Ægypto

John Crowley · Capítulo 27 de 30

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Ægypto

Siete

Dos postillones de llamativa vestimenta abrían la marcha del carruaje, que avanzaba zarandeándose por los malos caminos de las afueras de Nápoles. Los carreteros los injuriaban, y los campesinos se descubrían y se persignaban. Y el fraile de hábito blanco y negro, sentado frente a él, en un latín con acento romano, le salmodiaba el consabido ritual de la visita, cuánto tiempo debía permanecer con el Papa Sanctissimus lo llamaba, como con afectuosa indulgencia, qué debía hacer y decir Giordano, a quiénes debía hablar y a quiénes no.

Sanctissimus os presentará su anillo, y vos sólo deberéis acercaros a él, mas no besarlo. El anillo de Pedro se desgastaría hasta convertirse en nada si todos aquellos que acuden a ver al Sanctissimus posaran sus labios en él. Sanctissimus os recibirá por la tarde entre Nonas y Vísperas, después de su colación. Su comida es frugalísima. Es tan abstemio como piadoso. Deberéis dirigiros a él en voz alta y clara, pues Su oído ya no es lo que era…

El carruaje se detuvo en los monasterios dominicos de Gaeta y Latina, los caballos exhaustos y sudorosos; en el calor sofocante, Giordano permaneció largo tiempo despierto, hilvanando los tramos ya cumplidos de su viaje, el más largo de su vida, y añadiendo los lugares, caminos, santuarios, iglesias y palacios que había visto a las moradas napolitanas de su memoria: nuevos rayos de la rueda del mundo que había construido, centrados en la iglesia de San Domenico. No había amanecido aún, cuando volvieron a ponerse en marcha, para viajar en las horas frescas del día, y antes de que los bandoleros —eso decía el fraile que lo acompañaba— se despertasen.

La fama de Giordano se había difundido hasta el más vasto círculo que se pudiera imaginar: más dilatado, en todo caso, que el que los monjes de Nápoles podían imaginar. Cuando el abad fue a su celda para decirle que el Papa había oído hablar del joven de la memoria prodigiosa, que deseaba saber más, y que enviaba un carruaje desde Roma para que lo condujera al Vaticano, su voz se había convertido en un murmullo de admiración y solemnidad.

El primer pensamiento de Giordano había recaído, sin razón, en Ceceo de Ascoli. Había pensado; le hablaré de Ceceo. Le diré: si lo que Ceceo dijo acerca de las estrellas es verdad, si el universo es como él pensaba que era, no pudo ser un hereje ¿no? La verdad jamás podrá ser herejía. Se cometió un error con él; era evidente que, de uno u otro modo, se había cometido un terrible error.

El carruaje se deslizaba veloz por la antigua Vía Apia, mientras el fraile cabeceaba de sueño y los ojos de Giordano devoraban las tumbas, las ruinas, las iglesias a lo largo de esa carretera increíblemente recta y pavimentada. El carruaje entró por la puerta de San Sebastiano y, dejando atrás las gigantescas ruinas de los baños y los circos se zambulló en el populoso corazón de Roma. En el puente del Tíber, el fraile le señaló el Castel Sant’Angelo, que fuera edificado para servir de mausoleo al emperador Adriano, convertido ahora en la atalaya y las mazmorras del papado. Un ángel con una espada se erguía en lo alto, móvil en la rutilante claridad del mediodía.

Ni siquiera a las puertas del Palacio Vaticano se detuvo el carruaje, siguió camino para hacer alto sólo al llegar a un jardín de piedra dorada y verdes álamos, manantiales y galerías y silencio.

—Venid —dijo el fraile—. Lavaos y reponed fuerzas. Sanctissimus está tomando su colación.

A partir de ese día, aquel jardín (era el Cortile del Balvedere que hiciera construir Julio II) significaría Jardín para Giordano Bruno. Aquel tramo de escaleras significaría Escaleras. Estas stantze en las que ahora entraba, de un brillo sombrío en el día radiante, eran las antecámaras y cámaras de una mente, una mente pensante, memoriosa.

—Estas son las stanze que pintó Raffaello. He aquí «El triunfo de la Iglesia». San Pedro, San Esteban. Aquino, de nuestra orden. Seguidme.

