Ægypto

John Crowley · Capítulo 20 de 30

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Ægypto

Nueve

Más o menos a la misma hora, Beau Brachman, en la acera de enfrente, salió a su soleado balcón, el primer sol matinal lo bastante cálido como para tentarlo a salir; sobre la pequeña plataforma que había erigido, tendió una estera de oración. Desplazándose con deliberada cautela, pero experimentando muy en su interior algo de la alegría que procura un viaje emprendido después de un largo confinamiento, subió a la plataforma y se sentó en posición de loto. Apoyó las manos sobre las rodillas como sobre un mirador o la barandilla de un barco. Miró a lo lejos, más allá de los tejados del pueblo, y el centelleo del río.

Pensó que sólo haría una breve excursión, ya que había perdido la práctica; sólo para ver, como las marmotas recién salidas de su madriguera, como los halcones que regresaban, para ver que había sido del mundo desde la última vez que tuviera una clara visión de él.

Pasaron veinte minutos, veinte minutos medidos por el reloj escondido en la panza de una tetera, en un estante de la cocina del albergue Lejanas de Val, veinte minutos en el Longines automático con pulsera de lagarto de Boney Rasmussen.

Girando con precaución sobre su estera no demasiado estable, miró desde lo alto al Beau que abandonara en el balcón todavía firmemente sentado sobre la estera de oración. Cambió entonces de rumbo y contempló las montañas del Noroeste que desde su balcón que miraba al río nunca podía ver: el Monte Merrow, arropado en sus bosques de abedules; el Monte Whirligig, con un castillo amurallado en la cima; el Monte Randa, el más imponente de todos. Girando un poco más en esa dirección, Beau vio el monumento en su cumbre semejante al cuerno de un unicornio.

Más arriba. Los valles de las Lejanas, pespunteados de ríos y senderos, pálidos a la luz del sol primaveral, los caminos todavía empolvados de las arenas y la sal del invierno, y las praderas de tierra rojiza y sin vida. Unos pocos animales pastando dispersos: allá iba —notó, sin extrañeza— la gran camioneta Bison de Rosie Mucho traqueteando en dirección al pueblo para una entrevista con un abogado o un juez; y allá, un poco más sorprendente, el escarabajo de Val, recién emergido de su crisálida, a punto de toparse con Rosie en el puente de Bella Vista. Otra docena de camiones y coches fueron apareciendo a medida que tomaba altura, un pequeño convertible rojo, una destartalada furgoneta de reparto, Beau alzó los ojos: estaba sobrevolando las colinas.

Aquí, en las alturas, el aire era más límpido, la cúpula del cielo se oscurecía hasta un azul cobalto, como el cielo diáfano que corona un desierto, y las reticuladas cadenas de montañas se perfilaban ante él, claras y nítidas. El Monte Merrow, donde vivían los ricos en casas de cristal, sobre laderas escarpadas, abiertas al abismo; el Monte Whirligig, más alto y ahora en movimiento —así lo vio Beau al aproximarse — como un juguete mecánico. El castillo de la cima aparecía y desaparecía, como si fuera bidimensional, invisible de perfil, visible de frente, visible, invisible. Bidimensional o no, había una zona de sombra en su interior, como si en esa oscuridad se estuviera forzando un nacimiento, el de un bulbo fuera de estación, el de un feto que fuera dolorosamente articulado, miembro Por miembro, en la oscuridad. Beau sintió una intensa repugnancia. ¿Qué era eso? Tan lejos de la tierra, Beau aprehendía no tanto imágenes como sentidos y significados, simetrías y discordancias, y cuanto más se alejaba, cuanto más se oscurecía el aire, más intensamente los percibía: como si estuviera quedándose progresivamente ciego, y el significado, cual un sabor o un olor, se hiciera mucho más intenso para sus sentidos.

