y regresó al hostal. Los pequeños póneys coceaban en sus corrales, resoplando nubes blancas, las hirsutas melenas empolvadas de escarcha. En las ventanas del hostal titilaban las bujías, y un humo sarroso salpicado de chispas se elevaba desde la chimenea; alguien se reía en el interior. Despertaos.

El paso de montaña no quedaba lejos de la aldea. El cielo apenas empezaba a palidecer, las estrellas más tenues, o las más lejanas, habían desaparecido ya cuando la caravana comenzó a ascender, bamboleándose por el sendero que conducía a la cima. Las inmensas manchas de oscuridad sin estrellas a ambos lados del camino no eran cielo, sino las montañas, que se perfilaban, repentinamente claras como si despertaran de un sueño y se levantaran. Entre ellas, en el azur, se encendieron los luceros del alba. Mercurio. Venus. Empapado hasta las rodillas de nieve derretida, Giordano trepaba hacia ellas.

También la Tierra era una estrella como lo eran ellas, y los seres brillantes que las habitaban, no era una piedra lo que veían al mirarla sino otra estrella como ellas, rutilante a la luz del sol. Giordano las saludó: Hermano. Hermana. Un canturreo extraño, insonoro, parecía llenar sus oídos y todo su ser, como si el alba misma quisiera despuntar con una música continua, irreversible. La estrella que Bruno tripulaba derivaba sin ton ni son en dirección al sol, con todos a bordo, los imperturbables carreteros enanos, las sillas, los anímales y hombres; Bruno reía, reía del impulso que había sentido de dejarse caer y aferrarse con manos y rodillas a la esfera, surcando el firmamento como una exhalación.

Infinitas.

Te haces igual a las estrellas si sabes que tu madre Tierra también es una estrella; te elevas a través de las esferas, no abandonando la tierra, sino navegándola: sabiendo que ella navega.

En las blancas y erguidas cabezas de los picos brillaba el sol, pero la nieve del Paso todavía era azul. A Giordano le habían enseñado que en las montañas más altas el aire es eternamente sereno, pero aquí los vientos del amanecer zarandeaban los pliegues de sus túnicas, y desde las cimas rutilantes, celajes de nieve flameaban lentamente, como banderas. Cada pico tenía su nombre, y el jadeante carretero que trepaba al lado de Giordano los nombraba, señalándolos. Ellos también navegaban.

Fuera de la vista del amanecer, la caravana se deslizaba y tambaleaba a través de la rugiente garganta del Paso y cruzándose con una multitud que avanzaba en sentido contrario, a empujones como en un callejón de ciudad. Luego desembocaron en un pedriscal, un sendero en brusca pendiente. Habían cruzado la cordillera. El cielo era inmenso y azul, pero las lejanas comarcas que Bruno contemplaba se veían aún dormidas y serenas, montañas replegadas una sobre otra, el resto de sus vidas. El sendero que conducía a ellas —el corazón le subió a la boca al discernirlo— atravesaba las laderas de las montañas zigzagueando como un látigo; allá abajo, lejos, muy lejos, se divisaban los recodos que aún tendrían que sortear, y los viajeros que ascendían penosamente. A lo largo de la uña del sendero de plata que bordeaba el precipicio, un pastor hacía pasar en fila sus ovejas una por una.

La Tierra giró, viró como un trirreme, de proa hacia el este; y el sol salió, centella gigantesca, Dios visible. Bruno, paralizado de estupor, con aquel canturreo en sus oídos, el corazón en la garganta, sintió su sonrisa sobre su mejilla.

Hermes decía: hazte igual a Dios. Y Bruno sentía también su sonrisa, como la del Sol. Hazte igual a Dios: infinito. Y Bruno había sido infinito mientras leía aún esas palabras y anhelaba comprenderlas.

La tierra ofrendaba sus valles al sol. Los viajeros, con sus bártulos a cuestas, las mejillas encendidas, riendo de alivio y aprensión, iniciaron el descenso.

Había amanecido.

A la mañana siguiente, Bruno llegó al monasterio dominico de Chambery, en Francia: era el Hermano Teófilo cazador de brujas de Nápoles. Mientras se presentaba al sorprendido prior, en el jardín del convento, bañado por el sol, la Tierra se inclinó bruscamente hacia el norte, y las piedras del suelo se elevaron hasta encontrar su mirada anochecida. Se despertó en la enfermería, donde pasó la Semana Santa con el ojo cubierto por un esparadrapo, la cabeza y el corazón vacíos, silencioso y fatigado como si él con sus propias manos hubiera movido el sol. No podía tomar más alimento que caldo y la Hostia; dormía mucho y cuando dormía soñaba con Ægypto.