—¿Y quiénes son éstos?

—Filósofos. Mirad con mayor detenimiento. ¿No veis allí a Platón, con su barba, a Aristóteles, a Pitágoras? Seguidme.

El fraile tironeó de la manga de Giordano, pero el joven monje, maravillado, se demoraba. La muchedumbre pintada en las escaleras de ese edificio frío, aquellos hombres de largas túnicas que portaban tablillas, parecían inquietos o parpadeaban, miraban a Giordano, sonreían, y tornaban a su quietud y a su plática.

El fraile lo dejó al cuidado de otros dominicos, secretarios de los cardenales dominicos del círculo más íntimo del Papa. Éstos miraban a Giordano de arriba abajo, y le hacían preguntas. Y Giordano empezaba a comprender por qué lo habían traído aquí.

Alrededor del trono de Pedro, los celos y recelos que tienden a enardecer y a dividir a los más diligentes servidores de Cristo eran, por entonces, de una desusada violencia, y Giordano no sería sino un mísero peón en el ajedrez de influencias y prestigio que se jugaba, bajo cuerda, entre los Dominicanes y la negra Compañía de Jesús. La fama de que gozaban los jesuitas obedecía, en gran medida, al hecho de que hubieran adoptado, dondequiera que fuesen, el Nuevo Saber, y hubieran puesto al servicio de la Iglesia sus éxitos y hallazgos en todas sus universidades y academias. Los dominicos querían hacer gala de algún saber que les fuera propio, y recordar a Pío, que al fin y al cabo era también un dominico (aunque no siempre parecía tan consciente de ello como debiera), que sus lebreles blanquinegros custodiaban un tesoro tan precioso como cualquier Nuevo Saber: el arte de la memoria, que a tan alto grado de perfección llevara la orden. Al Sanctissimus le divertiría comprobar la agilidad que ese arte había conferido a la mente de un dominico. Y se instruiría en él, además.

Una vez que Giordano se hubo aseado y alimentado el cardenal Rebiba lo condujo de regreso a las stanze de Raffaello, y lo presentó a la diminuta pasa de uva que era Pío V, Vicario de Cristo sobre la faz de la Tierra. Allí vivía Él, en aquellas estancias, bajo esas pinturas, rodeado de estos monjes. Estaba sentado en una silla entre almohadones. Era tan pequeño que Sus chinelas de raso blanco no llegaban al suelo, y un monje se apresuró a deslizar un escabel debajo de ellas.

Giordano mostró sus habilidades. Recitó el salmo Fundamenta en hebreo, después de oírlo leer en voz alta, una sola vez; nombró cada tumba de la Vía Apia, en el orden en que las viera pasar. Intentó el juego de amiavi-amaveri-veravama, pero Sanctissimus no pudo comprender en qué consistía y tuvo que abandonarlo prontamente.

—De jóvenes, Nos estudiamos este arte —díjole el Papa a Rebiba, quien asintió alentadoramente. Ya Giordano—: Hoy en día no Nos es en absoluto necesario. Ya veis que aquí, a Nuestro alrededor, hay multitud de secretarios que recuerdan para Nos todo cuanto Nos necesitamos recordar. Tal vez, algún día, vos seréis uno de ellos.

Sacudió la cabeza, sonriendo con dulzura, y dijo:

—Continuad.

El artista de la memoria, interrogado por Rebiba, casi mudo de timidez, olvidado de Ceceo, hizo una reseña de su práctica en el arte, de cómo había construido sus palacios y proyectado las imágenes que usaba para recordar; nada dijo acerca de las estrellas ni de los horóscopo pero explicó cómo podían ser utilizados los jeroglíficos de Ægypto, esos signos inventados por Hermes.

—¿Es éste aquel Hermes que dio a los egipcianos sus leyes y sus letras? — inquirió el Papa.

—Lo es —respondió Giordano.

—¿Y aquel que en sus escritos hablaba de un Verbo divino; Hijo de Dios, creador del mundo, pese a que vivió muchas generaciones antes de Nuestro Salvador?

—Yo no he leído sus obras —dijo Giordano.