El Monte Randa, ahora, su frente calva, su cara arrugada, su barba de árboles que esperaban pacientemente reverdecer. Los halcones aleteaban inquietos, en el aire turbulento, alrededor de sus pómulos cortados a pico. En las laderas, Beau vio subiendo cuesta arriba, por una senda escarpada como un antiguo desgarro, a un peregrino atontado por la fatiga y desesperado por llegar a la cima: hacia la cual el propio Beau ascendía plácidamente en espiral, remontándose por encima del vuelo de los halcones. La cima. Y —mientras las montañas dirigían hacia él sus sorprendidas miradas, y el cielo reparaba en su presencia— Beau se precipitaba veloz hacia el Monumento.

Que era, o parecía ser, a medida que Beau se acercaba a él un pedestal de piedra atiborrado de signos en bajorrelieve; y sobre el pedestal un elefante también de piedra, inelegante y fornido, que levantó la trompa e inclinó el grueso cuello para mirar de soslayo a Beau, que se acercaba; y sobre el lomo del elefante, un obelisco con jeroglíficos tallados, pájaros, bestias, cosas. ¡Robusto el elefante! Mientras Beau lo rodeaba, el obelisco se balanceó debajo de él, un puntero, un gnomon; Beau siguió flotando hasta que el Monumento quedó inmóvil, y entonces, con un vértigo delicioso, se sintió despedido de su estera.

Su pie desnudo, seguro, extendido, tocó la punta del obelisco; la rodilla se le dobló; con toda su fuerza Beau saltó hacia arriba, el elefante y el obelisco se balancearon y tambalearon detrás de él casi a punto de caer. Beau se lanzó como una flecha a través del cielo crepuscular.

Las estrellas eran ya visibles, y él ya era visible para ellas.

Su salto hacia el vacío había imprimido a Beau una aceleración de escape y ahora se desplazaba a una velocidad constante; pero no había o no parecía haber un infinito para que Beau viajara en él. La inmensidad se transformaba en esferas concéntricas, como las bambalinas y los telones de un anticuado escenario, que lo contenían y restringían su vuelo. Había esferas de aire y de fuego, y más allá de ellas, las esferas de los siete arcontes; yendo y viniendo como caballos de carrera mecánicos en sus pistas. Y más allá, tomados de la mano como esos muñequitos recortados en papel, doce enormes figuras rodeaban los cielos sin fondo y sin cima, los Eones, seis debajo del horizonte, seis por encima, los seis que lo vieran saltar y que ahora lo contemplaban desde arriba; y sus miradas no eran benévolas.

Heimarmene. La eterna sucesión de los engranajes del cielo.

Beau sabía que los cielos no acababan en ellos, que había mas allá esferas de cuya existencia ni ellas mismas tenían noticia y no podían imaginar, cada una de ellas extensa como una vida y conteniendo vidas enteras de trabajo y transhumancia y risas y lágrimas que era preciso atravesar para llegar a la siguiente. Beau absorbería cada una de ellas al atravesarlas, creciendo, expandiéndose en busca de su propia infinitud, hasta que la encontrara al fin yendo hacia ella por el mismo camino.

Sin embargo, ni siquiera había llegado aún a la primera esfera de fuego, donde vaya a saber qué cosas lo esperaban. Ya no se desplazaba veloz por el espacio, y ahora tan sólo flotaba, súbitamente pesado, presa de vértigo.

¿Y de miedo? Sí, también de miedo.

Existía un nombre para cada una de aquellas potestades a cuya vera él debía pasar, y para las esferas que ellas configuraban, los Eones que las componían, los sufrimientos que causaban (todo una misma cosa); tan pronto como Beau recordara el nombre de la primera y tuviera voz para pronunciarlo, empezaría a cruzar.

Pero no ahora. Había empezado a caer, el peso de su corazón, que golpeaba sus costillas de hierro, lo empujaba hacia abajo.