Ellos estaban regresando, tal como él los había visto regresar: estaban regresando ahora. El nuevo sol de Copérnico era la señal de ese retorno; quizá Copérnico no lo supiera, pero Giordano Bruno lo sabía y ahora lo pregonaría como un gallo gritón en el mundo entero. Ha amanecido.

Una vez reanudado su camino, Bruno ya rara vez dejaría de viajar: pero incluso cuando transitaba por las antiguas sendas y las altas carreteras de Europa, también caminaba por Ægypto, entre sus templos pintados, al centelleo de sus arenas, bajo la oscuridad azul de sus cielos. Durmiendo y soñando, trabajando y amando, avanzaba hacia una ciudad edificada al este o al oeste de Ægypto, en la región del sol naciente o del poniente, una ciudad cuyo nombre él conocía.

Aquellos que por doquier lo amparaban —en París, en Wittemberg, en Praga— aquellos giordanisti que lo protegían, lo vestían o imprimían sus libros; aquellos que le conseguían entrevistas con los grandes; que lo alimentaban; que lo escondían: parecían a menudo, además, reconocerlo, o recordarlo de algún otro tiempo o lugar, o haberlo conocido alguna vez y luego olvidado, u olvidado que era él quien volvería y no otro: Oh sí ya sé (tendiéndole lentamente las manos, sus ojos indagándolo). Sí ahora os reconozco sí sí adelante adelante.

Dejó la casa de Chambery y tan pronto como se repuso, hastiado hasta la locura de la pringosa estupidez de los monjes, lo interminable de sus charlas como rezos y de sus rezos como chácharas. En 1579 llegó a Ginebra. Allí obtuvo la protección de un noble napolitano, el Márchese de Vico, quien le rogó que por amor de Dios se quitara esos hábitos blanquinegros, y le compró ropas nuevas; pero Bruno desdeñó con una chanza el calvinismo del Márchese, en aras del cual éste había renunciado a todos sus bienes. Se inscribió en la Universidad bajo el nombre de Filippus, y allí empezó a leer a los Reformistas con una mezcla de diversión y desdén. Qué pobreza. En un aula repleta de autómatas que hacían tic tac, relojes planetarios, máquinas lunares, escuchó a un individuo escuálido como una marioneta disertar acerca de cómo intentaba construir una máquina, un autómata que en su geometría reprodujera tan exactamente el funcionamiento del universo que, cuando algo aconteciera en éste, un fenómeno idéntico se produciría en el modelo, aunque se manifestara de forma diferente: otro universo, en realidad, sólo que más pequeño, como la imagen en un espejo.

Pero Giordano sabía que esa máquina, ese modelo, ya existía: el nombre de esa máquina era Hombre.

Los ginebrinos no simpatizaban con él, ni él con ellos. El Márchese intercedió en su favor cuando por insultar al afamado teólogo Antoine de la Faye tuvo que comparecer ante el Consistorio Teológico, hombres vestidos de negro, cortos de entendederas; no fue procesado, pero sí expulsado de la ciudad, bajó por el Ródano. Basta ya de la Ciudad de Calvino.

Lyon era una plaza importante en el comercio de libros, pero allí él no podía ganarse la vida, un viento frío parecía estar soplando a través del mundo del saber; o en todo caso, eso sentía Giordano. Puso pies en polvorosa. En Toulouse tuvo mejor suerte; fue admitido en la Universidad (gracias a la ayuda de buenos consejeros, y dispuesto, sólo momentáneamente, a decir y hacer lo que le aconsejaran) y durante un año y medio enseñó filosofía y la Esfera.

En los meses apacibles que pasó en el Languedoc empezó a modelar, en forma de dioses y diosas, lo que aprendiera hasta entonces; no sólo los grandes dioses planetarios y sus horoscopi, sino también dioses menores, Pan y Vertumnio y Jano y ese otro que se tambalea ebrio sobre su asno, Sileno. En esos dioses menores, silenciosos y pálidos, cuando los alineaba en su interior como antiguas estatuas a lo largo de una vía de Roma, practicaría la magia aegypciana, los nutriría de sus propias riquezas, pondría rubor en sus mejillas y los haría hablar. ¿No había dicho Hermes, acaso, que había dioses, una multitud de dioses distribuidos a través de todas las cosas que existen? De ser así, también tendrían que estar distribuidos en el interior de su propio universo sombra, los pequeños dioses del infinito devenir.