—Venid a ver —dijo Sanctissimus—. Venid conmigo.

Seguido por Rebiba y un enjambre de monjes, el Papa se encaminó a la más espaciosa de las stanze, la Stanza della Segnatura, donde acostumbraba firmar los decretos de la corte eclesiástica, y se detuvo con Giordano al pie de la pintura de la encolumnada basílica, Platón, luz de sol, verdad.

—Mirad allá arriba —dijo el Papa—, al lado del hombre con el diagrama, que es Pitágoras. ¿Quién es el que viste de blanco?

—No lo sé —dijo Giordano.

—Nadie lo sabe —dijo el Papa—. He ahí Platón, Pitágoras. Epicuro (que está en el infierno) con su corona de hojas de vid. ¿Podría ser éste Hermes, el de blanco?

Giordano alzó los ojos hacia el personaje que el Papa le señalaba.

—No lo sé —dijo.

El Papa echó a andar a través de la atestada estancia, habitada por los insignes muertos, y Giordano lo siguió.

—Ptolomeo —dijo Él, señalando—. Con una corona, pues fue rey en Ægypto. ¿No fue también ese Hermes un rey en Ægypto? Y mirad allí: Homero. Y Virgilio. Mas ¿quiénes son aquéllos? Éstos, con armadura.

El cardenal Rebiba los observaba con amargura y asombro, el viejecito y el monje que, con su cuello de toro y su rígida apostura más parecía un bandolero o un luchador que un filósofo. Los veía estudiar esas figuras que a él mismo nunca le despertaran ninguna curiosidad. Ya la tarde se hacía noche, y había tomado un curso inútil para sus designios: el napolitano, en vez de deslumbrar con su arte, estaba proclamando su ignorancia.

—Aquí, en estas estancias Nos habitamos —dijo Sanctissimus—. También ellos. Nos ignoramos quiénes son, y qué pudo traerlos hasta aquí. Bien.

Extendió la mano del anillo, y Giordano se prosternó; y como le fuera instruido, aproximó los labios a la piedra que lucía en su dedo, mas no la besó, al tiempo que el Papa la retiraba.

—Ahora Nos debemos tornar a Nuestros quehaceres. ¿Hay algo que podáis necesitar? Pedidlo a Nos.

—Desearía —dijo Giordano— leer los escritos de ese Hermes.

—¿Es lícito? —dijo el Papa, y se volvió hacia Rebiba—. ¿Lo es?

Rebiba, ruborizándose, hizo un gesto ambiguo.

—Si es lícito —dijo el Papa—, podéis. Id abajo; en Nuestra biblioteca Nos tenemos incontables libros. Hermes, et hoc genus omne.

Dispuesto ya a retirarse, el Papa dio media vuelta, alzó la mano y un secretario voló hacia él.

—El Index librorum prohibiíorum —dijo, mientras el secretario escribía—. Es necesario revisarlo. Nos ordenaremos una congregatio de Nuestros cardenales. Deben deliberar acerca de esto. Se han cometido demasiadas negligencias.

Abandonó la estancia, dejando de rodillas a Giordano y los otros, y al ruborizado Rebiba indinado en profunda reverencia.

—Id —dijo Rebiba a Giordano—. La biblioteca está abajo. Habéis resultado peor que inútil.

En pos de Rebiba, cuando salió, como atrapados en el furioso crujido de la seda de sus púrpuras, marchó el resto de los sacerdotes, secretarios, guardias y sirvientes que habían llenado las habitaciones. Sólo quedó uno, de pie junto a la puerta del fondo, un muchacho joven y sonriente en quien Giordano no reparara antes, de rubios cabellos, los brazos cruzados sobre el pecho. Sin palabras, encorvando un dedo, indicó a Giordano que lo siguiera. Bajó con paso grácil la estrecha escalerilla, que al cabo de un largo rato desembocó en una serie de habitaciones en desuso, todas pintadas, vacías e iluminadas por la claridad del día.

—Mirad —dijo el muchacho—, mirad esa pared, debajo del zodíaco. ¿Quién sostiene el libro? Hermes.