Que golpeaba. No, no era su corazón. Beau cayó hacia atrás desde el aire por encima de las montañas, del obelisco y el elefante socarrón, y dando una vuelta de carnero cayó sobre su estera de oración en el balcón de la calle de los Arces. Alguien golpeaba a su puerta.

—Beau.

Entró en la habitación y vio a Rosie Mucho, que se asomaba a la puerta, con un cómico mohín de azorada intrusión.

—Beau ¿estás levantado?

—Entra, Rosie.

—Oh, Beau, perdóname… Estabas… Estabas…

—¿Qué pasa, Rosie? ¿Quieres dejar a Sam? De acuerdo, aunque hoy no le tocaba venir.

Algún día, pensó, algún día: algún día cruzarás la frontera y ya nunca más necesitarás volver, en vez de regresar, vas y vas. De un reino a otro reino, cada uno diferente. Eternamente.

—Es algo así como un caso de emergencia —dijo Rosie, entrando en la habitación; y Sam, con las mejillas encendidas por el aire, entró aferrada a los pantalones de su madre.

—Está bien —dijo Beau—. Descansa, descansa ¿quieres té?

—No puedo. —Se acercó a Beau y lo llevó a un rincón fuera del alcance del oído de Sam, que ahora se había detenido para arrodillarse delante de un receloso gato atigrado hecho un ovillo sobre la alfombra—. La cosa es que tengo que ir a Cascadia, al tribunal. Mike y yo ¿te imaginas qué descaro? Es culpa de él que tengamos que ir; y hace apenas una hora me llama para decirme que no puede, que no tiene coche. Tengo que ir a recogerlo —su rostro denotaba una profunda incredulidad—. ¿Te das cuenta?

—Calma, calma. En este momento estás saliendo fuera de tu cuerpo. Te hará bien.

Ella cerró los ojos, se tomó los codos con las manos; respiró hondo; abrió los ojos como si despertara de un largo sueño y en un mundo distinto: todo para serenarse.

—Está bien —dijo—. Es un poco disparatado.

Beau, con un golpecito, le descruzó con dulzura los brazos y la tomó en los suyos, estrechándola contra su pecho. De improviso, las lágrimas irrumpieron absurdamente en los ojos de Rosie, provocadas como un acto reflejo por el gesto de Beau. Pasado un momento, Beau la soltó.

—¿Estás bien?

—Estoy bien —dijo ella, turbada y a la vez agradecida—. Hasta luego.

La cabeza ensortijada de Sam, como una pequeña estación de radar, giró en seguimiento de la cabeza de su madre, que apartándose de Beau, se agachó para besarla, se irguió otra vez para marcharse.

—Volveré pronto, Sam. Pórtate bien. —Las lágrimas que Sam había estado conteniendo durante un rato estallaron al fin, pero Rosie desaparecía ya, escaleras abajo.

Recogió a Mike en la entrada de La Cueva de las Roscas, tocando con insistencia varias veces la bocina para llamar su atención. Desde que Rosie lo viera por última vez en el juzgado, Mike se había afeitado el bigote, pero ella prefirió no darse por enterada. Mike subió a la camioneta y cerró la pesada puerta de un tirón; saludó a Rosie, con un aire a la vez modoso y satisfecho de sí mismo.

—El gato que se comió al canario —dijo ella.

—Yo nunca he comprendido —dijo él, con su sonrisa presuntuosa— lo que significa esa frase.

—Antes que nada quería decirte —dijo Rosie—, que de verdad estoy muy fastidiada contigo por esto. —Dio media vuelta para enfilar en la otra dirección, la autopista y Cascadia—. No puedo menos que pensar que lo haces a propósito.

—Es que tengo un propósito —dijo Mike ahora con un tono mas grave—. Claro que tengo un propósito. No creo que sea eso lo que quieres decir. Pero al menos podrías suponer que tengo algún motivo mejor que el de molestarte, simplemente.

