Altar

Catherine Lacey · Capítulo 9 de 13

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Altar

Sábado

 

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Cuando desperté, la casa seguía a oscuras y en silencio, el cielo de la mañana empezaba a clarear las ventanas. Randall ya se había ido. Las mantas y las sábanas con las que había dormido estaban pulcramente plegadas y apiladas en un extremo del sofá. Salí al porche delantero y me quedé mirando un cielo que nunca cumplía la amenaza de lluvia. La luz empezaba a destellear entre las nubes cuando Binnie salió con el pelo recogido con un pañuelo amarillo claro. Dejó una taza de café a mi lado, sin decirme nada, y volvió a meterse dentro. Un rato después, el doctor Corbin me sacó la bolsa marrón de papel que Hilda le había dado y la vació encima de la mesa. Un vestido, unos pantalones, un par de medias, dos camisas finas (a las que les faltaban botones), un par de calcetines limpios y un albornoz blanco y mullido.

—Supongo que es para que elijas —dijo, mirando toda la ropa—. El albornoz te será útil, hoy te servirá.

El albornoz tenía agujeritos en la costura de una de las mangas. Me levanté, me metí en el albornoz, me lo até con la cinta blanca y me volví a sentar. El doctor Corbin también se sentó, nos bebimos aquel café amargo, escuchando los pájaros.

—Empieza dentro de un par de horas —me dijo al cabo de un rato—. Ya sabes que yo fui parte del grupo que lo organizó por primera vez hace ya muchos años. En su momento creí que era justo lo que necesitábamos, creía en sus intenciones. Ahora, sin embargo, no me atrevo a decir que entienda del todo lo que le hace a la gente… Antes lo tenía clarísimo, pero es verdad que era más joven. Es más fácil estar seguro de las cosas cuando eres joven y, cuanto más viejo te haces, más te das cuenta de que la certeza depende de algún tipo de ceguera.

Un pájaro se posó en la barandilla y el doctor Corbin dejó de hablar para mirarlo. El pajarillo miró hacia un lado y luego hacia el otro. Se inclinó, abrió las alas y echó a volar.

—A veces el perdón no es más que un disfraz para el olvido. No quiero que sea así, pero, cada año, justo antes de que empiece el festival, es lo que siento. ¿Y luego qué? Me olvido de todo.

Por la calle patrullaban unos cuantos policías vestidos de blanco y con pistolas blancas.

—Oye, ratita —le dijo mi anfitrión a una chiquilla que subió corriendo por las escaleras del porche.

—¡Que no soy una rata! —Se subió al regazo del anciano—. Mamá me ha dicho que venga.

Se irguió apoyándose en las rodillas y le agarró las orejas con las manitas.

—¿Por qué tienes las orejas tan grandes?

—Para oír si una ratita se cuela en mi casa —dijo el doctor Corbin.

—¿Quién es?

—Es Altar.

—¿Por qué ella es así? —Bajó la voz al tiempo que se apartaba de mí.

El doctor Corbin no le respondió, la cogió en brazos y se metió dentro mientras llamaba a Binnie y le decía que una ratita llamada JJ quería desayunar. Cerró la puerta y, durante unos minutos, solo oí los sonidos amortiguados de las vidas que transcurrían dentro de la casa, el tintineo del tenedor en un plato, puertas que se abrían o se cerraban, palabras que se filtraban por las paredes.

—Ni siquiera sé muy bien qué contarte del festival —siguió el doctor cuando volvió a salir al porche—. Se acabó convirtiendo en algo que yo no quería… Quizá para ellos sí que significa algo y por eso lo mantienen, no sé. Supongo que Steven ya te ha contado lo básico, de todos modos, supongo que ya lo verás cuando llegues. No sirve de mucho tratar de explicarlo. Es un ritual. Son cosas que hacemos, que hace la gente y que no significan nada, incluso las que se supone que sí que significan algo tampoco significan nada. Solo se hacen por hacer.

Un coche blanco de policía pasó por delante muy despacio; el doctor Corbin saludó con la mano.

—Bueno, supongo que habrá que ponerse en marcha.

Durante el recorrido vi familias vestidas de blanco caminando por la acera, niñas con vestidos blancos y medias blancas, los padres trajeados de blanco, las mujeres de blanco de la cabeza a los pies. Sombreros blancos, zapatos blancos. Había gente que empujaba una silla de ruedas con alguien envuelto en una mantita blanca, los chiquillos llevaban pantaloncitos cortos de color blanco, los bebés iban abrigados de blanco, chalecos blancos sobre camisas blancas, pañuelos blancos.