Giordano miró. Una esfera armillar que representaba el Firmamento flotaba por encima de la cabeza de un hombre de rostro afable que platicaba con otros, egipcianos, tal vez, en un jardín.

—Pinturrichio lo pintó —dijo el muchacho—. Venid. Veréis de nuevo a Hermes en la última estancia. —Cruzaron varias cámaras, una de apóstoles reconocibles al instante por los emblemas que ostentaban, las llaves de Pedro, el libro de Mateo, la cruz de Andrés; y una de Artes —Astrología y Medicina, y Geometría y Gramática —, todas ellas representadas allí casi del mismo modo en que lo estaban en las salas del palacio de la memoria que Giordano llevaba en su mente—. ¿A quién veis allí? — dijo el muchacho conduciendo a Giordano hacia la última estancia—. ¿Quién está en esa pared?

—Mercurio —dijo Giordano.

—Que también es Hermes.

Un hombre joven, con el mismo rostro afable que el del que había visto bajo el firmamento armillar: con una cimitarra estaba derribando una figura grotesca a la que le crecían ojos no sólo en la cabeza sino en todo el cuerpo, en los pómulos, los brazos, los muslos. Detrás de los dos, una plácida vaca miraba la escena: lo. Transformada en vaca por Juno, fue puesta bajo la custodia de Argos, el de los mil ojos, pero Argos fue asesinado por Mercurio, e lo huyó Ægypto.

—Mirad —dijo el muchacho—. Ægypto.

Alo largo de los frisos, todo alrededor de la estancia, veíanse pirámides, toros, jeroglíficos, Isis, Osiris.

—Fue Alejandro Sexto quien ordenó construir estas habitaciones —dijo el joven —. Su signo era el Toro; estudió la magia; conoció a Marsilio, y lo amó. También amaba las riquezas. Fue un hombre muy malvado.

Sus ojos claros, risueños, guiaron a Giordano hacia otra pared, una rema en su trono, no Nuestra Señora; un profeta de larga barba, a un lado del trono, y el mismo hombre de rostro fuerte y afable, del otro lado, pensativo, sonriendo vagamente.

—La reina Isis —dijo el muchacho—. Que en un tiempo fue Io. Y Mercurio, que bajó a Ægypto y dio a los egipcianos sus leyes y sus letras. El otro hombre es Moisés, que también vivió por entonces.

—Sí —dijo Giordano. Miró los ojos claros, sabios y soñadores de Mercurio en el cuadro, y luego los claros ojos risueños del muchacho rubio, y un extraño escalofrío le recorrió la espalda.

—Venid —dijo el mancebo—. Abajo.

Entraron en una capilla pequeñísima y desharrapada y al final de un tramo de escaleras en caracol desembocaron en una cámara cuyo olor Giordano reconoció al instante. Libros.

—La llaman la Floreria. Sentaos.

Había una ancha mesa vieja y rayada, sobre la cual se proyectaba la luz de una ventana alta; y delante de ella, un banco. Giordano se sentó.

Con el paso de los años, poco en verdad recordaría Giordano de lo que hiciera en ese lugar, ni aun cuántos días había permanecido. Le llevaban comida, de tanto en tanto, hasta su mesa; le tendieron un jergón, en un corredor, entre pilas de libros que esperaban para ser encuadernados, y allí dormía algunas veces. Y el mancebo sonriente iba y venía y ponía libros delante de él, y los retiraba y traía más. Era él también quien le traía los platos de comida y quien le tiraba del pelo cuando Giordano se quedaba dormido sobre las páginas abiertas.

¿Había habido otros allí? Los hubo sin duda, otros, eruditos, bibliotecarios, estudiantes saqueando inocentemente los tesoros del Papa: algunos de los rostros que, desde entonces, su imaginación atribuiría a los interlocutores de los diálogos de Hermes, el Tres Veces Grande, han de haber sido los de los lectores que allí había visto pero no podía recordar. Lo único que recordaba era lo que había leído.

Eran grandes volúmenes en infolio, casi centenarios, la versión latina realizada por Marsilio Reino, de los originales griegos (traducidos a su vez del egipcio): encuadernados en blanco y oro, impresos en una clara y sonriente tipografía romana. Pimander Hermetis Trismegisti. Comenzó por el reverente comentario de Ficino:

En la época en que nació Moisés, florecía Atlas

el astrólogo, hermano del físico Prometeo y tío materno

de Mercurio el viejo, cuyo sobrino fue Mercurio Trismegisto.