Desde que habían firmado el acuerdo de separación (un documento bastante simple, cuya existencia sin embargo, perturbaba profundamente a Rosie), Mike no había hecho más que buscarle defectos, modificarlo, agregarle cláusulas. Solía dar vueltas y vueltas a una u otra condición o cláusula y con frecuencia (a altas horas de la noche), llamaba a Rosie para discutirlas; largos monólogos divagantes, no hostiles, acerca del matrimonio y la justicia y sus propios sentimientos. Cuando Rosie se negaba a hablar con él, la hacía llamar por su abogado —su abogado era una mujercita de huesos pequeños, ojos grises y expresión feroz que intimidaba a Rosie y que al parecer estaba dispuesta a hacer por Mike cualquier cosa; y a la larga este tira y afloja había adquirido tales proporciones, que ahora el acuerdo debía ser revisado de nuevo por el Juez.

—Era importante para mí —dijo Rosie— yo también soy una persona, Rosie…

—No quiero hablar de eso, Michael. Allan me dijo que no hablara de cosas contigo, y yo no voy a hablar de cosas.

El vehículo salió de las Jambas a la autopista del Sur, para internarse por las carreteras que iban a Cascadia, sede del juzgado de la región.

Y sin embargo, probablemente fuera cierto que no lo hacía Para molestarla, pensó Rosie; él estaba más metido en esto que ella; sus necesidades, lo que él sentía que era lo justo para él, lo Preocupaban más que a ella. Allan Butterman le decía que las suyas deberían preocuparla tanto como a él, pero no lo hacían; para Rosie el mero hecho de tener que negociar por las cosas, el dinero, los derechos, hacía que nada de eso valiera la pena; cuanto más Polenta fuera esa negociación, menos valdría la pena. Ceder los bienes requería menos negociación que luchar por conservarlos, y a no ser por Allan, ella lo habría cedido todo, y asunto terminado.

—Bueno, y cómo estás entonces, en general —preguntó Mike—. Si es que esto se puede preguntar.

—Perfectamente —dijo ella, con recelo.

—¿Estás haciendo algo? —No la miraba a ella, miraba por la ventanilla como si buscara algo, como los actores de TV cuando viajan en coche, para llenar el tiempo mientras recitan sus parlamentos.

—Sabes que estoy trabajando para Boney. En la Fundación, a jornada completa.

—No me refería a eso —dijo Mike—. Cuando estabas conmigo siempre tenías montones de proyectos. Pintabas.

—No pintaba.

—O cosas por el estilo, tal vez ahora estés demasiado ocupada.

Los moteles y restaurantes de la franja de Cascadia habían aparecido, la geometría amebiana de sus letreros y terrazas. La Correduría. Los Brazos de Morfeo. El Volcano.

—En realidad —dijo Rosie—, he estado pensando en un cuadro.

—¿De veras?

—Uno bien grande. Mucho trabajo.

—¿Sí?

—Es un cuadro —dijo ella, improvisando— de las Valkirias. ¿Es así como se llaman las guerreras que transportan a los soldados muertos?

—Hum, sí. Valkirias.

—Bueno. De ellas, pero no en la batalla. Después. Las Valkirias, ya sin armas, reposando al final de la jornada, quitándose las armaduras.

Mike había empezado a sonreír, mirándola de soslayo, interesado.

—Mujeres corpulentas —dijo Rosie— pero no en pose. No dramáticas. Ordinarias. Un poco doloridas tal vez, agachadas, desatándose los cómo se llamen de los tobillos. Montones de armaduras alrededor, como equipos de fútbol.

—Vestuario de mujeres.

—Algo así, pero no en broma. Realista. —Nunca hasta ese momento había pensado en ese tema, acababa de ocurrírsele, pero ahora podía verlo con gran vividez; el apagado resplandor de los colores de Rembrandt, una oscura tierra de nadie; grandes cuerpos relucientes de mujeres comunes, conversando, observándose ociosamente los magullones, los rostros como los que aparecen en las Cándidas instantáneas, cargados de pensamientos secretos—. ¿Quiénes eran?