Toulouse era una ciudad hugonota y ese año los ejércitos de la Liga Católica avanzaban hacia sus murallas; había tumultos en las calles y vandalismo en la Universidad, Bruno siguió de largo.

En 1582 estaba en París, la ciudad más grande de Europa, pero no tan grande como para que no cupiera dentro de los muros de su ciudad interior. Disertó en la Universidad, polemizando con pedantes, aristotélicos, discípulos de Petrus Ramus; publicó por fin su enorme libro, un Arte de la Memoria que, a quienquiera que se atreviese a escudriñarlo se revelaría como una obra de magia implacable y terriblemente poderosa: le dio incluso un título tomado de un libro de Salomón que él había ocultado tiempo atrás en la letrina: De umbris idearum. De las Sombras de las Ideas.

Ahora su universo giraba como el otro universo, el exterior a in el mismo universo. Así, si él decidía que algo aconteciera mundo interior, entonces… Bruno reía, reía, no podía parar de reír: ¿acaso no había desplazado al sol de su esfera? No había nada imaginable que él no pudiera hacer si se lo proponía.

El rey oyó hablar de él y lo invitó al Louvre y abrió intrigado el libro de Bruno sobre sus rodillas; fue agasajado con una copa de vino con la Reina Madre, y la Reina Madre lo reunió con su astrólogo y hechicero, cuyo nombre era Notre Dame o Nostradamus. Bruno pensó que el hombre era un farsante, y un imbécil, pero le preguntó: ¿En qué país serán sepultados mis huesos? Y la respuesta de Nostradamus fue: en ningún país.

En ningún país era una buena respuesta. Tal vez él seguiría derivando hacia afuera, eternamente, timoneando la tierra como si fuera un navío, no moriría nunca.

Al final de la primavera de 1583, como parte del séquito del nuevo embajador de Francia en Inglaterra, Bruno se hizo a la mar desde Calais, con sus libros y sus sistemas, y su saber; con una faltriquera repleta de louis d’or; con una misión del rey grabada en su infinita memoria. El embajador inglés en París le escribió a Walsingham: El doctor Jordano Bruno Nolano, profesor de filosofía, cuya religión yo no puedo encomiar, tiene la intención de pasar a Inglaterra. Pero ¿qué religión era la suya?

El navío izó velas, Bruno subió a cubierta, el contramaestre silbó, soltaron las amarras. Por primera vez Bruno perdió de vista la tierra, y con ella sintió que algo se desprendía de él, algo que nunca más volvería a encontrar. Dondequiera que fuese desde aquí, ya nunca más habría de volver. Eolo cantaba en las jarcias, una espuma helada le salpicaba el rostro. La tripulación trepó a los mástiles, el capitán se durmió en su cabina, con el vientre hinchado y a barlovento, como las velas de su embarcación, el pequeño navío surcaba penosamente los mares despiadados, cargado de animales, personas y mercancías, un guacamayo mejicano rojo blasfemaba, furioso, en la escotilla del castillo de proa.

—Y un fuego encendido en los penoles —dijo el señor Talbot—. Un fuego de San Telmo, una llama a la derecha, una a la izquierda. Castor y Pólux, los Gemelos.

—Spes próxima —dijo el doctor Dee.

El ángel que les mostraba este navío en el interior de la bola de cristal (era una niña risueña y voluble, y se llamaba Madimi) hizo que el vidente inclinara la cabeza, acercándola al cristal y al navío y al hombre aferrado con fuerza a la proa.

—Él —dijo el señor Talbot.

—Él, sí —dijo el ángel—. Aquel de quien os he hablado.

—¿No puede hablar más claro? —dijo el doctor Dee—. Preguntadle.

—Aquel de quien os he hablado —dijo el ángel Madimi—. El Jonás que el pez escupió, el tizón que será arrancado de la hoguera, la piedra rechazada por los constructores, y que será la piedra angular de la casa, la última casa que ha quedado en pie. Nuestro adorp, nuestro dragón volando en el oeste, nuestro Mercurio filosófico. Nuestro Grial de la quintaesencia, nuestra sal cranii humani, porque si la sal ha perdido su sabor ¿dónde y con quesera salada? Nuestra bella rosa. Nuestro Bruin invernando en su madriguera. Nuestro señor Jordán Brozan cuya religión yo no puedo encomiar. Ha robado él fuego de los cielos y hay esferas donde no es querido. Y ahora viene a esta casa, aunque él no lo sabe; él no habrá de volver por donde ha venido; y ya nada volverá a ser nunca como antes era.