Leyó cómo Pimander, la Mente de Dios, se presentó ante este Mercurio-Hermes y le explicó los orígenes del universo: y era un relato curiosamente semejante al de Moisés en el Génesis, pero a la vez distinto, pues en él el Hombre no era plasmado con arcilla sino que existía antes que todas las cosas, era a la vez hijo y hermano de la Mente Divina, y partícipe de su poder creador, partícipe, con los siete arcontes —los planetas— de la naturaleza celestial. De hecho, un Dios también él, hasta que, al enamorarse de la Creación que ayudara a modelar, el Hombre cayó, y mezcló su sustancia con la materia de la Naturaleza: y se tornó terrenal, esclavo del amor y del sueño, y sometido al Heimarmene y a las Esferas.

Ya las alturas deberá retornar a través de esas Esferas, tomando de cada uno de los siete arcontes los poderes que perdiera en su caída, y abandonando las sucesivas envolturas de materia que lo cubrieran; hasta que, llegado a la esfera ogdoádica, recobre su verdadera naturaleza y entone himnos de alabanza a su Padre:

Santo es Dios, Padre de todas las cosas, anterior al primer principio; Santo es Dios, y santos son sus designios, que sus diversas Potestades ejecutan;

Santo eres Tú, de quien la Naturaleza toda es imagen… Tú, de quien nada pueden decir las palabras, ni lengua alguna puede mentar, de quien tan sólo el silencio puede dar testimonio, acepta ofrendas puras de palabras de un corazón y un alma que a Ti se elevan.

¿Qué clase de viaje era ése, cómo se hacía, cómo se adquirían los poderes necesarios para que un hombre, o su espíritu, pudiera llegar tan lejos? Giordano leyó las palabras de Pimander dedicadas a Hermes:

Todos los seres están en Dios, pero no como cosas colocadas en un determinado lugar, como tampoco lo están en la facultad incorpórea de la representación juzga esto basándote en tu experiencia. Pide a tu alma que se traslade a la India, que atraviese el océano, y lo conseguirás en un momento. Pídele que vuele hasta el cielo y verás cómo no tiene necesidad de alas ni ningún obstáculo se cruzará en su camino. Y si quieres dar la vuelta al universo para contemplar qué hay más allá —en el caso de que exista algo más allá del mundo—, puedes hacerlo.

Observa, pues, cuál es tu poder y la velocidad que posees. Así es cómo debes concebir a Dios. Todo aquello que es, Él lo condene en sí mismo como pensamiento, el mundo, él mismo, el Todo. Por lo tanto, si no te haces igual a Dios, no podrás comprenderlo, ya que toda cosa sólo es inteligible por otra similar a ella.

Elévate hasta alcanzar una grandeza por encima de toda medida, libérate de tu cuerpo de un salto, pasa por encima de todo tiempo, hasta la Eternidad y entonces comprenderás a Dios. Convéncete de que nada es imposible para ti, piensa que eres inmortal y que estás en condiciones de comprenderlo todo, todas las artes, todas las ciencias, la naturaleza de todo ser viviente. Asciende hasta situarte por encima de la más alta cumbre, desciende por debajo de la profundidad más abismal. Experimenta en tu interior todas las sensaciones de aquello que ha sido creado, del fuego y del agua, de lo húmedo y lo seco, lo frío y lo caliente, imaginando que estás en todas partes, sobre la tierra, en el mar, en las guaridas de los animales. Imagínate que aún no has nacido, que te encuentras en el seno materno, que eres adolescente, que estás viejo, muerto, más allá de la muerte. Si consigues abarcar con tu pensamiento todas las cosas en su conjunto, tiempos, espacios, sustancias, cualidades, cantidades, podrás comprender a Dios.

Todo, todo lo contenido en el interior de la mente pensante, al igual que todas las cosas que Bruno había visto o hecho en su vida, todas las herramientas, pájaros, prendas de vestir, potes y cacharros en las listas de los hermanos de Nápoles, todo estaba contenido —separado, hallable, discernible— dentro del circular palacio de memoria de su cráneo. Él sabía. Sabía.