Un par de camionetas blancas llevaban niños en la parte trasera. En una había un cartel con letras rojas sobre fondo blanco:

TODO LO QUE ESTÁ VIVO

ESTÁ CORRUPTO

Un nutrido grupo de chicos levantaban entre todos un cartel más grande:

TODOS LOS ERRORES

HAN SIDO PERDONADOS

Y un grupo de chicas, detrás de ellos, otro:

TODOS LOS ERRORES

HAN SIDO OLVIDADOS

—Ya hemos llegado —dijo el doctor Corbin—. Tú sigue a la gente y ya está. No me puedo acercar más con el coche. Vendré a recogerte cuando acabe.

Me quedé mirándolo un momento. Me costaba creer que fuese a ver a alguien de nuevo. Era como si hubiesen dejado el día en carne viva, tenía algo de crudo y de definitivo.

La multitud caminaba en la misma dirección, una riada sincronizada. Criaturas pequeñas y bebés en brazos de gente más grande, ajenos e incapaces, alguna que otra tos o estornudo rompía el cálido silencio; el cuerpo tiene sus maneras de hablar sin decir palabra.

La muchedumbre se volvió más densa, más lenta. Las camionetas avanzaban al mismo ritmo que la masa. Tañían las campanas de la iglesia y sonaban sirenas a lo lejos a medida que nos acercábamos a un edificio grande y oscuro en el centro del aparcamiento. Sobre la entrada, lo bastante ancha para que pasara un rebaño, colgaba un gran cartel de lona:

OLVIDEMOS

AQUELLO QUE PERDONAMOS

Al entrar dejaban a las criaturas en una estancia ancha llena de más criaturas, algunas lloraban, otras estaban contentas, aunque la mayoría permanecían sentadas en el suelo, tranquilas y aburridas. Eché un vistazo y vi a unas cuantas mujeres, algunas embarazadas, otras con un bebé en cada brazo, moviéndose entre la chiquillería que gateaba y balbuceaba. Seguí avanzando al mismo ritmo que el gentío y nos fuimos adentrando en el edificio. Nadie se miraba a los ojos. El silencio se volvió más silencioso, más silencioso aún.

Al fondo del pasillo: un espacio enorme. El techo era más alto que el de cualquier iglesia que yo hubiese visto. Los altísimos ventanales de un lateral estaban hollinados y las paredes eran color melaza, el suelo de madera crujía bajo nuestros pies. Arriba giraban unos enormes ventiladores de techo. Casi se me había olvidado que llevaba puesto un albornoz, se me había abierto un poco. Me lo ceñí bien. Algunas personas conducían a otras por los hombros a puntos específicos de aquella nave, como en una especie de formación. Un juego de manos me guio a uno de esos puntos. Y allí me dejó.

Entre la muchedumbre, de perfil, vi a Hilda, que llevaba un vestido blanco. Su cara me pareció más pequeña y suave, menos blanca de lo que recordaba. Me pregunté qué diría, pero tampoco quería oírlo. ¿Sentía que había cometido errores o que había sufrido más los errores de otros? ¿Sabría alguien contestar a eso? ¿Acaso somos conscientes de la cantidad de daño que causamos sin saberlo? ¿Cuánto daño hacemos cuando pensamos que obramos por el bien de alguien?

La manera en la que Hilda se había recogido el pelo, muy tirante, me hizo sentir la presión y la presencia de todas las personas que nunca había nacido, e incluso en aquella estancia tan grande y casi llena y que seguía llenándose de gente, incluso con toda aquella muchedumbre, sentí esa otra masa infinita, la de todos esos seres que existían y no existían, vidas imposibles, nonatas, que nunca habían nacido y aun así estaban presentes.

Las pocas luces que había en la sala, bastante tenues, aún se bajaron más. Circularon cestas con pañuelos negros. Cada cual cogió uno y se vendó los ojos, y entre la gente reparé en Nelson, que se fijaba en cómo se tapaban los ojos los demás antes de hacer él lo mismo: vendarse los ojos y dejar caer muertos los brazos. En uno de los laterales, unos cuantos jóvenes tiraron de unas cuerdas y las poleas que había sobre nuestras cabezas chirriaron; bajaron unas cuantas cortinas blancas, separaron a la gente formando grupos, crearon pasillos endebles y salas dentro de la sala. El ambiente se tensó, el aire parecía no querer entrar en los pulmones. Me tapé los ojos como todo el mundo. Los ruidos de la muchedumbre se apaciguaron un poco, luego un poco más. Oí que apagaban los ventiladores, se impuso una especie de densidad en la sala, luego sonó una campana un par de veces.