—Me gusta —dijo Mike—. Una ojeada al vestuario de las mujeres. Algo que siempre me ha atraído.

—No es eso —dijo Rosie—. No lo que tú estás pensando.

—¿No? ¿Entonces qué estarían haciendo?

—Están allí, simplemente —dijo Rosie—. Están cansadas.

Mike seguía sonriendo ante el cuadro imaginado por él. Rosie experimentaba una ligera irritación familiar, la impaciencia de ser mal entendida, especialmente por la omnívora calentura de Mike.

—Y tú ¿cómo estás tú? —preguntó ella, devolviendo el golpe—. ¿Cómo está Vampira?

—Rosie.

—¿Y qué? ¿No os vais a casar cuando todo esto haya terminado?

—Éste no es un tema de discusión. —Volvió a mirar por la ventanilla acariciándose el sitio donde estuviera el bigote. Pobre tipo, pensó Rosie, mirándolo de soslayo, atrapado en las redes del amor.

Alguna vez, Mike le había contado que al principio, cuando empezara a estudiar Psicología, se hablaba aún de un «período de latencia» en los varones; algo que a él lo había intrigado, puesto que nunca había pasado por un período de latencia: siempre, toda su vida —dijo— había estado ansioso por meterse entre las piernas de las chicas, o que las chicas se metieran entre las suyas; había pasado toda su infancia intentándolo.

Curioso en un psicólogo, pensaba Rosie, esa irreflexiva proyección de sus deseos sobre el mundo, esa proyección de que Mike era capaz. Sus deseos eran a veces — con mucha frecuencia— frustrados, y ello le causaba dolor (y elaborar el dolor era lo que Mike llamaba Crecimiento y Madurez); a veces, decía, se sentía incluso a merced de sus deseos, y mucho mejor sin ellos; pero de todos modos los tomaba como simples datos, así como el valor que otorgaban a lo que él deseaba. Nunca tomaba en cuenta el hecho de que el deseo podía inducirlo a error en la elección del objeto; él podía decir que sí, pero no era verdad.

Ésa era una de las razones del absurdo trío en el que Mike la había embaucado a ella, a ella y a una asesora legal de Los Leños, con quien Mike se había encandilado: el indudable valor que Mike le atribuía, su noche famosa, tan difícil de rehusarle, como a un chiquillo diligente que quiere barrer tu vereda o rastrillar tu jardín.

—Es posible que las cosas no te salgan tan bien —dijo ella, repentinamente seria —. Ya sé que ella es tu tipo, ese tipo misterioso de mujer morena.

—En realidad ella es muy lista —dijo Mike. Alzó la barbilla, un gesto rápido para aflojar el cuello de su camisa, un indicio de que hablaba en serio de sí mismo y de sus proyectos—. Está haciendo investigaciones para mí. Aplicando el Método. La Climateria. Aplicando los parámetros a vidas elegidas al azar. Ha descubierto cosas interesantes, es muy voluntariosa.

Ésa había sido la otra razón, desde luego; Rose, su buena voluntad, su abstraída y mansa aquiescencia. Mike la confundía con calentura, porque él quería que lo fuese. Pero era fantasmal. La mirada de algún modo ausente, nunca del todo atenta a lo que acontecía.

Al principio, la noche aquella no significó nada para Rosie, o eso le pareció, al menos; apenas la sorpresa de lo bien que habían ido las cosas, la poca resaca que dejaran. Aquella noche, ella se había desprendido de algo, ahora lo veía. Se había apartado, había dado media vuelta, y empezado a alejarse. Y aunque creyó al principio que sólo se alejaba de Mike y sus necesidades, de su matrimonio, de Stonykill, desde entonces había continuado alejándose, siempre más lejos, más lejos tal vez de lo que ella misma creía, siempre más lejos de, nunca hacia.