No digas más que Dios es invisible. No hables así, porque ¿qué hay de más manifiesto que Dios? Él ha creado todo, sólo para que tú puedas verlo a través de sus criaturas; es el poder milagroso de Dios manifestarse en cada ser. Nada es invisible, ni siquiera las cosas incorpóreas. La mente se hace visible en el acto de pensar; Dios, en el acto de crear.

Giordano leía, el corazón le palpitaba lento y fuerte. Leía con la apacible seguridad y la intensa satisfacción de un niño que mama el alimento que sabe necesario. Él había estado en lo cierto, en lo cierto, en lo cierto desde el principio.

Hermes, convertido en sacerdote y rey, enseñaba a otros lo que la Mente le enseñara. Ahí estaban los diálogos con su hijo Tat, y otro, extenso, entre él y su discípulo Asclepio, a quien explicaba la ya íntegramente formulada religión de Ægypto y su culto. Dios dispensa vida a todas las cosas por la intercesión de las estrellas; ha creado un segundo Dios, el sol, un intermediario a través de quien la luz divina se derrama sobre todas las cosas; y a continuación los Horóscopos sobre los cuales Giordano ya había leído, los decanos responsables de la persistencia a través de la infinita diversidad y del cambio incesante, de las Razones del Mundo; cambiando ellas mismas de forma, sin cesar, cual las imágenes talismánicas de Picatrix, pero persistiendo de todos modos. Y el nombre del Dios principal de estos dioses era Pantomorfo u «omniformo». Giordano reía a carcajadas.

Y hay además otros dioses cuyos poderes y funciones están distribuidos entre todas las cosas que existen…

El libro de Asclepio narraba cómo los sacerdotes de Ægypto podían hacer descender demonios de las estrellas, y obligarlos a alojarse en las estatuas zoomórficas de piedra que los sacerdotes hicieran construir y a través de las cuales hablaban, profetizaban y revelaban secretos. También sabían aquellos sacerdotes cómo la divinidad impregnaba el mundo inferior, qué animales y plantas eran regidos por qué estrellas, qué olores, piedras, qué música los demonios no podían resistir.

Todo ese saber ahora perdido, todo aquel cielo-tierra omniforme, perdido; como si la esfera armillar con la que Pinturrichio había aureolado las cabezas de Hermes y de los egipcianos hubiera sido pulverizada, diseminada; y sólo sus ruinas aparecieran ahora al azar para desconcierto de esta tardía Edad de Bronce, sobreviviendo sólo en rumores, cuentos corruptos, brujerías, fragmentos. Picatrix.

Mas ¿cómo perdido, por qué, por qué perdido?

Llegará un tiempo en el que se pondrá de manifiesto que los honores rendidos a la divinidad piadosamente y a través de asiduas prácticas por los egipcianos han sido en vano. Los dioses, dejando la tierra, volverán al cielo y abandonarán Ægypto. Esta tierra, en un tiempo patria de la religión, se verá privada de sus dioses y sumida en un estado de indigencia. Los extranjeros se volcarán sobre este país, y no sólo ya no se preocuparán más de la observancia de los ritos religiosos, sino que, cosa aún más penosa, tales prácticas caerán bajo el rigor de falsas leyes que, con la amenaza de castigos, prohibirán a todo hombre cualquier acto de piedad o de culto dirigido a los dioses. Entonces, esta santísima tierra, patria de los templos y de los santuarios, se cubrirá de tumbas y muertos. Oh Ægypto, Ægypto, tan sólo quedarán fábulas de tu religión, y tus hijos, con el paso del tiempo, olvidarán tus creencias. Nada sobrevivirá para guardar memoria de tus piadosas obras, salvo las palabras esculpidas en la piedra.

Giordano leía y lloraba al leer. Él sabía, cómo había perecido la antigua religión; él sabía qué extranjeros habían llegado allí para suplantar sus devociones. Cuando todos los antiguos dioses huyeran para ocultar sus cabezas, cuando las mujeres lloraban la muerte del dios Pan. Cuando el Cristo cuyos colores vestía Giordano, y de quien era soldado, los expulsara a todos, a todos excepto él mismo y a su Padre y a la emanación de los dos, que completan la Trinidad. Una maraña de triple Divinidad, demasiado celosa para aceptar cualquier misterio que no fuese su propio misterio.