Muchas voces empezaron a hablar a la vez; algunas me parecieron conocidas, otras eran casi un recuerdo, otras podría haber llegado a recordarlas, otras resultaban desconocidas, otras pensé que no las conocía, otras las reconocí, otras sonaban como la mía, otras sonaban a personas que había perdido hace tiempo, otras a las de gente a la que conocería más adelante, personas que algún día llegaría a ser; las palabras, en un primer momento, eran ininteligibles; demasiado lejanas o pronunciadas demasiado deprisa, demasiado bajito, demasiado enmarañadas. La gente empezó a moverse; al principio, los pasos eran mera tentativa, luego aceleraron, las manos separadas del cuerpo para amortiguar el encuentro de un cuerpo con otro, los hombros se daban algún golpe, los pies pisaban otros pies y luego corregían su rumbo.

he mentido //

le puse los cuernos el año pasado //

con ella, unos meses //

puede que me haya llevado //

Medias frases o frases enteras, voces de hombres y mujeres, desafiantes o arrepentidas, pronunciadas deprisa, pronunciadas despacio, como un coro, compartían el mismo tipo de cadencia…

no dejo tanto dinero en el cepillo como // los juzgo //

he engañado a //

cobro más a los negros para que no //

soborné a uno de //

no sé si siempre he sido agradecida //

el cortacésped de mi hermano y lo vendí //

sueño con divorciarme // me creo con derecho a //

se morirá más pronto que tarde //

os juzgo // no sé si creo en Dios //

le pegué a esa chiquilla // la gente en el juicio //

no quiero ayudarlos //

copié en Matemáticas //

aún no se lo he dicho // no sé si quiero a mi mujer //

robé en la verdulería cuando tenía //

durante unos meses me arrepentí de haber tenido al bebé //

juicio de pasada // llevo todo el año poniendo a Dios a prueba //

maté a su poni porque no nos podíamos permitir //

robé dinero de su bolso //

maldigo todos los días // a veces le pego // no dejo de ver porno //

en verdad no me gusta leer la Biblia pero finjo que sí //

nunca quiero ir a misa //

les disparé a tres ardillas porque sí // maté a una //

después de beber mucho y luego mentí //

deseo mucho a la mujer de // odio el festival //

mis socios no saben que me quedo con más //

le di ensalada de pollo pasada a propósito //

puede que nunca se lo cuente //

sé que no he pagado // no me gustan sus pintas //

odio esta época del año //

les pinché las ruedas en el aparcamiento //

nunca pido perdón // por qué no puedo odiarlas //

miento continuamente sobre lo que sea // dije que no tenía //

le robé la ropa a mi hermana y se la tiré a la basura //

vi un asesinato y //

tomo el nombre del Señor en vano // sé quién lo hizo //

quiero el divorcio // no quiero pagar impuestos por //

no logro perdonar //

llevo todo el año queriendo fugarme // pero soy vaga //

veo pornografía //

la odio de verdad y no puedo parar //

no es cierto que oyera la voz de Dios cuando dije que la oí //

me llevo más de lo que //

piensa que me he rehabilitado //

le dije a mi mujer que estaba trabajando // pago por sexo //

no quiero darles dinero a los pobres // no confío //

no sé si la Biblia realmente nos dice que todos los hombres son //

¿y si Dios no existe y ya está? //

me resisto a mi marido // me alegro de que esté muerto //

estábamos los dos muy borrachos // odio al nuevo reverendo //

tener fe es una lucha constante // robo dinero a mi padre de la //

nadie sabe que fui yo quien //

ojalá estuviera muerta // me inventé haber hablado en //

no quiero a mis hijos por igual // he mentido //

escondo el dinero porque //

me da miedo que se den cuenta de que ella no es //

nunca he leído la Biblia //

mujeres y no entiendo por qué no debería //

me he acostado con una de //

le he mentido a // no estoy segura de que el festival sea //

sé que no soy justo // no puedo evitar alegrarme de que ya no esté //

quiero acostarme con cualquiera menos con mi marido //

no quiero perdonarlo // prematrimonial //

llora todos los días en su escritorio y yo finjo no darme cuenta //