Un estremecimiento inmenso, irreprimible le sacudió los hombros.

—¿Qué? —dijo Mike.

—Nada —dijo ella—. Alguien acaba de caminar sobre mi tumba.

La Bison alcanzó la cresta de la última estribación de las Lejanas, y el carril que conducía hacia Cascadia se desplegó a través del valle, las gasolineras, los restaurantes en miniatura y los aparcamientos repletos de coches: un batiburrillo de juguetes multicolores; el surco de la carretera que los separaba se perdía en la vieja ciudad gris, desde aquí casi un paisaje del Cinquecento, los barrios populosos y los ennegrecidos campanarios, la cúpula del Palacio de Justicia.

Si alguna vez quisiera endurecer la negociación, pensó Rosie, si necesitara hacerlo, podía esgrimir esa historia contra él; llamara Rose al estrado y hacer que Allan la obligara a declarar lo que Mike y ella hacían juntos. Porque ella, Rosie, había sido una madre separada ejemplar, en realidad, dadas las circunstancias, no había tenido verdaderas tentaciones: se había portado bien. Había prescindido desde esa noche del último verano, la fiesta a la orilla del río, la fiesta de la Luna llena: cuando Spofford la había empujado al tenderete de perros calientes, y se había acostado con ella sobre su vieja manta navaja, mientras afuera continuaban los rumores de la fiesta.

En sus sucesivas comparecencias junto a Allan Butterman ante el Tribunal, y en los arbitrajes, Rosie había comprendido por qué Allan parecía siempre abrumado por emociones intensas, apenas contenidas. En tales circunstancias a Rosie la inundaba una multitud de sentimientos contradictorios y variables, incapaz de evitarlos o mitigarlos: furia cuando Mike mentía, triunfo cuando Allan respondía eficazmente, culpa, turbación, odio, ninguno de los cuales le gustaba sentir. Aquellas audiencias no le parecían a ella negociaciones sino un horrendo ritual oscuro en una cárcel de Piranesi, un castigo impuesto para poder luego salir en libertad: podrás irte si eres capaz de soportar esto, si puedes caminar sobre estas ascuas, bañarte en esta hirviente sangre de toro. Allan, quien con seguridad no sentía nada de todo esto, probablemente sólo lo absorbía del exceso de los vapores de sus clientes y de aquellos con quienes trataba.

—No sé cómo los jueces pueden decidir —le dijo a Allan durante una pausa (Mike cuchicheaba con su abogada en el rincón opuesto)—. ¿Cómo saben si lo que deciden es lo justo?

—No lo saben —dijo Allan, estirando las piernas, cruzando los pequeños pies calzados de negro—. Un juez que conozco me confesó cierta vez que en verdad eso le preocupaba, el hecho de no saber. Y no me sorprendió en absoluto lo que me dijo. Él tenía plena conciencia, dijo, de que no sabía nada más que lo que exponían las partes. El marido y la mujer se comportan ambos de la mejor lanera; el crío, endomingado. De haber vivido con ellos puerta con puerta, habría sabido mucho más. Pero él tiene que tomar su decisión basándose en lo que sí sabe, aun cuando ello no sea, ni de lejos, la historia completa, ni siquiera la verdadera historia; y aun ciando su decisión vaya a afectar a los interesados para toda la vida.

Rosie sintió un terrible pavor, como una ráfaga de viento frío. Quizá había cometido un error al decidir como lo hiciera tan instantáneamente quedarse con Sam. Cuando quizá fuera Mike quien, en realidad y después de todo, la quería más. Por un momento, un abismo pareció abrirse dentro de ella, desde donde le era difícil escuchar a Allan.

—Lo único que lo reconfortaba —dijo Allan— era su absoluta certeza de que, si dictaba una sentencia equivocada, todos acabarían por comparecer una vez más. Y otra. Hasta que toda la historia íntegra y verdadera saliera a la luz. —Miró a Rosie de soslayo—. Quien sabe —dijo.