¿Te hace llorar Asclepio? Cosas mucho peores habrán de acontecer. Cuando esto suceda los hombres por hastío dejarán de pensar que el mundo es digno de su respeto y adoración. Éste es el más grande de todos los bienes, esta totalidad que es de todo lo mejor, tanto del pasado como del futuro, correrá el riesgo de perecen los hombres lo considerarán como una carga inútil y lo despreciarán, esta incomparable obra de Dios, esta gloriosa estructura, una creación construida por una infinita diversidad de formas… se preferirá la oscuridad a la luz, la muerte a la vida y nadie elevará ya la mirada a los cielos… Los dioses se separarán de los hombrea —¡qué tristeza!— y sólo quedarán los ángeles del mal… Entonces la tierra perderá su equilibrio, el mar no sostendrá los navíos, el cielo no estará cuajado de estrellas… Los frutos de la tierra se pudrirán, el suelo dejará de ser fértil, el aire mismo se impregnará de una densa tristeza. Así será la vejez del mundo.

¡Sí! Los ojos velados por las lágrimas, la nariz moqueando, la frente apoyada en su mano, Giordano apenas distinguía las palabras. No. Ellos no habían sido desterrados; habían partido por voluntad propia, asqueados por aquellos advenedizos que escarnecían y abominaban de su sabiduría y sus poderes, esos dones gratuitos concedidos a los hombres, que ahora les habían sido arrebatados. Mas, si por voluntad propia habíanse marchado, un día, entonces, podían retornar; podían ser inducidos a retornar. ¡Sí, ellos regresarían!

Éste será el renacer del mundo; un renacimiento de todas las cosas buenas, una santa y solemne restauración de todo el vasto mundo, impuesta al correr del tiempo… por la voluntad de Dios.

Y mientras leía, los veía volver. Los hombres semejantes a dioses, o los dioses semejantes a hombres, que son los genuinos herederos y partícipes del poder restaurador de Dios; veía el aire túrgido despejarse, veía huir las criaturas de la noche, romper el alba.

Y si ese tiempo había estado por llegar durante todos estos siglos pasados ¿por qué no podía estar llegando ahora, ahora mismo? Ahora que ese antiguo saber había sido devuelto al hombre, y moldeado en estas letras, impreso en estas páginas. ¿Por qué no ahora?

—Ahora —dijo una voz dulce a sus espaldas, y el muchacho que le había traído el libro, se sentó a su lado en el banco—. Ahora escuchad con atención y no os alarméis.

Bruno apoyó la mano sobre la página, para marcar el renglón, para detener por un momento el saber que de ella fluía.

—¿Qué pasa?

—Hay noticias de Nápoles. Se ha iniciado un proceso contra vos en el Santo Oficio. No volváis.

—¿Cómo sabéis vos eso?

—Vais a ser procesado por herejía. Ya ha sido notificado al Santo Oficio de aquí. Ciento treinta artículos de herejía.

—Nada podrá probarse.

—¿Alguna vez olvidasteis libros en la letrina? —dijo el muchacho, como a la ventura.

Giordano se echó a reír.

—Han encontrado escritos en la letrina —dijo el muchacho—. Erasmo. Los comentarios sobre Jerónimo.

—¿Erasmo? ¿Nada más terrible?

—Escuchad —dijo el muchacho—. Ellos han preparado esto con tiempo y astucia. Será duro para vos. Lo tienen todo dispuesto, el interrogatorio, los testigos, la prueba.

—Ellos son hombres —dijo Bruno—. Ellos razonan, escucharán. Deberán escuchar.

—Creedme, Hermano. No podéis volver.

En la fría y alta estancia no quedaba nadie más que Bruno y el rubio joven que aún sonreía, las manos cruzadas displicentemente sobre el regazo. Una llama encendió la seca yesca del corazón de Bruno, y éste ardió de dolor.