desenterré los bulbos de tulipán de mi vecina //

una cerveza esta mañana // ojalá me muriera //

puede que nunca lo perdone //

cada año intento averiguar quién dijo qué //

culparlos //

la obligué a //

fingí no saber por qué no florecían //

odio esta chorrada y // o amenacé //

no creo que llegue a perdonarla de corazón // incluso ahora //

acepto sobornos todos los // orgullosos y vanidosos //

he intentado matarme dos veces // la obligué a hacerlo //

me pone triste que si no estuviera Dios la gente no sería buena //

Sonaron unas campanitas y algunas de las voces se aceleraron, otras se atragantaron de llorar, otras parecían enfadadas, luego empezaron a resquebrajarse, a desvanecerse, a apagarse.

no sé cómo dejar de odiarla //

no siempre tengo claro que la creación de Dios sea //

sé que he matado //

siempre dudo //

me llevé una revista de la consulta //

no sé si puedo parar //

Las campanas ahogaron las voces, las arrastraron, sonaron los últimos tañidos y se oyeron los últimos murmullos, luego se disolvieron. Alguien me dio la mano. «Te perdono». «Te perdono», dijo otra persona, dándome también la mano. «Te perdono», dijo otra, luego otra. Me llegaban manos y todas las manos eran a la vez exactamente iguales y del todo diferentes. Todo el mundo perdonaba a todo el mundo. Me destapé los ojos y vi unas cuantas caras enrojecidas, empapadas de lágrimas, otras pálidas de miedo. Hay gente que se había dejado los ojos vendados. Otras personas se habían quedado inmóviles. Otras no decían nada. Al fondo del murmullo de todo este perdón oí llorar a todos los niños y niñas del pueblo, su pena rugía como un aguacero, una tormenta.

—Ay, la infancia conoce tan bien el pecado y tan bien a Dios —dijo una voz a mi espalda. Me di la vuelta. Era una de las mujeres a las que había visto en la cocina el otro día—. Conocen la avaricia y el amor más de lo que los adultos se imaginan. Conocen a Dios; conocen el terror. Por instinto. Crecer es olvidarnos de lo que sabemos al nacer. ¿Verdad? Lloran porque no pueden confesarse, son conscientes de su maldad, pero no pueden verbalizarla. Por eso lloran. Pero no te preocupes, ya se calmarán.

Se alejó de mí. Otras personas reían o se tapaba la cara. Otras se habían tumbado en el suelo y otras estaban de pie, abrazándose. Había gente que no se movía, que no pensaba, con la mirada vacía. No estaban en ninguna parte, en ningún lugar. Poco a poco fueron subiendo las luces y levantaron las cortinas. Los ventiladores volvieron a girar, zumbaban sobre nuestras cabezas, los niños y las niñas entraron en tropel, levantando la vista para mirarnos, nos llegaban por las rodillas, buscaban su lugar, a alguien que los cogiera en brazos.

En uno de los extremos de la sala vi a Tammy hecha un ovillo en el suelo, Hal se inclinó sobre ella, la tapó y la calmó. Estaba llorando, temblando, se cubría la cara.

—Algunos años oyes demasiadas cosas, eso es todo —le explicaba Hal a alguien que andaba cerca.

Sentí alivio de que no me viera pasar por su lado. No quería que me recordaran, que supieran que había estado allí, que había pasado aquel momento con ellos. Una sensación de entumecimiento se apoderó de la sala y no quería que me alcanzara.

Recuerdo que alguien me dijo hace tiempo que en cada pueblo se respira una sensación concreta porque hay ciertas maneras de pensar que son contagiosas. Nunca supe muy bien qué significaba aquello y puede que todavía no lo sepa, pero creo que en aquel momento lo entendí. «Amén», dijo una voz. «Amén». Por todas partes, al unísono, como rayos de sol.

—¿De dónde viene esa voz? —preguntó una niña, pero la mujer que estaba con ella no contestó y se llevó un dedo a los labios.

Una voz empezó a enunciar nombres —«Edward»— y la muchedumbre poco a poco volvió a guardar silencio —«Earl»—, escuchándolos como si oyeran música —«Johnson»—.

—¿Y ahora qué hacen? —preguntó la misma niña.

—Leer los nombres —le susurró la mujer.

—¿Qué nombres?

—Los de los muertos.

—¿De todos los muertos?

—De algunos.

—¿De cuáles?