Había intentado convencer a Mike de que fuera su abogadita quien lo llevara de vuelta a casa, pero él arguyó (¿no se cansaría nunca?) que a lo mejor tendría que esperar varias horas hasta que ella resolviera sus diversos asuntos en el juzgado, y que parecía poco razonable no compartir el mismo viaje en la que fuera, hasta hacía muy poco, su camioneta.

Puede que estuviera cansado. Subió al asiento trasero empujando los rotos libros para colorear, las galochas y mapas y vasitos de helado, las latas vacías de aceite, y se tendió. Su cuerpo era de los que se adormecen con el suave traqueteo del coche y el ruido de un motor. Ni siquiera se despertó cuando Rosie viró hacia un paisaje pintoresco y detuvo la camioneta en punto muerto.

Mi castillo, pensó. Era informe y cómico visto así, tan de cerca, un ramillete de chimeneas dispuestas al azar, envuelto en la sórdida palidez del invierno, igual que el resto del mundo. El Butterman. No suyo, en realidad, no, desde luego; por mucho que lo hubiera acariciado en lo profundo de su alma, como al castillo de una alegoría, que representara todo lo suyo. Todo lo que era suyo.

Si se escabullera ahora abriendo la puerta sin despertar a Mike, podría saltar el parapeto y descender hasta la orilla del río. Allí podría encontrar un bote, un bote a remo, olvidado al azar, volcado sobre la playa, los remos junto a él; y zarpar a través del río, arrugado como seda gris, y llegar a las rocas de Butterman. Y entonces.

Absurdo, pensó: como si ese edificio estuviera lo bastante lejos como para huir y ocultarse en él. La encontrarían tras una búsqueda y la traerían de vuelta y la obligarían a continuar con la vida que llevaba o fingía llevar. Era verdad que hacía tiempo que Rosie no pintaba, pero no porque hubiera estado muy ocupada; sucedía que, de algún modo, había empezado a dudar de ella misma como pintora: no de su talento ni de su habilidad necesariamente, sólo je sus razones para hacerlo; no sabía bien por qué ella, o quienquiera que fuese, pintaba. Mi arte, mi pintura.

Era como la camioneta y los bonos de ahorro y las cuotas de préstamos por los que Mike quería negociar: uno tenía que saber por qué hacía las cosas para que todo le saliera bien, de lo contrario más valía no hacerlas.

Mike sabía. Mike sabía lo que era suyo y las cosas que quería y lo que amaba; y si Rosie estaba segura de que lo que Mike más amaba en el mundo era Mike —de que él estaba cometiendo un simple error como un gatito que le pega a su imagen en el espejo— bueno, quizás eso fuera lo que en realidad es el amor, una ilusión, pero una ilusión sin la cual la vida no podría continuar, como la percepción del color o de las tres dimensiones, y Mike la tenía y ella la había perdido.

No, eso no podía ser.

No podía ser y sin embargo, ella había empezado a sentirse alarmada con las manos en el volante, con Mike respirando rítmicamente detrás de ella.

Mi pintura. Buscó en su interior la tibieza que le había procurado aquella extraña visión de las Valkirias, que al parecer ya no existía. Sam, no, no Sam. Mi trabajo, entonces. Mi perro. Mi coche. Era como si al nombrar todas esas cosas se estuviera dirigiendo a un vacío, a un triste y temeroso deseo sin objeto, a una nada, sí, una nada sentada al lado de ella y que devoraba todo lo que ella ponía entre ella y su nada.

Mi perro Nada.

Puso el coche en marcha, y la respiración de Mike se alteró junto con la del motor; lo llevó dormido hasta la autopista y penetró en el torrente de vehículos que volvían a casa, a las Lejanas, lo mismo que ella. En el espejo lateral, mientras ascendía la colina, divisó el castillo de Butterman, que retrocedía rápidamente hacia el sur y Se empequeñecía en la distancia.