—El Papa —dijo—. Hablaré con él. Él dijo que yo, Él… Él…

El rostro del muchacho no se inmutó. Se limitó a esperar que Bruno callase su balbuceo desesperanzado. Luego dijo:

—Quedaos aquí hasta que oscurezca, luego salid por esa puerta, la pequeña puerta del fondo. Seguid por el corredor, subid la escalera, allí me reuniré con vos.

Se levantó.

—Al anochecer —dijo; y sonrió a Bruno, una sonrisa de complicidad, como por una travesura que él y Giordano compartieran; sólo que Giordano no la conocía, y los cortos vellos de la nuca se le erizaron, y el escroto se le puso tenso. El muchacho dio media vuelta, y salió.

Giordano volvió a mirar la página, donde aún descansaba su mano. La larga luz de la tarde empezaba a abandonar la estancia.

Ese día, los dioses que antaño gobernaban sobre la tierra serán restaurados e instalados en una ciudad situada en los confines de Ægypto, una ciudad orientada según la dirección del sol poniente, y sobre la que se precipitará, por tierra y por mar, la totalidad de la raza de los mortales.

Leyó hasta que no pudo distinguir Isa palabras. Para entonces, había leído ya todo cuanto en su vida leería de este texto, y la noche había caído. Se levantó. Pensó: mañana es seis de agosto, la Transfiguración. Cruzó la larga sala abovedada, dejó atrás las mesas de los eruditos alineadas al pie de las ventanas azul noche y abrió la puerta pequeña y pesada.

En la oscuridad, sus pies buscaron a tientas los empinados escalones; llegó al rellano, donde una lámpara ardía, iluminando el recodo. El muchacho rubio estaba sentado en un escalón, y lo esperaba. Tenía un hatillo sobre el regazo.

—Quitaos ese hábito —dijo en voz baja—, y poneos estas ropas.

Bruno miró al muchacho, y luego el atado que le tendía.

—¿Qué?

—De prisa —dijo el joven—. Daos prisa.

Por un instante la piedra maciza pareció oscilar bajo sus pies, como si el edificio estuviera desmoronándose. Temblando ligeramente se quitó el hábito blanco y negro y las bastas prendas interiores. El atado contenía calzas, botas, jubón, camisa, todo dentro de una capa. El muchacho permanecía sentado en el peldaño superior, barbilla en mano, y observaba al monje debatirse con esas prendas desconocidas, tratando de anudar las puntas con dedos temblorosos. La capa, por último, larga y con capucha. Yun cinto con una faltriquera, y una pequeña daga. La faltriquera era pesada.

—Escuchad —dijo el muchacho, incorporándose—. Ahora escuchad y recordad cuanto os diga.

Hablaba con voz dulce y clara, cruzando un dedo índice contra el otro cuando mencionaba un nombre, o levantándolo admonitor. Trazó el itinerario de Giordano, las calles y portales y suburbios, los caminos del norte, los pueblos y ciudades; Giordano, vestido con ropas ajenas, lo oía todo, y no lo olvidaría.

—Un doctor y su familia, allí —dijo el muchacho—. Preguntadles, ellos saben. Ellos os ayudarán.

—Mas cómo, cómo…

El joven sonrió y dijo;

—También ellos son giordanisti. A su manera.

Por un momento se rió viendo a Giordano sin su hábito, le asentó la capa sobre los hombros, levantó la lámpara y, a su lumbre, encabezó la marcha por una escalera de caracol, hasta un corredor estrecho y por él hasta una puerta de dos batientes.

—Ahora —dijo.

Apoyó la lámpara en el suelo; asió las argollas de la puerta, las hizo girar y la puerta se abrió. Giordano Bruno se encontró frente a una plazoleta empedrada y desierta; una fuente gorgoteaba en el centro; vio antorchas a lo lejos en un callejón, y oyó risas estridentes. El aire de la noche en su rostro. La libertad. Por un momento, permaneció inmóvil, mirando.

—Idos —dijo el muchacho.

—Pero. Pero.

—Fuera —dijo el muchacho, y apoyó su bota blanda contra el trasero encalzonado de Bruno y lo empujó; y las puertas se cerraron ruidosas detrás de él.