La señora vaciló. La chiquilla prestaba mucha atención, como si fuera capaz de descifrar lo que sucedía. Se quedó mirando al techo fijamente. Estaba aprendiendo a vivir.

—¿De cuáles? —volvió a preguntar en un susurro.

—De los que fueron sentenciados.

—¿Hoy?

—No, hoy no, otros años.

—Ah.

Seguían apareciendo nombres sin dueño.

—¿Por qué murieron?

—A todos nos llega la hora.

—Pero ¿a esos los mataron?

—Sí.

—¿Nos van a matar a todos?

—No.

—¿Y por qué a ellos sí?

La mujer se quedó otra vez callada, la pausa fue más larga en esta ocasión, luego se arrodilló junto a la niña.

—Por lo que puede que hicieran.

—¿Quién los mató?

—Las personas que elegimos.

—¿Todas las personas a las que elegís tienen que matar a gente?

—Sí.

—Pero ¿de verdad hay alguien que quiera salir elegido?

—A alguien tiene que tocarle —dijo la señora tras un silencio—. Hay que elegir a alguien.

—¿Y por qué están leyendo sus nombres?

—Porque es un pecado que hemos cometido todos juntos. Era algo que teníamos que hacer, aunque fuera malo.

—¿Yo también?

—No lo sé. Puede que tú no. Todavía no.

La niña se sentó en el suelo. Necesitaba lavarse la cara con lágrimas, con agua tibia del cuerpo, la manera del cuerpo de decir: «Sí, aún estoy aquí».

Cuando leyeron el último nombre, la voz dijo: «Amén» y todo el mundo dijo «Amén».

Aquella voz dijo que servirían un pícnic en el aparcamiento y la congregación salió pacíficamente por las puertas por las que habíamos entrado, pero, al fondo de la sala, vi otra puerta abierta y, al otro lado, una sombra en movimiento de alguien que acababa de salir. Miré a mi alrededor por ver si alguien me buscaba y lo único que distinguí fue el embotamiento, nadie veía a nadie, todo el mundo salía en la misma dirección.

Me acerqué a la puerta trasera. Salí. La tormenta de voces amainó a mi espalda. Annie estaba allí, contemplando los campos que se extendían ante nuestros ojos hacia lo lejos, hacia sitios a los que parecía que nunca iríamos. Había más personas allí fuera, no parecían embotadas, solo tranquilas. El aire se instaló entre los cuerpos como se instala entre cualquiera. El cielo no nos distinguía.

—¿Y ahora qué se supone que tenemos que hacer? —le preguntó Annie a alguien, quizá a mí, a ella misma, o a ti.

A lo lejos, los árboles se agrupaban de dos en dos, de tres en tres. Sabía que no me correspondía estar allí. Había sido un accidente. Teníamos que estar en otra parte. Me levanté y me alejé, y en cuanto me separé un paso de ella, sentí una soledad que nunca había experimentado, pero también supe que Annie, esa Annie que responde al nombre de Annie, pero que tiene otro nombre más verdadero, no se había separado del mundo por el simple hecho de haberse separado de aquel lugar. Ella y yo estábamos mucho más dentro del mundo, mucho más dentro del barro, trenzado en nuestras cuerdas vocales, las que cuelgan de la garganta.

Nadie sabe adónde fui y yo tampoco sé adónde fui y no sé adónde se fue Annie o adónde te fuiste tú, solo sé que me fui, que desaparecí, desaparecí del todo. Aquella noche reinó la calma, todo era silencio y calma y todo es silencio y calma aún. Todo es incierto. Nubes grises se arremolinaban en el cielo; y aún se arremolinan, aún proyectan sombras, las seguirán proyectando mucho después de que hayamos desaparecido. La tierra está húmeda. Nadie me acompañaba entonces y nadie me acompaña ahora. Todos nosotros nos hemos ido y desaparecimos y hemos desaparecido para siempre.

Ahora todo está en silencio y en calma; el cielo incierto. Avanzo, quizá avanzo hacia ti. La tierra gris y el cielo húmedo. No tengo certezas. La tierra tiene certezas. No siento la soledad; estoy con el cielo y la tierra y tú estás con otro cielo, otra tierra. ¿Ahora es nuestra? El cielo es cierto y la humedad es cierta y yo en silencio. ¿Nos encontraremos? El suelo en silencio. No tengo certezas. El cielo en silencio. Nunca nos ha distinguido. Hablamos con aire prestado. El cielo solo parece ser azul y tener una linde.

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